Todos los que estáis en este mundo conocéis la noticia. En
las últimas oposiciones a maestro escuela producidas en la Comunidad de Madrid,
los aspirantes a profesores han cometido errores propios de esas Antologías del disparate que algunos
maestros escribieron en su día relatando las burradas de sus alumnos. En la
universidad de Santiago de Compostela, en los años que yo hice la selectividad,
había un catedrático, José Moralejo Álvarez, que cada año deleitaba a los
lectores de La Voz de Galicia con las
cosas que tenía que leerse como miembro del tribunal de examen. Entre las que
recuerdo de mi propia convocatoria, está aquella pregunta que decía “cita a tres
grandes exploradores decimonónicos del África”, a lo que un estudiante contestó:
“Brazza, Livingstone y Stalin”. O esa
otra de la prueba de Arte, en la que se nos propuso para comentar una imagen
del Cristo yacente de Gregorio Fernández, y un alumno contestó: “es el Cristo tumbado de Gregorio Fernández”.
Los tiempos han cambiado, y ahora son los maestros los que
cometen las burradas. La novedad resulta inquietante. Aunque lógica.
La
superioridad de conocimientos del maestro sobre el alumno trae causa en dos
cosas. La primera, bastante obvia, es que el maestro debe transmitir al
educando lo que sabe. Esto, sin embargo, ya no es así, porque, hoy, el maestro
lo que aspira a transmitir a su administrado
no son conocimientos, sino una forma de socialización, una forma de ser
persona, de interactuar con el mundo y uno mismo; todas esas cosas que la nueva
pedagogía pone por delante.
La segunda cosa para la cual existe la superioridad de
conocimientos del maestro es porque es la base de la auctoritas de éste.
Incluso en la escuela antigua, en la que los profesores retenían importantes
parcelas de poder, por ejemplo la soberanía de arrearte impunemente una hostia
o una mano de ellas; incluso en aquellos tiempos, digo, la superioridad del
maestro se basaba en su obvio conocimiento diferencial; él sabía, y tú, no. Todos
los alumnos hemos despreciado a nuestros maestros, apreciado a unos cuantos, y
odiado a otros. Pero entre los apreciados, y aprecio aquí quiere decir
aceptación natural de la jerarquía, están siempre aquéllos que dominaban su
asignatura hasta el punto de parecer que la habían parido ellos mismos. A los
maestros suaves o permisivos, pero ignorantes, les reservábamos la burla, no el
respeto.
La cuestión es que hoy en día maldita falta que hace el
respeto y la superioridad, porque a los maestros se los ha bajado de la tarima
y se los ha convertido en una especie de primus
inter pares talludito, con la responsabilidad de sacar las clases adelante,
pero todo de forma muy democrática y compartiendo los poderes. Así pues, si la
educación se ha convertido en un hecho asambleario, ¿para qué quiere el maestro
saber más que sus alumnos? La moderna pedagogía lo ha convertido en un señor o
señora cuyo trabajo, simple y llanamente, es conseguir que sus alumnos respondan
adecuadamente sobre los conocimientos expresados en un libro.
La verdad es que yo esto ya me lo veía venir. Hace años
asistí a mi sobrino, al que se le hacían un tanto cuesta arriba sus asignaturas
de la ESO. Un día, estudiando con él eso que antes se llamaban Ciencias
Naturales, me encabroné de la hostia al encontrarme en una sola página de su
libro (capítulo sobre las capas geológicas de la corteza terrestre) tres faltas
de ortografía, tres. Así que, cuando hizo el oportuno examen, le pedí prestado
el libro y me tomé el trabajo de leérmelo de cabo a rabo, hasta los recuadritos
al margen que nunca sirven para nada, observando cada falta de
ortografía o de sintaxis, cada anacoluto, cada mierda que encontraba. Le dije
a mi sobrino que le dijera al profe que el libro estaba plagado de faltas de
ortografía. Nunca tuve feedback.
Supongo que su profesor le debió decir: esto es el negociado de Ciencias
Naturales; aquí las faltas de ortografía no cuentan. Además, qué coño, un
profesor no tiene por qué escribir mejor que sus alumnos.
En el siglo XIX era figura de cachondeo el Maestro Ciruela,
que no sabía leer y puso escuela. De ahí pasamos a respetar al analfabeto
porque, se nos dijo, no es culpa suya que no sepa leer. En un tercer paso
plenamente lógico, evolutivo, le hemos construido escuelas de Magisterio para
que pueda desplegar su ignorancia con pleno derecho. Creo que es el Principio
de Peter el que sostiene que toda persona asciende en la escala laboral hasta
alcanzar su máximo nivel de ineficiencia. El sistema educativo español es la
demostración empírica de que este principio individual es perfectamente
aplicable a las colectividades sociales en su conjunto.
A mí la noticia me parece muy grave, pero por razones más
profundas que las relacionadas con el hecho de que alguien pueda pensar que el
Ebro pasa por Madrid. Insisto: lo que ahora conocemos es una consecuencia
lógica de la opción pedagógica que hemos elegido y su escasa proclividad hacia
el mérito. En realidad, lo importante de que el maestro sea un analfabeto
funcional no es que no se sepa de memoria el quinto postulado de Euclides,
porque eso, al fin y al cabo, si se esfuerza un poco y da en alguna librería
con algún tomito en plan Don Pimpón te
explica la geometría euclidiana, a base de subrayar y estudiar, podría
llegar a ser capaz de explicarlo con cierto aseo.
Lo peor de que el maestro sea un ignorante titulado con
balcones a la calle y trienios de antigüedad no es que no sepa; es que, por
lógica, establece una alianza estratégica con los que no saben. Dicho de otra
forma: no es que no tenga conocimientos; es que, si no los tiene, por lógica no
puede saber por qué hay que tener
conocimientos.
¿Por qué estudiamos? Esta pregunta nos la hemos hecho todos.
Que levante la mano el que no haya discutido con sus padres nunca con argumentos
del tipo: si yo voy a ser abogado, ¿por qué narices tengo que aprenderme la
puta combinatoria? O: ¿de verdad alguna vez cuando sea mayor voy a tener que
saberme las producciones agrícolas de Castilla-León? Cuando menos yo, y otros
muchos yo de mi generación, chocaron, en esta argumentación, con el muro
infranqueable de unos padres que, en muchos casos, habían tenido educaciones
muy deficientes por causa de sus orígenes humildes, y estaban seriamente
implicados en la idea de que sus hijos saltasen en la escala social adquiriendo
los conocimientos que a ellos se les negaron.
Y había otro dique de contención: el maestro.
El maestro nos indicaba cada día, con su actitud, con sus
pescozones, con sus suspensos, con todas esas cosas que lo hacían odioso, que
él tenía una alianza firmada con nuestros padres, y con la cosmovisión que nos
obligaba a esforzarnos. A nuestras quejas y renuencias contestaba con una voz
metálica, un poco de Robocop pedagógico preprogramado, que nos decía: “abrid
los libros por la página 32”. Y comenzaba a explicar la formación de las
morrenas, o la Europa de Metternich, o el Cantar de los Cantares.
No se molestaba en explicarnos la verdad, porque no la
habríamos entendido. La verdad es que millones de personas en el mundo, cada
día, corren kilómetros en la mañana sin intentar llegar a parte alguna; corren
porque quieren hacer ejercicio, estar a tono. Y estudiar es exactamente lo
mismo. El tipo que practica jogging
nunca se pregunta: “¿Por qué paso corriendo por la calle de Los Testiguillos,
si nunca en mi vida voy a necesitar venir aquí para nada?” Es el mismo tipo de
pregunta que la del estudiante que protesta porque tiene que estudiar
matemáticas cuando ni le gustan ni piensa usarlas en la vida adulta. Estudiar
es ejercer los poderes de la mente, desplegarlos y, en un proceso que,
verdaderamente, no se le puede explicar a un adolescente porque no lo
entenderá, memorizar las guerras púnicas es una forma de construir la capacidad
de almacenar datos y usarlos en situaciones diversas, que no otra cosa es el
cerebro humano.
A mi modo de ver, lo verdaderamente importante en un maestro
es que entienda esto. Que entienda que lo que está haciendo con sus alumnos,
además de prepararlos para pasar tal o cual examen, es enseñarles a usar la
herramienta que tienen en el cráneo para memorizar, para realizar inferencias
lógicas, para tener capacidad analítica, o de abstracción. Y eso no se puede
conseguir jugando al Gears of War. Las
reclamaciones, al Papa de Roma, al Gran Muftí o al rabino del barrio, según
creencias.
Pero la cosa es: ¿cómo puede entender esto un maestro que no
ha realizado ese ejercicio de despliegue mental él mismo; cosa que es bastante
evidente si sostiene que la gallina es un mamífero? Todos los sicoanalistas, si
no estoy mal informado, se han sicoanalizado ellos mismos antes de serlo, y la
cosa tiene su lógica. Tengo por cierto, también, que en Estados Unidos muchos
de los árbitros de fútbol americano han sido antes jugadores o entrenadores, lo
cual también tiene su lógica (tal vez porque esta lógica no se aplica en el soccer es por lo que es un deporte con
ese tufillo a corrupción arbitral…). La pedagogía moderna, a lo que se ve,
pretende, sin embargo, que los maestros transfieran las bondades de un
ejercicio que ellos mismos no han realizado.
Lejos de hacerlo, este moderno Maestro Ciruela lo que hará,
cuando esté al frente de un aula, es establecer un vínculo secreto con aquéllos
de sus alumnos que no creen en las
virtudes del estudio. Que no le ven lógica alguna al gesto de perder (sic)
tanto tiempo de su vida memorizando chorradas. Así las cosas, quien, por las
razones que sea, la principal de ellas porque tenga unos padres dedicados a la
tarea, decida esforzarse, no encontrará en el aula una fuente de oposición,
sino dos: aquéllos de sus compañeros que, mal de muchos blablablá, intentarán
atraerlo al Lado Oscuro; y su maestro.
Estamos, pues, ante una noticia tristísima, mucho más que
los resultados del PISA. Los resultados del PISA nos dicen que el nivel
educativo en España es una mierda. La noticia de la Comunidad de Madrid nos
dice que, además, vivimos en un sistema que, a las víctimas de ese sistema, les
permite ser maestros, con lo que la mierda se reproduce a sí misma, se
convierte en un bucle automiérdico. La ignorancia hispana se reproduce en una
serie de Fibonacci; esa cosa, dirán los opositores de la Comunidad de Madrid,
de la que hablaban en El Código da Vinci.
Y es más triste aun a la luz de las reacciones. Los
sindicatos, por supuesto, han puesto el grito en el Cielo, porque dicen que se
estigmatiza al maestro. Estigmatizar al maestro es despreciarlo públicamente
por ser mujer, o por ser negro, o por ser de Palencia. Colocar en la palestra
pública al maestro por ser un ignorante no es estigmatizarlo; es hacer eso que
ahora está tan de moda y que se llama pedir cuentas por el gasto de nuestros
impuestos. Siguiendo la lógica sindical, el día que haya una avería de la luz
en mi casa y, después de tres horas, llame yo a la Unión Penosa para decirles
que se me están pudriendo las chuletas de la nevera, la operadora Gladys en qué
puedo atenderle me contestará: “haga usted el favor, señor, de no
estigmatizarnos”.
Triste la reacción sindical, y más aun la de una magistrada
de la nación, que no otra cosa es una ex ministra como la señora Trujillo, que
ha intentado evitar la recta usando la asíntota de que eso de preguntar los
ríos de España es “franquista”.
Lo verdaderamente franquista, de hecho es algo que el
Movimiento hacía sistemáticamente, es enfrentar el problema Dónde Vas con la
contestación Manzanas Llevo. Que es, exactamente, lo que ha hecho la señora
Trujillo. La proposición implícita en esta reacción es abracadabrante: el
conocimiento también tiene ideología. Hay cosas que el hombre común, o sea el
plebeyo, no tiene por qué saber, y hay una autoridad, no se sabe muy bien
dónde, que es la que pinta esa raya. Cierto es que esa raya existe por razones
bien obvias: el currículo escolar, por mucho que lo queramos preñar, no puede
contener la totalidad de conocimientos que es posible transferirle a un
impúber. Pero el trujillismo va más
allá; sostiene que esa selección de conocimientos no hay que hacerla sólo con
criterios técnicos (esto sirve, esto no) sino con criterios ideológicos. El trujillismo tiene su lógica si la
noticia de prensa fuese: los actuales opositores a maestros no se saben los
Puntos Fundacionales de Falange Española (que en el pasado no sólo se tenían
que saber, sino que estaban obligados a enseñarlos). Si ésta fuese la noticia,
todos habríamos saltado diciendo: ¿cómo es posible que a los maestros de hoy en
día se les exija conocimiento tan ajado? Pero, no. El trujillismo no se ha referido al resumen doctrinal Primo-Ledesma;
se ha referido, shit you little parrot,
al conocimiento de los ríos de España.
Así pues, saber que el Gállego no desemboca en el Ganges y
por lo tanto bañarse en él no supone beneficio alguno para los creyentes en el hinduismo,
es franquista. A partir de ahí, ancha es Castilla. Franquistas serán, también,
los diagramas de Venn, las aplicaciones sobreyectivas y, qué narices, la tabla
periódica, que al fin y al cabo tiene un elemento que se llama Francio que,
vaya, en la escuela franquista los
maestros franquistas nos enseñaban
que se llama así por Francia, pero vaya usted a saber si no nos manipulaban...
Así pues, la militancia ignorante alcanza el punto de opositar a maestro, y una antigua miembra (sic) del Gobierno les defiende, insinuando que, puesto que Mahoma no va a la montaña, o sea para qué les vamos a pedir que estudien, solucionemos el tema quitando de los currículos los conocimientos que no han adquirido. Y todo esto se cobra contra el prestigio de los muchos, muchísimos, profesores que hay en España que se lo han currado y se lo curran, y que ahora, en un proceso también muy hispano, han sido automáticamente colocados en el saco de los felices analfabetos militantes.
Eso sí. El problema es de gasto, o eso dicen los de la camiseta verde. Si la cosa está mal, es porque no se invierte suficientemente en educación. Les vendría bien hablar con esos padres wealthy, que los hay a puñados, que tuvieron o tienen un hijo que es un cabestro vago y se han gastado toneladas de pasta en clases de refuerzo, veranos en Limerick, sicólogos, educadores y la hostia en verso, y apenas han conseguido, con ello, hacer pequeñas muescas en la sólida coraza de idiotez rampante del puto niño. Cuando un crío es mal estudiante, el primero que tiene que cambiar es él.
Eso sí. El problema es de gasto, o eso dicen los de la camiseta verde. Si la cosa está mal, es porque no se invierte suficientemente en educación. Les vendría bien hablar con esos padres wealthy, que los hay a puñados, que tuvieron o tienen un hijo que es un cabestro vago y se han gastado toneladas de pasta en clases de refuerzo, veranos en Limerick, sicólogos, educadores y la hostia en verso, y apenas han conseguido, con ello, hacer pequeñas muescas en la sólida coraza de idiotez rampante del puto niño. Cuando un crío es mal estudiante, el primero que tiene que cambiar es él.
Pero cómo le vamos a pedir al establishment educativo español que resuelva un problema que, en realidad, no es capaz de ver.