miércoles, julio 11, 2018

Isabel (29: Cádiz)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
La última expedición de Drake no podía ser considerada como otra cosa diferente de un fracaso sin paliativos. Inglaterra había perdido a dos de sus mejores marinos y, además, todos aquéllos que habían arriesgado pasta en la operación, la primera de ellos la reina, la habían palmado en su mayor parte.

Lo más importante de todo era que aquella expedición se había diseñado para poner en problemas a los españoles en el teatro caribeño, para así reducir la presión sobre el europeo. Y, obviamente, que eso no saliera así suponía que El Escorial tenía todos los elementos en la mano para atacar. El 30 de marzo, cuando los barcos ingleses navegaban cansinos con el timón entre las piernas hacia Plymouth, las tropas españolas emplazadas en San Quintín de la Picardía se movieron y sitiaron Calais. Las crónicas dicen que el bombardeo de la plaza fue tan fuerte que se podía oír desde las orillas del Támesis.

El rey gabacho Enrique se cogió un mosqueo del cuarenta y dos con ese sitio. Consideraba, de forma muy adecuada, que él era incapaz de responder al empuje español por sí solo; razón por la cual envió mensajes inequívocos a Londres en el sentido de que si no le llegaba de Inglaterra ayuda inmediata y suficiente, llegaría a un acuerdo bilateral con España. Londres y Paris, por lo tanto, firmaron un nuevo tratado a pelo puta, un tratado que le provocaba una intensa repugnancia a la reina, que se firmó en mayo y por el cual Inglaterra se comprometía a desplazar 4.000 efectivos a la Picardía y Normandía. Los hechos, sin embargo, iban más deprisa que las negociaciones. Para cuando ingleses y franceses firmaron su nueva alianza, Calais ya había caído y, consecuentemente, el gobierno inglés, notablemente Burghley, exigía de su reina una actitud bélica más activa. Los espías británicos, en ese momento probablemente la mejor red de confidentes creada en Europa, le habían transmitido al primer ministro in pectore la información de que cuando menos un centenar de galeras estaba ya preparado en el Golfo de Vizcaya para navegar hacia Calais o Marsella, con el objeto de juntarse con otros barcos portugueses.

Esta información de alto secreto circuló con bastante agilidad entre los escalones superiores del poder inglés. Llegó a oídos de Essex quien, por fin, vio llegado el momento para la gran oportunidad que estaba esperando. Con la ayuda del almirante Howard, que le aportó todo el conocimiento estratégico naval del que en realidad carecía, logró elaborar todo un plan completo de repulsión de la segunda Armada española, que ahora podría atacar desde Calais.

La obsesión de Essex, en todo caso, era evitar que otro se llevase finalmente el encargo de comandar toda aquella operación, que en su visión otorgaría a su comandante en jefe la gloria eterna y el favor incondicional de la vieja. Por eso buscó también la alianza con Robert Cecil. Howard, sin embargo, a pesar de haberle ayudado no estaba del todo convencido de que ese plan pudiera salir bien sin un miembro de importancia en el mismo con sólidos conocimientos marineros. Muerto Drake, Inglaterra no andaba sobrada de figuras como ésas, y fue por eso que se acordó de Ralegh.

El aventurero estaba para entonces empaquetado en su castillo de Sherborne, soñando con una segunda expedición al Orinoco que ni siquiera Cofidis se avenía a financiarle. Inicialmente, se negó. Y la cosa es probablemente fácil de imaginar. Él era un explorador, no un guerrero. Era como la imagen especular que Drake, pues éste era guerrero, no explorador. Finalmente, sin embargo, fue construyendo su idea, como dicen los propios ingleses, y convenciéndose de que ahí tenía él cosas que ganar. Además, consideró que lo más probable era que Isabel de Inglaterra, a la cual una expedición contra la segunda Armada le provocaba tanta urticaria como le provocó la que hubo contra la primera, no quisiera sacar de su lado a dos personajes como Howard y Essex; no en momentos en los que, como ya hemos leído, el debate sobre la herencia de la corona inglesa estaba en su ápex y a cualquier mamón se le podía ocurrir intentar alguna tontería.

Se equivocaba, sin embargo. Isabel, que había aprendido muchas cosas en tantos años de reinado, tenía claro, y es una idea que nunca cambió en su mente, que Howard tenía que estar en los barcos. En cuanto a Essex, si bien tuvo varios de sus habituales dimes y diretes, finalmente acabó aceptando que fuera de la partida.

Howard había decidido, como Drake años antes, que el objetivo del ataque inglés debería ser Cádiz. Para atacar esta ciudad acopió una flota de 120 barcos, la inmensa mayoría de cuyos mandos y marineros no supieron durante la mayor parte de la travesía adónde se dirigían. Los holandeses participaron con varios barcos y centenares de sus soldados veteranos.

Finalmente, Isabel se decidió por nombrar dos comandantes en jefe con el mismo mando en la persona de Howard y Essex. Sir Francis Vere, comandante de las tropas veteranas del teatro holandés, recibió el mando táctico operacional, mientras que a Ralegh se le encargó el mando de la flota. Todos ellos tenían las instrucciones de atacar Cádiz y saquear aquellos barcos mercantes españoles que quedasen bajo su poder; pero también les ordenó evitar las bajas a cualquier precio y, muy especialmente, descartar todo proyecto de establecerse en la ciudad andaluza. Isabel quería darle un zasca a Felipe, pero no iniciar una guerra a gran escala con España.

La flota salió de Plymouth el jueves 3 de junio de 1596. El 20 tenían Cádiz a golpe de catalejo. Essex defendía la idea de un desembarco sorpresa al oeste de la ciudad, pero este proyecto se reveló imposible por la intensidad de las olas. Los ingleses, por lo tanto, optaron por entrar en la bahía al amanecer del día siguiente y llevar a cabo un ataque naval. En el puerto de Cádiz estaban surtos setenta barcos españoles. Varios eran barcos de guerra, cuatro recién salidos del astillero, y buena parte de los otros formaban parte de una flotilla de 34 barcos mercantes dispuestos a salir hacia América cargados de munición, dinero, vino, aceite, seda, vestimentas y oro con un valor que era diez veces el valor de los ingresos anuales de la corona inglesa.

Diego de Soto, el comandante de los barcos españoles, a la vista de los ingleses, ordenó que los barcos se moviesen hacia las zonas más interiores del puerto, mientras colocaba barcos de guerra guardando la entrada. Contra estos barcos comenzaron los ingleses una batalla naval que tomó ocho horas de tiempo. Con la llegada de la marea baja, sin embargo, dos barcos españoles acabaron embarrancando y un tercero hubo de ser abandonado tras la explosión de un barril de pólvora. Al final de la batalla, los ingleses pudieron capturar dos de los barcos españoles de nueva factura, mientras que destrozaron el resto.

Las cosas, por lo tanto, pintaban oros para los ingleses. Pero no todo es gloria en la victoria. No hay que olvidar que entre los comandantes de Londres estaba Essex, un personaje, la verdad, con poca inteligencia militar y demasiadas ganas de pasar a los libros de Historia. Viendo que la cosa estaba más o menos chupada, dejó solos a los barcos de transporte españoles e hizo desembarcar 2.000 soldados en las playas gaditanas. Los gaditanos cerraron las puertas de la ciudad, pero él envió a algunas tropas a escalar las murallas mientras ordenaba a los veteranos holandeses que volasen las puertas. Finalmente lo consiguió, haciéndose el dueño de la ciudad.

Al día siguiente, los españoles que se habían refugiado en la ciudadela negociaron sus rescates. Mientras hacían eso, los ingleses saqueaban la ciudad. Aquí, por cierto, hay dos versiones. Las instrucciones de Isabel declaraban claramente que ni mujeres, ni niños, ni ancianos deberían ser molestados o heridos. Essex afirmó que había cumplido esas instrucciones, pero las fuentes españolas cuentan el cuento con otro final.

Pero la estupidez de Essex no estuvo ahí. Dueño de la ciudad, con los propietarios de los riquísimos buques mercantes en el castillo gaditano negociando con él, y a pesar de que Ralegh le conminó, con toda la razón, a dejarse de rescates y quedarse con los barcos, Essex perdió un tiempo precioso. Además, hay que recordar que para su operación de toma de la ciudad había dejado los mercantes sin vigilar, lo que le dio la oportunidad al comandante de la flota española, Luis Alfonso de Flores, para ordenar su quema. Los barcos españoles estuvieron ardiendo tres días y tres noches, y en ese incendio Inglaterra, que había alcanzado la mayor de las victorias en su guerra con España, perdió el mayor de los botines.

Essex, además, estaba totalmente decidido a desobedecer los planes estratégicos de su reina. En realidad, diversas cartas que fue escribiendo a sus más cercanos desde que se embarcó vienen a demostrar que ya lo pensaba cuando salió de Inglaterra. El ambicioso privado de la Corte inglesa quería establecer en Cádiz una cabeza de puente permanente. En realidad, sus planes eran más ambiciosos, pues también incluían la dominación algún día de Lisboa. Consideraba que ambas ciudades podrían ser aprovisionadas por Inglaterra por mar y que, de esta manera, se establecería un punto permanente de conflicto dentro de la península que debilitaría definitivamente a España y convertiría a Inglaterra en la reina de los mares. Así se lo explicó al Consejo de Guerra que comandaba las operaciones de aquella flota, incluso haciendo de menos a la reina la cual, dijo, era una anciana soltera que no había estado nunca fuera de su país y que, por lo tanto, debían ser los miembros del Consejo, experimentados militares, los que decidiesen por ella.

Algo más prudentes que su sanguíneo compi, los miembros del Consejo de Guerra aprobaron que la flota inglesa permaneciese en Cádiz... mientras se consultaba a la reina. Sin embargo, Essex comenzó a mostrarse algo más que inquieto o impaciente ante este retraso. Los síntomas, de hecho, son de alguna forma de paranoia. Ante el comportamiento cada vez más violento y radical que su compañero, el resto de los miembros del Consejo decidieron abandonar Cádiz, no sin antes incendiarla.

En Londres, Essex tenía más y peores enemigos. Tanto Burghley como su hijo Cecil empalidecieron cuando leyeron las noticias de Essex y las propuestas que éste hacía, y comenzaron a trabajarse a la reina en contra de ellas. De hecho, esta combinación de hechos y situaciones fue la que consiguió enfurecer lo suficiente a la reina como para dar el paso que Burghley llevaba meses, si no años, esperando: el nombramiento de Robert Cecil como primer secretario de la Corona. Un nombramiento que la propia Isabel le había prometido a Essex nunca haría si él no estaba presente.

Cecil juró su cargo el 5 de julio. Ese mismo día Essex, quien ya estaba informado del nombramiento y había reaccionado con indignación, estaba frente a las costas de Faro, con la intención de saquear la ciudad portuguesa. Los habitantes, sin embargo, lo vieron venir y se marcharon de la ciudad con todo lo que tenían de valor. Lo único aprovechable que encontró Essex en la ciudad fue una colección de libros en casa del obispo; libros que se llevó y que están, hasta donde yo sé, en la biblioteca de Oxford.

En buena parte picado por este relativo fracaso, Essex solicitó una docena de naves para poder navegar hasta las Azores y allí interceptar una flota de naves españolas y portuguesas que se esperaba. Howard aceptó, puesto que este tipo de misiones estaban incluidas dentro de las instrucciones de la reina; pero Ralegh se negó.

La flota, finalmente, tocó el puerto de Plymouth el 10 de agosto. En cuanto pasó el arco de metales, Essex se subió a un caballo, y se marchó, a uña de ídem, a Londres.