Comienzo hoy otra nueva serie de posts, que discurrirá anchurosa y pacífica como el río Orontes junto al Tigris de la historia de los partos. Así, con la variación, tendréis, más o menos, cada semana una aportación de cada historia, con alguna que otra novedad que ando preparando. Esta serie va dedicada a la subida al poder de Isabel de Castilla, operación que, no hay que decirlo mucho, fue fundamental para la Historia de España tal y como la conocemos.
miércoles, septiembre 11, 2019
lunes, septiembre 09, 2019
Partos (2: Tirídates y Artabano)
Otras partes sobre los partos
Los súbditos de Seleuco
Los súbditos de Seleuco
Como suele ocurrir en estas circunstancias, cuando a Antíoco las
cosas se le complicaron, se le complicaron bien y a tope. El
principal de los problemas que tuvo fue que un sátrapa sirio, a base
de ejercer el poder como le daba la gana, acabó por ambicionar la
idea de ser él su propio rey, sin sometimientos ni leches. Hablamos
del griego Diodoto, gobernador todopoderoso de Bactria. Diodoto tuvo
el gesto que hoy, principalmente, nos sirve para conocer las
veleidades monarquistas de alguien, esto es, la acuñación de
monedas con su esfigie y, de hecho, estableció casi sin problemas su
propio poder sobre Bactria, ya que en las satrapías apenas había,
por así decirlo, estructuras de poder federal. En el fondo, es
bastante lógico que la disgregación de aquella gran Siria, por
llamarla de alguna manera, comenzase por Bactria, pues era ésta una
satrapía que había sido tratada con mano dulce por los persas,
siempre conocedores de las ínfulas independentistas de los
bactrianos.
miércoles, septiembre 04, 2019
Partos (1: los súbditos de Seleuco)
Todo el mundo que está algo versado en la Historia de Roma sabe que cuando la vieja tocahuevos interrumpió el paso de Julio hacia el Senado y le advirtió sobre los peligros derivados de los ictus de cuarzo, advertencia que Julio, que ya estaba algo teniente, entendió se refería a los idus de marzo, el valiente general y dictador avant la lettre estaba a punto de dejar Roma. Se iba en una expedición militar muy ambiciosa. El día que Marco Bruto y los de Palacagüina se cargaron al general al que habían dado una categoría con nombre de ensalada, varias legiones habían cruzado ya el Adriático y le esperaban en Asia Menor, convencidas de su victoria. Las crónicas nos dicen que el objetivo de César era someter, de una vez por todas, a los partos.
Varias veces le he preguntado a gente de mi entorno cómo imaginan a esos enemigos del romano. He podido comprobar que la visión general tiende a ver a los partos como probablemente eran entonces los miembros y miembras de otro pueblo que empezaba por p, los pictos. Esto es: tipos en taparrabo, infraevolucionados, brutales, montaraces y sucios. Los partos, sin embargo, estaban lejos de ser así. Eran, en buena parte, los herederos de las civilizaciones mesopotámicas que, no lo olvidamos, ya tenían cagaderos con chorrito cuando los romanos todavía se limpiaban el ojete con hojas de morera. La tradición nos dice que cuando el rey parto Orodes recibió la cabeza de su enemigo romano, Marco Licinio Craso, estaba en el teatro, asistiendo a la representación de una tragedia griega. Por mucho que la anécdota sea más que probablemente espuria, denota que a nadie extrañaba en el mundo antiguo que los partos estuviesen al cabo de la calle de los éxitos del Broadway ateniense. Por eso, porque los partos eran bastante más de lo que habitualmente pensamos, vamos a dedicarles algunos puntitos. Espero que os gusten.
Varias veces le he preguntado a gente de mi entorno cómo imaginan a esos enemigos del romano. He podido comprobar que la visión general tiende a ver a los partos como probablemente eran entonces los miembros y miembras de otro pueblo que empezaba por p, los pictos. Esto es: tipos en taparrabo, infraevolucionados, brutales, montaraces y sucios. Los partos, sin embargo, estaban lejos de ser así. Eran, en buena parte, los herederos de las civilizaciones mesopotámicas que, no lo olvidamos, ya tenían cagaderos con chorrito cuando los romanos todavía se limpiaban el ojete con hojas de morera. La tradición nos dice que cuando el rey parto Orodes recibió la cabeza de su enemigo romano, Marco Licinio Craso, estaba en el teatro, asistiendo a la representación de una tragedia griega. Por mucho que la anécdota sea más que probablemente espuria, denota que a nadie extrañaba en el mundo antiguo que los partos estuviesen al cabo de la calle de los éxitos del Broadway ateniense. Por eso, porque los partos eran bastante más de lo que habitualmente pensamos, vamos a dedicarles algunos puntitos. Espero que os gusten.
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Siglo VI AC
lunes, septiembre 02, 2019
Dictionary wars
Qué: Dictionary wars. The American fight over the English language.
Quién: Peter Martin.
Dónde: Princeton University Press.
Cuánto: 22,86 euros en el Kindle.
Calificación: 8,5 sobre 10.
Llevo toda la vida estudiando inglés. Desde que Miss Susan, el día de su primera clase, me enseñó, a mí y a mis compañeros, que para pedir permiso para salir del aula debía decir may I go to the toilet?, hasta el día presente, no he dejado de estudiarlo. Hace ya mucho tiempo que no lo hago por necesidad; de una de las paredes de mi despacho cuelga un papel que me certifica como bilingüe, y eso es bastante más de lo que necesito para mi vida. Lo sigo estudiando, sin embargo, porque me gusta. O mejor debería decir, me encanta.
Hay otra característica en mi aprendizaje: no he usado la inmersión. De chaval, los veranos en Bradford no eran para mí; si no podíamos pagar una puta cena en un restaurante de la playa de Santa Cristina, menos íbamos a poder pagar un verano en otro país. Las facilidades que aporta la inmersión para un idioma las suplí con estudio y con lectura. Y, la verdad, no me arrepiento. El aprendizaje por inmersión es como la experiencia del usuario de un software; pero el aprendizaje sistemático es como la experiencia de un ingeniero informático. Te ayuda a entender no sólo el idioma, sino cómo funciona. Por qué es así. Es una dimensión más dura pero, a la larga, intelectualmente mucho más venturosa. Hablar un idioma y entender un idioma son cosas diferentes. Lo primero, bueno, puedes llegar a conseguirlo en una vida; para lo segundo, siempre te quedarán pasos pendientes.
Hay otra cosa importante respecto de los idiomas que los, digámoslo de forma políticamente correcta, residentes en España conocemos bien: su dimensión política. La lengua, además de un vehículo de comunicación y de una herramienta para la transmisión de la belleza o del horror, puede ser un arma. Algo que se blande y se lanza contra los adversarios. Como digo, en España sabemos muy bien de qué va esto, nosotros que hemos inventado, en varios estatutos de autonomía (y ante la complicidad de la clase política patria sin excepciones) ese meconio que llamamos "lengua propia". Ése que hace que, legalmente, un gallego pueda decir que el español o castellano es oficial en Galicia, pero que la lengua propia de un gallego es el gallego.
Cualquier persona que atienda a las noticias de la prensa sobre la inmersión lingüística y sus conflictos sabe que la lengua no es un actor neutral en los enfrentamientos políticos. Al mismo tiempo, sin embargo, tal vez le dé por pensar que el inglés, ese idioma imperial que ha trepado en los últimos trescientos años al pedestal donde antes estuvieron el francés, el latín o el griego, el pedestal al que se sube la koiné, la lengua franca de referencia de los comerciantes y de los soldados; el inglés, digo, está por encima de todo eso. Sufre, sí, los embates del gaélico, del galés, del hindi y de todas las lenguas que algún día colonizó; pero como tal lengua no tiene vis política.
Si estás en este error, este libro te sacará de él.
Dictionary wars cuenta, en paralelo o más bien mezcladas, tres historias. La primera de ellas es la historia de cómo los primeros americanos, las primeras generaciones de habitantes de los Estados Unidos que estrenaron nación y proyecto común, lógicamente obsesionados con distinguirse de la metrópoli con la que, la verdad, no terminaron muy bien, también quisieron distinguirse en materia de lenguaje. Como sabe cualquiera que vea pelis en versión original, ingleses y estadounidenses hablan el mismo idioma, pero lo hablan de forma muy diferente. Una de las conclusiones que yo saco de la lectura de este libro es que esa distancia debía de ser mucho mayor, y mucho más perceptible, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Hay una razón para ello, y es que a nadie se le escapa que el perfil socio-educativo medio del estadounidense era, probablemente, mucho más bajo que el del inglés. Estados Unidos, un país de aluvión que, por mucho que ahora se deje llevar por la tendencia de considerar que los americanos sólo deben hablar inglés, tuvo que regular en las leyes de varios Estados, durante todo el siglo XIX, que fuesen oficialmente utilizados idiomas como el español o el alemán porque para amplísimas minorías de entre sus habitantes era lo único que hablaban; América, digo, no se forjó en aquellos tiempos mediante la llegada masiva de ingenieros, profesores de filosofía y neurocirujanos, sino a base de italianos, irlandeses, alemanes, mexicanos y chinos básicamente hambrientos, que aprendían (o no) a hablar inglés o ya lo traían de serie, pero pronunciándolo y usándolo de formas muy diversas. El corolario, en el mundo anglosajón, de un idioma entregado para ser gestionado por un colectivo de habitantes inicialmente de muy baja extracción social es el acento australiano que, en ocasiones, se parece más al checo coloquial que al inglés que exhibe John Cleese en A fish called Wanda.
Traigo a colación el tema de Australia porque, exactamente igual que hoy en día los australianos se muestran orgullosos de sus antepasados ladrones y asesinos, y no pocos de ellos los rastrean con pasión en su árbol genealógico, Estados Unidos levantó y agitó la bandera del inglés hablado por los americanos contra la pureza (bueno, pureza...) del inglés de Inglaterra. E impulsó un proceso planificado de distinción idiomática, un proceso algunos de cuyos apóstoles llegaron a decir, en aquel siglo XIX, que llegaría a ser tan profundo que algún día el inglés de Inglaterra y el de Estados Unidos llegarían a ser idiomas diferentes. Contemplaban con ilusión la posibilidad de que, algún día, a un hablante de York y a otro de Dallas les fuese imposible entenderse (aunque, bueno, reconozcamos que, tal vez, York y Dallas son dos ejemplos demasiado extremos).
El idioma, pues, fue para los estadounidenses un arma arrojadiza, y las escuelas de los Estados Unidos, su campo de batalla. Todo el mundo que ha estudiado inglés sabe que la pronunciación es una carallada del huevo. Es un problema para los estudiantes extranjeros, pero no es un problema menor para los educandos, sobre todo para los más jóvenes; por eso los angloparlantes son tan dados a esos torneos escolares de deletreo, ésos que borda Lisa Simpson; torneos que, la verdad, celebrados en España serían básicamente una gilipollez. Hace ya muchos años, un vicepresidente de los Estados Unidos (quiero recordar que era Dan Quayle, que lo fue de Jordi Bush padre) hizo el ridículo en una visita electoral a una escuela porque, después de que un niño pequeñito había escrito en la pizarra potato, él tomó la tiza y le corrigió escribiendo potatoe y, claro, la cagó. La verdad, para llegar a ser vicepresidente tampoco hay que ser muy listo, pero la anécdota revela bien, creo, el constante conflicto que experimentan los angloparlantes con un idioma que es capaz hasta de colocar el mismo conjunto de fonemas dos veces en la misma palabra, y pronunciarlos de forma diferente (snowplow).
Estados Unidos resolvió ganarle la partida al inglés original con su nuevo inglés en las escuelas. Y, por eso, durante sobre todo la primera mitad del siglo XIX, en aquel país se vendrían por cientos, por cientos de miles, por millones, los diccionarios escolares, las gramáticas y las guías de deletreo o spelling. El país tenía prisa por conseguir que sus infantes asumiesen que from es out of, y tantas otras diferencias, sutiles o no tan sutiles. Pero no era, o no era sólo, un proyecto educativo; era una guerra de posiciones.
Ésta es la primera historia que cuenta el libro. La segunda, más importante, es la vida y obra de Noah Webster, probablemente el creador del diccionario de inglés (americano) más famoso de la Historia; la vida, la obra, y la medida en la que Webster se implicó en este proyecto nacionalista, que hizo suyo y, de hecho, intentó, si no monopolizar (que, la verdad, le habría gustado), sí por lo menos liderar.
Webster se ha convertido en una autoridad y, por ello, lo más probable es que, al empezar a leer el libro, uno se prepara para conocer la historia de un hombre decididamente por encima de los demás, capaz de una erudición muy superior a la de otros hombres de su tiempo. Pero la verdad es que no es así. Dictionary wars tiene la gran virtud de presentarnos a Noah Webster en toda su autenticidad, con sus pros y sus contras, sus muchas luchas y sus incontables sombras. Ante nosotros aparece un hombre para el cual, la verdad, y ésta es una opinión mía, tal vez la labor que se cargó sobre las espaldas lo sobrepasaba; sobre todo porque da todas la impresión de que Webster era mucho peor etimologista de lo que debería haber sido para afrontar la labor de hacer un diccionario definitivo de inglés americano. Además, fue fuertemente criticado por sus propuestas de simplificación ortográfica. Siendo, además, Webster persona de poca inteligencia de negocios, y siendo la labor de publicar diccionarios completos bastante arriesgada por los costes que entonces comportaba, fue hombre que vivió gran parte de su vida en situaciones un tanto comprometidas y, de hecho, tuvo que ser su yerno, Chauncey Goodrich quien, tras la primera publicación del Gran Diccionario, le sacase leche a aquella ubre comprándole los derechos de las ediciones resumidas (que fueron las que se vendieron para los colegios).
El punto más complicado en la vida de Webster llegó en ese momento que se conoció como la guerra de los diccionarios, que da título al libro, y que es la tercera historia del mismo: su enfrentamiento con Joseph Emerson Worcester. Worcester había sido el revisor del Gran Diccionario de Webster en el proyecto de resumirlo y reducirlo, un trabajo que al parecer hizo con elevadas cotas de calidad; pero, en todo caso, ya cuando aceptó el trabajo de la revisión estaba decidido a crear su propio diccionario. La edición, por parte de Worcester, de esta obra, abrió una zanja entre ambos autores, un enfrentamiento que, en el fondo, estaba causado por el diferente punto de vista que tenían: Worcester, menos temerario, era, digamos, conservador, tendente a mantener en muchos casos la vieja pronunciación y ortografía de las palabras; mientras que Webster, aplicado a su labor de americanizar el inglés al máximo, era partidario de hacer muchos cambios.
Cuando Worcester sacó su diccionario y sus obras escolares, Webster se sintió directamente atacado y, primero sin dar la cara, después ya firmando cartas con su nombre, comenzó a atacar a Worcester en la prensa, acusándolo de haberle plagiado en centenares de lemas de su diccionario. De repente, pues, una parcela del saber, terreno en el que es de esperar la colaboración entre expertos, se convirtió en un campo de batalla. Una guerra cuya meticulosa crónica se hace en este libro.
Con todo, los ataques que Webster alcanzó a poder hacer antes de morir acabaron por ser poca cosa. A su muerte, y cuando el legado intelectual de Webster quedó básicamente en manos de Goodrich, es cuando entran a jugar los hermanos Merrian, editores responsables de que hoy al diccionario se lo conozca como Merrian-Webster. Con la intervención de Charles y George Merrian, el enfrentamiento adquiere otra escala porque los editores están mucho menos preocupados por el fondo intelectual de la discusión, y más con conseguir el descrédito de Worcester a la mayor gloria de las ventas de sus Webster. En este punto el libro, en toda su segunda mitad pues, se convierte en una pastoral americana en toda su extensión, un enfrentamiento entre mercaderes y sabios en cuyo fondo está lo de siempre (lo siempre, sí lo de siempre. La pasta. Es que no aprendes...) Es un momento en el que el libro adquiere una tensión inesperada, un tono diferente; que es, precisamente, lo que consigue que el relato buscado sea integral, completo.
Nos encontramos, en suma, ante un libro entretenido que, sin embargo, no por ello deja de desplegar una interesante y exigente investigación histórica. Reconozco que el tema es un tanto elitista (sin ir más lejos, a todos aquéllos de mis lectores que no dominen la angloparla les resbalará, lógicamente); pero es interesante y, como he dicho, está muy bien escrito. Lo recomiendo porque aporta esa cosa que a mí tanto me gusta, que es cuando abres un libro que cuenta cosas sobre algo de lo que no sabes absolutamente nada y, más pronto que tarde, la historia te cautiva.
Además, ejem, no es por dar por culo, pero es que yo tengo un Webster de 1848, de los que monitorizó Goodrich y todavía no editaron los Webster. Y, si no me crees, checa, como dicen los latinos:
Hay otra cosa importante respecto de los idiomas que los, digámoslo de forma políticamente correcta, residentes en España conocemos bien: su dimensión política. La lengua, además de un vehículo de comunicación y de una herramienta para la transmisión de la belleza o del horror, puede ser un arma. Algo que se blande y se lanza contra los adversarios. Como digo, en España sabemos muy bien de qué va esto, nosotros que hemos inventado, en varios estatutos de autonomía (y ante la complicidad de la clase política patria sin excepciones) ese meconio que llamamos "lengua propia". Ése que hace que, legalmente, un gallego pueda decir que el español o castellano es oficial en Galicia, pero que la lengua propia de un gallego es el gallego.
Cualquier persona que atienda a las noticias de la prensa sobre la inmersión lingüística y sus conflictos sabe que la lengua no es un actor neutral en los enfrentamientos políticos. Al mismo tiempo, sin embargo, tal vez le dé por pensar que el inglés, ese idioma imperial que ha trepado en los últimos trescientos años al pedestal donde antes estuvieron el francés, el latín o el griego, el pedestal al que se sube la koiné, la lengua franca de referencia de los comerciantes y de los soldados; el inglés, digo, está por encima de todo eso. Sufre, sí, los embates del gaélico, del galés, del hindi y de todas las lenguas que algún día colonizó; pero como tal lengua no tiene vis política.
Si estás en este error, este libro te sacará de él.
Dictionary wars cuenta, en paralelo o más bien mezcladas, tres historias. La primera de ellas es la historia de cómo los primeros americanos, las primeras generaciones de habitantes de los Estados Unidos que estrenaron nación y proyecto común, lógicamente obsesionados con distinguirse de la metrópoli con la que, la verdad, no terminaron muy bien, también quisieron distinguirse en materia de lenguaje. Como sabe cualquiera que vea pelis en versión original, ingleses y estadounidenses hablan el mismo idioma, pero lo hablan de forma muy diferente. Una de las conclusiones que yo saco de la lectura de este libro es que esa distancia debía de ser mucho mayor, y mucho más perceptible, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Hay una razón para ello, y es que a nadie se le escapa que el perfil socio-educativo medio del estadounidense era, probablemente, mucho más bajo que el del inglés. Estados Unidos, un país de aluvión que, por mucho que ahora se deje llevar por la tendencia de considerar que los americanos sólo deben hablar inglés, tuvo que regular en las leyes de varios Estados, durante todo el siglo XIX, que fuesen oficialmente utilizados idiomas como el español o el alemán porque para amplísimas minorías de entre sus habitantes era lo único que hablaban; América, digo, no se forjó en aquellos tiempos mediante la llegada masiva de ingenieros, profesores de filosofía y neurocirujanos, sino a base de italianos, irlandeses, alemanes, mexicanos y chinos básicamente hambrientos, que aprendían (o no) a hablar inglés o ya lo traían de serie, pero pronunciándolo y usándolo de formas muy diversas. El corolario, en el mundo anglosajón, de un idioma entregado para ser gestionado por un colectivo de habitantes inicialmente de muy baja extracción social es el acento australiano que, en ocasiones, se parece más al checo coloquial que al inglés que exhibe John Cleese en A fish called Wanda.
Traigo a colación el tema de Australia porque, exactamente igual que hoy en día los australianos se muestran orgullosos de sus antepasados ladrones y asesinos, y no pocos de ellos los rastrean con pasión en su árbol genealógico, Estados Unidos levantó y agitó la bandera del inglés hablado por los americanos contra la pureza (bueno, pureza...) del inglés de Inglaterra. E impulsó un proceso planificado de distinción idiomática, un proceso algunos de cuyos apóstoles llegaron a decir, en aquel siglo XIX, que llegaría a ser tan profundo que algún día el inglés de Inglaterra y el de Estados Unidos llegarían a ser idiomas diferentes. Contemplaban con ilusión la posibilidad de que, algún día, a un hablante de York y a otro de Dallas les fuese imposible entenderse (aunque, bueno, reconozcamos que, tal vez, York y Dallas son dos ejemplos demasiado extremos).
El idioma, pues, fue para los estadounidenses un arma arrojadiza, y las escuelas de los Estados Unidos, su campo de batalla. Todo el mundo que ha estudiado inglés sabe que la pronunciación es una carallada del huevo. Es un problema para los estudiantes extranjeros, pero no es un problema menor para los educandos, sobre todo para los más jóvenes; por eso los angloparlantes son tan dados a esos torneos escolares de deletreo, ésos que borda Lisa Simpson; torneos que, la verdad, celebrados en España serían básicamente una gilipollez. Hace ya muchos años, un vicepresidente de los Estados Unidos (quiero recordar que era Dan Quayle, que lo fue de Jordi Bush padre) hizo el ridículo en una visita electoral a una escuela porque, después de que un niño pequeñito había escrito en la pizarra potato, él tomó la tiza y le corrigió escribiendo potatoe y, claro, la cagó. La verdad, para llegar a ser vicepresidente tampoco hay que ser muy listo, pero la anécdota revela bien, creo, el constante conflicto que experimentan los angloparlantes con un idioma que es capaz hasta de colocar el mismo conjunto de fonemas dos veces en la misma palabra, y pronunciarlos de forma diferente (snowplow).
Estados Unidos resolvió ganarle la partida al inglés original con su nuevo inglés en las escuelas. Y, por eso, durante sobre todo la primera mitad del siglo XIX, en aquel país se vendrían por cientos, por cientos de miles, por millones, los diccionarios escolares, las gramáticas y las guías de deletreo o spelling. El país tenía prisa por conseguir que sus infantes asumiesen que from es out of, y tantas otras diferencias, sutiles o no tan sutiles. Pero no era, o no era sólo, un proyecto educativo; era una guerra de posiciones.
Ésta es la primera historia que cuenta el libro. La segunda, más importante, es la vida y obra de Noah Webster, probablemente el creador del diccionario de inglés (americano) más famoso de la Historia; la vida, la obra, y la medida en la que Webster se implicó en este proyecto nacionalista, que hizo suyo y, de hecho, intentó, si no monopolizar (que, la verdad, le habría gustado), sí por lo menos liderar.
Webster se ha convertido en una autoridad y, por ello, lo más probable es que, al empezar a leer el libro, uno se prepara para conocer la historia de un hombre decididamente por encima de los demás, capaz de una erudición muy superior a la de otros hombres de su tiempo. Pero la verdad es que no es así. Dictionary wars tiene la gran virtud de presentarnos a Noah Webster en toda su autenticidad, con sus pros y sus contras, sus muchas luchas y sus incontables sombras. Ante nosotros aparece un hombre para el cual, la verdad, y ésta es una opinión mía, tal vez la labor que se cargó sobre las espaldas lo sobrepasaba; sobre todo porque da todas la impresión de que Webster era mucho peor etimologista de lo que debería haber sido para afrontar la labor de hacer un diccionario definitivo de inglés americano. Además, fue fuertemente criticado por sus propuestas de simplificación ortográfica. Siendo, además, Webster persona de poca inteligencia de negocios, y siendo la labor de publicar diccionarios completos bastante arriesgada por los costes que entonces comportaba, fue hombre que vivió gran parte de su vida en situaciones un tanto comprometidas y, de hecho, tuvo que ser su yerno, Chauncey Goodrich quien, tras la primera publicación del Gran Diccionario, le sacase leche a aquella ubre comprándole los derechos de las ediciones resumidas (que fueron las que se vendieron para los colegios).
El punto más complicado en la vida de Webster llegó en ese momento que se conoció como la guerra de los diccionarios, que da título al libro, y que es la tercera historia del mismo: su enfrentamiento con Joseph Emerson Worcester. Worcester había sido el revisor del Gran Diccionario de Webster en el proyecto de resumirlo y reducirlo, un trabajo que al parecer hizo con elevadas cotas de calidad; pero, en todo caso, ya cuando aceptó el trabajo de la revisión estaba decidido a crear su propio diccionario. La edición, por parte de Worcester, de esta obra, abrió una zanja entre ambos autores, un enfrentamiento que, en el fondo, estaba causado por el diferente punto de vista que tenían: Worcester, menos temerario, era, digamos, conservador, tendente a mantener en muchos casos la vieja pronunciación y ortografía de las palabras; mientras que Webster, aplicado a su labor de americanizar el inglés al máximo, era partidario de hacer muchos cambios.
Cuando Worcester sacó su diccionario y sus obras escolares, Webster se sintió directamente atacado y, primero sin dar la cara, después ya firmando cartas con su nombre, comenzó a atacar a Worcester en la prensa, acusándolo de haberle plagiado en centenares de lemas de su diccionario. De repente, pues, una parcela del saber, terreno en el que es de esperar la colaboración entre expertos, se convirtió en un campo de batalla. Una guerra cuya meticulosa crónica se hace en este libro.
Con todo, los ataques que Webster alcanzó a poder hacer antes de morir acabaron por ser poca cosa. A su muerte, y cuando el legado intelectual de Webster quedó básicamente en manos de Goodrich, es cuando entran a jugar los hermanos Merrian, editores responsables de que hoy al diccionario se lo conozca como Merrian-Webster. Con la intervención de Charles y George Merrian, el enfrentamiento adquiere otra escala porque los editores están mucho menos preocupados por el fondo intelectual de la discusión, y más con conseguir el descrédito de Worcester a la mayor gloria de las ventas de sus Webster. En este punto el libro, en toda su segunda mitad pues, se convierte en una pastoral americana en toda su extensión, un enfrentamiento entre mercaderes y sabios en cuyo fondo está lo de siempre (lo siempre, sí lo de siempre. La pasta. Es que no aprendes...) Es un momento en el que el libro adquiere una tensión inesperada, un tono diferente; que es, precisamente, lo que consigue que el relato buscado sea integral, completo.
Nos encontramos, en suma, ante un libro entretenido que, sin embargo, no por ello deja de desplegar una interesante y exigente investigación histórica. Reconozco que el tema es un tanto elitista (sin ir más lejos, a todos aquéllos de mis lectores que no dominen la angloparla les resbalará, lógicamente); pero es interesante y, como he dicho, está muy bien escrito. Lo recomiendo porque aporta esa cosa que a mí tanto me gusta, que es cuando abres un libro que cuenta cosas sobre algo de lo que no sabes absolutamente nada y, más pronto que tarde, la historia te cautiva.
Además, ejem, no es por dar por culo, pero es que yo tengo un Webster de 1848, de los que monitorizó Goodrich y todavía no editaron los Webster. Y, si no me crees, checa, como dicen los latinos:
lunes, julio 29, 2019
Pericles (15: a modo de epílogo: atenienses, mentiras y libros de Historia)
[Nos vemos en septiembre]
Capítulos anteriores
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...
El último espich
Capítulos anteriores
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
La apoteosis de Efialtes
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
¡Tora, tora, tora!... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...
El último espich
La gente, normalmente, cuando se imagina la Atenas de Pericles, se
imagina una ciudad pequeña, armónica, llena de los edificios que se
pueden adivinar en el Partenón, por la que discurren hombres
barbados vestidos por túnicas, filosofando o tocando la lira. Sin
embargo, como acertadamente han destacado muchos de los estudiosos
que se han dedicado a la Historia Social de la antigua Grecia, la
Atenas de Pericles se parecía mucho más a una abigarrada zona de la
actual Estambul. Pero, la verdad, era una ciudad única.
viernes, julio 26, 2019
Pericles (14: el último espich)
Los que me leéis habitualmente sabéis que mi costumbre es acudir a la cita los lunes y los miércoles, a las ocho si es posible. Hoy, sin embargo, os regalo un post más, que me permitirá dejar el final de la serie pericleana programada para el lunes que viene, tras lo cual abriré mi periodo vacacional, para el que tengo programas dos o tres lecturas jugosas.
En fin, ahí va.
Capítulos anteriores
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...
En fin, ahí va.
Capítulos anteriores
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
La apoteosis de Efialtes
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
¡Tora, tora, tora!... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...
Acabo de decir que, personalmente, creo que el último de los
discursos de Pericles que nos relata Tucídides contiene, en mucha
mayor medida, las ideas Tucídides habría querido que
Pericles expresara que las que verdaderamente dijo. Como he dicho,
hay bastantes elementos, creo, para pensar que es así. Y la última
y más importante es el epílogo del propio discurso, en el que el
historiador nos hace una glosa de la vida de Pericles en la que, la
verdad, dice cosas que son bastante complicadas de tragar.
miércoles, julio 24, 2019
El cisma (y 19: las últimas boqueadas)
Sermones ya pasados
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
A Italia
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
Catalina se pone de canto
Los cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina
Los castellanos en Basilea
Partiendo perasLos cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina
Los castellanos en Basilea
El
intento de que los poderes temporales tomasen el control del problema
conciliar se concretó en una estrategia por parte de acercamiento de
la dupla Castilla-Francia hacia Segismundo. Como he dicho, los
intereses de ambos bandos habían sido antagónicos hasta ese
momento; pero en ese momento, por así decirlo, les acercaba, si bien
no les unía, la preocupación de que la bula papal convocando
concilio en Ferrara y la violenta reacción de los reunidos en
Basilea abría la posibilidad de que se produjese un cisma, aún de
raíces y consecuencias mucho peores que la división que
teóricamente se estaba cerrando. Así pues, las partes comenzaron a
hablar, con un intermediario de gran importancia que fue Alfonso de
Santa María.
lunes, julio 22, 2019
Pericles (13: ahí viene la plaga, me gusta bailar...)
Capítulos anteriores
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Pericles, el demagogo
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
La apoteosis de Efialtes
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
¡Tora, tora, tora!... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
Pericles, el demagogo
En el año 431, por lo tanto, una masa informe de atenienses de
campo, acompañados por lo principal de sus enseres, sus animales y
sus pertenencias en general, se abigarró en el espacio existente
entre las murallas de la ciudad y el puerto del Pireo, así como
dentro de los templos. Este gesto es uno más de los que viene a
demostrar que la estrategia bélica es, realmente, una disciplina muy
difícil de dominar y que, por lo general, un buen estratega apenas puede
aspirar a controlar la mitad de las variables que se mueven en las
acciones que diseña. La masificación de atenienses en la ciudad, en
unas condiciones de salubridad inexistentes, habría de abrirle un
nuevo frente a Pericles: aquél que lo enfrentaba a virus, bacterias
y microbios. Se generó una gravísima epidemia que, muy
probablemente, mató a muchas más personas que los ejércitos
lacedemonios.
miércoles, julio 17, 2019
Pericles (12: Pericles, el demagogo)
Capítulos anteriores
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
La apoteosis de Efialtes
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
¡Tora, tora, tora!... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
La primera intervención de Pericles de la que tenemos testimonios
como tal se basó en un discurso duro y de tintes demagógicos,
basado en el no es no y en excitar los sentimientos de los atenienses
sobre la excesiva prepotencia de los espartanos por su intervención
en asuntos como Egina y Megara; cosas que hacían necesario, le dijo
el general a sus conciudadanos, que los espartanos entendiesen que
“deben tratarnos como sus iguales”.
lunes, julio 15, 2019
El cisma (18: partiendo peras)
Sermones ya pasados
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
A Italia
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
Catalina se pone de canto
Los cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina
Los castellanos en Basilea
Los cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina
Los castellanos en Basilea
Al alborear el año de 1436, Castilla realizó un importante cambio
estratégico en su embajada conciliar. Gonzalo de Santa María, un
miembro más de la muy influyente familia de conversos que había
adoptado este apellido y obispo de Plasencia, se llegó hasta Basilea
junto con Gutierre de Sandoval para sustituir a un miembro del
equipo, Luis Álvarez de Paz, quien fue trasladado a Bolonia. Fue un
movimiento muy diplomático, provocado por el hecho de que se había
producido una importante novedad en materia de política exterior,
que podía e incluso debía dirimirse en el seno del concilio, ya que
ahí estaban representadas todas las naciones importantes: Juan de Castilla quería mejorar su presencia en Basilea y también en Bolonia, ciudad papal, para mejorar su capacidad de influencia en torno al conflicto con Portugal sobre la posesión de las Islas Canarias.
miércoles, julio 10, 2019
El cisma (17: los castellanos en Basilea)
Sermones ya pasados
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
A Italia
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
Catalina se pone de canto
Los cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina
Los cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina
Las cosas iban de mal en peor. En el concilio, y fuera del concilio,
reformadores y pontificios se atacaban continuamente unos a otros. De
hecho, estos enfrentamientos se produjeron, en el inicio de 1433,
incluso delante del propio rey castellano, quien quedó impresionado
por las fuertes disensiones en la Iglesia que demostraban aquellas
querellas. El abad de Bonneval había exigido ante el rey castellano
un gesto claro de apoyo a las intenciones del Papa mediante el
nombramiento de los oportunos embajadores para el concilio; pero la
potencia política europea se resistió y, de hecho, las cosas no
cambiaron hasta que no llegaron de Basilea noticias de que el Papa
había llegado a entenderse con los conciliares suizos.
lunes, julio 08, 2019
Pericles (11 ¡Tora, tora, tora!)
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Finalmente, los atenienses asistieron a los corfiotas en la batalla de Sibota, que libraron contra los corintios en el 433, y que lograron ganar. Aquella victoria conjunta le dio alas a los atenienses para ir más allá, y por eso se dirigieron Potidea. Este emplazamiento, situado en el norte de la Hélade, era un caso curioso porque, siendo como era una colonia corintia, era tributario de Atenas, así pues había ya una relación de partida. Los atenienses ordenaron a los poti-potis que echasen de la ciudad a los magistrados corintios.
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
La apoteosis de Efialtes
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Primero Samos, luego los corfiotas
Finalmente, los atenienses asistieron a los corfiotas en la batalla de Sibota, que libraron contra los corintios en el 433, y que lograron ganar. Aquella victoria conjunta le dio alas a los atenienses para ir más allá, y por eso se dirigieron Potidea. Este emplazamiento, situado en el norte de la Hélade, era un caso curioso porque, siendo como era una colonia corintia, era tributario de Atenas, así pues había ya una relación de partida. Los atenienses ordenaron a los poti-potis que echasen de la ciudad a los magistrados corintios.
miércoles, julio 03, 2019
Pericles (10: primero Samos, luego los corfiotas)
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
La apoteosis de Efialtes
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
... y Damón inventó el Estado del Bienestar
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
Cuando
los colonos ingleses lograron imponerse sobre los primigenios
holandeses que se habían establecido en la isla que los indios
locales llamaban de Manhattoes, quisieron llamar al lugar donde se
establecían en referencia a aquél del que venían, y lo llamaron
Nueva York. De haber sabido que su emplazamiento iba a tener el éxito
que ha tenido, probablemente lo habrían llamado Gran York. Eso y no
otra cosa es lo que hicieron los romanos cuando, a la hora de ponerle
nombre a los emplazamientos itálicos sobre los que fueron
extendiendo su dominio, comenzaron a conocer al conjunto del sur de
la península italiana como Magna Grecia, la Gran Grecia.
lunes, julio 01, 2019
El cisma (16: Benedicto la casca, y Eugenio se la envaina)
Sermones ya pasados
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
A Italia
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
Catalina se pone de canto
Los cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Los cardenales, a lo suyo
La cosa se pone violenta
El concilio de Pavía-Siena
Como ya hemos contado, en el momento en que se producían los
enfrentamientos teológicos relativos al cisma en Pavía y Siena, en
el principal Estado de Europa, Castilla, se ponía la primera piedra
de importancia en la construcción de España a través de la última
gran guerra entre la monarquía y la aristocracia, guerra de la que
habría de salir, a la larga, un Estado centralizado más fuerte. En
ese momento, sin embargo, los infantes de Aragón, claros partidarios
del mantenimiento en Castilla de un sistema de poder aristocrático,
estaban impulsando a la península ibérica hacia una guerra civil.
jueves, junio 27, 2019
Pericles (7bis: ...y Damón inventó el Estado del Bienestar)
Como acertadamente apreció Alberto MdH, en la serie de Pericles me salté un capítulo. que es éste. Por lo tanto, debéis de tener en cuenta que este texto que hoy os ofrezco va de la siguiente forma:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
La apoteosis de Efialtes
[AQUÍ IRÁ LA REFERENCIA A ESTA TOMA]
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
[AQUÍ IRÁ LA REFERENCIA A ESTA TOMA]
Nunca abras dos frentes a la vez
Las cosas no salen como se esperaba
De las cosas que se dijeron de Pericles poco después de su
existencia, o incluso cuando todavía estaba vivo, es difícil no
discernir que, cuando menos al principio de su carrera política, no
fuera un demagogo con todas las letras. Aunque sobre su carrera
política resulta difícil tener datos precisos en ese momento, lo que
sí parece claro es que desarrolló una importante carrera militar.
Cuando menos a partir del 455, si no antes, Pericles comenzó a ser
un visitante usual del alto mando de generales atenienses, ése que
Cimón ya había aprovechado en su beneficio antes que él. Mi visión
particular (aquí muchas cosas, ya lo he dicho, son hipótesis porque
no pueden ser otra cosa) es que Cimón abrió un camino que Pericles
supo aprovechar muy bien. En los tiempos cimónidas, cuando menos,
los generales atenienses adquirieron un poder de influencia muy
elevado. Eran escuchados por la asamblea, y no sólo en lo relativo a
las cosas militares que eran lo suyo; en realidad, y puesto que en
aquellos Estados permanentemente en guerra todo acababa por
tener relación con las cosas militares, los generales eran
escuchados en todas las materias. Pericles se encontró ese surco
bien trazado, y no hizo sino ampliarlo y profundizarlo.
miércoles, junio 26, 2019
El cisma (15: el concilio de Pavía-Siena)
Sermones ya pasados
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
A Italia
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
Se suponía que la elección de un nuevo Papa, en la persona de
Martín V (11 de noviembre de 1417) iba a resolverlo todo. Eso, al
menos, era lo que decía el guión de Constanza. Pero, en realidad,
nada de eso ocurrió, salvo la elección, claro. Martín recibía la
misión de reinar sobre una cristiandad que estaba lejos de estar
unida, y muy especialmente en Castilla, donde los partidarios
aviñoneses se contaban por legión; especialmente en algunas zonas,
como Burgos, donde para encontrar un cura de obediencia romana había
que fabricar un holograma. Un dato venturoso para Martín, sin
embargo, es que por lo menos había conseguido que Castilla,
formalmente, se colocase de su lado, ya que la Corte castellana había
abandonado a Pedro de Luna. Pero eso no era lo que ocurría en
Aragón, donde el rey Alfonso V seguía protegiendo al ex-Papa,
encerrado en su castillo de Peñíscola, consciente de que todavía
podía ser un activo para él. Desde allí, por ejemplo, el 22 de
agosto de 1418 emitirá una bula en la que declaraba cismáticos a
todos los que apoyaren las decisiones de Constanza, y jactándose de
que tenía el control del clero aragonés y gran parte del
castellano.
lunes, junio 24, 2019
Pericles (9: las cosas no salen como se esperaba)
Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
En el año 454, la orgullosa flota ateniense se da de bruces con la
derrota. Bueno, más que con la derrota, con el desastre. Aunque sea
un tema que, como otros muchos, no esté del todo claro, existe la
posibilidad de que los atenienses perdiesen en aquella expedición la
totalidad de su flota de 200 barcos; lo que vendría a suponer
que en torno a 40.000 combatientes y marineros perdieron la vida o la
libertad.
miércoles, junio 19, 2019
El cisma (14: la cosa se pone violenta)
Sermones ya pasados
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
A Italia
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El
concilio de Constanza estaba en un impasse,
que sólo podía romper un movimiento táctico de la delegación
castellana. Éste acabó por producirse cuando los prelados españoles
desarrollaron algunos contenidos sobre las condiciones mínimas que,
en su opinión, debería tener la elección del nuevo Papa.
Aceptaron, en este sentido que, de forma totalmente excepcional,
dicha elección debería producirse con el concurso combinado de los
asistentes al concilio y del colegio de cardenales. Si se
garantizaba, pues, que los purpurados participarían de forma muy
principal en la elección, entonces se unirían al concilio.
lunes, junio 17, 2019
Pericles (8: Nunca abras dos frentes a la vez)
Ya hemos estado en:
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
No nos cabe ninguna duda de que, con el tiempo, Pericles logró ganarle la partida a Tucídides Melesiou, puesto que en el año 444 la asamblea ateniense votó su ostracismo de la ciudad durante diez años. La decisión fue clara por parte de los atenienses: cualquiera que quisiera gobernarlos desde entonces, debería partir de la base de que las decisiones relativas al pago de los miembros de jurados, así como la pasta gastada en obras públicas, eran intocables. Y hasta hoy; aunque, la verdad, hay que reconocer que los atenienses, precisamente los atenienses, han despertado recientemente, de forma bastante brusca, de su sueño de 2.500 años.
Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
No nos cabe ninguna duda de que, con el tiempo, Pericles logró ganarle la partida a Tucídides Melesiou, puesto que en el año 444 la asamblea ateniense votó su ostracismo de la ciudad durante diez años. La decisión fue clara por parte de los atenienses: cualquiera que quisiera gobernarlos desde entonces, debería partir de la base de que las decisiones relativas al pago de los miembros de jurados, así como la pasta gastada en obras públicas, eran intocables. Y hasta hoy; aunque, la verdad, hay que reconocer que los atenienses, precisamente los atenienses, han despertado recientemente, de forma bastante brusca, de su sueño de 2.500 años.
miércoles, junio 12, 2019
El cisma (13: los cardenales, a lo suyo)
Sermones ya pasados
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
A Italia
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El rey de Castilla pierde la paciencia
La vía conciliar se abre camino
Los preparativos de Constanza
Pedro de Luna pierde pie
El ambiente en que se celebró el concilio de Constanza no era el
mejor del mundo, para qué negarlo. La reunión estaba fuertemente
influida por Segismundo (porque la Iglesia va de espiritual y todo
eso; pero todos los grandes concilios de su Historia han estado
impulsados por el poder temporal, y en no pocos de ellos los
príncipes lo han mandado todo); pero, al mismo tiempo, la reunión
lo era, en una parte fundamental, del colegio de cardenales, que era
el gruppeto que había provocado el cisma con sus veleidades.
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