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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
La Prensa estadounidense estuvo muy interesada, y durante varios días, por los sucesos estudiantiles en España. El 17 de febrero, The New York Times editorializó sobre el tema, destacando el hecho de que Falange había perdido todo su poder en España, y que se había convertido en la jeta que se llevaba todas las hostias que recibía Franco. El 23 de abril, Gianfarra informó del juicio a cuatro detenidos de los sucesos de febrero, que fueron defendidos por José María Gil Robles. El hecho de que los detenidos fuesen acusados de difundir propaganda política prohibida, unida a la decisión de celebrar el juicio a puerta cerrada, sirvió para acentuar el tono crítico que el periodista estadounidense le dio a todo el asunto.
Todo
este tema acabó por incrementar la preocupación de la embajada. En la calle Serrano
estaban cada vez más convencidos de que la independencia de Marruecos, la movida
estudiantil y los crecientes problemas laborales (el coste de la vida estaba provocando
un rosario de huelgas, más o menos permitidas) estaba colocando al régimen contra
las cuerdas.
En términos
generales, cabe decir que los observadores estadounidenses sobrevaloraron el desprestigio
del general Franco. El desprestigio, ojo, existió; Franco, en 1956, sufrió tentativas
de acorralamiento por parte de, como poco, Falange y la Iglesia; por no mencionar
los sectores del ejército que todavía pensaban que habían hecho lo que habían hecho
para traer a un rey, y que ahora le reclamaban al jefe del Estado que se bajase
del tiovivo. Estas presiones, sin embargo, nunca llegaron a ser serias, porque hay
una cosa que Franco había hecho muy bien: descabezar a la oposición política real,
allende la raya del régimen; y, consecuentemente, la presión para convertir España
en una democracia era eso que los profesores de Física, cuando explican la cinemática,
llaman un rozamiento despreciable.
Ciertamente,
Franco enfrentaba, entre las elites del poder en España, un grave problema con la
independencia de Marruecos. A menudo olvidamos que la independencia de Marruecos
fue un hecho, desde algunos puntos de vista, más traumático que la pérdida de las
colonias americanas. En primer lugar, la independencia de los Estados americanos se produjo en un momento convulso en el que, además, la actitud de las 13 colonias
británicas en América había marcado un camino. Marruecos se marchó ya en el siglo
XX, dejando a España sin su última, por así decirlo, posesión imperial. Para Franco,
aquello era especialmente problemático, teniendo en cuenta hasta qué punto había
tratado de jugar la carta de su pro arabismo; una posición que lo seducía mucho,
sobre todo teniendo en cuenta la distancia, tanto personal como política, que siempre
sintió hacia los judíos.
Otro
elemento importante del análisis estadounidense sobre el terreno tiene que ver con
el hecho de que la embajada, como tantas otras personas durante y después de la
vida de Franco, no había tenido demasiado interés por entender a aquel señor bajito
y regordete. Esta falta de un análisis real de la persona real, de sus motivaciones,
de su capacidad de hacer o deshacer, es la que está detrás de la seguridad desarrollada
por los observadores estadounidenses de que la estrecha relación entre España y
los Estados Unidos, unida al ingreso de España en diversas organizaciones multilaterales,
llevaría a Franco a “autocensurarse”, por así decirlo, a la hora de continuar la
represión de su pueblo.
En este
punto, pues, quedó claro que los funcionarios estadounidenses habían calculado que
Franco, una vez que formase parte del Fondo Monetario, del Banco Mundial y de la
Unión Internacional de Sexadores de Pollos, sería ese típico jefe de Estado que
se dedicaría a viajar por el mundo para construirse imagen de moderno y guay; un
poco lo mismo que hizo, décadas después, Leónidas Breznev, cuando, en cumbres internacionales,
se dejó fotografiar relajado en la cubierta de yates con unas gafas de sol puestas,
en plan latin lover. Pero Franco, claro, casi nunca salió de España, nunca
mostró interés alguno por su imagen internacional, y prefirió poder seguir siendo
el represor que había sido hasta entonces. Al fin y al cabo, le había funcionado
de cojones.
Lo cierto,
sin embargo, era que las publicaciones, sobre todo de Gianfarra, esto lo ponían
en peligro. El conocimiento explícito y detallado en Estados Unidos de las represiones
de que eran objeto estudiantes y trabajadores podía activar a los grupos de opinión
más liberales en el país, y ponerle palos en las ruedas a casi cualquier elemento
de ayuda posible.
En aquel
entorno, por otra parte, a la preocupación de que el poder de Franco se pudiera
tambalear, la embajada comenzaba a añadir la preocupación por lo muy frecuentes que estaban
empezando a ser las ocasiones en las que Estados Unidos salía, en términos de imagen,
a empatar el partido en España. Un ejemplo de esto era el tema del aceite de oliva.
En España apenas había aceite para las casas, y el que había tenía unos precios
prohibitivos. La imaginación española, no con datos muy sólidos, desarrolló rápidamente
la idea de que España cosechaba suficiente aceite para la población; pero que ese
aceite no llegaba porque lo acaparaba el gigante estadounidense; entre otras cosas
porque, al instrumentarse buena parte de su ayuda a través de sus excedentes agrícolas,
así le daba salida a otros tipos de aceite de los que era excedentaria. Que relatos
como éste prendiesen con mucha facilidad en la sociedad española era la mejor prueba
de que la actitud inicial en plan Americanos, os recibimos con alegría, estaba
empezando a cambiar.
Estados
Unidos, además, fue víctima colateral del gran enfrentamiento producido en 1956
entre Franco y Falange. El caudillo, buscando cauterizar definitivamente la herida
de una Falange dirigida por hombres demasiado falangistas, por así decirlo, había
sustituido a Fernández Cuesta por José Luis Arrese. Arrese, sin
embargo, le salió rana, probablemente por presiones dentro del propio movimiento
falangista; y aquel año de 1956 quiso sacar adelante unos proyectos legislativos
seudo fascistas, que trataban de colocar incluso al propio Franco bajo el poder
omnímodo del Partido.
Uno de
los elementos colaterales de aquella tentativa de Arrese fue el traslado a los cuadros
de la Falange de la orden de que tenían que “ganar la calle”; que tenían que convertirse
en líderes de la sociedad española, y abrogarse todos los éxitos de desarrollo del
país. Y eso incluía los acuerdos con los Estados Unidos y la ocupación de bases
españolas por sus tropas. Falange comenzó a invitar a sus actos a representantes
oficiales estadounidenses, y hacía una publicidad total de su presencia. Evidentemente,
no consiguieron otra cosa que mover al Departamento de Estado a ordenar a sus diplomáticos
que se abstuviesen en lo posible de ir a esos actos.
En el
verano de 1956, las señales de alarma se incrementaron cuando por parte española
comenzó a dejarse meridianamente claro que los acuerdos con Estados Unidos no estaban
funcionando bien. El ministro de Marina, almirante Salvador Moreno Fernández, incluso
se negó a cumplir los acuerdos, dado que tenía un serio desacuerdo en torno a la
cuestión de a quién competía la seguridad de las instalaciones aeronavales ocupadas
por los estadounidenses. Los españoles querían que el ejército estadounidense sólo
se ocupase de la seguridad interior. El tema, conforme Moreno fue dejando claro
que por sí mismo no iba a firmar una mierda, fue escalando hasta que quedó claro
que era Franco quien tendría que solucionarlo. Pero Franco dejó que se pudriese
sin hacer nada, en lo que los americanos interpretaron como una medida de presión.
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