lunes, abril 17, 2023

El otro Napoleón (21: Italia)

Introducción/1848
Elecciones
Trump no fue el primero
Qué cosa más jodida es el Ejército
Necesitamos un presidente
Un presidente solo
La cuestión romana
El Parlamento, mi peor enemigo
Camino del 2 de diciembre
La promesa incumplida
Consulado 2.0
Emperador, como mi tito
Todo por una entrepierna
Los Santos Lugares
La precipitación
Empantanados en Sebastopol
La insoportable levedad austríaca
¡Chúpate esa, Congreso de Viena!
Haussmann, el orgulloso lacayo
La ruptura del eje franco-inglés
Italia
La entrevista de Plombières
Pidiendo pista
Primero la paz, luego la guerra
Magenta y Solferino
Vuelta a casa
Quién puede fiarse de un francés
De chinos, y de libaneses
Fate, ma fate presto
La cuestión romana (again)
La última oportunidad de no ser marxista
La oposición creciente
El largo camino a San Luis de Potosí
Argelia
Las cuestiones polaca y de los duques
Los otros roces franco-germanos
Sadowa
Macroneando
La filtración
El destino de Maximiliano
El emperador liberal y bocachancla
La Expo
Totus tuus
La reforma-no-reforma
Acorralado
Liberal a duras penas
La muerte de Víctor Noir
El problemilla de Leopold Stephan Karl Anton Gustav Eduardo Tassilo Fürst von Hohenzollern.Sigmarinen
La guerra, la paz; la paz, la guerra
El poder de la Prensa, siempre manipulada
En guerra
La cumbre de la desorganización francesa
Horas tristes
El emperador ya no manda
Oportunidades perdidas
Medidas desesperadas
El fin
El final de un apellido histórico
Todo terminó en Sudáfrica 



Tras los grandes movimientos que se produjeron en la península italiana en 1848, el ambiente había quedado muy tranquilo. En toda la península sólo se podían contar dos Estados independientes: la casa de Saboya, dinastía reinante en el Piamonte, Saboya, Niza, Génova y Cerdeña; y la mansión de Borbón, señora de Nápoles y Sicilia. En medio de estos dos Estados, el patrimonio de la Iglesia, ocupado al norte por Austria; y al sur, Roma incluida, por los franceses. El gran duque de Toscana, el duque de Parma, el duque de Módena, todos ellos reminiscencias de la vieja nobleza italiana, eran vasallos de Austria, Imperio que tenía el poder sobre la Italia más pujante, la que va de Milán a Venecia, entonces conocido como Reino Lombardo-Veneciano.

Austria había prevalecido sobre los patriotas italianos tanto en 1830 como en 1848; pero, aún así, el movimiento independentista se había reorganizado; y sus esperanzas estaban puestas sobre el heredero del primer rey de Italia; y ése no era otro que Luis Napoleón. El emperador francés había llamado al Piamonte para que formase parte de la guerra de Crimea, gesto éste que le había valido participar en el Congreso de París en igualdad de rango con el resto de las grandes potencias europeas. Todos aquellos gestos habían convertido en el principal fautor de la independencia italiana a un político, el conde Camille de Cavour, que era, la verdad, un personaje curioso que apenas sabía hablar italiano (se había educado en Francia y en Inglaterra) y que nunca había estado ni en Roma ni en Venecia. Había entrado en el gobierno piamontés en 1848, aunque su carácter, demasiado orgulloso, le había granjeado muchos enemigos y no pocas dificultades. Sin embargo, el joven rey Víctor Manuel lo había llamado de nuevo al poder, nombrándolo primer ministro el 4 de noviembre de 1852.

Los enfrentamientos de 1848 habían dejado bien claro que el ejército sardo no era enemigo para el Imperio austríaco; les hacía falta la complicidad de alguna gran potencia. Cavour aprovechó el tiempo para administrar muy sabiamente el Piamonte, reformando la administración y el ejército, construyendo líneas de ferrocarril y negociando acuerdos comerciales. Y, sobre todo, abrió las puertas de Turín a todos aquellos italianos a los que los problemas con el poder constituido obligaban a huir de sus lugares de residencia. Luego, como ya os he dicho, atendió la llamada de París para estar en las afueras de Sebastopol, y se ganó con ello el derecho a estar en la Conferencia de París, En paralelo con ésta, envió a su prima Virginia Oldoini, la condesa de Castiglioni, a París, con la instrucción de “seducir si fuere preciso” al emperador para hacerlo apoyar la causa italiana. Virginia cumplió al pie de la letra las instrucciones, ya que se convertiría en amante del emperador. Napoleón, en medio de un affaire amoroso en la cincuentena, le puso casa a la Oldoini en Passy, y allí se presentaba con muchos regalos. Sin embargo, aparentemente cuando ella quería hablar de política, el emperador solía cambiar de tema y pretextar que la viagra acababa de hacerle efecto.

Esto, sin embargo, no quiere decir, ni de lejos, que Napoleón no estuviese comprometido con la causa italiana. Su tío había dicho en Santa Helena: “el primer soberano europeo que abrace de buena fe la causa de los pueblos, se verá al frente de Europa y tendrá todo lo que quiera”; su sobrino seguía ese guion a rajatabla.

Napoleón, sin embargo, no podía olvidar que, pese a la guerra de Crimea y los cambios que había operado en la geopolítica europea tras la Conferencia de París, la Santa Alianza no era una institución muerta ni disuelta, por lo que siempre podía ser resucitada en su contra si tomaba alguna acción unilateral en Italia. En ese momento, ante todas estas dificultades, Luis Napoleón no pensaba exactamente en la independencia italiana. Su fórmula era más bien la de una federación de naciones libres bajo la presidencia honorífica del PasPas. En el fondo, lo que propugnaba era una federación teórica que, en la práctica, fuese gobernada y administrada por el Piamonte.

Por lo demás, era el momento. Ganador de la guerra de Crimea, Francia había regresado a la primera fila de la política Europea. El emperador carecía de resistencia dentro de su país, y había engendrado un heredero. Tenía una amistad formal con Inglaterra, aunque, en realidad, estaba construyendo una confluencia con Rusia. Se había convertido en alguien demasiado fuerte como para que Austria o Prusia soñasen con oponérsele. A pesar de todo este poder, sin embargo, Napoleón sabía que si propugnaba tan sólo que Piamonte se anexase toda la Italia septentrional, eso sería la guerra.

Y luego estaba el temita de enemistarse con el Papa. Al fin y al cabo, un porcentaje fundamental de la estabilidad interior del Imperio era su pacto de hierro con el catolicismo francés. Pero, ¿permanecería eso si se enfrentaba con el inquilino del Vaticano? El Francisquito, por lo demás, había sido muy inteligente a la hora de explotar las hondas convicciones católicas de la emperatriz y había aceptado ser el padrino del hijo del emperador; con ello, la causa católica había colocado una auténtica pica en la propia alcoba del emperador. Cuando Pío IX, además, le otorgó la Rosa de Oro a la propia Euge, la alianza quedó bien clara. La emperatriz, de hecho, lejos de compartir con su marido la ambición de llegar a algún tipo de entente con San Petesburgo, preferiría que Francia se acercase a Austria, ya que es una gran admiradora de Francisco José.

En el gobierno de Francia ha adquirido una nueva fuerza: el conde de Morny, regresado de Rusia donde se había casado con una princesa casi adolescente, Sofía Trubetskoi (quien, por cierto, en segundas nupcias casó con José Osorio y Silva, marqués de Alcañices, lo que la hizo tener un papel fundamental en la Restauración borbónica). Morny retomó la presidencia del Cuerpo Legislativo. También tenía gran influencia Persigny, residente en Londres pero que hacía frecuentes viajes a casa. Ambos, Morny y Persigny, junto con Walewski, eran abiertos opositores de cualquier intervención en Italia que, argumentaban, desestabilizaría Europa y el propio régimen imperial. En la posición exactamente contraria estaba el príncipe Napoleón, quien se había erigido en portavoz, por así decirlo, de la derecha imperialista francesa que, por lo tanto, contemplaba el problema italiano como una oportunidad para cumplir de una vez los sueños húmedos de Francisco I, el gran rival de Carlos de Habsburgo, generando con ello algún tipo de posesión italiana para Francia.

El 14 de enero de 1858 era jueves. El emperador y la Euge tenían cita en la ópera. Y no podían faltar, además, porque el concierto no era cualquier concierto, sino el último, antes de la retirada, de Jean Étienne Auguste Massol, el barítono del momento.

A las ocho y media de la tarde, precedido por un pelotón de lanceros, el landó de los emperadores enfiló la rue Peletier, en medio de las aclamaciones del público. Sin embargo, cuando la carroza disminuyó el paso para pararse justo en la entrada del edificio, se escucharon tres grandes explosiones. En el edificio de la ópera y en otros colindantes, las ventanas se hicieron añicos, y los caballos comenzaron a relinchar y piafar de miedo. La masa se disuelve, echando a correr hacia todas partes, sin ocuparse de los varios lanceros que yacen en el suelo, quejándose. La escolta del emperador lo saca del landó; dicen los que lo ven pasar hacia el interior del edificio que tiene algo de sangre en la nariz, pero parece entero. Napoleón le ofrece una mano a su mujer, que desciende del coche con su vestido blanco perlado del rojo de la sangre. No es suya. El general Christophe Michel Roguet, que viajaba con los emperadores en el coche, está herido en el cuello. Eugenia de Montijo le grita a la gente que la rodea: Ne vous occupez pas de nous, ce sont les risques du metier. Pensez les blessés. No os ocupéis de nosotros, son los riesgos del oficio; pensad en los heridos. No sé, yo siempre he pensado que esto es un poco invención periodística de La Sexta del momento. ¿Qué clase de persona dice "son los riesgos del oficio" en medio de un atentado terrorista?

La bomba provocó 156 heridos, de los cuales ocho no lograron sobrevivir. El emperador quiere ir con los heridos a las curas. Un inspector de policía llamado Lanet es la persona que mantiene la cabeza fría y razona con el emperador: si no entra en la ópera, las personas que ya están dentro y que han oído las explosiones van a concluir que está muerto. El emperador, su mujer y la princesa Matilde, por lo tanto, entran en la sala del concierto, a los sones de Partant pour la Syrie, himno oficioso de un Imperio que ha pasado de La Marsellesa.

La misma noche del atentado, la policía francesa detuvo a su autor. Se trata de un tal Felice Orsini. Sus compinches más estrechos también caen pronto.

Orsini tenía, en el momento de organizar el atentado, cuarenta años. Era hijo de un patriota que había caído durante la retirada de Forli. Su historial penal era bastante abultado; había probado tanto las cárceles de Metternich como las galeras del Papa. Había sido amnistiado en 1849, pero había continuado sus acciones patrióticas. Animó una rebelión contra los austríacos, que de nuevo lo detuvieron y encerraron en Mantua, de donde se evadió para refugiarse en Londres.

Orsini consideraba que Napoleón había traicionado a la revolución romana, convirtiéndose en un obstáculo para la independencia. Su idea era que si el emperador moría, Francia acabaría por ser de nuevo una república; y entonces el movimiento, como había estado a punto de pasar en 1848, cruzaría los Alpes.

Para su atentado, Felipe Orsini reunió a un grupo bastante modesto de conspiradores. Simon Bernard, un cirujano venido a menos, le facilitó los explosivos. También tres tipos llamados Pieri, Gómez y Rudio, todos ellos de origen muy modesto. Usando el apellido falso Allsopp, Orsini había viajado a Bruselas para llegarse desde allí a París.

El 14 de enero, los conspiradores llevaban cuatro bombas, y lanzaron tres. Inicialmente huyeron, pero la policía fue muy rápida deteniendo a Pieri, que cantó la gallina.

En las horas posteriores al atentado, y una vez comprobado que el emperador había salido del mismo ileso, comenzaron las cábalas y los cálculos. Morny veía la ocasión propicia para utilizar el suceso y escenificar un alejamiento de Inglaterra, que era lo que al fin y al cabo Napoleón iba buscando. El emperador, sin embargo, veía el tema un tanto cogido por los pelos (lo estaba) y de hecho le escribió una carta a la reina Victoria tratando de tranquilizarla. Ciertamente, el santuario de Orsini había sido Londres; pero el emperador no se atrevía a agarrarse a aquello para provocar un conflicto con los ingleses.

De hecho, los movimientos que se acabaron produciendo tuvieron como principal, y más lógico, destinatario, a los patriotas italianos. Walewski instó al Piamonte a cerrar el periódico de Mazzini L'Italia del popolo. Cavour se mostró tardano a la hora de cumplir con la exigencia, El rey Víctor Manuel envió a París a su ayuda de campo, Della Rocca (debe de ser Enrico Morozzo Della Rocca, conde Morozzo, marqués de Bianzè, señor de San Genuario, consignore de Roasio y Torricella, marqués de Rocca dei Baldi, marqués de Ceva), con un mensaje claro: “(mi dinastía) lleva 850 años con la cabeza bien alta y no habrá nada que se la haga bajar; aunque yo no deseo otra cosa que ser su amigo”. Las relaciones entre París y Turín se enfriaron claramente.

En el interior, las consecuencias del atentado fueron bastantes. El emperador impulsó el cierre de dos periódicos, uno realista y otro republicano. El régimen de concesión de pasaportes para los movimientos en el interior del país se endureció considerablemente. El territorio fue dividido en cinco comandancias militares: París, Lyon, Nancy, Toulouse y Tours, cada una de ellas situada bajo la autoridad de un mariscal. Se propuso una ley de seguridad general que no sólo castigaba cualquier incitación considerada sediciosa, sino que se le daba a la administración el poder de exiliar a Argelia a todo individuo que fuese condenado por complot, sedición, rebelión o, incluso, ofensas al emperador. Fue en la discusión pública de este proyecto de ley cuando Ollivier intervino por primera vez como diputado. Su discurso fue vibrante y se centró en el contrasentido jurídico que suponía una ley que le concedía al Ministerio del Interior la capacidad de definir y castigar directamente los delitos, sin intervención de ningún poder. La verdad es que Ollivier tenía toda la razón; pero también es cierto que estos melindres constitucionales se han tirado a la basura siempre que ha interesado. Ahí están todos los defensores de la II República española como el compendio de todo bien sin mezcla de mal alguno, normalmente desconocedores de la llamada Ley de Defensa de la República; la cual, ochenta años después del debate en París, establecía precisamente ese poder omnímodo del ministro del Interior frente a la definición y ejercicio del reproche penal.

En fin, el proyecto, como era de esperar, se aprobó con 227 votos a favor y 24 en contra. En el Senado, la ley fue aprobada, el 19 de febrero, en un solo día, con la sola oposición del general Mac-Mahon.

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