miércoles, enero 12, 2022

El fin (5: El mes de enero de las chinchetas azules)

 El Ebro fue un error

Los tenues proyectos de paz
Últimas esperanzas
La ofensiva de Cataluña
El mes de enero de las chinchetas azules
A la naja
Los tres puntos de Figueras
A Franco no le da una orden ni Dios
All the Caudillo's men
Primeros contactos
Casado, la Triple M, Besteiro y los espías de Franco
Negrín bracea, los anarquistas se mosquen, y Miaja hace el imbécil (como de costumbre)
Falange no se aclara
La entrevista de Negrín y Casado
El follón franquista en medio del cual llegó la carta del general Barrón
Negrín da la callada en Londres y se la juega en Los Llanos
Miaja el nenaza
Las condiciones de Franco
El silencio (nunca explicado) de Juan Negrín
Azaña se abre
El último zasca de Cipriano Mera
Negrín dijo “no” y Buiza dijo “a la mierda”
El decretazo
Casado pone la quinta
Buiza se queda solo
Las muchas sublevaciones de Cartagena
Si ves una bandera roja, dispara
El Día D
La oportunidad del militar retirado
Llega a Cartagena el mando que no manda
La salida de la Flota
Qué mala cosa es la procrastinación
Segis cogió su fusil
La sublevación
Una madrugada ardiente
El tigre rojo se despierta
La huida
La llegada del Segundo Cobarde de España
Últimas boqueadas en Cartagena I
Últimas boqueadas en Cartagena II
Diga lo que diga Miaja, no somos amigos ni hostias
Madrid es comunista, y en Cartagena pasa lo que no tenía que haber pasado
La tortilla se da la vuelta, y se produce el hecho más increíble del final de la guerra
Organizar la paz
Franco no negocia
Gamonal
Game over

Tercer discurso. El día de Año Viejo, Negrín pronuncia un segundo discurso en el mes, esta vez en inglés. Es un largo discurso que pretende convencer a los países del mundo, y muy particularmente a los Estados Unidos, de que no deben dejar pasar lo que está ocurriendo en España. Sí, claro. Los Estados Unidos, que necesitaron que les bombardeasen una base para entrar en una guerra aliado con unos ingleses que eran todavía más conservadores que ellos, iban, por mor de un discursito, a unirse a unos tipos que paseaban retratos de Stalin por las calles.


Los aviones franquistas comienzan a incluir Barcelona en sus trayectos turísticos, y lanzan bombas de recuerdo. En la capital catalana, la propaganda al uso no para de decir (y nadie escribe e imprime casi nada, pues no hay papel ni para los culos) que en Madrid fue igual, y que allí el fascismo no pasó. En la ciudad propiamente dicha no queda ni un solo arma de fuego; hace semanas que todas las pistolas de los polis han sido enviadas al frente (y se asume que los 25.000 fusiles con que se hicieron los anarquistas en Sant Andreu el 18 de julio, y que nunca aparecieron, ya tampoco están en la ciudad). Se anuncia la creación de dos divisiones nuevas, pero todo el mundo sabe que estarán formadas por chavalinos que lo más complicado que han hecho en toda su vida es abrirse una cuenta en Tik Tok. Se crean, eso sí, batallones de ametralladoras cuya misión no es ya detener el avance nacional, sino impedir las deserciones masivas.

Sacando medios de donde no los hay, se moviliza a las fuerzas de Defensa de Costas, a los carabineros de la frontera, así como a los guardias de asalto de la ciudad (que, como ya os he contado, para entonces disparan huesos de aceituna como García Egea). Pero ya no se sabe muy bien si toda esa gente se la moviliza para luchar contra el potente ejército franquista, o para impedir que la retaguardia entre en fase Woke el Último.

En algún momento de finales de diciembre, se produjo un incidente político que yo creo que tuvo su importancia, por marcar el primer punto de distanciamiento público entre el PSOE y el PCE. Fernando Piñuela, miembro del primero de estos partidos, diputado constituyente, catedrático y alcalde de Murcia, fue destituido por Bibiano Ossorio y Tafall, Comisario General del ejército republicano, como Comisario General del Ejército del Centro. Este cese provocó, como digo, una polémica muy agria por parte del PSOE, que quiso ver en el mismo una represalia de los comunistas que, según su percepción, querían el monopolio de la dirección política del ejército republicano. El gobierno Negrín trató de templar gaitas nombrando para el puesto a una persona formalmente miembro del PSOE (bueno, en realidad, de la UGT), Edmundo Domínguez Aragonés. Domínguez, sin embargo, deja bastante claro en su libro de memorias, Los vencedores de Negrín, que para entonces era uno de esos socialistas que, siguiendo por cierto el plan trazado en el 36 a pachas entre Largo Caballero y Santiago Carrillo, se habían ido comunistizando en el marco de una fusión partidaria (finalmente incompleta) en la que el PSOE quiso comerse al PCE, pero fue, en buena parte, el PCE quien se comió al PSOE.

Domínguez, de hecho, justifica plenamente el cese de Piñuela, de quien dice que “su actuación como comisario del ejército no la cumplió como exigía el deber de obediencia a sus superiores, puesto que incurrió en desacato al comisario del Grupo de Ejércitos y al comisario general”. Reconoce, eso sí, que la reacción de muchos comisarios socialistas al cese “llegó a quebrantar la disciplina”, y que “hubo reuniones en las que se propuso la dimisión colectiva de todos los comisarios socialistas”. Edmundo Domínguez afirma (claro que, como todos, lo hace a toro pasado) que fue consciente desde el primer momento de las resistencias que su propio nombramiento había presentado entre los socialistas. Y eso que eran correligionarios teóricos...

Domínguez alude a una reunión general de comisarios de ejército, que se tuvo que celebrar antes de que llegase el año 39 porque, apunta, se produjo antes de que él estuviese formalmente nombrado. No esconde que en dicha reunión, convocada por Ossorio, no se escatimaron críticas al gobierno Negrín y a los comunistas; además, dice que las intervenciones de éstos no fueron muy felices. Critica directamente a Jesús Hernández, comisario de la Agrupación de Ejércitos, por pronunciar un discurso largo, farragoso y sin contenido. Pero, claro, hay que tener en cuenta que cuando Domínguez escribía esto (que, al parecer, fue en Argelia, poco después del final de la guerra) se había convertido en un negrinista cerrado, procomunista por tanto; mientras que Hernández, oh casualidad, era el más significado de todos los comunistas en esa reunión que estaba comenzando el viaje en sentido contrario. Los recuerdos ideologizados están llenos de detalles así.

Un detalle tonto, pero no tan tonto, que nos cuenta Domínguez: en algún día de diciembre, obviamente el 9 o posterior, se celebró en Madrid un acto de conmemoración por la muerte de Pablo Iglesias; apenas fueron 300 personas. El detalle se le quedó grabado a muchos partidarios del Frente Popular, quienes comprobaban que tenían dificultades para seguir siendo un frente y, definitivamente, habían dejado de ser populares.

El 5 de enero de 1939, la Gaceta publica un decreto y una orden complementaria en la que se llama a filas a la totalidad del reemplazo de 1922, así como a todo ciudadano que cumpla los 18 en los tres primeros meses del año 39. Cada movilizado, dice la norma, deberá presentarse en su lugar de destino llevando desde casa: “manta, calzado y cubierto, todo en buen estado”. En otras palabras, en ese momento el ejército de la República es incapaz de dotar a sus reclutas con cuchara y tenedor.

En todo caso, no es sólo que no dará mucho tiempo para la leva; es que, para entonces, la desmoralización es tal en los hogares republicanos, a lo que hay que sumar los muchos, muchísimos, en los que la moralización nunca fue muy alta, que buena parte de los llamados nunca responderán a esa convocatoria.

La Prensa en Cataluña, o por lo menos la que sigue publicándose, se solaza en esos tiempos con los sonoros triunfos que las tropas republicanas, dice, están obteniendo en el área de Córdoba. Y no les faltaba cierta razón. Ciertamente, en el sector de Peñarroya del frente cordobés se ha producido una acción sorpresa que, el 5 de enero, había conseguido romper la línea nacional. Fue una acción sorpresa con determinados elementos de éxito. Pero la propaganda republicana se lo tomó por donde no era: el general Escobar, jefe del ejército de Extremadura, por fin realizaba la ofensiva esperada que, por lo visto, le iba a dar la vuelta a la guerra.

Los republicanos lograron realizar una bolsa en el sector de Peñarroya de respetable profundidad: hasta 34 kilómetros avanzaron. Sin embargo, su problema fue siempre que las fuerzas franquistas en sus flancos lograron resistir, con lo que la bolsa, que en una situación ideal debía ser como una mancha de tinta, en realidad era un pitillo. Haciendo uso de su principal ventaja: la capacidad de aprovisionarse, los nacionales se apuntaron a un enfrentamiento de desgaste, un intercambio de golpes en el que los republicanos no podían sino perder el resuello. El 4 de febrero, todo el pescado estaba vendido.

El 8 de enero, una vez hecha la primera digestión de la ofensiva republicana de Peñarroya, Franco envía una orden en la que ordena a sus generales que, si es necesario cambiando la estructura de los cuerpos de ejército, el Ejército del Norte deje en sus posiciones defensivas y consolidadas lo estrictamente necesario, y los efectivos sean desplazados a las posiciones de avanzada. El Generalísimo de las tropas nacionales ha olido el cansancio de su enemigo, y quiere tomar Cataluña a toda leche.

El Cuerpo de Ejército conocido como de Navarra será la gran espadaña del avance franquista. El día 11 conquista Montblanch, lo que significa que deja prácticamente sorda y ciega a la Tarragona republicana. El 14, cae Valls. El general José Solchaga Zala, comandante del Cuerpo de Navarra, comunica a sus mandos que las órdenes que tiene son cortar el acceso al mar de los republicanos y tomar Tarragona ciudad. Los nacionales, en efecto, llegan a la periferia de la ciudad aproximadamente a las tres de la tarde del 15 de enero. Reus cae ese mismo día.

Para entonces, el ejército republicano en Cataluña no tendría, cabe calcular, ni 80.000 efectivos; eso, más el hecho, que Vicente Rojo reconoce en sus memorias, de la absoluta falta de apoyo de la retaguardia. Una forma elegante de decir que los catalanes (aunque ahora sus bisnietos no se quieran ni acordar) estaban deseando que llegase Franco.

Este mismo día 15, el gobierno republicano publica en la Gaceta la movilización general. Llama a los reemplazos de 1917, 1918, 1919, 1920 para diversos ejércitos, 1915 y 1916 para trabajos de fortificación. Se decreta que todo español de menos de 50 años que no sea un inválido queda a disposición de la Inspección General de Ingenieros; y, lo que es un disgusto para muchos sindicatos y partidos del Frente Popular, que los ya declarados inútiles para el servicio militar (como digo, muchos de ellos militantes, hijos y amigos de militantes, que se habían librado de luchar porque yo lo valgo; el liberado de toda la vida, pues) habrán de presentarse en la Caja de Reclutas. Eso sí, la medida fue, ya, muy poco efectiva, y no sólo los militantes partidarios y sindicales, sino muchísimas de las familias de medio pelo pasaron de enviar a sus hijos a una guerra que sabían perdida.

El día 16, Franco envía una orden al ejército combatiente en la que viene a decir que se aproveche cualquier ocasión de combatir en la que se huela que el enemigo está débil; que no se espere, que no se planifique en exceso: si se ve la ocasión de golpear, hostia que va. El objetivo, dice, es obligar al ejército republicano a luchar lo más lejos posible de Barcelona y de la frontera pirenaica. Franco, por lo tanto, quiere crear cuantos más pockets mejor, donde embolsar tropas republicanas y obligarlas a bajar los brazos.

Así las cosas, avanza el mes de enero y todo son chinchetas verdes (bueno, mejor azules) en el calendario de Franco. El 16 cae Cervera. El 20, Pons. El 21, Igualada y Villafranca del Penedés. El 22, Sitges. El 24, se llega al Llobregat y, lo que es más importante, se sitúan piezas de artillería con rango de tiro suficiente como para hostigar el puerto de Barcelona. A partir de ese día, pues, por mar, de Barcelona, sale y entra sólo aquél a quien Franco le da permiso. De ahí que se produjese el éxodo masivo a pie y por la frontera que hemos visto en mil fotos. Cabe, lógicamente, preguntarse cuál habría sido la suerte de centenares, miles de españoles, si los estrategas de la República, en lugar de embarcarse en esa batalla del Ebro que, en realidad, sólo servía para la propaganda de resistencia de los comunistas, hubiesen guardado todos los importantes recursos que allí perdieron para proteger adecuadamente un éxodo desde el puerto de Barcelona. Es probable que las fosas que ahora se quieren abrir estuviesen bastante más aligeradas.

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