viernes, septiembre 01, 2023

Stalin-Beria 1: Consolidando el poder (0): La URSS, y su puta madre


La URSS, y su puta madre
Casi todo está en Lenin
Buscando a Lenin desesperedamente
Lenin gana, pierde el mundo
Beria
El héroe de Tsaritsin
El joven chekista
El amigo de Zinoviev y de Kamenev
Secretario general
La Carta al Congreso
El líder no se aclara
El rey ha muerto
El cerebro de Lenin
Stalin 1 – Trotsky 0
Una casa en las montañas y un accidente sospechoso
Cinco horas de reproches
La victoria final sobre la izquierda
El caso Shatky, o ensayo de purga
Qué error, Nikolai Ivanotitch, qué inmenso error
El Plan Quinquenal
El Partido Industrial que nunca existió
Ni Marx, ni Engels: Stakhanov
Dominando el cotarro
Stalin y Bukharin
Ryskululy Ryskulov, ese membrillo
El primer filósofo de la URSS
La nueva historiografía
Mareados con el éxito
Hambruna
El retorno de la servidumbre
Un padre nefasto
El amigo de los alemanes
El comunismo que creía en el nacionalsocialismo
La vuelta del buen rollito comunista
300 cabrones
Stalin se vigila a sí mismo
Beria se hace mayor
Ha nacido una estrella (el antifascismo)
Camaradas, hay una conspiración
El perfecto asesinado



En el mundillo del golf se cuenta un chiste. Unos jugadores están haciendo un recorrido cuando se encuentran a otro jugador metido en un bunker, dando un golpe tras otro contra la arena, pero sin conseguir sacar la bola. Uno de los jugadores se dirige al tipo y le pregunta: “¿Usted sabe jugar al golf?” El otro le mira airado y contesta: “¿Que si sé jugar al golf? ¡Yo he escrito un libro sobre el golf!” El jugador pregunta: “¿Y cómo se titula?” Su interlocutor contesta: “Pues se titula El golf y su puta madre”.

Inspirada en este chiste, aquí tenéis esta introducción: La URSS y su puta madre.

jueves, agosto 31, 2023

Los evangelios (y 4): Juan, el evangelio de las preguntas incómodas

Marcos, el evangelio de masa fina
Mateo, el evangelio 2 sobre 3
Lucas, christians go multinational
Juan, el evangelio de las preguntas incómodas 



En este cuarto y último artículo de la breve saga dedicada a los evangelios cristianos, llegamos a un terreno que no tiene mucho, en ocasiones nada, que ver con todo lo que hemos hollado anteriormente: el denominado evangelio de Juan. Entramos en otra liga; la que es, más propiamente, nuestra liga.

miércoles, agosto 30, 2023

Los evangelios (3): Lucas, christians go multinational

Marcos, el evangelio de masa fina
Mateo, el evangelio 2 sobre 3
Lucas, christians go multinational
Juan, el evangelio de las preguntas incómodas


Debo confesar que, de todos los artículos que me he propuesto escribir sobre la temática evangélica, el de Lucas es el que menos me apetece. De niño me enseñaron a fijarme mucho en este evangelio, a tenerle mucho respeto porque, me explicaron mis maestros, había sido escrito por un contemporáneo de Jesús, no discípulo, que habría estado incluso presente en el Prendimiento, pues era uno de los seguidores que se había quedado dormido junto al Maestro. Puede ser, pues, que lo insulso del texto, pues Lucas viene a ser Marcos más documento Q más poco más, me decepcionase. Además, está el hecho de que, de Lucas, me interesa mucho más el libro de Hechos; una obra tan importante que, como decía Ernest Renan, de haberse perdido ese texto, hoy apenas sabríamos nada sobre los orígenes del cristianismo. Pero, bueno; el compromiso son cuatro artículos, y los compromisos hay que cumplirlos.

martes, agosto 29, 2023

Los evangelios (2): Mateo, el evangelio 2 sobre 3

 Marcos, el evangelio de masa fina
Mateo, el evangelio 2 sobre 3
Lucas, christians go multinational
Juan, el evangelio de las preguntas incómodas


Si hablamos del evangelio de Mateo, estamos hablando del auténtico best seller del primer cristianismo. Mateo fue, efectivamente, el evangelio más distribuido y leído en los primeros tiempos del cristianismo; un hecho que se deriva con claridad del dato de que sea un texto del cual exista un número bastante respetable de fuentes escritas de los primerísimos tiempos del cristianismo que lo citan (muchos más que en el caso de Marcos, por ejemplo). Y el tema es curioso, porque el evangelio de Mateo es, en realidad, un texto muy concreto que se compuso para un momento muy concreto, y para un tipo de cristianos, por así decirlo, muy concreto. Sin embargo, probablemente el hecho de que la problemática que trató de solucionar o definir fue una problemática muy generalizada dentro de los primeros cristianos, lo hizo tan popular. Porque proponía recetas teológicas que mucha gente necesitaba.

lunes, agosto 28, 2023

Los evangelios (1): Marcos, o el evangelio de masa fina

Marcos, el evangelio de masa fina
Mateo, el evangelio 2 sobre 3
Lucas, christians go multinational
Juan, el evangelio de las preguntas incómodas

Los artículos emplazados en los inicios del cristianismo no son novedad en este blog. Tampoco lo son las introducciones en el tema de las que son las escrituras sagradas de esta religión. Alguna vez, ciertamente, alguno de los artículos que he elaborado ha sido considerado, en los comentarios, como excesivamente particularista, aparentemente fuera del tono del resto del blog. Esto ha hecho que, a menudo, cuando me haya surgido la idea de escribir alguna cosa más en la misma dirección, finalmente haya decidido cortar el rollo y dejarlo. No es que me preocupe mucho perder lectores, pues ésta es una casa en la que se entra y de la que se sale cuando a cada uno le peta (suelo decir que mi blog es como Hotel California, pero con puerta de atrás) y, dado que mi actividad es completamente gratuita, no hay nada relevante que pueda estar en peligro, por así decirlo. Pero digamos que soy consciente de que me pierde la exégesis; de hecho, creo que si hubiese nacido millonario y, consiguientemente, sin necesidad de trabajar para vivir, creo que habría estudiado lenguas clásicas, hebreo y arameo, y me habría dedicado al estudio de las primeras escrituras. Pero, claro, soy consciente de que ésa es una afición bastante elitista, máxime en una sociedad como la actual, en la que entre los lectores que pueda tener este blog de menos de, digamos, 45 años, el porcentaje de aquéllos con nula educación religiosa (y, consiguientemente, tenue interés por el tema) no lo estimo baladí. Todas estas razones me han llevado a autocensurarme varias veces. Pero escribo estas notas desde mi habitación particular (lo que mi mujer y yo conocemos, ampulosamente, como “mi despacho”) en mi apartamento de verano, allá en la costa de Lugo. Son momentos expansivos. En los últimos diez días, he escrito treinta páginas sobre la corrupción en el franquismo, y otras treinta sobre la peripecia de los franceses en Indochina antes de la segunda guerra mundial. Y quería eso que llamo “descansar”; que no es dejar de escribir (eso no sé hacerlo), sino hacerlo sobre algo que me relaje. Y ese algo, ya lo siento, es la exégesis. Aunque no te lo creas, hay gente más rara que yo; yo mismo conozco un par.

lunes, julio 24, 2023

El referendo de 1966

 Estamos en el año 1965. El general Francisco Franco Bahamonde ha superado ya la esperanza de vida de su cohorte demográfica, pero aun así espera a ser eterno, a no morir nunca; no personalmente, desde luego, pero sí a través de su régimen político. El sueño de Franco es el que Adolfo Suárez expresaría para su Unión de Centro Democrático: una solución política que dure 103 años. Sin embargo, las cosas no están yendo en esa dirección. 

viernes, julio 21, 2023

El otro Napoleón (59: Todo terminó en Sudáfrica)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica   



Pasada esta escena tan poco edificante, la emperatriz recobró algo el aplomo y recibió a sus ministros. Inmediatamente, comenzaron a hablar de transferir el gobierno a Tours y desde ahí comenzar las conversaciones de paz. También hablaron de cogobernar con el Cuerpo Legislativo; porque, claro, ahora que la cosa se ponía difícil como una pandemia, los que siempre habían querido todo el poder para sí, de repente, querían cogobernar, no te jode. Clement Duvernois sometió el borrador de la declaración que haría pública la derrota al público. Schneider, presidente del Cuerpo Legislativo y también presente, le propuso a la regente delegar toda su autoridad al parlamento. Eugenia no dijo nada. En ese momento, todo lo que quería era ganar tiempo a ver si encontraba algún último conejo en la chistera.

Sin tener clara la dirección que tomarían los hechos, Schneider regresó al Palais Bourbon, donde fue literalmente asediado por la turba de diputados. Se convocó sesión para medianoche. Los ministros, inicialmente, dijeron que no irían pero, ante las presiones, acabaron pasándose por allí. Pero ésa es la expresión correcta porque, la verdad, no tenían ni puta idea de qué decir.

Palikao lee los informes llegados de Sedán, y sugiere que cualquier discusión se deje para el día siguiente (aunque ya, prácticamente, estaban en el día siguiente). Gambetta, en esas horas, se ha convertido en el hombre fuerte. Es, sin duda, el político al que más gente sigue en ese Cuerpo Legislativo que está sonado como un boxeador en el ring. Se opone a que la sesión se cierre; la sesión no se cierra. Entonces, Jules Favre gana la palabra para leer, en medio de un silencio sepulcral, la proposición que han redactado los 27 diputados de la izquierda:

Luis Napoleón Bonaparte y su dinastía son declarados desposeídos de sus poderes constitucionales. El Cuerpo Legislativo nombrará una comisión investida de todos los poderes de gobierno y que tendrá por misión expresa resistir a toda costa la invasión y echar al enemigo de nuestro territorio. El general Trochu sigue siendo el gobernador general de París.

Como puede verse, en un arabesco curioso, Trochu se ha convertido en algo así como la gran esperanza blanca de las izquierdas.

El Parlamento, formado, no se olvide, por una mayoría enorme de diputados imperiales, responde con el silencio. Sólo uno de sus miembros se atreverá a disentir. Se trata de Pierre Ernest Pinard, el hombre que, como ministro, se hará famoso por denunciar por escandalosa la novela Madame Bovary de Gustave Flaubert, así como el libro Las flores del mal del poeta Charles Baudelaire. Tímidamente, Pinard argumenta que el parlamento sólo puede tomar medidas provisionales, pero no decretar la desposesión del emperador.

La asamblea se disuelve, citada a mediodía para votar la moción. Pero casi nadie se fue a dormir aquella madrugada. Muchos, de hecho, esperaban un golpe de Estado imperial. Pero, en realidad, las fuerzas imperiales no están ya por esa labor. Rouher, camino de su casa, le confiesa a un amigo: il n'y a plus rien à faire. A demain, la revolution.

Las Tullerías están prácticamente desiertas, y ya sólo tienen un habitante. Por la rue de Rivoli, que se puede ver perfectamente desde sus ventanas, marchan grupos de personas con banderas rojas dando mueras al Imperio y vivas a la república. Eugenia de Montijo, se dice, consumió la noche quemando papeles.

El domingo 4 de septiembre fue un día caluroso y sin nubes. Todo París se echó a la calle a leer los afiches que informaban de Sedán y los periódicos. Entre los políticos se discutía mucho. Gambetta habló varias veces a las multitudes recomendándoles la moderación. Thiers era de la opinión de que había que limitarse a declarar el poder vacío. Buffet, en cambio, consideraba que eso era un constructo imposible; que la regente debía ceder el poder al Cuerpo Legislativo. Y, por encima de todo, las izquierdas demandaban el fin del Imperio.

En las Tullerías, la regente preside una reunión del gobierno. En ella Trochu, siempre echado para delante, vino a decir que se haría lo que se tuviera que hacer para conservar el orden. Pero en medio de la reunión, llega la noticia de que en Lyon ya se ha proclamado la República. Clément Duvernois propone declarar el estado de sitio. Pero nadie le apoya. Se habla de trasladar el gobierno fuera de París; pero todos coinciden en que ya es demasiado tarde y que, además, perder París es perder Francia. Todo el mundo quiere buscar una vía para dejar el poder de forma razonablemente ordenada.

Finalmente, los ministros deciden presentar al Cuerpo Legislativo un proyecto para crear un Consejo de Regencia cuyos miembros serían nombrados por el propio parlamento. Palikao sería nombrado teniente general, para así conformarse una especie de gobierno de defensa nacional.

Todo esto sin embargo, son futesas. El Imperio, en ese momento, apenas cuenta con tres escuadrones de gendarmes a caballo, unos mil policías y dos batallones de infantería formados por soldados que apenas han llegado al oficio. Toda esta tropa es concentrada alrededor del Palais Bourbon.

En las Tullerías, Eugenia de Montijo hacía uso de unos prismáticos de teatro para espiar a la multitud agolpada en la plaza de la Concordia. En ese momento, todo París hierve con la noticia de que esa masa piensa atacar el palacio, cosa que es falsa. Aún así, la emperatriz le pregunta al general responsable de proteger las Tullerías, Émile Henry Mellinet, si podrá defender el edificio; el militar le responde que ni de coña.

En la asamblea, se discute una proposición de Thiers que dice: “a la vista de la vacante en el trono, la cámara nombra una Comisión de gobierno y de defensa nacional. Una asamblea constituyente será convocada cuando las circunstancias lo permitan”. Aunque la fórmula no convencía a muchos, se aprobó, y Buffet fue el encargado de acercarse por las Tullerías para recabar el asenso imperial. Llegó a Tullerías a mediodía, a la cabeza de una delegación en la que también destacaba Daru. Ante la exposición de los hechos, Eugenia de Montijo respondió: “Si se cree que yo soy un obstáculo, que se pronuncie la desposesión, yo no voy a protestar. Pero lo que no voy es a abandonar mi puesto. La única conducta patriótica por parte de los representantes de la cámara sería la de colocarse en torno mío, para concentrar todos los esfuerzos contra la invasión. Yo apoyaré y seguiré al Cuerpo Legislativo en cualquier medida que tome para organizar la resistencia. Si ésta fuese imposible, aun sería útil para conseguir unas condiciones de paz más favorables”. Buffet le contestó que tenía razón; que su punto de vista era el adecuado. Pero que estaba el pequeño problemilla de que el pueblo de Francia ya no creía en solución tal. Eugenia, siempre buscando ganar tiempo no se sabe muy bien para qué, terminó diciéndole a la diputación que fuera a ver a sus ministros; que si ellos estaban de acuerdo, ella lo estaría también.

Los diputados retornaron al Cuerpo Legislativo. La sesión se había abierto ya, y las tribunas de público estaban petadas. El gobierno, por medio de Palikao (quien, por cierto, horas antes había sido informado de que los alemanes habían matado a su hijo) propone un Consejo de Defensa Nacional. Favre reclama la desposesión. Thiers sigue defendiendo su moción.

La sesión se cerró así, para poder negociar. Pero es que la situación ya no está en manos de los hombres políticos. Afuera, en la calle, la Guardia Nacional había pasado la tarde negociando primero y, en muchos puntos, confraternizando con las masas que gritan Déchéance!, es decir, que quieren la caída del Imperio. Esa multitud acaba rompiendo las barreras, puesto que quienes las defienden no van a disparar, y entrando en el parlamento. Es una masa abigarrada de blusas blancas (pronto serán conocidos como proletarios) y estudiantes. Los republicanos, creyendo que tienen ascendiente sobre aquella gente, tratan de apaciguarlos. Pero son las tres de la mañana; ésa no es hora de hacer política.

Quien primero lo entendió fue Gambetta. Siempre fue un político que se destacaba por su capacidad de leer las jugadas populares. Subió a la tribuna y se impuso sobre la turbamulta de voces y gritos. Suyo fue el golpe de gracia al Imperio: teniendo en cuenta que la patria está en peligro, que la representación nacional ha recibido tiempo más que suficiente para pronunciar la desposesión, que nosotros somos y constituimos el poder regular nacido del sufragio universal, nosotros declaramos que Luis Napoleón Bonaparte y su dinastía ha dejado de reinar en Francia para siempre.

Aplausos atronadores. Pero también algunas voces exigiendo que, además de dar ese paso, se proclame la República.

La situación, sin embargo, ya no está clara para los políticos. Los diputados de las izquierdas ya se han barruntado que podrían ser desbordados por la revolución, y eso no les gusta. Así que, como pueden, tiran de tradición, que por otra parte era totalmente cierta, y comienzan a decir que un régimen, en Francia, no se proclama en la asamblea, sino en el Hôtel de Ville. Favre juega la carta del pragmatismo, y trata de convencer a todos de que lo que hay que hacer es nombrar un gobierno provisional, que será el que tome las decisiones y aborde la defensa del país. Pero para entonces la masa ya está gritando A l'Hôtel de Ville!, y el propio Favre se coloca al frente de la manifa.

Y así sale del parlamento un largo cortejo, presidido por Favre y Ferry, escoltado por la Guardia Nacional. Atraviesa el puente de la Concordia, dirección plaza de Grève. Otra columna avanza por la ribera izquierda, con Gambetta al frente. En el puente de Solferino, Favre se encuentra con Trochy en su caballo. El republicano informa al militar de la desposesión y le invita a acompañarlo al Hôtel de Ville. Trochu duda, pero al final decide regresar a su cuartel del Louvre, sin meter los dedos.

La masa llega a la plaza Grève a las cuatro. Los soldados que la guardan no hacen ademán alguno de impedir la entrada, así que las salas están petadas en unos minutos. Favre, subido en una banqueta, logra declamar una corta arenga, en la que en realidad pide moderación y confianza en el gobierno que se va a formar. Dicha formación ser aborda en el despacho del prefecto. Están en éstas los políticos cuando reaparece Trochu. El general sabe que los republicanos consideran fundamental su presencia, y ha decidido jugar la carta. Anuncia que entrará en el gobierno si se le nombra presidente. Favre se quita de en medio, y Thiers no quiere tener nada que ver. Finalmente, en el gobierno entrarán Trochu, Favre, Ferry, Pelletan, Garnier-Pagès, Rochefort, Crémiex, Glais de Bizoin, Arago, Gambetta, Jules Simon y Ernest Picard.

A esa hora, en las Tullerías no queda nadie. La emperatriz se ha ido. La verdad, durante horas Eugenia se ha negado a marcharse, afirmando constantemente que no tiene miedo de nada ni de nadie. Tres ministros: Julien-Henri Busson-Billaut, Chevreau y Jerôme David, se llegaron desde el Cuerpo Legislativo anunciando que el palacio iba a ser prontamente invadido, y que la emperatriz debía partir. Pero ella sigue negándose, a pesar de que en los jardines ya hay gente profiriendo gritos que piden sangre. También llegan los embajadores Metternich y Nigra. Son los que finalmente la convencen, quizás porque pueden ofrecer asilo. Así que sale del complejo palaciego por la plaza Saint-Germain-l'Auxerrois. Esa noche, Eugenia de Montijo durmió en la residencia de míster Evans, su dentista estadounidense. Al día siguiente, la llevaron a la estación para coger un tren a Deauville. Allí, ya en la noche, se embarcó en un pequeño yate hacia Inglaterra. Dos días después, en Hastings, se reencontró con su hijo, venido de Bélgica.

Para el gobierno nuevo, hay una labor fundamental: negociar con Alemania. Bismarck y Favre se ven en Ferrières. Para firmar la paz, el alemán exige la ocupación de Estrasburgo y de uno de los fuertes de París. El gobierno francés coquetea con la idea de continuar la guerra. No están dispuestos a entregar Alsacia.

Los III y IV ejércitos alemanes están ya muy cerca de París. Francia está sola; sólo Garibaldi, el eterno amigo de las causas perdidas, llegará para ayudarla.

Lo que sigue con 130 días de asedio, que el pueblo de París deberá soportar con toda la flema de que sea posible, y con amigos dentro que no son tan amigos, pues hay gente, como Trochu, que juega varias barajas a la vez. En provincias, los ejércitos improvisados logran algún que otro éxito. Pero Bazaine, sin embargo, negocia con Bismarck, y capitula.

De forma inesperada para los prusianos, la guerra se prolonga cinco meses más. El 18 de enero, en Versalles, proclaman emperador al káiser Guillermo. El gobierno de la defensa acaba por rendir París, y por convocar un parlamento en Burdeos que deberá votar la paz negociada por Thiers, para entonces jefe ejecutivo de la República francesa. La paz, que pudo firmarse cinco meses antes a cambio de Alsacia, costará ahora Alsacia, un tercio de Lorena, Estrasburgo, Metz y 5.000 millones. Los alemanes victoriosos desfilan por los Campos Elíseos. No será la última vez.

París se revuelve. Se indigna. Se levanta. Thiers conseguirá dominarlo, pero no antes de que se produzca el episodio que todos conocemos como de La Comuna.

En enero de 1873, al parecer, Luis Napoleón, a causa del enorme problema de orden público en que se ha convertido Francia, está a punto de ensayar el regreso desde la isla de Elba. Pero no lo hará, porque fallece el 7 de enero. Seis años después, a los 23 años de edad, el último mohicano Bonaparte fallecerá también, en Zululandia, combatiendo bajo la bandera británica. Había llegado a las líneas peligrosas de la guerra contra el criterio de sus superiores. Pero fue la reina Victoria quien intercedió para que, como él quería, se le diese un puesto en zona de combate.

Napoleón Luis Bonaparte quería emerger de una guerra cruel para demostrarle a los franceses su valor sin tacha. Lo que no sabemos muy bien es lo que quería Victoria. Considerando la doblez y pragmatismo de los Windsor, yo creo que firmó al pie de su recomendación sabiendo muy bien lo que intentaba, y lo que consiguió.

El último Bonaparte, alanceado en la penúltima esquina del mundo por una partida de humanos entonces considerados simples salvajes. Difícilmente un británico imaginaría un final más feliz.

miércoles, julio 19, 2023

El otro Napoleón (58: El final de un apellido histórico)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica  

La bandera blanca ondeó en la ciudadela de Sedán tras el desastre de Illy. Generales, políticos e historiadores franceses dijeron, dirán y hasta dicen que, en ese momento, el gran objetivo de los generales en batalla era conservar la vida de sus soldados. Personalmente, no estoy de acuerdo. Esos mismos generales, militares de carrera con información más que suficiente para ello, sabían, como poco poquérrimo, desde una semana antes de la jornada de Sedán, que la guerra estaba perdida. Si tanto les preocupaba la vida de sus soldados, hubieran capitulado entonces. Desde que quedó más o menos claro que Bazaine estaba a por uvas y que el plan original de movimiento del ejército de Châlons era una quimera, los prusianos tenían todos los triunfos. En el ínterin entre ese momento y el final de la guerra, miles de franceses perdieron sus vidas de una forma totalmente inútil; y nadie se preocupó de ellos porque, Ducrot lo dejó bien claro durante las horas de Illy, allí, lo importante, era salvar el honor de, con perdón, la puta Francia de los cojones.

lunes, julio 17, 2023

El otro Napoleón (57: El fin)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica  



El general Mac-Mahon decidió cruzar el Mosa por Remilly y Mouzon. Moltke estaba perfectamente informado de esto; para entonces, gracias al despacho de Havas, había podido seguir los movimientos franceses con total precisión; y decidió tratar de pararlo antes de que llegase a la ribera fluvial; así pues, le ordenó al príncipe de Sajonia atacar en las cercanías de Beaumont-en-Argonne.

viernes, julio 14, 2023

El otro Napoleón (56: Medidas desesperadas)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica  



Además de estos dos nombramientos, el consejito imperial de Châlons decidió sacar de allí y enviar a París a los miembros de la Guardia Móvil del Sena, que estaban bastante soliviantados. Además, se temía que el príncipe real prusiano estuviese aproximándose a la capital, por lo que debían acampar en las afueras para defenderla; además de impedir un movimiento insurreccional que ya se temía.

miércoles, julio 12, 2023

El otro Napoleón (55: Oportunidades perdidas)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica 



La batalla no se define. Frossard no ha conseguido defenderse con eficiencia; pero, al tiempo, Canrobert ha conseguido frenar el avance prusiano. En esa situación indefinida, Ladmiraut se las arregla para juntarse con sus compañeros viniendo desde Sainte-Marie-aux-Chênes. Situado en el ala derecha francesa, en el bosque de Tonville, intentará desbordar al ala izquierda alemana. El general Changarnier, que estaba con él, le intimó a ser prudente en su enfoque. Y no se equivocaba. El príncipe Federico Carlos había llamado en su auxilio al X Cuerpo de ejército prusiano y, a su llegada, el francés hubo de retroceder. Los franceses estaban esperando sus propios refuerzos, al mando de Ernest Louis Octave Courtot de Cissey; y, cuando llegaron, ambas caballerías chocaron en un enfrentamiento frontal. Los prusianos, algo más numerosos y mejor preparados, consiguieron prevalecer sobre los franceses, que se batieron en retirada.

lunes, julio 10, 2023

El otro Napoleón (54: El emperador ya no manda)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica 



Son horas muy difíciles; el típico nido de decisiones poco meditadas. Émile Ollivier, en connivencia con su ministro del Interior, Jean-Pierre Napoleon Eugène Chevandier de Valdrôme, diseñan lo que llaman “un golpe de justicia” que, básicamente, consiste en el arresto inmediato de las principales cabezas de la oposición al régimen: Gambetta, Arago, Favre, Ferry, Pelletan y el conde Emil de Kératry estaban en la lista. Un verdadero golpe de Estado, seguido del regreso inmediato del emperador a París para conseguir un segundo objetivo que para ellos es, en ese momento, fundamental: el final de la regencia. Eugenia es, en ese momento, extremadamente popular. No podrán gobernar contra ella.

viernes, julio 07, 2023

El otro Napoleón (53: horas tristes)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica 


El ataque de Sarrebrück hizo pensar a Moltke que los franceses estaban tentando o ensayando. Que preparaban un gran ataque por el Sarre. Con esa convicción, lo consultó con su káiser en Maguncia y, acto seguido, ordenó al príncipe real ponerse al frente del III Ejército y entrar en Alsacia. Eso suponía que el primer enfrentamiento serio, de parte francesa, le iba a tocar a Mac-Mahon.

El subpreferecto de Wissemburgo, un tal Hepp, advirtió al francés de que los alemanes se estaban concentrando al norte. Mac-Mahon no le daba mucha credibilidad a estos avisos, pero aún así le ordenó al comandante de una de sus divisiones, Abel Douay, de moverse desde Haguenau hasta Wissemburgo. El 4 de agosto, Douay fue sorprendido por una tropa bávaro-prusiana. Eran 60.000 alemanes contra algo más de 40.000 franceses. Estos últimos se batieron con fiereza, pero pronto Douay fue alcanzado por un obús. Le sustituyó el general Jean Pellé, quien se dedicó a amorcillarse en tablas a la espera de que llegase la división de Auguste-Alexandre Ducrot, que estaba a unos quince kilómetros. Quince kilómetros son muy poco para un Audi en autovía; pero en una batalla pueden llegar a ser un mundo. Ducrot no llegaba, así pues Pélle decretó la retirada. El enfrentamiento fue casi unas tablas, con unas 2.000 pérdidas por bando.

Wissemburgo había caído, en todo caso. Mac-Mahon sabía que tenía que reagrupar sus tropas, y así lo hizo buscando protegerse contra los acantilados de Fröschviller. Luis Napoleón, consciente de la debilidad de su posición, ordenó que fuese reforzada con fuerzas del V Cuerpo de Failly. Failly, sin embargo, era un militar ya un tanto gagá, que lo mejor de sí lo había dado en Crimea. Estuvo tardano y poco atento, además de cutre. Envió a una sola división que, de todas formas, no llegaría a tiempo.

El 6 de agosto, todo el III Ejército alemán estaba acampado en su rivera del Sauer, afluente del Pisco. Ducrot le propuso a Mac-Mahon rechazar la lucha y desplazarse hacia Los Vosgos. Pero, en realidad, no había tiempo para esa retirada. La batalla comenzó antes de que los franceses pudiesen decidir si la querían. Un general del V Cuerpo prusiano se equivocó, interpretando mal los movimientos franceses, y atacó. Ducrot contestó el ataque. Los alemanes, que tenían catorce baterías ventajosamente emplazadas en Wörth, se llevaron por delante la artillería avanzada francesa. Los alemanes pasaron el Sauer, aunque fueron parados por la división Raoult (que pienso, aunque no estoy seguro, que estaría comandada por el general Noël Raoult). El príncipe real dio la orden de retirarse, pero, extrañamente en unos prusianos, no fue obedecido. La tropa alemana empujó de nuevo y, en el ala derecha, llegaron a tomar Morsbronn. El general Marie-Hyppolite de Lartigue, buscando no dejar desamparada a su infantería, ordenó a una brigada de coraceros y dos escuadrones de lanceros hacia la villa. Entonces se produjo la que la Historia suele conocer como carga de Reischoffen, en la cual la mayor parte de los coraceros fueron muertos o prisioneros. Sin embargo, las acciones habían debilitado notablemente el ala derecha alemana. Mac-Mahon ordenó un contraataque. Sin embargo, los prusianos tenían muchos cañones. Pasadas dos horas, el francés ordenó una nueva carga de coraceros para cubrir la retirada. Al general de coraceros Charles Frédéric de Bonnemais, que aquel día perdería un cuarto de sus efectivos en menos de una mañana, se le ordenó que consiguiese callar la artillería alemana durante veinte minutos. Los franceses (y turcos) cargan como si no hubiese un mañana; para la mayoría, en realidad, será así. Logran retomar Elsasshausen y los puentes sobre el Niederwald. Pero estaban literalmente dentro de las líneas prusianas. Froechswiller fue destrozada por los obuses; allí murió el general Raoult, y los alemanes presionaron de forma insostenible para los franceses.

En medio de un gran desorden, diversas lascas del ejército francés lograron llegar a Reichshoffen y Niederbronn. Allí se encontrarán con los soldados de la división tardíamente enviada por Failly. Mac-Mahon se ve incapaz de avanzar hacia el ejército de Lorena; retrocederá hacia Saverne. En su conjunto, la batalla llamada por los franceses de Froechswiller, de Wörth para los alemanes, ha sido un grandísimo fracaso para la orgullosa armada napoleónica: cerca de 20.000 bajas entre muertos, heridos, desaparecidos y prisioneros. 120 cañones perdidos. Y, sobre todo, la Alsacia en manos de los alemanes, que al día siguiente estarán a las puertas de Estrasburgo.

En la misma fecha, 9 de agosto, Frossard es vencido en Forbach. Si Froechswiller, se puede decir, se perdió por la superioridad numérica prusiana, en Forbach eso no fue así. Si los franceses perdieron esa batalla, fue porque el comandante de sus tropas no era ningún experto en la guerra y, además, contaba con la animadversión cerrada de sus hombres y una casta de oficiales manifiestamente mejorable. El 5 de agosto, tratando de protegerse de la caballería prusiana, Frossard había decidido ir a Forbach. El general Arnold Karl Georg von Kameke, integrado en el Estado Mayor de Von Steimetz, quería perseguir a los franceses, a los que veía en retirada. Ocupó Sarrebrück, subió a las colinas abandonadas horas antes por los gabachos, y ahí instaló sus cañones. Frossard le advirtió a Bazaine de este extremo; pero no le pidió refuerzos. Un general le dijo al otro que consideraba su posición inexpugnable. Y parecía tener razón. Los prusianos hicieron un ataque en dos flancos, pero consiguieron poca cosa. El francés, por lo demás, tenía más efectivos que su enemigo; incluso había quien pensaba que podía atacar a los prusianos, aplastarlos y entrar en el Sarre.

A pesar de estas posibilidades, Frossard prefirió quedarse en Forbach, sin presentar batalla. Con eso, no hizo más que dar tiempo para que los prusianos se pudieran ver reforzados por efectivos del II Ejército. Volvieron a atacar y, pese a varios contraataques relativamente efectivos de los franceses, consiguieron girar la batalla en su favor.

Finalmente, Frosssard pidió refuerzos, y Bazaine le envió tres divisiones. Pero, la verdad, no puso mucho interés. El propio Bazaine estaba en Saint-Avoid, a veinte minutos de ferrocarril de Forbach; y ni siquiera se planteó la idea de desplazarse al teatro de operaciones.

Los prusianos habían logrado juntar 50.000 hombres y una artillería muy eficiente. Conocedores del terreno, se centraron en el llamado Forbacher Berg, el punto alto que era la clave de las defensas francesas. Tomándolo, dejaban la posición al descubierto. Para colmo, una división prusiana, que venía remontando el Sarre, siguió el curso de uno de sus afluentes, el Rosselle, con lo que consiguió pillar a los franceses por detrás. Frossard, falto de refuerzos, no sabía qué hacer, así pues lo que quedó fue aguantar mientras sus tropas recibían un duro castigo, hasta que tocó retirada. La resistencia francesa fue dura; Forbach tardó horas en caer. En la noche, los soldados de Frossard llegaron a Sarreguemines y Puttelange, pero con severas pérdidas de más de 4.000 efectivos. Bazaine apareció por Forbach una hora después de que todo hubiese terminado; son muchos los historiadores que consideran que estuvo tardo y cutre a la hora de socorrer a su compañero del alto mando, obsesionado por su propia seguridad.

Los franceses, pues, habían sufrido dos derrotas: Froechswiller y Forbach, que literalmente hicieron trizas su prestigio bélico en Europa, sólidamente construido apenas unas décadas antes por La Grand Armée.

Llegado a Sarrebruck, en un gesto que había intentado evitar a toda costa, Luis Napoleón se tuvo que bajar del caballo y meterse en un cochecito; su enfermedad avanzaba deprisa. Según los testimonios, cuando fue informado de las dos derrotas que dejaban Alsacia y Lorena a disposición de los prusianos, no conseguía creerlo. Su mentalidad cambió en segundos; la guerra estaba perdida; ahora todo lo que importaba era defender París. El 6 de agosto al caer la tarde, acompañado del príncipe, Le Boeuf y Castelnau, anunció su decisión de ordenar el reagrupamiento de gran parte del ejército y su traslado a Châlons, donde, reforzada con tropas frescas venidas de todas las esquinas de Francia, debería parar a los prusianos.

Le Boeuf protestó. Dijo que defenderse en la Champaña no era una buena decisión; que los prusianos también estaban cansados y desorganizados por las acciones bélicas, y que si se les golpeaba rápidamente se les haría mucho daño. Pero el emperador no le hizo caso. Fue, finalmente, Jerôme David quien, a base de mucho insistir, lo convenció.

Así las cosas, a las cuatro de la mañana el emperador se aprestó a salir hacia Saint-Avold, para organizar la contraofensiva. Sin embargo, noticioso de que el Estado Mayor ni siquiera sabía exactamente dónde estaba Frossard, abandonó la idea. Esta decisión provocó la dimisión de Le Boeuf.

En ese momento, en el entorno del emperador comienzan ya los típicos movimientos modernos de interés político. Pietri, el secretario de Luis Napoleón, comienza a sugerir que le otorgue el mando de la guerra a Bazaine porque, dice, el sitio del emperador no está al frente de los ejércitos, sino del gobierno. En realidad, claro, lo que busca es un pringao que apechugue con el marrón que su jefe ha creado. La emperatriz, empero, no es de la misma opinión. Le envía un telegrama a su marido en el que le pregunta si ha reflexionado sobre las consecuencias de entrar en París con dos derrotas militares sobre sus hombros.

El emperador decide conservar el comando en jefe del ejército; quizás porque sabe que, de no hacerlo, todos los designados irán dimitiendo uno tras otro. Bazaine propone concentrar el ejército entre Frouard y Nancy, en la mesa de los Hayes, a lo que el emperador replica que eso equivaldría a dejar franco el camino de París.

Así las cosas, dos cuerpos de ejército, el I y el V, fueron enviados a Châlons, para ser el germen de un nuevo ejército al mando de Mac-Mahon; mientras que todo el resto de tropas fue remitido a Metz, bajo el mando de Bazaine. El 9 de agosto, en Metz, Luis Napoleón recibe la visita de su más viejo enemigo político, el general Changarnier. Viene a ofrecer su espada. Todo el mundo aprecia la gravedad del momento.

En París, lógicamente, gobierna Émile Ollivier con la compañía de la regente Eugenia. La opinión pública, en la capital, ha cambiado. Por mucho que la censura militar disuelva las cosas, es imposible ocultar el hecho de que la guerra va como el culo. Republicanos y socialistas, que avizoran las consecuencias de algo así, comienzan a desear la derrota del emperador, y eso se nota en las calles en y los corondeles de los periódicos. Hay incluso alguna que otra manifestación, aunque la gran parte del país permanece fiel a su jefe de Estado. En gran parte, viven de bulos, como el que se fija en un póster en la Bolsa el 6 de agosto, anunciando que Mac-Mahon ha conseguido una victoria y ha hecho 25.000 prisioneros, entre ellos el príncipe heredero prusiano. La noticia hincha los pechos; pero el desmentido genera una ola de violencia en la que se arrancan y queman banderas.

En Saint-Cloud, Eugenia recibe un telegrama: “Mac-Mahon ha sido derrotado. Frossard en retirada. Todo se puede restablecer. Hay que declarar el estado de sitio y prepararse para defender la capital”. Acompañada por el embajador austriaco Metternich, la emperatriz convoca consejo de ministros en las Tullerías.

Son las tres de la mañana del 7. Está el gobierno, los presidentes de las dos cámaras, los miembros del Consejo Privado y el general Trochu. Trochu ha sido fuertemente criticado por liberales y republicanos; se busca reforzar con él el Ministerio de la Guerra. Pero Trochu no se pone a tiro. En realidad, nadie que no contemple el suicidio como opción vital viable aceptaría una proposición así. Se decide declarar el estado de sitio y movilizar a todos los hombres susceptibles de portar un arma. La emperatriz impone la convocatoria de las cámaras el día 9, que Ollivier hubiera preferido evitar.

La lectura de los carteles anunciando el estado de sitio deja a muchos franceses en estado de shock. Hasta ese momento, muchos de ellos se han creído contribuyentes de la máquina militar más poderosa del mundo; y ahora hay que defender París. Los republicanos no pierden la ocasión y se muestran exultantes. Jules Favre y otros compañeros suyos se van a ver al ministro del Interior y le exigen que el pueblo sea armado. Los dinásticos le exigen a la regente la cabeza de Ollivier y el nombramiento de Trochu, el peor enemigo de las izquierdas en el ejército, para el Ministerio de Guerra. Pero Eugenia, a pesar de que, personalmente, hubiera querido arrastrar a Ollivier a collejas desde París hasta Reinosa, defiende a su primer ministro. Ahora mismo, dice, una crisis de gobierno es lo que quisieran nuestros enemigos. La emperatriz, la verdad, aparece en esas horas oscuras como la mente mejor amueblada del Imperio.

miércoles, julio 05, 2023

El otro Napoleón (52: La cumbre de la desorganización francesa)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
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Necesitamos un presidente
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La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
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Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
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Sadowa
Macroneando
La filtración
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El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
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La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica 



La clave del optimismo antropológico de los franceses cuando fueron a la guerra de 1870 era que estaban convencidos de que Austria e Italia declararían la guerra a Prusia inmediatamente. La verdad, no sé de dónde salía esa convicción, porque los hechos no la confirmaban. En Viena, Francia seguía siendo la nación que les había humillado en Solferino, y que les había dejado solos en Sadowa. Ciertamente, Austria sentía una repugnancia y un miedo intensos hacia Prusia, lo cual quiere decir que podría unirse a la lucha contra ella; pero sólo cuando Francia tuviera buena parte de la partida ganada. En lo tocante a Italia, los sentimientos pro franceses en aquel país se podían dar ya por totalmente desaparecidos. Aunque Víctor Manuel, tal vez, pudiera haber sido partidario de luchar codo con codo con su amigo el emperador, ni el gobierno, ni el parlamento, ni la opinión pública tenían la sensación de que les fuese nada en aquella movida.

lunes, julio 03, 2023

El otro Napoleón (51: En guerra)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica

En aquel consejo de ministros, la emperatriz Eugenia fue introducida sin que su marido se molestase en ensayar la más mínima explicación del gesto. La Euge tenía derecho a participar de los actos del gobierno cuando le saliese de ahí, un point,c'est tout. La emperatriz española no sólo estuvo presente, sino que tomó la palabra (más que la pidió) para decir dos cosas: una, que la guerra era inevitable, lo cual no era cierto; y, la otra, que había que ir a la misma para defender el honor de Francia, algo que ser, ser, era cierto, pero que, como española, bien podía la Montijo haber entendido los muchos problemas que le había causado a Francia esta forma de ver las cosas; y a España, por cierto. Los militares presentes hicieron hilo con su emperatriz y los demás, por así decirlo, se dejaron llevar. Así las cosas, la principal idea que había ido a aquel consejo, que era la patada a seguir consistente en patrocinar la convocatoria de un congresito, se abandonó. Se acordó que se haría una declaración a las cámaras declarando la guerra.