miércoles, febrero 09, 2022

El fin (18: Las condiciones de Franco)

 El Ebro fue un error

Los tenues proyectos de paz
Últimas esperanzas
La ofensiva de Cataluña
El mes de enero de las chinchetas azules
A la naja
Los tres puntos de Figueras
A Franco no le da una orden ni Dios
All the Caudillo's men
Primeros contactos
Casado, la Triple M, Besteiro y los espías de Franco
Negrín bracea, los anarquistas se mosquean, y Miaja hace el imbécil (como de costumbre)
Falange no se aclara
La entrevista de Negrín y Casado
El follón franquista en medio del cual llegó la carta del general Barrón
Negrín da la callada en Londres y se la juega en Los Llanos
Miaja el nenaza
Las condiciones de Franco
El silencio (nunca explicado) de Juan Negrín
Azaña se abre
El último zasca de Cipriano Mera
Negrín dijo “no” y Buiza dijo “a la mierda”
El decretazo
Casado pone la quinta
Buiza se queda solo
Las muchas sublevaciones de Cartagena
Si ves una bandera roja, dispara
El Día D
La oportunidad del militar retirado
Llega a Cartagena el mando que no manda
La salida de la Flota
Qué mala cosa es la procrastinación
Segis cogió su fusil
La sublevación
Una madrugada ardiente
El tigre rojo se despierta
La huida
La llegada del Segundo Cobarde de España
Últimas boqueadas en Cartagena I
Últimas boqueadas en Cartagena II
Diga lo que diga Miaja, no somos amigos ni hostias
Madrid es comunista, y en Cartagena pasa lo que no tenía que haber pasado
La tortilla se da la vuelta, y se produce el hecho más increíble del final de la guerra
Organizar la paz
Franco no negocia
Gamonal
Game over     


Como ya os he contado, lo más probable es que el día 20 de febrero fuese la fecha en la que los correos nacionales le hicieron llegar a Casado las condiciones que probablemente estaban adjuntas a la carta del coronel Barrón, aunque hay quien piensa que dichas condiciones ya estaban en la carta del general, en cuyo caso el coronel las conocía desde el 15.

Esta información llega con la primera intervención de importancia en todo este tema del teniente coronel de Estado Mayor José Centaño de la Paz, cuyo alias como espía es José Serrano Guerra. Centaño es, cuando menos para mí, esa persona plenipotenciaria por la que suspiran las actas del SIE; y mi impresión es que, desde el primer momento en que pasa las líneas enemigas, este enviado del SIPM toma para sí la negociación con Casado, probablemente para evitar el puto desastre que parece que ha sido la actuación de la Quinta Columna hasta el momento.

Centaño y Manuel Guitián, también agente del SIPM, se entrevistan con Casado a las tres de la tarde en la Posición Jaca, esto es, en la Alameda de Osuna. Casado se presenta obsequioso ante los dos espías franquistas y se dedica a dejar claro que es un ferviente anticomunista; se jacta de haber limpiado de comunistas las tropas a su mando; algo que los hechos inmediatamente posteriores a la proclamación del Consejo Nacional de Defensa dejarán en cierta duda, la verdad.

La idea de Casado, que le cuenta a los franquistas, es ir el 23, en tres días pues, a Valencia, donde espera tener una reunión con los jefes principales del ejército (la Triple M, probablemente) para acordar la forma de rendirse. El 24 promete recibir de nuevo a Centaño y a Guitián.

Centaño y Guitián tienen otro guion; lo cual quiere decir que Franco tiene otro guion. Tras recibir los informes del 17 que he citado, y saber por lo tanto que el órdago de los militares está sobre la mesa desde la reunión de Los Llanos y que, por lo tanto, el contragolpe comunista es perfectamente posible, ambos miembros del SIPM le dicen a Casado que sus calendarios son demasiado blanditos y que hay que actuar ya. Casado les responde que precipitarse puede provocar un baño de sangre. En otras palabras: si en el otro bando republicano, por así decirlo, Negrín está tratando de diseñar la infiltración comunista en el mando militar de forma progresiva para evitar que los no comunistas se vuelvan contra él, en realidad Casado está en lo mismo. No quiere dar un puñetazo en la mesa, no sea que le vayan a cortar la mano. El problema para él, claro, son los mensajes que ha estado enviando los días anteriores asegurando que lo tiene todo controlado y que puede rendir la República en el momento que le salga del testículo izquierdo.

Casado sostiene que el Grupo de Ejércitos del Centro podría resistir hasta la última bala (es decir: admite que quedan muchos de los mandos procomunistas que cinco minutos antes se ha vanagloriado de haber retirado de la circulación) y aconseja que Franco le tienda un puente de plata a los políticos del Frente Popular.

¿En qué consistían las concesiones que detallaba Barrón, o más bien Franco? Según Martínez Bande, que yo creo que es el creíble aquí pues Casado las cercena, eran:

  1. Admitir que la guerra estaba perdida.

  2. No prolongar la resistencia.

  3. Rendirse a la España nacional.

  4. La España nacional mantendría cuantos ofrecimientos de perdón había hecho por radio y proclamas a todos quienes no tuviesen delitos de sangre por los que responder.

  5. Especiales medidas de gracia, “aparte de la gracia de la vida”, para quienes, no siendo reos de delitos de sangre, hayan tenido poca participación en las acciones republicanas o realizasen acciones especialmente favorables a la España nacional en los últimos estertores de la guerra.

  6. Aquéllos que, no siendo reos de crímenes, rindan las armas, recibirían salvoconducto para abandonar con seguridad el territorio nacional.

  7. La mera militancia en partidos republicanos, o el mero servicio en el ejército republicano, no se tomaría como causa de responsabilidad criminal.

  8. De los delitos cometidos durante el dominio rojo sólo entenderán los tribunales de Justicia.

  9. Humanización” de las responsabilidades civiles, en beneficio de los familiares de los condenados.

  10. Establecimiento de un sistema de rendición de penas mediante el trabajo con percepción de jornal.

  11. Garantía de trabajo “sin desentenderse del dolor ajeno”.

  12. A los españoles que en el extranjero rectifiquen su vida se les dispensará protección y ayuda”.

  13. El retraso en la rendición causará graves responsabilidades que serán exigidas “en nombre de la sangre inútilmente derramada”.

Es de suponer que Casado, cuando leyó este documento, debió sentir algo muy cercano a la decepción. En primer lugar, si hemos de creerle (y en este punto yo le creo) ni Franco ni el coronel Barrón ni Santa Claus se habían molestado en firmar las condiciones. Digo que le creo porque en toda esta movida del fin de la guerra civil se aprecia, como el bajo continuo de un concerto grosso, la voluntad inamovible de Franco en el sentido de evitar la apariencia de una negociación militar entre iguales. Franco estaba especialmente interesado en que a todo el mundo, y muy particularmente a los países que estaban a piques de abrir relaciones diplomáticas con él, le quedase claro que él lo único que estaba haciendo era tratar de administrar el fin de la guerra con el menor número de víctimas posible; pero en modo alguno estaba negociando un armisticio con una potencia enemiga todavía temible. 

Por eso es por lo que creo yo que envió aquella oferta de paz que, a los ojos de Casado, era una oferta de paz como podía ser una lista de la compra; o, para ser más precisos, era un papel que no podía ir por ahí enseñando porque no podía demostrar que su autor era Franco. Ítem más,  el papel, al ofrecer “la gracia de la vida” a los que se portasen bien, venía a asumir que el destino by default para los republicanos con responsabilidades que Franco lograse pillar era cascarla. Ciertamente, se venía a decir que sólo se le apretaría los cojoncillos a algunos especialmente criminosos; pero el tema estaba expresado en unos términos tan franquistamente genéricos que, la verdad, cualquiera podía terminar ante un tribunal (aunque en esto, justo es decirlo, Franco no hacía sino devolverle la pelota a los republicanos, que en sus tribunales revolucionarios habían hecho lo mismo y cosas peores). Para colmo, el último de los puntos establecía una urgencia en la decisión que no auguraba nada bueno.

Sea esto cierto o no, Casado afecta recibir esta lista con satisfacción. Los miembros del SIPM reaccionan intimándolo a concretar los planes y plazos de la rendición. Acorralado, Casado da algunos datos pero, en general, todo lo quiere fiar a su viaje del día siguiente a Valencia. Las presiones, en todo caso, debieron de hacer su efecto pues, en un informe posterior, el SIPM afirma que, en la reunión del 20, Casado prometió que el día 25 habría un gobierno militar o presidido por Besteiro, que procedería a la rendición.

Casualidad o no, el día 20 es el mismo día que Manuel Tagüeña llega a Albacete de Francia, marcando con ello un traslado progresivo de comisarios y dirigentes comunistas desde el país vecino hacia la zona republicana. Todo ello en la misma línea que la entrevista de Líster con Negrín del día 15, y las soflamas que cuenta Edmundo Rodríguez Aragonés en su libro: presionar al gobierno para que no ceda.

De Francia regresaron dos subsecretarios: Antonio Cordón y Carlos Núñez Maza, uno del ejército de Tierra y el otro de la Aviación. También regresaron Nacho Hidalgo de Cisneros y el coronel Francisco Galán, de quien habremos de hablar largo y tendido en estas notas. Volvió Enrique Castro Delgado, aparatchik del PCE. Y casi todo lo gordo de los que habían hecho la batalla del Ebro: Juan Modesto, Kike Lister, el teniente coronel Manuel López Iglesias (jefe de EM de Líster), el teniente coronel Joaquín Rodríguez, el mayor Ramón Soliva, José Sevil, que era su comisario en la 45 División, Etelvino Vega, jefe del XII Cuerpo y cuyo fracaso al controlar Valencia precipitará el fin de la República, Francisco Romero Marín, teniente coronel de milicias, Tagüeña del XV Cuerpo con su comisario José Fusiñana Fábregas, Pedro Mateo Merino, el mayor Pedro López Tovar y el capitán Francisco Gullón. Por mar llegaría, algunos días más tarde, el mayor Luis Gullón, del XV Cuerpo.

Esta lista tan larga se resume en un concepto: la práctica totalidad de los que, desde el ejército y en goteo, fueron acompañando el gesto de Negrín de volver a España, eran comunistas. Un hecho que puso todavía más nervioso a Casado y a los suyos, quienes, a partir de mediados de febrero, no hacen sino temer que, un día, el BOE acabe publicando una razzia de ceses en los altos rangos militares, respetando quizás a Miaja porque Miaja nunca se sentaba en ninguna mesa con menos de tres o cuatro barajas, desplazando a todos los tibios y poniendo a los resistentes. Los rumores sobre la elevación de Modesto a la cumbre del mando eran insistentes. De hecho, los hechos dejan claro que esto mismo era lo que los comunistas querían preparar, pero de forma progresiva. Como ya os he dicho en otro punto de estas notas, la consigna fundamental que llegaba desde Moscú a los militares y militantes comunistas era que la República tenía que resistir; que la guerra civil tenía que terminar de una manera numantina en la que, además, los comunistas pudieran decir que habían sido quienes habían permanecido en las trincheras hasta el final. Eso, sin embargo, no podía ocurrir mediante un golpe de Estado, o figura parecida, por medio del cual el Partido Comunista sustituyese al Frente Popular al frente de la República.

Por esta razón, los comunistas no podían soñar con cambiar el gobierno de la República; sabían que, en cuanto diesen un paso adelante más, el resto de los partidos les dejarían solos, porque estaban hasta los huevos de ellos. Su única opción, por lo tanto, era seguir defendiendo a un primer ministro que les hacía mucho caso, Negrín; y controlar, de la forma más subeptricia posible, el ejército; puesto que el ejército, en un estado de guerra, era el que mandaba. Esta posibilidad se les puso de cara tras la caída de Cataluña con la decisión de muchos militares, como el general Rojo, de no regresar a España. Pero todavía quedaban muchos mandos no comunistas. A éstos era a los que había que cesar, otorgándoles altas graduaciones de hojalata (porque que te nombrasen teniente general, en la República y en febrero del 39, era una gilipollez) y enviándolos a inspecciones sin mando y jefaturas de Estados Mayores inexistentes. Eso era lo que temía Casado y la Triple M; y era, también, lo que Negrín estaba preparando. Tiene plena lógica la idea de Jesús Hernández en el sentido de que los comunistas convencieron a Negrín de no detener a todos los jefes asistentes a Los Llanos, porque detenerlos suponía eliminar esta táctica sutil.

La fecha del 20 de febrero es, también, el día en que Enrique Líster se vuelve a ver con Negrín. Como recordaréis, Líster había regresado a España el 14 de febrero y el 15 se había visto con Negrín, momento en el que es probable que el ministro de Defensa le encargase que fuese sondeando el estado de ánimo y la opinión de los mandos del ejército del Centro, de cara, quizás, a una renovación de dichos mandos que Líster le reclamó. El comunista dice que, en dicha entrevista, le pidió que le diese mando sobre tropa. Negrín le contestó que estaba preparando una reorganización militar, lo cual tiene que ser verdad porque los decretos del 3 de marzo no se pudieron desarrollar en unas horas. De hecho, con la entrevista del 20 la misión de Líster no se dio por terminada, pues al día siguiente, en Valencia, se vio con la triple M (Miaja, Matallana y Menéndez); se vio con Francisco Ciutat, jefe de Estado Mayor del ejército de Levante y comunista de libro; con Manuel Cristóbal Errandonea, otro mando comunista; y con el general Ibarrola, que había mandado el XII Cuerpo de Ejército en Peñarroya.

1 comentario:

  1. Anónimo12:17 p. m.

    Centaño es el 007 del final de la guerra, con Ungría como M. Podría salir de ahí una película que ríete tú de "El Tercer Hombre", si alguien se animara a hacerla.

    Mencionas que Cordón regresó de Francia el 20 de febrero. Creo recordar, tirando de memoria, que ya estaba en España para la reunión de Los Llanos, e incluso que asistió a ésta. Para mí que Cordón es la eminencia gris que está detrás de los decretos de Negrín, y que empezó a funcionar justo cuando se dio cuenta del percal que había en la cúpula militar, es decir, no más tarde del 15-17 de febrero.

    Eborense, strategos

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