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miércoles, mayo 13, 2009

Santa Sábana (para Tiburcio)

Querido Tiburcio:

He decidido dejarte aquí unas líneas con una especie de recarta cruzada porque, como ya has comprobado en los comentarios a las cartas que colgamos recién, el asunto de la Sábana Santa de Turín ha generado su aquél entre nuestros lectores. Éste, creo, es ya de por sí un factor para escribir este post. El otro es que sufro de pies planos y, por lo tanto, hacer la ruta mongola de Santiago me supondría un esfuerzo de tal calibre que espero que entiendas que debo hacer cuanto sea posible para ganar. Ya sé que a los elefantes eso de que tener los pies planos sea un problema os suena a cachondeo. La verdad, no sabes la suerte qué tienes, especialmente desde que a los horteras del mundo se les ha ocurrido la feliz idea de preñar la tierra de suelos de mármol y sucedáneos.

Yo no te voy a discutir la autenticidad de la Sábana Santa desde el punto de vista del Carbono 14 o el Cadmio 27. Tampoco eso que llamas «detalles anatómicos» aunque, la verdad, a mí siempre me ha parecido sospechoso el hecho de que la imagen negativa de la Sábana se pareciese tanto a la que todos o casi todos tenemos del presunto retratado. Como si alguien llegase ahora y dijese que en Francia hubo un tipo que inventó la fotografía en 1770 y enseñase una presunta foto de Napoleón en la que, vaya por Dios, diese la puta casualidad de que el emperador tuviese la mano metida en la pechera.

Hay cosas que no termino de entender de esa sábana, pero tienen que ver más bien con mi concepto de la creencia que la sustenta.

En el fondo de mis dudas reside la doctrina del cristianismo en general, y el catolicismo muy en particular, sobre el asunto de los milagros. Si yo creo en Dios, y creo que Jesucristo era su hijo de la misma naturaleza, engendrado y no creado, y tal, entonces creo que tanto Dios que estaba en el cielo como Jesús que estaba en la tierra eran omniscientes, omnipresentes y omnipotentes. Así las cosas, obviamente no le voy a negar a Jesús la capacidad de curar a un ciego. Alguien que Lo Puede Todo puede curar a un ciego, pues curar a un ciego es una más de las cosas que forman parte de Todo.

Que Jesucristo hiciese milagros durante su estancia entre nosotros, por lo tanto, lo puedo entender. Evidentemente, el padre de la raza humana es quien mejor sabe lo cerrilmente incrédulo que puede ser el hombre, así pues los prodigios eran necesarios para dejar claro que esta vez sí, macho, esta vez no estás delante delante de un milenarista de medio pelo, un puto esenio becario, sino delante del Auténtico Mesías. Hace muchos, muchísimos años, en un aula del colegio de los jesuitas de La Coruña, tuvimos un grupo de alumnos de primaria y el cura que nos daba religión una discusión sobre los porqués de Cristo para resucitar a su amigo Lázaro. Nosotros opinábamos que lo había hecho para demostrar que era Dios. El cura decía que no, que lo hizo porque como vio a las hermanas contritas y era amigo del muerto, se apiadó de él. Han pasado treinta años y sigo pensando que el argumento del páter no tenía pase. Alguien que sabe que existe la vida eterna y que es inconmensurablemente feliz para los virtuosos, ¿qué valor podrá dar al dolor pasajero por la muerte de un hermano, apenas un brevísimo destello en la Inmensidad de la Luz Eterna? Lo resucitó por la misma razón por la que hizo todos los demás milagros: para demostrar que era el Cristo.

Esa demostración, sin embargo, quedó. Cristo llegó, predicó, se sacrificó por nosotros, murió como un hombre, sufriendo lo indecible, luego resucitó y se marchó; y, al marcharse, dijo que volvería una sola vez más, la última. El día del Juicio Final (escena, por cierto, que no me resisto a recordar que ya está en la iconografía del Pesaje de Almas del antiguo Egipto; casualidad...)


La cuestión es: si todo esto es así, ¿por qué dejó un autógrafo?


En pura teoría cristiana, al menos como yo la interpreto, el autógrafo de Cristo son sus palabras, su mensaje; tal y como lo reconocen los Evangelios canónicos, que según la Iglesia son los fetén y todo eso. ¿En cuál de ellos dice «Está escrito: cuando el Padre me llame a su diestra, os dejaré mi imagen indeleble para que mirándola podáis alabarme y recordarme»? Lo que Cristo dice en los Evangelios es, más o menos: aquí estoy yo, y mi vida, mis palabras, mi muerte, han de ser un testimonio para que a partir de este día la Humanidad quede liberada de su pecado original y sea una Comunión con su Iglesia. Sus Hechos y sus Palabras. No dice nada de su foto.

Una vez, en un autobús camino del otro extremo de Europa, un cura franciscano me dijo, y como me lo dijo yo lo registro, que muchos de los grandes de la Iglesia no creen en los milagros pos-Jesucristo. Creo recordar que me citó a Juan de la Cruz. Y, la verdad, me parece una teoría perfecta. Dios ya habló, a través de su Hijo, durante el tiempo que éste estuvo entre nosotros. Una vez que se fue, el tiempo de los prodigios se ha terminado. Lo que queda es su mensaje, que debería ser lo suficientemente potente como para bastar. Una teología que para convencer necesita convertir serpientes en churros rellenos de chocolate puede ser una gran cosa desde el punto de vista de la repostería, pero bastante inútil en términos de vida eterna.

Así pues, el principal «pero» que le pongo yo a la Sábana Santa es su porqué. Es evidente que si existe y es auténtica, existe porque media una decisión divina. El Padre, sólo o en compañía de Otros (o sea, el hijo y la palomica que vive con ellos, como dice la Antología del Disparate) decidió dejar una huella indeleble del cadáver de Jesucristo en la estameña con que fue rodeado para su enterramiento. Pero la pregunta es por qué. Puestos a dejar una huella indeleble, ¿por qué Jesucristo no giró un dedo y levantó una montaña de color azul tungsteno en medio del lago Tiberíades? ¿O por qué no esculpió en la cara visible la de Luna la frase «Immanuel estuvo aquí» en los setecientos mil idiomas extinguidos, existentes y por existir?

La razón que nos lleva a sostener por qué Jesucristo no redecoró la Luna es la misma, a mi modo de ver, que nos lleva a sostener que la Sábana Santa es una chorrada. Si Jesucristo es Dios y por lo tanto se sabía portador del Más Valioso Mensaje de la Humanidad; si, además, como ya hizo su padre siglos antes en el Paraíso, había decidido que el hombre es libre de creer o no creer, que, por lo tanto, ser hombre significa, en buena parte, debatirse en ese problema y decidir. Si es el hombre el que se salva o se condena, entonces la actitud lógica es darle el librito con las reglas de juego y luego pirarse. Sin más. La Sábana Santa parece como un último acto de intentar dejar clara la Verdad, cuando la Verdad, cualquier persona con Fe lo sabe, se defiende por sí misma, no necesita sabanitas con rostros barbados impresos en ella para pervivir. Prueba de ello es que muchos de los miles de millones de católicos que en el mundo creen o han creído nunca han tenido o no tuvieron noticia de la Sábana Santa; y es fácil avizorar que, si ésta no existiese, creerían igual.

Así las cosas, te diré, mi querido Tiburcio, que me parece lógico aque aquellos que no creen discutan, discutamos, tu teoría de que la Sábana Santa es auténtica. Pero lo que verdaderamente me extraña es que haya católicos que crean en ella. Porque, a mi modo de ver, ser creyente, por lo menos como a mí me enseñaron a serlo, te lleva, recto recto, a la conclusión de que no debes creer en ella.

Ahora, a la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, nadie le va a enseñar a dar triples saltos mortales con tirabuzón atrás.

Tuyo,

Jota.

martes, mayo 12, 2009

¿Existió Jesucristo? (Cartas cruzadas)

Sotto voce y de forma epistolar, Tiburcio y yo hemos estado estos días polemizando tras la publicación, por mi parte, del post en el que afirmaba más bien no creer en la existencia histórica de Jesucristo. El asunto ha terminado por ser una carta cruzada a la vieja usanza entre el elefante y yo. De hecho, la publicación es simultánea. Ayer lunes, Tiburcio publicó en su blog mi texto y hoy martes publica el suyo. Que es el momento que yo aprovecho para republicar el mío, acaso con algunas pequeñas adiciones, y el suyo.

Os dejo, pues, con las cartas cruzadas. Como veréis, Tiburcio utiliza en la suya una estrategia muy ladina, que probablemente ha probado con alguna que otra elefanta, de darte la razón al principio para luego irte repartiendo leches.

La decisión final, como siempre, es vuestra.


¿Existió Jesucristo? By JdJ



En los años sesenta, como todos supongo que sabéis, el papa Juan XXIII promovió la celebración del Concilio Vaticano II, considerado por muchos como un hito en la modernización de la Iglesia católica, apostólica y romana. De todos los documentos que alumbró dicho concilio hubo uno que fue motivo de grandes debates e incluso pudo no ver la luz dada la resistencia que existía entre muchos prelados de entrar a analizar el tema que es su centro. Se trata de la constitución dogmática Dei Verbum. Trata sobre la revelación del mensaje cristiano a los hombres.
La Dei Verbum es, en mi opinión, un prodigio de equilibrio intracatólico. Trata, a mi modo de ver con bastante éxito, de integrar todos los distintos puntos de vista existentes dentro de la creencia sobre la validez y la historicidad de los testimonios canónicos de la vida de Jesucristo, notablemente los Evangelios. En la segunda mitad del siglo pasado, ya no son pocos los exégetas y teólogos, dentro y fuera de la disciplina vaticana, que consideran que la idea sostenida durante siglos de que los Evangelios son la palabra de Jesucristo como tal transmitida, es muy difícil de sostener. Pero también son tropa en la Iglesia quienes creen en eso mismo.

Fruto de ese equilibrio, la constitución dogmática nos dice que «Confitetur Sacra Synodus, Deum, rerum omnium principium et finem, naturali humanae rationis lumine e rebus creatis certo cognosci posse». O sea, que Dios puede llegar a ser conocido «a través de la iluminación natural de la razón humana», es decir sin tener que pasar necesariamente por los Evangelios. Aunque, a renglón seguido (y como no puede ser de otra manera, ciertamente) invierte párrafos y párrafos en defender la divinidad de los mismos.

En otro guiño (o a mí me lo parece), la Dei Verbum nos dice: «Cum autem Deus in Sacra Scriptura per homines more hominum locutus sit, interpres Sacrae Scripturae, ut perspiciat, quid Ipse nobiscum communicare voluerit, attente investigare debet, quid hagiographi reapse significare intenderint et eorum verbis manifestare Deo placuerit». Es decir, que para interpretar las Escrituras, es importante investigar lo que quien las escribió quiso decir, y no tomarlas al pie de la letra.

En su parágrafo 19, la Dei Verbum ataca directamente la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Y lo hace afirmando lo siguiente:

«Mama Kanisa mtakatifu, kwa nguvu na daima amesadiki na hukiri kwamba Injili nne zilizotajwa hapo juu, ambazo anaamini bila kusita kwamba ni za kweli, zinasimulia kiaminifu yale ambayo Yesu Mwana wa Mungu aliyatenda kwelikweli na kufundisha kwa ajili ya wokovu wa milele, wakati alipoishi kati ya wanadamu hadi siku ile alipopaa mbinguni. Mitume, baada ya Bwana kupaa mbinguni, waliwatangazia watu yale aliyokuwa ameyasema na kuyatenda, kwa ujuzi kamili waliojaliwa baada ya kufundishwa na matukio matukufu ya Kristo na kuangazwa na mwanga wa Roho wa ukweli. Hatimaye watunzi watakatifu waliandika Injili nne wakichagua mengine kati ya mengi yaliyokuwa yamesimuliwa kwa maneno au kwa maandishi, wakifupisha mambo mengine, au kuyafafanua wakilenga hasa hali ya Makanisa. Tena waliandika wakilinda mtindo uleule wa kuhubiri, lakini daima wakisimulia mambo ya kweli na kwa uaminifu kuhusu Yesu. Wao wenyewe, wakichota kutoka katika kumbukumbu yao na pia ushuhuda wa wale ambao “tangu mwanzo walikuwa mashahidi wenye kuyaona, na watumishi wa lile neno”, waliandika kusudi watujulishe «ukweli» wa mambo tuliyoelezewa».

¿Cómo? ¿Que no domináis el swahilli? Pero... ¡los lectores de este blog son un erial! En fin, por esta vez lo voy a pasar. La versión castellana es:

«La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes «desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad» de las palabras que nos enseñan».

Obsérvese el cuidado de las palabras. «Comunican fielmente» no es «refieren con exactitud». Además, se recuerda que la doctrina de la Iglesia descansa, además de en los textos, en las enseñanzas de los apóstoles (y, aunque no lo diga, de Saulo, el verdadero fundador de la religión cristiana). Por otra parte, los autores sagrados (y no os perdáis el detalle de que no se dice cuántos son) escribieron los Evangelios (aquí sí se dice que son cuatro, para que no haya dudas) a base de recuerdos personales... pero también del testimonio de testigos, de ministros de la palabra, o sea terceras referencias.

En otras palabras: el Vaticano II fue un paso, importante, para tratar de poner orden en la dura polémica en torno a la existencia real de Jesucristo.

En el fondo de toda esta polémica reside el problema, hoy completamente indisoluble, en torno a cuáles son las referencias más fiables que tenemos sobre la vida de Jesucristo. Lo cristiano es un universo repleto de galaxias que son documentos muy diferentes, muchos de los cuales han experimentado lo que los expertos llaman interpolaciones, es decir, textos añadidos a posteriori para dar más credibilidad o añadir algunos detalles a los relatos. Lo que la Iglesia considera textos canónicos es sólo una pequeña parte de toda esa literatura, y hay quien piensa que no con demasiadas razones que lo justifiquen.

Parece que la literatura litúrgica más antigua que se conserva son algunas de las epístolas de Pablo de Tarso; las dirigidas a los gálatas y a los romanos, así como pasajes de la primera a los corintios, suelen considerarse como las más sólidamente auténticas. En estos textos se habla de la crucifixión y resurrección de Jesucristo, se habla de la cena pascual e incluso se menciona, una sola vez, que Jesucristo habría tenido doce seguidores (aunque hay quien considera estos dos últimos pasajes como interpolaciones posteriores). El resto de los detalles conocidos por los Evangelios no aparecen y, hecho importante, en caso alguno se refieren a Jesucristo como un maestro que hubiese impartido enseñanza alguna. No hay, pues, mención a la doctrina alguna expresada por ese fundador. En los documentos inmediatamente posteriores, tales como la epístola de Clemente (en torno al año 100), Justino mártir, Policarpo o Barnabás, no se citan las enseñanzas de Jesucristo, ni su parentesco, ni sus milagros.

En el mundo de las primeras sectas cristianas, cultos surgidos desde el judaísmo incluso antes de la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d.C.), existen unos denominados por los griegos nazoraios, palabra traducida habitualmente como nazaritas o nazarenos, denominación que no tiene necesariamente que provenir del nombre de una aldea llamada Nazaret, pues puede estar relacionada con palabras como netzer, o sea rama. Lo que sí es claro es que Pablo nunca llama a Jesús nazareno, así pues su identificación como tal no es propia de los primeros tiempos.
Lo inquietante del asunto está en que los vestigios de un culto a un Jesús (más concretamente, Joshua) están ya en el Antiguo Testamento. Así ocurre, por ejemplo, en el libro de Zacarías, donde se cita a un sacerdote Joshua que es identificado simbólicamente con la rama. La rama parece haber sido desde antiguo y en varias creencias (adoradores de Mitra, o de Démeter) el símbolo de la vida. Hoy, la rama está presente dentro de la simbología de la Semana Santa católica.

En realidad, para rechazar de plano la idea de que Jesús pueda ser un mito y no un personaje histórico, todo lo que tenemos que hacer, o hacemos, es pecar de modernocentrismo; es decir, de la idea de que el único mundo que ha existido es el que conocemos, es decir el mundo moderno. Para nosotros es inconcebible que alguien pueda tener seguidores que lo consideren el salvador de la Humanidad durante 2.000 años sin haber existido realmente. Pero eso es así simplemente porque desconocemos el mundo antiguo. En el mundo antiguo Osiris o Mitra, por citar los dos ejemplos más evidentes, también fueron considerados salvadores de la Humanidad, y durante más tiempo que lo ha sido considerado Cristo; y, sin embargo, a nadie en sus cabales se le ocurre rayarse con la idea de que Osiris pueda ser un personaje histórico.

Otro elemento importante, como he dicho, es la insoportable levedad de los documentos de referencia que tenemos como fuentes, y que son, sobre todo, los cuatro evangelios canónicos. Estos escritos no fueron elaborados en la forma que los conocemos hasta el final de la segunda centuria; para que nos entendamos, ello viene más o menos a equivaler a escribir hoy la biografía de Napoleón (pero sin la cantidad de libros que se han escrito sobre él por medio, sino con referencias de referencias de referencias de mitos de creencias de lo que Napoleón hizo o dejó de hacer, dijo o dejó de decir). A esto hay que unir el hecho, sobradamente conocido, de que los evangelios canónicos son sólo un subconjunto de los evangelios existentes; siendo los otros los llamados apócrifos, algunos de los cuales, por cierto, tuvieron en los primeros tiempos del cristianismo tanta o más popularidad que los que finalmente se eligieron como la versión fetén.

Aunque los evangelios apócrifos merecerían de atención por sí solos en un post específico, aún de forma telegráfica son varias las razones que abonan su pretendida popularidad. La primera de todas, el papel que estos escritos tienen en algunos mitos y leyendas desarrollados por la religión católica y de amplísima difusión. Apócrifos como el Protoevangelio de Santiago, el llamado Pseudo-Mateo o el Evangelio de la Natividad de María son elementos de gran importancia en la consolidación del dogma de la virginidad de la madre de Jesucristo. Fiestas plenamente integradas en el calendario católico con San Joaquín, Santa Ana, la presentación de la Virgen niña ante el templo, la circuncisión de Cristo o la purificación de María, todas ellas encuentran su suelo en los apócrifos.

Otro argumento a favor de la idea de la amplia difusión de estos evangelios es que, a pesar de contar con una oposición de siglos por parte de la propia Iglesia, se conocen de ellos, la mayoría escritos inicialmente en griego, versiones en copto, en sirio, en etíope, en armenio, en árabe, en lenguas eslavas... De la misma manera que si un escritor contemporáneo es traducido a muchas lenguas eso viene a querer decir que gusta, el argumento es, si cabe, más válido en el caso de libros tan antiguos.

Una tercera razón estriba en que muchas de las escenas descritas por estos evangelios pululan en multitud de pinturas, esculturas, retablos y diversas obras de arte cristiano elaborados a través de los siglos; signo éste de que los artistas, o bien dio la casualidad que se inventaron historias que, vaya hombre, coincidían con las contadas por los apócrifos; o los habían leído. En un sitio tan poco sospechoso de anticatólico como la basílica papal de Santa María la Mayor de Roma no hay más que echarle un vistazo a su arco triunfal y luego preguntarse de qué escritos han sido sacadas las escenas que allí se describen.

Por así decirlo, para creer que los evangelios que todos (por lo menos en mi generación) hemos leído en la escuela son la versión adecuada de lo que pasó (si es que pasó), sólo contamos con la palabra de la Iglesia. Es, pues, una cuestión de fe, no de conocimiento.

Son muy conocidos los muchos datos que contiene la narración evangélica que cuadran muy difícilmente con la realidad. Jesucristo cena con sus discípulos, luego éstos se duermen y él se va a rezar y allí es prendido en una escena que no tiene mucha explicación. Horas antes ha entrado en Jerusalén en loor de multitud, pero aún así a los polis les hace falta que uno de sus discípulos le dé un ósculo para señalarlo. Una vez detenido es llevado ante el gran sacerdote... que se encuentra reunido con sus escribas y dignatarios. ¿Por la noche?

El nacimiento de Jesucristo no pudo ser cuando nos dice la tradición a menos que los pastores que dormían al raso aquella noche fueran supermanes, porque en Galilea, en diciembre, hace una rasca por la noche que lo flipas. La fecha de la Navidad, lejos de ello, está escogida por la Iglesia dentro de una estrategia de identificación de los ritos cristianos con ritos anteriores; la Navidad es en diciembre porque los pueblos antiguos celebraran en ella un nacimiento, el del Sol; hay estudiosos que consideran a Jesús una transliteración del Dios-Sol de los antiguos. Incluso la Semana Santa viene a coincidir, más o menos por casualidad, con el momento del año en el que muchos pueblos paganos celebraban una muerte, la de Adonis en las fauces de un lobo.

Asimismo, Jesús no es el primero que resucita de su tumba; lo mismo creyeron los seguidores del mito de Mitra. La conversión de agua en vino se creyó de Dionisos, y la capacidad de andar sobre las aguas de Poseidón.

El culto cristiano ni siquiera es el primero el creer en la purificación del alma con el concurso de la sangre. Esto ocurría también en el culto de Attis, de cierta popularidad en Roma. Los creyentes de Attis sacrificaban un buey en el lugar que consideraban propicio para ello; será casualidad, pero en ese lugar hoy se levanta la basílica de San Pedro.

Otro elemento que han señalado algunos filólogos es el hecho de que todas las mujeres que rodean a Jesucristo se llamen María. El hecho encuentra su importancia en que, según orientalistas como P. Jensen, citados en obras como las de John M. Robertson (Short History of Christianity). W.B. Smith o Arthur Drews, en las culturas del área la madre de dios siempre portaba nombres que empezaban por Ma: María; Marianna; Maritala (madre de Krishna, el de Hare Ídem); Mariana, madre del dios bitinio Mariandinio; o Mandane, la madre de Ciro, por quien se profesaba cierto culto mesiánico (véase, a tal efecto, Isaías 45,1).

Asimismo, se conoce que los grandes jerarcas judíos de los tiempos posteriores a Jesucristo se servían de hombres especiales dedicados a la recaudación de tributos e inspección de los fieles, en número habitual de doce; costumbre de la que puede estar tomada la cifra de doce apóstoles que, si leéis los Evangelios con atención, veréis que surge con bastante inconsistencia. Otro elemento que, como he dicho, no tiene mucho sentido, es Judas. La traición de Judas no es en modo alguno necesaria para la detención de Jesús, por lo que es un personaje quizá incluido con posterioridad, a través de la representación de autos sacramentales en los que los gentiles, es decir los cristianos no judíos, comenzaron a construir esa inquina tan típica antijudía (ellos mataron a su Maestro); autos sacramentales en los que quizá, para enervar aún más la acusación, se introdujo a un judío o sea, ioudaios, que se pronuncia casi como Judas) que traicionaba a Jesús.

Otro elemento para la polémica interminable es la propia pasión. La polémica tiene que ver con el hecho de que no pocos de sus elementos están ya presentes en el Antiguo Testamento; algo que los creyentes explican considerando que la pasión de Cristo cumplió con profecías previas, mientras que desde un punto de vista más escéptico lo que hace es confirmar que los relatos de dicha pasión contenidos en los Evangelios están, en realidad, tomados de las escrituras anteriores.

Es el caso de la famosa frase pronunciada por Jesucristo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Esta frase es la que textualmente inicia el Salmo 22 del libro de los Salmos, muy anterior. Esto sin tener en cuenta que aquí se produce una prueba más de la casi enternecedora propensión evangélica a las pequeñas contradicciones, pues si todos los apóstoles lo habían abandonado cuando fue prendido (Marcos: 14,50), y tan sólo, de los suyos, quedaban allí unas mujeres que lo seguían desde Galilea pero que se encontraban a distancia (Mateo, 27, 55), ¿quién oyó a Jesús pronunciar estas palabras? ¿Dónde están los testigos que, según la Dei Verbum, pudieron referir la información a los evangelistas?

Nos cuentan los Evangelios que los que pasaban frente a la cruz se burlaban del condenado. O sea, la misma situación descrita en Salmos: 22,7, repetidas en Mateo 27, 39. Más aún, leemos en Salmos 22,16: «Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; agujerean mis manos y mis pies». Y cabe hacer notar que no era costumbre de la época crucificar clavando manos y pies. Más allá, Salmos 22,18: «Se repartieron mis vestidos entre sí y mi túnica la echaron a suertes»; que es exactamente lo que refiere Mateo 27,35. Gran parte del material de la Pasión, por lo tanto, está en el Salmo 22, el cual no tiene valor profético alguno, o al menos yo no se lo veo, sino más bien trata sobre la humildad del creyente. Y aún hay más materiales. En el Salmo 41, versículo 19, se lee la queja: «Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí»; una posible transliteración del mito de Judas. Y, por último, en el versículo 21 del Salmo 69 se lee: «También me dieron hiel por comida y en mi sed me dieron vinagre para beber»; lo cual se corresponde con los episodios en los que le es ofrecido a Jesucristo vino con hiel primero y, después, una esponja empapada de vinagre.

Otro de los elementos de duda y polémica es la escasa, por no decir nula, huella que dejó la muerte de Jesucristo en la Historia. El historiador judío Flavio Josefo lo cita en sus libros sobre las guerras de los judíos, pero hay quien piensa que ese pasaje ha podido ser añadido con posterioridad. Otro gallo nos cantaría si se hubiesen conservado los textos de Justo de Tiberias, otro historiador soldado judío, el cual escribió otra historia como la de Josefo, que se ha perdido. En el siglo IX el libro existía, sin embargo, y fue leído por Focio, patriarca de Constantinopla; el cual se sintió contrito al comprobar que no decía nada de Jesús.

Por parte romana, la primera mención a Jesucristo está en las cartas de Plinio el Joven a Trajano, allá por el año 111, más o menos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en su carta, Plinio se refiere al obispo de Roma, Clemente, como autor de unas epístolas que no fueron consideradas como tales hasta 60 años después de la fecha de la carta; así pues, las sospechas de interpolación son muchas.

Tácito, en sus Anales (XV, 44), se refiere al incendio de Roma en tiempos de Nerón, añadiendo que culpó del mismo a los cristianos (Hollywood ha hecho maravillas con este pasaje) y señalando que el líder de este movimiento había sido ejecutado por orden de Poncio Pilatos. Pero hay cosas curiosas. Por ejemplo, que Tácito llame a la secta chrestiani, o sea cristianos, cuando el concepto de Cristo no sustituyó al de Mesías hasta la época de Trajano, posterior a su momento. Pero lo más sospechoso de todo es que cite a Poncio Pilatos como si fuese alguien que tuviera que ser forzosamente conocido por sus lectores. Cuando Tácito escribe han pasado muchos años desde que Pilatos fue procurador en Jerusalén, y en Roma había cientos, si no miles, de funcionarios de provincias. Para que nos entendamos: es como si yo escribo un texto ahora citando a Márquez y sin dar mas explicaciones, como si asumiese que todos mis lectores del 2009 van a saber que Márquez fue subsecretario de Agricultura hace un siglo. Otra más que probable «mentira» de Tácito es el célebre pasaje de las antorchas humanas realizadas con cristianos crucificados, castigo éste que era extraño a las prácticas romanas.

En todo caso, y como ya hemos dicho, el gran elemento de discusión han sido siempre los Evangelios, tanto los llamados apócrifos como los considerados canónicos por la Iglesia. Como ya se ha señalado en este texto algunas veces, los Evangelios son textos que adolecen de incoherencias y saltos extraños, lo cual viene a rebelar que, lejos de ser la crónica de cuatro cronistas como pretende la versión eclesial, son en realidad el fruto de muchas manos. Hay errores tan flagrantes como que el Evangelio de Marcos comience relatando el árbol genealógico del carpintero José, claramente para hacerlo descendiente de David; para, a continuación, contarnos que el linaje del propio José no tiene nada que ver con Jesucristo (pues éste nace mediante una concepción inmaculada), por lo que no se entiende muy bien por qué nos ha contado antes todo eso de la genealogía. Por lo demás, los historiadores han dudado siempre de la historia de Herodes y los santos inocentes, pues una burrada de este calibre por fuerza debería dejar una huella en las crónicas que no se ve por ninguna parte. Además, como ocurre en el caso de la pasión, resulta sospechoso que en el propio Antiguo Testamento haya un precedente de este suceso, concretamente en Reyes 11,15: «Porque cuando David estaba en Edom, subió Joab el general del ejército a enterrar los muertos, y mató a todos los varones de Edom». Adad, descendiente de David, sobrevive a esta matanza y, además, lo hace huyendo a Egipto.
Los Evangelios sitúan el origen de Jesucristo en Nazaret. Pero el nombre de esta población no aparece ni en el Talmud, ni en el Antiguo Testamento; ni siquiera en Josefo. Sólo se la conoce desde el siglo IV.

Hay otras cosas que, aunque hay que admitir que son technicalities exegéticas, apuntan a que el evangelista, o los evangelistas, quizá tenían un dominio del tema menor del que creemos. Así, en el Nuevo testamento, Jesús reprocha a los fariseos varias cosas, entre ellas «la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matásteis entre el templo y el altar». Posiblemente, el evangelista, al escribir estas palabras, está pensando en Zacarías, hijo del rabino Jehojada, el cual según el libro de las Crónicas (II, 21, 20) fue lapidado por orden del rey Joash; pero lo confunde con Zacarías, hijo de Baruch (Barachías), quien fue asesinado en el interior del templo por las turbas por considerar que había conspirado a favor de los romanos durante el sitio de la ciudad. Pero es que el sitio de la ciudad ocurrió en el año 68, es decir 35 años después de la supuesta muerte de Cristo; ¿cómo pudo él, por lo tanto, realizar dicha cita delante de los fariseos?

En general, además, los evangelistas muestran pocos conocimientos históricos. Lucas sitúa la obligación romana de empadronamiento durante el gobierno siríaco de Publio Sulpicio Quirinio, que se produjo siete años después del teórico nacimiento de Cristo. O Lucas, que sitúa una acción durante el tretarcado de Lisanias en Abilinia, siendo lo cierto que Lisanias murió más de treinta años antes del teórico nacimiento de Cristo.

Incluso el propio mensaje de Cristo es en ocasiones contradictorio. Según qué esquina del libro leamos, es un reformador o un defensor de las leyes judaicas. Condena el divorcio y poco después se muestra comprensivo ante María Magdalena. Le dice a sus discípulos (Lucas, 22, 36) que el que no tenga una espada, que venda sus vestidos para comprarse una; pero luego (Mateo, 26,52) condena el uso de la espada con el famoso quien a hierro mata, a hierro muere.

Más aún. Jesucristo dice (Mateo 5, 43): «Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Más yo os digo: amad a vuestros enemigos». Esta frase sugiere un bajo conocimiento del Antiguo Testamento por parte de su redactor, ya que en este libro, que verdaderamente puede ser muy brutal en muchos pasajes, ya se encuentra, y bien evidente, la filosofía del amor al otro. Muchos años antes de Jesucristo, el Levítico dice (19,18): «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y en Éxodo 23, 4 y 5, se dice: «Si encontrares extraviados al buey o al asno de tu enemigo, deberás volver a llevárselos sin falta. Si vieres al sano del que te aborrece caído debajo de su carga, y pensaras en abstenerte de ayudarle, deberás sin falta ayudarle a levantarlo».



No seré yo quien le diga a la Iglesia lo que ha de hacer. Me limitaré a dar mi opinión de que debería pensar en profundizar el camino amagado en el Vaticano II. La discusión en torno a la figura histórica de Jesucristo es baladí y absurda, porque es una discusión sin fin. Discutir sobre si Jesucristo existió alguna vez equivale a discutir sobre si a Ramsés II le gustaba que le rascasen la espalda con una rama de eneldo; se pueden buscar un montón de referencias a favor o en contra, pero nunca nadie conseguirá convencer a la parte contraria de la verdad de sus aseveraciones, porque pertenecen al terreno de lo etéreo, de lo que nunca conoceremos.

Personalmente, me inclino a pensar que la figura histórica de Jesucristo es más bien poco probable. Pero eso, como digo, en realidad no es tan importante. No pocos egipcios, griegos o romanos tenían bastante claro en su fuero interno que sus dioses no vivían en el Duat o en el Olimpo, y aún así los seguían. Lo verdaderamente importante de las religiones es su mensaje moral. Lo importante es tener una moral. Que provenga de una persona que la fe te hace creer que existió, o de tu naturae humanae rationis lumine, en el fondo no es tan importante.




¿Existió Jesucristo? By Tiburcio Samsa


Empecé a leer la entrada de JdJ convencido de que podría refutarle mientras veía la televisión y me hacía un sudoku de paso, tan convencido estaba de la existencia histórica de Jesucristo. Más tarde, cuando comencé a preparar mis argumentos, me di cuenta de que no eran tan sólidos como pensaba. Sigo creyendo que Jesucristo existió realmente, pero ahora sé que quienes lo niegan tienen su aquel.

El argumento de JdJ es que Jesucristo sería un trasunto de los mitos que se dieron en el mundo mediterráneo en aquellos años que hablan de un salvador que muere y resucita. Aunque los judíos hayan sido un pueblo bastante impermeable a las influencias externas, para el siglo I d. C. ya habían sufrido una cierta influencia del mundo helenístico circundante. Pensar que hubieran podido absorber esas concepciones sobre un salvador no es descabellado. Además, que dentro de su propia tradición ya poseían figuras que podían servir de modelo.

Los judíos esperaban un Mesías que sería como un gran rey que restauraría la gloria del pueblo hebreo. Por otro lado, tenían el concepto del chivo expiatorio, aquél que carga con los pecados de un pueblo para que éste quede libre de culpa. La figura de Cristo, precisamente, aúna ambos modelos: es el Mesías y al mismo tiempo es el chivo expiatorio. Para un judío tradicional que esperaba que el Mesías fuese como Supermán, pero con una corona, eso sonaría rarísimo, pero para un judío familiarizado con Mitra y Adonis, bastante menos.

En resumen, había elementos ideológicos suficientes como para que un grupo de judíos del siglo I d. C. creyesen en un salvador mítico que no existió en la realidad. Un punto para JdJ.

Y de regalo, otro argumento que le hará la boca agua a JdJ. Algunos estudiosos sostienen que uno de los primeros ritos del cristianismo primitivo consistió en una actualización del descubrimiento de la tumba vacía. Un grupo de mujeres creyentes iban ante el oficiante y le decían que querían ver a Cristo. Entonces tenía lugar entre ambos el siguiente diálogo: «¿A quién buscáis?/ Buscamos a Jesús Nazareno, que fue crucificado./ Se ha levantado de entre los muertos. No está aquí. Mirad el sitio en el que yació.» Este diálogo, que aparece en el evangelio de San Marcos, provendría de esa liturgia primitiva, liturgia que no le habría sonado demasiado extraña a un adorador de Adonis. Pero, ojo, que esa liturgia haya existido y que un adorador de Adonis hubiera podido sentirse cómodo con ella no implica que Jesucristo no fuera un personaje histórico.

Otro argumento de JdJ es que los evangelios no son muy de fiar, ya que fueron muy editados para que la carrera profética de Jesús se correspondiese con una serie de profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías. Aparte de que no tenemos claro quiénes fueron sus verdaderos autores. Aunque JdJ tiene razón en ambas cosas, ello no impide que haya un núcleo de verdad rastreable en los evangelios y que, por su cercanía en el tiempo a la muerte de Jesucristo, sea razonable pensar que quienes los escribieron o bien conocieron al Jesús histórico o bien conocieron a gente que lo había conocido. Por otra parte, hay numerosos detalles en los evangelios, que han sido luego corroborados por la arqueología, que demuestran que quienes los escribieron estaban familiarizados con la Palestina del siglo I.

Ha habido discusiones sobre la fecha de composición de los evangelios, pero parece que la tendencia predominante en la actualidad es pensar que los evangelios sinópticos (los de S. Marcos, S. Mateo y S. Lucas) como muy tarde ya debían de estar escritos para el 90 d.C. Se han descubierto unos fragmentos de papiro procedentes del Alto Egipto que contienen parte de Mateo.26 y que datarían aproximadamente del 60 d.C. Dado que se piensa que el redactor del evangelio de S. Mateo utilizó como parte de sus materiales el evangelio de S. Marcos, puede deducirse que como poco para el año 50 d.C. ya circulaban textos escritos contando la vida de Jesucristo. Veinte años son muy pocos años para introducir demasiadas invenciones sobre un personaje del que muchos se acordarían todavía.

En lo que escribiré a continuación me olvidaré a propósito del evangelio según S. Juan. Es demasiado posterior y probablemente se escribiera algo alejado de Palestina, tal vez en Antioquía. Mientras que los evangelios sinópticos tratan de describir la vida de Jesucristo, el de S. Juan la presenta con una visión teológica por detrás. No le importan tanto los hechos por sí mismos, como en cuanto que fundamentos de la teología que defiende.

Los evangelios sinópticos permiten trazar una carrera profética que tiene mucho de plausible. Un artesano de Nazareth de 30 años va al desierto a hacerse bautizar por S. Juan Bautista, como tantos otros en aquellos tiempos. La experiencia le marca y se convierte en predicador. Tiene carisma y empieza a reunir entorno suyo a un grupo de seguidores. Tiene roces con los fariseos. Cuando lleva tres años de predicación decide dejar de actuar en provincias y lanzarse a la conquista de la capital. Hace lo propio: ir durante la celebración de una gran fiesta religiosa, la Pascua judía. Estando en Jerusalén, se coge un rebote importante cuando ve a los cambistas en el Templo y les derriba las mesas. Eso termina de convencer a sus oponentes de que es un peligro para sus intereses y que hay que pararle los pies antes de que su movimiento cobre mayor auge. Fariseos y saduceos no tienen mayor problema en convencer a los romanos de que ese tipo es un peligro público. A los romanos les interesa el orden público, no las vidas humanas y si los judíos les dicen que uno de los suyos es un buscapeleas, mejor liquidémosle por si las cosas.

Reconozco dos problemas. El primero es que la figura que obtenemos de Jesucristo es un poco contradictoria. Un día está de buen humor y dice «Amaos los unos a los otros» y al día siguiente se levanta con mal pie y proclama «Yo no he venido a traer la paz, sino la espada». Hay momentos en los que parece Zapatero, proclamando que todo el mundo es muy bueno y que no hay crisis, y otros en los que parece su padrino, S. Juan Bautista, o Aznar, advirtiendo que faltan dos telediarios para que venga el fin del mundo y que el malvado que no se convierta se va a enterar de lo que vale un peine. O bien Jesucristo era ciclotímico o bien fue un mito histórico y la figura de los evangelios es un collage mal compuesto a base de dos o tres profetas desconocidos para nosotros que sí existieron.

Bueno, hay otra posibilidad, que es a la que yo me apunto. Sólo hay un Jesucristo y las contradicciones de sus palabras vienen porque no están ordenadas en el orden en que se dijeron. Pensemos en S. Marcos, escribiendo, tal vez diez años después de la muerte de Jesús. Tiene a mano sus recuerdos personales (vamos a asumir que conoció a Jesús), un texto con los dichos de Jesús y tal vez unas cuantas páginas de notas con anécdotas de Jesús que le han pasado. «A ver, ¿cuándo ocurrió lo de los panes y los peces? Fue antes o después de lo de la pesca milagrosa. Yo creo que después, porque cuando lo de la pesca el Nazareth F.C. estaba en segunda y en cambio cuando lo de los panes y los peces teníamos la campa llena de forofos celebrando que acababa de vencerle al C.D. Jerusalén. ¿O lo de la campa fue para celebrar el fichaje de Ronaldinus Máximus, que seguro que nos iba a aúpar a primera?» En fin que dudo mucho de que la historia de Jesús nos la hayan contado exactamente en el orden en el que ocurrió.

Si esto es así, no me parece descabellado pensar que las aparentes contradicciones lo que reflejan es una evolución en el pensamiento de Jesucristo. Al inicio de su ministerio está lleno de amor y buena voluntad. Yahvé le ha iluminado y tiene la receta para poner fin a los males del mundo. Tres años más tarde, después de innumerables disputas con los fariseos y tal vez de alguna persecución contra sus seguidores, Jesucristo ya está hasta el gorro y el buen rollito se le está agotando. De esa segunda fase de su ministerio datarían los mensajes más duros y apocalípticos.
JdJ también ha señalado que el episodio del prendimiento, juicio y ejecución de Cristo tiene la misma coherencia que una película de Rambo escrita por un guionista borracho. En parte es achacable a que aquí hubo que editar mucho para ajustar el episodio a las profecías veterotestamentarias sobre el Mesías. También es achacable a que posiblemente muchos detalles del juicio no debieron ser presenciados por seguidores de Jesús. Posiblemente la información que obtuvieran a posteriori fuera a través de simpatizantes o de rumores cogidos aquí y allá.

A pesar de todo, creo que los evangelios proporcionan suficientes datos para tener una visión coherente y realista de los acontecimientos. Tras el episodio de los cambistas en el Templo, a Jesús le advierten que se ha pasado varios pueblos y que los saduceos y los fariseos van a ir a por él y que lo mejor que puede hacer es mantener un perfil bajo. Jesucristo se esconde con los apóstoles en casa de un simpatizante. Lo más lógico sería mantenerse escondido hasta que hubiera pasado la Pascua y aprovechar el retorno de la masa de peregrinos a sus hogares para salir de la ciudad de tapadillo. La traición de Judas debió de consistir en revelar a los enemigos de Jesús dónde se encontraba. El proceso debió de ser sumario y breve, una mera formalidad. Es casi seguro que Poncio Pilatos no jugó ningún papel en él. Era un caso demasiado menor para que un poderoso gobernador romano se molestase en levantarse a medianoche para atenderlo. Me imagino que los evangelistas introdujeron a Poncio Pilatos por el efecto dramático. Jode pensar que a tu maestro lo condenó a muerte un burócrata chupatintas; todo un señor gobernador es otra cosa. La cruficifixión era la condena habitual para los acusados de sedición que no poseían la ciudadanía romana. Así pues, la condena impuesta a Jesucristo no tiene nada de excepcional.

Otra cuestión que suscita JdJ es la falta de referencias a Jesucristo en fuentes no cristianas de la época. En principio a mí no me parece tan raro. Judea era una provincia remota, recien incorporada al Imperio. Para un historiador grecolatino tenía el mismo interés que Kabul para un turista que ande buscando resorts de lujo. Jesucristo fue un fenómeno local y pasajero; un profeta que anduvo predicando esa religión tan rara que tienen los judíos durante tres años y que fue ajusticiado. Por otra parte la historiografía antigua era una historiagrafía de reyes y guerras. Un movimiento social o religioso no interesaba mientras no se hubiese rebelado y hubiese cortado unas cuantas cabezas. El silencio sobre la figura de Jesús no es sorprendente.
JdJ menciona dos obras de historiadores judíos contemporáneos de los hechos y que escribieron sobre Judea. Uno fue Justo de Tiberías. Su obra no nos ha llegado, pero sabemos por referencias bizantinas que no decía nada sobre Jesús. El otro fue Flavio Josefo. Su obra Antigüedades judías contiene un párrafo muy famoso, que dice:

«Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, [si es que se le puede llamar hombre], porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. [Era el Cristo.] Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, [porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él.] Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.»

Hay una unimidad en que la parte entre corchetes fue una interpolación posterior, seguramente hecha por cristianos. La mayoría de los historiadores cree que el resto del párrafo es genuino, pero reconozco que hay suficientes razones como para no poner la mano en el fuego por su autenticidad. Creo que lo prudente es no apoyar la historicidad de Jesucristo en este párrafo del que seguro que una parte fue interpolada.

En otra parte de la obra, Flavio Josefo dice:

«Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados.»

Este texto sí que me parece más genuino. Un interpolador cristiano habría aprovechado para dar cera a su héroe. No se habría contentado con una mención tan escueta. Hay quienes han pensado que la frase «quien era llamado Cristo» es un añadido posterior. Pero parece plausible que Josefo la introdujera para que se supiera de qué Jesús estaba hablando, dado que aparecen varios personajes con ese nombre en su obra.

Suetonio menciona que en el año 49 el emperador Claudio expulsó a los judíos de Roma porque se habían convertido en causa permanente de desórdeneces incitados por un tal Chrestos. El texto puede interpretarse de dos maneras. La que me es favorable: Suetonio sabía muy poco de la secta nueva de los cristianos y se equivoca, equiparándolos a los judíos (error fácil de cometer en aquellos años) y no enterándose muy bien de quién era ese Chrestos. La que no me es favorable: Suetonio no se equivoca. Dice judíos a sabiendas y el tal Chrestos (el nombre no era tan inusual) era alguien que vivía en Roma y había incitado los desórdenes.

Sobre los testimonios de Tácito y Plinio el Joven que hablan de Jesucristo y que JdJ afirma que son interpolaciones tardías, ahí JdJ me ha pillado con el paso cambiado. No sabía que había estudiosos que las consideraban interpolaciones tardías.

Ahora haré una afirmación osada. Otra prueba de la existencia histórica de Jesucristo es la Sábana Santa. Pienso que las probabilidades de que sea genuina y que realmente fuera el sudario de Cristo son muy elevadas.

Las primeras noticias fidedignas que tenemos de la Sábana Santa datan de mediados del siglo XIV. Es decir que si se trata de una falsificación tuvo que haberse realizado antes. En 1988 se le sometió a la prueba del carbono 14, que determinó que el lienzo databa de entre 1260 y 1390. Hubo muchos que no quedaron convencidos. El lienzo muestra un grado de precisión y de conocimientos anatómicos impensables en un falsificador medieval. Por otra parte el lienzo presentaba algunos detalles que van en contra de la iconografía tradicional de la crucifixión: por ejemplo, los agujeros de los clavos estaban en las muñecas, no en las palmas, y la corona de espinas no debió de ser un aro, sino un casco. Un falsificador medieval no habría introducido elementos que fueran contra lo que habitualmente se creía sobre la crucifixión. Hoy son muchos los investigadores que piensan que se produjeron errores en la prueba de 1988 y que habría que repetirla. Por un lado, parece que la prueba se hizo sobre una parte del sudario que había sido remendada en el siglo XIV. Asimismo se afirma que el fuego que afectó al sudario en 1532 pudo haber alterado su perfil de carbono y haber distorsionado los exámenes. A mí me parece más difícil explicar cómo un falsificador medieval pudo haber hecho la Sábana Santa que aceptar que los exámenes de 1988 se equivocaron.

Si aceptamos que la Sábana Santa es realmente del siglo I d. C., la consecuencia lógica es pensar que seguramente fue el sudario de Cristo. La Sábana Santa presenta muchos detalles que concuerdan con los evangelios: la corona de espinas (que no era una práctica habitual, lo que reduce enormemente las posibilidades de que sea el sudario de un crucificado distinto de Cristo), los azotes, los clavos, el lanzazo en el costado…

En resumen. Tenemos tres evangelios escritos poco después de la muerte de Jesucristo por gente que conocía Palestina y que, a pesar de los añadidos y alteraciones posteriores, permiten reconstruir a grandes rasgos la carrera de un profeta. Tenemos al menos una cita del no-cristiano Flavio Josefo que habla de Jesús. Y tenemos la Sábana Santa. Hay hechos históricos y personajes que tenemos por verdaderos con pruebas más endebles que ésas.

¿Y bien, JdJ? ¿Cuándo empiezas a preparar la mochila y las botas para hacerte el Camino de Santiago?


[JdJ: Y, vosotros, ¿qué decís? ¿Le contesto? ;-)]

jueves, mayo 01, 2008

Cartas cruzadas (V): La muerte de Stalin

¿Navegando por internet en estos días? Tiene su mérito, si vives en España, cosa que le pasa, según las estadísticas, más o menos al 80% de los que por aquí se acercan. El día de hoy es festivo en todas partes y el de mañana en Madrid, por aquello de celebrar la jornada en la que empezamos a darle una patada en el culo al francés. Así que suponemos que la mayoría de nuestros lectores andarán por ahí esparragando.

No se lo reprochamos. Pero también queremos saludar a los incondicionales y, por ello, hemos hecho, Tiburcio y yo, el esfuerzo de poder facilitaros alguna novedad en estos días de asueto.
Aquí, aquí, aquí, y aquí podéis consultar los ejemplos anteriores de las cartas cruzadas que nos vamos enviando Tiburcio y yo. Nuestro mecanismo es sencillo. Durante nuestras relaciones, a menudo epistolares, encontramos a veces puntos de fricción; cosas sobre las que ambos sabemos algo y donde mantenemos opiniones de alguna forma divergentes. En el caso de que eso ocurra, acordamos escribirnos sendas cartas, el uno al otro, defendiendo nuestros postulados; esto, tras habernos puesto de acuerdo sobre quién escribe primero (así pues, uno de los dos siempre está contestando al otro).

Hoy copio aquí las dos cartas que nos hemos cruzado sobre el asunto de la muerte de Josef Stalin, el segundo líder de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, probablemente, el político más influyente del siglo XX, si tenemos en cuenta el mogollón de personas y hechos sobre los que ejerció una influencia directa o indirecta. Stalin murió en 1953 y, como todo lo que ocurría en las alturas de la URSS, dicha muerte está repleta de extrañas circunstancias, silencios y medias verdades. Un terreno ideal para la especulación.

Esta vez, comencé yo. Espero que disfrutéis con la lectura.

La carta de Juan de Juan a Tiburcio Samsa

Querido Tiburcio:

El vigilante de la sección de paquidermos del zoológico de Tampa, Florida, del que como recordarás fuiste inquilino en tu juventud, me contó el otro día, entre divertido y alucinado, que una tarde de martes que prácticamente no había público en el zoológico y ambos os estabais aburriendo mortalmente, le contaste que tú, básicamente, creías que la muerte de Josef Stalin fue natural. Ello me ha llevado a dejarte estas líneas, no tanto para ver si dejas de caer en el error sino para intentar, tan sólo, dejar alguna sombra de duda en tus elefantiásicos conocimientos.

Como quiera que estas cartas son públicas y las pueden leer personas a las que la juventud les permite no saber según qué cosas, deberemos decir aquí que Josef Stalin fue, después de Lenin, el segundo Gran Manitú de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo poder (en mi opinión, hablar tan sólo de gobierno sería inexacto) ostentó durante casi treinta años, en los cuales quizá el momento más importante fue la dirección de la guerra contra Alemania, que los rusos acabaron ganando tras la nada despreciable cifra de 25 millones de muertos y el balance bélico más devastador que recuerda la Historia.

Stalin, a decir de sus biógrafos, era un personaje extraordinariamente desconfiado y para el cual no había otra labor que mantenerse en el poder, labor por la cual estaba dispuesto a cualquier cosa. Así, inventó algunas instituciones históricas a las que no le hacemos toda la justicia que debiéramos. Porque todo el mundo sabe lo crueles y antihumanos que fueron los campos de trabajo de Hitler, pero siguen siendo muchos los que están, de una forma o de otra, dispuestos a perdonar y hasta a comprender los campos siberianos de Stalin, que no le fueron a la zaga en crueldad. Se dice que Stalin instauró en la URSS un régimen de terror y purgas; en realidad, el verbo mejor es remachó o apuntaló porque, contra lo que a veces los historiadores quieren creer, su predecesor, Lenin, tenía de demócrata lo que Belén Esteban de ingeniero aeronáutico, cuarta más, cuarta menos. El régimen de terror policíaco empezó en la URSS desde el mismo año 1917, con la victoria de los bolcheviques, y en realidad por eso Stalin pudo ascender tan fácilmente en la nomenklatura soviética: lo que los comunistas querían hacer, él lo hacía de coña.

El problema es que, una vez muerto Lenin y llegado Stalin al poder, la querencia de éste por la purga se convirtió en tóxica para los propios comunistas. Aunque ya sé que te lo sabes, te voy a recordar un resumen de los hechos:

En 1917, el Politburó del PCUS, su máximo órgano decisorio y gobierno efectivo de la URSS, estaba formado por los camisas viejas bolcheviques: Stalin, Lenin, Trosky y Sverdlov.

En 1918, entran a formar parte del Politburó los también bolches de toda la vida Kamenev y Bukharin.

En 1919, Sverdlov se quita de en medio palmándola, por cierto por culpa de la llamada gripe española. Entra sangre nueva: Krestinsky, Rykov y Tomsky.

En 1923, Zinoviev entra en el Politburó.

En 1924, muere Lenin, y Stalin accede al poder supremo. Y empieza la tangana.

En 1925, Stalin da entrada en el Politburó a Voroshilov y Molotov. Así que son: Stalin, Trosky, Kamenev, Buckharin, Zinoviev, Krestinsky, Rykov, Tomsky, Voroshilov y Molotov.

En 1926, primera purga: Stalin echa del Politburó a Trosky (por troskysta antirrevolucionario) y, con él, se lleva por delante a Kamenev y Zinoviev y a Krestinsky. Eso sí, entra Kalinin.

En 1927, el Politburó se reequilibra con la entrada de Kubychev y Ruduztak.

En 1929, los follados son Bukharin, Rykov y Tomsky.

En 1930, entran Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje. Así pues, ahora son: Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev, Ruduztak, Kaganovitch, Kirov, Kosjor y Orjonikidje.

En 1931 sale Ruduztak.

En 1932 entra Andreiev (éste será purgado años más tarde, pero nunca fue formalmente cesado, así pues su cese formal no será hasta 1950; aunque, para entonces, ya llevaba varios acojonado nadie sabe dónde).

En 1934 sale Kirov (asesinado).

En 1935 entran Chubar y Mikoyan, y sale Kubychev.

En 1937 es purgado Orjonikidje.

En 1938 salen Kosior y Chubar.

En 1939 entran Yadanov y Kruschev.

En 1948 sale Yadanov.

En 1950 es purgado Andreiev.

Así pues, la lista completa de las personas que han pertenecido al Politburó desde 1917 y 1950 queda como sigue:

Lenin (fuera), Sverdlov (fuera), Stalin, Trosky (fuera), Kamenev (fuera), Bukharin (fuera), Zinoviev (fuera), Krestinsky (fuera), Rykov (fuera), Tomsky (fuera), Voroshilov, Molotov, Kalinin, Kubychev (fuera), Ruduztak (fuera), Kaganovitch, Kirov (fuera), Kosjor (fuera), Orjonikidje (fuera), Andreiev (fuera), Chubar (fuera), Mikoyan, Yadanov (fuera) y Kruschev.

Dado que esta lista ha sido confeccionada respetando el orden cronológico de entrada en el Politburó, para cualquiera con dos dedos de frente hay algunas cosas que quedan claras. En primer lugar: en poco más de treinta años, el Politburó ha necesitado de 24 altos dirigentes, una tasa enorme. En segundo lugar: cuando más cerca está la fecha de entrada en el Politburó a la de Stalin, más se propende a cagarla. Tercera cosa: las personas que abandonan el Politburó por muerte natural son estrictísima minoría.

Así las cosas, yo no sé, como se ha especulado en muchos libros y reportajes de televisión, si Stalin preparaba en 1953, el año de su muerte, una nueva purga. Lo que sí sé es que los supervivientes del Politburó, con seguridad, tenían claro que si lo hacía no le temblaría la mano a la hora de sodomizarlos. Especialmente Molotov, Voroshilov y Kalinin, los más antiguos.

Ciertamente, es difícil saber cosas ciertas sobre la muerte de Stalin, porque la URSS quizá fue el paraíso de los trabajadores; pero desde luego no fue la capital mundial de la transparencia. El primer parte radiado en el que se informa de que Stalin ha tenido una hemorragia cerebral en la noche del 1 al 2 de marzo se da por Radio Moscú a las cinco y media de la madrugada del día 5. Dicho parte informaba de que Stalin había perdido el conocimiento y el uso de la parte derecha del cuerpo, así como el uso de la palabra (nunca he entendido este matiz del comunicado soviético: ¡pues claro que una persona que no tiene conocimiento no puede hablar!). Asimismo, se informaba de que habían sobrevenido «graves trastornos cardiacos y respiratorios».

Tan sólo 24 horas más tarde, se hace oficial la muerte de Stalin. Secuencia de hechos que ha hecho pensar a la mayoría de los sovietólogos que, cuando el día 5 se transmite el parte, en realidad Stalin está ya muerto.

El entonces máximo experto occidental en la Unión Soviética, Harrison E. Salisbury, corresponsal en Moscú del New York Times, escribiría en esos días: «No es del todo imposible que haya sido asesinado por un grupo de sus próximos colaboradores.» ¿Indicios? Alguno.

El día 5 de octubre del año anterior, el PCUS abrió las sesiones de su XIX Congreso. Es ya un congreso hecho por y para Stalin. De su estrategia respecto de la composición del Politburó queda bastante clara su voluntad de quitar de en medio a quienes hicieran la revolución rusa, quizá porque eran capaces de recordar el papel más bien mediocre que el georgiano había jugado en sus movidas. Esto, en 1952, está ya conseguido, pues se ha calculado que el 85% de los delegados del XIX Congreso pertenecían a la generación posrevolucionaria.

La tarea de leer el informe del Comité Central recayó en Malenkov, reciente estrella rutilante del partido. Malenkov se apoyaba en los llamados khoziaistveniki o tecnócratas, que parecían ostentar la mayoría del Congreso (más de la tercera parte). No obstante, frente a Malenkov había otra estrella en ascenso, la de Nikita Kruschev, que como todo lo que había conseguido en la vida lo había conseguido trabajando para el partido, prefería apoyarse en los llamados aparatchiki, algo así como los fontaneros del partido, que serían los que acabarían ganando la partida y llevando a Kruschev al poder a la muerte de Stalin.

El 2 de octubre de 1952, por lo tanto tres días antes de que empezase el congreso, Stalin había publicado un pequeño librito que llevaba por título Problemas económicos del socialismo en la URSS. Como algunos sovietólogos han destacado, dicho libro, sorprendentemente, sostiene tesis contrarias a las expresadas por Malenkov en su informe al Comité Central.

Tras la segunda guerra mundial, la URSS había adoptado, cuando menos en teoría, una postura relativamente aislacionista respecto de Occidente. En buena parte, esta fue una opinión forzada por los acontecimientos, pues las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron, básicamente, una patada a Stalin propinada en el culo de Japón. Tras la demostración atómica la URSS sabía que tenía poco juego en el corto plazo en materia bélica y por ello desarrolló una teoría muy leninista, o si se prefiere marxista de libro, según la cual los países capitalistas llegarían pronto a contradicciones y enfrentamientos entre ellos, lo que les llevaría a repetir el espectáculo de la guerra entre ellos.

Según las traducciones que he podido leer, en su folleto, Stalin decía: «Algunos camaradas afirman que, dadas las nuevas condiciones internacionales después de la segunda guerra mundial, las guerras entre países capitalistas han dejado de ser inevitables (…) Estos camaradas se equivocan. Ellos ven los fenómenos exteriores, los que afloran a la superficie, pero no ven las fuerzas abisales que, aún cuando siguen actuando de manera invisible, no por ello dejarán de determinar el curso de los acontecimientos».

Estos indicios me llevan a la teoría de que, a principios de 1950, dentro de la URSS existía todo un debate sobre el papel bélico del país, sobre si debía o no convertirse en alternativa militar a los Estados Unidos; sobre si debía o no existir Guerra Fría como luego la conocimos. Que quienes sucedieron a Stalin opinaban que sí lo dicen los hechos: guerra de Corea, guerra de Vietnam, crisis de los misiles cubanos… Lo que nunca sabremos a ciencia cierta es qué pensaba Stalin. Mi opinión personal es que lo pasó tan mal con la invasión de Hitler, sobre todo al principio, que es probable que le marcase. Además, Stalin no era persona que se sintiese muy atraído por el internacionalismo marxista. A él, eso de que otros pueblos del mundo siguieran la estela soviética se la traía bastante al fresco; a él lo que realmente le obsesionaba era mandar en su casa.

En octubre de 1952 hubo, pues, una contradicción dentro del régimen soviético, por mucho que muchos no la viesen: un informe oficial, el de Malenkov al Congreso, que expresaba unas tesis belicistas; y una publicación inmediatamente anterior de Stalin que parecía abogar por dejar que los países capitalistas se despedazasen entre ellos.

Según el informe secreto al Comité Central del PCUS con que Kruschev, una vez en el poder, reconoció por primera vez los crímenes de Stalin, el líder de la URSS no hizo nada durante el Congreso por contestar estas posiciones. Pero, sin embargo, en la primera reunión del Presidium del Soviet Supremo convocada tras el Congreso atacó muy duramente a Molotov y Mikoyan, acusándolos de haber cometido crímenes que, al parecer, no concretó. Pero todo el mundo sabía lo que significaba que Stalin te señalase con el dedo y no fuese para llamarte guapo.

Más indicios de que Stalin preparaba una purga: el día 20 de octubre, apenas seis días después de terminar el XIX Congreso, se abre un proceso contra 14 jefes del Partido Comunista Checoslovaco. En su alegato, el fiscal recuerda que la mayoría de los procesados son judíos, algo que no pasaba desde que el comunismo oficial se apioló al judío Trosky. Son condenados a muerte y ejecutados: Slansky (ex secretario general del PCCh), Geminder, Frejka, Clementes, Reicin, Margolius, Sling, Simón, Franck, Svab y Fishel; y enviados a prisión perpetua London, Hadju y Loebel.

El 7 de noviembre de 1952, es decir muy pocos días después de esta purga, los sovietólogos más conspicuos se dan cuenta de uno de esos detalles que había entonces que rastrear para imaginarse que algo estaba cambiando en aquel mundo tan coriáceo del comunismo oficial: se celebra la fiesta de la revolución bolchevique y, como de costumbre, los retratos de los grandes líderes son colocados en las principales fachadas de la ciudad. Hasta ese momento, y desde la misteriosa muerte probablemente teledirigida de Yadanov, la foto de Lavrentii Beria era la cuarta. Pero en esa ocasión es colocado en sexto lugar de prelación, detalle que dispara las hipótesis sobre una caída en desgracia del jefe de la policía secreta rusa (que acabaría, por cierto, cayendo efectivamente en desgracia con Kruschev).

Por si alguien podía dudar todavía de que Stalin preparaba una nueva purga, el 13 de enero de 1953, Pravda sorprende al mundo entero con una noticia según la cual, de tiempo atrás, los servicios de Seguridad del Estado venían investigando a un grupo de médicos terroristas (sic) que tenían como tarea asesinar a militares en activo de la URSS.

Fueron incluidos en este extraño grupo de médicos los profesores Vovsi, Vinogradov, los hermanos Kogan, Iegorov, Feldman (hay que hacer notar que éste era otorrinolaringólogo; el primer ototerrorista de la Historia), Etinguer, Grinstein y Mayarov. Se les acusaba de haber tratado de matar al mariscal Vasilievsky, al mariscal Govorov, al general Chetmenko, al mariscal Koniev, al almirante Levchenko y a otros más. Alguno de los encausados, como Vinogradov, había sido premio Stalin el año antes. Una vez convenientemente suavizado en la Lubianka, Vinogradov admitiría todos los intentos que se les imputaban (faltaría más) y unió el presunto asesinato del general Chervakov e incluso la muerte de Yadanov, que iba para sucesor de Stalin (y probablemente por eso murió, aunque no a manos de quien confesó haberlo matado).

Como era su costumbre, Stalin mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, iniciaba una purga; por otro, mediante dicha purga conseguía colocarle el marrón de sus putadas a otros. Si alguna vez existió aquel grupo terrorista decidido a acabar con el poder soviético, eran una verdadera recua de gilipollas, pues, con la única excepción de Yadanov, la verdad es que no fueron a por quienes tenían que ir. Para dejar descabezado el ejército deberían haber intentado asesinar a los miembros del Politburó que eran militares (Voroshilov, Bulganin y Beria) o al general Zhukov, el gran estratega del ejército rojo.

Y, por cierto, patadita colateral: Pravda, conforme informaba de este terrible complot, se preocupaba de recordar que los servicios de seguridad habían estado lentos y palurdos en su descubrimiento. ¿Se preparaba el terreno para que su jefe, o sea Beria, fuese convenientemente emasculado?

Al escritor francés Jean Paul Sastre le habría contado, según algunas versiones, el también escritor ruso Ilya Ehrenburg que, en efecto, Stalin preparaba una gran purga tras el XIX Congreso, ya que lo perdió. En dicho congreso triunfó la tesis de quienes querían hacer de la URSS la alternativa bélica mundial (y lo hicieron) frente a su líder, que terminó el único, y breve, discurso que pronunció en aquel congreso con un enigmático «¡Abajo los fomentadores de la guerra!»

Avisados de las intenciones (y sigo con la presunta versión Ehrenburg, publicada por el escritor Victor Alexandrov), el Presidium forzó una reunión con Stalin en la que Kaganovich le exigió la liberación de los médicos. Según algunas versiones, en ese punto Kaganovich se levanta y rompe su carné del partido delante las narices de Stalin. Cuando éste intenta reaccionar, Molotov y Mikoyan se ponen de parte de Kaganovich y le informan de que sus tropas (el general Zhukov) controlan ya el Kremlin. Y es el disgustillo de verse sobrepasado lo que lleva a Stalin al ictus y a palmarla. Esta versión también fue confirmada en sus principales aspectos por un funcionario huido, un tal Kapanadze. Así como por un embajador soviético, Pomonarenko, quien se lo contó al corresponsal en Moscú de France-Soir, Michel Gordey; con la novedad de que en su versión el tío con un par de huevos que rompía el carné delante de Stalin no era Kaganovich sino Voroshilov.

Cosas que dieron mucho que hablar en el tiempo de la muerte de Stalin:

1) El hecho de que Molotov fuese nombrado secretario general del PCUS apenas doce horas después de haberse anunciado la muerte del anterior (Stalin). En un régimen en el que las herencias siempre fueron tan lentas y trabajosas, tamaña rapidez da que pensar que estaba ya todo muy pensado (además de abonar la tesis de que Stalin murió probablemente bastantes días antes de la fecha oficial).

2) La presencia, confesada en el parte médico, de hipertensión en el ictus. ¿Cómo es posible que a una persona como Stalin se le presentase una hipertensión lo suficientemente prolongada como para reventarle el cerebro sin que los médicos se apercibiesen?

3) El hecho de que el año 1952 y primeras semanas de 1953 son, curiosamente, el momento en el que Stalin hace más apariciones públicas de toda su vida. Incluso estuvo en el desfile del 7 de noviembre del 52, algo que no hacía desde 1945, por encontrarse en esas fechas huido de los fríos moscovitas en Crimea. ¿Por qué tanta salida? ¿Tal vez porque rodeado de gente podía estar seguro de seguir vivo?

4) La purga de la figura de Stalin comenzó nada más morir. El 12 de marzo de 1953, una semana después de la muerte pues, se editó en Moscú una nueva edición de un diccionario de la lengua rusa (obra de SI Ojegov); edición que tenía ya algunas novedades como la desaparición de la voz estalinista; o que, en otra voz, se hablaba en anteriores ediciones de «las obras geniales de J. V. Stalin en materia lingüística» y en ésta se hablaba ya de «las obras de J. V. Stalin en materia lingüística», a secas.

Y es que, mi admirado Tiburcio, en esta vida no hay nada más jodido que dejar se ser divino.

Tuyo

JdJ


La carta de Tiburcio Samsa a Juan de Juan



Querido JdJ

Tu hipótesis es muy ingeniosa: Stalin preparaba una purga, los miembros del Politburó sabían por experiencias pretéritas y por otros indicios que sus cabezas están en peligro; se adelantan a Stalin y lo sacan del escenario antes de que él los saque a ellos. Ingenioso, pero equivocado, por el famoso factor NHP (No Había Pelotas).

En las purgas estalinistas llama la atención cómo sus víctimas iban como corderos al matadero. Las víctimas ponían cara de «te lo juro que soy muy bueno» y los demás, o bien miraban para otro lado, o bien colaboraban con celo en la purga, para demostrar su fidelidad inquebrantable. La omnipresencia de los servicios de inteligencia, la disciplina comunista, el aparato del Partido en el que todos se controlaban unos a otros, la mística generada en torno al Padrecito Stalin (con un Padrecito así, dan ganas de ser huérfano) dificultaban la resistencia cuando te habías convertido en objetivo de una purga y dificultaban aún más la conspiración entre las potenciales víctimas. En este caso concreto, había otro factor a tener en cuenta: la salud de Stalin se estaba deteriorando y estaba por ver quién le sucedería, lo que provoca más una atmósfera de puñaladas traperas que una de unión ante el peligro común. Algunos de los líderes puede que pensasen incluso que una purga beneficiaría a sus intereses al llevarse por delante a sus rivales.

En toda la Historia de la URSS sólo se me ocurren tres ejemplos de conspiraciones de los apparatchiki, o más bien dos y medio. El primero fue cuando, con el cuerpo de Stalin todavía caliente, Jrushev y sus amiguetes se deshicieron de Beria. Este es el medio ejemplo: Beria aún no era el líder de la URSS, pero tenía suficientes cartas en sus manos para intentar convertirse en el sucesor de Stalin y además era casi igual de hijoputa que el Padrecito. El segundo ejemplo fue cuando los barones del Partido se deshicieron de Jrushev. Jrushev no era Stalin y los tiempos habían cambiado. La movida casi se pareció a la que los barones de la UCD le montaron a Suárez en el 80 para descabalgarle del liderazgo del partido. El tercer ejemplo fue cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se estaba convirtiendo en la Unión de Menos y Menos Repúblicas no tan Socialistas ni tan Soviéticas. No sé si éste tercer ejemplo es completamente válido, porque el sistema para entonces estaba bastante desmantelado. A lo que voy: la conspiración para decapitar al líder supremo no era una práctica habitual en el sistema soviético y menos bajo Stalin.

Es cierto que en el momento de su muerte Stalin estaba preparando una purga. En enero de 1953 la prensa soviética publicó noticias sobre nueve médicos a los que se acusaba de haber matado a varios líderes soviéticos. Había indicios de que era el preámbulo a una nueva purga. Años después Jrushev indicaría que dos de las víctimas en esa purga habrían sido Molotov y Mikoyan. También parece que estaba cansado de Voroshilov y Kaganovich, los cuales habrían podido caer también. Por último estaba Beria. He leído en algunos libros que Stalin había empezado a recelar de él. Era un psicópata, el compañero perfecto para un dictador paranoico y sanguinario; pero eran tan parecidos que Stalin ya se sentía incómodo con él y en 1951 había efectuado una purga de partidarios de Beria en Georgia para bajarle los humos y recortarle la influencia. Algunos llegan al extremo de afirmar que la purga de 1953 habría afectado a todos los miembros. Pero no creo que eso hubiera bastado para unirles. La purga representaba un peligro, pero también una oportunidad, ahora que se presentía que la sucesión de Stalin estaba próxima.

Desde comienzos de los años cincuenta había indicios de que la salud de Stalin se estaba debilitando. Su ritmo de trabajo se había ralentizado. Precisamente si su discurso en el XIX Congreso resultó breve (55 minutos), fue porque físicamente ya no estaba en condiciones de aguantar más tiempo. En 1952 sufrió varios desmayos y algún episodio de lapsus de memoria. Tenía la presión alta y, aunque había dejado de fumar, seguía bebiendo y yendo a la sauna. También en sus últimos dos años se quejó ocasionalmente de episodios de mareos, náuseas y malestar. En ese período Stalin tomó algunas decisiones personales, que pueden explicarse como acciones de un hombre que siente que su vida su apaga y desea dejar sus asuntos en orden. Empezó a añorar con más frecuencia su infancia georgiana, hizo una aproximación a su hija Svetlana Alliluyeva y trató de ayudar a su hijo Vasili con su alcoholismo.

El XIX Congreso del PCUS, celebrado en octubre de 1952 y la purga que preparaba para 1953, para mí tienen una lectura clara. Stalin sabía que su tiempo se estaba terminando y estaba preparando lo que vendría después. Vamos, que quería gobernar después de muerto. Tú piensas que quería emascular a los miembros del Politburo tras el Congreso. Stalin no era tan refinado: quería cortarles las pelotas, que es lo mismo, pero no es igual. Los miembros del Politburó le habían decepcionado. No se fiaba de ellos. No sólo es que supieran demasiado sobre su pasado; es que ninguno estaba a la altura del Padrecito, al que décadas de paranoia y elogios habían sacado de la realidad. En el XIX Congreso se promovió a cuadros más jóvenes del Partido y se reforzó la disciplina del mismo y el control sobre sus miembros. Pienso que el futuro que Stalin preparaba para su sucesión, una vez se hubiera desembarazado de los miembros del Politburó, era una dirección colegiada de miembros jóvenes y de lealtad probada del Partido.

El ataque que le dio a Stalin el 1 de marzo de 1953 fue muy conveniente y sin duda salvó los cuellos de muchos. ¿Demasiado conveniente? Puede, pero resulta que yo creo que las casualidades. Dado el estado de salud de Stalin no me parece increíble que le diera un ataque. Presentas un escenario, el de la insubordinación de sus lugartenientes que le lleva al ictus y a palmarla. Cierto que un hecho como ése hubiera podido llevar a un ataque a un dictador megalómano e hipertenso como Stalin, pero vuelvo a insistir en el factor NHP que me parece tan importante. Me parece más creíble la versión que da Jrushev en sus memorias, por más que fuera parte interesada: Stalin y varios camaradas habían tenido una velada que se había prolongado hasta la cuatro de la mañana. Habían bebido, cenado y discutido. En determinado momento Stalin se había puesto de mal humor y había empezado a decir a sus compañeros de francachela, que eran miembros del Politburo, que no servían para nada, que habían perdido a Yugoslavia y dejado escapar la posibilidad de una victoria en Corea y que el sabotaje había reaparecido en la URSS como probaba la Conspiración de los Médicos. Me imagino que esa noche más de uno no dormiría. El que tampoco durmió fue Stalin; sufrió un ictus cerebral y entró en estado comatoso, del que ya no saldría.

En la tarde del 1 de marzo los miembros del Politburó descubrieron que Stalin había sufrido un ictus. El 6 de marzo anunciaron oficialmente que el Padrecito había muerto el día anterior. Aunque habían dispuesto de seis días para organizar la sucesión, los acontecimientos subsiguientes con el enfrentamiento entre el grupo Malenkov-Beria y el de Jrushev-Mikoyan-los demás mostrarían que las divisiones y las ambiciones de cada uno eran tan fuertes que no había habido manera de conciliarlas. Si con Stalin muerto no encontraban la manera de ponerse acuerdo para repartirse el botín del poder, ¿cómo hubieran podido ponerse de acuerdo para conspirar contra él, mientras aún vivía? Al final el factor NHP unido a las ambiciones egoístas de cada cual es el que prueba para mí que Stalin murió de muerte natural.

Atentamente,

Tiburcio

lunes, septiembre 03, 2007

Cartas cruzadas (III): ¿Qué nos queda de la dominación musulmana?

¿Qué tal? ¿Habéis sido buenos? Eso espero. Yo, por mi parte, he hecho estas semanas las cosas lo mejor que he podido, lo cual quiere decir que he descansado a lo bestia. Una de las cosas que me ha dado tiempo a hacer ha sido acercarme un rato al zoo, donde alguien me sopló que se encontraba, en un intercambio de verano, el elefante Tiburcio. Al parecer, según él mismo me refirió, tiene algunos problemas técnicos cuando echa a correr por las estepas, pues la trompa tiende a quedársele atrás, se le mete entre las piernas y, bastante a menudo, acaba dándose uno o dos trompazos en los huevos; y, por una sencilla ley de proporcionalidad, a mayores huevos mayor dolor, así pues las testicularias a los elefantes les suelen doler bastante. Por eso vino a Madrid, para estudiar un Máster Velocípedo Paquidérmico que se imparte en la Casa de Campo y que, al parecer, tiene bastante fama entre los proboscídeos.



Tuvimos, pues, Tiburcio y yo ocasión de tomarnos un par de café y hablar de esto y de esotro. Hablamos de Pío Baroja, de la identidad oriental y de Gil-Robles, entre otros asuntos variados. Tiburcio intentó explicarme no sé qué del nirvana, pero es que cuando se pone a explicarte eso, su cuerpo se levanta unos centímetros del suelo, y a mí la visión de un elefante levitando me pone nervioso. Inevitablemente, yo le interrumpía con alguna pregunta chorras, rompiendo su concentración.



Una vez que nos separamos quedamos, cómo no, en seguir escribiéndonos cartas. Y me ha parecido un detalle adecuado el comenzar esta nueva serie de posts con las siguientes que nos hemos cruzado, en las que el tema ha sido propuesto por Tiburcio. Contendemos hoy sobre la pregunta de si persiste, o no, huella de la dominación musulmana en nuestra España de hoy.



He aquí lo alumbrado.







La carta de Tiburcio



Querido JdJ:

Cuando Europa ninguneaba al franquismo, a éste le gustaba exaltar los tradicionales lazos que nos unían al mundo árabe, como si una visita de Saddam Hussein a Madrid (que se produjo) pudiera reemplazar la de de Gaulle, que nunca se produjo y ya le hubiera gustado a Franco. Pero la leyenda de que España tiene unos lazos tradicionales con el mundo árabe no terminó con Franco. Los políticos de la democracia la han retomado y ahora ha adquirido carta de naturaleza en la Alianza de Civilizaciones, que parece que España, por haber tenido en su territorio a los árabes durante 700 años, pudiera tener con ellos una relación especial y privilegiada. Pero, ¿es eso cierto? ¿Qué nos queda de verdad de esos setecientos años?

Mi respuesta es muy poco, casi nada: unos cuantos centenares de palabras en el idioma, la música flamenca, la Alhambra y algunos monumentos más, y los pinchos morunos (esto último es una suposición mía).

Lo primero que he oído en ocasiones es que la invasión árabe separó la Historia medieval de España de la del resto del continente, nos hizo distintos e impidió que el feudalismo alcanzase su pleno desarrollo en nuestro país. Quienes afirman eso suelen tener en la cabeza una Historia medieval de Europa estándar, para la que todo lo que no hubiera ocurrido en el norte de Francia, Flandes y el Rhin no cuenta. España tuvo su invasión árabe. Italia tuvo dominación bizantina, invasiones lombardas, ocupación árabe en Sicilia y el sur, luchas con el Imperio… Inglaterra tuvo invasiones vikingas, conquista normanda y Carta Magna… ¿Quién tuvo una Edad Media normal?

La siguiente leyenda es la de la España de las tres culturas, conviviendo en paz y armonía. Es cierto que musulmanes, judíos y cristianos no se tiraban los trastos a la cabeza en nuestro país, lo cual en el contexto de la Edad Media ya era mucho. Pero esa coexistencia pacífica no la tenemos que confundir con multiculturalismo. El judío vivía en su judería, el cristiano en su barrio y el moro en su morería; de mezclarse, poco. Que el califa cordobés tuviera médicos judíos y los reyes cristianos recurrieran a prestamistas judíos, no es un ejemplo de tolerancia, sino de sentido práctico. Las aspirinas y los maravedíes no conocen de religión.

La España de las tres culturas empezó a estropearse a finales del siglo XI, cuando primero los almorávides y luego los almohades, llegaron a la Península trayendo la jihad y una moral más austera. Almorávides y almohades eran guerreros puritanos y fanáticos, que no estaban dispuestos a las componendas y acomodaciones con los cristianos que los reyes de taifas practicaban. Los cristianos respondieron con la misma moneda y entre ellos empezó a difundirse un espíritu de cruzada, que se hizo evidente en las Navas de Tolosa.

Cuando los Reyes Católicos unieron las coronas de Castilla y Aragón e iniciaron la construcción de un estado moderno en España, lo hicieron bajo la base de la unidad religiosa. No es casualidad que la única institución que al principio era común a ambos reinos fuese la Inquisición. En el siglo XV, disensión religiosa equivalía a disensión política y, después de las experiencias de las guerras civiles castellanas, lo último que querían los Reyes Católicos eran vasallos que no se doblegaran.

Tras la conquista de Granada, los musulmanes que quedaron en España vivieron como una minoría marginada, malamente tolerada y con poco contacto con el resto del país. La rebelión de las Alpujarras y la posterior expulsión de los moriscos en 1609 marcaron el fin de esa minoría. En todo caso, para cuando esa minoría desapareció de nuestro país, hacía mucho que los musulmanes habían dejado de contar en España. No hay más que ver las «numerosas» ocasiones en las que las obras literarias del siglo XVI introducen algún personaje morisco, aunque sea de secundario.

En Muslims in the Philippines, el historiador filipino Cesar Adib Majul cuenta sorprendido cómo los informes que escribían los sacerdotes españoles sobre los musulmanes de Mindanao y Sulu mostraban una ignorancia supina sobre el Islam. En su libro incluye un par de descripciones de la oración musulmana escritas por curas españoles del siglo XVI, que muestran que no se habían enterado de nada. Cesar Adib Majul no entiende que los españoles conocieran tan poco de una religión a la que se habían enfrentado durante setecientos años. Yo lo entiendo: la nacionalidad española, tal y como se había ido forjando desde el siglo XIV, lo había hecho en contra del moro. La guerra contra el moro se había configurado como un elemento clave de la identidad nacional. El moro no era español. Conocer su cultura y su religión falsa no merecían la pena. El período de Al-Andalus no formaba parte de la Historia de España, era otra cosa.

Con los Borbones, España, que había dejado de ser una potencia hegemónica, se volvió un poco más normal. Seguíamos siendo muy católicos, pero habíamos bajado en varios grados nuestra militancia. Nuestra política exterior ya no se movía según parámetros religiosos, sino de interés geoestratégico, como los de todo el mundo. Los Borbones no llevaron a cabo una política antimusulmana. Donde hubo luchas con los musulmanes (norte de África y sur de Filipinas) fue sólo porque éstos interferían en nuestros intereses. Los musulmanes ya nos interesaban tan poco que ni tan siquiera les odiábamos.

La Guerra de África, que empezó a lo tonto y acabó ocupando 66 años de nuestra historia, tampoco llevó a una mejor comprensión del musulmán. Más bien sirvió para que triunfasen los estereotipos. Todos los musulmanes eran iguales que los rifeños a los que nos costaba tanto derrotar: taimados, traicioneros, embusteros, crueles, perezosos… Es más, durante todos esos años y aún después, triunfó la palabra moro, que denotaba tanto el prejuicio como la ignorancia, porque podía utilizarse tanto para designar al norteafricano (tanto al árabe como al bereber), al árabe (que no se le pidiera a la gente hilar con que hay árabes cristianos o que en el norte de África hay musulmanes que no son árabes; y ya no hablemos de quienes eran capaces de distinguir entre árabes, turcos y persas, que eso era para nota) como al musulmán.

Sin el aislamiento del franquismo, sin el petróleo de Oriente Medio (por el interés te quiero, Andrés) y sin los monumentos árabes de nuestro país, que se han convertido en una fuente de ingresos turísticos, posiblemente hoy tendríamos tan olvidado nuestro pasado musulmán como tenía a Franco aquel estudiante que te preguntó por el dictador Fernando Franco.

Lo dicho. De moros no nos queda casi nada y los famosos 700 años que los tuvimos en la Península empiezan a desdibujarse tanto como los 70.000 años que tuvimos a los neandertales.



La carta de JdJ

Querido Tiburcio:

Creo que el problema está en el concepto de traza. Para que a una sociedad le queden trazas de otras que en otros tiempos se desarrollaron en su tierra no hace falta que las costumbres, ni la religión, se mantengan. De hecho, España y Europa son civilizaciones cristianas, y ello es así a pesar de que hoy por hoy el complicado entramado de formas de pensar y de actuar impulsado por la creencia en Jesucristo no esté demasiado presente en nuestro día a día.

En tal sentido, yo sí considero que la dominación musulmana ha dejado una honda huella en nosotros, huella permanente aún hoy en día; y esto es lo que hace que nos parezcamos, en algunas cosas, poco a nuestros vecinos europeos, con los que se supone que compartimos patio de luces.

La principal traza de la civilización musulmana en España es, paradójicamente, negativa. No podemos negar que somos medio musulmanes por la forma en que los rechazamos. Cuando en el siglo XIX al Vaticano ya no le quedaba ningún imperio ni ningún reino al que adjuntar a sus ambiciones diplomáticas, pasotismo éste que permitió la creación del Estado italiano; cuando eso pasaba, digo, España seguía prestando su pleno apoyo al desprestigiado vicario de Cristo. Y esto es así porque España tuvo que defender la cristiandad como ninguna otra nación de Europa se vio obligada a hacer. Para un saboyano, por ejemplo, defender la cristiandad era un concepto invasor: coger el ferry e irse a tomar Jerusalén. Para los españoles, sin embargo, defender la cruz supuso recuperar las campanas de la catedral de Santiago pues los musulmanes, en España, entraron hasta la cocina.

Asimismo, en mi opinión nuestro pasado musulmán nos genera un contacto y una relación muy especial con el Mogreb. Esto tiene que ver muy directamente con la reivindicación de Ceuta y Melilla. No son pocas las personas que identifican el caso de Ceuta y de Melilla con el de Gibraltar cuando, en realidad, no tienen nada que ver. Del Peñón fueron desalojados españoles para hacerle sitio a unos ingleses que querían instalarse ahí por motivos estratégicos; sin embargo, cuando los musulmanes comenzaron a crear en el Mogreb sociedades complejas y entes nacionales, los españoles ya estaban en Ceuta y en Melilla, de donde no habían desalojado a nadie. La presencia en el Mogreb ha sido siempre parte de la Historia de España y, en realidad, a mí me sorprende mucho escuchar a las voces que defienden que España debe afirmar su identidad musulmana negarle, de seguido, el Mogreb su derecho a afirmar su identidad cristiana, a través precisamente de Ceuta y Melilla. ¿En qué quedamos? La relación de España con el norte de África ha sido siempre distinta de la que ha tenido el resto de Europa.

Creo que lo natural que debemos hacer los españoles con nuestro pasado musulmán es algo parecido a lo que hacen los australianos con su pasado quinqui. Durante mucho tiempo, los australianos han sabido que su nación surgió, en buena medida, de los detritus sociales de que Inglaterra se quería deshacer, ladrones y asesinos que no tenían cabida en la metrópoli y que por ello fueron desplazados al culo del mundo, supongo, con la esperanza de que se los merendase un jaquetón. Esto ha generado una relación conflictiva con esa identidad que, con el tiempo, se lima, y hoy es el día en el que muchos australianos, lejos de huir de esa identidad, la exageran, haciendo de sus antepasados unos hijoputas de mayor caletre de lo que en realidad lo fueron. El caso es tener un antepasado realmente impresentable.

La dominación musulmana de España, de haberse consolidado, nos habría jodido bien. Tras unos siglos muy buenos, el modus vivendi musulmán se estaba degradando en España, primero por presión de los fundamentalistas, y segundo por la extrema atomización del poder: los famosos reinos de taifas. La Alhambra es muy bonita, pero Boabdil estaba, cuando fue expulsado, a punto de echar su reino a los brazos de los genoveses, a falta de nada mejor. Seguir siendo musulmanes nos habría apartado de la evolución que se estaba cociendo en Europa; y qué decir del sueño imperial, puesto que no creo que ningún siervo de Alá le hubiese dado un duro a Colón, así pues hoy los culebrones televisivos estarían todos repletos de personajes llamados Sebastiao Nuno y Dulce Amarela, y hablarían portugués. Lo cual no excluye, por cierto, que nosotros mismos lo hablásemos también.

Desde ese punto de vista, el barrido de la religión musulmana de España es, quizá, un proceso inevitable, una de esas cosas que, en los libros de historiografía marxista, pasan sí o sí porque las tendencias sociales quieren. Pero de ahí a negar ese pasado hay un paso muy grande. Ellos nos dejaron una concepción de la vida que, si bien no cabe calificar de hedonista, sí lo es, desde luego, comparada con la de nuestros vecinos del norte. Una parte de nuestra fogosidad, de nuestro individualismo, elementos nucleares de nuestra creatividad, tienen que ver con la visión del mundo que tuvieron aquellas sociedades musulmanas.


Son, por así decirlo, nuestro hecho diferencial europeo.

jueves, mayo 03, 2007

Cartas cruzadas (III): lo mejor de la República

Quienes hayais leído la anterior carta cruzada entre Ina y yo recordaréis que la dedicamos a polemizar sobre qué había sido lo peor la II República española. Una vez vencida dicha polémica, ambos polemistas estuvimos de acuerdo en que no tenía mucho sentido cruzarse aquellas misivas si no procedíamos a un cruce posterior recíproco, esto es intercambiando nuestros puntos de vista sobre qué fue lo mejor de dicha República.

Hoy tenéis a vuestra disposición nuestro intercambio, un intercambio en el que tenemos poco nivel de acuerdo, que es algo que a mí me gusta. Aún así, y para que Ina vea que juego limpio, cuando menos en el momento de tener las manos sobre la mesa, lo único que apostillaré, antes de copiaros las cartas, es que hay un detalle en la carta de Ina que me gustaría corroborar. Defiende que Gil-Robles, siendo ministro de la Guerra, tuvo la oportunidad de favorecer un golpe de Estado militar tras las elecciones de febrero de 1936 y que no quiso hacerlo. Me gustaría recordar, ya que él no lo hace, que eso es algo que no sólo afirman los escritores de derechas, sino autores totalmente identificados con el bando republicano, como es el caso de Mariano Ansó, quien asegura que así fue en su libro de memorias, que lleva el prístino título de Yo fui ministro de Negrín.

Hecha esta salvedad, aquí tenéis las cartas en el orden que fueron escritas y remitidas. Esta vez me tocó empezar a mí.

Lo mejor de la República. Por JdJ.

Querido Ina:

Me escribes para decirme, y no te falta razón, que nuestras anteriores Cartas Cruzadas se han quedado cortas. Porque no tiene sentido perorar sobre lo peor de algo (en este caso, lo peor de la II República Española) sin juzgar, al tiempo, lo mejor. Y, acto seguido, me recuerdas que ahora me toca a mí empezar. Quizás has intentado acojonarme con esta estrategia. Pues vas de culo.

No tengo un solo nombre para señalar lo mejor de la República, porque lo mejor de la República está en varios nombres. Aunque todos ellos creo están definidos por la misma característica. Todos son segundones.

La República tuvo muchos nombres sonoros, nombres de primera fila. Pero tuvo todavía más nombres segundones y entre éstos es donde yo he encontrado, o he querido encontrar, lo mejor de aquellos años. Voy a tratar de recordar a algunos.

Está, por ejemplo, Luis Lucia. Lucia era un político valenciano, de derechas. Tan de derechas que fundó con Gil-Robles la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de la que fue vicepresidente. Esa situación le llevó a ser dos veces ministro durante el Bienio de las derechas, una con Lerroux y otra con Chapaprieta. A pesar de que Gil-Robles le dedica en sus memorias palabras elogiosas, lo cierto es que ambos se fueron distanciando cada vez más. A Lucia no le gustaba la gestión personalista de Gil-Robles y, además, él sí que se creía las profesiones de fe republicana que Gil-Robles realizaba, más por estrategia que otra cosa.

El momento de demostrar todo esto fue el golpe de Estado del 36. Sería muy ampuloso afirmar que el éxito del golpe en Valencia dependía de Lucia. Pero lo que sí es cierto es que el gobierno, consciente de la importancia de conservar el Levante, había colocado allí a militares de sobradísima fidelidad republicana, y que la existencia de una oposición armada a dicha fidelidad dependía, en gran parte, de que Lucía fuese capaz de movilizar a sus milicias de la derecha valenciana. Pero no lo hizo. En un movimiento que Franco no entendió (y por eso lo acabaría encarcelando), el católico de derechas Luis Lucia, un señor que no ganaba nada en la deriva hacia la izquierda de la República, nada más comenzar el golpe hizo pública profesión de fidelidad republicana y desmovilizó, de hecho, la resistencia armada en su región.

Segundones en la izquierda también los hay. Uno muy famoso, gracias a sus memorias, es Julián Zugazagoitia, el cual, pese a estar lejos de ser uno de los socialistas más radicales, acabó pagando con su vida la fidelidad a la izquierda. O Álvaro de Albornoz, un político de la izquierda republicana burguesa que tenía, como todos, sus manías y sus odios (el suyo era la iglesia católica) pero que, por lo menos, dio pruebas de pretender que aquella República fuese, por encima de todo, un Estado de Derecho. Aparece Don Álvaro en las memorias de Dolores Ibárruri, Pasionaria, a quien la victoria del Frente Popular pilló en Asturias. La reacción al vuelco electoral, según cuenta la dirigente comunista, fue irse a la cárcel, donde había presos del golpe de Estado revolucionario del 34 a decenas, a liberarlos. Según ella misma, De Albornoz se negó. Adujo que aquellos hombres, a quienes él consideraba, igual que Ibárruri, héroes de la República, merecían salir a la calle; pero añadía que eso tiene que producirse por un acto jurídico del gobierno, un indulto, y recomendó esperar unos días. Ibárruri cuenta con desparpajo que los líderes del Frente Popular pasaron del ex ministro como de comer mierda, se fueron a la cárcel y liberaron a todos los presos; también, pues, a los chorizos y a los violadores.

Y como segundón me gusta también (creo que esto no te va a gustar del todo) el general Vicente Rojo. Primero, porque es otro católico nacido para ser conservador y facha que sabe permanecer en su puesto y cumplir con su deber por encima de todo. Segundo, porque, al mismo tiempo que digo o escribo lo anterior, también tuvo la presencia de ánimo y el carácter como para no llevar esa lealtad hacia el numantismo suicida: una vez que fueron expulsadas a Francia las tropas republicanas tras la toma de Cataluña por Franco, se negó a volver a España, por mucho que Negrín se lo ordenó, con el argumento, cierto, de que continuar la guerra ya no era sino incrementar inútilmente la nómina de muertos. Y, por último, porque tuvo la gallardía de enfrentar su destino, volver a España y ser estúpidamente condenado por rebelión, cuando lo que él había hecho había sido enfrentarse a quienes se habían rebelado.

Podría citarte más. Me gusta la labor de Jaume Carner, un ministro de Economía catalán en los tiempos de la negociación del Estatuto que, a pesar de su origen, supo llamarle al pan pan y al vino, vino. Me gusta la breve y básicamente apolítica labor de Joaquín Chapaprieta al frente del Gobierno. Me gusta la valentía de Justo Martínez Amutio en Albacete, negándose a mirar a otro lado tras los nueve fusilamientos de brigadistas internacionales. Me gusta la valentía de los coroneles que acudieron a la fallida operación de reconquista republicana de las Baleares, arriesgando el cuello por su jefe porque la CNT quería fusilarlo acusándolo de haber saboteado la operación. Me gusta Mariano Ansó dándole la barrila a Portela Valladares tras la guerra para que devolviese lo que no era suyo, es decir las acciones de la CHADE que en tiempo de guerra se habían incautado.

De todas las personas que te cito esta carta, Ina, se pueden decir cosas malas. Y es que tener medio mando en la República y en la guerra y acabar limpio de polvo y paja es, creo yo, imposible. El problema que tengo yo con los personajes de primera fila, de Gil-Robles a Negrín, de Besteiro a Lerroux, de Prieto a Azaña, de Franco a García Oliver, es que a todos, absolutamente a todos, les encuentro más peros que alabanzas. Es sólo la segunda fila donde encuentro ese balance neto positivo.

De todas formas, me dicen quienes han discutido de esto conmigo que es algo bastante normal.

Te mando un abrazo,

Juan


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Lo mejor de la República, según Inasequible Aldesaliento

Querido JdJ:

Entiendo que entre tanto político irresponsable y demagogo que hubo en la II República, te haya costado encontrar personajes positivos y hayas optado por los segundones. Sin embargo, yo me resisto a rebuscar entre los sargentos y quiero un general con mando en plaza. Alguien debió de haber entre los políticos de primera fila de quien podamos hacer un juicio básicamente positivo. Creo que ese político existe: José María Gil-Robles.

Gil-Robles lideraba la CEDA, la Confederación Españolas de Derechas Autónomas, que era como la UCD de la Transición, pero una UCD a la que se le hubiese quitado Francisco Fernández-Ordóñez y se le hubiese añadido la Alianza Popular de Fraga. La CEDA englobaba a conservadores, católicos, pequeños propietarios, monárquicos, e incluso a parafascistas. Lo interesante de la CEDA es que agrupaba a grupos que no le tenían demasiado cariño a la República, pero que, sin embargo, aceptaron jugar conforme a las reglas del juego republicano. Esto es importante, porque esos grupos, que no habían contribuido a traer la República, a menudo respetaron la legalidad republicana más que otros que sí que habían contribuido a traerla.

He oído críticas a Gil-Robles de indefinición ideológica, más allá de su catolicismo esencial. Pienso que en él había mucho de oportunismo. Por otra parte, liderando unas huestes tan variopintas, no podía permitirse el lujo de definirse demasiado ideológicamente y ver cómo se le iban grupos enteros de partidarios. En su día le acusaron de querer jugar en España un papel dictatorial semejante al del Canciller Dollfus en Austria. Creo que en esas acusaciones hubo mucho de mala fe y demagogia y para probarlo no hay más que ver su ejecutoria política. También se le acusó en 1934 de no querer expresar inequívocamente su apoyo a la República. Hacerlo le hubiera enfrentado con muchos de los suyos. Fue malo que no expresase ese apoyo, pero hay que reconocerle que se mantuvo fiel a la legalidad republicana, más fiel que el PSOE en 1934, por mucho que éste si se hubiese declarado republicano.

La CEDA ganó las elecciones generales de noviembre de 1933. Sin embargo, el Presidente Alcalá-Zamora prefirió encargar la formación del gobierno al Partido Radical de Lerroux, que tenía 13 escaños menos. Gil-Robles acató la decisión y su partido se convirtió en el principal apoyo del gobierno radical, en espera de que llegase su momento. Quienes no aceptaron el gobierno legítimo del Partido Radical fueron precisamente las izquierdas. Resulta curioso que mientras El Socialista argüía que la República era tan mala como la Monarquía y que en ella no había lugar para el proletariado, Gil-Robles afirmase que daba lo mismo República que Monarquía, siempre que la ley no atacase a la Iglesia Católica. Más tarde, en junio de 1936, ya en vísperas de la Guerra Civil, insistiría en que España podía vivir en un régimen o en otro, pero en lo que no podía vivir era en anarquía.

El 4 de octubre de 1934, Gil-Robles retiró su apoyo al gobierno del radical Samper y provocó su caída. Algo perfectamente válido en el juego democrático y desde luego mucho más válido que la Revolución de Asturias que siguió unos días después (por no hablar del levantamiento fallido en Cataluña). Alcalá-Zamora encargó otra vez a los radicales que formasen gobierno, concretamente a Lerroux. Esta vez Lerroux incorporó al Gabinete a tres Ministros de la CEDA, lo que desencadenó los sucesos de octubre. O sea que un acontecimiento perfectamente legal y democrático había provocado una reacción ilegal y antidemocrática y la CEDA y Gil-Robles no se encontraron precisamente del lado de los antidemócratas.

Los sucesos de octubre hubieran podido dar pie al revanchismo o incluso a intentar un golpe de mano por parte de las derechas. ¿Cómo reaccionó la CEDA en esa tesitura? Suspendió el Estatuto catalán (Companys había dado motivos para ello), ante la presión de los monárquicos que pedían su abolición. De las 20 sentencias de muerte dictadas, sólo se ejecutaron dos. Gil-Robles insistió en que se ejecutaran todas, lo que realmente hubiera sido un error mayúsculo, que sólo habría servido para enconar aún más los ánimos. En protesta por su conmutación, abandonó el gobierno y forzó una crisis que le permitió a la CEDA conseguir cinco ministros en el nuevo gobierno, uno de ellos el propio Gil-Robles en la cartera de Guerra. No tengo datos para saber si la insistencia de Gil-Robles en la ejecución de todas las penas de muerte era real o se trataba de una añagaza para forzar la crisis. En todo caso, no me consta que tras su entrada en el gobierno volviera a abogar por la ejecución de las penas de muerte.

Por lo que he leído, Gil-Robles fue un Ministro de Guerra competente que buscó la modernización del Ejército. Eso sí, los oficiales de derechas se vieron favorecidos y los de izquierdas apartados. Lo mismo que en 2000 con Trillo y que en 2004 con Bono en el otro sentido. No hemos cambiado tanto.

El escándalo del estraperlo [nota de JdJ: sin olvidar, tampoco, el affaire Nombela-Tayá, también muy grave] provocó el fin del gobierno Lerroux y el desmoronamiento del Partido Radical. La solución más lógica hubiera sido encargar a Gil-Robles la formación de gobierno. Alcalá-Zamora volvió a negarse y prefirió encargarle a Portela Valladares que formara un gobierno provisional que preparara nuevas elecciones. En todo caso, entraba dentro de las potestades del Presidente de la República.

Cuenta Hugh Thomas que la decisión de Alcalá-Zamora fue un duro golpe para Gil-Robles que se veía como única alternativa posible a un gobierno del Partido Radical. Dice que su Subsecretario, el General Fanjul, el que siete meses después dirigiría la intentona frustrada del Cuartel de la Montaña, le dijo que si daba la orden, esa misma noche sacaría a la guarnición madrileña a la calle. La respuesta de Gil-Robles habría sido: «Si el ejército, agrupado en torno a sus jefes naturales, cree que debe tomar el poder temporalmente con el objeto de salvar el espíritu de la Constitución, yo no constituiré el menor obstáculo». Y pidió a Fanjul que consultara a otros generales. La respuesta de Gil-Robles se presta a muchas interpretaciones. La mía es: «He perdido la confianza en esta República. Si el Ejército unido da un golpe para enderezar el rumbo de la situación, no me opondré».

Pienso que Gil-Robles, con todos sus defectos, había sabido domesticar a su grey y hacer que pasara por el aro republicano aunque fuera a regañadientes. Si enfrente hubiera tenido a políticos del mismo talante, la Historia habría sido muy distinta.

Te devuelvo el abrazo,

Ina.