miércoles, junio 27, 2018

El regente Ciscar (4: España, contra el francés)

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En 1808, cuando toda España se sacudió como por una corriente eléctrica cuando fue sabiendo de las abdicaciones de Bayona, Gabriel Ciscar podía decir que era un prohombre consolidado del régimen. Era comandante general de la artillería de Marina, lo cual quiere decir que tenía mando sobre todas las instalaciones y hombres dedicados a dicha actividad en toda España; y, además estaba al mando de la compañía de guardias marinas de la ciudad murciana. Condecorado con la cruz pensionada de la orden de Carlos III, no se podía decir, desde luego, que fuese un mindundi cualquiera; en Cartagena poca gente se podía considerar más principal que él.


Cuando Madrid se alzó contra los franceses en mayo, Cartagena lo secundó. El movimiento no presenta demasiada sorpresa. El pacto hispanofrancés de 1795, que supuso partir peras con Inglaterra, había comprometido de forma muy importante las comunicaciones marítimas tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico. Cartagena, ciudad tomada por la Marina pública en su práctica totalidad, era una ciudad que vivía en gran medida de los ingresos de ese transporte trasoceánico, lo cual quiere decir que en 1808, cuando las disculpas se hicieron evidentes para levantarse contra el francés, en la ciudad había muchos marinos que llevaban tiempo pasando el calvario de ver incumplido el pago de sus sueldos a causa de un proceso del que responsabilizaban, precisamente, a Francia. Yo ya sé que queda mucho más nacionalista y mítico decir eso de que España reaccionó como un solo hombre en defensa de su independencia y blablablá. Pero la verdad es que en Cartagena hubo mucha gente que se alzó por la pela.

A este mal ambiente genérico, de fondo, se había unido, meses antes de la revolución, el hecho de que una de las exigencias de Napoleón frente a Godoy había sido, precisamente, la entrega de la flota española de Cartagena. En 1808 como en 1939, la presencia de la flota surta en el puerto murciano venía a suponer que España y sus hombres de poder todavía retenían una capacidad de movimiento que el enemigo lógicamente quería para sí; de hecho, recuérdese que el verdadero rejón de muerte para el gobierno de Negrín en la guerra civil fue, precisamente, la decisión unilateral de la flota de salir de Cartagena y pirarse. Napoleón había exigido en el tratado de Fontainebleau (1807) la salida de los barcos cartageneros hacia Tolón, el puerto francés con resonancias de canción bovina. De hecho la escuadra, al mando de Cayetano Valdés, había salido de Cartagena ya en febrero de aquel infausto 1808, pero tuvo mogollón de problemas, vaya usted a saber si inesperados o provocados, que la obligaron a quedar surta en el puerto de Mahón. Así pues, al mosqueo de que no llegasen las nóminas, en Cartagena se había unido ese otro no menos gordo relativo al desplazamiento forzoso en los barcos de buena parte de los habitantes de la ciudad.

En estas circunstancias, con los marinos y mandos de la flota moviendo el body en el Pachá Ibiza y sus mujeres a dos velas porque la nómina no llegaba, fue como se conoció en Cartagena la noticia de que Carlos IV y Fernando VII habían abdicado la corona de España en favor de Napoleón. Fue en ese momento cuando los repetidos movimientos del príncipe de Asturias contra Godoy, que eran de general conocimiento en España, le aportaron el carisma que le hacía falta para ser considerado el campeón de la causa española. La noticia de la abdicación llegó a Cartagena el 23 de mayo, unas tres semanas pues después de las jornadas de Madrid; provocó inmediatos amotinamientos y manifestaciones callejeras de cartageneros que daban vivas al rey Fernando. Aquel 15M antifrancés se hizo con el control de la ciudad durante unas horas, hasta que la cosa se protocolizó un poco, como por otra parte no podía ser de otra forma siendo Cartagena una ciudad tan marinera. Al frente del proceso se puso Ciro García, que en ese momento era alcalde decano de la ciudad, y que contentó rápidamente al pueblo con la solemne proclamación de Fernando por el Ayuntamiento. Pero esto no era más que un leve signo de normalidad por parte de las estructuras políticas del Antiguo Régimen. En realidad, fueron los manifestantes los que mandaron; de hecho, tomaron el edificio del Ayuntamiento y, en medio de una asamblea más o menos caótica, fueron decidiendo las primeras medidas que debía tomar la nueva estructura de poder. Partidas de manifestantes, además, salieron a la calle para ir a buscar a todos los prohombres de la ciudad, para llevarlos al edificio y hacerlos medio colaboradores, medio rehenes del proceso. Entre estas personas trasladadas al Ayuntamiento se encontraba, cómo no, el comisario general de la artillería, Gabriel Ciscar.

En esta abigarrada reunión de toneleros, marinos de baja, esposas cabreadas y jerifaltes que ya lo eran de otro tiempo sin saberlo, se tomó la inmediata decisión de enviar postas a Valencia, Granada y Murcia para comunicar a las autoridades civiles y militares la proclamación de Fernando en Cartagena. Casualmente, el día 22, una jornada antes de conocerse todo el merdé pues, el mando de la Marina de Cartagena había recibido la orden de Madrid de disponer el traslado inmediato de la flota de Mahón hacia Tolón. Obviamente, la decisión de la asamblea fue hacer oídos sordos de esta orden y enviarle, de hecho, una comunicación a la flota informándola de la rebelión cartagenera.

El siguiente paso ya fue más complicado, pues fue el rompeolas en el que se enfrentaron las dos tendencias fundamentales que convivieron en aquella guerra de la Independencia: la intención de militares y políticos de coordinar un esfuerzo estatuido y organizado, y la del pueblo de hacer una guerra personal y caótica, para la que necesitaban armas. El pueblo de Cartagena quería armas y tenía reivindicaciones, por lo que se hacía necesario establecer algún tipo de contacto o enlace entre ellos y las personas que estaban al mando. Este contacto fue encomendado a Baltasar Hidalgo de Cisneros, teniente general de la Armada; y al propio Ciscar. Estos dos mandos de la Marina lograron convencer ese mismo día a los asamblearios de que la mejor forma de contribuir a la causa era hacer que Cartagena volviese a funcionar con normalidad; así pues, consiguieron que los trabajadores del arsenal volviesen al curro (sin cobrar).

En la mañana del día 24, los tumultos, que se habían tranquilizado, regresaron a causa del rumor extendido de que la Capitanía General pretendía comunicarse con Madrid, cosa que los amotinados querían evitar a toda costa. De nuevo Ciscar, esta vez acompañado por Manuel Sáiz de Villegas, alcalde mayor, intentó convencerles de que permitiesen ese correo; to no avail. De hecho, el pueblo de Cartagena, sabiéndose dueño de la situación, eleva el tono de sus reivindicaciones y exige el cese del capitán general de la plaza, Francisco de Borja y Poyo, marqués de los Camachos, al que consideran demasiado tibio ante lo que está pasando; de hecho, lo seguirán considerando, porque a no pasar muchos días, el 10 de junio, lo lincharán en la calle hasta la muerte (lo consideraban colaborador de los franceses, cosa que se sabe era totalmente infundada). Fruto de estas actuaciones Hidalgo de Cisneros fue nombrado capitán general y el marqués de Camarena la Real gobernador de la plaza, formándose una Junta Gubernativa presidida por el marqués e integrada, sobre todo, por mandos de la Marina, entre los cuales se encuentra Ciscar. Aunque esta Junta Gubernativa siempre admitió su sujeción formal a la Junta General formada el día 23, en realidad ejerció el gobierno efectivo de Cartagena.

De esta manera, Camarena, Hidalgo de Cisneros y Ciscar aparecieron pronto como las tres personas más respetadas por los cartageneros. Lo que nos viene a decir este detalle es que, con toda probabilidad, la fidelidad de Ciscar hacia la revolución fernandina fue sincera y de primera hora. De hecho, fue Ciscar quien armó al pueblo, pues es quien, por razón de su cargo relativo a la artillería, tenía la potestad de hacerlo. Asimismo, procedió a la leva general de todos los hombres disponibles entre 15 y 50 años de edad, de nuevo en plena sintonía con las demandas asamblearias.

Otro elemento que juega claramente a favor del papel que estaba llamado a jugar Gabriel Ciscar en la Historia de España es el ejemplo de Cartagena. La noticia de la sublevación del puerto murciano se comentó en toda España, en primer lugar por lo que tuvo de levantamiento popular en toda regla, algo que le sirvió de modelo a otros muchos; como por el hecho de que se trataba de una plaza de honda significación militar que se ponía claramente del lado de los sublevados contra el poder francés. La Junta cartagenera, además, en buena parte bajo la coordinación efectiva del propio Ciscar, prestó ayudas importantes a territorios cercanos también sublevados contra Napoleón. No parece ilógico, por lo tanto, que a causa de todas estas cosas el nombre de Gabriel Ciscar acabase circulando de boca en boca en muchos sitios de la España sublevada.

Los importantes esfuerzos realizados por la Junta cartagenera, la eficiencia con que se mostró, hizo que la Junta de Valencia, de la que dependía, le otorgase la categoría de Junta Suprema de Guerra para la zona de Levante, reconociendo así el papel coordinador que de hecho estaba ejerciendo en este teatro bélico. El prestigio de los murcianos era tal que, cuando la guerra tomó cuerpo y se hablo de crear una Junta Central, los cartageneros se sintieron con derecho a tener representantes en la misma. Sabiendo que, en teoría, no tendría derecho a ello (no era capital de provincia), la ciudad comisionó a Ciscar y a Francisco Tacón para que negociasen en Valencia, Sevilla y Granada los apoyos necesarios para conseguir ese objetivo. En realidad, Cartagena sólo consiguió que Sevilla y Lérida la apoyasen; pero con esos votos procedió a designar a Ciscar y a Tacón como representantes suyos en la Junta Central. De esta manera, el marino de Oliva dio el salto al núcleo duro de la revolución española.

El 28 de agosto, Ciscar sale de Cartagena con dirección a Ciudad Real, donde tiene la esperanza de interceptar a los miembros de la Junta Central. De ahí viaja a Ocaña y luego a Villatobas, cerca de Madrid, donde se encuentra con Tacón. Ambos se desplazan a la población donde de hecho se encuentran los representantes de muchos territorios, es decir Aranjuez, desde donde comienzan a realizar su labor de lobby para conseguir el derecho final de ambos a estar presentes en la Junta Central. El 26 de septiembre, finalmente la Junta Central respondió aseverando que sólo las juntas supremas de cada territorio (las de capital de provincia) podían estar representadas en la JC. Algo de cabildeo debió de haber, dimes, diretes y cosas de ésas, porque el hecho es que, pocos días después de esta decisión, Ciscar es nombrado secretario de una Junta Militar adjunta a la Central. Un movimiento que sirvió para que el marino no regresase al puerto murciano y permaneciese adscrito al estado mayor de la guerra, y de paso así se contentase a los soliviantados cartageneros.

La Junta General Militar había sido una iniciativa de Juan Lorenzo Calvo de Rozas, quien había percibido la necesidad de que la guerra tuviese un mando único que superase los personalismos de los generales y las ambiciones de cada territorio; cosa que, en todo caso, no consiguió. Supuso, por lo tanto, un necesario movimiento centrípeto en una ola revolucionaria de componentes básicamente centrífugos que, precisamente por eso, corría el peligro de ser aplastada por un ejército francés que, más que ninguno en el mundo y casi en la Historia, contaba con la ventaja de no poner en cuestión un mando único.

La Junta fue creada el 30 de septiembre bajo la presidencia del general Castaños y con la presencia del marqués de Castelar, Tomás Morla, Pedro González Llamas y el marqués de Palacio, todos ellos tenientes generales; y los brigadieres Agustín Bueno, conde de Montijo y, finalmente, Gabriel Ciscar. Casi un mes después se adjuntó al grupo al capitán general de Granada, general Ventura Escalante.

Aquella Junta fue, con seguridad, el producto de una serie de concesiones y cabildeos en las que, más que probablemente, los más comprometidos con el movimiento insurreccional buscaron que los menos convencidos no se vieran apartados y por lo tanto tuvieran la tentación de alzar al ejército en contra del propio movimiento. Hubo miembros en aquella Junta, como Morla, que eran tan partidarios del bando francés que ni siquiera se llegaron a incorporar a las sesiones de la misma y acabaron pasándose al enemigo. Por lo demás, entre Castaños y el conde de Montijo existía una rivalidad tan intensa que resultaba de todo punto imposible que colaborasen.

La cosa pintaba color marrón.