miércoles, marzo 13, 2019

El cisma (4: via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas

[Yo lo aviso: a partir de aquí, el temita del cisma se pone teológico y tal. Comienzan los repechos. Lo digo por si te quieres bajar de la bici, vaya.]

Pedro de Luna, pleno conocedor del hecho de que le debía el solio a los franceses, se mostró rápidamente como un Papa decididamente partidario de la política gala. Ésta, sin embargo, necesitaba de aliados en Europa que contrarrestasen el poder inglés, y es por ello que el primer y fundamental reto que se planteó Benedicto fue lograr un acercamiento con Castilla y con Aragón. La operación, además, para salir verdaderamente bien, debería garantizar dichos acercamientos a la vez, sobre todo en lo que se refería a la patria chica del pontífice, para así lograr un espacio geopolítico procismático coherente, continuado y multinacional.

Francia tenía la intención de dirigir y promover la agenda de San Maturino en su beneficio. El 2 de febrero de 1395, reunió a una Asamblea general del clero francés, la cual, como un solo hombre, dio su pleno visto bueno al esquema inventado por los jurisconsultos. Esto suponía activar un primer gesto, que como hemos visto se conoció como via cessionis, por el cual la cristiandad colocaba el reloj a cero mediante la renuncia de los dos papas vigentes. No ha de extrañar el movimiento. Francia había impulsado el nombramiento de Benedicto XIII; pero, al mismo tiempo, era lo suficientemente pragmática como para saber que las resistencias al bando cismático eran muy fuertes en Europa. En esas circunstancias, la única política posible era eliminar el cisma como tal, pero eliminando, al mismo tiempo, al partido romano; lo que dejaba el espacio libre para la instrumentación de un Papado como el que de hecho ya había existido antes de que la institución se geminase, esto es casi plenamente entregada a Francia como potencia europea. De hecho, durante el cónclave que eligió al aragonés De Luna, todos los cardenales que participaron fueron obligados a jurar que harían todo lo que estuviese en sus manos para acabar con el cisma, lo cual nos da la pista de que los francos esperaban que el juego revuelto les favoreciese.

Desde un primer momento, los franceses tuvieron claro que no era en modo alguno posible descartar la posibilidad de que la via cessionis hubiese de imponerse mediante el uso de la fuerza. Por su Papa no tenían grandes inquietudes, aunque probablemente a esas alturas ni se imaginaban la insondable terquedad del personaje al que habían elevado al solio; pero, desde luego, pensaban que no era en modo alguno descartable que al otro Papa hubiera que bajarlo del trono de San Pedro, ejem, a hostia limpia. Y aquí es donde entraban a jugar muy en particular los dos reinos españoles o ibéricos; porque si bien los franceses sabían que los castellanos eran de su palo y que los aragoneses tampoco querían malquistarse con ellos por razones de pura vecindad, también sabían que, lo mismo, si Carlos VI decidía mover tropas y entrar en Italia con la Roomba a barrer pelusas, no estaba nada claro que fuesen a decir que sí sin más.

Los franceses enviaron a Aragón a Jean de Chambrillac. En realidad, Chambrillac fue un embajador emboscado, puesto que, oficialmente, si se desplazó a la comunidad autónoma fue para negociar el matrimonio de Carlos de Albret con Juana de Aragón; su misión verdadera, sin embargo, era otra. Por lo que se refiere a la Corte castellana, el enviado fue Pierre de Vilaines, conde de Ribadeo. Ambos, en todo caso, recibieron de ambos reyes ibéricos largas y palabras abstractas. Tanto Enrique III como Juan I se mostraban proclives a ayudar a los designios franceses y, en general, declaraban que la melodía de San Maturino no les parecía nada descabellada. Pero, taimados ellos, o más bien sabiendo muy bien lo cabronamente taimados que podían llegar a ser los franceses, ponían ambos como condición, para apoyar aquel esquema, que se les dejara claro por adelantado qué tipo de medidas se iban a poner en juego para imponer la solución al cisma recetada por los sorboneros. En otras palabras: eran conscientes de que Francia estaba dispuesta a ir a la guerra si era preciso, y lo querían saber porque ellos, la verdad, no tenían ni puta gana.

Por otra parte, Aviñón y París no dejaron de intercambiar visitas de jerifaltes, todas ellas llenas de buenas palabras. Pero como quiera que por la vía amable no se conseguía nada, finalmente el rey Carlos envió a una potente embajada, formada por los duques de Berri, Borgoña y Orleáns, que se llegaron a Aviñón con el encargo de arrancarle a Pedro de Luna la dimisión.

Para los tres duquesitos franceses, sin embargo, habría sido más fácil absorber todo el caudal del Ródano por el culo que convencer a aquel aragonés rocoso. Pedro de Luna, sobre ser un tipo imposible e infatuado, era, además, un expertérrimo canonista, lo cual quiere decir que, en cuestiones de legislación papal, se las sabía todas mejor que nadie. Fino teólogo como era, rápidamente le dijo a los legados franceses una verdad de libro: el Papa, en realidad, está por encima de la Iglesia. Esto, en el diseño inicial de la misma, no era así, para qué negarlo. Pero en el siglo XIV los tiempos en los que el Papa era, de facto, un primus inter pares, habían pasado a la Historia.

Al Papa, pues, nadie le podía, ni le puede, decir que se vaya. Salvo Dios,claro, pero la verdad es que los signos de su Palabra siempre han sido muy controvertidos. Los papas dimiten, pero porque les sale del escroto; nadie puede cesarlos porque nadie, literalmente, está por encima de ellos. Ellos son el último ladrillo de la pirámide del poder, el que está más alto; no hay poder en la Tierra que los pueda echar, cuando menos en el terreno teológico. Esto Pedro de Luna lo sabía, como sabía, y en esto segundo la verdad es que llevaba toda la razón, que los diseñadores de la via cessionis no se habían parado a pensar que si los dos Papas renunciaban a su cargo, lo que estarían haciendo era reconocer ambos que eran ilegítimos; con lo que, en el fondo, la cristiandad quedaría en peor situación todavía que la que se quería resolver. De Luna consideraba que la única forma de cerrar el cisma es que o bien unos, o bien otros, acabasen perdiendo; y punto pelota.

De Luna, pues, consideraba que la via cessionis era un meconio de puta madre. Por eso mismo propuso una vía alternativa, que denominó via iustitiae, consistente en la fijación de un lugar neutral en el que se reunirían los dos pontífices adversarios, asistidos por comisiones mixtas, de modo y forma que serían ellos los que acabarían por decidir cuál de los dos era el verdadero Vicario de Cristo (porque, por lo que se ve, ni siquiera el Papa confiaba en que Dios fuese a dar alguna señal en el sentido de sus preferencias; que, la verdad, es lo más lógico de esperar).

Era un movimiento bastante ladino, aunque grueso. Tan, tan grueso y evidente que hasta un francés lo podía ver. Pedro de Luna, con su via iustitiae, lo que hacía era derivar el final del cisma ad calendas graecas, pues todo el mundo sabía que esa reunión, de producirse, terminaría sin acuerdo. Así las cosas, los aristócratas franceses siguieron intentándolo hasta que se cansaron y acabaron por enviar un email a París informando de que con aquel puto aragonés de los cojones no había manera de llegar a ningún acuerdo que no fuese darle la razón. Carlos, mosqueado como sólo se mosquea un francés cuando alguien osa dudar de su grandeur, decidió dejarse de conachadas canónicas y ordenó al colegio de cardenales, a la Curia cismática pues, que le era en todo fiel, que se pusiera de su lado. Pero dio igual: Benedicto pasó también de ellos. De hecho, montó su propia comisión de cardenales que estudió las mejores formas de acabar con el cisma (que, casualmente, fueron las suyas); comisión que le comunicó a la Corte de París sus conclusiones a través del obispo de Tarazona, de Fernán Pérez Calvillo y de Pedro Blavi.

El hecho de que estas tres personas fuesen aragoneses ya nos da una pista sobre dónde pisaba con más fuerza Pedro de Luna. De hecho, Juan I de Aragón se apresuró a enviar a Francés de Villamarín a París para apoyar decididamente la acción del Papa cismático frente al rey francés. Por su parte, Enrique III, desde el sitio de Gijón, donde se encontraba haciéndole la guerra su tío, Alfonso el conde de Noreña, escribió y firmó una serie de cartas con el mismo contenido, que el obispo de Cuenca se encargó de llevar a París. En esas cartas, que fueron tres y fechadas el 30 de julio de 1395, el rey castellano le dice a los franceses, entre otras cosas: sed ciertos que mi intencion es de non estar a qualquiere conclusion que sea tomada sin yo ser requerido ni lo saber. En otras palabras, el rey castellano le dedica algunas palabras al apoyo y el cariño hacia el Papa aragonés; pero el mensaje fundamental que le traslada al rey francés es que se ha puesto como el puma de Baracoa cuando se ha enterado de que Carlos ha intentado resolver el problema por su cuenta y riesgo, sin consultar. Pues sí, a aquellos castellanos del siglo XIV les asombraba que los franceses hiciesen de su capa un sayo, asumiendo que los demás dirían amén. Con los siglos, eso sí, ya nos hemos ido acostumbrando.

La terquedad de Pedro de Luna, la embajada aragonesa y, sobre todo, las cartas castellanas, perladas de reproches poco comunes entre aliados, provocaron un hecho histórico y muy poco frecuente: los franceses no sólo se dieron cuenta de que se habían equivocado, sino que rectificaron. Carlos formó un nuevo grupo negociador, encabezado por el patriarca de Alejandría, Simón Cramaud; y completada con otros espadas importantes como Colart de Taleville, Gille des Champs y Thibaut Hocie, junto con algunos jurisconsultos sorboneros, y lo envió a las cortes castellana y aragonesa. Las mayores esperanzas de aquella embajada eran de ablandar un poco a Juan I de Aragón, puesto que la cosa con KKK (Kike el Kastellano) estaba bastante jodida. Sin embargo, hasta eso les salió mal, pues en medio de todo el viaje, Juan la palmó, y fue sucedido por Martín I, conocido en la Historia como Martín el Humano, que era un decidido partidario de Pedro de Luna.

La embajada le ofreció a Enrique situar las responsabilidades para la solución del cisma dentro de la vieja alianza militar franco-castellana, lo cual suponía sujetar las previsiones y acciones que se llevaren a cabo al acuerdo entre los socios. Se decidió, pues, diseñar una acción común, para cuyo diseño Enrique despachó en el AVE hacia París a Bertrand Malmont, obispo de Mondoñedo, Pedro López de Ayala, fray Fernando de Illescas y Alfonso Rodríguez. A cambio, se aceptaba como principio la necesidad de abordar la via cessionis.

Es muy lógico suponer que París tenía noticias bastante precisas de la embajada castellana y de las noticias que traía de que los españoles aceptaban la estrategia montada por París para resolver el cisma. Sin embargo, esta embajada fue lentísima, entre otras cosas porque hubo de parar en Aviñón y gastar allí jornadas preciosas. Un tiempo que fue de oro para los siempre maniobreros franceses.

El 16 de agosto de 1396, todavía a la espera en la Corte de la llegada de los castellanos, el clero francés celebró una nueva Asamblea. Esta asamblea, lógicamente, se producía ya bajo las noticias de que los pontífices que debían generosamente ceder sus tiaras en la via cessionis no estaban dispuestos a hacerlo, muy notablemente el aviñonés. Por esta razón, los curas franceses, teledirigidos por los heraldos reales, avanzaron la teoría de que, si los Papas no acordaban retirarse ellos mismos, podían ser obligados a hacerlo por las monarquías que les prestaban su apoyo mediante el gesto de retirárselo. A esto los franceses lo llamaron sustracción de obediencia, y fue, la verdad, una mierda de idea. Pero, claro, franceses juntándose en una sala para parir entre todos una mierda de idea tampoco es que sea algo muy novedoso.

El duque de Orleáns, al que hemos visto en la triple embajada enviada por el rey Carlos para doblar la cerviz del Papa cachirulo (y marichulo), no sólo no había conseguido convencer a Pedro de Luna sino que, en puridad, se convirtió en un benedictista acérrimo. Por eso, trabajó en aquella asamblea del clero para aplazar la aplicación de las medidas acordadas, para dar tiempo a que una última embajada ante el aragonés tratase de evitar males mayores.

Por otro lado, la marcha de la llamada como Guerra de los Cien años hizo pensar que tal vez Inglaterra podría llegar a sumarse a la via cessionis, aunque ya entonces los europeos continentales eran ya bastante conscientes de que a Inglaterra le cuesta bastante apuntarse a ideas que no sean suyas (aunque las suyas sean una mierda de ideas). Francia y sus aliados habían llegado a una serie de treguas con los ingleses, por lo que se reputaba posible negociar. El hecho de que Ricardo II hubiese pedido la mano de la princesa Isabel mejoraba todavía más las cosas.

En octubre de 1396, en este ambiente, se pensó que si Francia, Castilla e Inglaterra formaban una embajada conjunta que se fuese a Roma y a Aviñón a decirle a los Papas que tenían que bajarse la sotana por debajo de las rodillas, a éstos no les quedaría otra que obedecer. Carlos y Ricardo hablaron de esto durante la boda del segundo de ellos, a cuyo fiestón acudió el rey francés. El plan era el siguiente: a los dos pontífices se les diría que tenían hasta el día de San Miguel de 1397 para dimitir; si no lo hacían, se produciría la sustracción de obediencia.

Un francés, un inglés y un español se van a ver al Papa y le dicen (…) ¿A que parece un chiste? Pues no lo fue, no. Pero, eso sí, salió como la rana.

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