lunes, enero 03, 2022

El fin (1: El Ebro fue un error)

El Ebro fue un error
Los tenues proyectos de paz
Últimas esperanzas
La ofensiva de Cataluña
El mes de enero de las chinchetas azules
A la naja
Los tres puntos de Figueras
A Franco no le da una orden ni Dios
All the Caudillo's men
Primeros contactos
Casado, la Triple M, Besteiro y los espías de Franco
Negrín bracea, los anarquistas se mosquen, y Miaja hace el imbécil (como de costumbre)
Falange no se aclara
La entrevista de Negrín y Casado
El follón franquista en medio del cual llegó la carta del general Barrón
Negrín da la callada en Londres y se la juega en Los Llanos
Miaja el nenaza
Las condiciones de Franco
El silencio (nunca explicado) de Juan Negrín
Azaña se abre
El último zasca de Cipriano Mera
Negrín dijo “no” y Buiza dijo “a la mierda”
El decretazo
Casado pone la quinta
Buiza se queda solo
Las muchas sublevaciones de Cartagena
Si ves una bandera roja, dispara
El Día D
La oportunidad del militar retirado
Llega a Cartagena el mando que no manda
La salida de la Flota
Qué mala cosa es la procrastinación
Segis cogió su fusil
La sublevación
Una madrugada ardiente
El tigre rojo se despierta
La huida
La llegada del Segundo Cobarde de España
Últimas boqueadas en Cartagena I
Últimas boqueadas en Cartagena II
Diga lo que diga Miaja, no somos amigos ni hostias
Madrid es comunista, y en Cartagena pasa lo que no tenía que haber pasado
La tortilla se da la vuelta, y se produce el hecho más increíble del final de la guerra
Organizar la paz
Franco no negocia
Gamonal
Game over



En la parafernalia historiográfica sobre la Guerra Civil Española, habitualmente bastante pringadita de presentismos, teóricas subvencionadas y movidas diseñadas para ser consistentes con ideas presentes, suele haber una suerte de valoración épica de la batalla del Ebro. Son muchos los libros que tienden a considerar estas operaciones, lideradas y coordinadas por Juan Modesto, como algo así como ese momento, en un partido de fútbol, en el que el contrincante débil, ya desahuciado en las casas de apuestas, se reivindica mediante una jugada en el minuto 88, jugada en la que roza el gol o incluso lo mete; momento en el que el delantero anotador tiene el gesto inútil de agarrar la pelota y llevarla hasta el centro del campo, como esperando todavía empatar un partido que va 5-1. El Ebro, para la memoria histórica, viene a ser más o menos lo que fue en su momento para los comunistas, y sólo para los comunistas: un pretendido punto de inflexión en el que una guerra que ya se había perdido un año antes con la pérdida del Frente Norte iba a dar la vuelta, de la mano de una presunta superioridad militar, unida al proceso por el cual a Europa se le iba a caer el velo sobre Hitler y sus aliados y, consecuentemente, se iba a gastar en España lo que tenía, lo que no tenía y lo que no se quería gastar. Juan Negrín, primer ministro, esperaba que llegase una Úrsula von der Leyden Leyen que lo regase con dispositivos militares apenas desarrollados en alguno de los países que debería dárselos (es el caso de Reino Unido) por el bien de la resiliencia y la sostenibilidad republicana frente al fascismo con el que esas mismas potencias, Francia y UK, estuvieron negociando hasta el último minuto. Negrín es que era muy peliculero, y le ha legado esas visiones hollywoodienses a más de media historiografía española.

La verdad de las cosas, sin embargo, más bien fue otra. En primer lugar, el paso de las tropas del Ebro fue, por encima de todo, una operación que buscaba, no colocar a República en una situación positiva, sino impedir que siguiese hundiéndose en el pozo. Partida en dos el área militar republicana, ya no sólo Madrid estaba en peligro, sino que también lo estaba, y de forma incluso más intensa, Valencia; por no hablar el frente de Extremadura a Córdoba que, para entonces, los republicanos inteligentes siempre estaban esperando, con temor, ver caer, y no se equivocaban pues sería por ahí por donde empezaría el final. Para evitar que 300.000 hombres cayesen sobre la capital del Turia, haciendo totalmente inviable su defensa y colocando a los pies de Franco la provincia de Alicante, que ya para entonces era la puerta de salida de todos quienes deseaban huir (bueno, entonces todavía lo era Cartagena); para evitar todo eso, digo, es para lo que se hizo la ofensiva del Ebro. No se pretendía ganar nada, y yo creo que los inspiradores comunistas de la operación lo sabían.

Sí, comunistas. En la segunda mitad del 38, Juan Negrín, suponiendo que no sintiese él mismo una fidelidad ideológica hacia el comunismo, dependía políticamente de los comunistas, los cuales ambicionaban, cuando menos desde el verano del 37, que también dependiese de ellos militarmente; de hecho, la culminación de ese deseo será la que acabe con la II República. En el momento de lanzar la batalla del Ebro, había 163 jefes de brigada comunistas contra 33 anarquistas; la proporción entre los jefes de división era de 63 contra 9. 15 jefes de cuerpo de ejército eran comunistas, 4 más eran simpatizantes; 3 jefes de ejército eran comunistas, y dos más simpatizantes. Eso, más los 2.000 asesores soviéticos que no mandaban nada, y lo mandaban todo. Frente a esto, ciertamente, la cúpula militar, por así llamarla, estaba, ciertamente, formada por los elementos militares profesionales que habían preferido luchar por la República. Pero, como veremos en estas notas, son muchos los síntomas de que Negrín labró su desgracia como primer ministro, precisamente, por intentar cambiar eso.

Aquí está el merdé de la situación. Para cuando la ofensiva del Ebro estaba a punto de saltar de los planeamientos teóricos, resulta difícil dirimir si la estrategia del Ejército de la República era suya o de Stalin; porque la obediencia de todos aquellos mandos, la verdad, no pasaba por España, sino por los intereses transmitidos por aquella plétora de asesores y, sobre todos ellos, Palmiro Togliatti. En este sentido, cabe preguntarse cuál era el planteamiento de Iosif Stalin en la segunda mitad de 1938 en el juego que realmente le interesaba, que lógicamente no era la seguridad de España, sino la de su propia URSS. 1938, esto es algo que espero veamos algún día más en profundo cuando tenga tiempo de llevar a cabo uno de mis proyectos (la biografía paralela de Stalin y Beria); 1938, decía, es el año en que Stalin se va dando cuenta, progresivamente, de que la solidaridad de las potencias democráticas occidentales, Francia y Reino Unido, tiene techo; que, como consecuencia, ni París ni Londres tienen en su agenda impedir at all costs que Alemania ataque a sus enemigos orientales; y, consecuentemente, decide pactar con Hitler. El acuerdo con Hitler no cayó del cielo ni fue el resultado de dos o tres cafés con leche; era una vía, considerada primero, y abierta después, de tiempo atrás; y eso, sin lugar a dudas, incluye los últimos meses del 38 y primeros del 39. La llamada batalla del Ebro, en este sentido, bien pudo ser un movimiento ordenado por Stalin para meterle presión a Hitler, movimiento que sabía que terminaría como terminó. Asumir que la batalla del Ebro se planificó y ejecutó por estrictos intereses de la II República es una tesis muy aventurada.

En septiembre de 1938, se fue al carajo el elemento geopolítico fundamental que manejaba Negrín para darle coherencia a la ofensiva del Ebro: el cambio de opinión de Europa sobre Franco. Cuando se labró el acuerdo de Munich por el cual las potencias europeas, y muy particularmente Gran Bretaña, dejaron claro que estaban dispuestos a entregar Checoslovaquia a cambio de regatear la guerra con Alemania, para Stalin quedó claro que lo que tenía por delante era hacer exactamente lo que hizo: llegar a un acuerdo con Hitler. En ese terreno, ya no estaba dispuesto a ser el solitario heraldo de la causa republicana española, que probablemente consideraba perdida; que tal vez, ni siquiera quiso nunca ganar. Y por eso, como digo, dio su visto bueno a la operación del Ebro, aun sabiendo, como digo, que lo tenía que saber, que era un error.

El paso del Ebro por parte de las tropas republicanas suponía una pequeña guerra en sí misma; un hecho que quedó confirmado por el enorme volumen de bajas que provocó en ambas partes. Pero no nos olvidemos de un detalle: con el Mediterráneo en manos de Franco y la frontera francesa cerrada al paso de las armas para la República, cualquier ofensiva republicana había dejado de ser un juego de suma cero. Perdido el norte de España y perdida, por lo tanto, gran parte de la capacidad industrial militar y con las fronteras, como he dicho, impermeabilizadas, el gran problema para la República, que no lo era, para Franco, era que cada fusil, cada blindado, cada carro de combate, cada avión que perdía, ya no se podía sustituir. En esas situaciones, embarcarse en una operación siete machos, dándole los pechos al ejército oponente y embarcándose en un brutal intercambio de golpes, era una gilipollez que al único al que le hacía pandán era a Stalin, abriéndole un frente inesperado a Hitler. La República hizo de pagafantas de todo aquello, y los abuelos y bisabuelos de un montón de gente que, como no los fusilaron, es probable que los hayan olvidado, lo dejaron allí todo, todo y todo.

El EPR debería, es cuando menos mi opinión, haber evitado la batalla abierta, y haber pensando mucho más en lo que le obsesionó a partir de la caída de Cataluña: la evacuación. No habría sido el primero, ni tampoco el último, oponente militar que jugó ese juego. A pesar de ello, en la noche del 24 al 25 de julio de 1938, el movimiento fue exactamente el contrario. Entre julio y noviembre, bajo el modesto mando de ídem, unos 100.000 efectivos irían cruzando el río. Los cuerpos de ejército XV y V, elementos fundamentales de la operación, eran también de obediencia comunista (Kike Líster y Lolo Tagüeña, otros que tal, respectivamente); mientras que el XVIII Cuerpo quedó de reserva. La capacidad logística del ejército republicano estaba seriamente mutilada; de hecho, era ya menor de lo que lo había sido en Brunete (o sea, Brunete I, que es lo que todos conocemos por Brunete; en estas notas habremos de hablar de Brunete II) o en Teruel.

Tagüeña y el V Cuerpo de Ejército cruzaron el Ebro entre Mequinenza y Fayón, y se creó una cabeza de puente de unos diez kilómetros de profundidad y quince de extensión. Le siguieron Líster y otras tropas de inspiración comunista entre el 25 y el final de julio, hasta llegar a las sierras de Pándols y Caballs, entre Fayón y Cherta. El 9 de agosto, las tropas pasaron estas sierras y enfilaron hacia Gandesa.

El 90% de lo que habían conseguido los republicanos a principios de agosto se debía al factor sorpresa; pero el factor sorpresa, por lógica, dura lo que dura. La 15 brigada internacional pasó el Ebro por Amposta; pero aquellos combatientes ya no eran la abigarrada y eficiente tropa que había acudido a España para salvar Madrid. Para entonces, lo de internacional era ya licencia poética, y la calidad de los combatientes, y de los mandos, era manifiestamente mejorable. Si pasaron el Ebro pensando que penetrarían en las líneas nacionales como el cuchillo en la mantequilla, se dieron el tipo de hostia que se da un cepillo de dientes contra un muro de hormigón.

Uno de los peores factores para los republicanos en lo que conocemos como batalla del Ebro fue que, aunque Tagüeña se las ingenió para establecer la cabeza de puente con eficiencia, los responsables de hacer llegar a la misma los tanques de fabricación soviética no fueron tan rápidos. Faltos de los carros de combate, los republicanos no pudieron jugar la única carta que yo creo que les habría podido dar algo de chance (aunque no mucha), que habría sido seguir avanzando deprisa, aprovechando la sorpresa, hasta conseguir el control de Zaragoza. Si a esto unimos que para entonces el aire era ya de Franco casi en su totalidad, el resultado lógico es que, ya a principios de agosto, y tras apenas un par de semanas de avance, las tornas comienzan a cambiar, y las tropas republicanas comienzan a resistir más que a avanzar.

Franco diseñó una contraofensiva con siete divisiones a los mandos de los generales Barrón Ortiz (Nando), Varela (Pepe Kike), Delgado Serrano (Paco), Rada (el Richi), Alonso Vega (Camilín), Castejón (Toñete) y Ben Mizián (Mojamé). La estrategia de Franco fue aquélla a la que ya se había acostumbrado. Ir, pegarse, atrás, ir de nuevo, volver a pegarse, otra vez atrás. Especular con el hecho, palmario, de que los nacionales tenían en la zona tres efectivos por cada efectivo republicano; y que, como he dicho, las pérdidas infligidas a los republicanos eran pérdidas de las que éstos no se podían recuperar.

El 2 de septiembre, con la mitad del pescado vendido ya, Yagüe (Johnny) y García Valiño (el Rafita) atacaron todo a lo largo de la línea del frente, deprimiéndola en casi todos sus puntos. Habían pasado seis semanas desde el inicio de la ofensiva, y los republicanos habían perdido prácticamente todo lo que alguna vez habían ganado.

El 30 de octubre, el ejército nacional lanzó otra ofensiva al norte de la sierra de Caballs, que controlaba antes de que se pusiera el sol. El 3 de noviembre, el general Galera (Freddy) subió a las cumbres de Pándols, y lo hizo ya, prácticamente, sin resistencia. El día 10, a la República ya no le quedaba ni un centímetro cuadrado de lo que había ganado. El ejército de un general demasiado modesto cruzó el Ebro de nuevo, en dirección contraria.

En la batalla del Ebro la República perdió 70.000 efectivos, entre muertos y prisioneros. Las pérdidas de los nacionales fueron también muy importantes: 30.000 efectivos; pero no dejan de ser menos de la mitad, en un conjunto militar que era tres veces más grande. La República perdió en el Ebro 200 aviones, 1.800 ametralladoras y 24.000 fusiles que, os repito, no podía ni soñar con reponer.

El fracaso sin paliativos de la operación del Ebro (porque hablar de derrota suele producirle problemas a los intensitos) generó una quiebra sorda dentro del bando republicano. En zona republicana comenzó, a ratos y en según qué círculos, a acunarse la idea de que una cosa eran los intereses de la República, normalmente identificados con los intereses de España; y otra diferente los intereses de los comunistas. Resulta enternecedor que decenas de miles de españoles, que repito  hoy son poco recordados porque nadie los fusiló sino que recibieron una bala entre los ojos en cualquier campo de batalla; que tantos españoles, digo, tuviesen que morir para que en el bando republicano se acabasen por dar cuenta de que habían firmado la exclusiva de la defensa de su finca con un tipo al que la finca y sus moradores le importaban un huevo, porque estaba en otra mucho más gorda, que era proteger su propia finca que, él lo sabía, sería atacada en un momento u otro por la maquinaria militar más poderosa de Europa en ese momento.

En Galicia solemos decir: tarde piaches; tarde piaste. La expresión, al parecer, proviene de un chiste que se contaba tiempo ha, en el que un gallego se come un huevo que está fecundado. El pollito eclosiona en su garganta y suelta un piar y el gallego dice tarde piaches, y se lo traga. Es una frase que he escuchado muchas veces en mi infancia, recetada a los lentitos que se dan cuenta de la realidad de las cosas cuando ya no pueden hacer nada para cambiarla. Y la República, en 1938. es un ejemplo; porque ya no era momento de piar sobre la excesiva influencia de los comunistas, sobre el hecho de que estuviesen haciendo lo que les convenía a ellos y no a la República, porque eso era lo que llevaba pasando, no meses: años. Ya os he hablado del hecho de que la oficialidad del ejército republicano era monopolísticamente comunista, salvo en las escasas islas anarquistas que quedaban (alguna de las cuales, por cierto, permaneció siendo sólidamente republicana hasta el último minuto de la guerra). Todo aquello tenía poca lógica. Al principio de la GCE, los comunistas tenían en España unos 50.000 militantes, mientras que los anarquistas eran unos dos millones. El hecho de que la URSS fuese el gran apoyo del ejército republicano cambió la lógica de la relación de fuerzas; y, progresivamente, y sobre todo en el año 38, los rangos militares republicanos se poblaron de comunistas. En el año 38, por ejemplo, de 7.000 ascensos que se firmaron en el ejército republicano, 5.500 fueron a favor de militares (y militantes) comunistas.

7 comentarios:

  1. ...¿Cómo se comunicaban los asesores soviéticos en España con Stalin? ¿Cuánto tardaban las respuestas?
    Úrsula es Leyen. Leyden es la botella...

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    1. Tienes razón en lo de Úrsula. Consecuencias de llamarla constantemente Von der Mierden, que se pierden los matices.

      Sobre lo de los asesores, lo hacían fundamentalmente a través de la embajada y de Rosemberg, obviamente; además de correos y enviados que iban llegando. Su actividad era muy importante y, de hecho, tengo por ahí un libro en mi biblioteca dedicado precisamente a esos informes que se intercambiaban y que enviaban a Moscú regularmente.

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  2. Ya. Pero ¿Cuánto tardaban los mensajes en llegar y volver?

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    1. La media era de un día, dos horas, trece minutos y veintisiete segundos. Salvo cuando era fiesta en Moscú, claro.

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    2. Menos cachondeo, que te lo estoy preguntando en serio...

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    3. Hombre, si lo preguntas en serio deberías ser consciente de que es un dato prácticamente imposible de derivar. Es como si yo te preguntase cuánto se tardaba de media en Pearl Harbor en cambiarle el tren de aterrizaje a un caza.

      Pero, vaya, teniendo en cuenta que en 1936 la tecnología del cablegrama estaba totalmente desarrollada, y que en guerra la prioridad de las comunicaciones es total, puedes suponer que la comunicación era eso que se dice en tiempo real.

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    4. A eso me refería. A si había redes de cable que cubrieran todo el continente e incluso unieran otros.
      Ya podrías dedicar algún artículo al desarrollo de las comunicaciones.

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