miércoles, septiembre 05, 2018

Ciscar (y 12: game over)

Abajo y otra vez arriba

En junio de 1823, cuando Ciscar fue nombrado miembro de la Regencia por segunda vez, las tropas del duque de Angulema se encontraban ya avanzando en España como el cuchillo caliente en la mantequilla, y las Cortes tenían muy claro que el rey Fernando las estaba esperando y ambicionaba contactar con ellas. Por ello, en un último gesto para salvar su régimen, declararon al rey transitoriamente enajenado y designaron una regencia.


Como ya he escrito en estas notas anteriormente, refiriéndome a la llegada de Fernando a la corona de España, durante todo el primer tercio de siglo se aprecia una melodía sorda en la Historia de España, una melodía que tal vez cambia de tono precisamente a partir del segundo tercio, por la cual las fuerzas absolutistas exhiben mucha mayor pericia política, y una mucho mejor comprensión de la situación, que sus contrarios liberales. Ocurrió con la llegada de Fernando con la sabia utilización de la Iglesia y su capacidad de movilización, en la que se aprovechó el error táctico de poner demasiada carne en el asador de la abolición de la Inquisición. Y volvió a ocurrir en 1822-23, cuando el absolutismo estuvo muy fino a la hora de instrumentar el típico trile del desarrollador de software antivirus: primero te infecto, ergo creo el problema; y después aparezco yo, como salvador, y te vendo mi producto.

Los absolutistas crearon el ambiente irrespirable del verano y el otoño de 1822. Por lo tanto, primero crearon el problema de un país que no era capaz de recuperar la normalidad; y, con posterioridad, exigieron soluciones de hierro que la garantizasen. A partir de octubre de dicho año cantan bingo cuando el Congreso de Viena se fija en la situación en España y decide que va a tomar cartas en el asunto para reinstaurar en el Palacio Real a un rey absoluto. En febrero de 1823 las Cortes, que ya tienen claro que el país va a ser invadido con la anuencia secreta del rey, comienzan a pensar en la necesidad de dictar un cambio de residencia del mismo; y por dicha causa algunas semanas después lo despachan hacia Sevilla. De hecho a finales de aquel mes de marzo el gobierno de España, como ciento y pocos años después haría en dirección a Valencia, habrá abandonado Madrid para situarse en la capital andaluza. El 7 de abril, la fuerza francesa pactada por la Santa Alianza, los Cien Mil Hijos de San Luis, pasa el Bidasoa. En Sevilla, como ocurrirá en 1939 en París y en México DF, queda un gobierno que se intitula de tal y que ante la Historia tiene la legitimidad de serlo pero que, la verdad, no gobierna nada. De hecho, en un gesto muy español (y muy liberal siglo XIX, y muy republicano guerra civil), las diferentes banderías y capillas existentes en el poder constituido (ejem) se suelen enfangar en peleas intestinas que muy poca lógica; como dos ganaderos peleándose por la propiedad de una vaca moribunda.

Los militares, como suele pasar, se van oliendo la tostada y toman sus decisiones. Importantes comandantes de la tropa española, en lugar de presentarle batalla al duque de Angulema, se le unen. En realidad, las Cortes ya no saben muy bien en quién confiar. Cuando los franceses llegan a Madrid, establecen allí una Regencia propia, que cuenta inmediatamente con la anuencia de las grandes potencias europeas. Para entonces, en Sevilla las divisiones entre liberales, que alcanzan el cainismo con la misma facilidad con la que se mató a hostias a Andreu Nin un siglo después, unidas a la agitación absolutista, cada día más descarada, convierten a la ciudad en un lugar donde es peligroso incluso irse a comprar un condón. En las propias Cortes, diputados que durante el trienio liberal han estado más o menos callados, ahora hablan del rey absoluto sin pudor; y el partido de los que quieren llegar a algún tipo de entente crece, porque todo el mundo quiere siempre conservar el cuello, la coima y el puestecillo.

Llegado junio, el núcleo liberal del régimen decide apostar por la épica histórica: repetir la jugada. El mismo enemigo, Francia; y el mismo lugar: Cádiz. Angulema es dueño ya de todo el norte y las Cortes no se sienten seguras en Sevilla. El 11 de junio se distribuyen por la ciudad noticias, algunas ciertas otras ya no tanto, que dicen que los Cien Mil Hijos de San Luis están en la boca del primer túnel del AVE en Despeñaperros, así pues que no van a tardar nada más que unos días en presentarse en Kansas City (barrio). El Consejo de Estado propone que gobierno, Cortes y rey se trasladen a Algeciras, pero es el único: la mayoría de la opinión se decanta por Cádiz, atraída por las capacidades galvanizadoras del gesto. Una comisión parlamentaria, presidida por Cayetano Valdés, se dirige a ver al rey para explicarle el plan del viaje. Es entonces cuando Fernando, que desde hace semanas ambiciona entrar en contacto con las tropas francesas, se niega a salir de Sevilla, dándole la excusa perfecta a Alcalá Galiano para proponer su declaración de enajenación mental transitoria, lo cual lleva aparejada la formación de la Regencia que ya he adelantado.

Esta Regencia fue nombrada, en todo caso, con un mandato provisional que sólo le alcanzaba a garantizar el traslado del rey a Cádiz. El presidente de la misma fue Cayetano Valdés porque en ese momento era uno de los prohombres liberales más comprometidos con la causa; si Ciscar y Vigodet entraron en la terna fue por mantener las formalidades, ya que eran los dos consejeros de Estado más antiguos; un gesto con el que los liberales demostraron que seguían siendo, la verdad, unos maulas. Con la norma de la antigüedad colocaron a un hombre rectamente comprometido con el liberalismo como Ciscar; pero también es cierto que colocaron a otro, Vigodet, que tenía muy pocas ínfulas revolucionarias; tantas que, en un gesto totalmente impropio, solicitó del rey su placet para aceptar el nombramiento.

¿Era un gesto necesario formar esa Regencia? La verdad, es dudoso; y más dudoso se convierte si lo ponemos en relación con las consecuencias que provocó. Una vez más, nos encontramos aquí con el problema de la miopía liberal; de nuevo, un hecho que establece un paralelismo con otro enfrentamiento civil que tendrá lugar en España como cien años después.

El gran problema de las fuerzas políticas que en España han representado, en cada momento, posiciones que se suelen denominar progresistas, es la superioridad moral. En 1823, como en 1936, se produjo el fenómeno de una serie de personas, representantes de posturas ideológicas que establecían grandes elementos de novedad sobre lo conocido, que, convencidas de la bondad intrínseca de sus ideas, no quisieron aceptar el concepto de que la calle tal vez no compartía con ellos tan altos y beneficiosos designios. Las Cortes de 1823, a pesar de que ellas mismas se habían fijado la regla constitucional de que para establecer la enajenación del rey haría falta constituir un consejo médico que así la auditase; las Cortes, digo, se saltaron su propia legalidad declarando a Fernando loco porque yo lo valgo. Establecieron una Regencia de dudosa legalidad (puesto que el catalizador de la misma, la locura del rey, no estaba aceptablemente establecido), y le dieron a la propaganda absolutista, no me cansaré de decir que mucho más eficiente que la suya, la disculpa perfecta para divorciar a la calle del régimen constitucional. Sin embargo, cuando las gentes en Sevilla se alzaron violentamente, que lo hicieron como en otras muchas ciudades, las Cortes simplemente se negaron a creer que era por su culpa. La gente tenía que entender que todo lo hacían por el bien de la nación y por el logro supremo de la libertad. Exactamente igual que tantos y tantos republicanos en 1936 no fueron capaces de entender que el hecho de que las zonas donde triunfaba el golpe de Estado no se produjesen protestas de importancia tal vez se debía a que había mucha gente que no les creía cuando se decían defensores de la democracia.

Es por la razón de lavar esta mancha que, a toro pasado, pasadas las décadas, el propagandismo liberal, como el propagandismo republicano, se afanó en ridiculizar la actitud absolutista (vivan las caenas), en convertirla en cosa de cerriles agricultores cejijuntos que jamás habían leído otra cosa que la Biblia; como se ha embarcado en la misión, exitosa, de convencernos de que el golpe de Estado del 18 de julio del 36 fue idea de cuatro amigos egoístas y apoyados por los grandes de España. Esta es una forma de designar la realidad pero es, sobre todo, una forma hábil de extender un espeso sudario sobre los errores propios. Fernando VII aporta una figura genial para todo esto porque fue, con mucho, el peor rey que ha tenido España; el más egoísta, el más mentiroso, el más traidor, el más cruel. De haber tenido enfrente un Carlos III, a los liberales les habría sido muy difícil arrimar el ascua a su sardina histórica; pero con seguridad lo habrían conseguido porque la gente, y los catedráticos no digamos, siempre cree que lo que quiere creer, siempre lee libros donde sabe que pone lo que quiere leer.

Sin embargo, lo cierto es que la calle, y no sólo los Cien Mil Hijos de San Luis (que, como se ve, el mantra ése de ganaron por la ayuda extranjera siempre ha dado para mucho), se les puso en contra. La gente no es tanto que estuviera encantada de ser encadenada; es que no estaba dispuesta a apoyar a un sistema constitucional que declaraba loco a su jefe del Estado con alevosía y fraude de ley. La ceguera de los liberales, sin embargo, es tal que el propio Ciscar, a la hora de juzgar la pertinencia de la Regencia, argumenta que es una medida necesaria para evitar un atentado al Rey y a la Real Familia; ignorando, en estas palabras, que tal vez eran los miembros de la Regencia los que corrían más peligro que Fernando si se paseaban por la calle.

El día 11 de junio, un grupo de liberales había conseguido ya abortar una rebelión absolutista dirigida por el general John Downie, un escocés que servía en el Ejército español desde 1810. Downie estaba en confluencia con algunos oficiales, y, aunque ya había militares liberales que tenían poca confianza en él, consiguió que Vigodet le autorizase a tomar unas tropas de caballería de palacio, con lo que se hizo con unos efectivos tal vez suficientes como para llevar a cabo su plan, que no era otro que tomar al rey y llevarlo al encuentro de Angulema. Pero un oficial del Ministerio de la Guerra, Braulio López, salvó la situación in extremis entrando en palacio a las nueve y media de la noche, incluso sin conocimiento de sus superiores, y arrestando al escocés.

Dentro de la labor tan magra realizada por la Regencia, el trabajo más importante de Ciscar se produjo el 12 a primera hora de la mañana, cuando le fue encomendada la labor de entrevistarse con el rey para convencerlo de trasladarse a Sevilla. Fernando, genio y figura, dijo que sí, como siempre, aunque son sus actos dijo que no. Dilató lo más posible el viaje, con la excusa de que tenía que hacer el equipaje. En todo caso, no fue el único que le hizo luz de gas al proyecto del gobierno. Las propias autoridades sevillanas no se dignaron contestar a los requerimientos gubernamentales, y en el propio Ejército no faltaron altos mandos que pusieron palos en las ruedas.

En un gesto muy español (recuérdese el chiste del Infierno español y el cubo de mierda), para cuando la Regencia tuvo listo el viaje, descubrió que carecía de los carros necesarios para llevar todo el equipaje. Ciscar, de hecho, se entrevistó por segunda vez con el rey, para decirle que el traslado debía producirse con o sin equipaje. La Regencia hubo de encontrarlos por sí sola, mientras el ya general Riego se ofrecía a las Cortes para convencer él por sus medios al rey. La actitud de Riego, que no ocultaba su intención de sacar a Fernando poniéndole una pistola en la oreja, forzó una tercera entrevista de Ciscar con el Borbón, tras la cual, por fin, Fernando accedió a moverse. En los minutos que transcurrieron entre las cinco, hora en la que Riego se presenta ante la Regencia para solicitar permiso de ver al rey; y las seis y media, hora de partida de la expedición, algo debió pasar, y no muy bueno, entre los regentes y el otrora teniente alzado, porque el hecho es que Riego se negó, días después, a que las Cortes declarasen beneméritos a los regentes.

Aquella Regencia, sin embargo, no fue tal, y eso es algo que los propios regentes sabían y asumieron. Fue un órgano constituido para organizar el viaje del rey a Sevilla, y con el final de tal viaje feneció. Fue creada un 11 de junio a las 11 de la noche; al día siguiente, ya por la tarde, consiguió sacar al rey de Madrid y, a la llegada del mismo a la capital de la Bética, el día 15, fue disuelta por un decreto.

El traslado a Sevilla, como sabemos, poco resolvió. En la ciudad andaluza, como en cualquier otra importante de España, había un núcleo significativo de personas de tendencias absolutistas, y el gobierno temía que en cualquier momento decidiesen animar una revuelta. A todo ello se unía la actitud del rey, que si antes se había mostrado contrario a irse a Sevilla, ahora redoblaba su negativa respecto de ir a Cádiz. Algunos testimonios, como los del propio Ciscar, nos vienen a decir que los prohombres liberales (¡down from the guindo!) no se sentían seguros.

De hecho, Sevilla, tras la partida de gobierno, Cortes y rey hacia Cádiz, se sumió en un profundo caos. Las turbas se hicieron dueñas de las calles y, automáticamente, se produjo esa situación que hay quien tiene en un pedestal, en la cual la propiedad privada quedó abolida de facto. En Cádiz, mientras tanto, las Cortes reanudaban sus sesiones el 18 de junio. Si las primeras Cortes de Cádiz pueden ser definidas, con un poquito de ilusión mítica todo hay que decirlo, como las Cortes de la Ilusión, éstas segundas, cuando menos para mí, bien pueden ser consideradas las Cortes de la Ceguera. Los diputados dictaban normas creando tribunales especiales para el juicio de las actuaciones contra el régimen, como si no supieran que esos tribunales ya no tendrían soberanía ni sobre los testículos derechos de Sus Señorías. Por lo demás, en un gesto abracadabrante, aquellas Cortes se aplicaron a desarrollar la labor legislativa ordinaria, discutiendo leyes y enmiendas, como si el país no estuviese ocupado por una potencia extranjera.

Aquellas Cortes, en todo caso, vendrían a servir como teatro principal de los enfrentamientos cada vez más evidentes entre los diferentes bandos liberales. Su primer punto de fricción, que ya he apuntado, fue su propuesta de declarar beneméritos y heroicos a los miembros de la Regencia. Conforme avanzó el tiempo, sin embargo, las diferencias se centraron en el ámbito militar. Los franceses, en todo caso, avanzaban muy deprisa, y el 20 de septiembre se hicieron con Sancti Petri. El general Riego tomó la decisión épica de colocarse al frente de las tropas, en un gesto que buscaba galvanizar a los españoles liberales; sin embargo, como era un buen conspirador pero como militar dejaba algunas cosas que desear, por no mencionar que aquélla era ya una lucha de uno contra diez, cayó prisionero casi en los movimientos de apertura. El 28 de septiembre, un gobierno y unas Cortes totalmente desbordados no tuvieron más remedio que autorizar una entrevista entre Fernando de Borbón y el duque de Angulema.

Fernando, el 30 de septiembre y antes de partir hacia la entrevista que, lo sabía él y lo sabía todo el mundo, iba a acabar con el régimen constitucional, publicó un decreto en el que prometía un olvido general de todo lo pasado y el mantenimiento de todos los empleos (lo que para gentes como Ciscar era fundamental). Si en ese momento hubo pocas o muchas personas que se coscaron del detallito de que el Borbón tenía ya una larga historia prometiendo una cosa y haciendo la contraria, no sabría decir; tiendo a decantarme porque buena parte de los liberales, apoyados en el bastón ya comentado de la superioridad moral, le creyeron.

Como prueba de lo que digo, Ciscar, Vigodet y Valdés, en su calidad de ex regente (a la que el último de ellos unía la de líder de las Cortes), acompañaron al día siguiente, 1 de octubre, al rey hasta el Puerto de Santa María, donde lo esperaba Angulema. El rey se entrevistó con el francés, así como con el Duque del Infantado, que presidía la Regencia absolutista creada en Madrid; y con fray Víctor Damián Sáez, ministro de Estado en el gobierno de la capital del país. Entre éstos y el propio rey redactaron un manifiesto, que lleva fecha de ese día, en el que el rey declara que no ha sido dueño de sus actos y que, cómo no, donde dije digo, ahora digo por culo.

Lo que siguió fue, lógicamente, el enseñoreamiento de las calles por parte de las partidas de la porra absolutistas, normalmente lideradas por gente ensotanada. Con tal liberalidad en las hostias se desempeñaron que el propio duque de Angulema, un absolutista francés de libro, se largó de España llenándolas de improperios. Todo lo que oliese a liberal fue condenado a muerte; incluyendo, el día 4, los tres maulas que habían acompañado al rey en su periplo.

Un general francés, el conde de Ambrugeac, hemos de suponer que tan horrorizado con lo que estaba pasando como el propio Angulema, hizo algo más productivo que largarse: avisó a Ciscar y a Valdés de que les estaban preparando la soga. Buen indicativo del nivel de ceguera que habían alcanzado aquellos liberales es que ninguno le creyó en un primer momento. Ambos dijeron que se presentarían ante el oportuno tribunal (a pesar de que su condena se había dictado sin el concurso de alguno de ellos) para probar su inocencia. Ambrugeac y el jefe de las tropas francesas en Cádiz, conde de Bourmont, decididos a salvar a aquellos dos lirios de su propia inocencia, los arrestaron y los metieron en un barco francés. De ahí Ciscar pasó a una corbeta que, el día 7, puso proa a Gibraltar.

Ya en la colonia británica, Ciscar permaneció en su ceguera. Como la mayoría de los exiliados de la Historia de España, es claro que pensaba permanecer fuera del país muy poco tiempo, pues pronto, creía, se esclarecería el hecho de que él todo lo que había hecho había sido cumplir con su deber. Ya el 26 de octubre le escribe a Juan María Villavicencio y de la Serna, jefe de la Armada, para incoar su caso y defender su inocencia. El alto mando militar fernandino ni siquiera se dignó acusar recibo del email. En diciembre, Ciscar volvió a la carga, escribiéndole en este caso a Bourmont. Solicita ser incluido ya sea en una amnistía general, ya sea en una providencia especial que no infame mi reputación, y afirma estar casi ciego, con mucha debilidad de cabeza y falto de salud, sin recursos y abocado a trasladarse a Inglaterra a mendigar el sustento.

Como quiera que el francés tampoco le contesta, en marzo de 1824 Ciscar lo intenta directamente con el rey. Fernando nunca le contestó a su carta y, de hecho, le contestó el 24 de mayo cuando, por decreto, reguló la amnistía de los delitos de la etapa liberal, con expresa exclusión de la misma de algunos de ellos... entre otros, los de la Regencia.

Convencido ya de que le van a hacer un juicio, Ciscar redacta una defensa que envía al tribunal sevillano; tribunal que, sin embargo, el 20 de abril de 1825 lo condena a muerte. El 16 de noviembre de 1826, Fernando confirma la sentencia.

Para entonces, la situación crematística de Ciscar había mejorado, pues el duque de Wellington le había señalado una pensión de su peculio. Pero, lógicamente, para un hombre tan gustoso del honor, aquella sentencia tuvo que ser la puntilla.

Gabriel Ciscar vio su salud muy rápidamente deteriorada en Gibraltar. No debe de ser el Peñón el mejor lugar para vivir exiliado de España; al fin y al cabo, los lugares que a uno le gustaría pisar están a tiro de lapo, pueden verse cada mañana. Puestos a estar exiliado, supongo que es bastante mejor estarlo en las islas Sandwich, o en Nueva Escocia. Es probable que tanta cercanía con las vilezas que ocurrían en su persona minase la salud del marino, que ya no era un hombre joven (63 años cuando cayó el régimen liberal) y, además, se vio acosado por varias desgracias familiares. A las cuatro de la tarde del 12 de agosto de 1829, falleció en el exilio.

Exilio territorial, exilio sentimental y, sobre todo, exilio histórico. Porque España, ese país que le reserva la calificación de benemérito y famoso a tanto y tanto pollas que todo lo que ha hecho ha sido escribir libros diciendo que hizo, España no tiene casi ningún respeto por los regentes del rey Fernando. Quizá porque simplemente hicieron lo que pudieron que, la verdad, no fue mucho. Pero queden aquí estas notas para celebrar, aunque sea entre los 600 a 1.000 amigos que por aquí pasan de cuando en cuando, la figura de Gabriel Ciscar, por dos veces regente de España, que es algo que yo no sé si alguien más puede decir.