lunes, febrero 25, 2019

El cisma (2: el tablero ibérico)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca



El Cisma de Occidente, más vale que nos lo vayamos metiendo en la cabeza porque si no las notas que vienen va a ser difícil que se entiendan, fue superficialmente un problema sobre visiones en torno al presente y futuro de la Iglesia; un enfrentamiento entre posturas reformistas o conservadoras. Pero fue, fundamentalmente, la disculpa que buscaron las potencias europeas para enfrentarse y pelear por el poder. La Francia del siglo XIV no había olvidado que ella había fundado el Sacro Imperio (de hecho, nunca lo han olvidado); mientras que los Estados Pontificios se creían ya una entidad política por sí misma, sin necesidad de más muletas.

Durante el pontificado de Clemente VII, que duró entre 1378 y 1394, ambas partes lo que hicieron fue allegar aliados. En estas condiciones, siempre acaba apareciendo un Vietnam en el que ambas partes se arrean de leches. Ese punto de fricción fue Nápoles. Allí, Juana I era partidaria de Clemente, cismática pues; mientras que Carlos de Durazzo era partidario de Roma, o sea, urbanista. En 1382 terminó la guerra entre ambos con la victoria del segundo y la muerte de Juana. Sin embargo, ni Carlos ni Urbano supieron administrar esta victoria, puesto que pronto se enemistaron. El Papa decidió invadir Nápoles, aunque Durazzo le infligió una humillante derrota.

Las cosas, sin embargo, estaban lejos de arreglarse. En mayo de aquel mismo año, apareció por el teatro napolitano Carlos de Anjou, que había sido adoptado por Juana y en consecuencia reclamaba su herencia. Montó una expedición para entrar en Nápoles, para lo cual contaba con el apoyo francés y, por mor de las alianzas de los francos, también de los castellanos. Sin embargo, en plena expedición brotó la peste entre las tropas, debilitándolas de forma definitiva; entre otras cosas, la enfermedad se llevó por delante al propio Carlos.

Castilla, como he dicho, participó en aquella acción con la ayuda de sus barcos. El Papa aviñonés presionó con insistencia a Juan I para que participase en la expedición. Los barcos españoles partieron en el verano de 1383 al mando de Fernán Ruiz Cabeza de Vaca. A cambio, el rey castellano consiguió de Clemente la concesión de una parte del diezmo eclesial, que mantuvo durante varios años. Además, le concedió el Papa al rey castellano una prerrogativa muy importante, como era el derecho a cubrir los maestrazgos de las tres órdenes militares castellanas (Calatrava, Santiago y Alcántara).

La declaración de Salamanca, en todo caso, fue un juego muy arriesgado por parte de Juan I. Ciertamente, consolidó su alianza con Francia, pero también lo dejó solo en la península ibérica, en un momento, además, en que el duque de Lancaster estaba reclamando la corona castellana para sí, aprovechando, sobre todo, que el Papa Urbano, como obvia reacción a la declaración de Salamanca, había excomulgado al rey Juan y había decretado que sus súbditos estaban relevados de la obligación de obedecerle. Hay que decir, en todo caso, que Urbano no adoptó aquí una posición muy radical, pues siempre tuvo la idea de que Castilla se volviese a declarar partidaria de él. Su plan, básicamente, consistía en ganarse a Aragón para su causa, mientras que agitaba el fantasma de las pretensiones dinásticas del llamado por los castellanos duque de Alencastre, quien pretendía ser heredero a la corona de Castilla por vía de su mujer Costanza, hija del rey Pedro.

Y es en este punto donde Pedro de Luna ejerce su segunda gran misión. La primera, obviamente, fue conseguir que Castilla se decantara por el lado cismático; pero en eso el mérito, todo hay que reconocerlo, no era sólo suyo, puesto que, como ya os he explicado, en realidad el cisma tenía fuertes coordenadas geopolíticas francesas, y Castilla no podía ni soñar con tomar otro camino distinto del que le marcaban allende los Pirineos. Navarra y Aragón, sin embargo, eran otra historia, aunque sólo fuese por marcar paquete ante sus vecinos. Como también hemos visto ya, Juan I siempre intentó que el movimiento cismático fuese un movimiento coordinado con Aragón; una intención que se parece a ésas que se producen en ocasiones en el seno de la actual Unión Europea, en el que el impulsor de una gran medida, sea Francia o Alemania, trata de buscar, antes de impulsarla, el apoyo del otro grande.

En teoría, Castilla no lo tenía tan mal en Pamplona y Zaragoza. Carlos y Juan, los dos príncipes herederos de sendas coronas, eran hermanos políticos de Juan I; pero también sabemos que eso nunca ha sido garantía de nada, y mucho menos entre españoles (ejem...) De hecho Carlos, el infante de Navarra, que estaba casado con Leonor, hermana de Juan I, se hizo una beca de puta madre en la Corte castellana entre 1382 y 1383, un año entero prácticamente, tiempo durante el cual intervino activamente en la política castellana que, por la tal razón, en modo alguno le era ajena.

Juan I tenía cartas que jugar frente a Navarra, pues en aquel tiempo la corona castellana ejercía el poder, en calidad de rehenes, de algunas poblaciones del reino, como Tudela o Laguardia, todo ello en virtud del tratado de Briones. En octubre de 1383, probablemente ante la victoria diplomática castellana de conseguir la afiliación cismática de Portugal, Navarra, ahora para conseguir ella el acercamiento a los castellanos que éstos ambicionaban de tiempo atrás, firmó en Segovia una renovación del tratado de Briones que, en la práctica, le devolvía el control de esas poblaciones-rehén en poder de los castellanos, si bien mediaban dos condiciones, entonces secretas: que Navarra nunca nombraría en esos presidios alcaldes que no fuesen del agrado del rey castellano; y que el reino abrazaría la causa del Papa Clemente VII. Carlos el Malo, sin embargo, nunca dio el paso de pasarse al bando aviñonés, todo ello a pesar de que, en 1386, Clemente muñó con los castellanos una nueva modificación de Briones ya decididamente favorable a los navarros. Esta segunda modificación se firmó en Estella el 16 de febrero de 1386, y merced a la misma se devolvían las fortalezas, se anulaba la deuda histórica que Castilla hacía pesar sobre Navarra, y se añadían nuevas promesas de Carlos II a favor del bando cismático. Sin embargo, pronto tanto castellanos como clementistas en general se resignaron a la idea de que, mientras no muriese el rey navarro, no había nada que hacer. Navarra no se declararía partidaria del bando aviñonés hasta el 6 de febrero de 1390.

Por lo que respecta a Aragón, el rey Pedro IV seguía en la posición que había estado en los tiempos de la declaración de Salamanca, impostando su neutralidad mientras esperaba. En Aragón, sin embargo, el bando cismático, o más bien deberíamos decir pro franco-castellano, tenía enormes partidarios, nada menos que el duque de Gerona, o sea, el heredero de la corona. En 1382, de hecho, Juan dio incluso el paso de enviar a un embajador secreto, el vizconde de Roda, a Castilla. Roda le ofreció a los castellanos algo tan irregular como que, pretendiendo el rey aragonés discutir los temas eclesiales en una sesión de Cortes, se presentasen en ellas los castellanos para defender sus postulados. Esto es, pues, como si Macron pidiese la palabra en el Congreso español para defender una enmienda a los Presupuestos porque no incluyen determinadas inversiones que le interesan. El rey Pedro, probablemente pensando que con su política de neutralidad se colocaba au dessus de la meléee, que es donde siempre se han ganado más prerrogativas y coimas (como bien saben los grupos políticos bisagra en España), se mantuvo durante todo su reinado terco como un aragonés en su postura; y no fue hasta que falleció que el reino de Aragón se definió en la polémica pontificia.

Todavía nos queda en la península ibérica un importante peón, Portugal. A la hora de analizar la posición lusa hay que recordar, porque es de gran importancia, que en medio del proceso de contamos, el 14 de agosto de 1385, se produciría la batalla de Aljubarrota, donde los dos Juanes I, el de Portugal y el de Castilla, se enfrentaron con victoria del primero; lo que labró la independencia del reino portugués hasta un punto que la frase, dirigida a los españoles, “acordaos de Aljubarrota”, habría de resonar muchas veces incluso siglos después. En Portugal, por lo tanto, toda la polémica pontifical se entrelaza con la búsqueda por parte del reino de un lugar bajo el sol de las naciones independientes.

Los ingleses de conde de Cambridge desembarcaron en Portugal; lo hicieron, formalmente, para defender la causa de Roma; pero su verdadero y nada secreto objetivo era lanzar una guerra que lanzase al pozo de la Historia a la dinastía de Trastámara. Llevaban en sus marchas el pendón del Papa Urbano, y se intitulaban cruzados como los que habían ido a Jerusalén. Esto ocurrió en 1382 pero, la verdad, de aquella campaña, lector, no encontrarás muchos ingleses que se acuerden, porque lo cierto es que les dimos hasta en el músculo popliteo. Tras la derrota portuguesa se abrieron negociaciones en las cuales, entre otras cosas, se labró el matrimonio de Juan con la infanta heredera de Portugal, Beatriz; y otras muchas cosas en las que se metió de hoz y coz el inasequible al desaliento Pedro de Luna.

Los aviñoneses estaban muy interesados en formar parte de aquellas negociaciones, en conocerlas y en inspirarlas, puesto que el pacto matrimonial abría las puertas a que un rey castellano fuese rey de Portugal (cosa que, como sabemos, acabaría pasando). El cardenal De Luna, declarado juez apostólico de las negociaciones, declaró en Ribera de Chinces (Évora), el 14 de mayo de 1383, la plena capacidad de Bea para consumar su matrimonio. No sólo eso, sino que De Luna, con autorización de su Papa, le concedió un montón de privilegios que hoy sonarán estúpidos, pero entonces tenían gran importancia: podría elegir confesor, podía poseer un altar portátil, podía oír misa antes del alba, podía ser absuelta por un capellán incluso de delitos con derramamiento de sangre, entrar en monasterios de clausura y celebrar en sus altares los matrimonios de sus familiares.

Los acuerdos, de forma casi inmediata, supusieron la declaración clementista de Portugal.

Sin embargo, lo que nos pasa a los españoles con los portugueses es que, como hablan un idioma bastante parecido al nuestro, pero lo hablan tan deprisa, creemos que los entendemos, pero no es así. Portugal, como país, como sistema social, como estructura feudal y como protoestado monárquico, estaba muy lejos de creer en las cosas que había firmado ante la presión del rey castellano y las zalamerías de Pedro de Luna. Portugal quería ser Portugal, y por eso mismo, a la muerte del rey Fernando I, y casi sin solución de continuidad, se produjo un levantamiento nacional, más que popular, contra los castellanos. El levantamiento estuvo comandado por Juan o Joao, maestre de Avia. Dado que Joao buscó de nuevo la ayuda de Inglaterra, pronto la subversión portuguesa se convirtió en un enfrentamiento entre bandos cismáticos. Como ya he dicho, toda esta tensión sexual-bélica se resolvió en 1385 con el resultado (provisional) de que los castellanos deberían olvidarse de mandar en Portugal. Y no sólo eso, sino que al año siguiente, Alencastre, o sea Lancaster, desembarcó en La Coruña, con el apoyo escrito del Papa Urbano: lo que inicialmente había sido una tentativa por dominar Portugal, ahora amenazaba con convertirse en una guerra civil en Castilla.

El 4 de febrero de 1387, Aragón hizo, por fin, su declaración proclementista. Sin embargo, para entonces la muy lancastriana Portugal, que como vemos viene labrando su je-ne-sais-quoi probritánico desde hace mucho tiempo, ya había vuelto a la obediencia vaticana. Pedro de Luna había ambicionado, durante sus gestiones, la plena unión ibérica, que habría de comenzar por el tema de la obediencia religiosa pero debería terminar por ir mucho más allá. En ello se convirtió en un precursor; pero un precursor, al fin y a la postre, fallido.


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