miércoles, febrero 16, 2022

El fin (21: El último zasca de Cipriano Mera)

El Ebro fue un error

Los tenues proyectos de paz
Últimas esperanzas
La ofensiva de Cataluña
El mes de enero de las chinchetas azules
A la naja
Los tres puntos de Figueras
A Franco no le da una orden ni Dios
All the Caudillo's men
Primeros contactos
Casado, la Triple M, Besteiro y los espías de Franco
Negrín bracea, los anarquistas se mosquean, y Miaja hace el imbécil (como de costumbre)
Falange no se aclara
La entrevista de Negrín y Casado
El follón franquista en medio del cual llegó la carta del general Barrón
Negrín da la callada en Londres y se la juega en Los Llanos
Miaja el nenaza
Las condiciones de Franco
El silencio (nunca explicado) de Juan Negrín
Azaña se abre
El último zasca de Cipriano Mera
Negrín dijo “no” y Buiza dijo “a la mierda”
El decretazo
Casado pone la quinta
Buiza se queda solo
Las muchas sublevaciones de Cartagena
Si ves una bandera roja, dispara
El Día D
La oportunidad del militar retirado
Llega a Cartagena el mando que no manda
La salida de la Flota
Qué mala cosa es la procrastinación
Segis cogió su fusil
La sublevación
Una madrugada ardiente
El tigre rojo se despierta
La huida
La llegada del Segundo Cobarde de España
Últimas boqueadas en Cartagena I
Últimas boqueadas en Cartagena II
Diga lo que diga Miaja, no somos amigos ni hostias
Madrid es comunista, y en Cartagena pasa lo que no tenía que haber pasado
La tortilla se da la vuelta, y se produce el hecho más increíble del final de la guerra
Organizar la paz
Franco no negocia
Gamonal
Game over   


No podemos saber exactamente en qué día, pero sí que fue de los últimos de febrero, los cenetistas se reúnen en un local del Sindicato de Espectáculos Públicos sito en el número 29 de la calle Miguel Ángel. Fue un encuentro muy masivo para el momento (dos centenares de militantes) y duró siete horas. Estuvieron todos los anarquistas que todavía tenían puestos de mando militares, con Mera a la cabeza. Estaban Rafael Gutiérrez Caro, José Luzón, Feliciano Benito, Juan Gallego Crespo, Manuel López o el ex ministro Juan López. Fue, en realidad, la última reunión que tendrían los libertarios antes de la recuperación de la democracia. Dice José García Pradas, uno de los asistentes, que el repaso que hicieron de la situación los convenció, no de que era imposible resistir, sino que era incluso imposible hacer una buena paz. Se acordó crear un Comité Regional de defensa con autoridad sobre todos los demás órganos anarquistas. Eligieron por unanimidad a Eduardo Val como secretario y después votaron para formar parte del Comité a Benigno Mancebo, Melchor Baztán, Manuel González Marín, Manuel Salgado, Manuel Amil y García Pradas.

La reacción de los anarquistas era fundamentalmente defensiva. Amil contó en la reunión que había regresado en el mismo avión con una serie de militares comunistas, a los que escuchó discutir los planes para un golpe de efecto que retiraría a todos los no comunistas del mando de las tropas.

En la tarde, tras el pleno, Eduardo Val, ya investido de sus poderes, convocó a los líderes militares anarquistas por separado. Reiteró su idea de que Negrín pretendía entregarle el ejército “a los que perdieron la batalla de Cataluña”; y que si lo hacía así recibiría pronta respuesta “aunque luego tengamos que lamentarlo todos”. Les dijo a los mandos que, a partir de ese momento, escuchasen sin falta el parte de guerra cada noche y, si escuchaban que un Consejo había tomado el control contra Negrín, procediesen a detener inmediatamente a todos los negrinistas de sus unidades.

El día 28 de febrero, la Cámara de los Comunes debatió la decisión del día anterior de reconocer el régimen de Franco. Ante los ataques laboristas, Chamberlain leyó una carta de Franco, en la que éste venía a decir: primero, y obvio, que la guerra estaba ganada. Segundo, y no tan obvio, que el general Franco había dado ya pruebas suficientes de caballerosidad como para que aquellos republicanos no culpables de crímenes de sangre pudieran estar tranquilos. Y culpaba a los republicanos de todas las bajas que se pudieran producir por la prolongación de la guerra. El reconocimiento ganó por 344 votos a favor y 137 en contra.

En ese día, siguiendo la estela de Londres y París, habían comenzado ya las negociaciones, que acabarían fructificando, para que reconociesen a Franco Yugoslavia, Australia, Grecia, Paraguay o Bélgica. A más largo plazo, todo el mundo fuera de la órbita soviética acabó por ir en la misma dirección.

En realidad, la aceptación que fue problemática fue la francesa. El senador Leon Bérard, nombrado negociador, trató de conseguir una aceptación parcial, pero, finalmente, tuvo que aceptar el copo que exigía Burgos. Y es que en Francia había mucha tela que cortar. Estaba, para empezar, el oro depositado en Mont de Marsan; pero es que, además, había un montón de activos: armas, buques, arte, inmuebles..., que ahora Franco reclamaba como suyos, y que Francia hubiera preferido, en algunos casos, no devolver.

Cuando lleguemos al 3 de marzo habremos de hablar largo y tendido de la última ristra de nombramientos militares de la República y de las consecuencias que tuvieron. Pero tengo que adelantarme un poco a los acontecimientos porque lo cierto es que, si bien los nombramientos se publicaron el 3, Casado los conoció el día 28, cuando menos en lo esencial. Lo supo por boca de Matallana, quien le informó de que a él le habían nombrado jefe del EM Central y que a Casado se lo quería nombrar jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra (cosa que, hasta donde yo sé, no pasó; aunque bien pudo ser que el nombramiento estuviera pensado para publicarse el día 4, y finalmente no lo fue). También le comentó que Juan Modesto Gilloto era ascendido a general, y que Matallana creía que eso no era sino el paso primero antes de sustituir a Casado por Modesto.

A Casado, estas noticias le pusieron muy nervioso y, en realidad, es mi interpretación, lo colocaron en el mismo sitio que a Franco el 16 de julio del 36. Algunos historiadores, como Payne, sostienen que, desde luego, el asesinato de Calvo-Sotelo no provocó el golpe de Estado del 18 de julio, porque aquello ya se estaba preparando. Pero sí lo disparó o, si queréis, lo hizo inevitable, porque desde el momento en que un diputado de la nación fue vilmente asesinado en una camioneta, todos los que no estaban con la República comenzaron a tener la sensación de que estaban más seguros si daban el golpe que si no lo daban. A Segis, digo, le pasa lo mismo. Lleva semanas preparando un golpe para crear un Consejo de Defensa; ahora que aprende que es posible que en horas le digan que va a ser sustituido por un comunista de libro, se da cuenta de que para él es más seguro tirar para delante que andarse con melindres. Es por eso que estoy convencido que, si tenía alguna duda, en la tarde del 28 de febrero, Segismundo Casado decide que lo que tiene que hacer, lo hará.

Si hemos de creer a Casado, los rumores en Madrid eran insistentes e inquietantes. Casado dice que Vicente Girauta, comisario general de seguridad de Madrid, le confesó que diversos diplomáticos le habían pedido salvoconductos para abandonar la ciudad, ante el temor de la llegada de los comunistas.

Este mismo 28 de febrero, según informó la Prensa republicana, los ministros de gobierno de la República salieron de Madrid en dirección a “un pueblo levantino” para celebrar reunión. Negrín, de hecho, llega a las ocho de la tarde al gobierno civil de Alicante, donde tuvo una reunión, tras la cual partió hacia ese consejo que, muy probablemente, se celebró en la Posición Yuste (Elda).

Martínez Bande estima, creo yo que con bastante acierto, que el consejo tuvo dos grandes puntos que tratar: por un lado, la conspiración de Casado, que Negrín tenía que conocer bastante bien; y, por otro, la situación derivada de la dimisión de Azaña.

En algún momento a finales de febrero que cuando menos yo no puedo precisar, Cipriano Mera, que llevaba desde por lo menos septiembre de 1938 protestando oficialmente porque su tropa anarquista era sistemáticamente preterida por el alto mando en beneficio de unidades comunistas, no pudo más y comunicó con Negrín para decirle que le informase de dónde estaba, que él iría a entrevistarse con él. El primer ministro le contestó que sería él quien corriese a verle a la plana mayor del IV Cuerpo de Ejércitos, situada en un antiguo sanatorio de Alcohete, en Guadalajara. Negrín , efectivamente, se presentó allí acompañado del coronel Segismundo Casado y del mayor Julián Soley, un mando del ejército republicano que había trabajado con Modesto. Mera no dejó que Soley pasara a la reunión. Así pues, los tres citados se reunieron, con la adición de Feliciano Benito, comisario del IV Cuerpo.

Mera reiteró todas las denuncias que ya había hecho y le habló directamente a Negrín, reprochándole que, como socialista, pareciese no darse cuenta de que los comunistas estaban tratando de tomar el poder en el ejército para así poder aparecer como los últimos que resistieron, tratando de que todos los demás (es decir, teóricamente los presentes) apareciesen como traidores a la República y a la revolución. Mera, que verdaderamente nunca tuvo apego ninguno ni a cargos, ni a oropeles ni a galones, le dijo a Negrín que si el problema era un problema de individualidades y de ego, allí mismo le podía cesar a él. Pero, le dijo, llamar a la gente a seguir resistiendo cuando cualquier persona bien informada sabía que la resistencia era imposible resultaba una traición; por no mencionar, continuó, que todos aquéllos que se estaban llenando la boca con la palabra resistencia estaban colocando bienes y valores en el extranjero y haciendo salir a sus familiares.

Julián Zugazagoitia cuenta en su libro una escena de la caída de Santander. En el puerto, el autor y otros tantos están subiendo a un barco pesquero que los sacará de la quema. De repente, aparece un capìtán anarquista, al que conminan a subirse con ellos. El capitán les pregunta si hay sitio para sus soldados y, cuando le dicen que no, simplemente se da la vuelta y se enfrenta con la muerte, o con la cárcel, sin un pestañeo; porque ni por asomo va a abandonar a sus camaradas por salvarse él.

Los anarquistas eran así. Mera era así. Cuando formulaba ese reproche, lo hacía con toda la altura moral de quien ni por asomo hubiera tratado de tomar una posición ventajista de sus galones. La inmensa mayoría de los republicanos, socialistas y comunistas sí lo hicieron, hasta el punto de que, por ejemplo, a los comunistas no les quedó otra que adorar la figura de uno de los pocos que se quedó, el poeta Miguel Hernández; y lo tuvieron que adorar porque, la verdad, era una rara avis en su pajarera. Éste es un aspecto, en todo caso, poco estudiado por la historiografía, puesto que a los franquistas no les interesó hacer muchos distingos entre republicanos; y a la historiografía presuntamente imparcial, no digamos ya a la memoria tecnocrática, este tema le molesta como el tampón a la chica del anuncio.

Negrín le respondió a Mera con un punto de vista notablemente cínico: le dijo que, como primer ministro, tanto respeto le infundía quien luchaba por la República en los campos de España como quien lo hacía en el extranjero. En primer lugar, eso no es verdad; si tan verdad fuese, ¿por qué se había desgañitado, los últimos días, para convencer a tantos de que volviesen con él a España? En segundo lugar, la respuesta en sí es “dónde vas, manzanas llevo”; porque Mera no le había hablado de los embajadores de los políticos que estuviesen (como Prieto o Sánchez Albornoz, por ejemplo) fuera de España haciendo gestiones de variada laya; le estaba hablando de las esposas, los hijos, los primos y los cuñados de toda esa gente, que estaba saliendo de España en fila de a siete mientras a los hijos de los obreros se les decía “resistid, compañeros, resistid...”

Negrín también le dijo a Mera que estaba haciendo gestiones para que los hombres y pertrechos que habían cruzado a Francia pudieran volver a España (minutos antes, Mera le había dicho que eso era imposible; y es que lo era). Y luego se disculpó, a medias, argumentando que había intentado varias veces coser una paz, sobre todo con la mediación inglesa, y que había sido imposible. Mera, un hombre íntegro al fin y al cabo, le dijo a Negrín al despedirse (delante de Casado, no se olvide) que hasta entonces había sido un militar obediente, pero que no le podía garantizar que siguiese siendo así.

En la tarde, todos visitaron las líneas del frente. Negrín, aparentemente, no paró de masajearle la picha a Mera, y acabó diciéndole que “si todos los jefes trabajasen como trabaja usted, el resultado de la guerra sería otro”. Mera, seco, le retrucó: “Aquí no es cuestión de discutir quién lo hizo bien y quién lo hizo mal, sino enfrentarse con la realidad y evitar que se derrame más sangre”.

En toda la boca.

1 comentario:

  1. Anónimo7:31 p. m.

    "...si bien los nombramientos se publicaron el 3, Casado los conoció el día 28, cuando menos en lo esencial..."
    Igualmente tengo para mí que no, que la memoria le vuelve a engañar a Casado. Me explico. Casado leyó en la Gaceta de los días 3 y 4 los nombramientos. Esto creo que no admite duda. A toro pasado dijo que eso era lo que le venían diciendo desde hacía días. Pero eso no creo que sea correcto. Bailan los nombres en varios testigos.
    Eso sí, en lo fundamental, los rumores que le llegaron acertaban: a la Triple M y a él los iban a empaquetar para ocupar puestos en un Estado Mayor que ya no funcionaba en absoluto, y que, además, los ponía bajo el control directo del Ministro de Defensa (Negrín), y de su subsecretario (el general Cordón, fiel comunista).
    Ya hablaremos de esto con detalle cuando lleguemos.

    Eborense, strategos

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