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miércoles, mayo 16, 2012

Imperator follator (Tiberio)


El joven Tiberio, que como ya hemos leído no era hijo de Augusto sino de Livia y su anterior marido, tuvo un primer matrimonio que, según todos los indicios, fue una mezcla de matrimonio de conveniencia y por amor. Es muy probable que el compromiso no fuese casualidad porque era muy político: tomó la mano de Vipsania Agripina, hija de Marco Agripa (lo cual, por cierto, la convertía en nieta de Cecilio Ático, quien ha pasado a la Historia por ser el receptor de las cartas de Cicerón que se estudiaban en la escuela pleistocénica). Marco Agripa era uno de los principales suportes del octavismo y, por lo tanto, como digo aquel matrimonio debió de tener bastante de político. Sin embargo, también debió de tener algo que ver con el amor, porque Tiberio se enamoró de Vipsania perdidamente. 

Aunque Livia no fuese la hija de puta que pinta Graves, difícil es que no fuese una mujer de gran determinación; y eso, probablemente, causó problemas a Tiberio, un joven más bien pusilánime. En Vipsania, Tiberio encontró a la follamiga ideal y, por eso, para él fue una enorme catástrofe personal que Octavio, dentro del proyecto decidido con su mujer de legarle a su hijastro la alteza imperial, le obligase a divorciarse de ella para casarlo con su propia hija, Julia. Marido y mujer ya habían tenido un hijo, Druso; pero Vipsania estaba embarazada por segunda vez cuando el emperador decretó su divorcio. Tiberio nunca se recuperó del golpe y nunca dejó de querer a la que, probablemente, siempre consideró su mujer. Nos ha llegado el relato de una vez que, por casualidad, se cruzaron en la calle, y el relato nos dice que el rostro y la mirada de Tiberio dejaban tan poco espacio a la interpretación, que Augusto tomó medidas severas para que jamás volviesen a verse.

Julia, por su parte, era un putón verbenero. Un pendón desorejado. Más ligera de cascos que el ganador del Grand National. La entrepierna de la hija de Augusto parecía el intercambiador de Nuevos Ministerios a las ocho de la mañana; y sus aficiones, probablemente, se vieron enervadas tras casarla su padre con un tipo a quien ella le repugnaba, no porque fuese fea ni cabrona, sino porque estaba enamorado de otra. Sabido es, además, que las mujeres llevan pelín mal eso de que su churri tenga ojos para otros elementos de la manada; y Tiberio tenía más que ojos. Para colmo, cuando Tiberio (o algún otro colaborador) consiguió preñar a Julia, la hija de Augusto resultó ser de caderas infinitesimales, y el niño la palmó; el detalle fue más que suficiente para que el marido pasara a dirigirle apenas la palabra a su mujer.

Tal y como nos cuenta Veleyo Patérculo en términos que dejan poco espacio para la  interpretación, la situación fue llegando, poco a poco, a un punto en el cual el emperador no podía hacer oídos sordos. Ya hemos dicho que Octavio podía estar palote palote de siete a cuatro, pero no por ello dejaba de cuidar del prestigio del Estado y el qué dirán. Por eso mismo, no tuvo ningún reparo en meterle a su hija por el culo un billete sólo de ida a la enana isla Pandataria, que viene a ser como exiliar a alguien hoy en día a Perejil.

Según Tácito, la distancia de Vispania y el matrimonio obligado con Julia fueron el motivo del autoexilio de Tiberio a la isla de Rodas. Tiene sentido la cosa. La otra razón por la que Tiberio podría haberse ido de Roma, que maneja Graves por ejemplo, es que sintiese que perdía el favor de Octavio; pero esto no está demasiado claro. Más parece que Tiberio, melancólico y amargado, se marchó a la isla griega porque estaba, cuarta arriba, cuarta abajo, hasta los cojones de la pelea por la sucesión imperial.

Tiberio, sin embargo, hubo de ser llamado a Roma a la muerte del Augusto, para ocupar su lugar. Hoy, muchos historiadores se inclinan a considerar el reinado de Tiberio como un reinado básicamente positivo para los romanos en general, aunque, en lo político (y esto es muy importante a la hora de interpretar su figura histórica), también se caracterizó por una enorme tensión política.

Pensemos: Julio fue, más que emperador, dictador, por la fuerza de su espada, su inacabable inteligencia política, su enorme carisma y el hecho, nada despreciable, de que en Roma hubo una guerra civil, y la ganó él. La muerte de Julio dejó claro que en Roma seguían existiendo notables tensiones prorrepublicanas y un clima de guerra civil en el que eso que en el Renacimiento italiano se llamará los gonfalonieros tenían una oportunidad; tal cosa era, en mi opinión, Marco Antonio. Octavio acabó con todo eso y estabilizó la institución, con la notable ayuda de Marco Agripa, entre otros. Pero su figura, indudablemente, era la de un vencedor que, por la espada, se había llevado por delante a sus contrincantes.

Tiberio es, pues, el primer emperador que no hereda la espada, sino la institución ganada con ello (el Imperio). Y, por eso mismo, es el primer emperador que registrará tensiones con el Senado, o si se prefiere con la oligarquía tradicionalmente gobernante. Tensiones que son lógicas: hasta Julio, la oligarquía patricia y su cursus honorum (por el cual, simple y llanamente, para ser alcalde, senador o ministro había que demostrar antes que se era suficientemente rico para serlo, cosa que prácticamente solo eran los patricios) lo domina todo, salvo algunas migajas entregadas: el normalmente demagógico contrapoder de los tribunos de la plebe, y una esquinita del Estado republicano confiada al ordo equester o nobleza menor.

Cuanto tienes el monopolio de un sector y éste es liberalizado, sólo puedes ir para abajo: si tienes el 100% del mercado, obviamente no puedes ganar más cuota; todo lo que te puede pasar es que tus competidores se queden con parte de tu cruasán. El gran orden patricio romano tenía el monopolio del poder republicano de facto, y la existencia del emperador suponía una obvia reducción del mismo. Mientras Roma se sacudió en el terremoto de las guerras civiles, optó por permitir la solución del mando único; pero no eran pocos los que soñaban con regresar a los good old days a las primeras de cambio. Pero los emperadores, o sea Augusto, jugaron con magistral arte político la carta amenazadora del caos. Octavio, literalmente, acojonó a la sociedad romana con la ruptura de la normalidad que él les había garantizado. En  vibrante escena de la novela de Graves, durante unos disturbios, una garrida Livia se asoma a una ventana de palacio, se enfrenta con el populacho vociferante, y les reprocha que pidan el regreso de la República pues la República, les escupe, es el caos.

Cuando Augusto murió, dejaba una línea trazada que era muy difícil de quebrar. Pero eso no quiere decir, necesariamente, que el Senado le otorgase a su sucesor una carta en blanco. Lejos de ello, el reinado de Tiberio es, en buena parte, la historia de un rosario de encuentros y desencuentros entre el emperador y su clase política. Problemática en la que la propaganda jugó un papel importante; entre ella, la propaganda sexual.

Tiberio, ya lo hemos dicho, probablemente fue un emperador no exento de eficiencia. Pero, al menos en mi opinión, era un tipo amargado, extraordinariamente melancólico; es incluso probable que tras su divorcio de Vipsania fuese víctima de una depresión que permanecería latente, apareciendo y desapareciendo como un Guadiana, el resto de su vida. Esto es algo que atestigua su propia actitud ante el poder, pues no hay que olvidar que, cuando Tiberio se retira a Rodas, lo hace en medio de un enorme debate constitucional sobre quién deberá suceder a Augusto a su muerte.

¿Por qué el problema? Pues porque Tiberio no era hijo de Augusto. Era hijo de Tiberio Claudio Nerón y, por lo tanto, no pertenecía a la gens Julia (para que nos entendamos: la familia real), sino a la Claudia (podríamos decir: más o menos, un Marichalar). De hecho, Tiberio era un Claudio por partida doble, ya que Livia Drusila, su madre, era hija de Apio Claudio Pulcher. Por lo tanto, juntaba en sí las dos ramas de la gens Claudia, la denominada rama de Nerón, y la de Pulcher. Sin embargo, en una concepción hereditaria del imperio, tenían, para muchos, prevalencia los vástagos de la gens Julia, la de Augusto; e incluso Agripa o su familia. De hecho, no es hasta la muerte de sus nietos Cayo y Lucio que Augusto se decidió por adoptar al hijastro que andaba en Rodas ajeno a todo.

Yo creo, contra la opinión de otros, que la marcha de Tiberio a Rodas fue sincera. No fue un movimiento estratégico calculado por su madre, como pretende Graves. Rodas fue un episodio de la ciclotimia pasota del emperador, como lo sería, regresado a Roma, su decisión de dejar todo el poder en manos de un parvenu, Elio Sejano, quien crearía un régimen represivo de terror, no exento de tintes populistas, que agostó Roma. Sejano cayó, según Graves, por una conspiración de Calígula. En realidad, tengo yo por más probable que el instigador de dicha movida fuese su socio conspirador en la novela, Macrón, jefe de los pretorianos y perro fiel del propio Sejano. Sería lógico que Macrón, ante el deterioro físico de Tiberio que hacía prever su muerte o su incapacidad, tuviese claro que Sejano no iba a sobrevivir a la debilidad de su mentor, y decidiese adelantarse a los acontecimientos liderando una reacción contra su jefe. Esto explicaría la enorme crueldad de la represión macroniana que, según Tácito, empedró las calles de Roma de cadáveres de todos los sexos y de todas las edades.

El periodo de Sejano, sin embargo, fue posible gracias a que Tiberio se embutió en un segundo retiro, ya emperador, esta vez en la isla de Capri. Tanto Tácito como Suetonio relatan en sus obras bacanales, perversiones y parafilias sexuales sin cuento en aquella isla, con ejércitos de adolescentes de ambos sexos prostituidos, obligados a triscar por los bosques como ninfas. Y a un emperador Tiberio entregado a prácticas entre sádicas y exageradas, muy centradas en la felación que, nos cuentan estos historiadores, incluso obligaba a realizar a niños apenas destetados. Estos relatos son la base del mito de Tiberio como un emperador especialmente pervertido en lo sexual, mito que Robert Graves compró al 100% en su famosa novela.

Sin embargo, hay cosas aquí que opinar. En primer lugar, hay historiadores de la época, como Dion Casio y los dos Plinios, que ni siquiera citan estos hechos. A lo que hay que unir que Tácito odiaba a Tiberio, y más lo odiaba aún Suetonio, que era, no lo olvidemos, republicano y miembro del ordo equester, esto es, antiimperial por definición.

El de Suetonio, además, es un relato especialmente extraño, pues él mismo reconoce que hasta el año 26 a.C., cuando se retira a Capri, Tiberio vive en Roma desempeñándose como un emperador tan preocupado por el déficit público que “cutre” es una palabra que se le puede aplicar bien sin temor a exagerar; y, más aún, liderando diversas campañas para recuperar los valores morales de la vieja sociedad romana. De repente, sin embargo, Suetonio pasa a pintarlo en Capri enculando niños y desvirgando niñas, amén de entregado a complejas prácticas de voyeurismo parafílico. 

Además, ni un solo historiador refiere historias siquiera parecidas del retiro anterior de Rodas; aunque justo es reconocer que Tácito hace una referencia, genérica, a que allí se entregó a “desenfrenos secretos”.

Como siguiente elemento, cabe recordar que, como hemos dicho antes, Tiberio “disfrutaba” de un cierto odio de las gens patricias, notables impulsoras de no pocas de las obras históricas que nos han llegado. Y que, más aún, como emperador persiguió a la familia de Germánico (especialmente a su mujer, con la que llevó como el culo); y es precisamente este tronco genético el que, a través de Cayo Calígula, Claudio y Nerón, acopiará los años de poder subsiguientes a Tiberio; bien pudieron ceder a la tentación de hacer que la propaganda lo denigrase.

Existe, no obstante, la posibilidad de que las cosas que se cuentan sean ciertas, o medio ciertas. Un dato inquietante en Tácito y Suetonio es que ambos señalen al unísono (de todas formas, se ha especulado con que ambos utilizasen la misma fuente,  hoy desaparecida) que la degradación de Tiberio se intensificó tras la reacción y ejecución de Sejano en Roma. Es posible, desde luego, que Tiberio, un hombre sufriente y amargado, llegase a un punto, al conocer las tropelías y crueldades cometidas en su nombre por su lugarteniente, que le impulsase a decretar una represión tan sangrienta como la que ejercitó, tras la cual, literalmente, se le habría ido la pinza.

También hay algunos testimonios que apuntan a la posibilidad de que la personalidad de Tiberio incluyese ciertos tonos sociopáticos, necesarios para la persona que se dedica a torturar a otros. Suetonio dejó escrito que Tiberio era zurdo y, en realidad, tenía tanta fuerza en la mano izquierda que, nos dice, era capaz de golpear en la cabeza a un niño e incluso a un adolescente y hacerle sangre. Este detalle, evidentemente, tiene que proceder de una anécdota real, quizá el castigo a un esclavo, y revela una evidente capacidad de dañar con absoluta falta de empatía.

No obstante lo dicho, son muchos los estudiosos que hoy ven terreno más que sólido para sostener la idea de que la presunta fama de Tiberio como follador compulsivo fue fabricada por la propaganda y es, en su práctica totalidad, falsa.

Yo imagino, más bien, a un Tiberio que, a fuerza de sufrir la soledad, acabó por buscarla. Se quedó solo cuando Vipsania salió de su vida. Lo hizo para casarse con una mujer extraordinariamente ambiciosa que quería ser emperatriz y que, al parecer, se pasaba el día reprochándole su carácter pusilánime y tirándose a todo lo que se movía. Amedrentado y asqueado a partes iguales, acabó solo. Permanentemente solo porque, aparte de Elio Sejano, la Historia no registra la figura de ese amigo, o esa amante, en la cual descansar el pecho las noches en que lo ves todo negro. Que en la larga vida de Tiberio, debieron de ser muchas.

Si así fue su vida, triste sarcasmo es que la imagen que haya quedado de él es la de un tipo de bacanal continua.

jueves, mayo 10, 2012

Imperator follator (Julio y Octavio)


La imagen de los viejos romanos clásicos entregados a bacanales de vino y sexo ha cautivado a decenas, si no centenares, de generaciones. De hecho, en los tiempos contemporáneos los creadores de películas y novelas cuya atracción se basaba en el morbo sexual han usado mucho de esta imaginería, centrándose, sobre todo, en la siempre extraña e inquietante figura de Cayo Calígula.
Por todo ello, es lícito preguntarse si, realmente, todas aquellas demostraciones corpóreas son ciertas. Y lo primero que cabe contestarse es que no lo podemos saber con exactitud. De los tiempos antiguos, por definición, los testimonios que nos han llegado son pocos y, por lo tanto, su veracidad es difícil de establecer. Ya sé que en la famosa Pompeya aparecieron mosaicos que representaban escenas subiditas de tono. Pero pararos a pensar, por un momento, que si un cometa se estrellase contra la Tierra y nuestra existencia desapareciese, quizá, dentro de miles o millones de años, una nueva civilización acabaría descubriendo algún libro o foto de alguna pintura clásica de la anunciación de María; y, a la vista del cuadro, bien podría concluir que los humanos tenían alas y una aureola dorada que les circundaba la cabeza.

No obstante lo dicho, parece bastante claro que algo de verdad hay. Aunque no toda. Nos centraremos, en estos comentarios, en los emperadores romanos más conocidos,  entre ellos el primero de la lista: Julio César.

Julio no era casto en modo alguno. Romani, servati uxores, moechum calvum adducimus, cantaban sus legiones al entrar en triunfo en Roma. Romanos, guardad a vuestras mujeres, que os traemos aquí al follador calvo. Nos cuentan algunos relatos, asimismo, que en los prolegómenos de la decisiva batalla de Farsalia, durante la arenga a sus soldados, se dedicó a hacer humoradas eróticas con un pepino que tenía en la mano. Tiene poco de rara la cosa. Julio era un soldado y, como soldado, no podía ser un tipo que le hiciese muchos ascos a la coyunda con mujer. Aunque todo parece indicar que, más que un follador desenfrenado, fue un follador estratégico.

Julio César se casó tres veces, y las tres lo hizo por conveniencia política. Cornelia, su primera mujer, era hija de Cornelio Cinna, que había sido dictador de Roma del 86 al 84 a.C. y que pertenecía al partido antisilano, al que Julio estaba adherido por razones obvias, dado su estrechos parentesco y relación con el gran enemigo de Sila: Cayo Mario. Tenía 15 años cuando se casó con Cornelia y 17 cuando se enfrentó frontalmente con Sila, tras la orden de éste de que la repudiase. Cornelia, sin embargo, murió pronto (68 a.C.) y, un año después, César se casó con Pompeya, hija de Quinto Pompeyo Rufo y, por lo tanto, nieta de Sila. Como vemos, Julio, con total desparpajo, cambiaba de partido político mediante el casamiento. Cinco años más tarde, sin embargo, Pompeya fue relacionada con el escándalo protagonizado por Publio Clodio Pulcher, quien se había introducido, disfrazado de mujer, en una celebración en casa de César, al parecer con la intención de pulirse a su señora.  La enorme popularidad de Clodio hizo que César volviese su crítica hacia su mujer pronunciando esa famosa frase que se traduce así así, porque más bien quiere decir: me divorcio porque considero que no puedo tener una mujer que sea objeto de sospecha.

Tres años después de su divorcio, Julio se casó de nuevo, esta vez con Calpurnia, hija de Calpurnio Pisón, aliado suyo. Al que se uniría, de momento, Pompeyo, puesto que se casó con Julia, hija de César.

Pero estas son solo las relaciones oficiales. Suetonio le atribuye a César, además, amoríos más o menos largos con Postumia, la esposa de Servio Sulpicio; Lolia, mujer de Aulo Gabino; o Tertula, la mujer de Marco Craso. Pero, por encima de todas ellas, se señala como gran amante de Julio a Servilia, la madre de Marco Bruto. ¿Quiere ello decir que, tal vez, el famosérrimo tu quoque, fili, era literal? No parece, pues la mayor parte de los indicios apuntan a que Julio sentía por el joven más una admiración por sus habilidades que un amor paternal.

La relación de Julio con Servilia tenía también una vis política fundamental, puesto que era hermanastra de uno de los principales hombres políticos del momento: Catón. Como también lo fue la mantenida con la reina egipcia Cleopatra, con la que todo parece indicar César no estuvo nunca eso que se dice colgado, sino que la utilizó en el marco de sus movimientos contra su hermano, Ptolomeo XIV. Algunos historiadores de la época incluso dudan de que el tan famoso como misterioso Cesarión, hijo de Cleopatra, fuese hijo de Julio. La afamada serie Roma, de la BBC, recoge de alguna manera esta versión, haciendo al niño hijo de Pullo, el legionario que es uno de los dos protagonistas principales de la serie.

Según el griego Dion Casio, al final de su existencia, en la cumbre del poder dictatorial de César, sus partidarios llegarían a defender la necesidad de una ley que permitiese al dictador, literalmente, follar con quien le apeteciese.

El gran asuntillo sexual que ha perseguido a César durante 2.000 años, e inclusodurante su vida, es el de su estancia en Bitinia, en la corte del rey Nicomedes. Fue ésta una estancia bastante larga y, además, al volver a la metrópoli, César se las arregló para regresar de nuevo. Lo cual alimentó, rápidamente, la especie de que Julio era homosexual, y Nicomedes su chochito. Existen testimonios de que hubo senadores, que, durante los debates con Julio, lo trataron a propósito con el género femenino; uno, incluso, dijo de él que era “el esposo de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”.  Sila, su enemigo, lo llamaba “el hombre del cinturón flojo”, lo cual era una alusión directa a la forma de vestir habitual de los homos de la época, que llevaban la toga más suelta (ignoro por qué). Conocida es también la admonición pública con que Cicerón recibió la victoria cesarea frente a Pompeyo, afirmando que nunca habría esperado que un hombre tan poco ceñido pudiese ganarle (hay que añadir, para entender esta frase, que de la heterosexualidad de Pompeyo; más aún, de su condición de lo que hoy llamamos Macho Alfa, no dudaba nadie).

Coleen McCollough, erudita biógrafa moderna de César, no cree la historia de Nicomedes. Este bloguero diría que no, pero sí. No, en el sentido de que César fuese homosexual, en el sentido en que más que probablemente lo fuera, por ejemplo, Calígula. No practicó el amor con hombres normalmente. Pero sí, porque para Julio, es al menos lo que para mí se destila de las líneas anteriores, el sexo era parte de la carrera por el poder. Seducir, para él, era allanar su camino hacia el poder. Y no parece que Julio fuese de los que se arredraban ante el hecho de que la seducción tuviese que producirse sobre elementos volumétricamente más abundantosos que los que se encuentran en una entrepierna femenina. Eso sí, acusaciones como las de Catulo, que apuntan hacia la relación con amantes menores por puro placer (como sí pudo tenerlos Sila), son difíciles de creer.

Tras la exagerada vida de Julio, le sucedió Octavio, quien claramente derivó hacia una existencia algo más calmada. En buena parte hijo político de Julio, Octavio también practicó el casamiento por razón de poder. Su primera mujer, Claudia, era hija de Publio Clodio e hijastra de Marco Antonio; Octavio se casó con ella para consolidar el que se conoce habitualmente como segundo triunvirato (43 a.C.) Dos años después, la repudió sin siquiera haberla desflorado (todo un detalle, porque era una niña).
Inmediatamente, Octavio se casó con Escribonia, tía política de Sexto Pompeyo. En apenas un año, tuvieron tiempo de tener una hija, la escandalosa Julia; pero, pasados más o menos doce meses, se divorciaron en medio de grandes peleas.

Aquí, sin embargo, acabó la identificación de Octavio con Julio pues éste, que con el detalle demuestra que tenía criterio y no estaba dispuesto a seguir las costumbres habituales, se casó por amor. Y cómo se casó. Se enamoró de un pibón de 19 años, Livia, que no sólo estaba casada con Tiberio Claudio Nerón, sino que estaba embarazada de seis meses (de su hijo Tiberio, que sería emperador). En enero del año 38, Octavio le guindó la piba a Tiberio, y se casó con ella. A partir de entonces, Livia se convirtió en su gran confidente y un verdadero contrapoder en la sombra; aunque sus acciones y habilidades como asesina envenenadora, de las que tanto eco se hace Robert Graves en su I, Claudius, están lejos de estar atestadas.

Un historiador clásico, Aurelio Víctor, dice de Octavio que experimentaba una flagrante haud modice luxuria; o sea, que estaba más empalmado que un mandril. Es posible que sea cierto. Y hasta es posible que, como dicen otros,  se hiciese llevar jovencitas a palacio para darle lustre al lápiz. Pero todo ello, si lo hizo, lo hizo con sentido de hombre de Estado, y evitando a toda costa el escándalo. Aunque es posible que una vez se le fuese la mano, con la muy sensual Terencia, mujer de Mecenas, a la que quizás tuvo que llevarse a la Galia porque sus condumios en Roma eran ya vox populi.

A la muerte de Octavio, le sucedió Tiberio, su hijastro. Con él, comenzó el, probablemente, reinado imperial más famoso por motivos sexuales y, por ello mismo también, más sometido a discusión.

Dejémosle, por el momento, casado con su hermanastra Julia El Putón. 

martes, julio 15, 2008

Tiberio Graco

Este blog está pronto a irse de vacaciones. Queda una quincena de julio en la que creo me voy a dedicar a la dolce far niente con mayor descaro de lo habitual, y en agosto es posible que me asome algún día por aquello de desengrasar los bytes, aunque no lo sé.

La voluntad de descanso, no obstante, sigue combinándose con la pulsión que creó esta esquina de internet, que es la pulsión de contar historias. Hoy me gustaría contaros la del primero de los Gracos. Una historia que tal vez los más provectos de entre vosotros conozcáis bien, porque hubo un tiempo en que los hechos de la Roma clásica eran materia de estudio en las escuelas. Lo cierto es que las generaciones vivas de hoy poco o nada saben de los Gracos, con lo que han olvidado que, para muchos de sus antepasados más cultos, este nombre fue sinónimo estricto de conceptos como libertad, rebelión e, incluso, en algunos casos, revolución.

Tiberio Sempronio Graco fue un miembro notable de la clase patricia romana que realizó lo que los romanos llamaban un cursus honorum, mezcla entre carrera política y funcionarial, casi completo. Fue tribuno de la plebe, edil curul, pretor, cónsul por dos veces y censor. Esto supone que ocupó todas las magistraturas importantes de carácter civil de la República.

Es muy probable que Tiberio Sempronio se casara por amor, por mucho que la conveniencia tuviese también su papel, como era inevitable entre patricios. Y digo que se casó por amor porque eso es lo que cabe sospechar cuando te casas con la hija de uno de tus peores enemigos. Cornelia, en efecto, era hija de Escipión el Africano, y todo en mundo en Roma sabía entonces que cada vez que un Graco y un Escipión se juntaban en la misma habitación, se producía alta tensión como para iluminar la Subura durante un mes.

En el año 137 antes del teórico nacimiento de Cristo (que con cierta probabilidad se produjo algunos años antes de lo que hoy se dice), Tiberio, hijo de Tiberio Sempronio y conocido por la Historia como el primero de los Gracos, comienza su carrera política en España, donde ocupó plaza de cuestor. Sin embargo, tan sólo cuatro años más tarde lo encontramos ya en Roma y nombrado tribuno de la plebe. Su nombramiento no fue en modo alguno casualidad. Tiberio había buscado agarraderas bien fuertes en la familia Claudia, una de las principales de Roma para entonces (a pesar de no ser romanos-romanos, con RH negativo y esas cosas) y que acabaría dando a la Historia un montón de generales y emperadores, como el tartamudo Clau, Clau, Claudio cuyas presuntas memorias se cuentan en los libros de Robert Graves.

Claudio Pulcher, que a juzgar por su cognomen debía de lavarse un par de cientos de veces al día, tenía entonces la carísima distinción de princeps Senatus, o sea el primero de los primeros, el senador de senadores, el cappo di tutti cappi. Y, además, era enemigo de los Escipiones. Tiberio Graco ingresó en esa facción antiescipiónica donde compartió cenas y colaciones con los claudios, los escévolas y, desde que Publio Mucio Escévola dio el braguetazo de casar a su hijo con una miembra [toma ya Ministerio de Igualdad] de la familia de los crasos, también esta familia, conocida por sus riquezas, se arrejuntó a la bandería.

Todo esto funcionaba por amistades y relaciones. Las facciones patricias, cuando llegaban al poder, lo tomaban enterito. En el 133 a.C., ya lo hemos dicho, Tiberio Graco fue tribuno de la plebe; pero al mismo tiempo Mucio Escévola era cónsul.

En principio, todo esto no tendría que ser sino un episodio más de la Historia de la República Romana, formada a veces por una mera sucesión de consulados en las que, como acabamos de describir, las diferentes familias iban tocando pelo, la mayor parte de las veces con la intención de conseguir éxitos militares, llevárselo calentito, o más habitualmente tener éxitos militares mientras se lo llevaban calentito. Tiberio Graco, sin embargo, era distinto. A él le habían formado diversos maestros griegos, alguno de ellos estoico, que le habían llevado por el mal camino de explicarle que en Grecia, nación que entonces tenía la vitola de superioridad intelectual sobre la más pragmática Roma, se llevaban ideas como la soberanía del pueblo y la responsabilidad de los administradores para con la plebe. Ideas complejas y desordenadas que aún costaría cosa de 1.800 años comenzar a imponer.

Graco, además, estaba en una posición ideal para actuar. No sólo era tribuno de la plebe, un cargo bastante goloso, sino que además el gobierno de la ciudad de Roma estaba en manos de su amiguito Escévola porque el otro cónsul, Lucio Calpurnio Pisón, estaba en Silicia tratando de apiolarse a unos esclavos que se habían rebelado (Spartacus es el mito, pero no fue ni de coña el único). Para colmo, la oposición, o sea Escipión Emiliano, estaba en ese momento asediando Numancia, así pues estaba en la comunidad autónoma de Castilla-León.

Influido por esas extrañas ideas griegas, Tiberio Graco hizo un movimiento hacia la igualdad económica de los romanos. Su Lex Sempronia venía a apoyarse en otra alumbrada casi 250 años antes, la Lex Licinia Sexta, por la cual se limitaba la superficie de campo comunal o ager publicus que podía ocupar un solo propietario. De esta manera, Graco pretendía generar excedentes de tierra, que serían soltados por los propietarios que estuviesen ocupando demasiada; excedente que, en los términos de la norma, debería repartirse en pequeñas parcelas para que le tocase la pedrea a mucha gente.

Era una ley cargada de razón. En aquella Roma en la que Tiberio Graco había crecido, los ricos eran cada vez más ricos, pero los menos ricos no sólo eran más pobres, es que cada vez eran menos. Lo cual ponía en peligro la propia supervivencia de Roma pues en Roma, hasta la reforma de Cayo Mario, los soldados salían de la clase campesina (la reforma de Mario consistió en admitir al ejército a los miembros del census capiti, es decir a los putos monos sin familia ni tribu ni leches, o sea los puteros, los borrachuzos y el lumpenproletariado en general). La norma, consciente de que hacer una reforma agraria al modo marxista (es decir, cambiando las relaciones de propiedad) era imposible, actuaba sobre el ager publicus, es decir sobre las tierras del Estado; un terreno en el que la soberanía del Estado era, pues indiscutible.

Consciente de que si la presentaba en el Senado le iban a encular, Tiberio Graco hizo uso de la prerrogativa propia de un tribuno de la plebe de presentar la ley frente a la asamblea del pueblo. Se montó la de Alá es Mahoma. Los partidarios y detractores de la norma se daban de hostias en las calles. Roma se llenó de pintadas. No obstante, numéricamente los partidarios de la ley ganaban claramente, lo cual es lógico porque de toda la vida de dios ha habido más gente pelada que gente sobrada de pasta. Esto movió a los patricios a darse cuenta de que no podían votar en contra de la ley. Pero había más posibilidades. Los tribunos de la plebe, que eran una magistratura creada para garantizar el equilibrio entre los poderes de los patricios y los plebeyos, tenían entre otras prerrogativas la de vetar leyes. Los patricios buscaron a un tribuno compañero de Graco, Octavio, y le convencieron para que vetase la Lex Sempronia.

Ante la situación sin salida que generó la octaviada, Graco decretó lo que el derecho romano conocía como iustitium, una situación en la que toda actividad pública y negocio privado quedaba en suspenso. Luego convocó al pueblo y les explicó algo muy sencillo, o sea:

Paso 1: El tribuno de la plebe existe para defender a la plebe.

Paso 2: Vosotros sois la plebe.

Paso 3: Vosotros queréis la Lex Sempronia.

Paso 4: Octavio ha vetado la Lex Sempronia.

Paso 5: Luego Octavio no ha defendido vuestros intereses.

Paso 6: Pero Octavio es vuestro tribuno.

Paso 7: En consecuencia, Octavio os ha traicionado.

Paso 8: Y, ¿qué debe hacer el pueblo con un representante que le traiciona?

Las 35 tribus plebeyas votaron por darle a Octavio por donde amargan los pepinos o, como diría Quevedo, por el ojo que no tiene niña. Y esa votación marcó un antes y un después para Roma, y yo diría que para el mundo. A ver si consigo explicaros el fondo de la cuestión. Los tribunos de la plebe eran intocables, en virtud de la Lex Sacrata. No podían ser depuestos por nadie, salvo el Senado. La jugada de Graco no estaba prevista, pero eso es así porque el derecho político romano, en el fondo, no creía en la soberanía del pueblo (creía más bien en la oligarquía, el poder de unos pocos). Al plantear la votación, y ganarla, Tiberio Graco sustantivó, por primera vez en la Historia de Roma, el principio de que lo que el pueblo decide va a misa y no hay formalismo ni compromiso ni hostia decorada que lo pare. Y sustantivó algo más importante aún: el pueblo, reunido, había realizado un acto de autoridad, cesar a un tribuno, reservado al Senado. El mensaje oculto era: es que yo soy el Senado.

El Senado comenzó a obstaculizar la reforma agraria, sobre todo estrangulándola financieramente. Todo reparto de tierra supone gasto de pasta, y Graco la necesitaba. Visto que el Senado no se la daba, presentó una nueva rogatio ante la asamblea popular para hacerse con las riquezas que el rey Atalo III de Pérgamo había dejado a Roma a su muerte, y usarlo para financiar la reforma.

Conforme se acababa el periodo tribunicio de Graco, Tiberio se fue dando cuenta de que, de no repetir en el cargo, todo se iría a la mierda, con lo cual intentó dicha repetición, que era algo de dudosa legalidad en aquella Roma. La plebe, por su parte, se fue calentando con el asunto, sospechando efectivamente la jugada, y trató de imponer la reelección de Graco. Todo esto acabó en la tensísima escena de una asamblea popular celebrada junto al templo de Júpiter Capitolino; y, algunos metros más allá, en el templo de Fides, el Senado reunido en paralelo. En la reunión senatorial, el peor enemigo de Graco, Escipión Nasica, exigió del cónsul que sacara las tropas a la calle y se liara a hostias. Mucio Escévola, que como sabemos era gracoide, se negó. Pero en ese momento, otro Escipión, Nasica Serapio, se puso al frente de un grupo de senadores y se lanzó contra Tiberio, acompañado por sus partidarios de entre los tribunos.

Tiberio Graco murió asesinado en aquel tumulto. Y podía estar en discusión lo de la reelección, pero lo cierto es que el día que fue asesinado, era aún tribuno de la plebe. La condición sacrosanta, intocable, de los tribunos de la plebe, se acaba de ir a tomar por culo.



Ya sé que en Grecia, muchos años antes de Graco, hubo democracia y Pericles y tal y tal. Pero, en primer lugar, en Grecia había miniestados bastante poco estructurados, pues sólo eran ciudades, polis. Y, en segundo lugar, en Grecia no se produjo una actividad legislativa tan intensa como la romana, razón por la cual hoy se estudia el Derecho Romano y no el Griego. En realidad, Tiberio Graco fue el primer gobernante o político que le enseñó a las clases modestas que se pueden organizar, que pueden exigir lo que quieren exigir, y que la soberanía les pertenece. Tiberio Graco no fue, o yo creo que no fue, eso que hoy llamaríamos un político de izquierdas; su principal objetivo era que Roma rulase, es decir que la sociedad romana siguiese funcionando y aportando los recursos necesarios para que Roma siguiera siendo grande. Sin embargo, por el camino, fue capaz de alumbrar una nueva forma de entender las relaciones sociales y políticas; una nueva forma que veinte siglos después aún se luchaba para implantar. Una forma que hoy, desgraciadamente, aún no está implantada en medio mundo.

En mi opinión, todo aquél que se dice defensor de los más débiles; todo aquél que cree en la igualdad, en la necesidad de que la política se ocupe de los desfavorecidos, debería conocer la historia de Tiberio Graco; una historia con triste final, sí; pero en la que los goznes del destino común del ser humano comenzaron a girar, para no recuperar nunca del todo su posición anterior.

Y, de todas formas, Tiberio Graco está muerto; pero eso no quiere decir que lo estén sus ideas. Eso lo contaremos, quizá, cualquier otro día.