Una de las putadas clásicas de los exámenes de Historia es preguntar qué emperador romano le garantizó al cristianismo su prevalencia en el Imperio romano. El estudiante mediocre o poco atento, muy a menudo, suele caer en la trampa cual ratoncillo borracho, y escribir en su examen el nombre de Constantino el Grande. El alumno saldrá del examen contando esta pregunta como una de las “seguras”, de las de “por supuesto que la puse bien, mamá”; sin embargo, días más tarde descubrirá que la preguntita de marras no era sino una sutil tela de araña que había tejido el cabrón de su magister para pillarle. No, no fue Constantino; formalmente hablando, fue Teodosio en el edicto de Tesalónica.
miércoles, septiembre 12, 2018
lunes, septiembre 10, 2018
Un discurso republicano
Una vez terminada la serie de posts sobre Gabriel Ciscar, regente de España; y mientras termino de peinar la siguiente serie que os voy a presentar, dedicada al emperador Constantino, os dejo aquí el resultado de una de mis aficiones fiquis, que son los discursos políticos.
Aquí os traigo uno que tengo en versión, por así decirlo, original, puesto que lo que copiado directamente del Boletín Oficial de las Cortes de 1931, del que tengo una copia casi completa que encontré hace ya tiempo en el fondo de una caja del Rastro. Es el discurso de Niceto Alcalá-Zamora por el cual el político de Priego resignaba el gobierno de la II República frente a las Cortes Constituyentes.
Me apeteció copiaros este discurso, en primer lugar, porque creo que puede venirle bien a profes de Historia (que alguno hay por aquí), y también no profes, para demostrarle a sus alumnos, y también no alumnos, que hubo un momento en el que en el Parlamento español se habló, digamos, de otra manera. Ciertamente, hace ahora unos once años ya escribí en este blog que el mito de que en las Cortes de la República todo el mundo hablaba como Cicerón es en buena parte falso; pero con Alcalá-Zamora tiene un adarme de verdad. Alcalá era jurisconsulto, su tribuna preferida toda su vida fue la Academia de Jurisprudencia y, por lo tanto, como viejo litigante le daba bastante importancia a la labia. Era, además, persona de acendrada cultura, hasta el punto que en tiempos de la II República había gente que, en plan de coña, decía que cada vez que él hablaba, el Diccionario de la Real Academia se ponía cachondo.
También tiene cierto interés el discurso, creo yo, para tomarle la temperatura al segundo primer momento de la República. Digo esto de "segundo primer momento" porque, como es sabido, al verdadero primer momento de la II República, la manifa en la Puerta del Sol, el nuevo gobierno en el balcón, la gente cantando amigos para siempre means you'll always be my friend, no naino naino naino naino naino na..., le siguió un segundo primer momento ya no tan japi, con quemas de iglesias, los anarquistas montándola, la represión de los monárquicos, y aquella patulea.
Además, por cierto, ciertas cosas de este discurso, que verdaderamente se leerá como algo muy lejano incluso por personas valetudinarias, demostrarán que hay preocupaciones que son eternas, como la animadversión de la izquierda española (y eso que Alcalá-Zamora tenía de izquierda lo que Farruquito de ingeniero nuclear) hacia la posibilidad de ser mangoneada por el Ibex 35.
Aquí os traigo uno que tengo en versión, por así decirlo, original, puesto que lo que copiado directamente del Boletín Oficial de las Cortes de 1931, del que tengo una copia casi completa que encontré hace ya tiempo en el fondo de una caja del Rastro. Es el discurso de Niceto Alcalá-Zamora por el cual el político de Priego resignaba el gobierno de la II República frente a las Cortes Constituyentes.
Me apeteció copiaros este discurso, en primer lugar, porque creo que puede venirle bien a profes de Historia (que alguno hay por aquí), y también no profes, para demostrarle a sus alumnos, y también no alumnos, que hubo un momento en el que en el Parlamento español se habló, digamos, de otra manera. Ciertamente, hace ahora unos once años ya escribí en este blog que el mito de que en las Cortes de la República todo el mundo hablaba como Cicerón es en buena parte falso; pero con Alcalá-Zamora tiene un adarme de verdad. Alcalá era jurisconsulto, su tribuna preferida toda su vida fue la Academia de Jurisprudencia y, por lo tanto, como viejo litigante le daba bastante importancia a la labia. Era, además, persona de acendrada cultura, hasta el punto que en tiempos de la II República había gente que, en plan de coña, decía que cada vez que él hablaba, el Diccionario de la Real Academia se ponía cachondo.
También tiene cierto interés el discurso, creo yo, para tomarle la temperatura al segundo primer momento de la República. Digo esto de "segundo primer momento" porque, como es sabido, al verdadero primer momento de la II República, la manifa en la Puerta del Sol, el nuevo gobierno en el balcón, la gente cantando amigos para siempre means you'll always be my friend, no naino naino naino naino naino na..., le siguió un segundo primer momento ya no tan japi, con quemas de iglesias, los anarquistas montándola, la represión de los monárquicos, y aquella patulea.
Además, por cierto, ciertas cosas de este discurso, que verdaderamente se leerá como algo muy lejano incluso por personas valetudinarias, demostrarán que hay preocupaciones que son eternas, como la animadversión de la izquierda española (y eso que Alcalá-Zamora tenía de izquierda lo que Farruquito de ingeniero nuclear) hacia la posibilidad de ser mangoneada por el Ibex 35.
En fin, ahí va. He colocado en negritas las anotaciones no textuales del propio Boletín.
Madrid, 14 de julio de 1931.
Madrid, 14 de julio de 1931.
Señores diputados:
Anunciada espontánea y públicamente
por el gobierno la obligación de resignar sus poderes en fecha
próxima ante la majestad única y soberana de las Cortes
Constituyentes, ociosa por ello la exposición de un programa para lo
futuro; ansiada en nuestra alma la hora de rendiros cuentas de
nuestra gestión, hubo instantes en los que pasó por el espíritu
del que os habla la sugestión de no interrumpir con su discurso
aquel instante, aquel tránsito en que desde la Mesa de edad, desde
la ancianidad gloriosa y respetable y la juventud prometedora, polos
y enlace de las generaciones, se hubiera de pasar al primer acto de
soberano albedrío de la Cámara; a la elección de la Mesa en que se
reflejará la expresión del legítimo predominio y la concordia de
justas transacciones. Aparecía el acto tal y como yo me lo
imaginaba, con una grandeza sencilla que me atraía: el trabajo por
rumor en la seguridad como ambiente; la prisa por ritmo, la
impaciencia por impulso, la Constitución por objetivo, la certeza
plena de vuestros poderes sin límites; un ceremonial sobrio, de
solemnidad silenciosa, de emoción muda, en que se reflejara, pura y
escueta, la austeridad republicana. Y, sin embargo, para abandonar
esta idea tan atrayente, para venir a hablaros, precipitábanse en el
alma, como hoy se agolpan en los labios, múltiples emociones. El
recuerdo y la llamada de la Historia; la alegría que se desborda en
nuestro espíritu; la emoción con la cual tenemos que saludaros y,
como último e inesperado acontecimiento, aquella impresión
imborrable de la calle; el pueblo aclamando y fortaleciendo la
República, que es él mismo, dándonos la sensación de una pujanza
superior a cuanto fue nuestro ensueño y una recompensa infinitamente
más alta que todo lo que pudimos merecer y todo lo que pudimos
anhelar.
Aplausos
Si aquel primer
consejo lo hubiera seguido, hoy, lejos de este ambiente, mañana en
España misma se hubiera podido pensar que este gobierno de hombres
ilustres que tengo la honra inmensa de presidir, y el mismo humilde y
modesto que os habla, no habían tenido la sensibilidad bastante para
percibir el convencimiento, que me abruma, y la impresión, que me
anonada, de que en el día de hoy se escribe con un intenso subrayado
una página de la Historia. En el estrato histórico no hay hora
perdida, ni hay minuto que su sensibilidad fidelísima no recoja;
pero son unas horas, unos días, lugares de llanuras o accesos de
cuestas; son pocos los días que constituyen divisoria, y la fecha de
hoy es una alta, una suprema cima, una cresta de divisoria en la
Historia de España. Por un lado, todo el eco de nuestras luchas
civiles, todo el esfuerzo gigantesco y sin igual entre el tesón
democrático del pueblo y la obstinación incorregible de la
Dinastía; de otro, todo el horizonte que se abre con la promesa de
una paz, un porvenir y una justicia que España jamás pudo prever
como ahora.
Sería injusto que
la República española, al nacer, se circunscribiera sus deudas, se
limitara sus obligaciones de gratitud con los mártires que son sus
hermanos, si creyera que cuando se escriban en esas lápidas dos
nombres que están en la memoria de todos nosotros -que antes de
grabarlos en el mármol los llevamos grabados grabados en el alma,
con el recuerdo y la protesta contra la iniquidad superflua,
innecesaria y estéril que sumará dos mártires más en la cuenta de
la libertad española...
Aplausos
… la República
española, pagada esta deuda de justicia, todavía habría
empequeñecido lo noble y antiguo de su ascendencia. Es toda la
historia constitucional de España lo que evocamos hoy. La República
española no es sólo la hermana de los mártires de la tragedia
pirenaica; la República española es la nieta, la biznieta de Riego,
de Torrijos, de cuantos sufrieron la muerte luchando contra las
perfidias fernandinas. La República española, en su deuda de
gratitud, al surgir potente, segura, sin temor a desaparecer, sin
miedo a eclipses, tiene que pagar y paga, por la evocación que yo
hago, la deuda que conserva con todos ellos. Gratitud inmensa a
aquellos constituyentes ingenuos del 12 que, en medio de toda su
sencillez, sentaban el dogma de la soberanía nacional y ponían
límites a la potestad de la Corona; a aquellos constitucionales del
trienio que tenían que calificar de vesanía la maldad incurable del
rey que se negaba a defenderse, porque defenderse era mantener la
Constitución; aquellas Cortes del 55, en las cuales surgió ya la
idea republicana como la única fórmula de salvación ante la
reincidencia incorregible de la dinastía; a los constituyentes del
69, firmes en la defensa de la democracia, torpes en la esperanza de
que aún era posible la implantación de una monarquía extranjera; a
los republicanos del 73, que dejan para la segunda República dos
guías que hacen imposible la perdición. Allí, en la altitud del
espacio, luminarias de ideal y estelas de rectitud; y aquí, en los
fragores de la tierra, los senderos del peligro amojonados con todas
las amarguras de su dolorosa y abnegada exploración.
Muy bien. Aplausos.
Y si me permitís
en esta evocación de gratitud,. De hombre que no reniega de su
pasado, porque lo cree honrado y lícito, que lo recuerda antes de que
nadie lo surgiera; deuda de gratitud de la República española
incluso con aquellos hombres que, sin sentir jamás la apostasía de
la forma republicana, pero subordinándolo todo al ensueño de la
realidad democrática, ofrecieron a la Corona incorregible la última
esperanza en aquella obligación que, por recíproca condicional y
rescindible, era la fórmula en virtud de la cual los hombres que
amábamos la libertad dentro de la Monarquía pudimos abandonarla en
su traición, execrarla en su perjurio y hundirla en la sima a que le
llevaban las faltas a que voluntariamente se entregaba...
Muestras de aprobación
… pero aquella
vertiente del pasado que la divisoria de hoy nos descubre y nos
recuerda es lo que fue; gratitud inmensa; esperanza máxima al otro
valle, a la otra vertiente que desde la divisoria dominamos.
Para mí, señores
diputados, para el gobierno en su conjunto, la revolución triunfante
es la última de nuestras revoluciones políticas que cierra el
círculo de las otras; y la primera, que quisiéramos que fuera la
única, de las revoluciones sociales que abre paso a la justicia.
Grandes aplausos
Es decir, que
invocando ante el mundo una ley de compensación histórica, habiendo
sufrido más que nadie por la libertad política, habiendo luchado
por ella siglo y cuarto con una tenacidad de la que no hay ejemplo en
el mundo, habiendo derramado la sangre a torrentes como ningún
pueblo lo hiciera, habiendo redimido el nombre de la patria y de la
raza, porque después de la tenacidad en la lucha supimos dar el
ejemplo de paz y de revolución pacífica más maravilloso que la
Humanidad contemplara, la fórmula de compensación a que aspiramos
es que, si fuimos los que pagamos más cara la transformación
política, seamos los que obtengamos más fácil la transformación
social.
Posible es ello
porque antes la libertad era la rebelde. Le costó trabajo escalar el
Poder. Ahora, la libertad es la gobernante y no tiene el derecho ni
tiene el propósito de colocar una valla enfrente del dolor de los
oprimidos para poner un dique a las reivindicaciones de la justicia
social.
Aplausos.
Esta es la visión
de la historia de una vida que no la vivimos, pero de la cual somos
los herederos, y de la otra vida que no la viviremos, pero que
construye la esperanza del nuevo engrandecimiento de España.
¿Y la alegría
nuestra? ¡Ah, señores diputados! No la podéis comprender ni la
puede imaginar nadie que no haya compartido nuestras luchas y
asociado su existencia a la misma nuestra.
Los espíritus que
miden con el criterio del egoísmo creerán que el salto de la
zozobra a la alegría y la curva ascendente de la satisfacción se
mide desde la cárcel, el destierro o el refugio, hasta el Poder. No;
se mide desde el triunfo hasta el día de hoy, el más grande de
nuestra vida, el más soñado por nosotros, el anhelo de toda nuestra
existencia ministerial. De mí sé decir que haber llegado al 14 de
julio, venir al Congreso y dirigiros este saludo, es la cumbre que
jamás pude soñar, tras de la cual todas las aventuras de la tierra
me parecerán el descenso desde el honor máximo que la Providencia
me ha permitido gozar en esta vida.
Aplausos.
Es, señores, que
para residir en la prisión o en el extranjero bastaba la fe
inquebrantable que teníamos, nuestro sentido del deber y la energía
y la asistencia del pueblo español. Para llegar desde aquella
jornada gloriosa del 14 de abril a ésta de esplendor sin igual del
14 de julio, hacía falta un acierto que podía fallar y una suerte
que pudo ser adversa. Por fortuna, se venció; ante vosotros estamos,
señores diputados, con el ansia paradójica de que tras la jornada
de hoy, en que desaparece la plenitud ilimitada de nuestros poderes,
venga la de la Constitución en que acabe la integridad total de
nuestro mando. Es, señores, que en estas horas no se puede medir con
el criterio de la ambición, sino con el criterio del deber y con la
noción de responsabilidad. Por eso el gobierno os pide que os
acerquéis, no apresurada, pero sí rápidamente, con pausa y al
propio tiempo con impulso, al momento en que hayamos de resignar los
poderes. Mientras tanto, una de tantas facultades que por la amplitud
de su albedrío os abrumará: la convalidación o la repulsa de los
mandatos.
Fue norma de
gobierno que imponía la delicadeza antes de que la trazara su
estructura, abstenerse de toda presión electoral. Mas por esa misma
conducta, jamás superada y yo creo que nunca igualada, tenía el
sistema el inevitable contrapeso de permitir otras audacias, otras
imposiciones y otras ilegalidades.
Sed, señores,
severos en el examen de vuestras actas. Podéis serlo, porque la
fuerza de la República es tan grande que, por inexorable que fuese
vuestro rigor, de cada fallo de severidad vendría un brote de nueva
pujanza republicana. Podéis serlo; pero, además, debéis serlo,
porque la reputación moral de la República española es tan
incólume, está tan inmaculada que sobre ella se dibuja y la afea
cualquier mancha de concupiscencia o de flojera que haya en el
cumplimiento del deber. Sed severos, porque vais a ser jueces, no
sólo de nosotros, cuerpo de vuestra sangre y portavoz de vuestro
ideario. Tenéis que ser jueces o al menos acusadores para que en
España no se pierda la santa noción de la responsabilidad sin la
cual las leyes son nada y el pasado una audacia que puede volver.
Tenéis que ser jueces o acusadores de vuestros enemigos y para poder
serlo inexorables, sed severos con vuestros propios intereses.
Tal importancia
atribuyo a esto que parece cotidiano y modesto que, por primera vez y
bajo este aspecto, siento el dolor de lo que ha constituido mi
orgullo de no presentarme con medro electoral ante vosotros. Del
propósito me apartó el desinterés; de la sugestión me hizo
olvidar la delicadeza. Pero tal magnitud tiene la justicia electoral
de las Cortes que yo quisiera presentarme con alguna codicia
satisfecha y desmedida para ofrendarme, primero, a vuestra severidad,
a fin de que la justicia electoral de las Cortes Constituyentes sea
un modelo al que nada se pueda reprochar...
Muy bien
… y al término
de esa revisión de mandatos encontraréis al gobierno que va a
rendiros cuentas de su gestión. El detalle, entonces. La síntesis,
hoy.
El gobierno se
presenta ante vosotros con las manos limpias de sangre y de codicia.
Porque en la revolución fuimos tan abnegados, tan generosos con
nuestros enemigos, y en el poder hemos sido tan serenos en el
mantenimiento del orden, que la revolución española no tiene una
mancha de sangre que pueda imputarse a los hombres que la hicieron y
a los hombres que la han regido. Limpia de codicia, porque en pleno
goce de atribuciones de excepción, sin nadie que nos fiscalizara, al
revisar una obra de arbitrariedad, de agio y de daño, y al iniciar
otra de encauzamiento, ninguno de nuestros actos administrativos
despertó el recelo, apareció con sombras ni motivó la duda. Pero
los hombres que se presentan ante vosotros con las manos limpias no
las traen vacías porque, como ofrenda de esta sesión, os aportan
dos cosas: la República intacta y la soberanía plena.
¿Sabéis lo que
es la República intacta? Es la República segura, indiscutible,
afirmada, puesta a prueba, sin esperanza posible de restauración,
sin peligros que la perturben, sin desvío en la pausa y en el rumbo,
veloz, acelerado o tranquilo, que en el goce de su soberanía se
asigne.
La República
española no ha sido planta de estufa que no conoció la inclemencia
ni vio el ataque de los enemigos. Los recibió a ratos por la
derecha, preparados sórdida, callada, egoístamente, amenazando a la
Hacienda española, cuyos apuros creara la Dictadura, con tenacidad
de bloqueo, que a ratos era conato de asalto por un capital medroso
con el que daba a una burguesía asustada el ejemplo desmoralizador
del pánico. Y otras veces sintió esos ataques por la izquierda con
las impaciencias de extremismos que dejaron desfilar a la
arbitrariedad dictatorial como si fuera siempre en campo de llanura,
sin preocuparse del flanqueo, y acecharon como desfiladeros cada
garganta del dietario electoral que nuestro deber trazaba y nuestra
voluntad seguía. Sin embargo, señores, la República ha vencido, no
con igual fuerza, con su fuerza acrecentada; porque cada conato de
ataque, en su frustración, era confesión de impotencia y
reconocimiento de nuestra firmeza. Esta es la República que os
traemos.
Y la soberanía
plena. Dirá alguno: plena es toda soberanía de Cortes
Constituyentes. En el papel, sí; en la realidad, no. En la realidad,
soberanía más plena que la de este Parlamento no la conoció
ninguno.
Soberanía libre
de toda influencia tutelar extranjera. El Estado español renace, no
como Estado satélite, sino como Estado soberano que es dueño de sus
destinos; sin haber incubado el nido de la revolución fuera del
territorio de la Patria; permanece fiel a todas sus amistades, leal a
todos sus compromisos y tratados, consecuente en la orientación de
su política exterior. Pero por actos de autodeterminación, de
soberanía plena, sin que le impulse ningún compromiso de nacimiento
que mediatizara la independencia del Poder con injerencias de un
gobierno extraño.
Muy bien.
La República
española y vuestra soberanía nacen libres de otra influencia
mediatizadora, la más frecuente y más innoble: la mediatización
del capital usurario que acude a lo focos de conspiración brindando
un auxilio que representa la hipoteca económica del país, el
compromiso de su orientación financiera. Malditos sean semejantes
convenios, quizá preferibles en la forma de usura, al cabo santa en
cierto modo, porque es redentora en la limitación numérica del
compromiso. Mil veces más execrable cuando comprometen la integridad
de una renta, el trato de una industria, el goce de un monopolio, la
concesión de un favor ilimitado. Y la República española nace tan
libre y dueña de sus destinos económicos que a nadie debe nada ni
prometió nada, porque fueron tan honrados todos que, no necesitando
comprar a nadie no necesitó venderse nadie; y la generosidad de los
que colaboraban, con la modestia de los que otorgaron su concurso,
hicieron el prodigio de que la República española no tenga
empresario, banquero ni capitalista, sino que sea entera del país la
fortuna pública.
Muy bien. Grandes aplausos.
Libre, señores,
la soberanía de todo caudillaje militar, que fuera el amparo
indispensable, pero también la sombra amenazadora de todos los
conatos liberales de nuestra Historia. ¡Ah! El sabio extranjero que
quiera definir la política española por diccionario, tendrá ya que
innovar la llamada que decía: “Pronunciamiento: voz anticuada,
despectiva, militar y española, sin traducción posible”; y tendrá
que decir: “Pronunciamiento: voz moderna, civil, popular, de
comicio legal, republicana, típica de España, sin traducción
posible”.
Grandes y prolongados aplausos.
De suerte que,
entendedlo bien: con el Ejército español, hijo del pueblo y alma
del pueblo, la deuda histórica de gratitud, de herencia, que no
renunciamos; la deuda reciente, porque hubo el martirio bastante para
sellar la amistad, pero no ha sido necesario el concurso que
engendrara el peligro del predominio. En el Ejército, la República
tiene soldados seguros; si llega la hora, servidores leales, héroes
sin disputa. ¡Ah!, pero, protectores, innecesarios. Dominadores,
imposible. Rebeldes, inverosímiles.
Muy bien, muy bien. Los señores
diputados, puestos en pie, aplauden durante largo rato.
Por eso
precisamente, porque la supremacía no, la existencia única del
Poder civil está afirmada ya, sin llegar al momento en que se afirme
en la Constitución. Porque Ejército y pueblo en España no admiten
el distingo. Cuando termine estas palabras, con la venia de la Mesa,
con la protección de su alta autoridad, yo, en prueba de efusión,
de abrazo de la representación nacional con las instituciones
armadas, os invito a que desde la escalinata de este edificio
presenciéis el desfile del Ejército, que viene a rendir honores a
la única soberanía de la Nación.
Muy bien. Grandes aplausos.
Soberanía libre
de oligarquías políticas. Porque en el juego espontáneo,
tornadizo, voluble o constante de las fuerzas electorales, no existe
la simetría aritmética igualitaria de un cociente gubernativo entre
las facciones políticas, pero ninguna es capaz de imponer a la
Cámara el predominio de sus solas decisiones sin la voluntad de las
otras. Y, por último, soberanía libre del caudillaje político, a
veces más peligroso por ser más invisible y más astuto que el
caudillaje militar. Porque este gobierno, que ante vosotros aparece,
es todo él heterogéneo, fundido por una cordialidad sin igual, por
una concepción uniforme del espíritu del deber, pero incapaz de
producir un caudillo. Y fue, no sé si un acierto, una bondad o una
inspiración de la benevolencia de estos hombres insignes, cada uno
de ellos capaz de presidirme a mí, el que (para dar idea exacta del
Poder en la pirámide republicana, en que lo amplio y lo total es la
base, y la jefatura del Poder, que se asienta en el cruce de las
aristas, es lo más alto pero lo más invisible, casi imperceptible)
tuvieran la bondad, que me abrumará eternamente, de confiar la
dirección a uno de los hombres más humildes, a uno que muchas veces
se dice que la naturaleza pudo con él ser más pródiga y la
providencia más espléndida en otorgarle facultades; porque todas
las habría entregado al servicio de su país sin que, fuera cual
fuese la posición a que le exaltaran, sintiera la tentación del
poder personal, por parecerle la más absurda de las demencias y la
más infame de las vilezas.
Muy bien. Aplausos.
De suerte que esa
es la soberanía y esa la República que os entregamos. ¿Como halago
a vuestro albedrío lo he dicho? No: como recuerdo de vuestra
responsabilidad. Porque el fruto de nuestro trabajo es el capital del
establecimiento de la Cámara, y esas facilidades con que vais a
actuar son las que miden la posibilidad del acierto. Vais a ser
escultores de pueblos, ¡obra inmensa! Escultores de pueblos como
Costa los definía, y la escultura del pueblo español, que
esculpirle es labrarle una Constitución, tiene que buscar sus
derroteros, perdido el sentido de la continuidad histórica,
extinguida con esas dos figuras que el gobierno provisional no ha
confundido con los últimos titulares de una realeza a extinguir.
Desde esas figuras, la escultura del pueblo español se detiene, se
desvía, se aparta de su cauce. A las regiones, que en la guerra de
la Independencia, como ahora, afirman su voluntad de permanecer
juntas porque quieren su autonomía indestructible, pero dentro de su
efusión indisoluble, se las separa unas de otras con la soberbia de
los Habsburgos, que aporta el nieto de Maximiliano, y luego con la
centralización y la egolatría, que aporta el nieto de Luis XIV. Y,
sin embargo, fue tan grande la herencia de aquel primer periodo
escultural de España que todavía produce la aventura de su
hegemonía transitoria en Europa y de su influjo permanente en el
Nuevo Mundo.
Muy bien.
Vosotros tenéis
que rehacer, con rumbos nuevos, perdida la continuidad histórica,
roto el hilo de la tradición, la escultura constitucional de España.
Hacedlo, señores diputados. No olvidéis que la dificultad del
esfuerzo consiste en que en esas esculturas no se maneja arena
maleable ni barro que se preste al capricho del escultor: se talla
sobre roca que ahonda en el suelo, que se eleva a las cimas y vive el
transcurso de los siglos. Podéis, sí, con el martillo de la
soberanía, hundir picos, ahondar resquebrajaduras, quitar ruinas,
que caiga lo caduco o lo dañoso; para esculpir, con amplitud y con
precisión, los rasgos que se vean en todo el mundo de la traza que
deis a la constitución política de España.
Muy bien.
Deseamos vuestra
suerte más que la nuestra, vuestra gloria más que nuestra fortuna.
En épocas normales, en momentos tranquilos, cuando la Humanidad
siente el tirón de los bajos impulsos, las únicas emulaciones que
se conciben son las emulaciones de la codicia que, en su embriaguez
insaciable, siente la sed en el momento en que está harta; de la
ambición que, en su fantasía quimérica, sueña grandezas que no
existen por encima de las reales; de la envidia, la más baja de las
pasiones, que, siendo el reconocimiento de la superioridad ajena,
hace el castigo innecesario y la retorsión imposible. Pero en la
hora de los grandes momentos, cuando la conducta se rige por el
deber, hay una emulación más veloz, más competidora que ninguna, y
es la emulación de las abnegaciones. Tenemos, sin inmodestia, la
conciencia tranquila del deber cumplido y de la fortuna lograda, y
queremos que obscurezcáis nuestra obra con otra que perdure por
encima de ella. Y, así, van a ser mis últimas palabras, sin halago
porque seréis nuestros jueces, sin tristeza porque vayáis a ser
nuestros sucesores, sin altivez y sin abatimiento porque tenéis que
regir nuestra conducta con vuestras inspiraciones. Sed bien llegados.
Sentid el patriotismo por impulso. Tened el acierto en vuestros
designios y, como máxima recompensa, sed dignos de recibir la
gratitud de la Patria y de gozar la paz de la propia conciencia,
néctar y sentido exquisitos del orden moral que son el paladeo
anticipado del eco de la inmortalidad y del sabor de la gloria.
Grandes y prolongados aplausos.
miércoles, septiembre 05, 2018
Ciscar (y 12: game over)
Abajo y otra vez arriba
En junio de 1823, cuando Ciscar fue
nombrado miembro de la Regencia por segunda vez, las tropas del duque
de Angulema se encontraban ya avanzando en España como el cuchillo
caliente en la mantequilla, y las Cortes tenían muy claro que el rey
Fernando las estaba esperando y ambicionaba contactar con ellas. Por
ello, en un último gesto para salvar su régimen, declararon al rey
transitoriamente enajenado y designaron una regencia.
lunes, septiembre 03, 2018
El regente Ciscar (11: abajo y otra vez arriba)
Vamo' a hasé un sistema métrico
En París
España, contra el francés
En París
España, contra el francés
El 4 de mayo de 1814, Fernando VII
decretó el regreso de España a un régimen absolutista; regreso que
comportaría el arresto de la mayoría de los prohombres liberales
y, en ese mismo día, el decreto de nulidad sobre todos los
nombramientos realizados por la Regencia y las Cortes sin su expresa
aprobación; o sea, todos. El acto jurídico del 4 de mayo fue
clandestino; el rey todavía estaba en Valencia y, consecuentemente,
no las tenía aún todas consigo. La oportunidad, sin embargo, no
tardaría en llegarle.
miércoles, agosto 29, 2018
Isabel (31: De nuevo al ataque)
Atenta la compañía con:
Anthony Babington y María, reina de los escoceses
Juicio y ejecución
Esos tocapelotas llamados presbiterianosJuicio y ejecución
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Los disturbios de Towers Hill
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
Que vienen los españoles, otra vez.
Cádiz
Essex pasa al ataque
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
Que vienen los españoles, otra vez.
Cádiz
Essex pasa al ataque
Para Robert Deveraux, la verdad es que
la expedición a Cádiz, en su conjunto, había sido, si no un
fracaso, sí una mala idea. El problema es que, lógicamente, no pudo
participar en ella sin ausentarse de las islas, y eso dejó un
espacio importante a su gran oponente en el favor de la reina, Robert
Cecil, quien se quedó en casa. Cecil, un hombre más moderno en el
sentido lato de la palabra, ya no era uno de esos pares de la Corte
que basaban su predicamento ante el rey en su poder o capacidad
militar. Poco a poco, en los Estados europeos el señor feudal con
mesnadas a disposición era sustituido por eso que hemos terminado
por llamar un tecnócrata. Cecil, como su padre, era de esta clase, y
en la ausencia bélica de Essex no hizo otra cosa que maniobrar en su
contra a favor de sí mismo. Cuando lord Hundson se murió, Cecil
cantó bingo al conseguir el nombramiento de su suegro, lord Codham,
como lord Chamberlain.
martes, agosto 28, 2018
Lo de Franco
Todo este verano, conforme veía, leía o escuchaba las noticias en las que el debate sobre la tumba de Francisco Franco iba tomando momento, me decía a mí mismo que tendría cierta lógica que compartiera con mis lectores algunas notas sobre la materia. El tema, sin embargo, me daba bastante pereza; difícilmente se puede encontrar un debate más embarrado y con una mayor densidad de contertulios presentes que tienen dos o tres informaciones muy básicas para ir tirando. Finalmente, me decidí a escribir el post porque, la verdad, es un proceso que se me hace preocupante. Y supongo que seré capaz de escribir por qué.
Por delante, el concepto principal: personalmente, yo creo que el general Franco debería salir del Valle de los Caídos. No tengo muy claro adónde (ya volveré sobre eso), pero debería salir. Sin embargo, tener esta idea no me ayuda a evitar la desazón, porque mi desazón no tiene que ver con el qué, sino con el cómo.
Franco debería salir del Valle de los Caídos. Pero no así, y no sacado por quienes lo van a sacar. Aquí, para mí, está la clave del chirrido que se oye en la lontananza. Esta situación que estamos viviendo tiene, para mí, dos culpables, que se llaman José María Aznar y Mariano Rajoy Brey. Los gobernantes son gobernantes y tienen fuerza jurídica para gobernar; pero los gobernantes, además, tienen fuerza moral para gobernar; y ésta no todos los tienen, ni en la misma medida, ni sobre las mismas cosas. Pensad, por ejemplo, en la reconversión industrial de los años ochenta del siglo XX. Era necesaria, fue muy buena para recuperar la competitividad de la industria española, pero lo cierto es que envió a centenares de miles de obreros españoles al paro, y colapsó grandes pilastras de nuestro edificio industrial (y minero). Imaginemos que quien gana las elecciones en 1982 hubiera sido Manolo Fraga; ¿hubiera podido hacer aquella reconversión como la hizo Felipe González? Ni modo; y eso es porque FG, además de la capacidad jurídica de gobernar la reconversión, tenía también la capacidad moral. La capacidad de reunirse con los suyos y decirles: es lo que hay, compañero.
Con las mismas, a Franco debió sacarlo del Valle, o bien Aznar, o bien Rajoy. Vale que para cuando gobernó Aznar en España hablaban de Franco cuatro friquis, y para que Rajoy tomase una decisión así haría falta que lo dejásemos gobernar unos sesenta o setenta años ininterrumpidos. Pero a uno le debió faltar la inteligencia y a otro el coraje de, como se dice en espanglish, grabear al bul por los jorns. Y eso cabe anotarlo en su debe.
Si el proceso de salida de Franco lo hubiese abordado quien debía, también se podría haber hecho bien, mediante una negociación discreta con la familia, con la Iglesia yendo al Nespresso a por los cafés. Una negociación personal que le hubiese permitido a los Franco hacer lo que paradójicamente yo creo que hubieran preferido hacer. Hay bastantes testimonios, en la tortuosa historia de la enfermedad del dictador, de que al final de la situación la familia estaba hasta los pelos de que su padre, su marido, su abuelo, tuviera que ser un puñetero muerto de Estado. La última operación de Franco la decidió su yerno, el marqués, más que probablemente contra el deseo de la familia carnal, que quería que el general la diñase ya de una vez en paz. Hay, pues, ya de inicio, una corriente, absolutamente lógica, que reclamaba respeto para los sentimientos familiares. Una corriente que, tal vez, hubiera sido sensible a la posibilidad de un re-enterramiento discreto, sin taquígrafos; a una solución mucho más racional que convertir todo este tema en una charlotada.
Pero, claro, quien está impulsando la exhumación ni tiene esa fuerza moral, ni la quiere tener ni por supuesto, esto es lo importante, tiene interés alguno en que el proceso sea un proceso discreto. La exhumación de Franco se ha convertido en un elemento más de una estrategia cuyo objetivo es mejorar en las encuestas, y uno no mejora en las encuestas si no le cuenta a los encuestados lo que está haciendo.
Y bien: es un proceso absolutamente lícito. La política es así. Los políticos suelen decir, en su mayoría, que están en ello por voluntad de servicio al ciudadano y que la única cosa en la que piensan desde que por la mañana se arrancan los pelillos de la nariz en el espejo hasta que en la noche se ponen talco en sus conjunciones cutáneas conflictivas, es el bien común. Pero todos, absolutamente todos, mienten, siquiera parcialmente. El político no se diferencia mucho de, ejem, el propio general Franco (quien, por cierto, también decía que todo lo que le movía era el bienestar de los españoles) en que todo, absolutamente todo, lo que le importa, es obtener, conservar o recuperar el poder. Y si para eso tiene que desenterrar cadáveres o untarse de chocolate delante de un nido de avispas, lo hará. Y, como digo, no sólo es lícito, sino que quien se eche las manos a la cabeza, o es verdaderamente una persona muy naïf o estará, con perdón, mintiendo como un político.
Es, lo repito, un proceso legítimo: cada uno busca los hechos que cree que le van a bienquistar con los votantes, sobre todo con aquéllos que no lo son pero podrían serlo; esto es, de hecho, lo que más le interesa a un político inteligente de las encuestas: cuántos votantes hay que no me votan, pero podrían hacerlo con un pequeño empujón. El problema, sin embargo, es el de siempre. El asunto que el político medio nunca domina y que, de hecho, incluso suele desconocer: el principio de acción-reacción. O el efecto mariposa, si lo preferís. El hecho de dejar volar a una mariposa en Francia no es baladí; acaba provocando un terremoto en Colombia.
Esto es lo que, de hecho, me preocupa más de este proceso. En primer lugar, es un proceso que ha terminado de poner las cosas al revés. Estamos, de alguna manera, en un 56 inverso. El año 1956 es fundamental para la Historia de España por muchas cosas, pero entre ellas descolla la decisión del Partido Comunista de España de hacer público un manifiesto en el que viene a decir que abandona el objetivo de echar a Franco de España y que, a partir de entonces, entiende que en la guerra civil hubo cosas que se hicieron mal, y decide propugnar la superación de esa situación desde la reconciliación. En términos muy bastos, el manifiesto del 56 es una llamada de atención de los jóvenes a los viejos. Los hombres políticos más jóvenes, muchos de ellos ya no fogueados en la contienda, tienen una visión distinta de las cosas, y le dicen a los viejos que abandonen sus ilusiones vanas de acabar con el franquismo (porque es hecho comprobado que la inmensa mayoría de los exiliados de la guerra civil se marcharon convencidos de que Franco duraría dos o tres años lo más).
Ahora las cosas están al revés. Ahora no son los jóvenes los que le dicen a los viejos que abandonen el radicalismo; son los viejos los que se lo dicen a los jóvenes. Las personas que hicieron la Transición (porque la Transición la hicimos todos, yendo al cine a ver Siete días de enero y decidiendo no darnos de hostias con los guerrilleros de Cristo Rey que estaban esperando a la salida) hoy asisten desbordadas a la radicalización de unas personas mayoritariamente jóvenes que no es que no vivieran la guerra civil, es que ni siquiera vivieron la mentada Transición y algunos de ellos ni siquiera los fastos del 92. La juventud que en el 56 cumplió la labor de acallar la polémica, ahora la atiza. ¿Eso está bien? Habrá quien se sienta orgulloso de ese proceso; ¡la gente por fin despierta! Pero, una vez más, está el principio de acción-reacción.
No existe forma de conseguir que, cuando se pone en marcha un proceso en el que "la gente despierta", despierten sólo los que tú quieres ver levantados. La polémica sobre la exhumación de Franco ya nos dirá Tezanos cuántos votantes le ha dado al gobierno actual; pero lo que yo tengo por cierto es que está multiplicando el número de franquistas. Es un proceso muy sencillo que, paradójicamente, son quienes no lo pueden soportar quienes lo han trazado. La admiración por el general Franco es una dolencia que se cura fácilmente con datos. Pero, claro, llevamos cuarenta años propugnando en España la fabricación de sucesivas "generaciones mejor formadas de la Historia de España" que, en realidad, tienen dos o tres informaciones muy esquemáticas sobre todo, incluido el franquismo. La guerra civil española y su posguerra, además, tienen la característica, lo he dicho muchas veces, de que se ha escrito tanto sobre ellas que cualquiera que quiera sostener una idea puede encontrar bibliografía que la soporte. En suma: entre no lectores y lectores epidérmicos, el público susceptible de fabricar una conclusión apuntalándola con sus prejuicios es legión. Y cuando uno concluye cosas basándose en sus prejuicios (por ejemplo, el clásico de opinar justo lo contrario de lo que opina tu padre), la pelota puede caer en cualquier lado del tejado.
Hoy en día, además, es más fácil hacerse franquista, porque el poder constituido no quiere que lo hagas. Este es un argumento de gran fuerza si eres mínimamente influenciable y todo lo que tienes en el córtex es una difusa voluntad de rebeldía, de ir a la contra.
Imaginemos este escenario: ¿qué pasaría si algún terrateniente sin complejos le ofrece a la familia Franco el cementerio particular de su finca para enterrar al dictador y, a partir de ese momento, los partidarios y neopartidarios comenzaren a peregrinar allí para saludar la lápida brazo en alto? Lo que pasaría, supongo, es que el gobierno trataría de prohibir dicha práctica, supongo que argumentando que es contraria a la Ley de Memoria Histórica. Y los removedores de avisperos, encantados con la prohibición. Ninguna iglesia capta más adeptos que aquélla que está siendo perseguida por el emperador.
A mí no me gusta nada lo que estoy viendo porque aprecio que mi entorno (me refiero al entorno débil, no a mis íntimos, obviamente) ha cambiado de una forma radical y desde luego no positiva. En un pasado reciente, yo era el friqui que, en la tertulia improvisada con unas birras y unas patatas, pronunciaba nombres como Francisco Franco o Indalecio Prieto. La gente me miraba con cara conmiserativa, y no pocos, sobre todo los que me tenían confianza, se reían. Yo siempre he sido muy aficionado a buscar paralelismos en la Historia (por ejemplo, entre el actual procés y el generado en la República con cierta sentencia del Tribunal de Garantías sobre una ley catalana); pero cuando los trazo de viva voz, la gente me mira con ese fruncido de ceño del que piensa: pero, ¿qué dice éste?
Hoy en día, Franco es tema de conversación por parte de personas que, hasta hace unos meses, no parecían conocer a fondo nada más que la táctica preferida de su equipo de toda la vida. Esto, en sí, no es malo; pero cuando los argumentos, por llamarlos de alguna manera, se despliegan, es cuando te das cuenta de la vertiente tóxica del asunto. Lo realmente importante, por preocupante, del debate actual en torno al cadáver de Franco es que rompe la idea fundamental de la posguerra civil, que alimentó la Transición, de aceptar como axioma previo a toda la geometría histórica el hecho de que la guerra civil fue un proceso del que todos fueron culpables. Esta fue la clave de bóveda del manifiesto del Partido Comunista del 56; fue el catalizador sine qui non del llamado por el franquismo contubernio de Munich; y es, además, la verdad. Una verdad incómoda para quienes necesitan que su relato personal, o su estudio universitario directa o indirectamente subvencionado, cuente otra historia: la historia de un grupo muy reducido de plutócratas, obispos y cabrones que, contra la voluntad de una España que apoyaba en apretada falange (ejem) al Frente Popular, decidió, aun sabiendo que con ello destruía el futuro del país, dar un golpe de Estado. Lo que ya he denominado otras veces como la historiografía Ricitos de Oro versus Fascistéitor.
En los viñedos de la historiografía española, una historiografía que demuestra a las claras que si malo es que la Historia la escriban los ganadores no mucho mejor es que la escriban los perdedores, hay un problema. Un problema que se resume con una sola pregunta: si el golpe de Estado del 18 de julio del 36 fue un fracaso, en algunos casos incluso una chapuza, ¿cómo es posible que triunfase? Pregunta que tiene otra íntimamente ligada, que es: ¿cómo es posible que Franco durase cuarenta años? Muchas de las cosas que se están haciendo en el año 2018 tienen como objetivo orillar esta pregunta; una pregunta que, por cierto, muchos de los viejos socialistas, republicanos, anarquistas y comunistas de la guerra no regatearon, y para la que tenían respuesta. Para poder gestionar adecuadamente este problema, es necesario destacar que el franquismo es un genocidio (la idea es: los españoles no aceptaron a Franco; lo sufrieron como los judíos sufrieron el nacionalsocialismo); un concepto que, si bien tiene elementos de soporte, no está del todo claro (cuando menos, para mí). Esta es la idea que hace pandán con la exhumación; no, de nuevo, con la exhumación en sí, sino cómo se ha planteado.
Yo ya sé que considerar la Transición, y sus supuestos filosóficos básicos, como una ideología ajada e incluso tóxica para España, está muy de moda. Pero el problema, tal y como yo lo veo, es que en el momento en que se rompe su lógica interna; en el momento, muy particularmente, en el que se rompe el concepto de que el juicio de la Historia sobre la guerra civil no deja ni un solo imputado libre, se abre un tubo que tiene dos extremos, y no es posible abrir uno y cerrar el otro.
En suma: la principal ventaja que aporta, al mundo de cuatro décadas después, la Transición española, es que cauteriza la herida por la que podría supurar el fascismo. El fascismo de verdad, no el que se maneja en discusiones en Twitter o en tantas y tantas valoraciones que han provocado que el término se desvalorice. El fascismo que hoy es muy presente en Europa, incluyendo al país que supusimos eternamente vacunado contra él. Pero, por el carrilito que vamos, lo mismo el tiempo verbal habrá de cambiar del presente de indicativo al pretérito imperfecto.
Y, si tengo razón, nos vamos a hacer, literalmente, un pan con unas tortas. Y no precisamente de harina.
Por delante, el concepto principal: personalmente, yo creo que el general Franco debería salir del Valle de los Caídos. No tengo muy claro adónde (ya volveré sobre eso), pero debería salir. Sin embargo, tener esta idea no me ayuda a evitar la desazón, porque mi desazón no tiene que ver con el qué, sino con el cómo.
Franco debería salir del Valle de los Caídos. Pero no así, y no sacado por quienes lo van a sacar. Aquí, para mí, está la clave del chirrido que se oye en la lontananza. Esta situación que estamos viviendo tiene, para mí, dos culpables, que se llaman José María Aznar y Mariano Rajoy Brey. Los gobernantes son gobernantes y tienen fuerza jurídica para gobernar; pero los gobernantes, además, tienen fuerza moral para gobernar; y ésta no todos los tienen, ni en la misma medida, ni sobre las mismas cosas. Pensad, por ejemplo, en la reconversión industrial de los años ochenta del siglo XX. Era necesaria, fue muy buena para recuperar la competitividad de la industria española, pero lo cierto es que envió a centenares de miles de obreros españoles al paro, y colapsó grandes pilastras de nuestro edificio industrial (y minero). Imaginemos que quien gana las elecciones en 1982 hubiera sido Manolo Fraga; ¿hubiera podido hacer aquella reconversión como la hizo Felipe González? Ni modo; y eso es porque FG, además de la capacidad jurídica de gobernar la reconversión, tenía también la capacidad moral. La capacidad de reunirse con los suyos y decirles: es lo que hay, compañero.
Con las mismas, a Franco debió sacarlo del Valle, o bien Aznar, o bien Rajoy. Vale que para cuando gobernó Aznar en España hablaban de Franco cuatro friquis, y para que Rajoy tomase una decisión así haría falta que lo dejásemos gobernar unos sesenta o setenta años ininterrumpidos. Pero a uno le debió faltar la inteligencia y a otro el coraje de, como se dice en espanglish, grabear al bul por los jorns. Y eso cabe anotarlo en su debe.
Si el proceso de salida de Franco lo hubiese abordado quien debía, también se podría haber hecho bien, mediante una negociación discreta con la familia, con la Iglesia yendo al Nespresso a por los cafés. Una negociación personal que le hubiese permitido a los Franco hacer lo que paradójicamente yo creo que hubieran preferido hacer. Hay bastantes testimonios, en la tortuosa historia de la enfermedad del dictador, de que al final de la situación la familia estaba hasta los pelos de que su padre, su marido, su abuelo, tuviera que ser un puñetero muerto de Estado. La última operación de Franco la decidió su yerno, el marqués, más que probablemente contra el deseo de la familia carnal, que quería que el general la diñase ya de una vez en paz. Hay, pues, ya de inicio, una corriente, absolutamente lógica, que reclamaba respeto para los sentimientos familiares. Una corriente que, tal vez, hubiera sido sensible a la posibilidad de un re-enterramiento discreto, sin taquígrafos; a una solución mucho más racional que convertir todo este tema en una charlotada.
Pero, claro, quien está impulsando la exhumación ni tiene esa fuerza moral, ni la quiere tener ni por supuesto, esto es lo importante, tiene interés alguno en que el proceso sea un proceso discreto. La exhumación de Franco se ha convertido en un elemento más de una estrategia cuyo objetivo es mejorar en las encuestas, y uno no mejora en las encuestas si no le cuenta a los encuestados lo que está haciendo.
Y bien: es un proceso absolutamente lícito. La política es así. Los políticos suelen decir, en su mayoría, que están en ello por voluntad de servicio al ciudadano y que la única cosa en la que piensan desde que por la mañana se arrancan los pelillos de la nariz en el espejo hasta que en la noche se ponen talco en sus conjunciones cutáneas conflictivas, es el bien común. Pero todos, absolutamente todos, mienten, siquiera parcialmente. El político no se diferencia mucho de, ejem, el propio general Franco (quien, por cierto, también decía que todo lo que le movía era el bienestar de los españoles) en que todo, absolutamente todo, lo que le importa, es obtener, conservar o recuperar el poder. Y si para eso tiene que desenterrar cadáveres o untarse de chocolate delante de un nido de avispas, lo hará. Y, como digo, no sólo es lícito, sino que quien se eche las manos a la cabeza, o es verdaderamente una persona muy naïf o estará, con perdón, mintiendo como un político.
Es, lo repito, un proceso legítimo: cada uno busca los hechos que cree que le van a bienquistar con los votantes, sobre todo con aquéllos que no lo son pero podrían serlo; esto es, de hecho, lo que más le interesa a un político inteligente de las encuestas: cuántos votantes hay que no me votan, pero podrían hacerlo con un pequeño empujón. El problema, sin embargo, es el de siempre. El asunto que el político medio nunca domina y que, de hecho, incluso suele desconocer: el principio de acción-reacción. O el efecto mariposa, si lo preferís. El hecho de dejar volar a una mariposa en Francia no es baladí; acaba provocando un terremoto en Colombia.
Esto es lo que, de hecho, me preocupa más de este proceso. En primer lugar, es un proceso que ha terminado de poner las cosas al revés. Estamos, de alguna manera, en un 56 inverso. El año 1956 es fundamental para la Historia de España por muchas cosas, pero entre ellas descolla la decisión del Partido Comunista de España de hacer público un manifiesto en el que viene a decir que abandona el objetivo de echar a Franco de España y que, a partir de entonces, entiende que en la guerra civil hubo cosas que se hicieron mal, y decide propugnar la superación de esa situación desde la reconciliación. En términos muy bastos, el manifiesto del 56 es una llamada de atención de los jóvenes a los viejos. Los hombres políticos más jóvenes, muchos de ellos ya no fogueados en la contienda, tienen una visión distinta de las cosas, y le dicen a los viejos que abandonen sus ilusiones vanas de acabar con el franquismo (porque es hecho comprobado que la inmensa mayoría de los exiliados de la guerra civil se marcharon convencidos de que Franco duraría dos o tres años lo más).
Ahora las cosas están al revés. Ahora no son los jóvenes los que le dicen a los viejos que abandonen el radicalismo; son los viejos los que se lo dicen a los jóvenes. Las personas que hicieron la Transición (porque la Transición la hicimos todos, yendo al cine a ver Siete días de enero y decidiendo no darnos de hostias con los guerrilleros de Cristo Rey que estaban esperando a la salida) hoy asisten desbordadas a la radicalización de unas personas mayoritariamente jóvenes que no es que no vivieran la guerra civil, es que ni siquiera vivieron la mentada Transición y algunos de ellos ni siquiera los fastos del 92. La juventud que en el 56 cumplió la labor de acallar la polémica, ahora la atiza. ¿Eso está bien? Habrá quien se sienta orgulloso de ese proceso; ¡la gente por fin despierta! Pero, una vez más, está el principio de acción-reacción.
No existe forma de conseguir que, cuando se pone en marcha un proceso en el que "la gente despierta", despierten sólo los que tú quieres ver levantados. La polémica sobre la exhumación de Franco ya nos dirá Tezanos cuántos votantes le ha dado al gobierno actual; pero lo que yo tengo por cierto es que está multiplicando el número de franquistas. Es un proceso muy sencillo que, paradójicamente, son quienes no lo pueden soportar quienes lo han trazado. La admiración por el general Franco es una dolencia que se cura fácilmente con datos. Pero, claro, llevamos cuarenta años propugnando en España la fabricación de sucesivas "generaciones mejor formadas de la Historia de España" que, en realidad, tienen dos o tres informaciones muy esquemáticas sobre todo, incluido el franquismo. La guerra civil española y su posguerra, además, tienen la característica, lo he dicho muchas veces, de que se ha escrito tanto sobre ellas que cualquiera que quiera sostener una idea puede encontrar bibliografía que la soporte. En suma: entre no lectores y lectores epidérmicos, el público susceptible de fabricar una conclusión apuntalándola con sus prejuicios es legión. Y cuando uno concluye cosas basándose en sus prejuicios (por ejemplo, el clásico de opinar justo lo contrario de lo que opina tu padre), la pelota puede caer en cualquier lado del tejado.
Hoy en día, además, es más fácil hacerse franquista, porque el poder constituido no quiere que lo hagas. Este es un argumento de gran fuerza si eres mínimamente influenciable y todo lo que tienes en el córtex es una difusa voluntad de rebeldía, de ir a la contra.
Imaginemos este escenario: ¿qué pasaría si algún terrateniente sin complejos le ofrece a la familia Franco el cementerio particular de su finca para enterrar al dictador y, a partir de ese momento, los partidarios y neopartidarios comenzaren a peregrinar allí para saludar la lápida brazo en alto? Lo que pasaría, supongo, es que el gobierno trataría de prohibir dicha práctica, supongo que argumentando que es contraria a la Ley de Memoria Histórica. Y los removedores de avisperos, encantados con la prohibición. Ninguna iglesia capta más adeptos que aquélla que está siendo perseguida por el emperador.
A mí no me gusta nada lo que estoy viendo porque aprecio que mi entorno (me refiero al entorno débil, no a mis íntimos, obviamente) ha cambiado de una forma radical y desde luego no positiva. En un pasado reciente, yo era el friqui que, en la tertulia improvisada con unas birras y unas patatas, pronunciaba nombres como Francisco Franco o Indalecio Prieto. La gente me miraba con cara conmiserativa, y no pocos, sobre todo los que me tenían confianza, se reían. Yo siempre he sido muy aficionado a buscar paralelismos en la Historia (por ejemplo, entre el actual procés y el generado en la República con cierta sentencia del Tribunal de Garantías sobre una ley catalana); pero cuando los trazo de viva voz, la gente me mira con ese fruncido de ceño del que piensa: pero, ¿qué dice éste?
Hoy en día, Franco es tema de conversación por parte de personas que, hasta hace unos meses, no parecían conocer a fondo nada más que la táctica preferida de su equipo de toda la vida. Esto, en sí, no es malo; pero cuando los argumentos, por llamarlos de alguna manera, se despliegan, es cuando te das cuenta de la vertiente tóxica del asunto. Lo realmente importante, por preocupante, del debate actual en torno al cadáver de Franco es que rompe la idea fundamental de la posguerra civil, que alimentó la Transición, de aceptar como axioma previo a toda la geometría histórica el hecho de que la guerra civil fue un proceso del que todos fueron culpables. Esta fue la clave de bóveda del manifiesto del Partido Comunista del 56; fue el catalizador sine qui non del llamado por el franquismo contubernio de Munich; y es, además, la verdad. Una verdad incómoda para quienes necesitan que su relato personal, o su estudio universitario directa o indirectamente subvencionado, cuente otra historia: la historia de un grupo muy reducido de plutócratas, obispos y cabrones que, contra la voluntad de una España que apoyaba en apretada falange (ejem) al Frente Popular, decidió, aun sabiendo que con ello destruía el futuro del país, dar un golpe de Estado. Lo que ya he denominado otras veces como la historiografía Ricitos de Oro versus Fascistéitor.
En los viñedos de la historiografía española, una historiografía que demuestra a las claras que si malo es que la Historia la escriban los ganadores no mucho mejor es que la escriban los perdedores, hay un problema. Un problema que se resume con una sola pregunta: si el golpe de Estado del 18 de julio del 36 fue un fracaso, en algunos casos incluso una chapuza, ¿cómo es posible que triunfase? Pregunta que tiene otra íntimamente ligada, que es: ¿cómo es posible que Franco durase cuarenta años? Muchas de las cosas que se están haciendo en el año 2018 tienen como objetivo orillar esta pregunta; una pregunta que, por cierto, muchos de los viejos socialistas, republicanos, anarquistas y comunistas de la guerra no regatearon, y para la que tenían respuesta. Para poder gestionar adecuadamente este problema, es necesario destacar que el franquismo es un genocidio (la idea es: los españoles no aceptaron a Franco; lo sufrieron como los judíos sufrieron el nacionalsocialismo); un concepto que, si bien tiene elementos de soporte, no está del todo claro (cuando menos, para mí). Esta es la idea que hace pandán con la exhumación; no, de nuevo, con la exhumación en sí, sino cómo se ha planteado.
Yo ya sé que considerar la Transición, y sus supuestos filosóficos básicos, como una ideología ajada e incluso tóxica para España, está muy de moda. Pero el problema, tal y como yo lo veo, es que en el momento en que se rompe su lógica interna; en el momento, muy particularmente, en el que se rompe el concepto de que el juicio de la Historia sobre la guerra civil no deja ni un solo imputado libre, se abre un tubo que tiene dos extremos, y no es posible abrir uno y cerrar el otro.
En suma: la principal ventaja que aporta, al mundo de cuatro décadas después, la Transición española, es que cauteriza la herida por la que podría supurar el fascismo. El fascismo de verdad, no el que se maneja en discusiones en Twitter o en tantas y tantas valoraciones que han provocado que el término se desvalorice. El fascismo que hoy es muy presente en Europa, incluyendo al país que supusimos eternamente vacunado contra él. Pero, por el carrilito que vamos, lo mismo el tiempo verbal habrá de cambiar del presente de indicativo al pretérito imperfecto.
Y, si tengo razón, nos vamos a hacer, literalmente, un pan con unas tortas. Y no precisamente de harina.
lunes, agosto 27, 2018
El regente Ciscar (10: la involución)
Comenzando en año 1814, en todo caso,
las cosas tienen otra pinta. En ese momento, quien teórica o
formalmente se está imponiendo es la Regencia, que ha dejado ya
meridianamente claro que no respetará los actos del rey mientras
éste no respete recíprocamente la labor legal y constitucional que
se ha realizado en España durante su ausencia. Pero las primeras
semanas del año también fueron el teatro del despliegue de la
estrategia diseñada en Valençay, donde rápidamente el objetivo de
firmar el tratado con Napoleón se olvidó y se pasó, directamente,
a diseñar una conspiración, o más bien deberíamos decir una serie
de conspiraciones encadenadas.
martes, agosto 21, 2018
A ver, Francisco...
A ver, Francisco...
Está bien que le escribas una carta a toda tu grey y que en esa carta digas que estás contrito en modo Dios (nunca mejor dicho) por las apretadas falanges de porculeros que has criado en tu seno y lo poco que has hecho para controlarlos e impedir sus desmanes. Pero eso, tú lo sabes, no es nada. Hay tres cosas que podrías hacer y que me da a mí que no vas a hacer.
Está bien que le escribas una carta a toda tu grey y que en esa carta digas que estás contrito en modo Dios (nunca mejor dicho) por las apretadas falanges de porculeros que has criado en tu seno y lo poco que has hecho para controlarlos e impedir sus desmanes. Pero eso, tú lo sabes, no es nada. Hay tres cosas que podrías hacer y que me da a mí que no vas a hacer.
miércoles, julio 25, 2018
Isabel (30: Essex pasa al ataque)
Atenta la compañía con:
Anthony Babington y María, reina de los escoceses
Juicio y ejecución
Esos tocapelotas llamados presbiterianosJuicio y ejecución
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Los disturbios de Towers Hill
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
Que vienen los españoles, otra vez.
Cádiz
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
Que vienen los españoles, otra vez.
Cádiz
El principal objetivo de Devereaux en Londres era trabajar en contra
del resto del Consejo de Guerra o estado mayor de la expedición, y
muy especialmente Ralegh. Como ya hemos contado, fue el experimentado
marino el que le puso la proa (nunca mejor dicho) al proyecto de
Essex de pasar por Azores para interceptar un convoy mercante
español. Y lo cierto es que el conde tenía razón: los barcos
pasaron por las Azores, llevaban una carga muy parecida a la que
habían vaticinado los espías. Y lo hicieron dos días antes de que
pasaran los ingleses a causa de las dudas y retrasos provocadas por
las tribulaciones de Ralegh. Así pues, en este tema, Essex remaba a
favor de corriente, porque la reina tenía un cabreo del cuarenta y
dos, como siempre que un inglés pierde la oportunidad de quedarse elegantemente con algo que no es suyo.
lunes, julio 23, 2018
El regente Ciscar (9: el primer enfrentamiento)
Como es bien sabido, el periodo de
negociaciones entre Napoleón, a través de La Forest, y Fernando
VII, fue en buena parte un duelo de trileros. El emperador francés
tenía prisa por cerrar el problema español, puesto que los tenía
mucho más acuciantes. Fernando, sin embargo, a pesar de que tenía
una información muy fragmentada, y normalmente de parte, sobre la
evolución de los hechos en España, era consciente de que debía
gestionar cambios importantes en el entorno desde el momento en que
la familia real se había marchado del país. Consecuente con lo que
sabía que había pasado, contestó a Napoleón que él no podía por
sí solo pactar con él, puesto que tenía que contar con la Regencia
para cualquier decisión.
jueves, julio 19, 2018
El regente Ciscar (8: maniobras orquestales en la oscuridad de Valençay)
En este color también tenemos:
Como es bien sabido, a finales de 1813,
que es más o menos el momento en el que se comienza a vislumbrar con
claridad la posibilidad de ganarle la guerra al francés, todo ha
cambiado en España. La labor de la Regencia y de las Cortes de Cádiz
ha supuesto la puesta en marcha de una serie de medidas liberales que
han cambiado completamente la faz del país. Muy notablemente, se ha
puesto en marcha una administración del Estado basada en órganos
constitucionales que en nada se parece a la forma que tenía España
de organizarse con el Antiguo Régimen. A ello hay que añadir que en
la zona ocupada el propio José Bonaparte también había aplicado
políticas muy parecidas, por lo que se puede decir que toda España
había tenido la ocasión de acostumbrarse a la nuevas formas. Como
medida de gran importancia, yo citaría la tomada en materia de
comercio y actividades económicas. El planteamiento liberal había
servido para introducir la libertad de acción, apartando
progresivamente los esquemas gremiales rígidos del pasado; ya, muy
posteriormente, los gremialistas inventarían la socialdemocracia y
su consabida combinación de subvención/impuesto, para volver a
matizar eso; pero para eso quedaba todavía mucho tiempo.
lunes, julio 16, 2018
El regente Ciscar (7: y regente de nuevo)
En este color también tenemos:
La discusión en torno a las
pretensiones inglesas no sirvió sino para ahondar las diferencias
entre la Regencia y las Cortes, lo cual quiere decir que la
convicción dentro de éstas sobre la necesidad de neutralizar
aquélla se hicieron cada vez más fuertes. El ambiente de la opinión
pública gaditana operaba claramente como caja de resonancia para
este fenómeno, con una actitud anti-Regencia cada vez más acusada.
En julio de 1811, esta situación se acrisoló mediante una serie de
rumores muy fuertes en el sentido de que la Regencia proyectaba
disolver las Cortes, rumores de los que se hicieron eco varios
diputados en sede parlamentaria. El 17 de aquel mes, el gesto de
Císcar de presentar su carta de dimisión hizo pensar en una
rebelión en toda la regla.
miércoles, julio 11, 2018
Isabel (29: Cádiz)
Atenta la compañía con:
Anthony Babington y María, reina de los escoceses
Juicio y ejecución
Esos tocapelotas llamados presbiterianosJuicio y ejecución
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Los disturbios de Towers Hill
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
Que vienen los españoles, otra vez.
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
Que vienen los españoles, otra vez.
La última expedición de Drake no podía ser considerada como otra
cosa diferente de un fracaso sin paliativos. Inglaterra había
perdido a dos de sus mejores marinos y, además, todos aquéllos que
habían arriesgado pasta en la operación, la primera de ellos la
reina, la habían palmado en su mayor parte.
lunes, julio 09, 2018
El regente Ciscar (6: regente, y puteado)
En este color también tenemos:
Gabriel Ciscar fue, efectivamente,
nombrado como miembro de la Regencia de España el 28 de octubre de
1810. Esta vez no fue nombrado como cuando le designaron ministro de
Marina, es decir con un cargo más cara a la galería que otra cosa;
de él se esperaba, esta vez, que ejerciese sus funciones, porque la
Regencia era el gobierno supremo de España en ausencia de la real
familia. Así pues dos semanas después, el 11 de noviembre, Ciscar
resigna el mando, o más bien deberíamos decir sus mandos, en
Cartagena, y lo hace, además, en manos de un marinero de sonoros nombre y apellido:
Marcelo Spínola. Se establece en las afueras de la ciudad como
necesaria cuarentena a causa de la epidemia de fiebre amarilla que
hay en la ciudad y, por fin, el 20 de diciembre se sube a una
corbeta, de nombre La Paloma,
para poner proa a Cádiz. Llegó el último día del año y juró su
cargo el 4 de enero.
miércoles, julio 04, 2018
El regente Ciscar (5: la Junta Militar)
En este color también tenemos:
Dado que en este blog ya hemos dado
cabida a las tribulaciones del militar escocés sir John Moore en su
desgraciado paso por España, hay algunas cosas que ahora deberíamos
decir pero ya la hemos dicho. De frente y por derecho: el movimiento
insurreccional español, desde el punto de vista militar, era una
mierda. El alto mando estaba formado por personas que en algunos
casos tenían una dudosa fidelidad a la causa, en otros casos estaban
seriamente enfrentados entre ellos y, en todo caso, hasta el propio
concepto de “alto mando” era algo un tanto inventado.
lunes, julio 02, 2018
El caso Grimaldos (o crimen de Cuenca)
Estamos en la tarde calurosa del 21 de agosto de 1910. En las trochas de Veguilla, en el municipio conquense de Osa de la Vega. Un hombre está pastoreando las ovejas de una finca. Se llama José María Grimaldos. En medio de su labor, de natural esforzada y silenciosa, ve aparecer detrás de una trocha a León Sánchez. Sánchez es el mayoral de la finca de Veguilla y amigo personal de Grimaldos. Dado que el pastor suele estar siempre más o menos en los mismos lugares, Sánchez está acostumbrado a buscarlo cuando quiere compañía, compartir con él algo de picadura y de conversación.
miércoles, junio 27, 2018
El regente Ciscar (4: España, contra el francés)
En este color también tenemos:
En 1808, cuando toda España se sacudió
como por una corriente eléctrica cuando fue sabiendo de las
abdicaciones de Bayona, Gabriel Ciscar podía decir que era un
prohombre consolidado del régimen. Era comandante general de la
artillería de Marina, lo cual quiere decir que tenía mando sobre
todas las instalaciones y hombres dedicados a dicha actividad en toda
España; y, además estaba al mando de la compañía de guardias
marinas de la ciudad murciana. Condecorado con la cruz pensionada de
la orden de Carlos III, no se podía decir, desde luego, que fuese un
mindundi cualquiera; en Cartagena poca gente se podía considerar más
principal que él.
lunes, junio 25, 2018
El regente Ciscar (3: en París)
En este color también tenemos:
Ufano se encontraba Gabriel con su nuevo nombramiento, pero pronto hubo de probar en sus carnes ese mal tan español que nos dice que una cosa es que te nombren algo, y otra diferente que ejerzas ese nombramiento. La encomienda concreta, en efecto, se hacía de rogar. La alta política se metió por medio. Como es bien sabido, por aquel entonces un grupo de ilustrados del que formaban parte Cabarrús y Jovellanos consiguieron descabalgar a Godoy de la secretaría de Estado. En el fondo de aquel movimiento se encontraba la indecisión en los escalones elevados del poder sobre si consolidar una alianza con Francia o, todo lo contrario, alejarse de la gran potencia continental del momento. El tema llegó a estar tan enfrentado que el propio Ciscar, en sus cartas, llega a dudar que que nunca pueda realizar la comisión parisina.
Ufano se encontraba Gabriel con su nuevo nombramiento, pero pronto hubo de probar en sus carnes ese mal tan español que nos dice que una cosa es que te nombren algo, y otra diferente que ejerzas ese nombramiento. La encomienda concreta, en efecto, se hacía de rogar. La alta política se metió por medio. Como es bien sabido, por aquel entonces un grupo de ilustrados del que formaban parte Cabarrús y Jovellanos consiguieron descabalgar a Godoy de la secretaría de Estado. En el fondo de aquel movimiento se encontraba la indecisión en los escalones elevados del poder sobre si consolidar una alianza con Francia o, todo lo contrario, alejarse de la gran potencia continental del momento. El tema llegó a estar tan enfrentado que el propio Ciscar, en sus cartas, llega a dudar que que nunca pueda realizar la comisión parisina.
miércoles, junio 20, 2018
Isabel (28: Que vienen los españoles, otra vez)
Atenta la compañía con:
Anthony Babington y María, reina de los escoceses
Juicio y ejecución
Esos tocapelotas llamados presbiterianosJuicio y ejecución
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Los disturbios de Towers Hill
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
Felipe II, rey de Inglaterra
El libelo de Parsons tuvo el efecto de un mazazo en el Londres
isabelino. Suponía poner negro sobre blanco una cuestión que la
reina de Inglaterra siempre había querido considerar únicamente
suya y por lo tanto ajena al escrutinio de la opinión pública. De
hecho, en el estricto entorno donde tenía total poder, que era su
propio palacio, Isabel decretó en su día un cierre a cal y canto,
tras el cual fuerzas especiales de policía buscaron en cada rincón
todas y cada una de las copias del folleto que había dentro.
lunes, junio 18, 2018
Isabel (27: Felipe II, rey de Inglaterra)
Atenta la compañía con:
Anthony Babington y María, reina de los escoceses
Juicio y ejecución
Esos tocapelotas llamados presbiterianosJuicio y ejecución
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Los disturbios de Towers Hill
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
El affaire Throckmorton
El Dorado
El caso López
Continúa el caso López
Una segunda ejecución a hurtadillas
El puto niño
La reina Ana, a pesar de que no existe duda de que pensó, como pensó
todo el mundo, que los regalos que llegaron de Londres para su
vástago eran una mierda, le escribió la típica carta diplomática
a Isabel en la que se deshacía en halagos hacia aquel gesto de
indiferencia, pero se tomaba cumplida venganza recordándole que ese
hijo del que ahora pasaba la vieja portaba el destino de sucederla.
Para dejar las cosas claras, los reyes escoceses ya se ocuparon de
que el obispo de Aberdeen, que ofició el bautismo del queco, se
embarcase en una larga retahíla de disquisiciones históricas sobre
los muchos vínculos que unían a Jacobo con los reyes de
Inglaterra. Un poema de celebración publicado en Edimburgo, sin
duda con la aprobación expresa de Jacobo, lo apelaba de King of
all Britain in possession.
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