Deus vult
Unos comienzos difíciles
Peregrinos en patota
Nicea y Dorylaeum
Raimondo, Godofredo y Bohemondo
El milagro de la lanza
Balduino y Tancredo
Una expedición con freno y marcha atrás
Jerusalén es nuestra
Decidiendo una corona
La difícil labor de Godofredo de Bouillon
Jerusalén será para quien la tenga más larga
La cruzada 2.0
Hat trick del sultán selyúcida y el rey danisménida
Bohemondo pilla la condicional
Las últimas jornadas del gran cruzado
La muerte de Raimondo y el regreso del otro Balduino
Relevo generacional
La muerte de Balduino I de Jerusalén
Peligro y consolidación
Bohemondo II, el chavalote sanguíneo que se hizo un James Dean
El rey ha muerto, viva el rey
Turismundo, toca las campanas, que comenzó el sermón del Patriarca
The bitch is back
Las ambiciones incumplidas de Juan Commeno
La pérdida de Edesa
Antioquía (casi) perdida
Reinaldo el cachoburro
Bailando con griegos
Amalrico en Egipto
El rey leproso
La desgraciada muerte de Guillermo Espada Larga
Un senescal y un condestable enfrentados, dos mujeres que se odian y un patriarca de la Iglesia que no para de follar y robar
La reina coronada a pelo puta por un vividor follador
Hattin
La caída de Jerusalén
De Federico Barbarroja a Conrado de Montferrat
Game over
El repugnante episodio constantinopolitano
En
realidad, Emich de Leisingen no fue una excepción. En su mismo
tiempo, en la actual República Checa, un capitán llamado Volkmar
estaba montando un pequeño ejército con el que atacó a los judíos
de Praga y alrededores. Todos estos ejemplos lo son de aventureros y
simples ladrones, los pandilleros medievales, que decidieron subirse
al celo generalizado que generó la noticia de las cruzadas en torno
a la imagen de Jerusalén, su necesaria y justa recuperación y el
tema que lo había empezado todo: la muerte de Jesús; de la que,
obviamente, los culpables eran los judíos. A la Europa cristiana
latina siempre le costó mucho entender eso que los teólogos llaman
el misterio de la Pasión. O sea, en el fondo, el cristianismo
católico tiene una dificultad esencial a la hora de entender la
resurrección. Al católico, históricamente, le cuesta comprender
que el verdadero objetivo de la llegada de Jesús a la Tierra
(supuestamente) era resucitar; pero que para resucitar tenía que
morir, y no de un ictus precisamente, sino de forma violenta (entre
otras cosas, porque así lo anuncia el Antiguo Testamento). Así las
cosas, cuando menos en mi opinión, en pura teología dogmática
católica, a Jesús no lo mataron los judíos; lo mató Dios. Lo mató
su Padre, pues sin dicha muerte, violenta, sacrificial y pública, no
podría existir resurrección, ni mensaje a los apóstoles, id y
difundid mi palabra; ni, en esencia, existiría cristianismo, pues el
cristianismo se basa en la resurrección de Jesús mucho más que en
su vida. La piedad popular, que es la piedad del cachoburro, trató,
inmediatamente, de buscar culpables en
la Tierra de
la muerte de su líder, de su Maestro; y esta voluntad fue
inteligentemente excitada por los francisquitos, archifrancisquitos y
todo lo demás; y eso, sin que se hubiese inventado todavía el progresismo. Poco se habla, en verdad, de los miles (porque fueron
miles; pero la mala fue la Inquisición española, claro) de vidas de
hombres, mujeres y niños que costó el celo hierosolimitano que
despertó en todo el continente el clarinazo del PasPas Urban.