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martes, diciembre 19, 2023

Mafiosos de leyenda: Frankie Carbo (y 2)

Aquí os dejo otros post que he ido escribiendo sobre el crimen organizado.

La Mafia en sus orígenes
Mano Negra, Mano Blanca
El nacimiento del Sindicato del Crimen
Johnny Torrio
Dutch Schultz
Arnold RothsteinAbe Atell
Frankie Carbo (1)
Frankie Carbo (2)


Las tomas sobre Apalachin
El sargento Croswell descubre a Joseph Barbara
Todo empezó con un cheque falso
Ganamos, pero perdimos

Con el tiempo, Frankie Carbo acabó por ser el gran jefe del mundo del boxeo, por encima de todos los demás. El hombre que había dominado la escena antes que él era Mike Jacobs; pero Mike estaba cada vez más mayor. Carbo y Jacobs, por lo demás, estaban lejos de ser ese tipo de gangsters rivales dispuestos a matarse en una guerra cruenta. Eran amigos, y se escuchaban a menudo. Carbo, de hecho, fue quien convenció a Jacobs de que era tiempo de quitarse de en medio. Jacobs le vendió su Twentieth Century Boxing Club al Madison Square Garden por 100.000 dólares. La operación le aseguró la jubilación pero, por el camino, dejó espacio para el IBC de Carbo, que adquirió los derechos a organizar combates en el Madison. Entre 1949 y 1955, de los 51 campeonatos de los pesos welter y medios que se celebraron en Estados Unidos, la IBC organizó 47. El IBC negoció sustanciosos contratos con las cadenas de televisión, que retransmitían dos veladas a la semana. En cada una de esas veladas, Frankie Carbo se llevaba tajada de la publicidad, y los anunciantes mataban por estar ahí.

lunes, diciembre 18, 2023

Mafiosos de leyenda: Frankie Carbo (1)

Aquí os dejo otros post que he ido escribiendo sobre el crimen organizado.

La Mafia en sus orígenes
Mano Negra, Mano Blanca
El nacimiento del Sindicato del Crimen
Johnny Torrio
Dutch Schultz
Arnold RothsteinAbe Atell
Frankie Carbo (1)
Frankie Carbo (2)


Las tomas sobre Apalachin
El sargento Croswell descubre a Joseph Barbara
Todo empezó con un cheque falso
Ganamos, pero perdimos


Frankie Carbo era el prototipo del mafioso. Igual que Henry Hill, el personaje central de Goodfellas, en sus mejores momentos tenía armarios enteros repletos de chaquetas y trajes hechos a medida. Era un hombre absolutamente carente de ética que, si no resolvía los problemas por las buenas, los resolvía por las malas; y parecía preferir siempre la segunda de las opciones.

viernes, diciembre 15, 2023

Mafiosos de leyenda: Abe Attell

 Aquí os dejo otros post que he ido escribiendo sobre el crimen organizado.

La Mafia en sus orígenes
Mano Negra, Mano Blanca
El nacimiento del Sindicato del Crimen
Johnny Torrio
Dutch Schultz
Arnold Rothstein
Abe Atell
Frankie Carbo (1)
Frankie Carbo (2)


Las tomas sobre Apalachin
El sargento Croswell descubre a Joseph Barbara
Todo empezó con un cheque falso
Ganamos, pero perdimos


 

Cuando me ocupé en el blog de la mayor manipulación de una final deportiva en la Historia, es decir, de la biografía de Arnold Rothstein, dejé apuntado el compromiso de hablar un poco más sobre la vida y milagros del que fue su guardaespaldas y hombre de puños, Abe Attell. Parece que ha llegado el momento de cumplir esa promesa.

jueves, diciembre 14, 2023

Mafiosos de leyenda: Apalachin (y 3: Ganamos, pero perdimos)

  Aquí os dejo otros post que he ido escribiendo sobre el crimen organizado.

La Mafia en sus orígenes
Mano Negra, Mano Blanca
El nacimiento del Sindicato del Crimen
Johnny Torrio
Dutch Schultz
Arnold Rothstein

Y las tomas de esta miniserie:

El sargento Croswell descubre a Joseph Barbara
Todo empezó con un cheque falso
Ganamos, pero perdimos

En la mañana que comenzó la reunión de Apalachin, como os he dicho, Edgard Croswell y Vincent Vasisko, acompañados por los dos agentes venidos de Nueva York, estaban desinflados. Su impresión era de que habían pinchado en hueso. Pero, aun así, eran trabajadores, y meticulosos. No iban a dejar lo que habían empezado. Así pues, se fueron, de nuevo, al Parkway Motel de Vestal.

martes, diciembre 12, 2023

Mafiosos de leyenda: Apalachin (2: Todo empezó con un cheque falso)

 Aquí os dejo otros post que he ido escribiendo sobre el crimen organizado.

La Mafia en sus orígenes
Mano Negra, Mano Blanca
El nacimiento del Sindicato del Crimen
Johnny Torrio
Dutch Schultz
Arnold Rothstein

Y las tomas de esta miniserie:

El sargento Croswell descubre a Joseph Barbara
Todo empezó con un cheque falso
Ganamos, pero perdimos



La tarde del 13 de noviembre de 1957, Croswell y su compañero, un patrullero llamado Vincent Vasisko (murió en el 2003 a los 77 años, así pues en el tiempo que relatamos tenía 31 años), se detuvieron en el Parkway Motel de Vestal. Estaban haciendo una investigación bastante rutinaria: en dicho establecimiento se había cobrado un cheque falso, así pues iban para levantar el atestado y todo eso.

lunes, diciembre 11, 2023

Mafiosos de leyenda: Apalachin (1: El sargento Croswell descubre a Joseph Barbara)

 Aquí os dejo otros post que he ido escribiendo sobre el crimen organizado.

La Mafia en sus orígenes
Mano Negra, Mano Blanca
El nacimiento del Sindicato del Crimen
Johnny Torrio
Dutch Schultz
Arnold Rothstein

Y las tomas de esta miniserie:

El sargento Croswell descubre a Joseph Barbara
Todo empezó con un cheque falso
Ganamos, pero perdimos


El 20 de noviembre de 1990, sin gran conocimiento público, falleció, a los 77 años, un veterano policía de Nueva York, ya jubilado. Se llamaba Edgar Croswell y, como digo, su muerte, aunque se publicó en los periódicos, no fue una noticia de primera plana aquel día. Croswell, sin embargo, era uno de esos hombres que había hecho algo que, hasta que llegó él, algunos se habían acercado, pero no habían podido. Su actuación marcó un antes y un después en la Historia del crimen organizado en Estados Unidos. Porque fue Croswell, con su meticulosidad y su instinto, quien consiguió realizar la mayor operación jamás montada por la policía contra la Mafia italiana en el país. Una operación que no llegó a nada y, paradójicamente, al mismo tiempo llegó a todo.

viernes, marzo 16, 2012

El triunfo de los ratas


A menudo, los ciudadanos del hoy no nos damos cuenta de que las cosas no fueron siempre como son ahora y que, en consecuencia, algunas cosas que hoy parecen de gran sencillez, en el pasado fueron enormemente complejas.

Una de esas cosas es el reconocimiento de los delincuentes. En un mundo sin fotografía, sin cámaras ni huellas dactilares, los policías solían pasar, nos dicen  las crónicas, horas enteras en las cárceles, observando a los presos ya trincados. Partían de la base de que aquellos delincuentes, con probabilidad, delinquirían de nuevo tras salir del maco y, por eso, era importante memorizar sus rasgos.

Hasta hace un par de horas, históricamente hablando, todo lo que tenían los investigadores de los crímenes para resolverlos era las pruebas; y no siempre en las mejores condiciones. A decir verdad, si de antiguo se ha desarrollado la inteligencia del ser humano para delinquir, también lo ha hecho aquélla que sirve para luchar contra el crimen. Un libro chino del siglo XI nos cuenta la historia de un hombre que tuvo que investigar un asesinato en una zona rural. Al pie de una carretera, hizo reunir a todos los jornaleros de la zona, que acudieron con sus hoces en la mano. Entonces les dijo que colocasen la hoz en el suelo, delante de sus pies, y esperó. A los pocos minutos, las moscas que por ahí pululaban volaban sobre una de las herramientas; aquélla que se había manchado con la sangre del finado, sangre de la que, a pesar de haber lavado la hoja el asesino, quedaban trazas suficientes como para que las moscas las oliesen.

Así pues, la investigación de los crímenes siempre ha tenido sus desarrollos; pero qué duda cabe que poder utilizar las características personales de los sospechosos para trincarlos es una ayuda de primer nivel que, en ausencia de testigos directos, no se ha podido usar hasta hace bien poco tiempo.

La invención de la fotografía mejoró las condiciones de los que persiguen a los malos; aunque no del todo, porque todo el mundo sabe dejarse la barba, o cortársela. En realidad, el primer paso serio hacia la correcta identificación de los delincuentes lo dio un oscuro policía, un funcionario de despacho, llamado Alphonse Bertillon.

Bertillon era, ya lo hemos dicho, un rata. Uno de ésos tipos cuyo trabajo consiste en anotar constantemente datos relacionados con las detenciones que otros hacían en la calle. Poco a poco, el meticuloso Bertillon se fue dando cuenta de que los datos que de las personas se anotaban en las fichas eran tan genéricos, tan inespecíficos, que resultaba imposible usarlos para identificarlos. Al mismo tiempo, se fue fijando en algo que también es bastante evidente para una persona observadora: las personas, en realidad, somos distintas. Todos, o casi todos, tenemos signos físicos distintivos que nos distancian de los demás. Todo lo que hay que hacer es correcta notaría de su presencia.

Ante el escepticismo, si no la burla, general, Bertillon obtuvo de sus superiores permiso para comenzar a medir y anotar las características personales de los detenidos. Así, por su cuenta y riesgo, comenzó a tallar a los delincuentes, a medir su distancia de hombro a hombro, el perímetro de sus cabolos, el perímetro torácico, la longitud de manos y pies... Muy bien dotado para las matemáticas, Bertillon comenzó a estudiar las identificaciones, similitudes y correlaciones existentes entre los centenares de datos que fue acopiando, hasta descubrir que la adecuada combinación de características corporales nos convierte a cada uno de nosotros en una pieza única. Más en concreto, en el informe que elevó a sus superiores decía haber calculado que, si las personas son clasificadas según once medidas diferentes del tipo de las citadas, la probabilidad de que dos personas tengan las mismas es del 0,000238589%.

A finales del siglo XIX, un anarquista aterrorizó París, cometiendo diversos atentados, para lo cual se escudaba en utilizar dos identidades distintas. A ratos era un tal Ravachol, a ratos un tal Königstein (éste era su apellido real; a pesar de ser francés, François Claudius Königstein era hijo de holandés). Pero fue el método Bertillon, mediante la medición en momentos diferentes de ambos "personajes", el que permitió establecer que eran la misma persona y, consecuentemente, resolver el caso. A partir de ese día, la antropometría como método de lucha contra el crimen estuvo razonablemente aceptada en la policía francesa, venciendo con ello la natural resistencia de los policías de calle, que siempre han tendido a ver la labor de oficina como tiempo perdido.

En paralelo a estos trabajos, en 1877 un funcionario británico destinado en la India, de nombre William J. Herschel, enviaba un oficio a sus superiores en el que, por primera vez en la Historia, defendía el uso de las huellas digitales para la identificación de las personas. En su escrito, Herschel confesaba que llevaba veinte años solicitando de todas las personas que entraban en su oficina a solicitar documentos oficiales que imprimiesen la huella entintada de su dedo, y había ido creando centenares de fichas con esas impresiones. Afortunadamente, no se encontró con la Agencia Española de Protección de Datos Personales, porque de lo contrario le había metido un puro que te cagas. En realidad, todo lo que había hecho el inglés era fijarse en que los comerciantes chinos de la zona tenían por costumbre firmar contratos con el pulgar.

A base de estudiar sus fichas, Herschel acabó por darse cuenta de que las líneas de las huellas dactilares nunca son las mismas. Como confesaba en su escrito, comenzó a aplicar sus conocimientos, y rápidamente comenzó a detectar fraudes entre los indios que acudían a su oficina a pedir subsidios, los cuales solían aprovecharse de que los blancos les viesen a todos iguales, y se suplantaban unos a otros. El funcionario inglés, sin embargo, no consiguió interesesar a las autoridades bengalíes.

En esos mismos tiempos, el profesor y arqueólogo aficionado Henry Faulds, que residía en Tokio, encontraba unos vasos antiguos de arcilla y, al clasificarlos, cayó en la cuenta de que tenían impresa la huella de un pulgar; evidentemente, la firma del autor. Esto le llevó a estudiar las huellas dactilares con la misma metodología que Herschel, con la diferencia de que él puso sus conocimientos en práctica. Un vecino suyo, en efecto, fue robado en su casa y, conocedor de la afición del profesor, le enseñó una huella dactilar que había quedado grabada en una pared de la casa. Faulds la guardó y, cuando un sospechoso fue detenido, imprimió su huella y anunció, ante el escepticismo general, que el detenido no era el ladrón. Finalmente, el verdadero ladrón fue encontrado, demostrándose así la pertinencia del método.

Herschel y Faulds son, por lo tanto, los descubridores de la singularidad de la huella dactilar humana, aunque, que yo sepa, aun a día de hoy se discute sobre cuál de los dos exactamente fue el primero. Sin embargo, su descubrimiento permaneció en el terreno de la especulación durante algunos años más. Fue otra persona quien implantaría la metodología: Francis Galton, que era primo hermano de Charles Darwin y, como él, estaba muy interesado por todas las cuestiones relativas a la evolución y las características de los seres vivos.

Cuando conoció los primeros avances de la dactiloscopia, Galton se obsesionó con el tema. Realizó ampliaciones fotográficas de miles de huellas distintas, que estudiaba constantemente. Lo que buscaba era dar un paso que ni Herschel ni Faulds habían intentado: una sistematización de las diferencias entre las huellas, sin la cual, obviamente, el método no es útil para algo como la investigación policial, que necesita razonables dosis de inmediatez. Tras consumir centenares, si no miles, de horas en la contemplación y anotación de sus fotografías, finalmente, concluyó que existían cuatro tipos de diseños de huella dactilar humana. Su obra sobre la materia data de 1892, aunque tiene la desventaja de que el método de trabajo con las huellas que propone es notablemente farragoso, especialmente para un mundo sin ordenadores. Hacía falta el concurso de alguien menos teórico.

Como leo en los comentarios que os va la marcha, aquí podéis ver una obra sobre Galton, aunque centrada en otros conceptos, porque sir John, en realidad, estaba obsesionado con los temas de herencia darwinianos, así como con las implicaciones estadísticas de su estudio.

Pero acabamos de decir que hacía falta una persona con un punto de vista más pragmático. Ese alguien fue Edward Henry, quien en 1896 era inspector de la policía británica en Bengala. En dicho año, durante un viaje a Londres, Henry, que era un convencido de la antropometría y la dactiloscopia, y las usaba en su comisaría, conoció a Galton, quien le explicó su método. El policía se planteó simplificarlo, y fruto de esa labor es la segmentación de las huellas en cinco diseños: arco, bucle interno, bucle externo, verticilo y verticilo con doble bucle; cada uno de ellos representado por una letra. Asimismo, estableció una serie de puntos fijos dentro de la huella, y contó las líneas que cruzaban las rectas trazadas entre ellos. Contaba, por lo tanto, con dos datos (la letra, que definía el diseño; y el número de rayas atravesadas por los segmentos); por lo tanto, con sólo dos elementos podía ponerle nombre a las huellas.

En 1898, el método Henry identificó, por sí solo, a 345 delincuentes; al año siguiente, 570. El gobierno de Su Majestad quedó impresionado, hasta el punto que llamó a Henry a Londres, donde lo nombró Jefe del departamento de Encuestas Judiciales de Scotland Yard. La celebérrima condena, en su tiempo, de los hermanos Stratton (1905) disipó finalmente todas las dudas e implantó la metodología en los servicios policiales británicos.

Esta pequeña y breve historia es, pues, el triunfo de los ratas. El momento en el que la vida policial y la lucha contra el crimen da un paso más allá y se da cuenta de que estar en la calle no es todo lo que se puede hacer contra el crimen. La buena imagen siempre se la llevan las personas activas. Si le preguntamos a cualquier persona si conoce a un arqueólogo (real o de ficción), es probable que los suficientemente friquis citen a Howard Carter; pero, sin duda, el ejemplo es Indiana Jones. Los arqueólogos, sin embargo, saben bien que su vida se compone, fundamentalmente, de largas horas sobre la mesa de un despacho o de un museo, catalogando y estudiando piezas; a menos que sean aficionados a las parafilias sexuales, rara vez utilizarán el látigo.

Con la policía pasa lo mismo. La imagen guay del poli, hoy y hace 150 años, es la del tipo que persigue a los malos en la calle, y los pone en vereda. Pero quienes realmente hicieron avanzar la criminología no fueron ellos. Fueron tipos oscuros, de aspecto y modos funcionariales, ratas de despacho.

Y ni siquiera ponían los brazos en jarras tras calzarse las gafas de sol, como el insoportable Horatio Caine.

sábado, diciembre 01, 2007

Mafiosos de leyenda: Johnny Torrio

La fama es, que diría Bukowsky, una zorra esquiva. La mayoría de la gente la desea, pero nunca la experimenta. Unos pocos de los que la disfrutan no habrían querido que fuera así, pero no lo han podido evitar. Y luego está una tercera familia de tipos, que son aquéllos que, conscientemente, no quieren o no quisieron la fama. Por definición, nunca sabremos a cuántos de éstos alberga la Historia de los hechos pasados pues, como acabo de decir, estos no-famosos eligieron serlo, así pues están borrados de las memorias habituales.

Hoy quiero escribiros algunas líneas sobre uno de estos hombres. Un mafioso de leyenda al que raramente recuerdan las leyendas de mafiosos. Así lo quiso él y, sin embargo, lo que hoy conocemos como crimen organizado en los Estados Unidos habría sido otra cosa sin él. Desde muchos puntos de vista, Johnny Torrio inventó eso que la gente llama Mafia y, sin ningún lugar a dudas, inventó a uno de sus principales iconos: Al Capone.

Claro que antes de hablar de Johnny Torrio hay que hablar de Girolamo Colosimo. Imaginaos a Colosimo, más bien fibroso y embutido en un mono muy usado, barriendo las calles de Chicago en cualquier año de la segunda década del siglo XX. Ahí lo podéis ver, barriendo entre la nieve en los fríos inviernos en los que Chicago es un lugar verdaderamente hostil. Colosimo era un inmigrante más, uno más de los tipos que habían llegado rodando a Estados Unidos desde una Italia que más que un país parecía una fábrica de pobres, y había cogido uno de esos empleos que los americanos de toda la vida (de toda la vida posterior a los indios americanos, se entiende) no querían hacer.

Colosimo barría las calles. Lo cual quiere decir que pasaba un montón de tiempo con las personas que están todo el día en la calle. De entre los oficios callejeros, la prostitución es, probablemente, el más extenso, el que más gente concita. Jim Colosimo, que había dejado ya de llamarse Girolamo por ser éste un nombre bastante poco útil en la tierra de promisión, se pasaba, en efecto, los días y las tardes rodeado de putas. Las conocía a todas; a ellas y a sus chulos, que las vigilaban desde detrás del ventanal de cualquier cafetería. Así las cosas, tiene lógica que cuando la curiosa mente de aquel italiano comenzó a maquinar la forma de generar alguna riqueza más que la que le daba su magro sueldo municipal, pensara en ellas. Inteligente y hábil como era, sólo era cuestión de tiempo que madurase su idea. Una tarde llegó a casa y le anunció a su mujer, Victoria, que se había despedido en el Ayuntamiento. Pocos meses después, el matrimonio tenía ya un estatus económico bastante más que aceptable.

Colosimo inventó la casa de putas en Chicago. Se acabó eso de hacer la calle. El cliente de la prostitución, pensó el italiano, es cada día más refinado, y quiere cosas que no va a encontrar en semáforos, callejones y moteles aquí te pillo aquí te mato. Así que montó casas de citas con mucho estilo, regentadas por madamas profesionales (una de ellas su propia mujer, que venció rápidamente la repugnancia hacia el negocio) y que, además, daban un servicio de postín.

El Gran Jim, como todo el mundo acabó llamándolo, se convirtió en un auténtico experto del negocio de la prostitución. Montó una red de casas de citas y hacía que las chicas rotasen entre ellas, pero cuidándose de que la rotación las hiciese, tras algún tiempo, retornar a los mismos locales de origen. Colosimo sabía que el cliente del sexo quiere variedad, pero también guarda en la memoria sus mejores polvos y alberga el deseo de repetirlos algún día. Con su sistema de rotación, Jim Colosimo se garantizaba eso que podríamos denominar la fidelización del cliente; el que no volvía para probar otra, volvía por si volvía la que le había gustado.

De la prostitución, Colosimo pasó a los restaurantes y a las apuestas. Lo normal en un mafioso, aunque con un toque de distinción muy propio de este italiano tan detalloso: como ejemplo, la primera vez que el mítico tenor italiano Enrico Caruso cantó en Estados Unidos, lo hizo en el espectáculo de un restaurante de Jim Colosimo en Chicago.

En 1919, a él como a todos los de su clase, le tocó la lotería con la implantación en Estados Unidos de la Ley Volstead, por la cual se establecía la ley seca, es decir la prohibición de producir, vender y servir bebidas alcohólicas en el país. Aquello multiplicó el negocio por tres, y los beneficios por diez. Se ha calculado que, en los años de la Ley Seca, cada puñetera cerveza, cada vaso de whisky, dejaban al mafioso que los servía un beneficio limpio equivalente al triple de todos los costes, incluidos la fabricación, transporte, gastos del local, pagos a matones y pistoleros y sobornos de senadores, policías, concejales y magistrados. Colosimo se había hecho grande, y necesitaba lo que tienen todos los grandes criminales: un lugarteniente.

Se fijó en un tipo rechoncho que había nacido en Sicilia en 1887, que vivía en Nueva York y a quien todos conocían como Johnny Torrio.

Torrio habría crecido en Brooklyn como un auténtico bicho raro. Era listo, bastante estudioso y, de más mayor, ni fumaba, ni bebía, ni apostaba, ni follaba. Quizá era la consecuencia que le quedaba de los años adolescentes, en los que había llegado a estudiar para entrar en el seminario. Tenía, según decían quienes lo conocieron, un olfato increíble para los negocios; por qué no se dedicó a ellos por la vía legal y decidió desarrollarse en el mundo de las personas que apartan al competidor disparándole en las piernas, es un misterio. Pero lo cierto es que sus trabajitos para la mafia neoyorkina fueron tan finos que su relato llegó a Chicago, motivo por el cual Colosimo le fichó.

Antes incluso de que se aprobase la ley Volstead, Colosimo ya había montado algunas destilerías clandestinas. Torrio tomó esos activos y con ellos creó un emporio del alcohol ilegal, diseñado para diseminar su influencia por Chicago y el estado de Wisconsin. Sin embargo, pronto surgieron los problemas. El negocio ilegal siempre tiene competencia, y Chicago no era una excepción. En realidad, a principios de los años veinte el alcohol ilegal en Chicago no estaba tanto en manos de los italianos, como de los irlandeses. Todo el mundo decía entonces que un irlandés en América tenía apenas dos destinos: o ser delincuente, o ser policía; y no eran pocos los que dudaban de que la distinción estuviese clara. En todo Chicago eran famosos los restaurantes irlandeses con doble bodega: en la primera, las viandas; en la segunda, cajas y cajas de alcohol.

Y aquí llega la primera invención de Torrio. Porque la Mafia antes de Torrio estaba formada por pistoleros, por así decirlo, multifunción. Una banda que traficaba con alcohol tenía falsos camiones de leche que transportaban falsas botellas opacas de leche en realidad llenas de whisky, y los mismos tipos que fabricaban, acarreaban y vendían el alcohol venían a ser los que se liaban a tiros si había problemas. Torrio, sin embargo, comprendió que un crimen verdaderamente organizado necesita pistoleros que sólo sean eso. Le costó hacer entender a Colosimo que necesitaba ejércitos de muchachos que lo mismo se pasaban meses jugando a las cartas, pero que entraban en acción cuando hacía falta. De alguna forma, Torrio inventó los ejércitos de soldados mafiosos, como inventó el procedimiento de hacer traer soldados de otros estados para los trabajos más complicados, de forma que la investigación de los crímenes, ya de por sí dificultosa, se hiciera casi imposible.

Cuando Colosimo se convenció, Torrio partió a Nueva York para comenzar a montar su ejército. Se fue acompañado de otro tipo de su calaña, Frank Uale, que se hacía llamar Yale en América. Resulta curioso que Yale fuese el compañero de Torrio en aquel viaje si tenemos en cuenta que, algunos años después, Al Capone lo haría matar.

Torrio y Yale estaban en Nueva York para fichar al tipo más duro de la ciudad, y así lo hicieron. Desde el primer momento, su opción fue Alphonse Capone, napolitano, nacido el 17 de enero de 1899, hijo del honrado barbero Gabriel Capone y líder de una temible banda de matones, la Five Points Gang, que operaba en un barrio entonces existente en el Bronx, donde se las tenía que ver con matones italianos, polacos, irlandeses y judíos. A Capone ya le llamaban entonces Scarface o Cara Cortada por la cicatriz que le recorría la mejilla izquierda y que, según los relatos más probables, fue provocada por Frankie Galluci, otro matón como él con el que se peleó por una tía cuando tenía dieciséis años. No obstante, hay versiones que dicen que la herida se la hicieron durante la celebérrima pelea producida el 27 de mayo de 1915, cuando la banda de Gip el Sanguinario, siciliana, se dio de hostias con la Five Points y otras bandas de napolitanos (un poco al estilo de la pelea que se ve al inicio de Gangs of New York) en lo que en la Historia del hampa ha quedado denominado como «La batalla del Bronx».

Torrio estableció a Capone en el 2220 de la South Sabash Avenue de Chicago, como próspero y pacífico comerciante de muebles de segunda mano. Su función era, como se ha dicho, estar ahí, haciendo sus negocietes, esperando el momento en que su pistola fuese necesaria. Pronto lo fue pero, por mucho que Colosimo y Torrio esperasen que los problemas les llegaran del flanco irlandés, no fue así. Fueron los propios italianos los que quisieron echarlos.

Rocco Maggio y Tony Capellaro, en efecto, llevaban en Chicago algún tiempo más que Colosimo por lo que, cuando las destilerías de éste comenzaron a crecer como setas, se sintieron con derecho de darle una patada en el culo. Maggio y Capellaro eran un poco psicópatas y violentos, lo que le concedía una ventaja a Torrio; a Johnny le gustaba cometer ilícitos como al que más, pero también le gustaba invitar a senadores a sus restaurantes, untar a los jefes policiales, esas cosas. Tenía relaciones en las altas esferas, cosa de la que sus competidores carecían.

Por su parte los irlandeses estaban nucleados sobre todo alrededor de Dion O’Banion, otro personaje bastante parecido a Torrio, pues de noche se dedicaba a coordinar sus actividades criminales, pero de día atendía su negocio de flores, por las que sentía verdadera pasión. Madrugaba para abrir la tienda, algo que la gente nunca pudo explicarse bien, pues pasaba la noche entera de pie.

Eran tres grandes organizaciones creciendo constantemente. Pronto, la ciudad se les quedó pequeña. La cuerda acabó por romperse por el lugar más predecible, es decir Rock el violento. Fue, en efecto, Maggio quien desató las hostilidades. Ya había dejado sus intenciones claras en el primer asesinato de las bandas que se recuerda en Chicago (el del panadero Anthony D’Andrea), en el que no sólo murió la víctima, sino que también el ejecutor, un pistolero irlandés llamado Phil Casey, apareció en una cuneta criando gusanos.

Lo siguiente que hizo Maggio fue incrustar quince balas en uno de los batientes de la puerta de entrada de la casa de Colosimo cuando éste estaba entrando en ella. El mafioso salió ileso del atentado de milagro, y dobló la vigilancia. Luego se marchó de la ciudad a casarse (se había divorciado de Victoria), viaje del que regresó el 11 de mayo de 1920.

A primera hora de aquel día, Jim estaba sentado ante su mesa de trabajo cuando recibió la llamada de un amigo llamado Jim O’Leary, quien le ofreció un cargamento de cerveza cuyo precio podían discutir a las cuatro en el restaurante de Colosimo. Éste dijo que sí y estaba en dicho restaurante a la hora indicada, aunque no para comprar cerveza, sino para ver entrar a cuatro hombres con metralletas que se lo apiolaron en menos tiempo que el que me dura a mí un cruasán.

Todas las sospechas recayeron en Maggio. Ciertamente, el crimen lleva su firma. Sin embargo, hay un dato que siempre ha intrigado a los investigadores. En mayo de 1920, Al Capone ya era el guardaespaldas de Colosimo. Desde el primer atentado, no se separaba de él ni para mear. Pero, entonces, ¿por qué no estaba con él aquella tarde?

También pudo ser, desde luego, Dion O’Banion, el tercero en discordia.

Y aquí es donde Torrio vuelve a innovar.

¿Recordáis la primera parte de El Padrino? ¿Recordáis la jugada maestra de don Vito Corleone tras el asesinato de su hijo Sonny (por cierto: Capone también llamaba Sonny a su hijo)? Hace ver que no quiere más muertes, hace ver que se ha dado cuenta de que es necesaria la paz entre bandas, aunque en realidad está preparando una venganza.

Pues bien: Torrio fue personalmente a encargar las coronas mortuorias de su jefe… a la floristería de O’Banion.

Fue un gesto de paz, de concordia. Fue el primer intento serio por poner un poco de orden en el por definición caótico mundo del crimen. Fue el primer paso del llamado Sindicato del Crimen, en buena parte idea del propio Torrio, un sistema basado en el consenso entre criminales, en el reparto civilizado de áreas de influencia, y en la protocolización del asesinato, que ya sólo podría cometerse bajo autorización del Consejo de mafiosos. Torrio fue, en efecto, el primer mafioso que reaccionó a una agresión tendiendo la mano.

Eso sí, en menos de cinco años después de aquel gesto, el pupilo de Torrio, es decir Al Capone, había acabado con O’Banion y con su lugarteniente Hymie Weiss y había puesto fuera de la circulación al otro, Bugs Moran; pero ésa es otra historia, la de Capone, que tal vez contemos algún día.

La documentación policial de aquella época incluye algunos soplos de confidentes según los cuales el propio Torrio habría organizado el asesinato de Colosimo. La idea no es completamente descabellada. A Colosimo le gustaban mucho las fiestas, los polvos de variada naturaleza y el cachondeo; los buenos mafiosos son austeros y aparecen poco (de hecho, el Sindicato del Crimen acabaría dando la espalda a Capone precisamente por lo visible que era). Para los planes del neoyorkino, el pizpireto jefe era un estorbo.

Pocas semanas después del asesinato de Colosimo, Torrio convocó una cumbre de bandas en la que no se recató de criticar los errores de su jefe en el pasado y de repetir, machaconamente, la idea de que había suficiente para todos sin por ello tener que matarse ni matar policías, que era algo que siempre les creaba problemas. La mentada cumbre produjo, en efecto, un acuerdo y una bajada de la tensión, aunque corta.

El terreno de actuación de la banda de Torrio/Capone había sido siempre el South Side de Chicago. Ahora, querían extenderse por el barrio más al oeste de la ciudad, llamado Cicero. Pero no eran los únicos que habían puesto los ojos en esa área nueva de la ciudad, crecientemente próspera. Especialmente los irlandeses. Y aquí fue donde el matrimonio entre Torrio y Capone se rompió. El primero quería negociar, repartir (más bien deberíamos decir: quería negociar todavía). Torrio prefería, al menos de momento, la transacción, quizá porque sabía que O’Banion, a pesar de apoyarse en dos tipos de tiro fácil como Weiss y Moran, era de su misma pasta. Capone quería cargarse a los irlandeses uno por uno y ya.

Una mañana de enero de 1926, Johnny Torrio salió de casa con su esposa para hacer algunas compras. Cuando salían de los grandes almacenes, cargados de paquetes, justo al ir a abrir la puerta de su coche, otro pasó por la calle a toda velocidad y, desde el mismo, una o varias personas dispararon ráfagas de metralleta.

Según algunas versiones, el de Torrio fue el atentado más raro de la Historia del crimen organizado en Estados Unidos. Porque los pistoleros no le dieron; ni una bala. Ni a su mujer. Por no dar, no dieron ni en el coche. Según esta versión, dispararon cerca, pero al aire. Otras versiones hablan de que resultó herido de varios disparos, pero yo la considero poco creíble teniendo en cuenta que su mujer, que estaba a su lado, salió al parecer ilesa, y una ráfaga de ametralladora no puede ser precisa.

Johnny Torrio pasó unos pocos días en su casa de Chicago, tiempo durante el cual sólo se entrevistó con Capone. Y, pasados dichos días, se marchó en tren a Nueva York y en barco a Italia, y jamás volvió a Chicago.

Quién disparó contra Torrio, con tan mala puntería, nunca se ha sabido. El único hecho cierto es que el principal ganador de la decisión de Torrio fue Al Capone, quien se quedó con toda la organización de Chicago y a partir de ahí viviría cinco años intensísimos que labrarían su fama.

La fama que Johnny Torrio nunca quiso para sí, quizás porque era un mafioso atípico; un mafioso que prefirió la vida sin fama a ser un famoso acribillado a mediana edad.

Torrio, es, por último, una especie de Cid mafioso que gana batallas después de muerto. Regresó a EEUU en los años treinta para declarar en el juicio contra Capone. Estuvo en Nueva York, donde convenció a Charles Lucky Luciano de la bondad de su sistema de reparto de influencias entre bandas, su sistema pactista. Luciano supo ver la bondad de aquel sistema y, aconsejado por Torrio, acabó impulsando la creación del Sindicato del Crimen.

miércoles, noviembre 21, 2007

Mafiosos de leyenda: Dutch Schultz

El crimen organizado es una actividad que ha dado para tanto que atesora todo tipo de mitos. Existe el mito del mafioso listo y el del mafioso tonto, el del chico con suerte y el del desgraciado. Y existe, cómo no, el mito del mafioso brutal, echado para adelante. De entre este tipo de mafiosos, probablemente Arthur Flegenheimer, más conocido como Dutch Shultz, es el más famoso. Schultz era sanguíneo, impulsivo y falto de escrúpulos. Tenía muy claro lo que significaba ser un criminal y el tipo de cosas que has de hacer cuando te apuntas a esa movida. Lo curioso de su historia es que, finalmente, murió precisamente por sus actividades criminales, lo cual no es nada anormal; pero a manos de otros criminales, lo cual, creo yo, sí que merece una explicación.

En 1933, la estrella de Dutch Schultz parecía apagada para siempre. Meses atrás, el Holandés (Dutch significa precisamente eso: holandés) había tenido que salir por patas de Nueva York, perseguido por la más eficiente maquinaria antiMafia de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX: el IRS, Internal Revenue Service o, como lo llamamos aquí, la Agencia Tributaria. Ya sabemos bien que la evasión de impuestos fue la inesperada puerta para trincar a muchos mafiosos; así fue, por ejemplo, como los federales lograron meter en la trena a Alphonse Capone. Además, por lógica, el delito fiscal era mayor cuanto más grande era el mafioso, y el Holandés era un criminal king size.

Como todos los mafiosos de aquella época, Schultz había hecho mucho dinero con el contrabando de alcohol. Sólo entre 1929 y 1931, la policía calculó que la venta de cerveza le había dejado, después de gastos, 481.000 dólares limpios de la época, cifra que hoy deberíamos multiplicar bastante. Además de eso, la banda de Schultz se dedicaba al más viejo oficio mafioso, la protección, y a la lotería conocida como de los números.

Flegenheimer nació en 1900 y era hijo de un hombre que poseía un saloon en el Bronx. Su madre era extraordinariamente religiosa y, al parecer, nunca logró superar que su querido hijo se dejase seducir por el lado oscuro de la Fuerza. A los diecisiete años, Schultz ya dio con sus huesos en la cárcel durante quince meses a causa de un robo. Fue al salir de aquella trena, fogueado en el hampa y convertido en un matón, cuando la gente empezó a llamarle Dutch Schultz, que era asimismo el nombre de un matón de una especie de banda del Bronx, la de Frog Hollow, a quien la gente tenía por tipo especialmente cabrón.

Schultz formó su propia banda en compañía de un personaje muy parecido a él, Joey Rao, quien acabó implicado en uno de los asesinatos más impresionantes que recuerda la ciudad de Nueva York: el del comisario de elecciones Joseph Scottoriggio, quien fue apaleado hasta la muerte en Harlem, en plena calle y a la luz del día, en 1946. Preocupados por la cercanía del fin de la prohibición, que dejaba a estos como a otros mafiosos sin negocio, el Holandés y Rao se aliaron con los grandes magnates del juego en Nueva York, Dandy Phil Pastel y su jefe, el famoso mafioso Frank Costello. Además del juego, Dutch se introdujo en el negocio de extorsionar a los restaurantes y en la lotería de los números. Además, tenía un equipo de lucha libre y caballos, además de poseer clubs nocturnos. Su banda de matones era de lo mejorcito de Nueva York; podían partirle la cara a cualquiera sin problemas. Y, por supuesto, con tanto dinero, al Holandés no le faltaban amigos en los estamentos políticos.

Aún así, Schultz era famoso entre los mafiosos por ser un cabrón. Un cabrón entre cabrones. Cualquiera que haya visto buenas pelis de la Mafia o haya leído libros habrá descubierto que los mafiosos siempre quieren creer que propugnan un orden propio, una especie de estado de cosas que en el fondo controlan (aunque ese estado de cosas suponga cargarse de vez en cuando a alguien). En este terreno, Schultz encajaba mal porque era un estafador nato. Sus licores eran todos de garrafón e, incluso, hizo algo increíble como es tratar de manipular la lotería de los números.

Los números era, en aquellos años difíciles de la depresión, la gran distracción, y al mismo tiempo la gran ilusión, de la gente pobre de Nueva York. Para muchos desheredados, blancos y negros, aquella era la única oportunidad de dejar de ser una puta mierda. La lotería de los números funcionaba con las apuestas de las carreras de caballos. De esta manera, el boleto premiado salía de un hecho aleatorio, como era la dinámica de apuestas a caballo ganador, segundo y tercero de determinadas carreras.

Pues bien: Flegenheimer, no contento con ganar la parte normal de la banca, se puso a pensar sobre cómo conseguir que dicha parte fuese mayor. Dado que no era un tipo exento de inteligencia, dio en pensar que alguien que fuese una fiera en las matemáticas podría calcular de qué forma conseguir que el número final ganador resultase ser el que la gente había jugado menos. Así que contrató a un matemático, Abbadabba Berman, que era capaz, minutos antes de cerrarse las apuestas, de calcular a qué caballos había que meterle dinero para que las combinaciones de las apuestas se moviesen de forma que los números resultantes fuesen los menos frecuentes. Era, pues, una lotería amañada en la que el Holandés estafaba millones de dólares a un ejército de obreros y parados.

En eso llegó Hacienda.

A los señores de los impuestos los sufrimientos de los desempleados se la traían floja. Decidieron empurar a Schultz por la pastizara que había cobrado sin pagar un níquel al Tío Sam. Schultz se vio repentinamente obligado a huir. Contrató a un ejército de abogados cuyo principal objetivo sería conseguir que su cliente no fuese juzgado en la ciudad de Nueva York, donde mucha gente le conocía y se sabía de las palizas que tenía a bien regalar de cuando en cuando a todo aquél que no se avenía a sus deseos. Finalmente, los leguleyos consiguieron su objetivo, y la vista del caso el Pueblo contra Flegenheimer se trasladó a Siracusa. Una vez conseguido esto, y tras año y medio debajo de la tierra, Schultz reapareció en el mundo de los vivos, se fue a Siracusa, y se convirtió en una especie de ONG con sombrero. Si en Siracusa había un niño con muy buenas notas que no podía ir a la universidad, el Holandés le pagaba una beca; si había una farola rota, él la reparaba; si una iglesia que no tenía dinero para reparar la techumbre, por ahí aparecía el mafioso y apiolaba los dólares que hiciesen falta. Y los periódicos, también convenientemente enervados, lo publicaban todo. Corolario: cuando se vio el juicio, el jurado fue incapaz de alcanzar un veredicto.

Los abogados de Schultz, envalentonados, lograron enviar la revisión del proceso a donde Cristo perdió los palos de golf: a la pequeña localidad de Malona, en Nueva Jersey, en el límite del Estado. Lógicamente, Schultz repitió la jugada, gastó dinero a manos llenas, visitó hospitales, besó bebés y lo que hizo falta.

Y salió absuelto, claro.

Una vez libre como un pajarillo, Flegenheimer se estableció en Newark, cogió el teléfono y llamó a Bo Weimberg. Weimberg era uno de sus lugartenientes y la persona a la que el Holandés había dejado al cargo de la banda en su ausencia. Con voz temblona, Weimberg le informó de la verdad: su banda ya no existía. El Sindicato se la había quedado.

Ya hemos dicho que Schultz no era muy respetado entre los mafiosos. Esto es tan así que cuando los jefes mafiosos crearon el Sindicato del Crimen, es decir la organización dentro de la cual las bandas se repartían territorios y montaban un sistema para no matarse entre ellas, él no fue llamado a la reunión: lo consideraban demasiado impulsivo y rompehuevos como para formar parte de esa partida. Cuando Schultz tuvo que salir de Nueva York cagando virutas, todo el mundo pensó que no lograría volver. Así pues, los distintos mafiosos se repartieron su banda. Los hombres del Sindicato fueron a ver a Weimberg y le ofrecieron repartir todos los pistoleros de Schultz entre las bandas existentes, y éste aceptó. Los dos principales beneficiarios del reparto fueron Lepke, que quedó con el negocio de la extorsión; y el famosísimo Charles Lucky Luciano, que se quedó con las tiendas de apuestas en la lotería de los números.

El Holandés, sabiendo a quien se enfrentaba, apretó los dientes y empezó de nuevo. Pero, claro, como no le importaba rifar hostias, finalmente acabó saliendo adelante. Y así llegamos a los principios de 1935, cuando un escándalo sacude los juzgados de Manhattan. En los mismos, una investigación relativa a la lotería de los números parece llegar a acusaciones gordas para gente importante. Automáticamente el fiscal del distrito, William C. Dodge, retira del caso al fiscal que estaba obteniendo las pruebas y comienza a dedicarse a esa actividad que en España denominamos marear la perdiz. En un movimiento bastante poco habitual, el jurado reaccionó solicitando que Dodge fuese apartado del caso. Y así fue como llegó a su primer caso contra el crimen organizado un joven fiscal de prometedora carrera, tan prometedora que acabaría siendo nada menos que candidato a ocupar la Casa Blanca: Thomas E. Dewey.

Dewey y Schultz ya se conocían. El abogado había participado en el caso por evasión fiscal que casi escalabra al mafioso, y éste lo sabía. Ahora, Dewey quería meter la zarpa en el asunto de los números, que era, después del expolio que le había hecho el Sindicato, su gran fuente de pasta.

Otros criminales más sutiles habían pensado soluciones más sutiles. Pero no Flegenheimer. El Holandés era lo que era, así pues llegó a la conclusión más directa. ¿Me molesta Dewey? Pues, vale: me lo cargo.

Fue entonces cuando Schultz se acabó por enterar de que existía el Sindicato del Crimen. Porque una de las reglas del Sindicato era que nadie podía matar a nadie (entiéndase personas importantes y tal) sin permiso del Sindicato. Enterados los mafiosos de las intenciones del Holandés, se convocó una reunión en Nueva York para decidir si Schultz se podría cargar a Dewey. Al Holandés le sentó tan mal aquella historia que se presentó en la reunión, a pesar de que se celebró en Manhattan, un lugar que no podía pisar por orden judicial.

En el meeting no hubo fumata blanca. Algunos mafiosos querían cargarse al fiscal, otros no. Así pues, el consejo hizo lo que hacen todos los consejos cuando se empantanan: dar una patada a seguir, declarar que hace falta pensar más profundamente la cosa, y quedar para una semana después. Schultz estaba fuera de sí. Pero algo consiguió. Consiguió convencer al Sindicato de que, caso de que una semana después la decisión fuese matar a Dewey, deberían haberlo vigilado antes para apreciar la mejor ocasión para ello. Así pues, los mafiosos aprobaron que el fiscal fuese vigilado durante esos siete días.

La tarea le fue encomendada a Albert Anastasia, rey de los docks de Brooklyn. Anastasia colocó un hombre frente a la casa de Dewey paseando con un niño prestado. De esta manera, los mafiosos pudieron saber que el fiscal era hombre de costumbres muy fijas, de forma que salía de su casa todos los días a la misma hora, acompañado por dos guardaespaldas, y paraba dos manzanas más allá en un drugstore, donde se metía unos minutos en la cabina telefónica para llamar al despacho. No lo hacía desde casa porque sospechaba que, a causa del caso que llevaba, su teléfono podría estar pinchado por los mafiosos. Dado que entraba solo en la tienda, se decidió que ése sería el momento de matarle. El asesinato iba a cometerse con una pistola con silenciador, y el dependiente entraba en el lote. Una vez hecho el trabajo, el asesino tendría mogollón de tiempo para huir tranquilamente, antes de que los guardaespaldas comenzasen a mosquearse o entrase otro cliente.

La reunión aplazada, sin embargo, no salió como Schultz esperaba. Con gran pericia, Lepke y Luciano convencieron a sus correligionarios que de Dewey, al ser un fiscal con competencias en Manhattan, apenas podría tocar una pequeña parte de su negocio; así pues, era ilógico exponerse a un gran peligro matando a un fiscal de los Estados Unidos cuando lo que estaba en peligro no era tanto.

El Holandés era demasiado impulsivo para aceptar una decisión como ésta. Así pues, decidió matar a Dewey él solo, en cualquier caso. Y no sólo hizo eso, sino que fue por ahí contando lo que iba a hacer. Sí, era un chulo. A los chulos siempre les pierde lo larga que tienen la lengua.

Así las cosas, el Sindicato decidió que tenía que cargarse a Schultz, para con ello salvar al fiscal que estaba intentando empurarlos. Verdaderamente, el mundo al revés.

El trabajo fue encargado a dos pistoleros de Lepke, Charlie Bug Workman y Mendy Weis. El trabajo no era fácil porque Schultz se dejaba ver poco y casi siempre era en un lugar de Newark llamado Palace Chophouse, donde despachaba sus asuntos en una habitación con una sola entrada, muy sencilla de proteger. En la operación actuó un tercer hombre, que hizo de chófer, que al parecer tenía el mote de Piggy.

Schultz había decidido matar a Dewey en la mañana del 25 de octubre de 1935. La noche del 23, en un sedán negro, los tres asesinos del Sindicato se dirigieron a Newark en un sedán negro, que aparcaron delante del Palace Chophouse a eso de las diez de la noche.

Quien entró en el bar fue Bug Workman, un experimentado y frío pistolero. Recorrió el bar tranquilamente, espiando los lugares desde donde podría ser atacado una vez que comenzase la tangana. Dentro de sus comprobaciones, hizo algo que un asesino a sueldo siempre hace: entrar en los baños, para ver si hay alguien dentro (cuando empiezan los disparos, lo más difícil es controlar a alguien que salga del baño disparando, así que lo mejor es cerciorarse de que está vacío).

Dentro del baño, Workman encontró a un hombre meando. Se miraron. A Workman le pareció levemente familiar. Se mosqueó. Sabía que aquel bar estaba lleno de asesinos como él. En esas circunstancias, la mejor garantía era disparar primero. Así que Bug aprovechó que el otro tipo tenía aún prácticamente la chorra en la mano y le disparó.

Cuando salió del baño, el bar estaba vacío. El personal se había hecho agua al oír los disparos, con la excepción del barman, que se había metido debajo del mostrador. Tranquilamente, avanzó hacia la habitación de Schultz y abrió la puerta. Dentro encontró a tres personas. Le estaban esperando, y empezaron a disparar. Lo que distingue a un pistolero experimentado del resto de las personas es su sangre fría. A los demás, si nos disparan nos vamos de bareta; sólo alguien que ha matado mucho sabe conservar la calma, dar un paso atrás, apuntar tranquilamente. Y matar.

Por increíble que parezca, Workman mató a sus tres agresores. Eran Lulu Rosenkranz, chófer de Schultz; Ab Landau, matón de la banda; y Abbadabba Berman, el genio matemático.

Sólo cuando salía del bar, preocupado por no haber cumplido la orden, cayó Workman en la cuenta de que sí lo había hecho. De eso le sonaba el tipo del baño. El primer agredido era, efectivamente, Dutch Schultz.

Schultz vivió aún 24 horas tras los disparos. A lo largo de ese tiempo, en una ocasión, mientras era interrogado por la policía sobre quién le había disparado, informó, enigmáticamente: «el amo en persona». Todo parece indicar que murió sin tener ni puñetera idea de quién le había disparado.

Cosas curiosas que tiene la vida. Lepke fue uno de los mafiosos del Sindicato del Crimen que más porfió por conservar la vida de Thomas E. Dewey. Y, años después, sería en las manos de Dewey, como gobernador, donde estaría la vida de Lepke, condenado a muerte.

Pero la historia de aquel juicio, y de la decisión final de Dewey, es otra historia. Por hoy, basta de rollo.

lunes, septiembre 24, 2007

El nacimiento del Sindicato del Crimen

En la totalidad de los tres scripts de El Padrino, nadie pronuncia una sola vez la palabra Mafia. Fue, al parecer, una imposición a Francis Ford Coppola, provocada por algún tipo de demanda en tal sentido, presentada por alguna de las varias asociaciones de italonorteamericanos que existen en Estados Unidos. Y es que la Mafia es un algo poderoso, a la vez que atractivo. Y bastante universal pues, a pesar de ser un fenómeno de nacimiento en Italia y desarrollo fundamentalmente en los Estados Unidos, su desarrollo a través de todo un subgénero fílmico ha hecho que, de una forma o de otra, todos sepamos un poco de los mafiosos.