martes, agosto 29, 2023

Los evangelios (2): Mateo, el evangelio 2 sobre 3

 Marcos, el evangelio de masa fina
Mateo, el evangelio 2 sobre 3
Lucas, christians go multinational
Juan, el evangelio de las preguntas incómodas


Si hablamos del evangelio de Mateo, estamos hablando del auténtico best seller del primer cristianismo. Mateo fue, efectivamente, el evangelio más distribuido y leído en los primeros tiempos del cristianismo; un hecho que se deriva con claridad del dato de que sea un texto del cual exista un número bastante respetable de fuentes escritas de los primerísimos tiempos del cristianismo que lo citan (muchos más que en el caso de Marcos, por ejemplo). Y el tema es curioso, porque el evangelio de Mateo es, en realidad, un texto muy concreto que se compuso para un momento muy concreto, y para un tipo de cristianos, por así decirlo, muy concreto. Sin embargo, probablemente el hecho de que la problemática que trató de solucionar o definir fue una problemática muy generalizada dentro de los primeros cristianos, lo hizo tan popular. Porque proponía recetas teológicas que mucha gente necesitaba.

Situémonos. En realidad, deberíamos haberlo hecho ya en el primer artículo de esta serie (Marcos). Pero, digamos, en el caso del primero de los evangelios, podíamos vivir sin esta definición. Pero ahora la vamos a necesitar en algún momento. Tenemos que entender cuáles eran los elementos de tensión que experimentó el primer cristianismo.

Para explicar estos temas es absolutamente inocuo, o a mí me lo parece, el tema de la existencia real o no de un personaje llamado Jesús. Es por esto que yo tiendo a pensar que las polémicas modernas en torno a los orígenes del cristianismo están, en realidad, desenfocadas; aunque es verdad que están inteligentemente desenfocadas, puesto que el tema de la historicidad de Jesús genera mucha más polémica y vende muchos más libros que el tema de los orígenes y la formación del cristianismo.

El cristianismo puede concebirse, en sus orígenes, de dos grandes maneras. Una de ellas es asumir que el cristianismo es el producto de las enseñanzas y predicaciones de una persona: Jesús; y la interminable discusión sobre si esa persona que predicó el primer cristianismo era el Hijo de Dios, su Mensajero, el Mesías o alguna combinación de todas estas cosas, la vamos a dejar para otro día. La otra forma de concebir el cristianismo (que es la que yo tengo) es que el cristianismo, unido a la invención de la presunta vida de su fundador (en cuyo caso los evangelios no serían sino parábolas elaboradas y escatológicamente muy complejas), es el resultado de dos tensiones que se producen en el mundo occidental en torno al Año Cero. La primera, una tensión ética, concretada en la reflexión de que el mundo tiene que convertirse en un lugar suficientemente grande y generoso como para albergar a los humildes. La segunda, una tensión derivada del enorme trauma producido en un pueblo que se creía el elegido de Dios y de repente hubo de ser testigo de cómo un sucio romano llegaba y se llevaba su sagrado Templo por delante. En el año 70 de nuestra era los judíos, que se creían Superman, descubrieron que apenas eran una mala versión de Torrente. Esto lo explicaron de dos maneras: una, la más judía, considerando que se habían merecido ese castigo por no haber sido buenos hebreos; otra, la cristiana, considerando que es que las cosas había que hacerlas de otra manera.

El cristianismo, pues, se basa en una gran tensión entre judaísmo y judeocristianismo. Pero, además, aguas adentro de la creencia, también tiene tensiones. Concretamente, tres: dentro del cristianismo, encontramos el cristianismo de Santiago, el hermano de Jesús, que prácticamente se concibe como una secta judía; luego está el cristianismo de Pedro, el discípulo preferido, que admite la idea de que el cristianismo es un mensaje dirigido a los gentiles (a los no judíos), pero sigue aferrado a muchas formalidades del judaísmo; y, finalmente, está el cristianismo de Pablo, un hombre renegado de un judaísmo probablemente ortodoxo y radical a más no poder, que proclama la total diferenciación respecto de las creencias judías (por utilizar un símil más o menos actual, Pablo viene a ser como un Mario Onaindía cristiano); y que es el último responsable de que tú seas cristiano, o hayas nacido en una sociedad cincelada por el cristianismo.

Se trata, pues, de una escala de 1 a 3, siendo 1 (Santiago) la práctica identificación con el judaísmo, y 3 (Pablo) la total separación respecto del mismo.

Pues bien: Mateo es un evangelio 2 sobre 3.

[Si te lo estás preguntando: no, no existe, propiamente hablando, un evangelio 3 sobre 3, aunque hay que reconocer que Juan se acerca mucho. Es por esta razón que las Escrituras han de admitir en su corpus canónico las epístolas, que son, en buena medida, el "evangelio" de Pablo o, mejor dicho, del paulismo]

Mateo es el resultado de la necesidad de revisitar los recuerdos de la vida de Jesús para adaptarlos a un nuevo relato distinto del expuesto en las dos grandes referencias que sabemos o suponemos que había antes: el evangelio de Marcos y el llamado documento Q. Esa nueva visita tiene que ver con el hecho de que hayan pasado muchas cosas, sobre todo, de que haya fallecido por completo la generación de quienes conocieron a Jesús (si es que existió); y que se haya producido el trauma de la destrucción del Templo.

Ireneo, una de las primeras fuentes del cristianismo, nos dice que el de Mateo fue un evangelio escrito por el apóstol de Jesús “entre los hebreos, y en su idioma”; y que lo hizo mientras Pedro y Pablo todavía predicaban. Hoy por hoy se considera que en esta cita no hay ni una sola verdad. Ni Mateo es el primer evangelio (Marcos lo predata), aunque Ireneo parezca insinuarlo; ni se escribió en hebreo, sino en griego; y no se escribió en vida de los dos grandes apóstoles de la Iglesia. Sin embargo, esta cita generó la sensación, duradera durante mucho tiempo en la Iglesia, de que Mateo era el primer evangelista, con la autoridad además de haber sido contemporáneo de Jesús y discípulo suyo; noticia que generó la confusión, permanente hoy en día a poco que se discuta sobre estos temas en Twitter con creyentes, de que el cristianismo se distinguió del judaísmo from scratch; cuando lo más cierto es que Jesús nació, vivió, y murió judío de toda judeidad.

Que Ireneo se equivocase no quiere decir que mintiese, o que mientan extrapoladores suyos. Lo más probable es que se inspirase en una sentencia de Papías de Hierópolis, que nos dice que “Mateo ordenó en hebreo las sentencias [de Jesús]”. Ya en el siglo IV, Jerónimo (el obispo, no el indio) fue el que dijo que el evangelio de Mateo había sido el primero, porque había sido escrito para judíos (para los “creyentes de la circuncisión”, dice) y que se compuso en Judea. Todos estos indicios nos dejan bien claro que los primeros cristianos creían a pies juntillas que el evangelio de Mateo había sido escrito en el stronghold  de la religión judía, por y para judíos.

Como también os he dicho, la Iglesia, obviamente, identifica el Mateo del evangelio con el Mateo que anduvo con Jesús. Sin embargo, desde los primeros tiempos de la lectura crítica de los evangelios (hace unos 200 años, más o menos) se comenzó a destacar el hecho de que Mateo, el apóstol, apenas tiene papel en el evangelio de Mateo; lo cual casa mal con el hecho de que se suponga que está escribiendo sus recuerdos personales. En realidad, el apóstol excelentemente bien tratado en el texto es Pedro, algo que hacía falta, por así decirlo, después de la publicación del evangelio de Marcos que, como ya os he referido en el post relativo a dicho texto, quedaba un poco mal parado allí. El evangelio de Mateo, en este sentido, es un evangelio claramente pro-Pedro, y así hay que verlo, sobre todo en el entorno del enfrentamiento entre las tres escuelas o sensibilidades cristianas a que me he referido. Si Mateo fuese, verdaderamente, otro de los discípulos de Jesús, podría ser que fuese partidario de Pedro; pero la cosa es que ese tipo de banderías, entre los apóstoles, no están bien atestiguadas.

El evangelio de Mateo fue escrito por un creyente cristiano con muchos conocimientos de las tradiciones judías, que o conocía el griego o directamente escribía en él, y, además, escribió su texto más o menos entre el año 80 y 90 después de nuestra era, esto es: como mínimo, 47 años después de la muerte de Jesús, lo que convierte al redactor del evangelio en un cristiano de segunda generación (es decir, que no lo conoció y, todo lo más, pudo conocer a personas que decían haberlo conocido).

Mateo no pudo ser escrito antes del año 70, porque se basa, en buena parte, en Marcos; y Marcos fue escrito en momentos más o menos contemporáneos a la caída del Templo (año 70). Hay algunos pasajes en los que se ha querido ver una referencia a la destrucción del Templo como cosa ya pasada (así, Mt 22:7, aunque es una interpretación, en mi opinión, algo forzada). Pero, sobre todo, lo que más “huele” a periodo posterior a la destrucción es el hecho de que en Mateo ya no existe la cohabitación más o menos polémica del cristianismo con el judaísmo que se lee en Marcos, sino una pretensión bien clara de hacer una distinción neta y diáfana entre ambos ámbitos de fe. Hablo de textos como Mt 28:15, donde se habla de “los judíos” como una realidad diferenciada de los creyentes; o, sobre todo, Mt 4:23, donde se nos dice que Jesús recorrió Galilea “predicando en las sinagogas de los judíos”; un enfoque, por lo tanto, que pretende convencernos, en el año 80, de que en el año 30 el líder de la secta, Jesús, ya no se consideraba judío y, predicando en la sinagoga, se consideraba en casa ajena; lo cual, evidentemente, es un presentismo de libro por parte del autor del evangelio. El evangelio de Mateo, en este sentido, y respecto de los judíos, se asemeja un poco a estas series de televisión woke que hay ahora, en las que te trazan un retrato de, qué se yo, Bufalo Bill, y lo convierten en un líder de los derechos de las personas trans.

Este tipo de ejemplos, lo que nos dicen es que Mateo fue escrito en un momento en el que entre judíos, fariseos fundamentalmente, y judeocristianos, había unos enfrentamientos de la hueva; otrosí, estamos hablando de la situación posterior a las guerras de los judíos, por utilizar la expresión flaviana.

El texto, por otra parte, no pudo escribirse más tarde del año 110, porque en dicha fecha tenemos ya las cartas de Ignacio de Antioquía que citan el evangelio como cosa cuajada. Que, por cierto, no echéis en saco roto el dato de que el obispo citado lo sea de Antioquía.

Sobre la ubicación, lo que nos dicen las fuentes, ya lo sabéis, es que el evangelio fue escrito en Judea. Pero ese dato no puede ser cierto, entre otras cosas porque, ahora que sabemos que la redacción fue posterior a las guerras de los judíos, nos encontramos con el pequeño problema de que, tras las mismas, las comunidades cristianas de Judea se marcharon de allí. Se han propuesto varias posibles ubicaciones del texto, pero la que tiene más boletos, con mucho, es, precisamente, Antioquía.

Antioquía era la tercera ciudad del Imperio Romano, lo cual es decir mucho. Era una ciudad de 150.000 almas, de las cuales un porcentaje relevante, que no podemos conocer, estaba formado por la fuerte colonia judía; colonia que tenía una pequeña parte, minoritaria pues dentro de un grupo de por sí minoritario aunque relevante, formada por cristianos o judeocristianos. Hechos 11: 19-30, nos dice, además, que la comunidad cristiana de Antioquía fue una de las primeras en la que se mezclaron judíos y gentiles; esto es, fue uno de los rompeolas de la nueva concepción introducida por el cristianismo paulino y, en menor medida, el pedrino, y que Santiago combatió todo lo que pudo.

En el ámbito en el que nació y creció el primer cristianismo, irradiando desde Jerusalén hasta Roma, da la impresión de que los grandes nombres, y las grandes tendencias, realizaron una competición constante por ganar espacios. Quizás quien menos compitió fue Santiago, pues Santiago, como cristiano básicamente judío, consideraba que Jerusalén era su teatro, puesto que carecía de voluntad proselitista o universalista para sus ideas. Pedro y Pablo, sin embargo, estaban cortados de otra madera. Os invito a que leáis el texto que para mí es verdaderamente fundacional del cristianismo tal y como lo conocemos: la epístola a los gálatas de Pablo. En Gal 2:21 está, para mí, el elemento fundamental de la ideología paulina, que conecta con el enfoque del evangelio de Marcos, cuando, en torno de reproche, el de Tarso viene a decir que si la creencia es cumplir la ley (es decir, las formalidades), entonces Jesús murió para nada.

En la práctica, pues, podemos imaginar que en Oriente Medio, de forma muy soterrada y poco interesante para la mayoría, pues los cristianos eran cuatro mataos, se produjo un enfrentamiento entre el paulismo y el pedrismo por conseguir ámbitos de influencia. Pablo lo intentó en Antioquía, pero mi idea es que pronto se dio cuenta de que la judería de Antioquía tenía muy fuertes vínculos con Jerusalén, donde estaba Pedro; y que, consecuentemente, los antioquianos eran muy proclives a seguir al primer discípulo de Jesús.

Pedro, por lo tanto, es quien domina el cristianismo antioquiano, de entre cuyos miembros saldrá el docto amanuense que escribirá lo que conocemos como evangelio de Mateo. Y esto se nota mucho en el enfoque ideológico de dicho evangelio; un enfoque basado en respetar al máximo las tradiciones judías pero, al tiempo, defender un nuevo enfoque sobre las mismas, menos rigorista. Mateo 5, un capítulo fundamental para entender esto, no rechaza la ley judía; pero establece una diferencia entre su cumplimiento por los cristianos y los fariseos. Apoya las pruebas de piedad del judaísmo como el ayuno, pero considera que, en realidad, los hebreos ayunan para poder hacer ostentación de su sacrificio, en lugar de hacerlo en privado (Mt 6: 16-17).

El evangelio de Mateo contiene muchos pasajes cuya filosofía es: lo que propugnan los fariseos es correcto; pero ellos no son auténticos creyentes. Quizás el ejemplo más claro sea Mt 23: 2-3: “En la cátedra de Moisés se sientan los fariseos y los escribas. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen”. La cita es clara: la Ley mosaica sigue vigente y el creyente sigue obligado a cumplirla. Pero a cumplirla de verdad, no como un hebreo nenaza que cree que con biselarse el pene y comer kosher ya lo tiene todo ganado.

En el post sobre Marcos os decía que ese primer evangelio, escrito en todo lo gordo del poder romano en Palestina, es un evangelio que apuesta por chapotear pero no mojar; es un texto que trata de hacer compatible la nueva creencia con el poder político dominante, en una posición pragmática que también afecta a la relación con otros judíos. En Mateo esto está ya bastante desaparecido; y es por eso que este evangelio, conforme la Iglesia cristiana vaya optando por definirse en oposición, más que en diferenciación, respecto de los judíos, será un texto tan querido, tan citado, y tan usado.

El planeamiento de Pedro que está detrás del texto, sin llegar a ser tan radical como el de Pablo, sí llega a considerar que los judíos no pueden considerarse, per se, el pueblo elegido. Es la advertencia que su seguidor antioquiano introduce en Mt 21:43, al final de la parábola de los viñadores malvados: “Por tanto, os digo que el Reino de Dios será arrebatado de vosotros, y será dado a gente que produzca frutos en él”. Están, finalmente, las diferencias de matiz introducidas en el relato pasional. No hay sino comparar el relato “original” de la liberación de Barrabás (Mc 15: 6-15) con el pasado por la turmix antioquiana (Mt. 27: 15.26). En la versión de Marcos, son los sumos sacerdotes los que traicionan a Jesús; en Mateo, son los sacerdotes y los ancianos los que soliviantan al pueblo en favor de Barrabás. Y, lo que es más importante: en la versión de Mateo hay indicios que faltan en Marcos de la divinidad de Jesús (como que la mujer de Pilatos dice haber tenido pesadillas por ir a crucificarlo) que, obviamente, el pueblo desoye; y, sobre todo, Mateo incluye el episodio del lavado de manos de Pilatos (¡hasta un puto romano lo tenía claro!), que es explícitamente contestado por la turba hierosolimitana con una frase con la que hará maravillas la Iglesia católica antisemita en los siglos siguientes: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”.

Mateo, pues, es un texto que, al contrario que Marcos, ya da por perdidos, por así decirlo, a los hebreos. Sabe que no habrá connivencia entre ellos y los cristianos, aunque todavía quiere salvar la esencia judaica de la creencia (además de las palabras de Jesús, está la Ley mosaica).

Flavio Josefo nos dice que, antes de la destrucción del Templo, los judíos eran muchos y muy variados, pero todos se sentían identificados con el símbolo templario; también los judeocristianos. Con la destrucción del Templo, sin embargo, los fariseos reaccionaron concibiendo todo aquello como el resultado de un cumplimiento deficiente de la ley mosaica y, consiguientemente, propugnaron un judaísmo todavía más estrecho, más rigorista, que el del pasado, basado en el cumplimiento de la ley y de las formalidades. Se convirtieron, pues, en el PNV judío, el Partido de Dios y de las Leyes Viejas. Con ello, se volvieron absolutamente intransigentes en materias como la circuncisión, lo que lógicamente los alejó de grupos creyentes más flexibles.

Leyendo el evangelio de Mateo, resulta muy difícil de saber si la comunidad antioquiana donde se concibió había, o no, roto definitivamente con el resto de los judíos de la ciudad. Yo tiendo a pensar que no porque, en todo caso, todo el texto rezuma una reivindicación constante de las tradiciones judías como propias; una postura muy de Pedro que, como os he comentado, estaba un poco entre Pablo y Santiago, entre Santiago y Pablo.

El evangelio de Mateo, por lo tanto, se ha convertido en un texto universal, leído en todo el mundo y utilizado en todo el mundo en toda hora; lo cual, como decía al principio de mis comentarios, no deja de tener coña, puesto que es un texto escrito en un momento muy concreto (el año 80 y pico), para una audiencia muy concreta (los judeocristianos de Antioquía, que muy probablemente eran cuatro y el de la guitarra); y con un objetivo muy concreto: generar los estatutos de la nueva comunidad o fraternidad de creyentes que habían formado y, muy particularmente, explicarles en qué medida deberían seguir siendo judíos, y en qué medida no. Lo que ocurre es que, por el camino, se convierte en un texto fundamental para la diferenciación entre cristianismo y judaísmo; y, por esa causa, en los siglos por venir, teniendo en cuenta que el antisemitismo se acabará convirtiendo en timbre de identidad para el cristianismo, este evangelio será cada vez más valorado.

Lo que se dibuja en el texto es una reunión, asamblea o ekklesia nucleada en la casa (las primeras basílicas cristianas no serán sino la planta de la casa romana ampliada para que quepa un huevo de gente), probablemente alimentada con gentes muy diversas en sus orígenes y creencias familiares, para las cuales el autor del evangelio busca un común denominador, que son las enseñanzas de Pedro más que las de Jesús (aunque muchas las diga Jesús en el texto; así, las parábolas).

El cristianismo mateano defiende las tradiciones judías; pero es distinto. Y es distinto, sobre todo, en un elemento que será fundamental en la definición de la Iglesia y el cristianismo en sí, que es la presencia del perdón.

Es muy posible que el contacto con personas no judías hubiese terminado por enseñarle a Pedro que las religiones que le exigen a sus acólitos ser perfecto son religiones muy difíciles de enseñar; eso, por no mencionar que a ver qué perfección se podía predicar en el judaísmo cuando la destrucción del Templo había dejado bien claro que el pueblo judío lo había hecho como el culo. Así pues, Jesús-Mateo-Pedro propone superar el rígido esquema mosaico, eliminar el esquema piramidal en cuya cúpula está el rabino para crear una comunidad, una ekklesia, basada en la fraternidad entre todos sus miembros (o sea: si ve lo que han hecho con su idea, se cae muerto otra vez); y una comunidad que admite el perdón, es decir, admite la debilidad de los hombres. Éste es el mensaje claro de la conocidísima parábola de Mt 13: 24-30: la cizaña ha de crecer entre el trigo, no es racional pensar en un campo todo de espigas sanas y fructíferas.

En Gálatas 2: 11-14, Pablo de Tarso escribe: “Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes de que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles, pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión”. Traducido: Pablo fue el primer líder judeocristiano que puso oficina en Antioquía. Pero luego llegó Pedro y, cuando llegó Pedro, ambos se pusieron de pico a pico porque el discípulo de Jesús, inicialmente, no tuvo reparo en admitir gentiles en su casa; pero, como quiera que de Jerusalén Santiago le mandó un email en el que le vino a decir a ver si te voy a dar dos hostias, retornó a relacionarse sólo con hebreos con pedigree.

Este retazo de texto nos define muy bien el tipo de conflicto al que debió enfrentarse Pedro cuando, no sé yo muy bien cómo, logró hacerse con el liderazgo de los cristianos de Antioquía. Pero lo que sí sabemos es que el evangelio de Mateo es la forma que encontró de resolverlo. Un texto que está basado en Marcos, pero que huye de la hostilidad (escepticismo, más bien) respecto de los apóstoles y, muy particularmente, de Pedro. No por casualidad, es en Mateo, y sólo en Mateo, donde encontramos la referencia a esa presunta frase de Jesús, en la que éste le dice que es la primera piedra de su iglesia y tal y tal (Mt 16: 13-19).

El evangelio de Mateo se escribió en un mundo judío; pero su principal objetivo es dibujar a un Jesús, y su mensaje, capaz de llegar a quien no es judío. Por eso ha sido siempre un texto enormemente útil para la Iglesia católica.

No es un evangelio que me guste mucho, porque lo encuentro bastante mentiroso, por así decirlo. Le hace decir a Jesús cosas que no pudo decir, y otras que, aunque pudo decirlas, lo más probable es que no perteneciesen a su acerbo (si es que alguna vez vivió) y, lejos de ello, son cosas que tienen que ver con el momento en que el texto fue compuesto. Por lo demás, aunque en Mateo hay una voluntad clara por reducir la importancia de los milagros de Jesús, con el mensaje subliminal de que lo que importa es su mensaje y no sus prodigios (eso lo convertiría en un mago más, como en aquella época los había a capazos), no tuvo el autor del texto la valentía de eliminar por completo el relato de estos hechos (lejos de ello, añade un par sobre Marcos), lo que le habría hecho mucho bien a la Iglesia.

Es, en suma, un texto enormemente presentista, escrito para un momento y un lugar, que luego se ha tenido por universal e inmanente. 

5 comentarios:

  1. Me encantó este análisis. Puede que en algunos puntos no esté de acuerdo contigo, pero tengo que reconocer que sabes muy bien de lo que estás hablando. Voy a leer ahora lo que dijiste de Marcos, que me falta ese.

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  2. Una precisión sin ánimo de molestar.
    No existe el año cero. Amén de que los años son números ordinales, lo que es importante para entender un ejemplo que le pongo a mis alumnos para que lo entiendan.

    Si estás en sexto de Primaria( u 8 de EGB pues estás en el último año antes de entrar en el Instituto, ó el año 1 antes de Cristo).
    Pues bien, el siguiente curso, ya estás en Primeo de la ESO, aunque lleves unos días. No hay año cero, has pasado del último curso de una etapa al primero de la etapa siguiente( por muy largo que sea el verano escolar o que en la Universidad haya un nivel cero de mal preparados que llegan y más que el cero es eso nada.

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    1. Tienes razón. Aunque a mí, mi profe de Religión me explicó que el Cero es cero porque es infinitamente pequeño; y que el Año Cero existe y es, literalmente, "el brevisimo lapso entre el nacimiento y el primer suspiro del Señor en ls Tierra".

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    2. Pues muy poético.
      ¡ Qué pósito!

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