No es oro todo lo que reluce
Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, ¡un, dos, tres!
La gran explosión
Gorvachev reinventa las leyes de Franco
Los estonios se ponen Puchimones
El hombre de paz
El problema armenio, versión soviética
Lo de Karabaj
Lo de Georgia
La masacre de Tibilisi
La dolorosa traición moldava
Ucrania y el Telón se ponen de canto
El sudoku checoslovaco
The Wall
El Congreso de Diputados del Pueblo
Sajarov vence a Gorvachev después de muerto
La supuesta apoteosis de Gorvachev
El hijo pródigo nos salió rana
La bipolaridad se define
El annus horribilis del presidente
Los últimos adarmes de carisma
El referendo
La apoteosis de Boris Yeltsin
El golpe
¿Borrón y cuenta nueva? Una leche
Beloveje
Réquiem por millones de almas
El reto de ser distinto
Los problemas centrífugos
El regreso del león de color rosa que se hace cargo de las cosas
Las horas en las que Boris Yeltsin pensó en hacerse autócrata
El factor oligarca
Boris Yeltsin muta a Adolfo Suárez
Putin, el inesperado
Ciudadanos, he fracasado; dadle una oportunidad a Vladimiro
Os pido que hagáis el siguiente ejercicio de imaginación: el general Francisco Franco muere en la cama, apenas dos semanas después de que una inesperada apoplejía haya acabado con la vida del príncipe Juan Carlos de Borbón. Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno de Franco, el hombre que, años atrás, pudo ser asesinado por ETA si el atentado no se hubiera descubierto a tiempo, sucede al general. El país asiste a una reedición del franquismo a cargo de un hombre viejo y cansado que, de hecho, muere muy pronto, apenas unos meses después. A la muerte de Carrero, la clase política franquista, temerosa de la figura emergente del gobernador de Ávila, Adolfo Suárez, nombra jefe del Estado a José Antonio Girón de Velasco, un viejo falangista vallisoletano que lleva años ya en una silla de ruedas y que, durante unos meses, se arrastra por audiencias, actos públicos y consejos de ministros siendo, en sus últimas boqueadas, una especie de zombie. Durante el tiempo transcurrido desde la muerte de Franco, en puridad en España ya nadie toma una decisión seria. La jerarquía sigue en pie, los mandos del Movimiento son bien claros; pero, aunque los hombres del franquismo ni siquiera son capaces de imaginar un cambio de régimen, tampoco tienen la fuerza suficiente como para hacer que el franquismo funcione. Así las cosas, las listas de espera se eternizan, las decisiones se posponen, todo el mundo desconfía de todo el mundo y los españoles, día a día, se van acostumbrando a vivir en un país que, mutatis mutandis, no funciona.
Si habéis construido esa imagen dentro de vuestras cabezas, habéis construido la imagen de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que heredó Milhail Sergueyevitch Gorvachev.