miércoles, abril 06, 2022

El fin (42: Madrid es comunista, y en Cartagena pasa lo que no tenía que haber pasado)

El Ebro fue un error

Los tenues proyectos de paz
Últimas esperanzas
La ofensiva de Cataluña
El mes de enero de las chinchetas azules
A la naja
Los tres puntos de Figueras
A Franco no le da una orden ni Dios
All the Caudillo's men
Primeros contactos
Casado, la Triple M, Besteiro y los espías de Franco
Negrín bracea, los anarquistas se mosquean, y Miaja hace el imbécil (como de costumbre)
Falange no se aclara
La entrevista de Negrín y Casado
El follón franquista en medio del cual llegó la carta del general Barrón
Negrín da la callada en Londres y se la juega en Los Llanos
Miaja el nenaza
Las condiciones de Franco
El silencio (nunca explicado) de Juan Negrín
Azaña se abre
El último zasca de Cipriano Mera
Negrín dijo “no” y Buiza dijo “a la mierda”
El decretazo
Casado pone la quinta
Buiza se queda solo
Las muchas sublevaciones de Cartagena
Si ves una bandera roja, dispara
El Día D
La oportunidad del militar retirado
Llega a Cartagena el mando que no manda
La salida de la Flota
Qué mala cosa es la procrastinación
Segis cogió su fusil
La sublevación
Una madrugada ardiente
El tigre rojo se despierta
La huida
La llegada del Segundo Cobarde de España
Últimas boqueadas en Cartagena I
Últimas boqueadas en Cartagena II
Diga lo que diga Miaja, no somos amigos ni hostias
Madrid es comunista, y en Cartagena pasa lo que no tenía que haber pasado
La tortilla se da la vuelta, y se produce el hecho más increíble del final de la guerra
Organizar la paz
Franco no negocia
Gamonal
Game over  


Tras la radio, Miaja partió hacia Carabaña. Allí llega a la hora de comer, y Ortega le sienta a su mesa como si no estuviera pasando nada. Según los testimonios existentes, en medio de la comida, y en voz alta, Ortega se dirige a González Marín y le pregunta, medio en serio, medio en broma, qué pasaría si lo hiciera detener allí mismo. El anarquista, que tenía más conchas que Jack Sparrow y tenía, en 1939, los huevos pelados de desayunarse gente como Ortega, acariciando la culata de su pistola, le contesta, fríamente, que tendría que venir a por él. Miaja acaba intermediando y luego comienza una confusa negociación con Ortega, en la que le arranca el compromiso de no agredir al Consejo, eso sí, a cambio de que nadie cuestione su mando.

Yo creo que después de esto que os he contado pudo producirse otra salida de Miaja que relata en su libro Luis Romero. Acompañado del teniente coronel José Pérez Martínez, su ayudante, y de López, su secretario y hagiógrafo; además, claro, de González Marín. Al parecer, Miaja logró que el jefe de los carabineros emplazados en la calle Sevilla se pusiera a sus órdenes y lo acompañase hasta Cibeles. Hasta Cibeles, al parecer, Miaja llegó al frente de una abigarrada manifestación, de la que formaban parte particulares e incluso soldados que abandonaban sus posiciones. En Cibeles tomó un coche para llegarse a la periferia de Madrid. En todo caso, yo entiendo que su idea sería ir por la carretera de Aragón hacia la Posición Jaca. Sin embargo, se fue dando cuenta de que, cuanto más salía de Madrid, más comunistas eran los comunistas, por así decirlo; y más dispuestos estaban a meterle un buen tiro en el escroto. Así pues, Miaja se desvió hacia el sur y acabó en Arganda. A partir de ahí, Miaja abandona la ciudad de Madrid y también abandona la Historia. Quienes lo querían bien nos han querido vender la mula ciega de que quería ir a Levante para allegar tropas y defender al Consejo; relato éste que yo creo que olvida que Levante era, precisamente, de donde venía Miaja, así pues ya podía haber realizado esas previsiones antes.

González Marín cuenta la cosa de otra manera. Martínez Bande lo cita al decir que, en realidad, Miaja salió hacia Tarancón desde Carabaña, para encontrarse con Sousa, el agente del SIM; y de ahí marchó hacia Valencia. Mi teoría es que ambas salidas de Miaja: la de Cibeles, y la de Carabaña, pudieron producirse ambas. Cuál fue antes y cuál después, y desde cuál decidió el general dejar Madrid, es poco relevante.

Los comunistas, por su parte, habían tenido un enfrentamiento muy duro al principio de la Castellana, donde la Agrupación Socialista Madrileña tenía una sede; enfrentamiento en el que mataron a dos socialistas. También tomaron el Gobierno Civil, en Serrano 114 (palacio Lázaro Galdiano), donde hicieron prisionero a José Gómez Osorio; no así el Comité de Defensa Libertario, en el 111 (un chalet de la familia Luca de Tena que la CNT había tomado prestado), que se defendió como anarcogato panza arriba.

En Alcalá, las fuerzas de Santiago Calvo, la 300 División del XIV Cuerpo de Ejército, se enfrentan a un destacamento de guardias de asalto que Casado ha enviado para noquearlos. Sin embargo, los comisarios de ambas unidades, amigos entre ellos y ambos comunistas, tienen una entrevista, confraternizan, y el resultado es que los guardias se pasan a la 300.

A la altura del kilómetro 13 de la carretera entre Madrid y Alcalá, el teniente coronel Otero Gómez, miembro del Estado Mayor de la Posición Jaca, se hace visible a la 300, y pide parlamentar. Calvo le engañó. Afirmó que, como quería Otero, iba a dar la vuelta, y de hecho la dio; pero en cuanto el teniente coronel desapareció, reanudó la marcha.

Esta escena se repetirá dos veces más a lo largo de la mañana, cada vez más cerca de la Posición Jaca. Cada vez más, Otero está más desesperado por detener a Calvo, y Calvo es más consciente de que Otero no tiene nada con qué detenerlo. Yo calculo que la 300 rodeó la Posición Jaca un poco más tarde de las cuatro de la ídem. Hubo tiras, aflojas, negociaciones y, finalmente, la División lanzó un ataque que provocó la casi inmediata adhesión de la soldadesca de la Alameda de Osuna. A las seis de la tarde, los comunistas controlaban plenamente el puesto de mando de Casado. Un comunista llamado Vázquez se queda al mando de la Posición, mientras que el resto ponen proa hacia Madrid ciudad.

Los comunistas bajan la actual calle Alcalá prácticamente sin novedad. A la altura de Ciudad Lineal hay algunos tiroteos; poca cosa. De nuevo, algo de resistencia en la plaza de toros; llegarán sin grandes problemas a Manuel Becerra. Una parte de los guerrilleros, en Ciudad Lineal, probablemente por ser más pijos, se ha desviado por Arturo Soria, y finalmente llegará a Chamartín, donde conectará con tropas de Ascanio que vienen bajando de norte a sur.

Los comunistas anti-Consejo no tienen freno. Controlar Becerra les permite controlar el perímetro del Retiro y la plaza de la Independencia. De esta manera amenazan Cibeles, lo cual es un problemón para los casadistas, puesto que para ellos el Ministerio de Marina es fundamental: allí está Mera, como os comento en otros puntos de estas notas, y, sobre todo, ahí están las comunicaciones más fiables. Desde los Nuevos Ministerios, que son la cabeza de puente de los comunistas, batallones protegidos con carros de combate bajan por la calle Serrano. En el sur, unidades comunistas que han logrado entrar por Atocha alcanzan la plaza de Antón Martín y, de ahí a la plaza de Oriente. Casado no miente cuando relata que, el día 7, se sentía sitiado en el Ministerio de Hacienda.

Las cosas, sin embargo, están cambiando lentamente. Los comunistas tienen un éxito indudable el día 7 porque sus fuerzas provienen de unidades militares ya formadas que, simplemente, se ponen en movimiento. Pero en el ámbito informal, hay cosas que están pasando. El teniente coronel Álvarez, por ejemplo, cada vez cuenta con más efectivos; a sus guardias de asalto iniciales, la mayoría de los cuales no ha desertado (excepción hecha de los de Alcalá de Henares) se van uniendo otros soldados de otras unidades.

El otro gran dato positivo para el Consejo es que la reacción experimentada en Madrid no se ve en el resto de la zona republicana. En este sentido, la neutralización de Etelvino Vega en Valencia y la actitud del Ejército del Sur resultan cruciales. Tanto, que ya el día 7 Casado puede pensar que haya alguna unidad, como la 28 División con base en Tembleque, que se acerque a Madrid para ayudarle.

El tercer gran elemento positivo para el Consejo es la actitud de la aviación. Hidalgo de Cisneros ya no está en España y Camacho, como os he dicho, a pesar de ser formalmente comunista parece tener claro que su actitud ha de estar con el Consejo. Esa misma tarde comienza a haber vuelos de reconocimiento sobre Madrid.

Ya en la tarde, el Consejo se reúne de nuevo, reunión tras la cual hace pública una nota absurda en la que afirma que "la tranquilidad es absoluta en toda la zona" (los pepinacos se escuchaban en toda la ciudad) y se limita a acusar a algunos elementos del PCE de "realizar alteraciones del orden público". La cosa está tan tranquila que por la noche se prohíbe el tráfico rodado.

Amaneciendo el día 7 de marzo, la resistencia en Cartagena ya no existía. El Parque de Artillería estaba literalmente cercado. Cuando los soldados consiguieron abrir una de las puertas, entraron en tromba, pero casi sin disparar: las personas que había dentro y se los encontraban, por lo general se limitaban a bajar los brazos y rendirse. Pero no el coronel Gerardo Armentia. Armentia, cuando oyó follón desde su despacho, tuvo muy claro lo que estaba pasando. Así pues, amartilló su pistola y salió al pasillo. En la escalera de acceso a dicho pasillo, un capitán mutilado, Aureliano Ródenas, acompañado por un innominado soldado, intentaban defender el acceso. Ródenas quedó herido, así pues una pequeña tropa, liderada por un capitán, lo superó y, al encontrarse frente a frente con Armentia, disparó a discreción. Allí quedó muerta la única víctima de alto perfil. Barrionuevo, Lombardero, Meca y los paisanos que los acompañaban fueron hechos prisioneros.

En paralelo, las baterías de costa se fueron perdiendo, una a una.

Así las cosas, el último reducto sublevado era el edificio de Capitanía.

El gobierno había ganado. Bueno: había ganado o, como diría Rajoy, no. Mientras Artemio Precioso estaba tratando de debelar las últimas defensas de Fernando Oliva Llamusí (quien, por cierto, era un marino condecorado por la República), ya no tenía en España un primer ministro al que contarle lo que estaba consiguiendo. Tanto el gobierno como su cabeza, Juan Negrín, exactamente igual que los principales dirigentes comunistas que le estaban diciendo a las tropas que había que resistir hasta el final, se habían marchado de España. El Consejo Nacional de Defensa había nombrado jefe de la base al coronel Joaquín Pérez Salas, que se acerca en ese momento a la ciudad.

En esta situación, a nadie ha de extrañar que los nacionales, sobre todo desde el momento en que tuvieron claro que todas o casi todas las baterías de costa ahora les eran contrarias, decidieron darse la vuelta a sus bases. Todos los sublevados importantes estaban apresados o muerto Armentia, salvo Espa y Calixto Molina, quienes habían tomado una barca de remos, con la que intentaban llegar a una pequeña batería del cabo de Palos. Pérez Salas estaba ya en Cartagena, donde además estaban ya las fuerzas de la 10 división de Víctor Frutos, de evidente filiación comunista. Estas fuerzas habían logrado comunicar con teléfono con Fernando Oliva en Capitanía para que se rindiese, pero el marino se negó.

En ese momento, sin embargo, ocurrió algo cuya exégesis es verdaderamente difícil de obtener. Dos buques de la flotilla nacional que habían embarcado tropas en el Grao: el Castillo de Olite y el Castillo de Peñafiel, habían llegado a la zona muy tarde porque eran lentos de cojones y porque no habían navegado en línea recta. Por errores de comunicación, los dos barcos navegaban convencidos de que llegarían a una Cartagena ya tomada por sus conmilitones. Los barcos, en efecto, carecían de radio; su presencia en Cartagena era fruto de la operación apresurada de traslado de tropas organizada desde Burgos con todo lo disponible y, como siempre he dicho, la convicción de que la mar no presentaba enemigos.

El Castillo de Olite transportaba dos batallones del Regimiento 29 de Zamora, a las órdenes de los comandantes Víctor Martínez y Fernando López Cantí; más el cuerpo jurídico del Ejército de Galicia, al mando del coronel Martín de la Escalera, además de otros pertrechos y armas. Todas las tropas de tierra estaban al mando del teniente coronel José Hernández Arteaga.

El barco dobló el cabo de Escombreras y enfiló la bocana. Lo avistaron en La Parajola, pero como ya os he contado esa batería no tenía potencia de fuego; así pues, al barco le dio tiempo a observar que en el puerto no pasaba lo que creía que estaba pasando, y se dio la vuelta. Es en esta vuelta cuando La Parajola, de una forma para mí difícil de entender, abre fuego. El tercero de sus tiros barre la cubierta del barco, donde hay muchas tropas. El Olite vira a toda hostia hacia el islote de Escombreras para intentar un desembarco a pelo puta. Sin embargo, un nuevo disparo de La Parajola le impacta en las bodegas, petadas de municiones, y el barco estalla por sus cuatro costados.

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