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miércoles, junio 05, 2024

La primera Inglaterra (9): Con la Iglesia hemos topado

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 



La Iglesia, oh casualidad, se hizo rápidamente rica. Su business model era sencillo, en Inglaterra como en cualquier otro sitio. Una vez establecido el principio general de la prevalencia del poder espiritual sobre el del siglo, resultaba fácil afirmar, con el apoyo de reyes y barones, el principio de que la Iglesia tenía derecho a cobrar impuestos. Hablamos del famoso diezmo, o del tither como lo llaman los ingleses. Sin embargo, en realidad la Iglesia no se financiaba con el diezmo; el diezmo estaba ahí para poder hacer política, sobre todo mediante el gesto de renunciar a él, o de exigirlo, de incrementarlo o de bajarlo. Para poder disponer de esa política fiscal, la Iglesia necesitaba tener otra fuente estable de ingresos; y es por ello que se convirtió en terrateniente.

martes, junio 04, 2024

La primera Inglaterra (8): Una sociedad más estructurada de lo que parece

 

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

  


Las leyes concebidas en suelo inglés más antiguas de que disponemos son las que desarrolló el reinado de Aethelberht de Kent, quien murió en el 616. Tres de los reyes que lo sucedieron en dicho reino: Hlothere, Eadric y Withred, impulsaron sus propios códigos. Y, en ese mismo siglo VII, se les unió el rey Ine de Wessex. En todos estos casos, sin embargo, la información de que disponemos es en realidad posterior, dado que las leyes kentish se copiaron en el siglo XII, y es de esas copias que las conocemos; mientras que las de Ine fueron incorporadas al código del rey Alfred.

lunes, junio 03, 2024

La primera Inglaterra (7): El rey de la superación

 

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

 

La historia del rey Alfred, además de la historia de un rey reunificador y capaz de dar a los sajones una esperanza frente a una amenaza que comenzaban a reputar invencible, es la historia de una superación personal. El rey Alfred estuvo, probablemente, enfermo toda o casi toda su vida. Sabemos que de joven contrajo hemorroides, pero sus problemas fueron a más con los años; hoy en día, se especula con que sufriese la enfermedad de Crohn.

viernes, mayo 31, 2024

La primera Inglaterra (6): Un rey contestado

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

  



Como ya he escrito muchas veces, y es por otra parte bastante evidente, el origen de la monarquía, del poder de uno, es la necesidad que encuentran, primero las tribus, luego los pueblos, y finalmente las naciones, de colocarse bajo el mando del más cachoburro de todos. Sin embargo, la Alta Edad Media europea es un periodo en el que se puede decir que el Imperio romano no ha pasado en balde y mucho menos ha sido olvidado. Los pueblos, sobre todo; los pueblos, en tanto que superación del concepto de tribu, son cada vez más conscientes de que un buen rey debe de dominar más cosas que la espada.

jueves, mayo 30, 2024

La primera Inglaterra (5): Vikingos a la defensiva

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

 

En el otoño del año 892, para los sajones podía quedar claro que el tema vikingo estaba lejos de haberse resuelto como ellos habrían querido. Nada menos de 330 barcos, portando a muchos centenares, miles incluso, de guerreros, se presentaron en la isla. Se trataba, pues, de una invasión del calibre de la del 865; en realidad peor, puesto que ahora ya había escandinavos establecidos en East Anglia y Northumbria; pueblos que, además, aunque habían pactado con la monarquía de Wessex, si la traicionaban ya no sería la primera vez.

miércoles, mayo 29, 2024

La primera Inglaterra (4): Alfred, el rey inglés

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

 



Al seguir la peripecia del medio ejército vikingo a las órdenes de Halfdan, hemos dejado a la otra parte en Reading. Eso que podemos llamar, pues, el resto de los vikingos establecidos en Mercia, en todo caso, ya no estaba en Reading. Se habían ido a Cambridge, liderados por lo que las crónicas llaman los tres reyes: Guthrum, Oscetel y Anwend. Los vikingos GOA estuvieron en Cambridge un año; estudiar, estudiaron poco, pues se dedicaron, fundamentalmente, a preparar una expedición sobre Wessex; expedición que se produjo en el 875 tal y como los GOA, probablemente, habían estimado desde un primer momento.

martes, mayo 28, 2024

La primera Inglaterra (3): El tema vikingo se pone serio

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

  


El problema vikingo atestiguó la creciente debilidad de Mercia y, consiguientemente, la cada vez mayor implicación de Aethewulf en el reino. Es ya muy probable que Berhtwulf, el rey que fue desalojado por la vikingada, fuese, como Wiglaf, un rey aceptado por Aethewulf y, por lo tanto, virrey de Mercia en la práctica. La debilidad de Mercia se aprecia también en el hecho de que el área de Berkshire, que Mercia y Wessex se disputaban, acabase por caer del lado del segundo. En el año 853, cuando el sucesor de Berhtwuf, Burgred, tuvo que sofocar la rebelión de los siempre belicosos galeses, tuvo que solicitar explícitamente la ayuda de Aethelwulf. Al año siguiente, Burgred se casó con una hija del rey de Wessex, Aethelswith.

lunes, mayo 27, 2024

La primera Inglaterra (2): Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

 



Hemos visto como, en la antesala del siglo IX de nuestra era, la actual Inglaterra estaba formada por varios reinos, con diferentes relaciones de vasallaje entre algunos de ellos, y asimismo conectados con el mundo. El inicio del siglo, extendido durante cuatro décadas, sería el teatro de una serie de cambios dramáticos en el panorama.

viernes, marzo 22, 2024

Milenarismo

(Con esta crónica, me abro; santas vacaciones para todos)



De la Edad Media europea se dicen muchos meconios, alguno de los cuales hemos abordado ya en este blog. Todos ellos están bien instilados en la conciencia cultural y social de nuestro tiempo, así pues no se puede hablar de uno más sólido que el otro. Sin embargo, entre las ideas con un fuerte nivel de implantación, por así decirlo, sin duda se cuenta el caso del milenarismo. El milenarismo, que es palabra que ha acabado por designar casi cualquier predicción catastrófica, designa inicialmente las ideas ligadas a la llegada de una nueva era, o tal vez del final del mundo, o del advenimiento del Juicio Final, conforme la humanidad occidental se fue acercando al año 1000, es decir, al primer giro de milenio tras el nacimiento de Jesús.

lunes, marzo 08, 2021

Islam (21: los otros shiíes)

 El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro


En nuestro avance por la Historia del Islam nos hemos detenido especialmente en la que es la rama fundamental del shiismo, la doudecimana o imamí. Sin embargo, no es la única. Pero para llegar a las otras necesitamos regresar a algún punto anterior en nuestra descripción; al final del siglo IX, más o menos en los tiempos de la muerte de al-Hasán al-Askari, décimo primer imán y, por lo tanto, el inicio de la época del Imán Oculto.

miércoles, marzo 03, 2021

Islam (19: un califato y dos creencias bien diferenciadas)

El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro


Con el tiempo, la práctica mayoría de los partidarios de Jafar al-Sadiq se convirtió en partidario de Musa al-Kazim. Esto, para el shiismo duodecimano, fue una gran aportación, puesto que Sadiq aportó al movimiento un importante número de eruditos del Corán que formaban su grupo estrecho de colaboradores. Al-Sadiq, por otra parte, es el último imán de los shiíes que fue enterrado en Medina.

viernes, febrero 26, 2021

Islam (17: suníes)

El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro 


En los doscientos años, más o menos, posteriores a El Profeta, el Islam se enfrentó al reto de codificarse; un reto cuyo principal objetivo era impedir que la interpretación de la ley de Alá fuese fragmentándose en diferentes interpretaciones geográficas. Por mucho que este efecto era algo inevitable para una religión universal y tan difundida, en el siglo IX sobre todo los intentos por evitarla fueron muchos.

lunes, febrero 22, 2021

Islam (15: de cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda)

El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro 


A la muerte de Mansur, el sucesor en el califato, ya totalmente consolidado como una institución monárquica hereditaria, fue su hijo, Mohamed Mahdi, quien sería califa durante diez años hasta el 785. He dicho “totalmente consolidada”, pero eso, en realidad, no es cierto. Es cierto en el sentido que, como entidad política, el califato abásida estaba plenamente consolidado. Pero en el terreno espiritual, la legitimidad de los cabezas de la nación musulmana no estaba tan clara. De hecho, una de las grandes obsesiones de Mahdi durante su reinado fue convencer al mundo musulmán de que la regla de que los musulmanes habrían de ser comandados por un descendiente de Alí y Fátima era una condición excesiva. Su éxito, sin embargo, fue muy relativo.

lunes, septiembre 05, 2016

La herejía pauliciana

En el año 1717, una viajera inglesa, lady Mary Wortley Montagu, visitó la vieja Constantinopla y su, por así decirlo, zona de influencia histórica. Entre las ciudades que visitó estaba Filipópolis (actualmente Plovdiv, la segunda ciudad más poblada de Bulgaria). En una carta en la que refiere dicha visita, Mary Wortley cuenta que ha encontrado en la ciudad a una secta de cristianos que se hacen llamar a sí mismos paulinos; que poseían una iglesia en la que, según sus tradiciones, Pablo de Tarso había predicado. La viajera inglesa no lo sabía, pero acababa de encontrar los últimos (bastante romanizados ya) vestigios de una secta gnóstica, los paulicianos, que había tenido no poca importancia un milenio antes del momento en que ella visitó la actual Bulgaria. Lo suficientemente importante como para que en esta ventanita les dediquemos unos párrafos.

lunes, abril 23, 2012

Los carolingios en España


Allá por los años cuarenta o cincuenta del siglo pasado, según me informó una vez el arzobispado compostelano, en la catedral se dejaron de rezar algunas misas por el alma de algunos personajes principales de la Historia de Europa de los últimos siglos, que habían tenido especial atención hacia el fenómeno jacobeo. O sea, las misas se siguen diciendo, pero ya no se les dedican, quizá por entender que los cristianos que aún están en carne mortal ya han pedido suficientemente por su acceso a la Gloria y la Gracia de Dios. La consulta que les hice tiene que ver con que Gonzalo Torrente Ballester, en uno de sus libros de juventud (Compostela y su ángel, creo que se llama) afirma que a principios de agosto de cada año, una de las mismas celebradas en la catedral se encomienda al alma de Carlomagno desde la muerte de éste. De ser cierta la afirmación, y Torrente no tenía por qué mentir, serían más de 1.100 misas las que en Compostela se dijeron para rogarle a Dios que acogiese en su seno al rey franco. Rúa del Franco se llama, también, la principal vía enológico-tapera del Santiago actual, pequeña arteriola medieval que llevaba a la catedral a los peregrinos; y del Franco se llama porque, para los primeros jacobeos, franco era sinónimo de peregrino. Ellos dirían, pues, "peregrinas como un francés" como nosotros decimos "trabajas como un chino".

Para Santiago, en efecto, Carlomagno es un personaje fundamental. Pero no es el único rincón de España que le debe mucho. Cataluña, sin ir más lejos, le debe el inicio de su muy querida identificación nacional, que comenzó a surgir, embrionariamente, cuando consiguió no ser territorio vasallo de Córdoba; logro que le debe, en tu totalidad, al emperador franco (con minúsculas).

Es por ello que, como comentaba en mi post anterior, la labor hispana de Carlomagno merece un artículo especial.

Para entender lo que el emperador hizo en España debéis comprender el elemento fundamental de la tesis del artículo anterior: el imperio carolingio es un proyecto multinacional que combina la ambición personal de poder con un proyecto de dominación religiosa; o, más concretamente, de construcción en la Europa Occidental de un poder tan ancho en sus territorios, tan poderoso en sus armadas y en sus ideas, como el imperio oriental nucleado en Constantinopla; bueno, si podía ser más, mejor.En la Europa premedieval hay una tensión entre Este y Oeste que, en algunos puntos, recuerda a la Guerra Fría. Constantino el Grande cambió la capitalidad del imperio romano por pura cobardía o admisión de debilidad. Sabía que no podría con la presión de los germánicos que, además, como se ha señalado repetidas veces, no habían invadido el imperio violando a sus vírgenes, sino alistándose en su ejército; en realidad, los posibles de una resistencia romana al poder godo eran inexistentes, porque habría sido como pedirle a un cuerpo que luchase contra sus propios macrófagos: de perder, perdería; de ganar, moriría

La fundación del imperio de Oriente, sin embargo, dejó pendiente la cuestión de la dominación. El egalitarismo es probablemente la más bonita de las filosofías del hombre; pero, tal vez por eso, es totalmente extraña a las pulsiones humanas. El hombre siempre propende a la dominación, porque en una diferencia, la que sea, siempre hay alguien que ha de ganar, y alguien que ha de perder. La elección de Constantino fue enormemente acertada, porque escogió situar el nuevo experimento de imperio romano en un territoril fértil, encrucijada del comercio y el transporte, puerta del Oriente, y con unos enemigos que, en el momento en que el Grande tomó su decisión, eran mucho menos temibles que aquellos alemanes rubios, altos, secretos o confesados adoradores de árboles, que ya por entonces coqueteaban, a su manera, con la idea de la supremacía aria. En realidad, Consti se equivocó; la realidad es que cuando alguien es poderoso y rico, el deseo de robarle ennoblece y alimenta a sus vecinos, así pues, como las moscas van a la mierda, búlgaros, eslavos en general, siriacos, persas y demás, pronto se aplicaron a rapiñar aquel chollo llamado Constantinopolis.

Justiniano, un tipo muy inteligente que tuvo, además, la suerte, de que la poca inteligencia que le faltaba se la aportó su señora, fue el primero que, propiamente, se dio cuenta de aquel error. Como digo, fue probablemente Teodora Fernández de Kirchner, mucho mejor conocedora que su costillo de la lorza oriental del imperio, la que se dio cuenta de que la dominación soñada de eso que hoy llamamos Oriente Medio nunca se produciría. Desde los lágidas y los seléucidas, la ancha franja de territorios desde el Nilo hasta el Éufrates había aprendido a ser ella misma, y no estaba dispuesta a jugar un juego de sumisión. Por esta razón, Justiniano resucitó el viejo sueño imperial old fashion, y decidió entrar en Italia, a plantarle cara al ostrogodo, y de paso al Papa.

A partir de ahí, se inicia un fenómeno de flujo y reflujo, en el que la parte teóricamente más proclive al fracaso en el inicio, Roma, acabará entrando a saco en Constantinopla, en el verdadero final del imperio oriental, que no es, por lo tanto, la entrada de los turcos que toda mi cohorte demográfica estudió en la escuela como inicio del Renacimiento. Y, en esa estrategia exitosa, a pesar de que es en buena medida fallido, el experimento carolingio ocupa un lugar de primer nivel. Sin Carlomagno, no habría existido la idea imperial occidental. Pero la idea imperial occidental no podría existir si Hispania no fuese elemento fundamental de la misma. Idea en potencia, porque la península está tomada por los musulmanes y, los siglos VIII y IX, ya se puede poner el Papa decubito prono o decubito supino, no hay quien les tosa. Además, una idea Europea, una especie de OTAN religiosa que se proteja de todo lo que le amenace, aun no existe: ningún Papa llamará a la Cruzada para recuperar España, como la llamaría siglos más tarde para tomar Jerusalén.

España es, tiene que ser, una de las joyas de la corona imperial. Para Carlomagno, pues, mirar más allá de los Pirineos no es una opción. Es, yo al menos estoy convencido de ello, una de ésas conditia sine quibus non que Roma le pone para consolidar su alianza estratégico-moral-religioso-militar.

A Carlomagno, en el marco de esta alianza, no le vale sólo con defender la cruz; defiende, además, determinada cruz, esto es, la unidad eclesial total, pues Roma teme, y hace bien en temer, las tendencias centrífugas entre los cristianos; que son tan fuertes que en Constantinopla generarán incluso crueles masacres en los siguientes 500 años. No olvidemos lo mucho que tuvo que remar el papado para obtener la conversión de Recaredo.

Carlomagno, además, juega la baza evidente de lo que efectivamente lo es, y es su condición de único contrapoder de los musulmanes. Aupado sobre la victoria de su abuelo, Carlos Martel, quien en Poitiers frenó definitivamente el avance musulmán hacia el centro del continente, Carlomagno se convierte en una fuerza militar de importancia, la única capaz de hacer sombra a Córdoba; y esto es algo en lo que se fijan no sólo los cristianos, pues la corona asturiana no tardará en tratar de tenerlo cerca; sino, también, los propios enemigos musulmanes del califa.

Es un grupo de éstos el que se desplaza a Paderborn, en la actual Alemania, a entrevistarse con un Carlomagno que está organizando en ese momento la marca sajona. Van presididos por Sulaiman Ibn al-Arabi, molt honorable walí en cap de Barcelona, y le ofrecen su apoyo si entra en la península y le prometen la entrega de Zaragoza, es decir de la cuenca del Ebro. A Carlomagno la oferta le pone, pues sabe que necesita crear una marca hispana que deje fuera del alcance de los moros la Septimania; además, dominar la cuenca del Ebro le pone en posición de fagocitar a los navarros y, quién sabe, incluso a la incipiente monarquía asturiana pospelagiana. Sin embargo, la expedición fue un fracaso porque, a la llegada a la capital maña, el walí de la ciudad se negará a entregarla, con lo que las tropas carolingias deberán retirarse con cierta precipitación. Tanta, que serán malamente emboscados en Roncesvalles por vascos, o tal vez gascones, en una batalla que se convirtió en el primer poema épico de la literatura francesa: La canción de Roldán.Y que, como casi todas las cosas que los franceses cuentan de sí mismos en tonos épicos, es eso que los hebreos llaman un midrash; en vallekano, una puta rallada de cabolo.

Tras esta derrota militar, Carlomagno, que de todas formas controla los Pirineos, pone sus ojos en la iglesia hispana. Es un proceso que ya hemos contado en parte cuando hablábamos del origen del mito de Santiago.

Para Carlomagno, la iglesia de la península es un problema. En los tiempos visigodos, los obispos, reunidos sistemáticamente en concilios toledanos, han sido medio Estado. Están acostumbrados a serlo y, además, registran el apoyo de la monarquía asturiana, que está dispuesta a luchar contra los musulmanes pero, al tiempo, recela de ser integrada en un imperio franco.

En el 784, durante el concilio de Sevilla, esta situación más o menos larvada estalla con la querella del adopcionismo. El arzobispo Elipando de Toledo, en efecto, se muestra partidario de una concepción teológica por la cual el Jesucristo hombre no fue propiamente hijo de Dios, sino hijo adoptivo (de ahí el nombre). La ortodoxia romana sostenía (y sostiene) que Jesús es hijo único de Dios (nacido de Dios padre antes de todos los tiempos, reza el Credo; es el rastro que en los tiempos modernos dejó esta querella). En defensa de la ortodoxia se alzan el obispo Eterio de Osma y el monje Beato de Liébana, el inventor del mito jacobeo. Pero, en realidad, ésta es una movida mucho más profunda. Detrás del conflicto está la mano de Carlomagno, defensor de la ortodoxia romana; y detrás de la actitud de Elipando, por mucho que creyese lo que decía, está la intención de sustentar la autonomía de la Iglesia española.

En ese punto, en Oviedo se produce un cambio importantísimo: Mauregato, rey hasta ese momento, es sustituido por Alfonso II, quien decide inclinarse del lado carolingio, por lo que rápidamente rompe con la Iglesia de Toledo. En el 792, Carlomagno muñe un concilio en Ratisbona cuyo principal objetivo (cumplido) es obligar a retractarse al gran apoyo de Elipando, el obispo Félix de Urgel. Siete años después, el concilio de Aquisgrán lo condenará a permanecer en Lyon hasta su muerte. Este movimiento permite el control total por parte de los clérigos carolingios de la sede de Urgel, elemento fundamental para la consolidación del poder franco en la Marca Hispánica.Y, lo que es más importante, sella la alianza entre los monarcas asturianos y el imperio carolingio, una alianza que marcará el destino de España. El destino, en primer lugar, de la sede compostelana, pues el entendimeinto entre Oviedo y Aquisgrán supondrá el apoyo incondicional del imperio carolingio hacia el mito jacobeo; Carlomagno "enviará" toneladas de francos a la sede compostelana, y Santiago se convertirá en la gran luz de la cristiandad medieval, construyendo un cordón umbilical entre la España y la Europa cristianas. Más a largo plazo, esta alianza, unida al efecto traumatúrgico y unificador de la empresa de la Reconquista, convertirá a España en el stronghold del proyecto imperial romano, haciendo de nuestra tierra el principal baluarte del catolicismo en el mundo (con permiso de Polonia, mucho más católica que nosotros, pero históricamente menos decisiva en lo militar, que es de lo que se trata). En el siglo XIX, cuando media Europa haya abandonado a los papas, España seguirá siendo católica, apostólica y romana.  

Territorialmente hablando, sin embargo, en Cataluña termina, prácticamente, el imperialismo carolingio en España. Los navarros se independizaron del poder omeya en el siglo VIII con la ayuda de unos nobles muladíes, es decir visigodos en origen que se convirtieron al Islam: los Banu Qasi, nietos y bisnietos de Fortún, conde visigodo. En el 806, Córdoba somete estas tierras, que piden ayuda a los carolingios. Sin embargo, en la segunda década de este siglo, los Banu Qasi volverán a tomar el control de la zona del Ebro y acabarán por echar a los francos. Antes, en el 810, la dominación franca en Aragón, ejercida por un conde llamado Oriol, es desplazada por un noble local, Aznar Galindo; y, aunque este Ansar altomedieval no consiga deshacerse del todo de los francos, finalmente, una alianza entre los Banu Qasi y los Arista, desde Navarra, acabará de echarlos.

Como resultado, Carlomagno sólo conseguirá dos elementos de poder permanentes en España: uno, el control de Cataluña; otro, el impulso del mito jacobeo, inventado por sus aliados en la polémica adopcionista, en el marco de una alianza estratégica con la monarquía asturiana, intensificada además, cuando los navarros y aragoneses se ponen de canto. Su gran fracaso será controlar a la Iglesia local.
Todos estos elementos son de extraordinaria importancia para la Historia de España, y es por ello que la etapa carolingia es tan importante. La peregrinación jacobea será fundamental para España y para Europa. El control de la Marca Hispánica como único territorio hispano de influencia carolingia tenderá a hacerlo distinto: Carlomagno es, sin duda, el primer plantador del hecho diferencial catalán. Máxime si se tiene en cuenta que no sólo aparta Cataluña del resto de las dominaciones en la península, sino que lo hace sin crear una estructura de real dependencia respecto de Aquisgrán. La Marca Hispánica, de hecho, se conformó como una débil unión de condados independientes, coordinados por una asamblea anual, en los cuales todos los nobles al frente soñaban con consolidar un poder vitalicio a su favor.

Esta situación, además, se radicalizó o agravó cuando las querellas de Luis el Piadoso con sus hijos envolvieron el imperio franco en una guerra civil. Los condes catalanes hubieron de tomar partido y, en las sucesivas políticas de alianzas con los contendientes, van teniendo cada vez más poder.
Bera, que fue el primer conde barcelonés, intentó sacudirse el yugo franco en el 820, sin conseguirlo. A partir de ahí, Aquisgrán dejará de confiar en los nobles locales y nombrará gobernadores francos, como Rampón o Bernardo de Septimania. Este Bernardo cometió el error de apoyar a Luis el Joven en las querellas entre los hijos del Piadoso, puesto que el tratado de Verdún, que creaba el territorio occidental para Carlos el Calvo, supuso su cese inmediato y su sustitución por dos clientes del nuevo rey: los hermanos Sunifredo y Suñer. Ambos conseguirán que sus hijos les sucedan en el cargo condal, creando con ello el germen de un poder catalán hereditario por sí mismo.

Con la muerte de Carlos el Calvo, 877, los enormes problemas de estabilidad que se le plantean al reino franco, y que ya hemos visto, dejan enorme libertad a los condes locales, que reinan sobre Cataluña prácticamente sin oposición. El nombramiento del defensor de París, Eudes, como rey, y la consecuente ruptura de la línea carolingia, generará toda una serie de rebeliones de nobles que, a lo largo de todo el territorio franco, entenderán que dicha ruptura les otorga fuerza moral a ellos para independizarse. Flandes, Borgoña o Aquitania inician estos procesos, como lo inicia Cataluña de la mano de Vilfredo, considerado el primer gobernante autónomo de la región, y que a su muerte dejará sus tierras a sus hijos: a Sunifredo Urgel; a su hijo voyeur, Mirón II, Cerdaña y Besalú; y a sus hijos Borrell y Suñer, Barcelona y Gerona.

Una vez conseguido el poder civil efectivo, los catalanes se aplican al siguiente paso, que es construir una Iglesia propia. En el año 888, los condes catalanes crean un arzobispado en Urgel; su arzobispado propio, lo que explica que sea tan importante la Seo para el catalanismo.

No se puede decir, por lo tanto, que la huella carolingia en España sea ni débil ni despreciable. España es, en gran parte, la oposición al francés. Y en eso seguimos.

miércoles, abril 18, 2012

Carlomagno


El árbol genealógico de Carlomagno no es fácil de contar. Veréis. Pipino de Lenden, que fue mayordomo (=gobernante efectivo) de Austrasia, una nación franca, casó con Iduberga, quien le dio tres hijos: Grimoaldo, quien le sucedió en el cargo y sería padre de un rey merovingio (Kildeberto); Gertrudis; y Bega. Bega, que entre los godos era nombre de pollo, no de polla, casó con Angisela, una de las dos hijas del arzobispo de Metz, Arnulfo.

El matrimonio de Bega y Angisela tuvo un solo vástago, a quien pusieron el nombre del abuelo y es por ello que se lo conoce como Pipino de Heristal. Casó Pipino dos veces: con Calpaida y con Plectruda, con las que tuvo cuatro hijos. El primero de ellos debía de ir todo el día colocado, pues se llamaba Drogón; luego estaba Grimoaldo, como su tío-abuelo; luego Childebrando; y, finalmente, Carlos Martel, que fue quien heredó el cargo de mayordomo de palacio y cuyo nombre era memorizado por los escolares de mi época por haber parado los pies a los musulmanes. Charly casó también dos veces, con Crotudis y Suanahilda, con las que tuvo seis hijos: la primera, Hiltruda, llegaría a ser casi reina, pues se casó con Odilón, que era duque de Baviera; luego están Carlomán, Jerónimo, Remigio, Bernardo, y Pipino, conocido por la Historia como el Breve, que llegaría a ser rey de los francos.

Pipino el Breve y su mujer Bertrada tuvieron, asimismo, seis hijos: Rotaida, Adelaida, Carlomán, Pipino, Gisela… y Carlos, futuro Carlomagno.

Este conjunto padres e hijos se despliega más o menos entre el 650 y el 780, que son los años en los que las dinastías merovingias acaban por irse a tomar por saco y llega la breve, pero intensísima, dominación carolingia.

Pipino de Lenden,  ya lo hemos dicho, era mayordomo, o sea gobernador, de Austrasia, y a su muerte legó el puesto a su hijo, Grimoaldo. Grimoaldo se sintió el rey más poderoso de la nación franca de la época, motivo por el cual llegó a situar a su hijo, Kildeberto, al frente de la corona merovingia. Pipino de Heristal, nieto de Pipino de Lenden y sobrino de Grimoaldo, recogió buena parte de esa hegemonía ejercida por ambos, acumulando en su sola persona tres mayordomías o gobiernos: la de Austrasia, la de Neustria, y la de Borgoña. Sin embargo, Pipino de Heristal murió en el 714 sin dejar las cosas muy claras, con lo que la vieja Galia conquistada por Julio para los romanos se hundió en algo muy parecido a una guerra civil, agravada porque los islamitas, viendo las cosas propicias, atravesaron los Pirineos y se hicieron con la Septimania (el territorio encabezado por Narbona). 

A causa de esta necesidad fue por lo que Carlos Martel, probablemente un hijo bastardo, se hizo con el control del poder y derrotó a los musulmanes en Poitiers. El prestigio conseguido con dicha victoria, unido al apoyo sin fisuras de la Iglesia, le permitió gobernar incluso sobre territorios que no eran suyos, como Aquitania, pasando del formal rey merovingio, Thierry IV, quien, de todas formas, acabó por morir.

Carlos Martel murió en el 741, dejando dos hijos ya mayores, Pipino, llamado El Breve, y Carlomán. A pesar de que ambos tenían la ambición de continuar la dinastía, la nobleza franca, celosa de sus privilegios, les obligó a restaurar a un monarca merovingio: Kilderico II. Sin embargo, ambos fueron los gobernadores efectivos de la tierra franca bajo su mando, puesto que Carlomán fue mayordomo de Austrasia y Pipino de Neustria y Borgoña; Carlomán, en cualquier caso, abandonaría pronto el cargo, con lo que su hermano se los quedó todos.

Pipino, con el poder en la mano, envió cartas a Roma, donde el Papa Zacarías le prometió su apoyo. Con estos mimbres, tomó preso a Kilderico, lo recluyó en un monasterio, y en el 751 se proclamó rey de los francos, culminando con ello el proceso de creación de la dinastía que se suele conocer como de los Pipínidos que, como acabáis de leer, no son unos peces de río, sino unos tipos. El monje Bonifacio, santo para la Iglesia católica, acabó coronando al rey en Soissons, sellando con ello una alianza de hierro entre los pipínidos y la Iglesia. No contento con dos coronaciones, en el 752 Pipino se hizo coronar de nuevo por el Papa Esteban II, junto con sus hijos Carlos (futuro Carlomagno) y Carlomán, en la abadía de Saint-Denis. Acto seguido, Pipino pagó el tributo que el Papado había exigido por su apoyo, y se desplazó con sus marines a Italia, donde guerreó contra el rey lombardo Astolfo, le conquistó una serie de tierras y, en lugar de quedárselas, se las regaló al Papa; con lo que creó una realidad que duraría más de un milenio y que conocemos como los Estados Pontificios. Asimismo, arrebató la Septimania a los musulmanes, colocándolos de nuevo al otro lado de la raya del Pirineo, y sometió a la siempre celosa de su autonomía Aquitania.

A la muerte pipinera, en el 768, los hijos del rey, Carlos I y Carlomán, se repartieron el reino, pero el reparto duró poco. En el 771 murió Carlomán, y su hermano, simplemente, pasó totalmente de los derechos dinásticos de sus sobrinos y se quedó con todos sus terrenos por el artículo 33. Necesitaba esa concentración, pero… ¿para qué?

Pues para llevar a cabo su destino. Carlomagno era un tipo extraordinariamente competitivo, ambicioso y vital. Esto se nota por lo muy follador que era, costumbre que le acabó legando a su hijo y que vendría a dar algunos problemas, como veremos. Era una persona ambiciosa e hija de su tiempo, la Alta Edad Media; un periodo más cultivado de lo que parece y en el que el sueño y la procura del regreso al Imperio Romano era algo ambicionado incluso por quienes no podían ni medianamente aspirar a ello. El modelo estaba bien cerca: no muy lejos de aquellas cortes itinerantes centroeuropeas de la época, estaba el imperio del Este, Bizancio, del cual los viajeros decían auténticas maravillas y que, a finales del siglo VII, ya había vivido algunos de sus momentos dorados; algunos, incluso, muy dorados. Bizancio, además, de la mano de la ambición de Justiniano, había sentado sus reales en Italia, en lo que claramente operaba como tampón para la creación de un imperio occidental que compitiese con él; algo que al Papado le tenía a mal traer, pues las tendencias bizantinas a apartarse de lo que hoy llamaríamos ortodoxia vaticana eran muchas y constantes: arrianismo, nestorianismo, etc. La Iglesia necesitaba un campeón, y ya en tiempos de Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, se había decidido por los francos, porque veía en ellos la capacidad de aglutinar toda su tierra, cosa que los germanos tenían mucho más difícil (tan difícil que tardaron mil años en conseguirlo).

Carlomagno, pues, es la suma de un proyecto personal muy ambicioso y un proyecto político-estratégico del principal, en realidad único, poder multinacional de la época: el Papado.

Tan sólo un año después de unificar la corona con la muerte de su hermano, Carlomagno se lanzó contra los sajones, es decir el Este de su nación y, tras cinco años de pelas, organizó la marca (o territorio fronterizo) de Sajonia, hasta entonces renuente al catolicismo, y que Carlomagno evangelizó a cristazos (a ver si va a resultar que los misioneros españoles de Latinoamérica fueron los únicos…). Estando Carlomagno en Zaragoza (no citaré aquí las acciones hispanas del rey franco, porque creo que merecen un artículo aparte), el conde local Widukind se sublevó contra el yugo occidental, lo que provocó una campaña carolingia que resulta muy difícil encontrar argumentos que permitan no calificarla de simple y puro genocidio. Sinceramente, dudo mucho que en la Sajonia actual queden muchos sajones sin sangre franca. Después de esto, Carlomagno siguió invadiendo por Frisia, y hacia el Báltico. En el 799 estaba ya a las puertas de la nación de los daneses. Vencedor de los ávaros en Panonia, también incorporó Baviera a sus posesiones.

Del 773 es su campaña italiana, donde derrotó al rey Desiderio en Pavía, con lo que el rey franco se convirtió en rey franco-lombardo. Como después controlase totalmente Espoleto y Benevento, pudo con ello consolidar la formación de los Estados Pontificios. Dejó Italia al cargo de su hijo Pipino.
Ya lo hemos dicho: todo esto, sobre todo la invasión de Italia y la anexión del norte de la península, lo hacía Carlomagno en el marco de una guerra de bloques multinacionales con Bizancio. Es normal que Constantinopla contestase. Contestó en el 788, con un desembarco masivo de tropas en el norte que, sin embargo, fueron derrotadas por la oriflama en Istria.

En el año 800, hecha gran parte de la labor inicialmente ambicionada por el rey y la Iglesia, Carlomagno fue coronado emperador en Roma. Por fin el Papa tenía lo que quería: un contrapoder occidental plenamente obediente de la doctrina católica, totalmente alejado de las peligrosas teorías de los teólogos ortodoxos. La coronación produjo una inmediata segunda guerra con los bizantinos, esta vez en el Véneto.

Ésta es, sucintamente, la labor carolingia, que es muy fácil de escribir en unos parrafitos pero que fue, en realidad, hercúlea. Carlomagno luchaba contra dos fuerzas contrarias a sus designios: por una parte, el contrapoder bizantino; y, por otro, el nacimiento, cada vez más claro, del fenómeno de los señores feudales, por naturaleza disgregador y enemigo de un proyecto centralizador como el del emperador franco. A despecho de todos estos problemas, Carlomagno contaba, como ya hemos dicho, con él mismo, pues era una auténtica fuerza de la naturaleza; y con la suerte de haber nacido, crecido y llegado al poder en el momento en que la Iglesia católica se sintió lo suficientemente madura y fuerte como para reconstruir: formalmente, el imperio romano; en la realidad, una nueva potencia multinacional, un nuevo imperio, capaz de garantizar su poder en Europa, y que de hecho lo garantizó durante casi mil años.

El proyecto eclesial-personal, muñido entre el Papado y Carlomagno, para crear un imperio occidental unificado, era, sin embargo, un proyecto condenado a fracasar. Sólo el impulso personal de un estadista fuera de lo común y el escaso desarrollo que en su tiempo tenía aún el mecanismo feudal (fue durante la época carolingia que el esclavismo desapareció; tenían los hombres que dejar de ser esclavos para poder pasar a ser siervos) dilató el desenlace. El imperio occidental era imposible y pronto desapareció tras la muerte de su creador, en el 814. Sin embargo, lo que está claro es que la experiencia carolingia sirvió para dotar a toda Europa de un esquema cultural y religioso común, que contó además rápidamente con un mecanismo muy efectivo de difusión y armonización con las peregrinaciones jacobeas. El sueño imperial quedaría en manos de los otónidas, y pronto comenzaría a hablar alemán.

El sucesor de Carlomagno, su hijo Luis I el Piadoso, fue objeto de una evidente presión clerical para mantener la unidad del imperio; sin embargo, frente a la intención eclesial eclosionó rápidamente la nobleza, sobre todo la de origen germánica, defensora de las viejas tradiciones centroeuropeas que demandaban la repartición del reino entre los hijos varones del emperador.

La descendencia de Carlomagno no presentaba problema. Pipino, llamado El Jorobado, murió antes que su padre (811); Pipino el segundo, que fue rey de Italia, también le precedió (810).  Carlos, que fue rey de Neustria, murió en el 811. Y los otros dos hijos, Drogón y Hugo, abrazaron la vida santa, uno como obispo de Metz y el otro como abad de San Quintín. La familia venía completada con dos hijas: Berta y Rotruda.

Luis el Piadoso trató de compatibilizar los deseos de Iglesia y nobleza en las Ordinatio Imperii del 817, que establecían las previsiones sucesorias. Su primogénito, Lotario, heredaría la condición imperial, quedando por encima de sus hermanos: Pipino, que recibiría Aquitania; y Luis, que sería rey de Baviera. Bernardo, hijo de Pipino el hijo de Carlomagno y, asimismo pues, tan nieto del emperador como los hijos de Luis, y que además era rey de Italia, sublevó a la península contra estos acuerdos, pero fue rápidamente reprimido.

El problema surgió por el hecho de que, una vez alcanzado este statu quo, extraordinariamente frágil, Luis se encoñó con un amor otoñal, Judit de Baviera, y no se le ocurrió otra cosa que casarse con ella. Judit le dio otro hijo y heredero legítimo, a quien la Historia conoce como Carlos el Calvo. Automáticamente, la madre comenzó a mover sus palillos para meter a su infante en la herencia.

En la gusanera asamblea de Worms, año 829, Luis cedió a las presiones de su churri y metió a Carlos el Calvo en las previsiones sucesorias, creando casi de la nada un reino para él que abarcaba parte de Alemania, Alsacia, Retia y una parte de Borgoña. Sin embargo, los partidarios de Lotario, viendo que iba a heredar a ese paso un imperio de chichinabo, pusieron pies en pared y obligaron al emperador a volver a suscribir los acuerdos del 817. Sin embargo, en el 831, los llamados legitimistas, partidarios de Carlos el Calvo, forzaron una nueva vuelta de la tortilla: a lo que ya se le había ofrecido se unían ahora unas cuantas tierras como para cogerse un pedo mundial: Champaña, Mosela, además de Provenza y Septimania. Esto provocó una fulminante alianza entre unitarios, partidarios de Lotario; y regionalistas, que apoyaban a Pipino y Luis, llamado El Germánico para distinguirlo de su piadoso padre. Esta alianza dio un golpe de Estado en el 833, desentronó al emperador, y encerró a Carlos el Calvo en un monasterio. Sin embargo, a la hora de repartirse el poder entre los tres ganadores, dos de ellos se encontraron con que Lotario no estaba dispuesto a renunciar a la condición de emperador que le había legado su padre (curiosa postura la suya: afirmaba la legitimidad de la legación hecha por aquél a quien él mismo había derrocado); por lo que Luis y Pipino pronto (834) favorecieron el regreso de su padre.

Luis el Piadoso, de nuevo al frente del machito, exilió a Italia a su hijo Lotario, sacó a su benjamín del monasterio, y le concedió todavía más territorios. En el 838, lo coronó rey en Quierzy; el mismo año, muerto Pipino de Aquitania, lo coronó monarca también de este territorio; ello a pesar de que el rey muerto dejaba heredero, quien acabaría por ser Pipino II de Aquitania.

Las presiones de la Iglesia, que prefería al primogénito de Luis el Piadoso (designado emperador a la muerte de su padre, veían en él una garantía de estabilidad para el proyecto imperial) hizo que, de nuevo en Worms, 839, se llegase a un nuevo pacto, que repartía el imperio entre Lotario y Carlos, dejando de lado al tercer hijo superviviente, Luis el Germánico.

Un año después de Worms, Luis el Piadoso moría y, como no podía ser de otra forma con estos mimbres, inmediatamente estalló la guerra civil. Lotario, que formalmente era el emperador ahora, reclamó la totalidad del imperio para sí, reclamación que venía intensamente perfumada de incienso. Enfrente se encontró a sus dos hermas, Carlos y Luis, quienes le vencieron en Fontenoy-en-Puisaye, año 841.

Finalmente, dos años más tarde, y sobre todo porque Lotario había podido retirarse a Italia con gran parte de sus tropas y, consecuentemente, seguía siendo una gran amenaza, los hermanos llegan a un acuerdo en Verdún. El imperio occidental queda partido en tres partes: el occidental-occidental (terrenos, en el mapa, a la izquierda del Escalda, Mosa y Ródano), para Carlos; el occidental-central, con capital en Aquisgrán, para Lotario, en calidad de emperador; y el occidental-oriental, básicamente las tierras de Angela Merkel, para Luis (que es por eso, no porque tuviese un Volkswagen, que fue llamado el Germánico).

En la Francia Occidental, Carlos tuvo muy pronto problemas, sobre todo con las incursiones normandas, unos auténticos porculos de la época, y el fortísimo sentimiento autonomista de los aquitanos, que no querían estar en más reino que el suyo (además, no se olvide, tenían un candidato legítimo a reinar sobre ellos). Tras fracasar el sitio de Toulouse, Carlos tuvo que reconocer los derechos dinásticos de Pipino II. Inmediatamente después, los bretones, oliendo la debilidad, se sublevaron y le derrotaron en tres batallas seguidas; consiguieron lo mismo, porque Carlos tuvo que reconocer la condición real del caudillo bretón Nominoë y, después, de su hijo Erispoë.

El tercer elemento de puteo, las invasiones normandas, se hizo especialmente intenso en la década del 850, en la que los normandos llegaron al Mediterráneo por Septimania; esto es, bajando el cauce de los grandes ríos franceses, se cruzaron el país de parte a parte. Para colmo, Bernard de Plantavelue en Borgoña, y Unifredo en Septimania, comienzan una larga serie de rebeliones de las casas nobles, cada vez más fuertes y seguras frente a la autoridad central del rey.

En el año 855, el viejo sueño católico-carolingio se diluye todavía más con la muerte de Lotario, que supone la división de su reino central en tres: Luis II, que fue proclamado emperador, recibió Italia; Lotario II recibió la entonces llamada Lotaringia, es decir la franja norte del reino; y Carlos, por último, recibió Provenza.

Por si fuesen poco las tensiones descritas, están las guerras entre los propios parientes. Luis el Germánico intentó, en el 858, invadir el frágil reino de Carlos el Calvo. En el 863, sería éste el que movería ficha, pues falleció su sobrino Carlos de Provenza, e intentó anexionársela. Sin embargo, en el 869, a la muerte de otro sobrino, Lotario II, entró en Lorena, fue coronado rey en Metz y se repartió el reino con su hermano Luis.

La muerte del emperador y rey de Italia, Luis II, ocurrió en el 875, momento que aprovechó Carlos el Calvo, que de verdad tenía una perra de cojones con eso de quedarse la Provenza, para quedarse con ella. Para llevar a cabo este plan, le mandó un e-mail al Papa Juan VIII, ofreciéndose como Rambo Imperial a destajo, siempre y cuando se le apoyase en sus pretensiones territoriales. El Papa dijo aquello de Dios lo quiere, y el mismo día de Navidad del 875, Carlos el Calvo era coronado emperador en Roma y, un año después, rey de Italia en Pavía.

Ese mismo año de 876 murió el hermano de Carlos, Luis el Germánico, y el reino oriental fue repartido entre sus tres hijos: Carlomán, Baviera; Luis, Franconia; y Carlos, llamado El Gordo, Alsacia, Suabia y Retia. Cómo no, su tío el alopécico, ya embarcado en el rollo imperial, se lanzó sobre ellos para destronarlos; pero le dieron hasta en el cielo de la boca en la batalla de Andernach. Entonces regresó a Italia y, apenas se había encontrado en Vercelli con el Papa, cuando un mensajero le trajo la noticia de que en la Francia occidental los nobles se habían levantado contra él. Montó una expedición contra ellos, pero murió (877) en pleno traslado.

El hijo de Carlos el Calvo, Luis II El Tartamudo, heredó el reino occidental de su padre, pero apenas tenía autoridad, porque aquel territorio adelantaba a pasos agigantados la Edad Media. Allí mandaban los nobles, y los normandos incursores (de hecho, fue la circunstancia de que aquellos francos necesitasen protección contra ellos, que sólo les podían dar los condes, que aceptasen rápidamente la servidumbre). En el 879, apenas llevaba dos años reinando, El Tartamudo la palmó, y fue sustituido como hombre fuerte del imperio por Carlos El Gordo, uno de los hijos de Luis der Deutscher, a quien hemos visto salir muy bien parado en la herencia de papá. Fatty repitió la jugada de su tío el calvo: se fue a ver al Papa, le prometió la reunificación del imperio, y consiguió ser coronado rey de Italia en Pavía en el 879 y, dos años más tarde, emperador. Además, en el 880 heredó los terrenos de su hermano Carlomán a su muerte, y en el 882 los de Luis II, lo que le permitió unificar el viejo reino de su padre.

A la muerte de Luis El Tartamudo, Carlos III El Gordo se reunió con los hijos de éste, Luis III y Carlomán, en la bella villa lorenesa de Grondeville. A ambos les garantizó su neutralidad en la herencia del tartaja, eso sí, a cambio de obtener una parte de Lorena. De hecho, Carlos el Gordo se convirtió en algo así como el guardaespaldas de los dos reyes francos, pues fueron sus tropas las que fueron a Provenza a guerrear contra un noble que se había hecho coronar rey, y que debía de estar bastante acelerado, porque se llamaba Bosón.

Luis III y Carlomán morirían en el 882 y 884, respectivamente, con lo que sus reinos pasaron a las manos de Carlos el Gordo; quien, por lo tanto, más o menos reunificó una vez más el imperio carolingio. Además, en el 887, cuando Bosón de Provenza murió, su hijo, Luis II el Ciego, le rindió pleitesía.

Todo, sin embargo, era un sueño. El Papa podía hacerse todas las pajas que quisiera en Roma pensando que tenía un emperador como los de Constantinopla (con todo y que el imperio de Oriente también tenía lo suyo…), pero no era verdad.  A finales del 885, los normandos saquearon París, y el emperador, en un gesto humillante, lejos de derrotarlos, aceptó el vasallaje de pagarles tributo. Tampoco pudo con Guido de Spoleto cuando se rebeló en Italia. En sus últimos años, además, Carlos el Gordo se volvió tolili e, incluso, buscando curarlo o mitigar su locura le trepanaron el seso, aunque no sirvió para nada. En el 887, meses antes de su muerte, fue depuesto. Y ahí se acabó todo.
Arnulfo, hijo bastardo de Carlomán, uno de los hermanos de Carlos el Gordo que había muerto tan prematuramente, se sublevó en Baviera y, el mismo año de la muerte del Gordo, fue coronado rey de Germania en Francfort (nueve años después, sería coronado emperador). Murió en el 899, momento en el que la Germania fue dividida entre sus dos hijos: Zwentiboldo se quedó con Lorena y Luis IV, llamado el Niño, reinó en el resto hasta su muerte en el 911, que la dinastía germánica de origen carolingio se extinguió, dejando paso a la Casa de Sajonia.

En Italia se produjeron guerras sin cuento entre nobles que habían casado con mujeres de estirpe carolingia, con lo que la corona imperial pasó como una falsa moneda: en el 891, Guido de Spoleto (casado con Adelaida, hija de Pipino y nieta de Carlomagno); Arnulfo, ya lo hemos visto, 896; 898, Lamberto de Spoleto (hijo de Guido y, por lo tanto, bisnieto de Carlomagno); 901, Luis III el Ciego, hijo de Bosón, el último que hizo un intento unificador (su legitimidad carolingia, bastante tenue, venía de que su padre, Bosón, se había casado  con Ermengarda, hija de Luis II rey de Italia y, por ello, nieta de Lotario, el primogénito de Luis el Piadoso); y en el 915, Berenguer I, rey de Italia, hijo de Eberardo de Friul y Gisela, la única hija de Luis el Piadoso.

Por lo que se refiere a la Francia occidental, a la muerte de Carlos el Gordo los nobles decidieron elegir mejor a alguien que les protegiese de los normandos, pasando del pedigree carolingio. En consecuencia, eligieron al defensor de París, el conde Eudes, como rey. Así, Eudes inició una dinastía inicialmente llamada Robertiana pero que pronto, a causa del mote que tenía uno de los sobrinos de Eudes, se llamó de los Capetos.

Los Capetos reinarían en Francia durante siglos. Pero no fue fácil su llegada. La presión de la legitimidad hizo que, en el 898, año de la muerte de Eudes, su hermano, el duque Roberto de Neustria, entronizase a un carolingio: Carlos el Simple, hijo de Luis el Tartamudo. Este rey de Francia tuvo un largo reinado y, además, en el 911 heredó las tierras de Carlos el Niño a su muerte. Sin embargo, en realidad sus fuerzas efectivas eran tan pocas que cuando Conrado de Sajonia se hizo con la Germania, no lo pudo impedir. Además, dentro de la propia Francia las tendencias disgregadoras eran muy fuertes: Guillermo el Piadoso en Aquitania, Vilfredo el Belloso en la vieja marca hispánica (Cataluña), Ricardo el Justiciero en Borgoña, Balduino II en Flandes, y el pesadísimo Rollón, jefe de los normandos, pasaban de su rey como de deglutir deyecciones y reinaban a su gusto.

En estas circunstancias, hasta Roberto de Neustria se alzó contra el rey y se hizo coronar. Carlos le venció y mató en Soissons, pero fue inmediatamente derrotado por un ejército de borgoñones. Radulfo capturó a Carlos el Simple y lo encerró en prisión, donde moriría (929).

Una última dilatación imperial, ya inútil, se produjo a la muerte de Radulfo, cuando el hijo de Roberto de Neustria, Hugo, llamado el Grande, se trajo de Inglaterra a un hijo de Carlos el Simple, Luis IV, llamado, con alguna exageración, de Ultramar. A este Luis IV se sucedió su hijo, Lotario; y a éste, su hijo, Luis V el Holgazán. Finalmente, en el 897, a la muerte de Luis V, el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, se hizo proclamar rey, cerrando, para siempre, la puerta de la época carolingia.

Aunque no soy experto en genealogía, el otro hijo de Luis de Ultramar, Carlos; y el hijo de éste, Otón, heredaron de Luis el Niño, quien asimismo lo heredó de su hermano Zwentiboldo, el ducado de Lorena. Así pues, los carolingios entran en el siglo XI siendo ya, simplemente, duques de Lorena. Entiendo, por ello, que la casa de Lorena será la que recoge actualmente la sangre de Carlomagno.




Fue un sueño bonito. Pero mal colocado en el tiempo. Era una era centrífuga, como bien sabrán, pronto, o ya están sabiendo para entonces, los califas musulmanes que reinan en Hispania, y que se disuelven en reinos de Taifas cada día antes del Telediario. Sin embargo, por mucho que fallase, fue crucial para Europa, y para la identidad europea. De la mano de Alcuino de York (el desarrollador de la teoría de los siete cielos), y otros ideólogos religiosos, el imperio carolingio construirá una identidad capaz de ser reconocida desde los suburbios de Varsovia hasta la verja de los almonteños. Europa, después de Carlomagno, ya no volverá a ser lo mismo. Perdió la batalla con Bizancio, eso sí, por armarse como contrapoder imperial efectivo. Pero los Papas aprendieron la lección. Algunas décadas más tarde volverán con una nueva iniciativa, mucho más exitosa para el cristianismo occidental, que es lo que conocemos como Cruzadas.

Pero ésa es ya, otra historia, para otro momento. 

domingo, noviembre 13, 2011

Sin pecado concebida

Cualquier cristiano que se precie de serlo sabe que el acto fundacional de la Iglesia como institución es el momento en que Jesucristo le encomienda a Pedro levantarla, y le dice aquello de que lo que él ate en la Tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desate en la Tierra quedará desatado en el Cielo. De alguna manera, la totalidad de los muchos poderes eclesiales tienen esta frase por único sustento.

La Iglesia, en este caso católica, respondió a esta labor encomendada mediante una compleja red de conceptos y obligaciones, entre los cuales quizá los más importantes (y diferenciales respecto de otras escuelas cristianas) tienen que ver con el hecho de que los católicos no son libres de interpretar la Biblia a su gusto (por eso tienen un catecismo, entre otras cosas); concepto éste que asimismo sustenta otros importantes, como el de la infalibilidad del Papa.

Asimismo, la religión católica, o más concretamente la Iglesia que la articula, se expresa y organiza a través de unos sacramentos, entre los cuales se encuentra el de la confesión. Los católicos deben confesar a un sacerdote, al menos una vez al año, sus pecados de mayor o menor cuantía. La confesión debe ir acompañada de arrepentimiento por las faltas cometidas, dolor de corazón por ser un mal cristiano, y aceptación de la penitencia que el sacerdote, que en ese momento es un directo mensajero de Dios, quiera imponer.

La confesión es un elemento fundamental del entramado de la Iglesia católica y por eso, tal vez, sorprenda descubrir que, a día de hoy, más o menos faltan unos 400 años para que el catolicismo alcance el punto en el que ha vivido el mismo tiempo con y sin confesión. La confesión, tal y como la conocemos, no es algo que se pueda decir date de ayer por la tarde; pero, con las mismas, tampoco se puede decir que forme parte de las características fundacionales de la Iglesia.

En puridad, como decíamos, no hay nada en los Evangelios que diga, así, a las claras, que un seguidor de Jesucristo debe rendir sus pecados ante un sacerdote ni ante nadie que no sea Dios mismo. Desde luego, hay pasajes como el de Mateo en el que se describe a mogollón de personas llegando a Jesucristo de todas partes, muchos de ellos después de haber escuchado las prédicas de Juan; y se nos dice que fueron bautizados «después de haber confesado sus pecados». Se trata, sin embargo, de una confesión pública, no privada, y limitada a las grandes faltas realizadas por quienes ahora querían ser purificados. Este concepto de confesión, exomologesin en las primeras versiones griegas de Mateo, así se entiende: como una pública confesión de que hasta el momento se ha sido un grave pecador. Aun trescientos años después, Cipriano de Lapsis lo sigue entendiendo así: «Ante expiata delicta, ante exomologesin factam criminis (…)». La intervención, no del sacerdote, sino del obispo (o sea, el elegido como superior) se limitaba, en simbólica imitación del gesto bautismal del Cristo, a la ceremonia de imposición de manos, por la cual el pecador entraba, o re-entraba, a formar parte de la Iglesia.

La primera Iglesia no tiene confesión porque el esquema del que ella parte, que no es otro que la religión judía, también carecía de ella. Me refiero a la confesión como nosotros la entendemos. La confesión judía era pública y se refería a aquellas personas que habían cometido faltas gravísimas que habían provocado su apartamiento de la sinagoga, y que antes de ser readmitidas debían confiar y expiar sus pecados ante la ecclesia (asamblea) y, en el caso cristiano, con la intervención final, venturosa, del jefe de dicha iglesia, es decir el obispo. Los famosos esenios, por ejemplo, aparte de tener un largo cursus honorum de años hasta poder integrarse totalmente en la comunidad, tenían también esos procesos de apartamiento y exigencia de contricción para el regreso, reservados a los que no se portaban comme il faut.

Santiago, en su epístola, describe esta ceremonia en la que una persona se enfrenta a la enfermedad mediante la oración con los más ancianos de la Iglesia y mediante la confesión de sus pecados. Algunos exégetas dicen que la expresión utilizada en la carta, «confiesa tus pecados uno tras de otro», es el único rastro que hay en toda la Biblia de una confesión realizada a humanos; el resto de las confesiones de las escrituras sagradas cristianas tienen a Dios por único interlocutor.

La primera literatura de la Iglesia no hace sino confirmar estas ideas. Clemente, en su epístola a los corintios, que se dice escrita apenas sesenta años después de la teórica ejecución de Jesucristo, describe la confesión con estas palabras: «Estando lleno de buenos designios, con gran claridad de mente y confianza religiosa, tiende tu mano a Dios, rogándole para que sea piadoso contigo, si en algo has pecado contra Él en el pasado». El acto de la confesión es, pues, un acto privado entre el pecador y su Dios.

Orígenes, una de las principales fuentes de los primeros tiempos de la Iglesia cristiana, establece que la confesión no sólo es un acto privado, sino plenamente voluntario. Y lo hace utilizando un símil escatológico: «Así aquéllos torturados por la indigestión y que tienen algo dentro de ellos que permanece crudo en sus estómagos, no se sienten liberados sino mediante una adecuada evacuación; así los pecadores, que mantienen sus actos dentro de sus pechos sintiendo una angustia interna (…) mediante la confesión y la auto-acusación, se descargan de su peso».

¿Cuándo comenzó a cambiar esto? Bueno, como bien reza el catecismo creo que del padre Ripalda (yo soy más de Astete), otros padres tiene la Iglesia que sabrán contestar a esta cuestión; pero mi opinión personal es que es más o menos a mediados del siglo III cuando la Iglesia, ya razonablemente estructurada, empieza a mover ficha para comenzar a dar más importancia a la confesión, y alcanzar algún mayor nivel de control sobre la misma. La razón, muy probablemente, no es estratégica, sino movida por la necesidad. La necesidad nacida de que las asambleas de creyentes sean cada vez más masivas y, por lo tanto, la gestión asamblearia inherente a la confesión pública sea cada vez más complicada. Así, las denominadas Constituciones Apostólicas establecen por aquella época que, en el caso de que un cristiano hubiese cometido una falta que fuese contraria a las normas de la Iglesia, sería reconvenido, primero por el obispo; después, si aún persistiere, frente a tres o cuatro testigos de confianza; y, en tercer escalón, sólo si aún seguía sin doblar la cerviz, frente a la asamblea de los creyentes. Pero, como vemos, la confesión tal y como nosotros la entendemos, es decir la confesión de que tengo malos pensamientos del hijoputa de mi primo o deseo a la mujer de Fulano, no parece por ninguna parte. Sigue estando reservada para aquéllos que perpetran burradas suficientes como para colocarse fuera de la legalidad cristiana.

Sin embargo, a pesar de este cambio estratégico, es un cambio fallido a causa de un mal muy habitual de la Historia de la Iglesia: la corrupción. A partir del momento en que, en el seno del cristianismo, se admite la idea de que un pecador puede ser privadamente perdonado, surge el problema de las gentes venales o directamente delincuentes que reclaman su derecho a pertenecer a la Iglesia porque alguien (normalmente ayudado mediante el oportuno peculio o favor de otra naturaleza) dice haberlos perdonado. Es por esta razón que el citado Cipriano de Lapsis brama: «Homo Deo esse not potest major; nec remitere aut donare indulgentia sua servus protest, quod in Dominum delictum graviore, comissum est». Traducción libre, no muy literal: El hombre no puede ser superior a Dios ni, puesto que es su servidor, otorgar indulgencia a aquél que ha cometido una falta contra Él». Nadie, sentencia don Cipri, puede perdonar los pecados cometidos contra Dios, salvo Dios mismo.

No obstante la claridad con la que se expresaba Cipriano de Lapsis (y no será el único prelado de la Historia de la Iglesia católica que se preguntará quién se ha creído que es el hombre para hacer de Dios perdonando pecados) , como decía, la propia evolución de la Iglesia, su masificación, hace necesario acudir a ciertas soluciones. Sabemos, por ejemplo, que allá por el año 370 de nuestra era, siendo Basilio obispo de Cesarea, se nombraba un prelado en cada diócesis que operaba como los médicos clasificadores de las urgencias hospitalarias: escuchaba las confesiones del personal y decidía, él, cuáles debían «pasar» a la asamblea. No obstante, como digo estas reformas son fundamentalmente organizativas. Los padres de la Iglesia (así, Hilario de Poitiers, por esa misma época) siguen aseverando que el perdón de los pecados precisa únicamente de la confesión personal a Dios. El concilio de Laodicea (372) establece que deberá ser readmitido en la Iglesia el pecador que se entregue a «la oración para confesión», a la penitencia, y que se aparte del mal camino.

Agustín, obispo de Hipona, nos dice algunos años después, ya en el siglo V: «Illi enim quos videtis agere paenitentiam, scelera commiserunt aut adulteria aut aliqua facta immania; inde agunt paenitentiam. Nam si levia peccata ipsorum essent, ad haec quotidiana oratio delenda sufficeret». O sea: aquél a quien veáis haciendo penitencia ha cometido adulterio o algún otro pecado mayor; pues para los pecados veniales, la oración diaria basta para lavarlos. Vemos, por lo tanto, que cuatro siglos después de haber nacido la Iglesia cristiana, todavía la confesión, que no es del todo privada sino más bien fundamentalmente pública (sobre todo lo que es público es la penitencia; Agustín nos da la pista de que es perfectamente posible discernir al penitente), además, se refiere únicamente a los pecados de gran gravedad.

Unos pocos años después de su muerte, sin embargo, la tendencia hacia el establecimiento de un sacramento organizado de arriba abajo, que había comenzado allá por el 250 al menos según mi visión, toma cuerpo con el Papa León el Magno. Este vicario de Cristo establece una interpretación sacramental que es de gran importancia para la evolución de la confesión: aquélla por la cual tan efectivo para el perdón de los pecados son los rezos del pecador como los rezos del sacerdote. Hasta ese momento, en la creencia cristiana cada uno rezaba por sus faltas. Pero la reforma leonina introduce el «rezaré por ti»; introducción que, al menos en mi opinión, es de importancia fundamental para comenzar a construir el papel protagonista del sacerdote en el perdón de los pecados.

El Papa León hizo lo que hizo no exactamente por ambición de poder o control sino, una vez más como en otras mil y pico de la Historia eclesial, para evitar el escándalo y la corrupción. Como ya hemos visto, de tiempo atrás se había establecido la existencia del sacerdote que escuchaba los pecados de los feligreses y decidía sobre su publicación. Inmediatamente, surgió el problema de los obispos y prelados que, por razones varias entre las cuales no pocas veces se encontraban la envidia, el odio y todos esos sentimientos tan humanos que los curas alimentan como cualquiera, se dedicaban a publicar esos pecados incluso en ocasiones que no debían, exponiendo a los feligreses a escarnios innecesarios. No pocos obispos repugnaban de esta práctica y León la combatió.

Luchando contra esta práctica corrupta es como León hubo de sostener el principio de que la confesión ante el sacerdote ha de servir para expiar los pecados; esto es, decretó, por mucho que la medida tardase en imponerse, la muerte del principal elemento de la confesión en los primeros tiempos cristianos, cual es el conocimiento por el resto de la asamblea, y la penitencia pública. Decreta el padre santo: «Sufficit enim illa confessio quae primum Deo offertur, tunc etiam sacerdoti». O sea: ha de bastar la confesión que se ofrece primero a Dios y luego al sacerdote.

Sin embargo, los síntomas son de que los fieles no hicieron demasiado caso de esta recomendación. El Papa Simplicio, a finales del siglo V, tuvo que instituir una semana del año en cada una de las tres grandes iglesias de Roma (San Pedro, San Pablo y San Laurencio) para que durante dichos días los sacerdotes estuviesen dispuestos a recibir confesiones. En realidad, esta previsión papal es el primer testimonio que tenemos de confesiones celebradas dentro de las iglesias. Entrado el siglo VI, en la regla de San Benito, la confesión no figura entre las imposiciones a los monjes.

No es hasta finales de este siglo, en torno al 580, que se comienzan a redactar penitenciales, una especie de libros de instrucciones dedicados a la confesión y, sobre todo, al tiempo de penitencia de acuerdo con el pecado cometido. Gracias a los penitenciales que nos han llegado sabemos que, cuando menos en Grecia, en aquel entonces la confesión no se practicaba de rodillas, mucho menos mediando una celosía o cualquier otra división entre confesor y confesante, sino ambos protagonistas del acto sentados uno al lado del otro o frente al otro.

Por lo que respecta a España, existen indicios claros de que la confesión no era en modo alguno práctica común en el siglo VII. Isidoro de Sevilla, en aquella época, describe en sus escritos con gran meticulosidad las obligaciones y tareas de los obispos; y no menciona entre ellas el escuchar en confesión a los fieles. Se refiere a la penitencia de los pecadores, pero los describe manchándose el rostro y la cabeza de ceniza, así pues no es muy probable que se esté refiriendo a otra cosa que pecados de gran cuantía.

A pesar de ello, la Iglesia, como tal, avanza, muy despacio, pero avanza, hacia la protocolización de la confesión. El concilio de Chalons, en el año 650, redacta un octavo canon en el que afirma que la confesión frente a un sacerdote es una prueba de penitencia. Un canon que, claramente, trata de atraer a los fieles hacia el confesionario con la obvia contraprestación de evitarles la penitencia pública.

Sin embargo, la batalla del pequeño pecado no se ha ganado. Beda, en sus comentarios al evangelio lucano, también por esa época, considera que los únicos pecados que han de ponerse en conocimiento de la Iglesia son la herejía, el judaísmo, la infidelidad y el cisma. Los otros pecados existen, pero son lavados mediante la gracia divina buscada mediante la oración. De hecho, en fecha tan tardía aun encontramos casos de cristianos que prefieren confesar sus pecados a no profesionales. Así, los centenares de británicos que, durante la vida del eremita Guthlac, peregrinaron hacia su chabola para confesarle sus pecados; y que, a su muerte, erigieron en su memoria el monasterio de Crowland.

El segundo concilio de Chalons, 813, todavía se ve obligado a reconocer que la confesión no es un hecho obligatorio. El canon 33 nos dice: «Quidam Deo solummodo confitere debere dicunt peccata, quídam vero sacerdotibus confitenda esse percensent; quod utrumque non sine magnu fructu intra sanctam fit Ecclesiam». Más o menos: hay gente que dice que los pecados se confiesan con Dios; otros que dicen que hay que visitar al sacerdote; y ambas cosas se hacen en el seno de la Iglesia. Por lo tanto, el sacerdote era visto más como un consejero que como un juez, y su principal obligación era rezar por el pecador para auparlo hacia el Paraíso.

Sin embargo, la Iglesia quiere, claramente, imponer la confesión obligatoria, y pronto encontrará un elemento fundamental: las peregrinaciones. Heito de Basilea estatuye en el 820 que los penitentes que visiten la ciudad apostólica deben confesar en su lugar de origen sus pecados, «porque han de ser atados o desatados [de la Iglesia] por su obispo o sacerdote y no por un extraño». No es, en realidad, motivo de este post; pero algún día habría que hablar de las muchas querellas que provocó esta pregunta de, en peregrinando, quién es el pichi que tiene el derecho de lavar el alma del peregrino. Lo importante a efectos de los que aquí contamos es que las peregrinaciones, sobre todo cuando, cuatro o cinco siglos después, se hagan masivas, serán una vía importante para generalizar la confesión.

El aldabonazo final, sin embargo, llega con el año 1.000. Primero, por el enorme cambio que en la sicología colectiva del cristianismo provoca el milenarismo y la sensación, o más bien convicción, de que el mundo se acaba. Y, segundo, porque nada más comenzar a extinguirse los ecos de dicho milenarismo, llegarán la cruzadas, que serán el último gran elemento que necesitaba la Iglesia para dictaminar la obligación de confesarse.

En el 1095, durante el proceso de márquetin de la cruzada, el Papa Urbano II, propone, primero el perdón para todos aquellos que asuman la cruz, y luego la confesión como medio ideal para morir limpio, si es que uno ha de morir en los combates. Y no se quedó ahí. Estableció la posibilidad de redimir mediante la cruzada cualquier tipo de pecado, lo cual es enormemente discutible. Al menos, a mí me parece que tomar la espada para defender una Jerusalén cristiana no es razón suficiente, ni aquí ni creo que en el Cielo, para perdonar a, un suponer, un asesino en serie de niños de pecho. Sin embargo, Urbano no sólo puso una autopista hacia el Cielo para los miles de puteros, cabrones, ladrones, violadores y estafadores que se fueron a las cruzadas, sino que incluso estatuyó el perdón colectivo, perdón por compañías o batallones podríamos decir, que es algo, en mi modesta, teológicamente insostenible y humanamente una gilipollez.

Urbano, en todo caso, clavó los últimos clavos que hacían falta para fijar bien la confesión obligatoria. El sínodo de Gran, 1099, establece la confesión en tres momentos del año (Semana Santa, Pentecostés y Navidad) y, finalmente, el cuarto concilio Laterano, 1215, establece la obligación de confesar al menos una vez al año (así como la de comulgar al menos una vez, en Semana Santa). Lo sentencia su canon vigésimo primero: «Omnis utriusque sexus fidelis, postquam ad annos discretionis pervenerit, omnia sua solus peccata confiteatur fideliter (saltem semel in anno) proprio sacerdoti, et injunctam sibi poenitentiam studeat pro viribus adimplere». Todo cristiano, incluso si es mujer, una vez alcanzada la edad del uso de razón, deberá confesar al menos una vez al año con su sacerdote local, y arrostrar la penitencia.

En 1.200 años, por lo tanto, la confesión pasó por muchas etapas, que, de todas formas, se conforman claramente con las características de: voluntariedad, ausencia de la intermediación sacerdotal, y limitación del conocimiento por terceros, además del propio pecador y Dios, para los pecados de especial gravedad.

Con el IV Laterano, sin embargo, la Iglesia católica comenzó una etapa completamente nueva desde este punto de vista (entre otros; el IV Laterano también es el concilio que establece el dogma de la transubstanciación del cuerpo de Cristo en la hostia). A partir de entonces, su conocimiento sobre sus fieles será mucho mayor, y mucho más preciso.

Para bien, y para mal.