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martes, junio 04, 2024

La primera Inglaterra (8): Una sociedad más estructurada de lo que parece

 

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 

  


Las leyes concebidas en suelo inglés más antiguas de que disponemos son las que desarrolló el reinado de Aethelberht de Kent, quien murió en el 616. Tres de los reyes que lo sucedieron en dicho reino: Hlothere, Eadric y Withred, impulsaron sus propios códigos. Y, en ese mismo siglo VII, se les unió el rey Ine de Wessex. En todos estos casos, sin embargo, la información de que disponemos es en realidad posterior, dado que las leyes kentish se copiaron en el siglo XII, y es de esas copias que las conocemos; mientras que las de Ine fueron incorporadas al código del rey Alfred.

viernes, mayo 24, 2024

La primera Inglaterra (1): El nacimiento de una identidad

El nacimiento de una identidad
Mi señor Bretwalda, por ahí vienen los paganos
El tema vikingo se pone serio
Alfred, el rey inglés
Vikingos a la defensiva
Un rey contestado
El rey de la superación
Una sociedad más estructurada de lo que parece
Con la Iglesia hemos topado
La apoteosis de Edward y Aethelflaed
El fin de los vascos de Northumbria
Tres cuartos de siglo sistémicos
Aethelshit
Las tristes consecuencias de que un gobernante gobierne “sea como sea”
El regreso de la línea dinástica 



Estamos a finales del siglo VIII de nuestra era; y es un tiempo en el que eso que terminaríamos por llamar Inglaterra estaba bastante lejos de parecerse a eso mismo. El terreno de la mitad meridional de la isla estaba dividido en varios reinos diferentes. Como Dumnonia, en el suroeste, una orgullosa pequeña nación que estaba allí desde antes que los romanos hubiesen cruzado el charco, y que, como todo reino de aquella época, había experimentado momentos de mayor y menos expansión, extendiéndose hasta Cornualles o Devon.

lunes, marzo 01, 2021

Islam (18: shiíes)

 El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro

Comencemos por entender que para los shiitas, la palabra imán tiene un significado muy preciso y, por lo tanto, no se puede andar jugando a aplicarla a unos y a otros. Un imán es dos cosas: un descendiente de El Profeta; y una persona inspirada divinamente. Por lo tanto, es el líder por derecho de la comunidad musulmana.

lunes, febrero 22, 2021

Islam (15: de cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda)

El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro 


A la muerte de Mansur, el sucesor en el califato, ya totalmente consolidado como una institución monárquica hereditaria, fue su hijo, Mohamed Mahdi, quien sería califa durante diez años hasta el 785. He dicho “totalmente consolidada”, pero eso, en realidad, no es cierto. Es cierto en el sentido que, como entidad política, el califato abásida estaba plenamente consolidado. Pero en el terreno espiritual, la legitimidad de los cabezas de la nación musulmana no estaba tan clara. De hecho, una de las grandes obsesiones de Mahdi durante su reinado fue convencer al mundo musulmán de que la regla de que los musulmanes habrían de ser comandados por un descendiente de Alí y Fátima era una condición excesiva. Su éxito, sin embargo, fue muy relativo.

viernes, febrero 19, 2021

Islam (14: los abásidas)

 El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro 


El reinado de Marwan, yo creo que afortunadamente para la Historia del Islam, no duró mucho. La cascó en el 685, año en el que fue sustituido por su hijo, Abdul Malik. Fue este Abdul, mucho más dotado para el mando, el que terminó la pelea contra los grupos pro Zubair y pacificó el Imperio.

lunes, septiembre 05, 2016

La herejía pauliciana

En el año 1717, una viajera inglesa, lady Mary Wortley Montagu, visitó la vieja Constantinopla y su, por así decirlo, zona de influencia histórica. Entre las ciudades que visitó estaba Filipópolis (actualmente Plovdiv, la segunda ciudad más poblada de Bulgaria). En una carta en la que refiere dicha visita, Mary Wortley cuenta que ha encontrado en la ciudad a una secta de cristianos que se hacen llamar a sí mismos paulinos; que poseían una iglesia en la que, según sus tradiciones, Pablo de Tarso había predicado. La viajera inglesa no lo sabía, pero acababa de encontrar los últimos (bastante romanizados ya) vestigios de una secta gnóstica, los paulicianos, que había tenido no poca importancia un milenio antes del momento en que ella visitó la actual Bulgaria. Lo suficientemente importante como para que en esta ventanita les dediquemos unos párrafos.

lunes, julio 21, 2014

La aventura veneciana

A los ojos de este simple lector de historias pasadas, resulta sorprendente lo poco, por no decir poquísimo, que habitualmente se habla de la república veneciana cuando se tratan los ejemplos del pasado, digamos, meritorios. Quien no encuentra interesante la historia de la aventura veneciana está dando de lado un experimento que consiguió, entre otras cosas, mantener un monopolio económico durante un milenio; esto es algo que está fuera del alcance de la mayoría de los mortales que viven fuera de El Vaticano.

miércoles, abril 18, 2012

Carlomagno


El árbol genealógico de Carlomagno no es fácil de contar. Veréis. Pipino de Lenden, que fue mayordomo (=gobernante efectivo) de Austrasia, una nación franca, casó con Iduberga, quien le dio tres hijos: Grimoaldo, quien le sucedió en el cargo y sería padre de un rey merovingio (Kildeberto); Gertrudis; y Bega. Bega, que entre los godos era nombre de pollo, no de polla, casó con Angisela, una de las dos hijas del arzobispo de Metz, Arnulfo.

El matrimonio de Bega y Angisela tuvo un solo vástago, a quien pusieron el nombre del abuelo y es por ello que se lo conoce como Pipino de Heristal. Casó Pipino dos veces: con Calpaida y con Plectruda, con las que tuvo cuatro hijos. El primero de ellos debía de ir todo el día colocado, pues se llamaba Drogón; luego estaba Grimoaldo, como su tío-abuelo; luego Childebrando; y, finalmente, Carlos Martel, que fue quien heredó el cargo de mayordomo de palacio y cuyo nombre era memorizado por los escolares de mi época por haber parado los pies a los musulmanes. Charly casó también dos veces, con Crotudis y Suanahilda, con las que tuvo seis hijos: la primera, Hiltruda, llegaría a ser casi reina, pues se casó con Odilón, que era duque de Baviera; luego están Carlomán, Jerónimo, Remigio, Bernardo, y Pipino, conocido por la Historia como el Breve, que llegaría a ser rey de los francos.

Pipino el Breve y su mujer Bertrada tuvieron, asimismo, seis hijos: Rotaida, Adelaida, Carlomán, Pipino, Gisela… y Carlos, futuro Carlomagno.

Este conjunto padres e hijos se despliega más o menos entre el 650 y el 780, que son los años en los que las dinastías merovingias acaban por irse a tomar por saco y llega la breve, pero intensísima, dominación carolingia.

Pipino de Lenden,  ya lo hemos dicho, era mayordomo, o sea gobernador, de Austrasia, y a su muerte legó el puesto a su hijo, Grimoaldo. Grimoaldo se sintió el rey más poderoso de la nación franca de la época, motivo por el cual llegó a situar a su hijo, Kildeberto, al frente de la corona merovingia. Pipino de Heristal, nieto de Pipino de Lenden y sobrino de Grimoaldo, recogió buena parte de esa hegemonía ejercida por ambos, acumulando en su sola persona tres mayordomías o gobiernos: la de Austrasia, la de Neustria, y la de Borgoña. Sin embargo, Pipino de Heristal murió en el 714 sin dejar las cosas muy claras, con lo que la vieja Galia conquistada por Julio para los romanos se hundió en algo muy parecido a una guerra civil, agravada porque los islamitas, viendo las cosas propicias, atravesaron los Pirineos y se hicieron con la Septimania (el territorio encabezado por Narbona). 

A causa de esta necesidad fue por lo que Carlos Martel, probablemente un hijo bastardo, se hizo con el control del poder y derrotó a los musulmanes en Poitiers. El prestigio conseguido con dicha victoria, unido al apoyo sin fisuras de la Iglesia, le permitió gobernar incluso sobre territorios que no eran suyos, como Aquitania, pasando del formal rey merovingio, Thierry IV, quien, de todas formas, acabó por morir.

Carlos Martel murió en el 741, dejando dos hijos ya mayores, Pipino, llamado El Breve, y Carlomán. A pesar de que ambos tenían la ambición de continuar la dinastía, la nobleza franca, celosa de sus privilegios, les obligó a restaurar a un monarca merovingio: Kilderico II. Sin embargo, ambos fueron los gobernadores efectivos de la tierra franca bajo su mando, puesto que Carlomán fue mayordomo de Austrasia y Pipino de Neustria y Borgoña; Carlomán, en cualquier caso, abandonaría pronto el cargo, con lo que su hermano se los quedó todos.

Pipino, con el poder en la mano, envió cartas a Roma, donde el Papa Zacarías le prometió su apoyo. Con estos mimbres, tomó preso a Kilderico, lo recluyó en un monasterio, y en el 751 se proclamó rey de los francos, culminando con ello el proceso de creación de la dinastía que se suele conocer como de los Pipínidos que, como acabáis de leer, no son unos peces de río, sino unos tipos. El monje Bonifacio, santo para la Iglesia católica, acabó coronando al rey en Soissons, sellando con ello una alianza de hierro entre los pipínidos y la Iglesia. No contento con dos coronaciones, en el 752 Pipino se hizo coronar de nuevo por el Papa Esteban II, junto con sus hijos Carlos (futuro Carlomagno) y Carlomán, en la abadía de Saint-Denis. Acto seguido, Pipino pagó el tributo que el Papado había exigido por su apoyo, y se desplazó con sus marines a Italia, donde guerreó contra el rey lombardo Astolfo, le conquistó una serie de tierras y, en lugar de quedárselas, se las regaló al Papa; con lo que creó una realidad que duraría más de un milenio y que conocemos como los Estados Pontificios. Asimismo, arrebató la Septimania a los musulmanes, colocándolos de nuevo al otro lado de la raya del Pirineo, y sometió a la siempre celosa de su autonomía Aquitania.

A la muerte pipinera, en el 768, los hijos del rey, Carlos I y Carlomán, se repartieron el reino, pero el reparto duró poco. En el 771 murió Carlomán, y su hermano, simplemente, pasó totalmente de los derechos dinásticos de sus sobrinos y se quedó con todos sus terrenos por el artículo 33. Necesitaba esa concentración, pero… ¿para qué?

Pues para llevar a cabo su destino. Carlomagno era un tipo extraordinariamente competitivo, ambicioso y vital. Esto se nota por lo muy follador que era, costumbre que le acabó legando a su hijo y que vendría a dar algunos problemas, como veremos. Era una persona ambiciosa e hija de su tiempo, la Alta Edad Media; un periodo más cultivado de lo que parece y en el que el sueño y la procura del regreso al Imperio Romano era algo ambicionado incluso por quienes no podían ni medianamente aspirar a ello. El modelo estaba bien cerca: no muy lejos de aquellas cortes itinerantes centroeuropeas de la época, estaba el imperio del Este, Bizancio, del cual los viajeros decían auténticas maravillas y que, a finales del siglo VII, ya había vivido algunos de sus momentos dorados; algunos, incluso, muy dorados. Bizancio, además, de la mano de la ambición de Justiniano, había sentado sus reales en Italia, en lo que claramente operaba como tampón para la creación de un imperio occidental que compitiese con él; algo que al Papado le tenía a mal traer, pues las tendencias bizantinas a apartarse de lo que hoy llamaríamos ortodoxia vaticana eran muchas y constantes: arrianismo, nestorianismo, etc. La Iglesia necesitaba un campeón, y ya en tiempos de Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, se había decidido por los francos, porque veía en ellos la capacidad de aglutinar toda su tierra, cosa que los germanos tenían mucho más difícil (tan difícil que tardaron mil años en conseguirlo).

Carlomagno, pues, es la suma de un proyecto personal muy ambicioso y un proyecto político-estratégico del principal, en realidad único, poder multinacional de la época: el Papado.

Tan sólo un año después de unificar la corona con la muerte de su hermano, Carlomagno se lanzó contra los sajones, es decir el Este de su nación y, tras cinco años de pelas, organizó la marca (o territorio fronterizo) de Sajonia, hasta entonces renuente al catolicismo, y que Carlomagno evangelizó a cristazos (a ver si va a resultar que los misioneros españoles de Latinoamérica fueron los únicos…). Estando Carlomagno en Zaragoza (no citaré aquí las acciones hispanas del rey franco, porque creo que merecen un artículo aparte), el conde local Widukind se sublevó contra el yugo occidental, lo que provocó una campaña carolingia que resulta muy difícil encontrar argumentos que permitan no calificarla de simple y puro genocidio. Sinceramente, dudo mucho que en la Sajonia actual queden muchos sajones sin sangre franca. Después de esto, Carlomagno siguió invadiendo por Frisia, y hacia el Báltico. En el 799 estaba ya a las puertas de la nación de los daneses. Vencedor de los ávaros en Panonia, también incorporó Baviera a sus posesiones.

Del 773 es su campaña italiana, donde derrotó al rey Desiderio en Pavía, con lo que el rey franco se convirtió en rey franco-lombardo. Como después controlase totalmente Espoleto y Benevento, pudo con ello consolidar la formación de los Estados Pontificios. Dejó Italia al cargo de su hijo Pipino.
Ya lo hemos dicho: todo esto, sobre todo la invasión de Italia y la anexión del norte de la península, lo hacía Carlomagno en el marco de una guerra de bloques multinacionales con Bizancio. Es normal que Constantinopla contestase. Contestó en el 788, con un desembarco masivo de tropas en el norte que, sin embargo, fueron derrotadas por la oriflama en Istria.

En el año 800, hecha gran parte de la labor inicialmente ambicionada por el rey y la Iglesia, Carlomagno fue coronado emperador en Roma. Por fin el Papa tenía lo que quería: un contrapoder occidental plenamente obediente de la doctrina católica, totalmente alejado de las peligrosas teorías de los teólogos ortodoxos. La coronación produjo una inmediata segunda guerra con los bizantinos, esta vez en el Véneto.

Ésta es, sucintamente, la labor carolingia, que es muy fácil de escribir en unos parrafitos pero que fue, en realidad, hercúlea. Carlomagno luchaba contra dos fuerzas contrarias a sus designios: por una parte, el contrapoder bizantino; y, por otro, el nacimiento, cada vez más claro, del fenómeno de los señores feudales, por naturaleza disgregador y enemigo de un proyecto centralizador como el del emperador franco. A despecho de todos estos problemas, Carlomagno contaba, como ya hemos dicho, con él mismo, pues era una auténtica fuerza de la naturaleza; y con la suerte de haber nacido, crecido y llegado al poder en el momento en que la Iglesia católica se sintió lo suficientemente madura y fuerte como para reconstruir: formalmente, el imperio romano; en la realidad, una nueva potencia multinacional, un nuevo imperio, capaz de garantizar su poder en Europa, y que de hecho lo garantizó durante casi mil años.

El proyecto eclesial-personal, muñido entre el Papado y Carlomagno, para crear un imperio occidental unificado, era, sin embargo, un proyecto condenado a fracasar. Sólo el impulso personal de un estadista fuera de lo común y el escaso desarrollo que en su tiempo tenía aún el mecanismo feudal (fue durante la época carolingia que el esclavismo desapareció; tenían los hombres que dejar de ser esclavos para poder pasar a ser siervos) dilató el desenlace. El imperio occidental era imposible y pronto desapareció tras la muerte de su creador, en el 814. Sin embargo, lo que está claro es que la experiencia carolingia sirvió para dotar a toda Europa de un esquema cultural y religioso común, que contó además rápidamente con un mecanismo muy efectivo de difusión y armonización con las peregrinaciones jacobeas. El sueño imperial quedaría en manos de los otónidas, y pronto comenzaría a hablar alemán.

El sucesor de Carlomagno, su hijo Luis I el Piadoso, fue objeto de una evidente presión clerical para mantener la unidad del imperio; sin embargo, frente a la intención eclesial eclosionó rápidamente la nobleza, sobre todo la de origen germánica, defensora de las viejas tradiciones centroeuropeas que demandaban la repartición del reino entre los hijos varones del emperador.

La descendencia de Carlomagno no presentaba problema. Pipino, llamado El Jorobado, murió antes que su padre (811); Pipino el segundo, que fue rey de Italia, también le precedió (810).  Carlos, que fue rey de Neustria, murió en el 811. Y los otros dos hijos, Drogón y Hugo, abrazaron la vida santa, uno como obispo de Metz y el otro como abad de San Quintín. La familia venía completada con dos hijas: Berta y Rotruda.

Luis el Piadoso trató de compatibilizar los deseos de Iglesia y nobleza en las Ordinatio Imperii del 817, que establecían las previsiones sucesorias. Su primogénito, Lotario, heredaría la condición imperial, quedando por encima de sus hermanos: Pipino, que recibiría Aquitania; y Luis, que sería rey de Baviera. Bernardo, hijo de Pipino el hijo de Carlomagno y, asimismo pues, tan nieto del emperador como los hijos de Luis, y que además era rey de Italia, sublevó a la península contra estos acuerdos, pero fue rápidamente reprimido.

El problema surgió por el hecho de que, una vez alcanzado este statu quo, extraordinariamente frágil, Luis se encoñó con un amor otoñal, Judit de Baviera, y no se le ocurrió otra cosa que casarse con ella. Judit le dio otro hijo y heredero legítimo, a quien la Historia conoce como Carlos el Calvo. Automáticamente, la madre comenzó a mover sus palillos para meter a su infante en la herencia.

En la gusanera asamblea de Worms, año 829, Luis cedió a las presiones de su churri y metió a Carlos el Calvo en las previsiones sucesorias, creando casi de la nada un reino para él que abarcaba parte de Alemania, Alsacia, Retia y una parte de Borgoña. Sin embargo, los partidarios de Lotario, viendo que iba a heredar a ese paso un imperio de chichinabo, pusieron pies en pared y obligaron al emperador a volver a suscribir los acuerdos del 817. Sin embargo, en el 831, los llamados legitimistas, partidarios de Carlos el Calvo, forzaron una nueva vuelta de la tortilla: a lo que ya se le había ofrecido se unían ahora unas cuantas tierras como para cogerse un pedo mundial: Champaña, Mosela, además de Provenza y Septimania. Esto provocó una fulminante alianza entre unitarios, partidarios de Lotario; y regionalistas, que apoyaban a Pipino y Luis, llamado El Germánico para distinguirlo de su piadoso padre. Esta alianza dio un golpe de Estado en el 833, desentronó al emperador, y encerró a Carlos el Calvo en un monasterio. Sin embargo, a la hora de repartirse el poder entre los tres ganadores, dos de ellos se encontraron con que Lotario no estaba dispuesto a renunciar a la condición de emperador que le había legado su padre (curiosa postura la suya: afirmaba la legitimidad de la legación hecha por aquél a quien él mismo había derrocado); por lo que Luis y Pipino pronto (834) favorecieron el regreso de su padre.

Luis el Piadoso, de nuevo al frente del machito, exilió a Italia a su hijo Lotario, sacó a su benjamín del monasterio, y le concedió todavía más territorios. En el 838, lo coronó rey en Quierzy; el mismo año, muerto Pipino de Aquitania, lo coronó monarca también de este territorio; ello a pesar de que el rey muerto dejaba heredero, quien acabaría por ser Pipino II de Aquitania.

Las presiones de la Iglesia, que prefería al primogénito de Luis el Piadoso (designado emperador a la muerte de su padre, veían en él una garantía de estabilidad para el proyecto imperial) hizo que, de nuevo en Worms, 839, se llegase a un nuevo pacto, que repartía el imperio entre Lotario y Carlos, dejando de lado al tercer hijo superviviente, Luis el Germánico.

Un año después de Worms, Luis el Piadoso moría y, como no podía ser de otra forma con estos mimbres, inmediatamente estalló la guerra civil. Lotario, que formalmente era el emperador ahora, reclamó la totalidad del imperio para sí, reclamación que venía intensamente perfumada de incienso. Enfrente se encontró a sus dos hermas, Carlos y Luis, quienes le vencieron en Fontenoy-en-Puisaye, año 841.

Finalmente, dos años más tarde, y sobre todo porque Lotario había podido retirarse a Italia con gran parte de sus tropas y, consecuentemente, seguía siendo una gran amenaza, los hermanos llegan a un acuerdo en Verdún. El imperio occidental queda partido en tres partes: el occidental-occidental (terrenos, en el mapa, a la izquierda del Escalda, Mosa y Ródano), para Carlos; el occidental-central, con capital en Aquisgrán, para Lotario, en calidad de emperador; y el occidental-oriental, básicamente las tierras de Angela Merkel, para Luis (que es por eso, no porque tuviese un Volkswagen, que fue llamado el Germánico).

En la Francia Occidental, Carlos tuvo muy pronto problemas, sobre todo con las incursiones normandas, unos auténticos porculos de la época, y el fortísimo sentimiento autonomista de los aquitanos, que no querían estar en más reino que el suyo (además, no se olvide, tenían un candidato legítimo a reinar sobre ellos). Tras fracasar el sitio de Toulouse, Carlos tuvo que reconocer los derechos dinásticos de Pipino II. Inmediatamente después, los bretones, oliendo la debilidad, se sublevaron y le derrotaron en tres batallas seguidas; consiguieron lo mismo, porque Carlos tuvo que reconocer la condición real del caudillo bretón Nominoë y, después, de su hijo Erispoë.

El tercer elemento de puteo, las invasiones normandas, se hizo especialmente intenso en la década del 850, en la que los normandos llegaron al Mediterráneo por Septimania; esto es, bajando el cauce de los grandes ríos franceses, se cruzaron el país de parte a parte. Para colmo, Bernard de Plantavelue en Borgoña, y Unifredo en Septimania, comienzan una larga serie de rebeliones de las casas nobles, cada vez más fuertes y seguras frente a la autoridad central del rey.

En el año 855, el viejo sueño católico-carolingio se diluye todavía más con la muerte de Lotario, que supone la división de su reino central en tres: Luis II, que fue proclamado emperador, recibió Italia; Lotario II recibió la entonces llamada Lotaringia, es decir la franja norte del reino; y Carlos, por último, recibió Provenza.

Por si fuesen poco las tensiones descritas, están las guerras entre los propios parientes. Luis el Germánico intentó, en el 858, invadir el frágil reino de Carlos el Calvo. En el 863, sería éste el que movería ficha, pues falleció su sobrino Carlos de Provenza, e intentó anexionársela. Sin embargo, en el 869, a la muerte de otro sobrino, Lotario II, entró en Lorena, fue coronado rey en Metz y se repartió el reino con su hermano Luis.

La muerte del emperador y rey de Italia, Luis II, ocurrió en el 875, momento que aprovechó Carlos el Calvo, que de verdad tenía una perra de cojones con eso de quedarse la Provenza, para quedarse con ella. Para llevar a cabo este plan, le mandó un e-mail al Papa Juan VIII, ofreciéndose como Rambo Imperial a destajo, siempre y cuando se le apoyase en sus pretensiones territoriales. El Papa dijo aquello de Dios lo quiere, y el mismo día de Navidad del 875, Carlos el Calvo era coronado emperador en Roma y, un año después, rey de Italia en Pavía.

Ese mismo año de 876 murió el hermano de Carlos, Luis el Germánico, y el reino oriental fue repartido entre sus tres hijos: Carlomán, Baviera; Luis, Franconia; y Carlos, llamado El Gordo, Alsacia, Suabia y Retia. Cómo no, su tío el alopécico, ya embarcado en el rollo imperial, se lanzó sobre ellos para destronarlos; pero le dieron hasta en el cielo de la boca en la batalla de Andernach. Entonces regresó a Italia y, apenas se había encontrado en Vercelli con el Papa, cuando un mensajero le trajo la noticia de que en la Francia occidental los nobles se habían levantado contra él. Montó una expedición contra ellos, pero murió (877) en pleno traslado.

El hijo de Carlos el Calvo, Luis II El Tartamudo, heredó el reino occidental de su padre, pero apenas tenía autoridad, porque aquel territorio adelantaba a pasos agigantados la Edad Media. Allí mandaban los nobles, y los normandos incursores (de hecho, fue la circunstancia de que aquellos francos necesitasen protección contra ellos, que sólo les podían dar los condes, que aceptasen rápidamente la servidumbre). En el 879, apenas llevaba dos años reinando, El Tartamudo la palmó, y fue sustituido como hombre fuerte del imperio por Carlos El Gordo, uno de los hijos de Luis der Deutscher, a quien hemos visto salir muy bien parado en la herencia de papá. Fatty repitió la jugada de su tío el calvo: se fue a ver al Papa, le prometió la reunificación del imperio, y consiguió ser coronado rey de Italia en Pavía en el 879 y, dos años más tarde, emperador. Además, en el 880 heredó los terrenos de su hermano Carlomán a su muerte, y en el 882 los de Luis II, lo que le permitió unificar el viejo reino de su padre.

A la muerte de Luis El Tartamudo, Carlos III El Gordo se reunió con los hijos de éste, Luis III y Carlomán, en la bella villa lorenesa de Grondeville. A ambos les garantizó su neutralidad en la herencia del tartaja, eso sí, a cambio de obtener una parte de Lorena. De hecho, Carlos el Gordo se convirtió en algo así como el guardaespaldas de los dos reyes francos, pues fueron sus tropas las que fueron a Provenza a guerrear contra un noble que se había hecho coronar rey, y que debía de estar bastante acelerado, porque se llamaba Bosón.

Luis III y Carlomán morirían en el 882 y 884, respectivamente, con lo que sus reinos pasaron a las manos de Carlos el Gordo; quien, por lo tanto, más o menos reunificó una vez más el imperio carolingio. Además, en el 887, cuando Bosón de Provenza murió, su hijo, Luis II el Ciego, le rindió pleitesía.

Todo, sin embargo, era un sueño. El Papa podía hacerse todas las pajas que quisiera en Roma pensando que tenía un emperador como los de Constantinopla (con todo y que el imperio de Oriente también tenía lo suyo…), pero no era verdad.  A finales del 885, los normandos saquearon París, y el emperador, en un gesto humillante, lejos de derrotarlos, aceptó el vasallaje de pagarles tributo. Tampoco pudo con Guido de Spoleto cuando se rebeló en Italia. En sus últimos años, además, Carlos el Gordo se volvió tolili e, incluso, buscando curarlo o mitigar su locura le trepanaron el seso, aunque no sirvió para nada. En el 887, meses antes de su muerte, fue depuesto. Y ahí se acabó todo.
Arnulfo, hijo bastardo de Carlomán, uno de los hermanos de Carlos el Gordo que había muerto tan prematuramente, se sublevó en Baviera y, el mismo año de la muerte del Gordo, fue coronado rey de Germania en Francfort (nueve años después, sería coronado emperador). Murió en el 899, momento en el que la Germania fue dividida entre sus dos hijos: Zwentiboldo se quedó con Lorena y Luis IV, llamado el Niño, reinó en el resto hasta su muerte en el 911, que la dinastía germánica de origen carolingio se extinguió, dejando paso a la Casa de Sajonia.

En Italia se produjeron guerras sin cuento entre nobles que habían casado con mujeres de estirpe carolingia, con lo que la corona imperial pasó como una falsa moneda: en el 891, Guido de Spoleto (casado con Adelaida, hija de Pipino y nieta de Carlomagno); Arnulfo, ya lo hemos visto, 896; 898, Lamberto de Spoleto (hijo de Guido y, por lo tanto, bisnieto de Carlomagno); 901, Luis III el Ciego, hijo de Bosón, el último que hizo un intento unificador (su legitimidad carolingia, bastante tenue, venía de que su padre, Bosón, se había casado  con Ermengarda, hija de Luis II rey de Italia y, por ello, nieta de Lotario, el primogénito de Luis el Piadoso); y en el 915, Berenguer I, rey de Italia, hijo de Eberardo de Friul y Gisela, la única hija de Luis el Piadoso.

Por lo que se refiere a la Francia occidental, a la muerte de Carlos el Gordo los nobles decidieron elegir mejor a alguien que les protegiese de los normandos, pasando del pedigree carolingio. En consecuencia, eligieron al defensor de París, el conde Eudes, como rey. Así, Eudes inició una dinastía inicialmente llamada Robertiana pero que pronto, a causa del mote que tenía uno de los sobrinos de Eudes, se llamó de los Capetos.

Los Capetos reinarían en Francia durante siglos. Pero no fue fácil su llegada. La presión de la legitimidad hizo que, en el 898, año de la muerte de Eudes, su hermano, el duque Roberto de Neustria, entronizase a un carolingio: Carlos el Simple, hijo de Luis el Tartamudo. Este rey de Francia tuvo un largo reinado y, además, en el 911 heredó las tierras de Carlos el Niño a su muerte. Sin embargo, en realidad sus fuerzas efectivas eran tan pocas que cuando Conrado de Sajonia se hizo con la Germania, no lo pudo impedir. Además, dentro de la propia Francia las tendencias disgregadoras eran muy fuertes: Guillermo el Piadoso en Aquitania, Vilfredo el Belloso en la vieja marca hispánica (Cataluña), Ricardo el Justiciero en Borgoña, Balduino II en Flandes, y el pesadísimo Rollón, jefe de los normandos, pasaban de su rey como de deglutir deyecciones y reinaban a su gusto.

En estas circunstancias, hasta Roberto de Neustria se alzó contra el rey y se hizo coronar. Carlos le venció y mató en Soissons, pero fue inmediatamente derrotado por un ejército de borgoñones. Radulfo capturó a Carlos el Simple y lo encerró en prisión, donde moriría (929).

Una última dilatación imperial, ya inútil, se produjo a la muerte de Radulfo, cuando el hijo de Roberto de Neustria, Hugo, llamado el Grande, se trajo de Inglaterra a un hijo de Carlos el Simple, Luis IV, llamado, con alguna exageración, de Ultramar. A este Luis IV se sucedió su hijo, Lotario; y a éste, su hijo, Luis V el Holgazán. Finalmente, en el 897, a la muerte de Luis V, el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto, se hizo proclamar rey, cerrando, para siempre, la puerta de la época carolingia.

Aunque no soy experto en genealogía, el otro hijo de Luis de Ultramar, Carlos; y el hijo de éste, Otón, heredaron de Luis el Niño, quien asimismo lo heredó de su hermano Zwentiboldo, el ducado de Lorena. Así pues, los carolingios entran en el siglo XI siendo ya, simplemente, duques de Lorena. Entiendo, por ello, que la casa de Lorena será la que recoge actualmente la sangre de Carlomagno.




Fue un sueño bonito. Pero mal colocado en el tiempo. Era una era centrífuga, como bien sabrán, pronto, o ya están sabiendo para entonces, los califas musulmanes que reinan en Hispania, y que se disuelven en reinos de Taifas cada día antes del Telediario. Sin embargo, por mucho que fallase, fue crucial para Europa, y para la identidad europea. De la mano de Alcuino de York (el desarrollador de la teoría de los siete cielos), y otros ideólogos religiosos, el imperio carolingio construirá una identidad capaz de ser reconocida desde los suburbios de Varsovia hasta la verja de los almonteños. Europa, después de Carlomagno, ya no volverá a ser lo mismo. Perdió la batalla con Bizancio, eso sí, por armarse como contrapoder imperial efectivo. Pero los Papas aprendieron la lección. Algunas décadas más tarde volverán con una nueva iniciativa, mucho más exitosa para el cristianismo occidental, que es lo que conocemos como Cruzadas.

Pero ésa es ya, otra historia, para otro momento. 

domingo, noviembre 13, 2011

Sin pecado concebida

Cualquier cristiano que se precie de serlo sabe que el acto fundacional de la Iglesia como institución es el momento en que Jesucristo le encomienda a Pedro levantarla, y le dice aquello de que lo que él ate en la Tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desate en la Tierra quedará desatado en el Cielo. De alguna manera, la totalidad de los muchos poderes eclesiales tienen esta frase por único sustento.

La Iglesia, en este caso católica, respondió a esta labor encomendada mediante una compleja red de conceptos y obligaciones, entre los cuales quizá los más importantes (y diferenciales respecto de otras escuelas cristianas) tienen que ver con el hecho de que los católicos no son libres de interpretar la Biblia a su gusto (por eso tienen un catecismo, entre otras cosas); concepto éste que asimismo sustenta otros importantes, como el de la infalibilidad del Papa.

Asimismo, la religión católica, o más concretamente la Iglesia que la articula, se expresa y organiza a través de unos sacramentos, entre los cuales se encuentra el de la confesión. Los católicos deben confesar a un sacerdote, al menos una vez al año, sus pecados de mayor o menor cuantía. La confesión debe ir acompañada de arrepentimiento por las faltas cometidas, dolor de corazón por ser un mal cristiano, y aceptación de la penitencia que el sacerdote, que en ese momento es un directo mensajero de Dios, quiera imponer.

La confesión es un elemento fundamental del entramado de la Iglesia católica y por eso, tal vez, sorprenda descubrir que, a día de hoy, más o menos faltan unos 400 años para que el catolicismo alcance el punto en el que ha vivido el mismo tiempo con y sin confesión. La confesión, tal y como la conocemos, no es algo que se pueda decir date de ayer por la tarde; pero, con las mismas, tampoco se puede decir que forme parte de las características fundacionales de la Iglesia.

En puridad, como decíamos, no hay nada en los Evangelios que diga, así, a las claras, que un seguidor de Jesucristo debe rendir sus pecados ante un sacerdote ni ante nadie que no sea Dios mismo. Desde luego, hay pasajes como el de Mateo en el que se describe a mogollón de personas llegando a Jesucristo de todas partes, muchos de ellos después de haber escuchado las prédicas de Juan; y se nos dice que fueron bautizados «después de haber confesado sus pecados». Se trata, sin embargo, de una confesión pública, no privada, y limitada a las grandes faltas realizadas por quienes ahora querían ser purificados. Este concepto de confesión, exomologesin en las primeras versiones griegas de Mateo, así se entiende: como una pública confesión de que hasta el momento se ha sido un grave pecador. Aun trescientos años después, Cipriano de Lapsis lo sigue entendiendo así: «Ante expiata delicta, ante exomologesin factam criminis (…)». La intervención, no del sacerdote, sino del obispo (o sea, el elegido como superior) se limitaba, en simbólica imitación del gesto bautismal del Cristo, a la ceremonia de imposición de manos, por la cual el pecador entraba, o re-entraba, a formar parte de la Iglesia.

La primera Iglesia no tiene confesión porque el esquema del que ella parte, que no es otro que la religión judía, también carecía de ella. Me refiero a la confesión como nosotros la entendemos. La confesión judía era pública y se refería a aquellas personas que habían cometido faltas gravísimas que habían provocado su apartamiento de la sinagoga, y que antes de ser readmitidas debían confiar y expiar sus pecados ante la ecclesia (asamblea) y, en el caso cristiano, con la intervención final, venturosa, del jefe de dicha iglesia, es decir el obispo. Los famosos esenios, por ejemplo, aparte de tener un largo cursus honorum de años hasta poder integrarse totalmente en la comunidad, tenían también esos procesos de apartamiento y exigencia de contricción para el regreso, reservados a los que no se portaban comme il faut.

Santiago, en su epístola, describe esta ceremonia en la que una persona se enfrenta a la enfermedad mediante la oración con los más ancianos de la Iglesia y mediante la confesión de sus pecados. Algunos exégetas dicen que la expresión utilizada en la carta, «confiesa tus pecados uno tras de otro», es el único rastro que hay en toda la Biblia de una confesión realizada a humanos; el resto de las confesiones de las escrituras sagradas cristianas tienen a Dios por único interlocutor.

La primera literatura de la Iglesia no hace sino confirmar estas ideas. Clemente, en su epístola a los corintios, que se dice escrita apenas sesenta años después de la teórica ejecución de Jesucristo, describe la confesión con estas palabras: «Estando lleno de buenos designios, con gran claridad de mente y confianza religiosa, tiende tu mano a Dios, rogándole para que sea piadoso contigo, si en algo has pecado contra Él en el pasado». El acto de la confesión es, pues, un acto privado entre el pecador y su Dios.

Orígenes, una de las principales fuentes de los primeros tiempos de la Iglesia cristiana, establece que la confesión no sólo es un acto privado, sino plenamente voluntario. Y lo hace utilizando un símil escatológico: «Así aquéllos torturados por la indigestión y que tienen algo dentro de ellos que permanece crudo en sus estómagos, no se sienten liberados sino mediante una adecuada evacuación; así los pecadores, que mantienen sus actos dentro de sus pechos sintiendo una angustia interna (…) mediante la confesión y la auto-acusación, se descargan de su peso».

¿Cuándo comenzó a cambiar esto? Bueno, como bien reza el catecismo creo que del padre Ripalda (yo soy más de Astete), otros padres tiene la Iglesia que sabrán contestar a esta cuestión; pero mi opinión personal es que es más o menos a mediados del siglo III cuando la Iglesia, ya razonablemente estructurada, empieza a mover ficha para comenzar a dar más importancia a la confesión, y alcanzar algún mayor nivel de control sobre la misma. La razón, muy probablemente, no es estratégica, sino movida por la necesidad. La necesidad nacida de que las asambleas de creyentes sean cada vez más masivas y, por lo tanto, la gestión asamblearia inherente a la confesión pública sea cada vez más complicada. Así, las denominadas Constituciones Apostólicas establecen por aquella época que, en el caso de que un cristiano hubiese cometido una falta que fuese contraria a las normas de la Iglesia, sería reconvenido, primero por el obispo; después, si aún persistiere, frente a tres o cuatro testigos de confianza; y, en tercer escalón, sólo si aún seguía sin doblar la cerviz, frente a la asamblea de los creyentes. Pero, como vemos, la confesión tal y como nosotros la entendemos, es decir la confesión de que tengo malos pensamientos del hijoputa de mi primo o deseo a la mujer de Fulano, no parece por ninguna parte. Sigue estando reservada para aquéllos que perpetran burradas suficientes como para colocarse fuera de la legalidad cristiana.

Sin embargo, a pesar de este cambio estratégico, es un cambio fallido a causa de un mal muy habitual de la Historia de la Iglesia: la corrupción. A partir del momento en que, en el seno del cristianismo, se admite la idea de que un pecador puede ser privadamente perdonado, surge el problema de las gentes venales o directamente delincuentes que reclaman su derecho a pertenecer a la Iglesia porque alguien (normalmente ayudado mediante el oportuno peculio o favor de otra naturaleza) dice haberlos perdonado. Es por esta razón que el citado Cipriano de Lapsis brama: «Homo Deo esse not potest major; nec remitere aut donare indulgentia sua servus protest, quod in Dominum delictum graviore, comissum est». Traducción libre, no muy literal: El hombre no puede ser superior a Dios ni, puesto que es su servidor, otorgar indulgencia a aquél que ha cometido una falta contra Él». Nadie, sentencia don Cipri, puede perdonar los pecados cometidos contra Dios, salvo Dios mismo.

No obstante la claridad con la que se expresaba Cipriano de Lapsis (y no será el único prelado de la Historia de la Iglesia católica que se preguntará quién se ha creído que es el hombre para hacer de Dios perdonando pecados) , como decía, la propia evolución de la Iglesia, su masificación, hace necesario acudir a ciertas soluciones. Sabemos, por ejemplo, que allá por el año 370 de nuestra era, siendo Basilio obispo de Cesarea, se nombraba un prelado en cada diócesis que operaba como los médicos clasificadores de las urgencias hospitalarias: escuchaba las confesiones del personal y decidía, él, cuáles debían «pasar» a la asamblea. No obstante, como digo estas reformas son fundamentalmente organizativas. Los padres de la Iglesia (así, Hilario de Poitiers, por esa misma época) siguen aseverando que el perdón de los pecados precisa únicamente de la confesión personal a Dios. El concilio de Laodicea (372) establece que deberá ser readmitido en la Iglesia el pecador que se entregue a «la oración para confesión», a la penitencia, y que se aparte del mal camino.

Agustín, obispo de Hipona, nos dice algunos años después, ya en el siglo V: «Illi enim quos videtis agere paenitentiam, scelera commiserunt aut adulteria aut aliqua facta immania; inde agunt paenitentiam. Nam si levia peccata ipsorum essent, ad haec quotidiana oratio delenda sufficeret». O sea: aquél a quien veáis haciendo penitencia ha cometido adulterio o algún otro pecado mayor; pues para los pecados veniales, la oración diaria basta para lavarlos. Vemos, por lo tanto, que cuatro siglos después de haber nacido la Iglesia cristiana, todavía la confesión, que no es del todo privada sino más bien fundamentalmente pública (sobre todo lo que es público es la penitencia; Agustín nos da la pista de que es perfectamente posible discernir al penitente), además, se refiere únicamente a los pecados de gran gravedad.

Unos pocos años después de su muerte, sin embargo, la tendencia hacia el establecimiento de un sacramento organizado de arriba abajo, que había comenzado allá por el 250 al menos según mi visión, toma cuerpo con el Papa León el Magno. Este vicario de Cristo establece una interpretación sacramental que es de gran importancia para la evolución de la confesión: aquélla por la cual tan efectivo para el perdón de los pecados son los rezos del pecador como los rezos del sacerdote. Hasta ese momento, en la creencia cristiana cada uno rezaba por sus faltas. Pero la reforma leonina introduce el «rezaré por ti»; introducción que, al menos en mi opinión, es de importancia fundamental para comenzar a construir el papel protagonista del sacerdote en el perdón de los pecados.

El Papa León hizo lo que hizo no exactamente por ambición de poder o control sino, una vez más como en otras mil y pico de la Historia eclesial, para evitar el escándalo y la corrupción. Como ya hemos visto, de tiempo atrás se había establecido la existencia del sacerdote que escuchaba los pecados de los feligreses y decidía sobre su publicación. Inmediatamente, surgió el problema de los obispos y prelados que, por razones varias entre las cuales no pocas veces se encontraban la envidia, el odio y todos esos sentimientos tan humanos que los curas alimentan como cualquiera, se dedicaban a publicar esos pecados incluso en ocasiones que no debían, exponiendo a los feligreses a escarnios innecesarios. No pocos obispos repugnaban de esta práctica y León la combatió.

Luchando contra esta práctica corrupta es como León hubo de sostener el principio de que la confesión ante el sacerdote ha de servir para expiar los pecados; esto es, decretó, por mucho que la medida tardase en imponerse, la muerte del principal elemento de la confesión en los primeros tiempos cristianos, cual es el conocimiento por el resto de la asamblea, y la penitencia pública. Decreta el padre santo: «Sufficit enim illa confessio quae primum Deo offertur, tunc etiam sacerdoti». O sea: ha de bastar la confesión que se ofrece primero a Dios y luego al sacerdote.

Sin embargo, los síntomas son de que los fieles no hicieron demasiado caso de esta recomendación. El Papa Simplicio, a finales del siglo V, tuvo que instituir una semana del año en cada una de las tres grandes iglesias de Roma (San Pedro, San Pablo y San Laurencio) para que durante dichos días los sacerdotes estuviesen dispuestos a recibir confesiones. En realidad, esta previsión papal es el primer testimonio que tenemos de confesiones celebradas dentro de las iglesias. Entrado el siglo VI, en la regla de San Benito, la confesión no figura entre las imposiciones a los monjes.

No es hasta finales de este siglo, en torno al 580, que se comienzan a redactar penitenciales, una especie de libros de instrucciones dedicados a la confesión y, sobre todo, al tiempo de penitencia de acuerdo con el pecado cometido. Gracias a los penitenciales que nos han llegado sabemos que, cuando menos en Grecia, en aquel entonces la confesión no se practicaba de rodillas, mucho menos mediando una celosía o cualquier otra división entre confesor y confesante, sino ambos protagonistas del acto sentados uno al lado del otro o frente al otro.

Por lo que respecta a España, existen indicios claros de que la confesión no era en modo alguno práctica común en el siglo VII. Isidoro de Sevilla, en aquella época, describe en sus escritos con gran meticulosidad las obligaciones y tareas de los obispos; y no menciona entre ellas el escuchar en confesión a los fieles. Se refiere a la penitencia de los pecadores, pero los describe manchándose el rostro y la cabeza de ceniza, así pues no es muy probable que se esté refiriendo a otra cosa que pecados de gran cuantía.

A pesar de ello, la Iglesia, como tal, avanza, muy despacio, pero avanza, hacia la protocolización de la confesión. El concilio de Chalons, en el año 650, redacta un octavo canon en el que afirma que la confesión frente a un sacerdote es una prueba de penitencia. Un canon que, claramente, trata de atraer a los fieles hacia el confesionario con la obvia contraprestación de evitarles la penitencia pública.

Sin embargo, la batalla del pequeño pecado no se ha ganado. Beda, en sus comentarios al evangelio lucano, también por esa época, considera que los únicos pecados que han de ponerse en conocimiento de la Iglesia son la herejía, el judaísmo, la infidelidad y el cisma. Los otros pecados existen, pero son lavados mediante la gracia divina buscada mediante la oración. De hecho, en fecha tan tardía aun encontramos casos de cristianos que prefieren confesar sus pecados a no profesionales. Así, los centenares de británicos que, durante la vida del eremita Guthlac, peregrinaron hacia su chabola para confesarle sus pecados; y que, a su muerte, erigieron en su memoria el monasterio de Crowland.

El segundo concilio de Chalons, 813, todavía se ve obligado a reconocer que la confesión no es un hecho obligatorio. El canon 33 nos dice: «Quidam Deo solummodo confitere debere dicunt peccata, quídam vero sacerdotibus confitenda esse percensent; quod utrumque non sine magnu fructu intra sanctam fit Ecclesiam». Más o menos: hay gente que dice que los pecados se confiesan con Dios; otros que dicen que hay que visitar al sacerdote; y ambas cosas se hacen en el seno de la Iglesia. Por lo tanto, el sacerdote era visto más como un consejero que como un juez, y su principal obligación era rezar por el pecador para auparlo hacia el Paraíso.

Sin embargo, la Iglesia quiere, claramente, imponer la confesión obligatoria, y pronto encontrará un elemento fundamental: las peregrinaciones. Heito de Basilea estatuye en el 820 que los penitentes que visiten la ciudad apostólica deben confesar en su lugar de origen sus pecados, «porque han de ser atados o desatados [de la Iglesia] por su obispo o sacerdote y no por un extraño». No es, en realidad, motivo de este post; pero algún día habría que hablar de las muchas querellas que provocó esta pregunta de, en peregrinando, quién es el pichi que tiene el derecho de lavar el alma del peregrino. Lo importante a efectos de los que aquí contamos es que las peregrinaciones, sobre todo cuando, cuatro o cinco siglos después, se hagan masivas, serán una vía importante para generalizar la confesión.

El aldabonazo final, sin embargo, llega con el año 1.000. Primero, por el enorme cambio que en la sicología colectiva del cristianismo provoca el milenarismo y la sensación, o más bien convicción, de que el mundo se acaba. Y, segundo, porque nada más comenzar a extinguirse los ecos de dicho milenarismo, llegarán la cruzadas, que serán el último gran elemento que necesitaba la Iglesia para dictaminar la obligación de confesarse.

En el 1095, durante el proceso de márquetin de la cruzada, el Papa Urbano II, propone, primero el perdón para todos aquellos que asuman la cruz, y luego la confesión como medio ideal para morir limpio, si es que uno ha de morir en los combates. Y no se quedó ahí. Estableció la posibilidad de redimir mediante la cruzada cualquier tipo de pecado, lo cual es enormemente discutible. Al menos, a mí me parece que tomar la espada para defender una Jerusalén cristiana no es razón suficiente, ni aquí ni creo que en el Cielo, para perdonar a, un suponer, un asesino en serie de niños de pecho. Sin embargo, Urbano no sólo puso una autopista hacia el Cielo para los miles de puteros, cabrones, ladrones, violadores y estafadores que se fueron a las cruzadas, sino que incluso estatuyó el perdón colectivo, perdón por compañías o batallones podríamos decir, que es algo, en mi modesta, teológicamente insostenible y humanamente una gilipollez.

Urbano, en todo caso, clavó los últimos clavos que hacían falta para fijar bien la confesión obligatoria. El sínodo de Gran, 1099, establece la confesión en tres momentos del año (Semana Santa, Pentecostés y Navidad) y, finalmente, el cuarto concilio Laterano, 1215, establece la obligación de confesar al menos una vez al año (así como la de comulgar al menos una vez, en Semana Santa). Lo sentencia su canon vigésimo primero: «Omnis utriusque sexus fidelis, postquam ad annos discretionis pervenerit, omnia sua solus peccata confiteatur fideliter (saltem semel in anno) proprio sacerdoti, et injunctam sibi poenitentiam studeat pro viribus adimplere». Todo cristiano, incluso si es mujer, una vez alcanzada la edad del uso de razón, deberá confesar al menos una vez al año con su sacerdote local, y arrostrar la penitencia.

En 1.200 años, por lo tanto, la confesión pasó por muchas etapas, que, de todas formas, se conforman claramente con las características de: voluntariedad, ausencia de la intermediación sacerdotal, y limitación del conocimiento por terceros, además del propio pecador y Dios, para los pecados de especial gravedad.

Con el IV Laterano, sin embargo, la Iglesia católica comenzó una etapa completamente nueva desde este punto de vista (entre otros; el IV Laterano también es el concilio que establece el dogma de la transubstanciación del cuerpo de Cristo en la hostia). A partir de entonces, su conocimiento sobre sus fieles será mucho mayor, y mucho más preciso.

Para bien, y para mal.

jueves, octubre 27, 2011

¿Qué conde?

Uno de los mitos más atractivos de la Historia de España es el del conde Don Julián. Es decir, el español cristiano que habría traicionado a su herencia, su raza y sus creencias, facilitando la llegada de las tropas mahometanas a España y abriendo con ello un largo periodo de dominación de los creyentes de Alá en la península. Mito polimorfo y polisémico, para unos significa el atraso secular creado por la llegada del infiel, para otros quiere ser la acción de un hombre enamorado del progreso que quiso, con ello, abrir los ventanales de España para que en su interior corriese el aire de la cultura y el progreso.

Polladas, en ambos casos.

El mito del conde Don Julián, que es eso, un mito, es, como casi todos los mitos, un destilado de varias cosas más complejas, que tienen que ver, no tanto en por qué los musulmanes nos escogieron para invadir, como por qué lo que había aquí se fue al carajo con tanta facilidad. En realidad, aunque muchos pueden pensar que Tariq metió el penalty, la verdad histórica, a mi parecer, nos dice que fue, más bien, Don Rodrigo el que no supo, o no pudo, pararlo.

La España que vieron los musulmanes desde su lado del Estrecho era una monarquía visigoda. Lo cual quiere decir que, teóricamente, era heredera del sólido montaje romano, aunque en realidad los siglos godos habían introducido debilidades manifiestas.

Lo que más nos importa del Estado visigodo es una cosa: nunca consiguió perfeccionar su sistema monárquico. La visigoda ha sido, de largo, la monarquía más republicana (o más puramente monárquica; depende del punto de vista) que ha habido jamás en España, combinada con un spoil system que acabó por labrar su perdición. Los godos eran un pueblo guerrero y, consecuentemente, le exigían a su rey que fuese el más bruto de la partida. Esta exigencia se ha acabado metaforizando en las monarquías haciendo del rey el máximo mando del Ejército, pero ya sin exigirle que sea una mala bestia parda. Los godos, sin embargo, nunca modernizaron este concepto, así pues seguían considerando que el rey era aquél que era capaz de apiolarse a todos los demás. Si el hijo de un rey resultaba ser un pollas flacucho, no tenían ningún reparo en tonsurarlo, cegarlo, degollarlo o hacerle cura, quitarlo de en medio, y elegir otro en su lugar. La corona visigoda no se heredaba; se ganaba.

En tal sentido, en el entramado político visigodo la nobleza tenía una importancia exponencialmente superior a la que encontramos en periodos posteriores que, en el imaginario de muchos, son el no va más del poder aristócrata. A poco compleja que sea una sociedad, un jefe militar no puede contar con su propio brazo para imponerse; necesita aliados, y por aquello todo aquél que, en el reino, era capaz de poner caballeros y espadones al servicio de una candidatura real, pasaba a tener un papel predominante en el país; y lo perdía, inmediatamente, cuando el rey palmaba y era sustituido (de ahí el componente de espolio). La mayor parte de las fortunas de los nobles dirigentes en cada momento eran poseídas causa stipendii, es decir en directa vinculación con los servicios prestados. Si no hay servicio, no hay fortuna. Cuando los reyes tenían necesidad de deshacer un juramento previo, como le pasó a Égica por prometer a su antecesor, Ervigio, que protegería a su familia, se convocaba un concilio en Toledo y automáticamente los obispos se buscaban una buena razón teológica para justificarlo.

La monarquía visigoda, por lo tanto, se acabó conformando como una especie de club de Montescos y Capuletos, con agravios y venganzas acumulados en pasados tránsitos del poder, siempre dispuestos a enfrentarse, y a traicionarse. No debe extrañarnos, por lo tanto, que Recaredo tuviese que sofocar la rebelión del obispo Ataloco, el conde Granista y el conde Vildigerno, la del obispo Sunna y los nobles Segga y Viterico, y la del conde Argimundo. O la traición de Viterico a Liuva. O las rebeliones contra Suintila de Judil y Gelia, que para colmo era su hermano. Finalmente, Sisenando y Dagoberto depusieron a Suintila. Al rey Tulga lo depuso Chindasvinto. En el reinado de Recesvinto, Froia, con un ejército euskaldún, llegó a sitiar Zaragoza (toma ya mito del árbol Malato, o sea que los vascos nunca han luchado salvo para defender su territorio). Hilderico le dio un golpe de Estado a Wamba, pero no fue el único. Contra el rey con nombre de zapatilla también se alzaron el obispo Gunildo, el duque Renosindo, o Hildigiso, que para colmo era gardingo, o sea personal de confianza, del rey. Fue Ervigio, sin embargo, el que se lo acabó llevando por delante.

Un gran defecto de este sistema es que se autoalimenta. Una monarquía, para evolucionar, necesita sacar al rey de la condición de guerrero más poderoso de la manada. Sólo de esa manera el rey podrá ser un buen estratega, o un buen estadista, o alguna otra habilidad interesante para ampliar el poder y las fronteras de la nación. Sin embargo, cuando una monarquía entra en un bucle de dominación violenta; cuando se autocondena a ejecutar, cada pocos años, la instrucción GOTO A_hostia_limpia.exe, jamás sale de él.

En la monarquía visigoda falló, además, la única institución que podía haber estabilizado las cosas: la Iglesia. La Iglesia, receptora de la legitimidad de los reyes (ante Dios), es el principal elemento estabilizador de las monarquías en los siglos posromanos premedievales, como bien sabe Carlomagno. La Iglesia toledana visigoda, sin embargo, no es más que una extensión del poder monárquico, le rinde pleitesía o se rebela contra él; no hay zonas grises. En los siglos subsiguientes, los abades herederos de aquellos obispos disfrutarían los beneficios de esta política en forma de tierras y privilegios para conventos, catedrales y demás. Sin embargo, la actitud pastueña, yo casi diría que corrupta, de la Iglesia en tiempos visigodos, no tuvo otro resultado que impedir la consolidación de auténticas estructuras de poder.

En los minutos de descuento, la monarquía visigoda descarriló. Chindasvinto llegó al poder tras una más de las muchas conspiraciones que animó o dirigió y, nada más ocupar el trono hispánico, comenzó un auténtico genocidio entre los partidarios de sus antecesores. En un espectáculo estalinista, purgó buena parte de los efectivos de las 700 familias principales del país. Lo hizo para dejar Hispania sin nobles que le compitiesen en fuerza, porque ambicionaba el trono para su hijo Recesvinto. Éste, que efectivamente heredó el trono, trató de pacificar el país, pero era tal el nivel de enfrentamiento que Chindasvinto había dejado tras de sí que las crónicas hablan de su reinado con la expresión «confusión babilónica». Wamba, de nuevo, practicó la mano dura, para poder pacificar el país. Ervigio, que le siguió, operó en sentido contrario. A sus partidarios, Iglesia incluida, les dio todo, y se puede decir que inauguró el feudalismo al declarar conforme a la ley que los patrocinados y clientes luchasen en ejércitos levantados por sus señores. Egica, su yerno, profundizó en la labor, persiguiendo con saña a sus enemigos y despojándolos de todo lo que tenían (familiares de Ervigio incluidos). Vitiza fue un rey conciliador, que concedió amnistías y devolvió tierras.

Pero Vitiza murió en febrero de 710, dejando tras de sí tan sólo hijos menores de edad, y un país embarcado en una sangrienta lucha de poder que duraba ya cien años. Los nobles de su círculo, probablemente implicados en la labor conciliadora del monarca y conscientes de que el problema hacía ya inviable una monarquía peninsular, pensaron en la división de España entre los hijos. Sin embargo el llamado Senado, es decir la asamblea de nobles y prelados que tenía la prerrogativa constitucional de elegir al nuevo rey, y que tantas veces en los últimos siglos había votado con un cuchillo apretándole la yugular, se opuso a la solución, que consideró una reforma constitucional de excesivo calado. Haciendo uso de símiles modernos, podemos imaginarlos, airados, gritando eso de: «¡España se rompe!»

El Senado, pues, rechazó una solución, digamos, romana para España; la misma división en imperio de Oriente y de Occidente, sólo que en plan cañí. Para defender su constitucionalidad, decidieron nombrar a un rey. Siguiendo su tradición, eligieron a uno muy bestia, Don Rodrigo, gran general. Lo primero que tuvo que hacer fue guerrear contra el partido de Vitiza. Las crónicas contemporáneas nos dicen que Rodrigo tumultuose regnum invadit. O sea, que tomó la corona por la fuerza. Esto quiere decir que en aquella España del 710, hace ahora pues 1.401 años, hubo una guerra civil, una de las primeras. El bando de Vitiza fue vencido y sometido, pero no arrasado.

Mientras tanto, los musulmanes habían llegado a Gibraltar y a Ceuta, donde se encontraron con una inesperada oposición. Se encontraron allí con un gobernador que era fiel a Vitiza; o sea, no es por nada, pero la población ya tenía vínculos con Hispania antes que el Magreb fuese musulmán; lo digo más que nada porque a veces, cuando uno escucha o lee a los marroquíes interesados o a los españoles despistados, da la impresión de que los hispanos llegaron a Ceuta el mes pasado por calendas.

Este pollo es el que se llamaba Olbán, o tal vez Urbán, Ulyan, Alyán o, quizá, sólo quizá, Julián. Es probable que fuese cristiano, aunque difícilmente sería godo ni romano; Sánchez Albornoz, por ejemplo, lo dice bereber. Vitiza había estado enviándole pertrechos y armas para resistir al moro; pero al morir el rey y derrumbarse el Estado, Julián quedó solo, y capituló. Pero capituló reteniendo el mando de la plaza, por lo que, básicamente, lo que hizo fue cambiar de señor.

La Crónica de Albelda nos dice: Sarraceni evocati Spanias occupant. O sea: «los sarracenos, llamados para ello, ocuparon España». Y Alfonso III, en su crónica histórica, va más allá: Ob causam fraudis filiorum Uitizani sarraceni ingressi sunt Spaniam. Por un engaño de los hijos de Vitiza, los sarracenos entraron en España.

No hay, pues, un conde Don Julián que traiciona a toda España. Lo que hay es lo mismo que hubo cuando Franco llamó a Mussolini y Hitler: un bando de la guerra civil concita ayuda extranjera para ganarla.

Al Tariq, general coránico, consulta con su jefe, Muza, quien asimismo manda un e-mail al califa de Damasco. Éste, desde las tierras ya totalmente mahometanas, le indica a sus adelantados que vale, que pasen el Estrecho y comprueben lo que hay allí. En julio del 710, un adelantado de nombre textil, Tarif abu Zara, desembarca en el lugar al que daría nombre Tariq, Tarifa, con 500 hombres. Tras esta primera llegada, Tariq ibn Ziyad prepara la invasión.

En ese momento, para colmo, los abertzales se ponen a dar por culo.

Hay historiadores que destacan el hecho de que los vascos, en tiempo de los godos, solían aprovechar los momentos de debilidad o de luchas intestinas del Estado visigodo para atacarlo. Le pasó a Leovigildo cuando llegaron a España los bizantinos, o a Sisebuto a la muerte de Recaredo, con la cuestión arriana todavía hirviendo. Así las cosas, no es nada extraño que los euskaldunes, conocedores de la división del país entre vitizianos y rodrigueros, dijeran ésta es la mía y allá que me voy.

Hacia el infinito y más allá, como Buzz Lightyear, los vascos tiraron hacia el sur, que era lo que más les gustaba cuando arrasaban, y bajaron y bajaron hasta que se encontraron con las tropas de Rodrigo, que llegaban a enfrentarse con ellos. En la madrugada del 28 de abril del 711, mientras Rodrigo y los vascones guerreaban en el norte, Tariq desembarcó en la entonces llamada roca de Calpe, pero que sería renombrada por los musulmanes como la roca de Tariq, Yabal Tariq, o, como lo pronunciamos nosotros, Gibraltar. Unos siete mil hombres fueron transportados, probablemente en barcos facilitados por el jefe de Ceuta.

Conocedor Rodrigo de la invasión, tomó el camino hacia el sur, mientras Tariq avanzaba por la calzada romana hacia Sevilla, reforzado con 5.000 hombres más que le envió Muza. Finalmente, en Guadalete, en la confluencia de dos vías romanas, los ejércitos se encontraron.

Nunca sabremos si Tariq tenía o no una quinta columna en el ejército godo. A mí me parece bastante probable que sí. Los ejércitos se vigilaron, sin atacarse seriamente, durante dos días, dos jornadas que fueron aprovechadas por los partidarios de Vitiza para minar la moral de las tropas hispanas. Finalmente, cuando se produjo la batalla, los nobles vitizianos, en unión de sus clientes y amigos, se pasaron al otro bando con armas y bagajes. Aunque Rodrigo pudo resistir un tiempo, ya no pudo evitar la derrota, y su propia muerte. Vana fue la batalla que los restos del ejército visigodo presentaron poco después en Écija.

El 11 de noviembre del 711, en Toledo, Tariq decretaba la dominación musulmana sobre España.

La invasión musulmana berberisca de España, por lo tanto, fue un proceso en buena parte inevitable. La presión de los coránicos era muy fuerte y, de haber sido derrotado Tariq, sin duda habría habido más expediciones. Pero, además, tuvo su lógica en las serias imperfecciones de la monarquía visigoda, que nunca llegó a estructurarse. Como consecuencia, todos los que pacían en el solar español salieron perdiendo, excepción hecha, quizá, de los judíos, que en Toledo pactaron con Tariq. Para los godos, la dominación damascena supuso la desaparición o, más bien, la mutación en una monarquía, la asturiana, que debió iniciar un doloroso proceso de reinvención que no fue nada fácil. Y perdieron los vascos, que meses después de la proclamación de Tariq, durante la expedición de Muza por el cauce del Ebro, habrían de ir a postrarse a sus pies como buenos vasallos; lo cual no les libró de ver arrasadas sus tierras, notablemente Vitoria, durante trescientos años. Con el tiempo, acabarían enviando vírgenes al harén de Almanzor. Such is life.

Lo que no hubo fue traición alevosa. Hubo una alianza mal calculada en el marco de una guerra civil.

Una más de las muchas.

domingo, agosto 28, 2011

Falsas historias

Que en el mundo siempre ha habido caraduras es algo que nos dijo Santos Discépolo hace más de un siglo. Sin embargo, una de las cosas que aceptamos con facilidad es que todo lo que pertenece al pasado es como nos llega descrito, sin pararnos a pensar que los hombres de la antigüedad tenían la misma falta de escrúpulos que tenemos nosotros hoy en día. De hecho, ésta es una limitación insalvable de la Historia conforme se refiere a periodos más antiguos, por cuanto, más atrás en la edad del hombre, los testimonios se hacen más escasos y, además, la probabilidad de que los que hayan sobrevivido sean creaciones interesadas es mayor. En efecto, las creaciones de la propaganda tienen la virtud de ser ampliamente distribuidas, lo cual mejora sus posibilidades de haber sobrevivido al paso del tiempo. Es, por ello, bastante difícil que nos podamos hacer una idea cabal de lo que ocurrió en muchos periodos de nuestro pasado.

Pero hay un paso más, que es aquél en el cual los contemporáneos de los hechos hoy narrados como parte del pasado intentaron cambiarlos deliberadamente. En este punto, entramos en el terreno de las falsificaciones. Contra lo que se pueda pensar, el pasado del hombre está petado de falsificadores y falsificaciones; lo que ocurre es que, muy a menudo, han sido descubiertas porque la falsificación perfecta, como el crimen perfecto, casi no existe. Hoy quiero hablaros de esas falsificaciones y, precisamente porque son muchas, me centraré sólo en tres; dos de ellas por su elevada importancia histórica; de hecho, ambos casos nos deben hacer reflexionar, porque vienen a demostrar que una mentira puede llegar a mover la Historia. La tercera la cito porque se produjo hace tan poco tiempo que muchos somos contemporáneos de la misma.

La primera, y probablemente, mayor falsificación de la Historia es la perpetrada por un Papa, Esteban II. El bueno de Stephen, como casi todos los vicarios de Cristo, vivía en Roma y defendía, de consuno, la primacía política y espiritual de la sede romana. Pero tenía un problema. En el siglo VIII en el que vivió, el Imperio Romano, que era la organización política de referencia para el mundo occidental (tanto que, décadas después, Carlomagno lo resucitaría) se había dividido en dos grandes comunidades autónomas: el imperio occidental, con centro en Roma; y el oriental, con centro en Costantinopla y que conocemos como Bizancio.

Bizancio, que en su inicio era como una sucursal imperial, resultó ser una organización política y social mucho más dinámica que la vieja Roma, invadida de godos y querellas. A su manera iba desarrollando su propia religiosidad, lo cual lo alejaba de la disciplina del de blanco; y, sobre todo, desarrollaba un gran poder temporal alrededor de su emperador, que se consideraba por encima del papal. Los emperadores de Bizancio, en efecto, musitaban en privado aquello que Stalin dijo del Papa en Yalta: «¿Tan poderoso es? ¿Cuántas divisiones tiene?»

Esteban sabía que sólo era cuestión de tiempo que el papado acabase atraído por el centro de poder bizantino, lo cual le haría perder toda su autonomía. Así pues, hizo llamar a sus mejores amanuenses, los cuales elaboraron la llamada Constitutio Constantini, un documento falso de toda falsedad pero sin el cual difícilmente existiría hoy la cúpula de San Pedro levantada por Miguel Ángel.

En la conocida como donación de Constantino, el emperador romano afirma que abandona Roma para no tener que ejercer su poder en la misma sede que el Papa (de aquella, Silvestre I), pero ofreciendo antes a éste la abdicación de su corona; esto es, donando al Papa el Imperio.

La donación de Constantino fue publicada en el año 754, esto es 430 años después de que Constantino realizase dicha teórica donación, sin que nadie, al parecer, se preguntase seriamente por qué había estado más de cuatro siglos perdida. Y es un documento de grandísimo valor porque es en él en el que se ha basado todo el poder temporal de la Iglesia Católica hasta, como poco, el siglo XV. Por mor de la donación de Constantino, todos los reyes de Europa, emperadores incluso, no dejaban de ser usufructuarios de un derecho que en realidad reposaba en las manos del Papa, pues era a éste a quien se le había legado el poder imperial. Obviamente, con la llegada en el Renacimiento del concepto de nación, de rey responsable ante Dios y ante la Historia y bla, éste entra en directo conflicto con el concepto de la donación, con lo que el poder temporal del papado comienza a diluirse; pero para entonces el Vaticano ya era una institución tan rica como influyente, capaz de asentarse en otras pilastras para permanecer.

La donación de Constantino es también la base del teórico derecho papal de posesión de Roma e incluso de casi toda Italia, que sustentó la creación de los Estados Pontificios y aún en la segunda mitad del siglo XIX fue un serio obstáculo para la creación de la nación italiana.

No fue hasta el siglo XV que un docto italiano, Lorenzo Valla, demostró la falsedad del documento, a base de profundizar en el latín del mismo que, demostró, no podía haber sido usado por Constantino por contener usos y giros impropios de su era. O sea, más o menos que como si alguien se inventase ahora una pretendida carga de Robespierre a los españoles en la que utilizase palabras como troncos, guay, o fistro. Desde la propia iglesia, Nikolas Krebs, al que conocemos más como Nicolás de Cusa, fue quizá el primer teólogo que afirmó la falsedad del documento.




En 1868, un tal Hermann Gödsche, escritor que firmaba con el seudónimo Sir John Retcliffe, publicó una novela, titulada Biarritz, en la que lanzaba la idea de que la existencia de un grupo secreto de judíos que pretendía la dominación del mundo. Gödsche, sin saberlo, había puesto la primera piedra de la segunda gran falsificación de la Historia, que habría de ser enormemente sangrienta.

Todo surgió en los desagües de la Rusia zarista autocrática. En los inicios del siglo XX, el zar Nicolás II vivía bajo la creciente preocupación de los grupos subversivos, anarquistas, socialistas, nihilistas y mediopensionistas, que cada vez eran más pujantes en el país y ya algún año antes se habían llevado por delante a algún monarca. Debió de pedir a sus especialistas en espionaje que hicieran lo necesario para parar aquello, y algunos de estos espías decidieron que una forma de mantener al pueblo ocupado y lejos de las teorías revolucionarias sería buscarle un enemigo (esto no es nuevo; los nacionalismos viven de esto los días pares, y los impares, también). Conociendo la idiosincrasia del ruso medio, este enemigo no podía ser otro que los judíos. Cualquiera que ocupe dos minutos en leer la historia eslava comprobará que, en efecto, los judíos son los maketos de Rusia.

En las cloacas del zarismo, probablemente, se redactaron los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, que se dieron a la luz pública en 1903 y se supone contenían las comunicaciones realizadas en una reunión secreta de la Sociedad de los Sabios de Sión, o sea el Club Chorrenberg de la época. Esta reunión, se decía, había tenido lugar en 1879 en Basilea, y de la misma había salido un programa para la dominación del mundo por los judíos (una vez más, nunca se explicó por qué dicho programa estuvo 25 años durmiento el sueño de los justos). Concretamente, según los protocolos los planes hebreos eran: corromper a la juventud «mediante una educación subversiva»; dominar a los pueblos a través de sus vicios; acabar con la institución familiar, desacreditar la religión, activar la lujuria y «mantener divertidas a las gentes para impedirles pensar», entre otras cosas. Por supuesto, también se proyectaba realizar la bancarrota internacional.

Hay que reconocer que les ha salido de coña. Aunque, bueno, también puede ser que los protocolos sean un ejemplo más de eso que las pitonisas y mediums de vía estrecha hacen cada lunes y cada martes en la tele y en la radio: a base de contarte cosas obvias, te dan la impresión de que saben la hostia sobre el futuro.

Cierto es que Nicolás II se acabó giñando, al ver el resultado de la campaña, y ordenó retirar los libros de la circulación; para entonces, sin embargo, los protocolos ya habían sido traducidos y media Europa los creía. En 1921, un periodista británico, Philip Graves, demostró la falsedad de los protocolos, en 1935, una corte suiza, a causa de una demanda de la Unión de Comunidades Israelitas, dictaminó judicialmente su falsedad, sentencia que fue ratificada en apelación en 1947. Pero para entonces daba ya igual. Muchas personas los creyeron, y los creen incluso (ya en los setenta, el rey Feisal de Arabia Saudita obsequiaba a sus visitantes con un ejemplar; y no hace ni un mes que he pillado un mensaje en un muro de Facebook que los citaba).

Entre los creyentes se cuenta un desclasado nacido en Linz, que probablemente los leyó durante su primera residencia en Munich, cuando vivía casi como un sin techo y se sostenía, apenas, a base de vender copias al carboncillo de monumentos de la ciudad que él mismo pintaba. Ese joven decía llamarse Adolf Hitler, y al calor de la pretendida necesidad de reaccionar a la conspiración judía mundial, asesinó a tres millones de personas y dictó la más cruel legislación xenófoba de los tiempos modernos en el mundo occidental.

Pero no siempre los intereses de la falsificación son la propaganda y el poder. Las más de las veces, es el dinero. Quizá el mayor falsificador por pasta del que tiene idea la Historia sea el francés Denis Vrain-Lucas, quien llegó, él sólo, a crear en sólo tres años más de 27.000 documentos falsos, que incluían desde cartas de Julio César hasta confidencias de la corte barroca francesa, y que vendía a muy buen precio antes de ser descubierto. Con todo, el escándalo crematístico que mejor recordarán algunos de mis lectores será el que perpetraron un periodista, Gerd Heidemann, y un peripatético anticuario, Konrad Kujau. Kujau era un conocido nostálgico del nazismo; tenía una tienda de recuerdos nazis en Stutgardt, y era muy aficionado al saludo fascista. Ya de natural falsificador, cuando se registró su casa se encontraron en la misma cuadros falsos de Goya, Durero o Rembrandt.

Heidemann puso sus contactos en una revista importantísima alemana, Stern, y Kujau sus conocimientos sobre Hitler. Juntos, crearon los diarios del Führer, hasta un número de setenta cuadernos. El anuncio del descubrimiento conmocionó a la Alemania de finales de los setenta. El gobierno alemán exigió pruebas, con lo que al instante se inició una larga batalla con la revista que culminó con la entrega por parte de ésta de siete de los setenta cuadernos. Del análisis de dichos cuadernos quedó establecida, sin lugar a dudas, la falsedad de los diarios.

Dos fueron las pistas que llevaron a los investigadores a esta conclusión. En primer lugar, como en la donación de Constantino, el lenguaje presuntamente utilizado por Hitler en sus diarios era incompatible con el de un austríaco de formación bávara de principios del XX (aparte de que, en algún cuaderno, Kujau había metido la pata y resultaba que Hitler comentaba hechos que se habían producido después de su suicidio; pero esto no hacía sino alimentar a los mistabobos que opinaban que Hitler estaba vivo). La segunda pista era más moderna: ni el papel, ni la tinta, ni el cordón, ni el lacre de los presuntos cuadernos era el de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, sino más moderno. Además, estaban los testimonios de la vida del dictador alemán. En primer lugar, no tenía sentido que Hitler comenzase a escribir un diario en el año 33, dado que su actividad política había sido frenética ya con anterioridad. Por lo demás, personas que convivieron con él dejaron bien claro en sus memorias que Hitler odiaba escribir a mano; sin mencionar en el hecho de que, en los últimos años o meses de su vida le habría sido penosamente difícil hacerlo por el mal de Parkinson galopante que sufría.

Los falsificadores fueron finalmente juzgados y condenados. Pero llegaron a cobrar 3,75 millones de dólares de la revista alemana, y los derechos de publicación de los diarios se subastaron en todos los países. Los compró Paris-Match, el semanario italiano Panorama y The Sunday Times. ¿En España? Pues en España hubo una subasta a la que se presentaron la agencia Efe (hay que joderse; con dinero público) y las revistas Hola, Cambio 16 y Tiempo, resultando ganadora ésta última, que apoquinó 21 millones de pesetas de la época.

No estoy seguro, pero creo que la memoria no me falla si digo que algún «cuaderno» llegó a publicarse por parte de la revista, pero ésta suspendió la publicación a las pocas semanas, una vez que el engaño fue ya innegable.