miércoles, octubre 02, 2019

Mussolini (en digesto)

Hoy es mi cumpleaños. Así las cosas, puesto que en todo cumpleaños lo lógico es que haya regalos, os hago yo uno. A destiempo, fuera pues del ritmo normal de posts que guardamos en el blog, aquí tenéis un post de posts: la historia completa de Benito Mussolini, el dictador fascista de Italia. Se publicó en su día en pequeñas diócesis, pero aquí tenéis el obispado completo, por si queréis hacer una lectura reposada y continuada.

Debajo de la línea.

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Partos (5: el ocaso de la Siria seléucida)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano
Fraates y su hermano
Mitrídates


Los principios de Demetrio como prisionero de lo partos no fueron buenos. Éstos decidieron pasearlo como un mono de feria por los territorios de su dominio, para lanzarle a los habitantes el mensaje claro de que buscar cualquier aliado contra el poder de los partos era muy mala idea. Pero después de este tour un tanto humillante, no parecen haberlo tratado mal. Le adjudicaron una residencia en Hircania, se le mantuvo su noble condición y Mitrídates acabó, incluso, ofreciéndole la mano de una de sus hijas. Esta intención nos viene a sugerir con mucha fuerza que es muy probable que Mitrídates estuviese valorando la posibilidad de una expedición contra Siria, algo en lo que disponer de un príncipe local que le fuese partidario y estuviese ligado a él por lazos de sangre podía ser una ventaja interesante. Sin embargo, Mitrídates no pudo llevar a cabo ese proyecto, si es que alguna vez lo albergó. Poco después de capturar a Demetrio, cayó enfermo y se fue consumiendo rápidamente hasta morir en el año 136 antes de Cristo, después de 38 años de reinado que habían colocado a los partos en primera fila de la geopolítica de su área.

lunes, septiembre 30, 2019

Isabel al poder (4: nunca te fíes de un francés)

Otros escalones de esta escalera:

Enrique de Trastámara estaba en la duda. Era mucho lo que le exigían su consejero y el arzobispo de Toledo; pero, al mismo tiempo, también era mucho lo que le ofrecían. Presionado por las circunstancias, el rey de Castilla accedió inicialmente a reconocer a Alfonso como su heredero, desheredando por el camino a lo que le pudiera venir.

miércoles, septiembre 25, 2019

Isabel al poder (3: el órdago de Pacheco/Mendoza)

Otros escalones de esta escalera:

Enrique de Castilla podía ser algo tonto, que yo creo que lo era; pero no era gilipollas. Tenía ojos en la cara, dos, y orejas, también dos, a ambos lados del cráneo; y todo eso le servía para percatarse de movidas que ocurrían en su mundo. En 1457, ya lo hemos visto, tomó conscientemente la decisión de blindar el poder de su seudovalido, Juan Pacheco. Pero si hizo eso era porque tenía miedo. Miedo de que los nobles de Castilla hiciesen en su reinado la función que habían hecho los infantes de Aragón en la de su padre; y yo creo, aunque esto es percepción personal, que el Trastámara comparaba y, puesto que había llegado a conocer a Álvaro de Luna, probablemente pensaba que su Pacheco no le llegaba a aquél ni a la punta de los pelillos más bajos de su escroto.

lunes, septiembre 23, 2019

Partos (4: Mitrídates)


Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano

Fraates y su hermano

Esto último que he dicho al finalizar el capítulo anterior: que Mitrídates fue un excelente lector de los partidos geopolíticos de su área, lo digo porque una parte importante de la actitud del rey parto y de las cosas que hizo tiene que ver con la situación de su entorno más cercano. Los monarcas bactrianos que sucedieron a la pareja exitosa formada por Eutidemo y Demetrio heredaron su ambición imperialista, pero no supieron medir bien sus recursos, pues en las guerras que abrieron acabaron provocando un excesivo agotamiento de los recursos con que contaba el país.

miércoles, septiembre 18, 2019

Partos (3: Fraates y su hermano)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano


Los partos vieron cómo Antíoco se hacía con su capital sin siquiera presentarle batalla seria. Pero en eso no hicieron otra cosa que demostrar que eran un pueblo de las montañas. En efecto, las gentes que viven en lugares de complicada orografía suelen tener siempre la misma táctica cuando son atacados por un enemigo numeroso. Le dejan hacer, le dejan avanzar, buscando dos cosas: primera, que se aleje de sus recursos, esto es que se implique en una guerra que lógísticamente sea cada vez más complicada; y, segundo, que se deba adentrar en el complicado perfil del terreno, lugares donde las emboscadas son fáciles, donde con relativamente pocos efectivos se puede tener la perspectiva de obtener victorias contra ejércitos bien dotados.

lunes, septiembre 16, 2019

Isabel al poder (2: Enrique, el que a todos contentaba)

Otros escalones de esta escalera:
El reino no es para ti, bonita




Enrique IV de Castilla fue coronado en Valladolid el 23 de julio de 1454. Era el suyo, a los ojos de quienes los tenían para juzgar la situación política de Castilla, un reinado que tiraba a continuista. Enrique tenía edad para haber sido contemporáneo de algunas de las gravísimas escaramuzas civiles que enfrentaron al rey Juan con sus rivales aragoneses; de hecho, en alguna movida se había implicado y había terminado como el gallo de Morón; razón por la cual su mensaje central era el que preside este post: Keep calm and be the King.

miércoles, septiembre 11, 2019

Isabel al poder (1: el reino no es para ti, bonita)

Comienzo hoy otra nueva serie de posts, que discurrirá anchurosa y pacífica como el río Orontes junto al Tigris de la historia de los partos. Así, con la variación, tendréis, más o menos, cada semana una aportación de cada historia, con alguna que otra novedad que ando preparando. Esta serie va dedicada a la subida al poder de Isabel de Castilla, operación que, no hay que decirlo mucho, fue fundamental para la Historia de España tal y como la conocemos.

lunes, septiembre 09, 2019

Partos (2: Tirídates y Artabano)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco


Como suele ocurrir en estas circunstancias, cuando a Antíoco las cosas se le complicaron, se le complicaron bien y a tope. El principal de los problemas que tuvo fue que un sátrapa sirio, a base de ejercer el poder como le daba la gana, acabó por ambicionar la idea de ser él su propio rey, sin sometimientos ni leches. Hablamos del griego Diodoto, gobernador todopoderoso de Bactria. Diodoto tuvo el gesto que hoy, principalmente, nos sirve para conocer las veleidades monarquistas de alguien, esto es, la acuñación de monedas con su esfigie y, de hecho, estableció casi sin problemas su propio poder sobre Bactria, ya que en las satrapías apenas había, por así decirlo, estructuras de poder federal. En el fondo, es bastante lógico que la disgregación de aquella gran Siria, por llamarla de alguna manera, comenzase por Bactria, pues era ésta una satrapía que había sido tratada con mano dulce por los persas, siempre conocedores de las ínfulas independentistas de los bactrianos.

miércoles, septiembre 04, 2019

Partos (1: los súbditos de Seleuco)


Todo el mundo que está algo versado en la Historia de Roma sabe que cuando la vieja tocahuevos interrumpió el paso de Julio hacia el Senado y le advirtió sobre los peligros derivados de los ictus de cuarzo, advertencia que Julio, que ya estaba algo teniente, entendió se refería a los idus de marzo, el valiente general y dictador avant la lettre estaba a punto de dejar Roma. Se iba en una expedición militar muy ambiciosa. El día que Marco Bruto y los de Palacagüina se cargaron al general al que habían dado una categoría con nombre de ensalada, varias legiones habían cruzado ya el Adriático y le esperaban en Asia Menor, convencidas de su victoria. Las crónicas nos dicen que el objetivo de César era someter, de una vez por todas, a los partos.

Varias veces le he preguntado a gente de mi entorno cómo imaginan a esos enemigos del romano. He podido comprobar que la visión general tiende a ver a los partos como probablemente eran entonces los miembros y miembras de otro pueblo que empezaba por p, los pictos. Esto es: tipos en taparrabo, infraevolucionados, brutales, montaraces y sucios. Los partos, sin embargo, estaban lejos de ser así. Eran, en buena parte, los herederos de las civilizaciones mesopotámicas que, no lo olvidamos, ya tenían cagaderos con chorrito cuando los romanos todavía se limpiaban el ojete con hojas de morera. La tradición nos dice que cuando el rey parto Orodes recibió la cabeza de su enemigo romano, Marco Licinio Craso, estaba en el teatro, asistiendo a la representación de una tragedia griega. Por mucho que la anécdota sea más que probablemente espuria, denota que a nadie extrañaba en el mundo antiguo que los partos estuviesen al cabo de la calle de los éxitos del Broadway ateniense. Por eso, porque los partos eran bastante más de lo que habitualmente pensamos, vamos a dedicarles algunos puntitos. Espero que os gusten.

lunes, septiembre 02, 2019

Dictionary wars



Qué: Dictionary wars. The American fight over the English language.
Quién: Peter Martin.
Dónde: Princeton University Press.
Cuánto: 22,86 euros en el Kindle.
Calificación: 8,5 sobre 10.

Llevo toda la vida estudiando inglés. Desde que Miss Susan, el día de su primera clase, me enseñó, a mí y a mis compañeros, que para pedir permiso para salir del aula debía decir may I go to the toilet?, hasta el día presente, no he dejado de estudiarlo. Hace ya mucho tiempo que no lo hago por necesidad; de una de las paredes de mi despacho cuelga un papel que me certifica como bilingüe, y eso es bastante más de lo que necesito para mi vida. Lo sigo estudiando, sin embargo, porque me gusta. O mejor debería decir, me encanta.

Hay otra característica en mi aprendizaje: no he usado la inmersión. De chaval, los veranos en Bradford no eran para mí; si no podíamos pagar una puta cena en un restaurante de la playa de Santa Cristina, menos íbamos a poder pagar un verano en otro país. Las facilidades que aporta la inmersión para un idioma las suplí con estudio y con lectura. Y, la verdad, no me arrepiento. El aprendizaje por inmersión es como la experiencia del usuario de un software; pero el aprendizaje sistemático es como la experiencia de un ingeniero informático. Te ayuda a entender no sólo el idioma, sino cómo funciona. Por qué es así. Es una dimensión más dura pero, a la larga, intelectualmente mucho más venturosa. Hablar un idioma y entender un idioma son cosas diferentes. Lo primero, bueno, puedes llegar a conseguirlo en una vida; para lo segundo, siempre te quedarán pasos pendientes.

Hay otra cosa importante respecto de los idiomas que los, digámoslo de forma políticamente correcta, residentes en España conocemos bien: su dimensión política. La lengua, además de un vehículo de comunicación y de una herramienta para la transmisión de la belleza o del horror, puede ser un arma. Algo que se blande y se lanza contra los adversarios. Como digo, en España sabemos muy bien de qué va esto, nosotros que hemos inventado, en varios estatutos de autonomía (y ante la complicidad de la clase política patria sin excepciones) ese meconio que llamamos "lengua propia". Ése que hace que, legalmente, un gallego pueda decir que el español o castellano es oficial en Galicia, pero que la lengua propia de un gallego es el gallego.

Cualquier persona que atienda a las noticias de la prensa sobre la inmersión lingüística y sus conflictos sabe que la lengua no es un actor neutral en los enfrentamientos políticos. Al mismo tiempo, sin embargo, tal vez le dé por pensar que el inglés, ese idioma imperial que ha trepado en los últimos trescientos años al pedestal donde antes estuvieron el francés, el latín o el griego, el pedestal al que se sube la koiné, la lengua franca de referencia de los comerciantes y de los soldados; el inglés, digo, está por encima de todo eso. Sufre, sí, los embates del gaélico, del galés, del hindi y de todas las lenguas que algún día colonizó; pero como tal lengua no tiene vis política.

Si estás en este error, este libro te sacará de él.

Dictionary wars cuenta, en paralelo o más bien mezcladas, tres historias. La primera de ellas es la historia de cómo los primeros americanos, las primeras generaciones de habitantes de los Estados Unidos que estrenaron nación y proyecto común, lógicamente obsesionados con distinguirse de la metrópoli con la que, la verdad, no terminaron muy bien, también quisieron distinguirse en materia de lenguaje. Como sabe cualquiera que vea pelis en versión original, ingleses y estadounidenses hablan el mismo idioma, pero lo hablan de forma muy diferente. Una de las conclusiones que yo saco de la lectura de este libro es que esa distancia debía de ser mucho mayor, y mucho más perceptible, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Hay una razón para ello, y es que a nadie se le escapa que el perfil socio-educativo medio del estadounidense era, probablemente, mucho más bajo que el del inglés. Estados Unidos, un país de aluvión que, por mucho que ahora se deje llevar por la tendencia de considerar que los americanos sólo deben hablar inglés, tuvo que regular en las leyes de varios Estados, durante todo el siglo XIX, que fuesen oficialmente utilizados idiomas como el español o el alemán porque para amplísimas minorías de entre sus habitantes era lo único que hablaban; América, digo, no se forjó en aquellos tiempos mediante la llegada masiva de ingenieros, profesores de filosofía y neurocirujanos, sino a base de italianos, irlandeses, alemanes, mexicanos y chinos básicamente hambrientos, que aprendían (o no) a hablar inglés o ya lo traían de serie, pero pronunciándolo y usándolo de formas muy diversas. El corolario, en el mundo anglosajón, de un idioma entregado para ser gestionado por un colectivo de habitantes inicialmente de muy baja extracción social es el acento australiano que, en ocasiones, se parece más al checo coloquial que al inglés que exhibe John Cleese en A fish called Wanda.

Traigo a colación el tema de Australia porque, exactamente igual que hoy en día los australianos se muestran orgullosos de sus antepasados ladrones y asesinos, y no pocos de ellos los rastrean con pasión en su árbol genealógico, Estados Unidos levantó y agitó la bandera del inglés hablado por los americanos contra la pureza (bueno, pureza...) del inglés de Inglaterra. E impulsó un proceso planificado de distinción idiomática, un proceso algunos de cuyos apóstoles llegaron a decir, en aquel siglo XIX, que llegaría a ser tan profundo que algún día el inglés de Inglaterra y el de Estados Unidos llegarían a ser idiomas diferentes. Contemplaban con ilusión la posibilidad de que, algún día, a un hablante de York y a otro de Dallas les fuese imposible entenderse (aunque, bueno, reconozcamos que, tal vez, York y Dallas son dos ejemplos demasiado extremos).

El idioma, pues, fue para los estadounidenses un arma arrojadiza, y las escuelas de los Estados Unidos, su campo de batalla. Todo el mundo que ha estudiado inglés sabe que la pronunciación es una carallada del huevo. Es un problema para los estudiantes extranjeros, pero no es un problema menor para los educandos, sobre todo para los más jóvenes; por eso los angloparlantes son tan dados a esos torneos escolares de deletreo, ésos que borda Lisa Simpson; torneos que, la verdad, celebrados en España serían básicamente una gilipollez. Hace ya muchos años, un vicepresidente de los Estados Unidos (quiero recordar que era Dan Quayle, que lo fue de Jordi Bush padre) hizo el ridículo en una visita electoral a una escuela porque, después de que un niño pequeñito había escrito en la pizarra potato, él tomó la tiza y le corrigió escribiendo potatoe y, claro, la cagó. La verdad, para llegar a ser vicepresidente tampoco hay que ser muy listo, pero la anécdota revela bien, creo, el constante conflicto que experimentan los angloparlantes con un idioma que es capaz hasta de colocar el mismo conjunto de fonemas dos veces en la misma palabra, y pronunciarlos de forma diferente (snowplow).

Estados Unidos resolvió ganarle la partida al inglés original con su nuevo inglés en las escuelas. Y, por eso, durante sobre todo la primera mitad del siglo XIX, en aquel país se vendrían por cientos, por cientos de miles, por millones, los diccionarios escolares, las gramáticas y las guías de deletreo o spelling. El país tenía prisa por conseguir que sus infantes asumiesen que from es out of, y tantas otras diferencias, sutiles o no tan sutiles. Pero no era, o no era sólo, un proyecto educativo; era una guerra de posiciones.

Ésta es la primera historia que cuenta el libro. La segunda, más importante, es la vida y obra de Noah Webster, probablemente el creador del diccionario de inglés (americano) más famoso de la Historia; la vida, la obra, y la medida en la que Webster se implicó en este proyecto nacionalista, que hizo suyo y, de hecho, intentó, si no monopolizar (que, la verdad, le habría gustado), sí por lo menos liderar.

Webster se ha convertido en una autoridad y, por ello, lo más probable es que, al empezar a leer el libro, uno se prepara para conocer la historia de un hombre decididamente por encima de los demás, capaz de una erudición muy superior a la de otros hombres de su tiempo. Pero la verdad es que no es así. Dictionary wars tiene la gran virtud de presentarnos a Noah Webster en toda su autenticidad, con sus pros y sus contras, sus muchas luchas y sus incontables sombras. Ante nosotros aparece un hombre para el cual, la verdad, y ésta es una opinión mía, tal vez la labor que se cargó sobre las espaldas lo sobrepasaba; sobre todo porque da todas la impresión de que Webster era mucho peor etimologista de lo que debería haber sido para afrontar la labor de hacer un diccionario definitivo de inglés americano. Además, fue fuertemente criticado por sus propuestas de simplificación ortográfica. Siendo, además, Webster persona de poca inteligencia de negocios, y siendo la labor de publicar diccionarios completos bastante arriesgada por los costes que entonces comportaba, fue hombre que vivió gran parte de su vida en situaciones un tanto comprometidas y, de hecho, tuvo que ser su yerno, Chauncey Goodrich quien, tras la primera publicación del Gran Diccionario, le sacase leche a aquella ubre comprándole los derechos de las ediciones resumidas (que fueron las que se vendieron para los colegios).

El punto más complicado en la vida de Webster llegó en ese momento que se conoció como la guerra de los diccionarios, que da título al libro, y que es la tercera historia del mismo: su enfrentamiento con Joseph Emerson Worcester. Worcester había sido el revisor del Gran Diccionario de Webster en el proyecto de resumirlo y reducirlo, un trabajo que al parecer hizo con elevadas cotas de calidad; pero, en todo caso, ya cuando aceptó el trabajo de la revisión estaba decidido a crear su propio diccionario. La edición, por parte de Worcester, de esta obra, abrió una zanja entre ambos autores, un enfrentamiento que, en el fondo, estaba causado por el diferente punto de vista que tenían: Worcester, menos temerario, era, digamos, conservador, tendente a mantener en muchos casos la vieja pronunciación y ortografía de las palabras; mientras que Webster, aplicado a su labor de americanizar el inglés al máximo, era partidario de hacer muchos cambios.

Cuando Worcester sacó su diccionario y sus obras escolares, Webster se sintió directamente atacado y, primero sin dar la cara, después ya firmando cartas con su nombre, comenzó a atacar a Worcester en la prensa, acusándolo de haberle plagiado en centenares de lemas de su diccionario. De repente, pues, una parcela del saber, terreno en el que es de esperar la colaboración entre expertos, se convirtió en un campo de batalla. Una guerra cuya meticulosa crónica se hace en este libro.

Con todo, los ataques que Webster alcanzó a poder hacer antes de morir acabaron por ser poca cosa. A su muerte, y cuando el legado intelectual de Webster quedó básicamente en manos de Goodrich, es cuando entran a jugar los hermanos Merrian, editores responsables de que hoy al diccionario se lo conozca como Merrian-Webster. Con la intervención de Charles y George Merrian, el enfrentamiento adquiere otra escala porque los editores están mucho menos preocupados por el fondo intelectual de la discusión, y más con conseguir el descrédito de Worcester a la mayor gloria de las ventas de sus Webster. En este punto el libro, en toda su segunda mitad pues, se convierte en una pastoral americana en toda su extensión, un enfrentamiento entre mercaderes y sabios en cuyo fondo está lo de siempre (lo siempre, sí lo de siempre. La pasta. Es que no aprendes...) Es un momento en el que el libro adquiere una tensión inesperada, un tono diferente; que es, precisamente, lo que consigue que el relato buscado sea integral, completo.

Nos encontramos, en suma, ante un libro entretenido que, sin embargo, no por ello deja de desplegar una interesante y exigente investigación histórica. Reconozco que el tema es un tanto elitista (sin ir más lejos, a todos aquéllos de mis lectores que no dominen la angloparla les resbalará, lógicamente); pero es interesante y, como he dicho, está muy bien escrito. Lo recomiendo porque aporta esa cosa que a mí tanto me gusta, que es cuando abres un libro que cuenta cosas sobre algo de lo que no sabes absolutamente nada y, más pronto que tarde, la historia te cautiva.

Además, ejem, no es por dar por culo, pero es que yo tengo un Webster de 1848, de los que monitorizó Goodrich y todavía no editaron los Webster. Y, si no me crees, checa, como dicen los latinos:


lunes, julio 29, 2019

Pericles (15: a modo de epílogo: atenienses, mentiras y libros de Historia)

[Nos vemos en septiembre]

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...
El último espich


La gente, normalmente, cuando se imagina la Atenas de Pericles, se imagina una ciudad pequeña, armónica, llena de los edificios que se pueden adivinar en el Partenón, por la que discurren hombres barbados vestidos por túnicas, filosofando o tocando la lira. Sin embargo, como acertadamente han destacado muchos de los estudiosos que se han dedicado a la Historia Social de la antigua Grecia, la Atenas de Pericles se parecía mucho más a una abigarrada zona de la actual Estambul. Pero, la verdad, era una ciudad única.

viernes, julio 26, 2019

Pericles (14: el último espich)

Los que me leéis habitualmente sabéis que mi costumbre es acudir a la cita los lunes y los miércoles, a las ocho si es posible. Hoy, sin embargo, os regalo un post más, que me permitirá dejar el final de la serie pericleana programada para el lunes que viene, tras lo cual abriré mi periodo vacacional, para el que tengo programas dos o tres lecturas jugosas.

En fin, ahí va.

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...



Acabo de decir que, personalmente, creo que el último de los discursos de Pericles que nos relata Tucídides contiene, en mucha mayor medida, las ideas Tucídides habría querido que Pericles expresara que las que verdaderamente dijo. Como he dicho, hay bastantes elementos, creo, para pensar que es así. Y la última y más importante es el epílogo del propio discurso, en el que el historiador nos hace una glosa de la vida de Pericles en la que, la verdad, dice cosas que son bastante complicadas de tragar.

miércoles, julio 24, 2019

El cisma (y 19: las últimas boqueadas)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
Partiendo peras


El intento de que los poderes temporales tomasen el control del problema conciliar se concretó en una estrategia por parte de acercamiento de la dupla Castilla-Francia hacia Segismundo. Como he dicho, los intereses de ambos bandos habían sido antagónicos hasta ese momento; pero en ese momento, por así decirlo, les acercaba, si bien no les unía, la preocupación de que la bula papal convocando concilio en Ferrara y la violenta reacción de los reunidos en Basilea abría la posibilidad de que se produjese un cisma, aún de raíces y consecuencias mucho peores que la división que teóricamente se estaba cerrando. Así pues, las partes comenzaron a hablar, con un intermediario de gran importancia que fue Alfonso de Santa María.

lunes, julio 22, 2019

Pericles (13: ahí viene la plaga, me gusta bailar...)

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!
Pericles, el demagogo

En el año 431, por lo tanto, una masa informe de atenienses de campo, acompañados por lo principal de sus enseres, sus animales y sus pertenencias en general, se abigarró en el espacio existente entre las murallas de la ciudad y el puerto del Pireo, así como dentro de los templos. Este gesto es uno más de los que viene a demostrar que la estrategia bélica es, realmente, una disciplina muy difícil de dominar y que, por lo general, un buen estratega apenas puede aspirar a controlar la mitad de las variables que se mueven en las acciones que diseña. La masificación de atenienses en la ciudad, en unas condiciones de salubridad inexistentes, habría de abrirle un nuevo frente a Pericles: aquél que lo enfrentaba a virus, bacterias y microbios. Se generó una gravísima epidemia que, muy probablemente, mató a muchas más personas que los ejércitos lacedemonios.

miércoles, julio 17, 2019

Pericles (12: Pericles, el demagogo)

Capítulos anteriores

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!


La primera intervención de Pericles de la que tenemos testimonios como tal se basó en un discurso duro y de tintes demagógicos, basado en el no es no y en excitar los sentimientos de los atenienses sobre la excesiva prepotencia de los espartanos por su intervención en asuntos como Egina y Megara; cosas que hacían necesario, le dijo el general a sus conciudadanos, que los espartanos entendiesen que “deben tratarnos como sus iguales”.

lunes, julio 15, 2019

El cisma (18: partiendo peras)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil

Al alborear el año de 1436, Castilla realizó un importante cambio estratégico en su embajada conciliar. Gonzalo de Santa María, un miembro más de la muy influyente familia de conversos que había adoptado este apellido y obispo de Plasencia, se llegó hasta Basilea junto con Gutierre de Sandoval para sustituir a un miembro del equipo, Luis Álvarez de Paz, quien fue trasladado a Bolonia. Fue un movimiento muy diplomático, provocado por el hecho de que se había producido una importante novedad en materia de política exterior, que podía e incluso debía dirimirse en el seno del concilio, ya que ahí estaban representadas todas las naciones importantes: Juan de Castilla quería mejorar su presencia en Basilea y también en Bolonia, ciudad papal, para mejorar su capacidad de influencia en torno al conflicto con Portugal sobre la posesión de las Islas Canarias.

miércoles, julio 10, 2019

El cisma (17: los castellanos en Basilea)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil


Las cosas iban de mal en peor. En el concilio, y fuera del concilio, reformadores y pontificios se atacaban continuamente unos a otros. De hecho, estos enfrentamientos se produjeron, en el inicio de 1433, incluso delante del propio rey castellano, quien quedó impresionado por las fuertes disensiones en la Iglesia que demostraban aquellas querellas. El abad de Bonneval había exigido ante el rey castellano un gesto claro de apoyo a las intenciones del Papa mediante el nombramiento de los oportunos embajadores para el concilio; pero la potencia política europea se resistió y, de hecho, las cosas no cambiaron hasta que no llegaron de Basilea noticias de que el Papa había llegado a entenderse con los conciliares suizos.

lunes, julio 08, 2019

Pericles (11 ¡Tora, tora, tora!)

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón

Finalmente, los atenienses asistieron a los corfiotas en la batalla de Sibota, que libraron contra los corintios en el 433, y que lograron ganar. Aquella victoria conjunta le dio alas a los atenienses para ir más allá, y por eso se dirigieron Potidea. Este emplazamiento, situado en el norte de la Hélade, era un caso curioso porque, siendo como era una colonia corintia, era tributario de Atenas, así pues había ya una relación de partida. Los atenienses ordenaron a los poti-potis que echasen de la ciudad a los magistrados corintios.

miércoles, julio 03, 2019

Pericles (10: primero Samos, luego los corfiotas)

Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Cuando los colonos ingleses lograron imponerse sobre los primigenios holandeses que se habían establecido en la isla que los indios locales llamaban de Manhattoes, quisieron llamar al lugar donde se establecían en referencia a aquél del que venían, y lo llamaron Nueva York. De haber sabido que su emplazamiento iba a tener el éxito que ha tenido, probablemente lo habrían llamado Gran York. Eso y no otra cosa es lo que hicieron los romanos cuando, a la hora de ponerle nombre a los emplazamientos itálicos sobre los que fueron extendiendo su dominio, comenzaron a conocer al conjunto del sur de la península italiana como Magna Grecia, la Gran Grecia.