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martes, marzo 15, 2022

Lectura: The Fires of Lust

Qué: The fires of lust. Sex in the Middle Ages
De quién: Katherine Harvey.
Dónde: Reaktion Books.
Cuándo: 11 de octubre del 2021
Cuánto: en Amazon, 22,86 lereles en tapa dura, 13,34 en blanda y 17,71 en formato digital.
Nota: 9 sobre 10.


La moderna historiografía, de un tiempo a esta parte, puede llegar a dar bastante asquito. Contar los porqués de esa repugnancia llevaría su tiempo, pero afortunadamente no es el tema de este post. En realidad, este post va de exactamente lo contrario.

miércoles, noviembre 04, 2020

El libro que todo licenciado en Historia debería leer




Qué: Veritas. A Harvard professor, a con man and the Gospel of Jesus' Wife.
Quién: Ariel Sabar.
Con quién: Doubleday.
Precio: 20,38 pavos en el Kindle.
Versión en la lengua de los cristianos: no, que yo sepa.
Calificación: 8,5 sobre 10.


Veritas es un libro inteligentemente escrito por un periodista, Ariel Sabar, que sin duda conoce su oficio. La suya es la historia de una investigación periodística que abarcó varios años y diversos puntos del mundo, hasta desentrañar una de las falsificaciones más famosas de nuestros últimos tiempos: la del presunto trozo de papiro copto que incluiría el testimonio de la existencia de una esposa de Jesús; esposa que, además, podría tener un rol bastante preeminente en la primera iglesia cristiana. 

Éste tema ya lo toqué, tangencialmente, en un post, redactado en todo el fragor de la noticia, en el que, sucintamente, mostraba mi extrañeza porque fuese tan escandaloso para muchos el dato de que Jesús estuviese casado (lo de que lo estuvo con María Magdalena, además, la prostituta María Magdalena, ya es más difícil de encajar en lo que sabemos). De hecho, sostenía, y sostengo por la presente, que el hecho de que los Evangelios no nos dibujen a un Jesús casado y con hijos es una de las (muchas) pruebas que existen, cuando menos en mi opinión, de que la historicidad del fundador del cristianismo es una ful. Que si Jesús existió, tuvo que ser alguien tan distinto de lo que los Evangelios dicen de él que, en realidad, su existencia poca importancia tiene. Que, en consecuencia, el cristianismo está montado sobre un relato mítico ahistórico. 

Perdí el interés por la movida de Karen King y su supuesto gran descubrimiento porque, como digo, para mí ofrecía pocos alicientes. Sin embargo, cuando este septiembre Sabar publicó el libro, me lo pillé y me puse a leerlo, por ver si la historia volvía a interesarme. Y vaya si lo hizo. En la historia de la estafa histórica del pregunto papirito de los cojones hay de todo: un estafador más raro que la puñeta, a ratos egiptólogo, a ratos impulsor de portales pornográficos en internet donde a su mujer se la pulen otros; una universidad ambiciosa; y unos scholars que ya, ya... 

No os quiero destripar el libro porque, verdaderamente, hay que leerlo. Pero, sucintamente, la historia viene a ser ésta. Un tipo con conocimientos en Historia Antigua, pero al que la vida le ha llevado por otros derroteros, se encuentra en una situación financieramente comprometida. Conocedor de los entresijos de la investigación sobre Historia Antigua ligada a los principios de la cristiandad, y consciente de la corriente de interés por las vicisitudes del pene del Salvador desde la publicación de El código da Vinci, novela-meconio que, como sabéis, sostiene precisamente la teoría de que Jesús y la Magdala eran churris y que una tipa bigotona que sale en la peli es su tatara-tatara nieta; consciente de todo eso, digo, decide falsificar un presunto papiro egipcio del siglo IV donde vendría a figurar, con las lógicas faltas de texto, una especie de diálogo sobre la pertinencia de que una mujer pueda ser apóstol de Jesús; diálogo en el que aparecería el texto: "Jesús dijo (...) mi esposa (...)"

O sea: la prueba fehaciente de que la idea (sólo casualmente) de moda en el momento de la falsificación es cierta.

Como digo, de la lectura del libro saco la conclusión de que el falsificador era hombre bien informado sobre la marcha de la cristianología. Ciertamente, en las últimas décadas buena parte de la investigación sobre los orígenes del cristianismo se ha centrado en las elaboraciones gnósticas y en tratar de colocar los evangelios no canónicos, los desechados por la Iglesia, al mismo nivel de aquéllos a los que los Francisquitos han pegado la etiqueta quality control passed. Esto lleva a especular con cuál fue la verdadera vida, y el verdadero mensaje, de Jesús. Si os interesa la movida, os recomiendo un libro, citado por cierto en Veritas, de hace cosa de un cuarto de siglo, titulado The five gospels. El tema de los gnósticos es, para mí, de gran importancia, si bien no tanto como alternativa al cristianismo entendida como una creencia que sostendría teorías e ideas muy diferentes de éste, sino como una visión filosófica, y también mundana, que bien pudo llevar al mundo por derroteros muy diferentes de aquéllos que finalmente holló. Pero ésa es otra historia; esta historia no va de entender a fondo los movimientos gnósticos y las cosas que llevaban en zurrón; va del tema exclusivo de si alguna vez Jesús tuvo simiente y, si la tuvo, si regó o no regó con ella.

Así las cosas, el estafador practica lo que en el Ejército llamaban tiro preciso. No sólo realiza la falsificación, sino que se la vende a la persona adecuada: Karen King. ¿Por qué Karen? Pues porque Karen, como el agente Mulder, wants to believe. Importante profesora de la Escuela de la Divinidad de Harvard, Karen King es una especialista en el Evangelio de María, unos textos en griego y copto encontrados a finales del siglo XIX, y una teórica de la idea de que la mujer tuvo un papel en la primera Iglesia muy superior al que históricamente se le ha reconocido. El suyo, pues, es un punto de vista feminista para el cual, un pedazo de papel en el que Jesús diga "Yo tengo churri y, además, es mi apóstola", le viene de perlas.

Tratando de no hacerlos espóiler, os diré que, ciertamente, desde casi el primer segundo en el que Karen King expone su gran descubrimiento con ocasión de un seminario internacional en Roma, surgen las dudas sobre la autenticidad del papiro. Afortunadamente, éste es el mensaje optimista que deja esta libro, todavía quedan en este mundo estudiosos que no son tributarios de otra cosa que de la verdad de las cosas; y no pocos de ellos no tardaron en darse cuenta de que había varias cosas fishy en aquel papiro. Como digo, no destriparé las cosas más allá de lo necesario; pero baste decir que ni las pruebas físicas sobre el papel y la tinta; ni la revisión del lenguaje copto de las frases; ni elementos como la potente resemblanza de dichas frases con el llamado Evangelio de Tomás, tendían a confirmar la autenticidad de la historia. La forma en la que estas dudas son, de alguna manera, orilladas o ninguneadas a lo largo del relato resulta bastante acojonante; máxime pensando que la universidad que está detrás no es, precisamente, la Universidad Laboral de Cerro Podrido. 

Y ésta es la razón por la creo que este libro deberían leerlo, como lectura obligatoria, todos los estudiantes de Historia, sus profesores, y los que algún día fueron estudiantes, hoy están licenciados y son, pues, sedicentes historiadores. Afirmación tras la que tengo que embarcarme en una digresión, ya lo siento.

Algunos de vosotros sabéis, otros supongo que no, que tengo cuenta en Twitter. No la uso mucho porque las polémicas tuiteras me dan una pereza que te cagas, pero, bueno, la abrí por petición popular para poder informar de la publicación de mis posts, y ahí sigo (@JotadJota). 

Por pura selección natural, he ido siguiendo, cada vez más, a historiadores y divulgadores de la Historia. Hay gente realmente buena y por lo general mucho cachondeo mental, que es algo muy sano. Aguas abajo de estas actitudes sanas y generosas, la verdad es que seguir a tuitstorians me ha convencido de que la Historia, la Historia que a mí me gusta y que procuro absorber, ha muerto. Ha muerto porque la Historia, hoy, está en manos de personas que tienen un concepto de esa misma Historia como disciplina que, desde luego, no es el mío. 

Karen King, lo cuenta muy bien Sabar en el libro, basa en el siguiente razonamiento su teoría de que las mujeres apóstolas y sacerdotisas llenaron el Bernabéu en los siglos I y II: puesto que hay autores en la patrística que destacaron en sus escritos que la mujer no debía ocupar esos puestos (el principal, Tertuliano, un nota de cojones), eso es porque tenía que haber otros escritos que dijesen lo contrario. Es una teoría curiosa, lo confieso. Si para Homero es lógico que las guerras generen esclavos, eso tiene que ser porque su época tendría que haber otro Homero (para no equivocarnos, llamémoslo Pedrolo), cuyos textos no nos han llegado, que propugnaría que esclavizar a los enemigos tras haberlos vencido era caca. Cuando a King se le contestaba que eso no se podía afirmar hasta que no se descubriesen esos presuntos escritos, contemporáneos o anteriores a Tertuliano, sosteniendo esas ideas, ella hablaba de fact fundamentalists, talibanes de los datos.

Ésta es la filosofía. El historiador ya no vive de los datos; ya no es esclavo de los datos. Ahora, construye en su cabeza un relato coherente y lo busca en la Historia. Si no está, lo imagina, lo especula; desarrolla la figura de Pedrolo porque decide que Pedrolo tuvo que existir. Porque la riqueza historiográfica ya no reside en descubrir nuevos datos, o elaborar nuevos puntos de vista sobre los ya existentes, que enriquezcan o, incluso, revolucionen lo que se ha creído hasta el momento. La riqueza historiográfica reside en la capacidad de generar relatos y buscarles la lógica; lógica que no necesariamente ha de estar en los datos, en lo que sabemos; porque lo que sabemos, en Historia, es siempre una porción, en ocasiones muy pequeña, de lo que podríamos saber o llegaremos a saber.

Esto, en la práctica, quiere decir que la historiografía se impregna de presentismo: el pasado no se juzga con la mente del pasado, sino con la del presente. Ahí están los interminables debates tuiteros sobre la antigüedad del concepto de nación española, que es un debate que movería a la más absoluta extrañeza a aquéllos sobre cuyas opiniones se discute: los castellanos, aragoneses y navarros de hace ene siglos, para los cuales el concepto de nación era otra cosa (para ser más exactos: el concepto de nación es la evolución en el tiempo de esa otra cosa). Karen King es una historiadora feminista, y por eso tiene que encontrar mujeres sudando sororidad allí donde investigue. Veritas, además de la interesante, a ratos trepidante, movida que nos cuenta su autor, es un poco la crónica de esto. La crónica de cómo la historiografía se ha ido relajando la faja hasta que sus lorzas lo han desbordado todo. 

Una cosa que me llama mucho la atención de los debates tuiteros es la saña, a ratos yo diría que desesperada, con la que los modernos historiadores y estudiantes de la cosa defienden el concepto de que la Historia es una ciencia. Confieso que es algo en lo que nunca he creído: si coges a 50 historiadores y les preguntas cuál es el segundo peor rey de la Historia de Castilla, Aragón y España, con facilidad recaudarás entre 15 y 20 respuestas diferentes; no sólo eso, es que además te darás cuenta que hay gente que te dirá que Felipe II fue el peor rey español de la Historia, mientras que otros ¡te dirán que es el mejor!. Sin embargo, si juntas a 50 químicos y les preguntas cuál es el segundo elemento más pesado, sólo obtendrás una respuesta, a menos que a alguno de los 50 químicos le hayan dado el título en la Facultad Celaá de Ciencias Químicas (que es una facultad, como sabéis, en la que para ser químico no hace falta saberse la tabla periódica). 

Ésa es la diferencia que existe entre la hermosa especulación intelectual, que no otra cosa es la Historia; y la ciencia.

Este tema me ha interesado bastante y me he dedicado a observar; y, tras mucha observación, he llegado a la conclusión de que la defensa cerrada del cientifismo histórico por parte de nuestras jóvenes mesnadas historiográficas tiene que ver con aquello de lo que va este post. Tiene que ver con el hecho de que, hoy en día, las interpretaciones históricas están tan cogidas por los pelos, a los scholars se les nota tanto que lo que cuentan está intervenido por sus filias y sus fobias, que la gente necesita pensar que no, que están inmersos en un sistema de conocimiento reglado, jerarquizado, que les garantiza que no caen en sesgos ni en mierdas. Por eso deberían leer Véritas, porque en este libro van a descubrir que no hay ciencia. Que no hay jerarquía, no hay sistema, no hay disciplina. Ellos mismos verán, en las páginas de Sabar, cómo una puta mierda de falsificación, cutre y desde luego nada sofisticada, supera dobles ciegos, controles científicos, juicios de expertos y todo lo que se le pone por delante; porque la investigadora quiere creer, su universidad quiere que crea y a los últimos invitados a la fiesta carroñera: la Prensa, la historia le mola un huevo.

Un historiador sólo tiene una cosa: su honestidad intelectual. La persona que es intelectualmente honesta es, primero que todo, consciente de que mañana, o pasado mañana, puede dar la vuelta en una página de un libro y descubrir que estaba equivocado. A mí me ha pasado cienes de veces y, creedme, ruego a Mitra que me siga pasando. La persona que es intelectualmente honesta es, además, consciente de que la Verdad histórica, así, con V mayúscula, no existe. La verdad histórica se construye de la suma de pequeñas interpretaciones y es, además, un ser cambiante; porque pocas cosas hay que cambien más con el paso del tiempo que la interpretación del pasado. En ese entorno no, no hay ciencia; hay honestidad, o no la hay, a la hora de recopilar información y de interpretarla. 

Puede que alguno de vosotros, al leer estos párrafos, me esté contestando dentro de su cabeza: "A ver, esto es trampa, Jota; el escándalo que recibe el libro se refiere a la Historia de los orígenes del cristianismo, y tú sabes perfectamente que la mayor parte de los estudiosos de ese período son monjes soldados; porque son, a la vez, historiadores y predicadores". Y es completamente cierto. Si hay un ámbito histórico en el que es fácil encontrar intelectuales de parte, ése es la Historia de las Religiones (lo cual es, en mi opinión, una de las razones de que dicha disciplina tenga tan poco interés en las últimas décadas, y que su momento más fecundo sea el de la historiografía liberal del siglo XIX). Sin embargo, debo destacar que es precisamente ahí donde está el problema. Porque si lo que tenía que haber pasado es que la historiografía profesional hubiese impregnado la historiografía religiosa, lo que ha ocurrido es justo lo contrario. ¿Acaso no hay hoy historiadores de Cataluña medio historiadores medio propagandistas catalanistas; o historiadores de la guerra civil fieles a una verdad pre concertada? 

La civilización actual, lejos de superar el pensamiento religioso, lo ha adaptado a su propia posmodernidad. En el mundo actual, vuelve a existir el pecado capital (por ejemplo, el hombre que es un violador por el mero hecho de nacer hombre); el proselitismo (la negación al discrepante, la aspiración a que sus opiniones sean censuradas); y, esto es lo importante para el tema que nos ocupa, la Historia al servicio de ideas preconcebidas. La Historia ha dejado de ser una pregunta; ha pasado a ser una respuesta. 

La lectura de Veritas me ha llevado a plantearme cuántas cosas que leo o me cuentan, y que doy por ciertas porque abarcan campos del conocimiento donde apenas he puesto el pie, en realidad tienen timbre de certitud. A mí, personalmente, me da igual; al fin y al cabo, en este campo de la Historia no me debo sino a mí mismo. Pero quienes sostienen esta "ciencia" deberían tomarse algo más en serio reflexiones como ésta.

La propia dinámica descrita en el libro de Sabar, cómo un simple, y perdón por lo de simple, escritor de best sellers, que lo mismo te escribe un libro sobre la descendiente de Jesús que te escribe otro sobre una instalación secreta de la CIA en la que se trata de desarrollar una tortilla de patata con cebolla que aun estando caliente esté buena, puede remover las aguas de la historiografía; la propia dinámica, digo, es ya un mensaje de jodida naturaleza. En la superficie del problema, la Historia se convierte en un espectáculo más. Pero en lo profundo, y realmente dañino, en lo que se convierte es en un instrumento para condicionar el presente. Esto empezó hace ya muchos años, con la historiografía marxista, que no es otra cosa que la búsqueda permanente de la dialéctica de la lucha de clases en cada momento de nuestro pasado, para así poder demostrar la vigencia de dicha dialéctica en el presente. Los historiadores, y no digamos ya los licenciados en Historia, han dejado de considerar que sirven a la Historia; pretenden que la Historia les sirva a ellos. Lo importante no es decir que existen pruebas del Evangelio de la Esposa de Jesús; lo importante es poder decir que dicho Evangelio pudo existir porque resulta que en un papiro dice: "Jesús dijo (...) mi esposa (...)" Da igual que la construcción de la frase pueda ser: "Jesús dijo: todo aquél que diga: mi esposa no me ama, ofende a Mi Padre". Y, por supuesto, da igual que, en realidad, el papiro no diga eso, porque el papiro no sea. Aquí lo que importa es que el historiador tiene una teoría. No seamos talibanes con los datos. 

Una de las últimas discusiones algo largas que he tenido en Twitter fue con un historiador que publicó un hilo de tuits estableciendo algo así como los principios básicos que deben regir la labor de todo historiador. En uno de ellos escribió algo así como: "la mejor historiografía sobre unos hechos es siempre la última que se ha realizado".  Yo le contesté que eso no era verdad. Y lo pienso. Pienso que Ernest Renan, pese a haber vivido sin conocer los rollos del Mar Muerto ni los tomitos de Nag Hammadi (cosa que bien que le jodería si lo supiera), es mucho más importante para la Historia del Cristianismo que toneladas de scholars del último medio siglo. Pienso que nadie ha superado a Ramón Carande en su campo, como lo pienso también de algunas obras de Vivens-Vives, o de Sánchez Albornoz. Creo que en las raíces de aquella discusión está buena parte del problema actual de la Historia y los historiadores, que ven superación de puntos de vista anteriores a los suyos donde lo que hay, en realidad, es, como decía, un cambio estratégico; esos puntos de vista que ellos denuestan son el producto de una Historia mucho más honesta que la actual, una Historia que encajaba consigo misma, diferente de la Historia actual, cuya función es encajar con el presente. A partir de aquí, quién se extrañará de las actuales corrientes iconoclastas, dedicadas a la destrucción de toda estatua o signo visible del pasado o los pasados que no queremos reconocer. El siguiente paso será encargar a licenciados en Historia que escriban libros adaptados a esa iconoclastia; en frase que siempre me ha encantado de Tiburcio Samsa, es muy probable que, en ese mismo momento, se esté escribiendo ya el libro definitivo que demostrará que la guerra civil española la ganó la República.

En fin; es lo que hay.

lunes, septiembre 02, 2019

Dictionary wars



Qué: Dictionary wars. The American fight over the English language.
Quién: Peter Martin.
Dónde: Princeton University Press.
Cuánto: 22,86 euros en el Kindle.
Calificación: 8,5 sobre 10.

Llevo toda la vida estudiando inglés. Desde que Miss Susan, el día de su primera clase, me enseñó, a mí y a mis compañeros, que para pedir permiso para salir del aula debía decir may I go to the toilet?, hasta el día presente, no he dejado de estudiarlo. Hace ya mucho tiempo que no lo hago por necesidad; de una de las paredes de mi despacho cuelga un papel que me certifica como bilingüe, y eso es bastante más de lo que necesito para mi vida. Lo sigo estudiando, sin embargo, porque me gusta. O mejor debería decir, me encanta.

Hay otra característica en mi aprendizaje: no he usado la inmersión. De chaval, los veranos en Bradford no eran para mí; si no podíamos pagar una puta cena en un restaurante de la playa de Santa Cristina, menos íbamos a poder pagar un verano en otro país. Las facilidades que aporta la inmersión para un idioma las suplí con estudio y con lectura. Y, la verdad, no me arrepiento. El aprendizaje por inmersión es como la experiencia del usuario de un software; pero el aprendizaje sistemático es como la experiencia de un ingeniero informático. Te ayuda a entender no sólo el idioma, sino cómo funciona. Por qué es así. Es una dimensión más dura pero, a la larga, intelectualmente mucho más venturosa. Hablar un idioma y entender un idioma son cosas diferentes. Lo primero, bueno, puedes llegar a conseguirlo en una vida; para lo segundo, siempre te quedarán pasos pendientes.

Hay otra cosa importante respecto de los idiomas que los, digámoslo de forma políticamente correcta, residentes en España conocemos bien: su dimensión política. La lengua, además de un vehículo de comunicación y de una herramienta para la transmisión de la belleza o del horror, puede ser un arma. Algo que se blande y se lanza contra los adversarios. Como digo, en España sabemos muy bien de qué va esto, nosotros que hemos inventado, en varios estatutos de autonomía (y ante la complicidad de la clase política patria sin excepciones) ese meconio que llamamos "lengua propia". Ése que hace que, legalmente, un gallego pueda decir que el español o castellano es oficial en Galicia, pero que la lengua propia de un gallego es el gallego.

Cualquier persona que atienda a las noticias de la prensa sobre la inmersión lingüística y sus conflictos sabe que la lengua no es un actor neutral en los enfrentamientos políticos. Al mismo tiempo, sin embargo, tal vez le dé por pensar que el inglés, ese idioma imperial que ha trepado en los últimos trescientos años al pedestal donde antes estuvieron el francés, el latín o el griego, el pedestal al que se sube la koiné, la lengua franca de referencia de los comerciantes y de los soldados; el inglés, digo, está por encima de todo eso. Sufre, sí, los embates del gaélico, del galés, del hindi y de todas las lenguas que algún día colonizó; pero como tal lengua no tiene vis política.

Si estás en este error, este libro te sacará de él.

Dictionary wars cuenta, en paralelo o más bien mezcladas, tres historias. La primera de ellas es la historia de cómo los primeros americanos, las primeras generaciones de habitantes de los Estados Unidos que estrenaron nación y proyecto común, lógicamente obsesionados con distinguirse de la metrópoli con la que, la verdad, no terminaron muy bien, también quisieron distinguirse en materia de lenguaje. Como sabe cualquiera que vea pelis en versión original, ingleses y estadounidenses hablan el mismo idioma, pero lo hablan de forma muy diferente. Una de las conclusiones que yo saco de la lectura de este libro es que esa distancia debía de ser mucho mayor, y mucho más perceptible, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Hay una razón para ello, y es que a nadie se le escapa que el perfil socio-educativo medio del estadounidense era, probablemente, mucho más bajo que el del inglés. Estados Unidos, un país de aluvión que, por mucho que ahora se deje llevar por la tendencia de considerar que los americanos sólo deben hablar inglés, tuvo que regular en las leyes de varios Estados, durante todo el siglo XIX, que fuesen oficialmente utilizados idiomas como el español o el alemán porque para amplísimas minorías de entre sus habitantes era lo único que hablaban; América, digo, no se forjó en aquellos tiempos mediante la llegada masiva de ingenieros, profesores de filosofía y neurocirujanos, sino a base de italianos, irlandeses, alemanes, mexicanos y chinos básicamente hambrientos, que aprendían (o no) a hablar inglés o ya lo traían de serie, pero pronunciándolo y usándolo de formas muy diversas. El corolario, en el mundo anglosajón, de un idioma entregado para ser gestionado por un colectivo de habitantes inicialmente de muy baja extracción social es el acento australiano que, en ocasiones, se parece más al checo coloquial que al inglés que exhibe John Cleese en A fish called Wanda.

Traigo a colación el tema de Australia porque, exactamente igual que hoy en día los australianos se muestran orgullosos de sus antepasados ladrones y asesinos, y no pocos de ellos los rastrean con pasión en su árbol genealógico, Estados Unidos levantó y agitó la bandera del inglés hablado por los americanos contra la pureza (bueno, pureza...) del inglés de Inglaterra. E impulsó un proceso planificado de distinción idiomática, un proceso algunos de cuyos apóstoles llegaron a decir, en aquel siglo XIX, que llegaría a ser tan profundo que algún día el inglés de Inglaterra y el de Estados Unidos llegarían a ser idiomas diferentes. Contemplaban con ilusión la posibilidad de que, algún día, a un hablante de York y a otro de Dallas les fuese imposible entenderse (aunque, bueno, reconozcamos que, tal vez, York y Dallas son dos ejemplos demasiado extremos).

El idioma, pues, fue para los estadounidenses un arma arrojadiza, y las escuelas de los Estados Unidos, su campo de batalla. Todo el mundo que ha estudiado inglés sabe que la pronunciación es una carallada del huevo. Es un problema para los estudiantes extranjeros, pero no es un problema menor para los educandos, sobre todo para los más jóvenes; por eso los angloparlantes son tan dados a esos torneos escolares de deletreo, ésos que borda Lisa Simpson; torneos que, la verdad, celebrados en España serían básicamente una gilipollez. Hace ya muchos años, un vicepresidente de los Estados Unidos (quiero recordar que era Dan Quayle, que lo fue de Jordi Bush padre) hizo el ridículo en una visita electoral a una escuela porque, después de que un niño pequeñito había escrito en la pizarra potato, él tomó la tiza y le corrigió escribiendo potatoe y, claro, la cagó. La verdad, para llegar a ser vicepresidente tampoco hay que ser muy listo, pero la anécdota revela bien, creo, el constante conflicto que experimentan los angloparlantes con un idioma que es capaz hasta de colocar el mismo conjunto de fonemas dos veces en la misma palabra, y pronunciarlos de forma diferente (snowplow).

Estados Unidos resolvió ganarle la partida al inglés original con su nuevo inglés en las escuelas. Y, por eso, durante sobre todo la primera mitad del siglo XIX, en aquel país se vendrían por cientos, por cientos de miles, por millones, los diccionarios escolares, las gramáticas y las guías de deletreo o spelling. El país tenía prisa por conseguir que sus infantes asumiesen que from es out of, y tantas otras diferencias, sutiles o no tan sutiles. Pero no era, o no era sólo, un proyecto educativo; era una guerra de posiciones.

Ésta es la primera historia que cuenta el libro. La segunda, más importante, es la vida y obra de Noah Webster, probablemente el creador del diccionario de inglés (americano) más famoso de la Historia; la vida, la obra, y la medida en la que Webster se implicó en este proyecto nacionalista, que hizo suyo y, de hecho, intentó, si no monopolizar (que, la verdad, le habría gustado), sí por lo menos liderar.

Webster se ha convertido en una autoridad y, por ello, lo más probable es que, al empezar a leer el libro, uno se prepara para conocer la historia de un hombre decididamente por encima de los demás, capaz de una erudición muy superior a la de otros hombres de su tiempo. Pero la verdad es que no es así. Dictionary wars tiene la gran virtud de presentarnos a Noah Webster en toda su autenticidad, con sus pros y sus contras, sus muchas luchas y sus incontables sombras. Ante nosotros aparece un hombre para el cual, la verdad, y ésta es una opinión mía, tal vez la labor que se cargó sobre las espaldas lo sobrepasaba; sobre todo porque da todas la impresión de que Webster era mucho peor etimologista de lo que debería haber sido para afrontar la labor de hacer un diccionario definitivo de inglés americano. Además, fue fuertemente criticado por sus propuestas de simplificación ortográfica. Siendo, además, Webster persona de poca inteligencia de negocios, y siendo la labor de publicar diccionarios completos bastante arriesgada por los costes que entonces comportaba, fue hombre que vivió gran parte de su vida en situaciones un tanto comprometidas y, de hecho, tuvo que ser su yerno, Chauncey Goodrich quien, tras la primera publicación del Gran Diccionario, le sacase leche a aquella ubre comprándole los derechos de las ediciones resumidas (que fueron las que se vendieron para los colegios).

El punto más complicado en la vida de Webster llegó en ese momento que se conoció como la guerra de los diccionarios, que da título al libro, y que es la tercera historia del mismo: su enfrentamiento con Joseph Emerson Worcester. Worcester había sido el revisor del Gran Diccionario de Webster en el proyecto de resumirlo y reducirlo, un trabajo que al parecer hizo con elevadas cotas de calidad; pero, en todo caso, ya cuando aceptó el trabajo de la revisión estaba decidido a crear su propio diccionario. La edición, por parte de Worcester, de esta obra, abrió una zanja entre ambos autores, un enfrentamiento que, en el fondo, estaba causado por el diferente punto de vista que tenían: Worcester, menos temerario, era, digamos, conservador, tendente a mantener en muchos casos la vieja pronunciación y ortografía de las palabras; mientras que Webster, aplicado a su labor de americanizar el inglés al máximo, era partidario de hacer muchos cambios.

Cuando Worcester sacó su diccionario y sus obras escolares, Webster se sintió directamente atacado y, primero sin dar la cara, después ya firmando cartas con su nombre, comenzó a atacar a Worcester en la prensa, acusándolo de haberle plagiado en centenares de lemas de su diccionario. De repente, pues, una parcela del saber, terreno en el que es de esperar la colaboración entre expertos, se convirtió en un campo de batalla. Una guerra cuya meticulosa crónica se hace en este libro.

Con todo, los ataques que Webster alcanzó a poder hacer antes de morir acabaron por ser poca cosa. A su muerte, y cuando el legado intelectual de Webster quedó básicamente en manos de Goodrich, es cuando entran a jugar los hermanos Merrian, editores responsables de que hoy al diccionario se lo conozca como Merrian-Webster. Con la intervención de Charles y George Merrian, el enfrentamiento adquiere otra escala porque los editores están mucho menos preocupados por el fondo intelectual de la discusión, y más con conseguir el descrédito de Worcester a la mayor gloria de las ventas de sus Webster. En este punto el libro, en toda su segunda mitad pues, se convierte en una pastoral americana en toda su extensión, un enfrentamiento entre mercaderes y sabios en cuyo fondo está lo de siempre (lo siempre, sí lo de siempre. La pasta. Es que no aprendes...) Es un momento en el que el libro adquiere una tensión inesperada, un tono diferente; que es, precisamente, lo que consigue que el relato buscado sea integral, completo.

Nos encontramos, en suma, ante un libro entretenido que, sin embargo, no por ello deja de desplegar una interesante y exigente investigación histórica. Reconozco que el tema es un tanto elitista (sin ir más lejos, a todos aquéllos de mis lectores que no dominen la angloparla les resbalará, lógicamente); pero es interesante y, como he dicho, está muy bien escrito. Lo recomiendo porque aporta esa cosa que a mí tanto me gusta, que es cuando abres un libro que cuenta cosas sobre algo de lo que no sabes absolutamente nada y, más pronto que tarde, la historia te cautiva.

Además, ejem, no es por dar por culo, pero es que yo tengo un Webster de 1848, de los que monitorizó Goodrich y todavía no editaron los Webster. Y, si no me crees, checa, como dicen los latinos:


miércoles, diciembre 12, 2018

Bring the war home



Qué: Bring the war home. The white power movement and paramilitary América.
Quién: Kathleen Belew.
Dónde: Harvard University Press
Cuánto: 19,32 pavos en el Kindle.
Nota: 8,5

Bring the war home es un must read. Para los que están interesados en la ultraderecha estadounidense, y para los que no. Es un libro que hacía falta y cuyo corolario resulta de gran interés.

Ese corolario, o si se prefiere la idea hacia la que converge el relato construido en las páginas del libro, tiene que ver con un hecho que tal vez recuerden mis lectores: la explosión de una furgoneta cargada de material explosivo delante del edificio del FBI en Oklahoma City. Hasta el 11-S, creo no apartarme de la verdad si digo que la bomba de Oklahoma fue el atentado terrorista más brutal sufrido en suelo americano. Siendo así, sin embargo, son muchos, yo diría que la inmensa mayoría, los que piensan que dicho atentado fue cometido por un loco: Timothy McVeigh, que actuó solo y se aprovechó, he podido comprobar que así lo ve mucha gente en España, de la facilidad con la que en su país se accede a armamento y explosivos.

Este libro te demostrará que no. Que McVeigh, sí, puede que estuviera loco. Pero ni estaba solo, ni acumuló el odio y las ganas de cometer una acción tan atroz sin ayuda de nadie. Fue, en realidad, la conclusión casi lógica de un proceso que, a mediados de los años noventa del siglo pasado, llevaba unos veinte años gestándose. El proceso de formación, evolución y crecimiento de la nueva ultraderecha estadounidense.

Es importante entender la presencia en la expresión del adjetivo nueva. A decir verdad, la gran aportación de este libro, cuando menos en mi opinión, es demostrar que la ultraderecha USA, si bien se apoya sin duda en movimientos que tienen hondas raíces en el tiempo como la violencia racista, es un fenómeno que se renueva a partir de los años setenta del siglo pasado. Belew considera que hay un punto de flexión importante que ocurre en los años sesenta, pero que no son las conquistas de la igualdad racial. En realidad, el proceso que lo comienza todo es la guerra de Vietnam.

Para ser más exactos, deberíamos decir: el final de la guerra de Vietnam; que se produjese dicho final, y la forma en que aconteció, será el factor que alimente el nacimiento de una ultraderecha basada en parte en las estructuras racistas y violentas ya existentes (como el célebre KKK), pero basado, también en parte, en ideas nuevas. El gesto del gobierno estadounidense de salir de Vietnam con el rabo entre las piernas, la retirada frente al comunismo, generará en una porción de combatientes e incluso no combatientes una sensación de abandono, de traición. A las ideas tradicionales de la América de ultraderecha (la necesidad de una nación blanca, fundamentalmente) se viene a unir,  progresivamente, la idea de una cruzada antigubernamental. La idea del gobierno de la nación como un gobierno traidor, dominado por fuerzas enemigas, capaz por ello que dejar con el culo al aire a los sinceros combatientes anticomunistas que lo dieron todo (ésta es la teoría) en Vietnam. Ese tufo antigubernamental es el que llevará, al fin y a la postre, a Timothy McVeigh a elegir como objetivo de su gran acción un edificio del Gobierno y no algún otro objetivo que, tal vez, habría sido más lógico con los presupuestos de la ultraderecha anterior a esta conversión (un club de gente negra, por ejemplo).

Creo que lo que más te va a gustar de este libro es que, de alguna manera, su autora lo ha estructurado, y supongo que concebido, como un proceso lógico; una especie de escalera, que ella va describiendo cada vez que se sube un peldaño nuevo. Sin ánimo de ser exhaustivo, creo que los peldaños fundamentales que terminan en ese descansillo que es la bomba de Oklahoma, son éstos.

En primer lugar, está el conflicto de pesca en las costas de Texas. Casi inmediatamente después de la paz de Vietnam, puesto que el país quedó descojonado y bajo una dictadura comunista (y, contra lo que suelen pensar los comunistas que nunca han vivido en una dictadura comunista, a la gente, por lo general, no suelen gustarle) se inicia, como bien sabemos, una salida masiva de inmigrantes vietnamitas. No pocos de ellos se establecieron en Texas (no es casualidad, de hecho, que el único amigo de Sheldon Cooper en la serie El joven Sheldon sea, precisamente, vietnamita), una zona de intensa actividad pesquera (no estoy seguro, pero creo que el amigo del ejército de Forrest Gump también vivía en Texas) que, por lo tanto, ofrecía a estos refugiados la posibilidad de seguir dedicándose a lo que siempre se habían dedicado. El caso es que, claro, donde se establecieron los vietnamitas ya estaban establecidos los texanos, que no son precisamente los estadounidenses más progres. A esto hay que unir que los vietnamitas, en un inicio, hicieron las cosas un poco como les dio la gana, sin preocuparse de normas y limitaciones que por otra parte no entendían (nadie las publicaba en vietnamita). Todo esto, rápidamente, generó unos problemas de vecindad que rápidamente se convirtieron en problemas de un racismo muy especial, porque aquellos no-americanos no eran cualquiera; eran vietnamitas, es decir, estaban vinculados a la gran decepción que está en el origen del resurgimiento de la ultraderecha. Aunque la autora no se para mucho en ello, es cuando menos mi opinión que, además de exacerbarse las opiniones, éste es un tema en el que las autoridades, que son al fin y al cabo las responsables únicas de hacer que no suba el soufflé, anduvieron torponas y poco listas. Hay algo que siempre he pensado y sigo pensando: el fascismo nunca viene; le dejas tú que venga, que no es lo mismo.

El siguiente mojón del camino es Greensboro. En esta población de Carolina del Norte, el 3 de noviembre de 1979, una organización de corte comunista y defensora de los negros, el Partido Comunista de los Trabajadores, organizó una manifa. Desde el principio, una serie de miembros de Ku Klux Klan y del Partido Nazi Americano estuvieron rondando en sus vehículos la demostración, provocando a los manifestantes. En un determinado momento, algunos de ellos se bajaron de sus vehículos, sacaron sus armas y, fríamente, comenzaron a disparar. Mataron a cinco personas.

Geensboro es importante, sobre todo, por sus consecuencias. En primer lugar, de las varias decenas de ultraderechistas que formaron parte en la acción de una forma u otra, sólo seis fueron finalmente encausados. Pero es que, además, sus abogados realizaron un uso muy hábil de las normas para la selección de jurados, de modo y forma que, finalmente, entre aquéllos que juzgaron los actos no había un solo negro; en puridad, no había nadie que no fuera blanco, o sea blando. Aunque los asesinos de Greensboro serían finalmente enjaretados por la vía civil (¡a pagar, a pagar!), por la penal, la verdad, es que el pepino que les debieran haber metido por el orto fue más bien un cigarrillo Lucky Strike; y no serán los únicos que, en este libro, no se lleven su merecido en la Corte.

El siguiente elemento que tenemos para colocar un poste en el camino es Ruby Ridge. Se trata de un lugar que está cerca de Nápoles; pero no el de Italia, sino el de Idaho. Ruby Ridge es uno de los muchos lugares en los que estos activistas de ultraderecha, escuchando, creo yo, su esencia de hombres de campo como lo suelen ser muchos de aquéllos a los que les gustan las armas, deciden establecerse de una forma más o menos autónoma o independiente. Crear este tipo de células, además, es coherente con el espíritu revolucionario antigubernalmental que, como bien se describe en este trabajo, fue impregnando el movimiento ultraderechista americano durante las dos penúltimas décadas del siglo pasado, hasta convertirse en su esencia.

Aquellos que seáis seguidores de la serie Homeland y hayáis visto su séptima temporada me entenderéis cuando os diga que, cuando menos en parte, es mi idea que todo el argumento relacionado con la casa de la familia Elkins está inspirado por Ruby Ridge. Ya sabéis: hay un periodista que huye del gobierno y acaba encontrando refugio en la remota casa en medio del bosque de una familia, los Elkins, quienes junto a otras personas que piensan como ellos se parapetan allí, fuertemente armados, cuando llega Saúl Berenson con el FBI. Igual que en Ruby Ridge, en realidad es la precipitación del propio FBI lo que acaba plantando las semillas de la masacre que se acaba produciendo. Hay un ruso que manipula a los Elkins haciéndoles creer que uno de los suyos que está herido lo han dejado tirado en el hospital, luego un incidente extraño en el que los sitiados capturan a un tipo del FBI, bueno, la cosa se pone fea y el episodio termina peor que si lo hubiera escrito Sófocles.

En el episodio siguiente, los guionistas rebajan la tensión creando la escena del funeral por las víctimas, en el que las viudas de los sitiados y de los sitiadores comparten bancada y rezos; pero eso ocurre en la tele, no en la realidad. En Ruby Ridge, la precipitación policial acabó con la vida de un policía (William Francis Degan), pero, sobre todo, de civiles. El inquilino de Ruby Rigde, el ultraderechista Randy Weaver, vio morir en las sucesivas acciones a su hijo Sammy, que tenía 14 años; a su mujer Vicki; y a su perro Striker (no por casualidad, creo yo, en Homeland la persona herida que se lleva el FBI es el hijo adolescente de los Elkins, JJ; a quien atrapan cuando está buscando a su perro, al cual los policías disparan y matan).

Lejos de celebrarse un funeral lacrimoso amigos para siempre means you'll always be my friend, Ruby Ridge le dio a la ultraderecha norteamericana lo que necesitaba. Les dio, primero que todo, mártires; mártires, además, inocentes, pues eran la mujer y el hijo de aquél a quien la policía quería trincar. Les «dio la razón» a la hora de argumentar que el Estado, que el Gobierno, era su enemigo; ¿cómo no iba a serlo si les disparaba inmisericordemente? Yo veo Ruby Ridge, de hecho, como ese momento en el que tú ya estabas en la barca con ganas de marcharte, pero ahora ya, directamente, sueltas amarras y le das al puerto un soberano corte de mangas. Ruby Ridge es, para mí, la profecía autocumplida del nazismo americano.

Antes de llegar al punto culminante del relato, todavía visitaremos otra estación más: Waco, Texas. Tan sólo un año después de Ruby Ridge, Muy cerca de esta población, en la primavera de 1993, una extraña secta, los davidianos, dirigida por David Koresh, resultó ser sospechosa de estar acumulando armas ilegales. El ATF (la policía estadounidense dedicada al alcohol, el tabaco y las armas ilegales) se puso sobre el tema e impulsó una acción que terminó con el asedio de la comunidad. En un primer momento, el ATF intentó tomar la granja al asalto, pero en la movida perdieron la vida cuatro policías y seis davidianos. Así las cosas, la decisión fue asediar el complejo, incomunicándolo. Tras 51 días de asedio, el FBI decidió realizar un ataque con gases, que resultó producirse en el mismo momento en que se produjo un incendio en el complejo, incendio en el que fallecieron 76 inquilinos, incluido Koresh. Aunque el tema está sometido a discusión, parece ser que se trató de un suicidio colectivo; pero lo realmente importante es que Waco se convirtió rápidamente en un episodio más de la guerra entre la buena gente blanca y el aleve gobierno que está en la base de las ideas revolucionarias de resistencia y ataque de la moderna ultraderecha estadounidense.

Habrás observado, lector, que en este post no he querido utilizar la palabra supremacista. La cosa va a propósito. Debo confesar que leer este libro me ha hecho pensar, precisamente, que el uso del adjetivo supremacista para referirse a las fuerzas de ultraderecha en Estados Unidos, que es muy común entre los medios de comunicación cuando menos en España, es una forma, quizás no buscada, pero de todas formas lesiva, de simplificar las cosas. La mejor forma de poner remedio a las cosas es entenderlas bien, y simplificarlas no es la mejor forma de entenderlas. Por eso creo yo que el libro de Belew tiene tanto valor, puesto que, precisamente, tiene la habilidad de desmontar, una a una, todas las piezas del caleidoscopio. La derecha americana extremadamente radicalizada no se mueve sólo por la idea de su supremacía racial. Esto no es un plato de naranja con azúcar; es una variada macedonia.

Nada más. En este post, yo sólo he puesto unos peldaños aquí y allí para fabricar el esqueleto de una escalera. Pero la escalera es mucho más compleja, y mucho más rica. Para rellenarla, has de leer el libro.

Lee, pues.

miércoles, junio 06, 2018

Las islas lejanas




Qué: Las islas lejanas.
Quién: Francisco Ruiz Aldereguía.
Con quién: Ediciones La Rectoral.
Cuánto: 25 lereles (lo mejor y más cómodo es comprarlo a través de Iberlibro).
Calificación: 8,5 sobre 10.

lunes, julio 03, 2017

Lectura: Killers of the Flower Moon


Qué: Killers of the Flower Moon. The Osage murders and the birth of the FBI.
Quién: David Grann.
Dónde: En la editorial neoyorkina Doubleday.
Cuánto: 9 pavetes y medio en el Kindle.
Nota: 7 sobre 10


Me compré este libro porque no es muy caro y porque leí un tuit de la universidad de Oklahoma en el que decía que era best seller en dicho Estado. Yo siempre he sido mucho de seguir los gustos de lectura de los oklajomianos. La verdad, lo confesaré, el libro electrónico ha introducido en la lectura unos precios razonables y eso, cuando menos para mí, supone que hago estos experimentos muy a menudo y sin miedo: compro, leo y, alguna que otra vez, a las veinte páginas lo dejo, paso el libro a una carpeta de basura que tengo en el Kindle, y a otra cosa.

jueves, junio 22, 2017

Lectura: Brothers at arms



Quién: Larrie D. Ferreiro
Qué: Brothers at arms. American independence and the men of France and Spain who saved it.
Dónde: Random House USA
Cuánto: Unos 15 pavos, con descuentillo en el Kindle. Desconozco si hay versión en español, lo siento.
Nota: 9 sobre 10.

miércoles, noviembre 02, 2016

Una odisea equina

The Perfect Horse: The Daring U.S. Mission to Rescue the Priceless Stallions Kidnapped by the Nazis de [Letts, Elizabeth]


Quién: Elisabeth Letts.
Qué: The perfect horse. The daring US mission to rescue the priceless stallions kidnapped by the nazis.
Con quién: Ballantine Books. Fue editado en agosto de este año, así pues no es probable que haya traducción al español.
Cuánto: 16 napos en Kindle.
Nota (0 a 10): 7,5

martes, agosto 30, 2016

Enemigos por Alá

Saudi Arabia and Iran: Power and Rivalry in the Middle East de [Mabon, Simon]



Qué: Saudi Arabia and Iran. Power and rivalry in the Middle East.
Quién: Simon Mabon.
Dónde: I. B. Tauris.
Cuánto: 19 pavos y 34 pollitos en la tienda Kindle.
Nota: 8,5 sobre 10.



Es vicio común de quien desconoce algo contra lo que alberga algún tipo de prevención contemplar ese algo como una realidad monolítica y sin fisuras. Esto le ocurre muy a menudo a muchos dizque conocedores del franquismo, al que observan como una larga noche de cuarenta años en la que no se movió la menor disensión; siendo lo cierto que todos o casi todos de los fieles seguidores del general se pasaron aquellas cuatro décadas dándose entre ellos unas hostias como panes (algunos de ellos incluso se intercambiaron alguna que otra granada de mano sin seguro). Lo mismo le ocurre a mucha gente con el mundo musulmán; gente que cree que basta declamar eso de que Alá es Grande para que todos los musulmanes se muevan en la misma dirección. Si formas parte de ese "mucha gente", sería bueno que te leyeses este libro.

El mundo musulmán, en realidad, es un dédalo de sensibilidades, y de ambiciones que se apoyan en esas sensibilidades para sobrevivir en la lucha de poder. Has de pensar, sin ir mas lejos, que tanto el presidente Hosni Mubarak, que fue destituido por la primavera egipcia; como los Hermanos Musulmanes que capitalizaron aquella revolución en su inicio; como el general al-Sisi que finalmente dio un golpe de Estado contra éstos; todos, todos ellos, son musulmanes. No hay en los sucesos de Egipto ni un adarme de conspiración judeomasónica o cosa parecida. 

El mundo musulmán es muy vario, y a una de sus principales quebradas está dedicado este libro, esto es, a la descarada rivalidad existente en eso que llamamos Oriente Medio entre el, por así decirlo, modelo iraní, y el modelo saudita (mal llamado árabe; aunque, bien pensado, mucho peor es motejar a los persas de árabes, y lo hace un huevo de gente). 

Simon Mabon es profe e investigador en la universidad de Lancaster, universidad que tiene un departamento de Política, Filosofía y Religión dentro del cual está integrado. De una forma muy meticulosa y sistemática, dedica este libro a estudiar las diferencias existentes entre estos dos modelos políticos y sociales, y las consecuencias que ello tiene en materia de política de exterior. Obviamente, la primera de las cosas que hay que contar es que, puesto que desde que el Imperio Romano entró en modo run-off la ambición geopolítica se ha acostumbrado a travestirse de problema religioso o de conciencia, el primer elemento que separa a persas de saudíes son sus creencias. Ser islámicos ambos, lejos de unirlos, los separa.

He pensado muchas veces, al leer este libro y otros tantos sobre la materia, cómo se le puede explicar a un occidental la magnitud y significado de las diferencias o cismas existentes entre el shiísmo y el sunismo o, menor deberíamos decir, el wahabismo, que es la escuela sunita abrazada por la familia al-Saud, que como es bien sabido son los Caponatos de ese Barrio Sésamo llamado Arabia Saudita. Sinceramente, la ruptura generada por el protestantismo luterano creo que no sirve, por mucho que efectivamente sirviese como disculpa para jugar cartas geopolíticas, como hizo Enrique VIII de Inglaterra, o nuestro Carlos I de España, V de Germania. En realidad, creo que para entender bien los elementos de estas diferencias habríamos que ir a referencias más cultas, y pensar, sobre todo, en las polémicas surgidas en el primer milenio del cristianismo en torno, sobre todo, a la naturaleza de Jesucristo y su relación con Dios; polémica solventada por bastante poca elegancia por la Iglesia católica oficial con ese constructo que conocemos como Santísima Trinidad; y que, además, se explica, en buena medida, por una lucha telúrica entre dos fuerzas, normalmente conocidas, simplificando, en Oriente y Occidente, por dominar la una a la otra; por dominar el mundo, puesto que el mundo, para ellos, equivalía básicamente a eso que los escritores del pasado llamaban el ecumene circunmediterráneo, que es una expresión que la sueltas un domingo de paella y tu cuñado ya no vuelve a decir de ti que eres un ignorante.

Dado que el tema musulmán es discusión también común de las reuniones dominicales familiares, este libro te va a dar muchos elementos de conocimiento para intervenir en esos debates y hacer eso que tanto te gusta de decirle a tu padre, con media sonrisa en la boca, que no tiene ni puta idea, y además demostrarlo. Shiísmo y wahabismo tienen serias diferencias teológicas, diferencias que, además, en mi opinión se ven agravadas, como ya he tenido ocasión de comentar, por el hecho de que las dos creencias juntas no han tenido jamás una autoridad teológica única e inapelable, como sí le ocurre al orbe cristiano con la figura (discutida y discutible) del Papa. Sin embargo, las diferencias entre shiíes y wahabitas no pasarían (que ya es mucho) de competiciones de fidelidad creyente, si no fuese por el hecho de que el área en el que desarrolla esa competencia, Oriente Medio, es un área de gravísimos enfrentamientos geopolíticos y donde además la pasta, literalmente, mana de la tierra a chorros.

Una de las virtudes, y digo bien virtudes, del libro de Mabon, es el escaso papel que juega en sus páginas el problema palestino. Muy a menudo, el análisis (interesadamente) superficial sobre la situación en Oriente Medio acude al conflicto árabe-israelí (en realidad, musulmán-hebreo) para explicar la mayoría de las cosas. A mí me da la impresión de que el autor del libro que estoy citando aquí ha querido, conscientemente, demostrar en sus páginas que, si bien el conflicto palestino es de gran importancia, existen otros vectores de tensión que ni siquiera pasan por los confines del actual Estado de Israel o por los de la demandada patria de los palestinos. En realidad, el elemento nuclear de los problemas descritos en el libro es la revolución jomeinista en Irán (de la que ya hemos hablado aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí) y sus consecuencias desde el punto y hora que generó en la zona del Golfo Pérsico una potencia política, económica y militar de corte shií que tenía una clara aspiración de recoger el testigo del arabismo un día propugnado por Abdel Nasser en Egipto. El papel de Irán, exacerbado por la revolución, se ha encontrado algunos caminos expeditos gracias a la crisis y desaparición como poder organizado de Irak, tras las dos guerras del Golfo.

Irán y Arabia Saudí conforman dos modelos diferentes dentro de la ideología geopolítica musulmana. El shiísmo, como corresponde a una rama del Islam que concede importantes dosis al sacrificio e incluso al martirio, tiene, o a mí me lo parece, una tendencia natural hacia los humildes. El wahabismo es una teología más propia para un país que quiere ser teocrático y monárquico (no se olvide que un nombre como Arabia Saudita viene a equivaler a que Reino Unido se llamase oficialmente United Windsors' Kingdom, o nosotros España Borbónica...). Es difícil que dos formas tan diferentes de ver el Islam, y su misión en el mundo, puedan cohabitar pacíficamente; máxime si tenemos en cuenta que en toda creencia musulmana la ciudad de La Meca juega un papel fundamental, y que Arabia Saudita es, precisamente, el país guardián de su mezquita y, consecuentemente, de sus obligatorias peregrinaciones. Esto hace que shiísmo y wahabismo se tengan que relacionar sí o sí, lo cual no deja de ser un problema.

Ya es difícil, como digo, que, en esencia, dos visiones tan diferentes del Islam puedan cohabitar en paz; pero menos aun lo es, tal es creo yo una de las tesis fundamentales del libro de Mabon, tras la revolución iraní. La revolución que expulsó del país al sha Pahlevi y colocó en el poder al imán Jomeini supuso la creación de un foco irradiador en el Golfo Pérsico, visceralmente antiamericano, con una identidad musulmana propia. En ese entorno, es lógico que los Estados Unidos consolidasen un pacto de hierro con Arabia Saudita para conseguir mantener su presencia en la zona; pero, en realidad, el enfrentamiento entre persas y árabes va mucho más allá de una postura respecto de los intereses occidentales en el área, puesto que ambos están luchando por la preeminencia en la zona; por un liderazgo zonal.

Ambos sistemas, el shií y el wahabita, adolecen de tensiones internas. En el caso de Irán, sobre todo, puede citarse su diversidad de religiones, que es mayor de lo que comúnmente se sospecha, agravada por el hecho de que, en la práctica, a veces Irán acaba por ser un país en el que es más fácil ser, por ejemplo, judío que sunita. Esta diversidad de religiones también es una diversidad de identidades que introduce en el país, a pesar de su fuerte identidad histórica, tendencias centrífugas (que son mucho más evidentes en Irak). Por último, cabe citar la propia evolución del Estado iraní, esto es de su revolución, que en algunos momentos ha parecido dar pasos hacia una moderación que, sin embargo, ha quedado posteriormente desmentida, para luego ser capaz de firmar un pacto nuclear con los Estados Unidos; visto con perspectiva temporal, da la impresión de que Irán está bailando una yenka ideológica que tal vez sea una estrategia o tal vez venga a significar que, simple y llanamente, no sabe para dónde tirar. Irán tiene un sistema seudoparlamentario muy imperfecto que se lo pone muy difícil a las tendencias reformadoras o evolutivas; pero eso no quiere decir, necesariamente, que esas tendencias no tengan rincones por donde fluir y, ya se sabe, be water, my friend...

En el caso de Arabia Saudita, las tensiones son también muy perceptibles. El hecho de que se trate de un país con una escasa identidad como tal (carece de Historia propia, cosa que los iraníes se ocupan de recordar muy a menudo) y de que su estructura sea básicamente tribal, introduce elementos de dispersión y debilidad que la familia reinante ha tratado de mitigar mediante la curiosa estrategia de multiplicar su número, para así poder aspirar a alianzas y casamientos varios que le permitan controlar el polvorín tribal. Con todo, el principal problema que tiene Arabia es su lucha con elementos más fundamentalistas que ella misma, que no acaban de entender su entente con los Estados Unidos, amén de otras actuaciones en los campos político y religioso. Ya ha tenido el país serias advertencias de todo esto, quizás la más grave de todas los conflictos surgidos en 1979, cuando un grupo de fundamentalistas trataron de tomar el control de la mezquita de La Meca.

Irán está permanentemente atenta a estos movimientos de la sociedad árabe, tratando de abrir zanjas entre la misma y la familia que la gobierna. Las apelaciones a la masa social árabe, nos dice Mabon, son constantes entre los persas cuando se dirigen a la sociedad árabe, en un intento de trabar una vinculación entre ellos mismos y esa sociedad, la "gente corriente" que, según la tesis shií, no se siente representada por sus gobernantes. Al lector español tal vez le suele esta aproximación retórico-política. Con todo, Arabia Saudita cuenta con una minoría shií que podría operar como una especie de quinta columna; Mabon, sin embargo, parece apostar, aunque no lo diga así, por un estallido en otro teatro, que es Bahrein. Bahrein pertenece al conjunto de Estados de la península arábiga y, por lo tanto, es una nación de influencia saudita; pero tiene una fuerte población shií, lógicamente muy proclive a escuchar los mensajes que llegan de Teherán.

Resulta curioso, tristemente curioso, que, a pesar de que es común escuchar y leer críticas hacia las grandes potencias por su desempeño insensible en la geopolítica, estos dos actores, parece, han terminado por desarrollar los mismos usos que esos gigantes a los que critican. En ambos casos, en efecto, Irán y Arabia han creado sus terminales, sus grupos influidos o financiados, que son los que en realidad se dan de hostias. Por lo tanto, así como cuando Estados Unidos y la URSS se quisieron arrear sin que se notase lo hicieron en lugares como Corea o Vietman, estos dos actores del Golfo Pérsico también se buscan sus amigos que defiendan sus cosmovisiones mediante la violencia, más allá de sus propias fronteras.  En parte, la guerra de Siria se explica por ello.

Libro, pues, clarificador y muy bien documentado, escrito por un autor que sin duda sabe de lo que escribe. Capaz de sorprender en varias de sus páginas y, sobre todo, de aportarle al lector curioso una visión más completa de aquello que trata de desentrañar. Todo esto lo hace recomendable.

miércoles, abril 20, 2016

Born, de María O'Donnell


Qué: Born.
Quién: María O'Donnell.
Dónde: Ed. Sudamericana.
Cuánto: 13 lereles con 29 lerelitos en el Amazon, versión bit a bit.
Calificación: 7 sobre 10.


lunes, febrero 29, 2016

Franquistas contra franquistas



Qué: Franquistas contra franquistas. Luchas por el poder en la cúpula del régimen de Franco.
Quién: Joan María Thomàs.
Con quién: Debate.
Por cuánto: 12 pavos con 34 pavitos en el Kindle de Amazon.
Calificación (de 0 a 10): 8



Joan María Thòmas es, con bastante diferencia por no decir mucha, de lo más aseadito que hay en las procelosas aguas historiográficas que recensionan el franquismo. Demasiadas veces, cuando uno se ocupa a la labor de leer lo que va cayendo en su lector electrónico, acaba contaminado por la idea de que nos van a hacer falta siete u ocho décadas más, esto es otras tantas como las que han pasado desde la guerra civil, para poder encontrarnos con análisis historiográficos de calidad sobre la materia. 

Empezando por el hecho de que los historiadores de hoy en día cometen, alegría en sus pechos, el notable constructo epistemológico de conectar Historia y memoria, ya todo lo que viene detrás crece torcido. Básicamente, el lector de libros de Historia contemporánea de España, si tiene años suficientes, resulta ser un tipo que durante una parte de su vida ha sido condenado a leer la versión de los ganadores para pasar, en la siguiente, a enfrascarse en la versión de los perdedores; versión que tiene mucho más que ver con el concepto de memoria que con el de Historia. Contra lo que mucha gente piensa, la Historia de los perdedores no es de mucha más calidad que la de los ganadores; sólo dejando atrás estos conceptos (esto es: deslindando memoria e Historia) comienza esa actividad llamada historiografía a merecer la pena.

Thòmas es, cuando menos yo lo creo, de las pocas referencias que hoy se pueden tener a una labor investigadora honesta y, se diría, científica. Franquistas contra franquistas no es su mejor libro, probablemente tampoco pretende serlo dada su corta extensión y su limitación temática. Cuando menos para mí, su mejor trabajo es La Falange de Franco, un extraordinario análisis del proceso de travestismo de una formación política en su inicio fascista, acomodada a dos procesos que transcurren al mismo tiempo: por un lado, el correr de los tiempos y la necesidad que genera a la dictadura española de convertirse en algo presentable para un secretario de Estado estadounidense; y, por otro, el hecho más que evidente de que el régimen nacido de la guerra civil, lejos de ser el patrimonio de un colectivo de fuerzas unidas para derrotar al demonio rojo, era un régimen personal, concebido desde, hacia, para, por y según el general Francisco Franco.

Cito La Falange porque, de alguna manera, este libro que hoy os cuento aquí se me hace un poco como el anexo de aquel otro. Creo que el tracto correcto sería leerlos según el orden cronológico en que el autor los escribió.

Joan María Thomàs centra su actividad investigadora en un periodo muy concreto del franquismo, que se puede definir como el tiempo transcurrido entre el final de la guerra civil y el día que en el Pardo comenzaron a pensar que Hitler iba a perder su guerra (que, de repente, era su guerra). Es lo que el autor ha llamado el periodo fascista y de des-fascistización del régimen, impulsada por una serie de necesidades del mismo.

En ese proceso brilla un personaje con luz propia: Ramón Serrano Súñer. Cuñado de Franco, político hábil allí donde las habilidades del propio general patinaban (recuérdese su famoso haga como yo y no se meta en politica), Serrano es un curioso ejemplo de fidelidad mezclada con ambición personal. En realidad, él no era falangista en esencia; durante la República se había bañado en otras piscinas. Sin embargo, terminada la guerra llegó a la conclusión, errónea, de que la Falange era la mano que mecía la cuna del Régimen. Hoy en día es muy fácil juzgar algo así como la obra de un ciego infatuado, pero yo creo que, en los tiempos en los que Serrano lo era todo en España, resultaba relativamente fácil pensarlo.

Serrano venía de la nomenklatura política de las derechas españolas. Como buen político, contemplaba a los no políticos como seres necesarios en un determinado momento, pero que lógicamente tiene que llegar un momento en que se han de apartar para dejar sitio a los que saben. Es la misma actitud que la de un político de izquierdas que a la hora de montar bulla convoca un acto tras otro en compañía de las gentes del cine o, en general, de la intelestualidá; pero luego, a la hora de gestionar la pastizara de un Ministerio de Cultura, ni de coña aceptaría que alguno de los perroflautas que visitan la gala de los Goya fuese ministro.

Siempre he creído que Serrano, en el fondo, pensaba lo mismo de su cuñado. Franco había sido, para él, la pieza necesaria para ganar la guerra. La guerra, sin embargo, estaba ganada, y en ese momento acabaría sonando el carrillón de los políticos, momento en que el general se tendría que retirar a sus cuchipandas y sus juras de bandera, probablemente ostentando un papel florero dentro del Estado. De todas las personas que no supieron ver la ambición de poder de Franco, su cuñado era, probablemente, el más conspicuo de todos.

Franquistas contra franquistas, sin embargo, no va de Serrano Súñer. Lo cita, pero no lo convierte en el protagonista. No puede, porque don Moncho nunca fue un franquista contra el franquismo. No llegó a eso. Que Von Ribentropp se lo insinuase, no digo que no. Que alguna que otra paja se hiciese pensando en ello tomándose algún café con Muñoz Grandes, por citar a otro de los que llegaron a pensar que tenían perfil de líder per se, tampoco. Sin embargo, nunca remató. Entre otras cosas, esto sí lo cuenta este libro, porque Franco le hizo su típica envolvente ferrolana, consistente en cesar a la gente cuando menos se lo esperaba. Se la hizo a Serrano; se la haría a Fernández Cuesta década y media después. Franco, cesando, era un puto killer.

[Si se me permite el interludio publicitario, el proceso que rodea a los hechos que cuenta el libro lo he tratado yo en cuatro tomas de mi palimpsesto sobre la íntima relación entre el general Franco y el poder. Se leen aquí, aquí, aquí y aquí.]

Este libro va de dos cosas. La primera de ellas es el fulgor y muerte, no de Joaquín Murrieta, sino de Gregorio Salvador Merino. Bueno, siendo sinceros, Merino no perdió el gañote, pero como si.

El grito de los falangistas más radicales en los años cuarenta y cincuenta era: ¡Estado sindical! Lo gritaban las centurias de montañeros que le montaron un inesperado pollo a Franco en El Escorial a mediados de los cincuenta, y lo gritaban otros muchos. El backbone del fascismo español no era un partido político, entidad hacia la que el fundador JAPR sentía repugnancia, sino un sindicato. Un sindicato único, interclasista, que es una forma muy elegante de decir: totalitario. En la España ganadora de la guerra civil el principal problema era la indefinición institucional. Algo que es lógico tras una guerra que acaba con el régimen anterior, pero que se prolongó por causa de la ambición de Franco de permanecer en el poder, ambición que sabía ilegítima en el momento en que se le encargase organizar el Estado a cuatro o cinco catedráticos que supiesen derecho constitucional de verdad.

La España que no-diseñó Franco era, por utilizar dos expresiones muy del habla coloquial española de la época, un sí es no es y, a la vez, un ten con ten. El Estado se estructuraba, malamente, sin llegar a rematar nunca, teóricamente obediente a unas instituciones de corte mussoliniano en las que en realidad muy a menudo se discutían chorradas. Todo ello se nucleaba alrededor de un movimiento político argéado, calificativo éste que no deja de ser un chiste malo porque venía a consistir en una macedonia (de ahí el chiste) de ideologías casi opuestas.

Como consecuencia, pues, las diferentes familias del franquismo necesitaban hacerse valer frente a las otras, en una lucha cainita por el poder; y, además, tenían margen para hacerlo, porque las columnas del Estado eran de plastilina; en realidad, lo único que funcionaba bien en aquel Estado era el mando de Franco.

Gerardo Salvador no es sino el tipo que se compró el Catón jonsista salpimentado por el fundador, y se lo creyó. Estado sindical. Aquí lo que hay que hacer es tragarse a todas las organizaciones obreras y empresariales afines al régimen, empaquetarlas en una sola organización, establecer un a modo de afiliación obligatoria, y con la pastizara que eso supone, comenzar a mangonear la vida social de España hasta en sus últimos detalles. Ingeniería social, pues. En modo Falange.

El libro nos analiza esta ascensión y, sobre todo, la meteórica caída de que fue objeto este pobre hombre a cuenta de unas difusas acusaciones de veleidades masónicas que yo, cuando menos, tras leer el libro y otros relatos sobre la materia, tiendo a reputar de falsas. Pero en el fondo da igual. Aquella era una pelea de pícaros, y Merino debería haberse imaginado que otros eran capaces de hacer el mismo tipo de putadas que estoy seguro él imaginaba para con sus enemigos. El relato es muy pormenorizado e interesante, y está hecho con la meticulosidad que muestra Thòmas en todos sus libros.

El segundo episodio al que se dedica el texto es bastante más trágico. Se refiere a los sucesos ocurridos en la basílica de Begoña el 16 de agosto de 1942 cuando, tras una misa por las almas de los carlistas muertos, se produjo una trifulca delante de la iglesia entre éstos y unos falangistas que andaban por allí, y acabó volando una granada (o dos, aunque si hubo una segunda no explotó) que ocasionó un elevado número de heridos, aunque ningún muerto. Juan José Domínguez, uno de los fogosos falangistas que estaban allí, cargó con el marrón de haber tirado la bomba, y fue fusilado. Los que hayáis leído mi novela, recordaréis que este episodio se evoca en la misma indirectamente.

¿Qué pasó allí? Pues os diré que, probablemente, es en este libro donde encontraréis más respuestas para esa pregunta. O, cuando menos, una respuesta sólida. La puntillosa descripción de los datos que el historiador ha sido capaz de acopiar lleva al lector, creo yo, a hacerse una idea cabal de los hechos más probables, dentro de que todo es un poco complicado de adverar. El autor defiende, o creo que defiende, que el asunto surgió como una casualidad, esto es, los falangistas que se presentaron en la basílica no estaban allí por un plan preconcebido de tiempo atrás; yo, personalmente, tengo mis dudas: creo que también pudo ser algo más o menos buscado en lo que los agitadores no esperaban encontrarse una reacción carlista tan furibunda. Sea como sea, los camisas azules que fueron a la basílica fueron, eso sí, sabiendo a lo que iban, y esperando encontrarse lo que probablemente se encontraron, es decir, a una multitud carlista coreando eslóganes, si no subversivos (me cuesta creer que se diesen mueras a Franco delante del general Varela), sí, cuando menos, críticos con la persona del Régimen.

Aquellos falangistas eran, en su mayoría, cargos orgánicos. Como tales, se sentirían protegidos (eso tan español de "usted no sabe con quién está hablando") y probablemente por eso se sintieron con ganas y arrestos para enfrentarse a una multitud que los superaba en número claramente. Poco diplomáticos y muy echados para delante (dos de ellos acababan de llegar de la División Azul y uno de éstos, Mariano Sánchez Covisa, tuvo luego una historia bien conocida como policía), supongo que les encantó comenzar a rifar hostias; aunque no tanto cuando se diesen cuenta de que casi todas las rifas les tocaban a ellos. En ese entorno, tiendo a creer que el lanzamiento de la granada, que es probablemente imputable a Domínguez, fue tal vez un acto de defensa propia. Los falangistas sabían que allí estaba el ministro de Defensa, pero cuando te están cayendo capones es difícil pensar en otra cosa que no sea ganar los coches para salir a la naja. En dos palabras: la cagaron.

Lo verdaderamente interesante es lo que pasó luego. Franco permitió que los falangistas implicados fuesen objeto de un juicio exprés sumarísimo en el que se pronunciaron dos condenas a muerte, de las que conmutó una. Sin embargo, y es éste un punto en el que el libro de Thòmas es particularmente informativo, tampoco permitió que el general Varela, furibundo antifalangista, se saliese con la suya, admitiendo que todo aquello había sido un atentado contra él. Tal vez le falta al libro, por buscar una crítica, el haber explicado un poco más que, en realidad, cuando se produjo el follón de Begoña ya llovía sobre inundado; se podría haber explicado por ejemplo, el pollo que montaron Ridruejo y Tovar un año antes cuando decidieron poner a parir a Valentín Galarza, otro antifalangista, en las páginas del Arriba (aquel artículo, por cierto, se titulaba El hombre y el currinche, y no El hombre y el pelele como erróneamente cita la Wikipedia). Al final del proceso, ya lo he dicho, la envolvente ferrolana: tanto Serrano como Varela (y Galarza) se fueron a la calle.

En suma, nos encontramos ante una notaría minuciosa de unos hechos que muchos libros citan sin conocer muy bien, por lo que es de agradecer esa labor que se aprecia en un historiador que no da las cosas por sabidas. Debo decir, no obstante, que personalmente no estoy de acuerdo con todas las interpretaciones que hace el autor. Por ejemplo, creo que carga demasiado las tintas al considerar que, tras las crisis que cuenta el libro, Franco encontró el falangista genuflexo que estaba buscando en la persona de José Luis Arrese. Arrese, con el tiempo, y aunque es evidente que los tiempos del Poder falangista (con mayúsculas) pasaron pronto, se mostraría menos domeñado de lo que parece. En 1956, todavía comandó un proyecto para aprobar unas leyes de gobierno que introducían elementos de desafío a la persona de Franco y que hicieron a Esteban Bilbao, tradicionalista entonces presidente de las Cortes, escribirle una furibunda carta en la que le acusaba nada menos que de querer convertir España en la Unión Soviética. Más tarde aun, siendo ya ministro de Vivienda, López Rodó lo acusa de aprobar planes ambiciosísimos de vivienda para los que no había dinero, para así poner a la opinión pública en contra de los tecnócratas, gestores del Presupuesto y por lo tanto obligados a decir niet.

Quiero decir, o sea escribir, que otra cosa que me encanta de Thòmas es su gusto por las anécdotas. Sus libros no tienen nada de anecdóticos pero, sin embargo, ello no quiere decir que no le guste salpimentar su narrativa historiográfica de ejemplos notorios basados en episodios concretos que a veces se hacen muy divertidos de leer. La descripción que hace en La Falange de una reunión falangista en El Escorial en la que el padre Fermín Yzurdiaga fue recibido a gritos de ¡Quieren hacer una España de curas y monjas!, no tiene desperdicio. Y en este libro que hoy tratamos, la anécdota del director de periódico que fue cesado por poner a parir, sin saberlo, a Pilar Primo de Rivera, no le va a zaga.

Si te interesa la época, te gustará el libro. Te gustará mucho, me atrevo a decir. Y si no te interesa la época, la verdad, ¿qué coño haces leyendo este post?

miércoles, febrero 17, 2016

Six années qui ont changé le monde



Qué: Six années qui ont changé le monde (1985-1991). La chute de l'empire soviétique.
Quién: Hélène Carrère d'Encausse.
Dónde: Fayard, París.
Cuánto: 16 pavos en versión digital.
Nota (sobre 10): 9.

Hace ahora algunos meses escribí en este mismo blog una crítica, no muy partidaria la verdad, sobre un libro de Emmanuel Carrère titulado Limónov. En el curso de ese texto tuve ya la ocasión de recordarle al lector que Carrère es hijo de una de las más reputadas sovietólogas de Europa, miembro de la Academia Francesa, velay que por propio mérito: la historiadora Hélène Carrère d'Encausse, nacida Helena Zourabichvili, de ascendencia georgiana. Hoy me ocupo del último libro de esta mujer, dedicado a la desintegración de la URSS.

miércoles, noviembre 18, 2015

Lectura: SPQR, por Mary Beard



Qué: SPQR. A history of Ancient Rome.
Quién: Mary Beard.
Dónde: Profile Books. El libro ha sido editado en su versión en inglés el 25 de octubre pasado. Dudo que haya una versión en español.
Cuánto: 16 pavos en versión Kindle. Otras, no sé.
Nota (de 0 a 10): No menos de 9.

jueves, agosto 06, 2015

Limónov

[Ya sé que dije que me iba de vacas. Pero las lecturas van cayendo cuando caen...]





Qué: Limónov
Quién: Emmanuel Carrère.
Dónde: Editorial Anagrama, en español. Folio, en francés.
Cuánto: NPI. Fue un regalo.
Nota (de 0 a 10): Depende (tendrás que leer el post).


lunes, marzo 23, 2015

Lo que sigue sin haber sido escrito



Qué: El cura y los mandarines. (Historia no oficial del bosque de los letrados). Cultura y política en España, 1962-1996.

Quién: Gregorio Morán.

Dónde: Editorial Akal.

Cuándo: 2014.

Cuánto: 792 páginas.


viernes, enero 30, 2015

In memoriam Colleen McCollough





Lo más triste de este obituario es que la persona que recuerda lo será por haber escrito una novela, The Thorn Birds, esto es el pájaro espino, que es, ciertamente, la obra más vendida en Australia de todos los tiempos. No obstante lo dicho, no es por este libro, un tanto moñas para qué negarlo, por lo que hago que su rostro se asome hoy al blog.  Colleen McCollough es autora, entre otras cosas, de una serie de novelas, que empaquetó con el título genérico Masters of Rome, que permanecen, y permanecerán, entre lo mejor de la novela histórica del siglo XX. 

viernes, noviembre 14, 2014

I am Pilgrim



Quién: Terry Hayes
Qué: I am Pilgrim
Con quién: Atria, 3 de diciembre 2014
En qué: en inglés. As far as I know, no hay edición en español, ni sé si alguien la está preparando.



La novela tiene algo que quien no es novelista rara vez llega a dominar. Quiere esto decir que cuando alguien llega a la novela desde el periodismo o, como es el caso, desde la profesión de guionista para el espectáculo audiovisual, siempre se le quedan a uno pegadas algunas lapas de lo que es su profesión habitual que, sin saber muy bien por qué, le estorban al lector. Los periodistas, por ejemplo, tienden a empezar lo más cerca que pueden del final (éste es, de hecho, el primer mandamiento del periodista); y, a menudo, cuando escriben ficción, como son conscientes del problema, lo dilatan en exceso (verbigracia, Pérez Reverte). Los guionistas de televisión y cine tienden a pensar que lo que no es visual, no es.

jueves, octubre 23, 2014

La España de nueva planta



Quién: Antonio Morales Moya et alia
Qué: 1714. Cataluña en la España del siglo XVIII.
Con quién: Cátedra.
Cuánto: 488 páginas.

martes, octubre 21, 2014

«Novedad» editorial

Hola.

Me asomo un momento sólo para informaros de que en la biblioteca del blog he colocado una nueva serie larga que fue publicada por tomas hace ya bastantes meses: la vida y muerte de Girolamo Savonarola, el monje revolucionario y reformador de la Florencia medicea. Quienes lo leísteis en su momento podréis releer una versión algo más compactada y fluida; y quienes no habéis leído en su día la serie, os la podéis apretar ahora de una tacada. La versión está en pdf.

Ya que estaba, y visto que la biblioteca va estando nutrida, he elaborado una encuesta en línea en la que puedes calificar las distintas «series largas» que se han publicado en la biblioteca (además hay dos libros en Kindle, pero eso es otra historia porque hay que pagar grandes fortunas para poder leerlos. Uno está aquí y el otro aquí). He marcado el ticker para que las propias personas que entren en la encuesta puedan ver los resultados. Lo que no sé es si funcionará.

Hasta más ver.


martes, septiembre 02, 2014

Imprescindible




Qué: La financiación de la guerra civil española.
Quién: José Ángel Sánchez Asiaín.
Con quién: Editorial Crítica.
Cuánto: 1.328 páginas.

He pasado una parte no desdeñable de estas vacaciones de verano leyendo este libro. No me arrepiento ni del más mísero minuto de todo ese tiempo.