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martes, octubre 15, 2013

Píldoras (4: Víctor Hugo y la Historia)

Dado que, por razones diversas que tienen que ver con viajes profesionales y la salida al mercado del GTA V, os tengo un tanto abandonados, me asomo por lo menos para dejaros una perlita.

Pocos escritores hay en este mundo más idealizados por sus lectores como Víctor Hugo. VH es el macho alfa de las letras francesas, tal vez por estar un tanto faltas de un Shakespeare y un Cervantes que les elevase la moral cultural. Los franceses adoran su siglo XIX, y hacen bien porque está preñado de escritores de superior laya; de entre los cuales, en mi caso, tal vez, si hubiera de quedarme con uno, me quedaría con Balzac. Pero además de ser balzacófilo,  también se puede ser victorófilo, zolófilo, dumasófilo, gautierófilo... ahí es nada. En materia de literaturas, donde se mire en el siglo XIX francés, se ve grandeza.

Pero don Víctor también tenía sus debilidades. En España le señalamos una un tanto injusta: el haber llamado a una de sus creaciones Hernani, población que lo es de eso que Unamuno decía y escribía Euscalerria (hasta que, según dejó escrito, un retrasado mental [sic] se inventó eso de Euskadi), creyendo que con ello quintaesenciaba lo español. Como digo, es burla injusta porque, ya lo siento por el nacionalismo vasco, pero en vida de Víctor Hugo ni los residentes de Hernani le daban mucho al pensamiento de que no eran españoles.

Esta píldora, sin embargo, va de que Víctor Hugo, por mucho que con justicia se lo admire, también tenía sus lagunillas. Entre ellas, la Historia.

Conocida es la anécdota del gacetillero que un día escribió una novela histórica ambientada en la antigua Roma y en la que le hacía decir a un personaje: «Ten cuidado con el centurión, que es un hombre muy maquiavélico». Cagarla con la Historia haciendo literatura es bastante fácil, igual que cagarla en el cine de ambiente histórico. Víctor Hugo no hace excepción a esta regla y, de hecho, arrastró durante su vida el pequeño o gran baldón de dos errores cometidos en sus líneas; errores que, por cierto, suelen ser caritativamente resueltos en ediciones y traducciones modernas.

Así, en un pasaje de su obra Ruy Blas, escribe el franco vate: Et serait-il descendu d'Annibal, qui prit Rome!... Caramba, don Víctor, que Aníbal fue héroe militar que hizo muchas cosas de mérito y tuvo acojonados a los romanos tiempo ha, nadie lo niega. Pero eso de adjudicarle el saco de Roma es como exagerado...

Asimismo, en otra obra, Aymerillot, el escritor pone unas palabritas en los labios de Carlomagno:

Tu rêves, dit le roi, comme un clerc de Sorbonne.
Faut-il donc tant songer pour accepter Narbonne?

Tal vez el problema del escritor es que tuvo hecho el segundo verso antes que el primero y necesitaba, por lo tanto, algo que le rimase con Narbona. Y acabo, et voilà!, encontrando la Sorbona. Olvidó, sin embargo, que escribir tales versos supone otorgar al pipínido monarca franco (dicho sea en total respeto de la Ley de la Memoria Histórica, esto es con minúscula) dotes de adivinación, puesto que la Sorbona no fue fundada hasta el año 1252, unos cuatro siglos después de que las dichas palabras hubieran sido pronunciadas. Y se llama así en honor de su fundador, el capellán de Saint Louis, Robert de Sorbon.

Queda claro, pues, que, por hacer un pareado multinacional,

Hasta el mejor de los amanuenses suelta alguna vez un borrón
y el que esté libre de pecado, que tire la primera stone.

miércoles, octubre 02, 2013

Píldoras (3): qué importante es conocer los ritos

Es importante conocer bien los ritos en los que uno se mete. Conocida es la anécdota de Michael Robinson quien, en su época de jugador del Osasuna, acabó yendo un día a una iglesia porque era tradición en el equipo colocarse bajo la protección de una virgen local. También era costumbre que los jugadores, uno a uno, besaran la imagen, pero eso Robinson no lo sabía. El cura le presentó a él la imagen el primero y, como quiera que él no supiera que hacer, el sacerdote le hizo un gesto con los labios indicando que debía besarla. Robinson entendió, se levantó y... le dio dos besos al cura.

Algo parecido, pero bastante más doloroso, le ocurrió a Aengus, hijo de Natfraich, rey de la corte irlandesa de Cashel. Por su ciudadela, allá por el cuatrocientos y pico, fue a parar el hoy célebre San Patricio bajo cuya invocación tantas cervezas se beben, con la intención de convertirlos. Para entonces, Patrick había superado bastantes de las dificultades iniciales con los paganos y estaba encarrilando el catolicismo irlandés. Aengus, de hecho, ya había oído hablar del cristianismo y había decidido que le molaba bastante, así pues recibió al futuro santo con toda pompa y alharaca.

Le anunció al obispo que deseaba bautizarse, ante lo cual Patricio dijo ésta es la mía, así pues allá que vamos. 

Llevaba el santo entonces, dicen las crónicas, un grueso báculo que terminaba en punta, para poder ser clavado en la tierra al recorrer las trochas que en Irlanda no son pocas, ni planas. Para proceder al bautismo de Aengus tuvo que soltarla, o sea clavarla en el suelo, con tan mala suerte que no se dio cuenta de que entre el báculo y la placa continental se encontraba el pie del rey; el cual, lógicamente, penetró con el consiguiente dolor.

Aengus, sin embargo, permaneció firme y no dejó que su rostro reflejase que estaba más jodido que Felipe Juan Froilán después de una cacería. Pero no lo hizo por ser machote ni irlandés ni leches. Lo hizo porque, simplemente, asumió que aquello era una parte del bautismo cristiano. Debió de pensar que el bautismo es una ceremonia parecida a la que tienen muchas culturas en las que los adolescentes tienen que demostrar ser suficientemente bravos como para ser hombres, y se dijo: si grito, el Patricio éste no me bautiza. 

Bautizos a la irlandesa es lo que hacía falta en esta sociedad dada a la molicie y la blandura.

viernes, septiembre 27, 2013

Píldoras (2) no es educación, es otra cosa

Es muy probable que estés convencido, o convencida, de que el gesto de taparse la boca en público cuando se bosteza es un signo dictado por la buena educación. Si es así, te equivocas. En realidad, cuando menos en su tiempo, lo que revelaba ese gesto no es que quien lo realizase fuese educado, sino que era supersticioso.

Piénsalo dos veces. Teóricamente, el gesto de taparse la boca trata de evitar a la vista de los demás el hecho de estar bostezando, esto es, no pocas veces, aburriéndose. Uno se tapa la boca para que su amigo el conferenciante no se percate de que lo que está declamando nos parece un coñazo. Pero, ¿verdaderamente ocultamos a alguien eso por el mero hecho de taparnos la boca? La verdad es que no. Es un gesto absurdo, porque no evita lo que teóricamente pretende evitar.

La verdad es otra, y hay que buscarla en la Edad Media europea y los muchos mitos negativos que se construyeron durante ella. Las epidemias y pandemias, relativamente frecuentes entonces, enseñaron a las personas que la desgracia (la enfermedad) solía anunciarse muy frecuentemente mediante síntomas que podrían parecer insulsos: sobre todo, el estornudo. Como muy bien describe Ken Follet en su novela World without end, las personas que enfermaban en las epidemias empezaban estornudando; de lo cual es muy fácil saltar a lo que podríamos llamar el pánico al estornudo y, consecuentemente, la adjudicación al mismo de características maléficas.

El bostezo formó parte muy pronto de este catálogo de gestos de mal agüero. Lo cual también es lógico, pues muchas enfermedades (la hepatitis, por ejemplo) causan en quien las sufre un enorme cansancio, que se muestra, entre otras cosas, a través de la somnolencia y el consiguiente bostezo permanente. La gente luego moría de esas enfermedades, lo cual hacía fácil que la cultura popular vinculase bostezo, dolencia y muerte. El bostezo, además, tiene otra característica que lo hace acreedor de las peores sospechas: suele ser contagioso.

El hombre medieval creía a pies juntillas en los poderes de la adivinación, la magia y los hechizos. Sus tatarabuelos paganos eran tanto o más supersticiosos que él, pero al menos tenían religiones que establecían normas y procedimientos para contrarrestar estos efectos, como el sacrificio ritual de animales y todo eso. El cristianismo eliminó todas estas prácticas, aunque acabase por recibirlas parcialmente a través del exorcismo. El hombre cristiano, pues, se debatía entre las cosas que seguía creyendo, y el hecho de que no le estaba permitido creerlas.

Probablemente la mayor creencia supersticiosa fue, y siguió siendo, la del mal de ojo y, en general, las condenaciones y hechizos realizados por personas supuestamente poseedoras de poderes especiales, las cuales condenaban a alguien por diversas razones a la desgracia o a la enfermedad. Dispuesta a creer como estaba la sociedad medieval, cualquier reunión en día de mercado, o incluso tras la misa, se convertía en un conciliábulo en el que los vecinos referían, sin género de duda, historias de personas que habían sido malditas. Como los brujos y brujas de entonces no eran tontos, la maldición preferida era siempre la misma, o sea la que con mayor seguridad se produciría: el deterioro de la salud. El mal de ojo, entonces, consistía en maldecir a alguien a sufrir dolencias, a veces bien localizadas, otras más genéricas, e incluso la muerte.

Una consecuencia muy habitual de estas maldiciones es que el maldito, repentinamente, perdía el vigor. Se convertía en una persona menos activa y más cansada. Esto quiere decir: bostezaba. Muchas personas creían que quien comenzaba a bostezar inesperadamente había sufrido un mal de ojo; y no sólo eso, sino que consideraban que, al abrir la boca para bostezar, empeoraba las cosas porque los espíritus de la maldición, las miasmas de la enfermedad, entraban en su cuerpo por la boca abierta.

Así pues, los hombres y mujeres de nuestra Edad Media se tapaban la boca al bostezar por dos razones fundamentales: primera, para no empeorar su salud, pues consideraban que podrían haber sido objeto de un mal de ojo por el cual los demonios estarían intentando entrar en ellos; y, segunda, para que los demás no fuesen conscientes de que habían sido malditos.

No lo hacían, pues, por educación, sino por superstición.

martes, septiembre 24, 2013

Píldoras (1): el casamiento de una Borbón

[Se me ha ocurrido, para entretener esperas entre artículo y artículo, ir vomitando por aquí pequeñas cosas que me encuentro en mis lecturas y que no dan para un post propiamente dicho. Espero no molestar...]

De la obra Histoire d'une grande dame du XVIIIeme siècle, de Lucien Perey (1887), entresaco este relato que hace una aristócrata parisina, la princesa de Ligne (en realidad, la princesa polaca Helena Massalska, que se casaría con el príncipe Charles de Ligne), de la boda de mademoiselle de Bourbonne (sic; Helenita no debía de ser muy buena escribiendo el francés), otra pija como ella.

Mademoiselle regresó un día [a su internado; el convento de Abbaye-aux-Bois] muy triste, y se encerró un rato largo en el despacho de la señora de Rochechouart [algo así como la jefa de estudios]. Finalmente, dos días después, nos confesó a sus amigas que se casaba con el conde de Avaux, hijo del marqués de Mesme (sic. En realidad, es Mesmes). Todas la rodeamos para hacerle cien preguntas. Ella tenía entonces apenas doce años; tenía previsto hacer su primera comunión en ocho días, y ahora se casaría ocho días después de la primera comunión para después regresar al convento. Estaba tan deprimida que acabamos por preguntarle si es que su marido no le gustaba. Ella nos confesó que el conde era muy feo y muy viejo, y que iría a verla al día siguiente.

Al día siguiente, cuando se levantó, mademoiselle de Bourbonne recibió un gran bouquet; a medio día, llegó el conde. Sus compañeras lo encontramos, como ella había anunciado, abominable. Cuando ella salió del encuentro, todas le dijimos: «¡Verdad que tu marido es feo! Si yo fuese tú, no lo desposaría. ¡Qué desgracia!» A lo que ella respondió: «Me casaré con él, porque es lo que quiere mi padre. Pero nunca lo querré; eso seguro». 

Se acordó que no se volviesen a ver hasta el día en que ella hiciese la primera comunión, para que así ella no se distrajese de su preparación. Finalmente, ella hizo la primera comunicación ocho días después, y, cuatro o cinco días después, se casó en la capilla del hotel d'Havre...»

Leedle este cuento a vuestras hijas y nietas de doce años, a ver qué cara ponen.