lunes, agosto 27, 2018

El regente Ciscar (10: la involución)

Comenzando en año 1814, en todo caso, las cosas tienen otra pinta. En ese momento, quien teórica o formalmente se está imponiendo es la Regencia, que ha dejado ya meridianamente claro que no respetará los actos del rey mientras éste no respete recíprocamente la labor legal y constitucional que se ha realizado en España durante su ausencia. Pero las primeras semanas del año también fueron el teatro del despliegue de la estrategia diseñada en Valençay, donde rápidamente el objetivo de firmar el tratado con Napoleón se olvidó y se pasó, directamente, a diseñar una conspiración, o más bien deberíamos decir una serie de conspiraciones encadenadas.
Según los testimonios de que disponemos, un francés llamado Tassin fue encargado por el entorno del rey para coordinar la llegada a España de una serie de agentes franceses, la mayor parte de ellos portadores de presuntas cartas del rey con las que iban a la busca de recursos financieros. Fueron rápidamente detenidos y neutralizados, lo cual sugiere que los hombres de Valençay probablemente tenían una información muy poco precisa sobre las capacidades de la Administración española para entonces y, por ende, de la Regencia.

Sin embargo, lo que ni la Regencia ni los liberales podían negar, y que fue la herramienta más eficiente del rey Fernando, era la existencia dentro de España de un fuerte partido absolutista. Ya hemos dicho que los conservadores o serviles, en realidad, incluso habían sido el, por así decirlo, grupo parlamentario más numeroso en las Cortes durante la guerra. El proyecto liberal era un proyecto construido en minoría, imbuido de una suerte de legitimidad filosófica que llevaba a sus partidarios a pensar que no necesitaban aliados, y poco hábil a la hora de pensar o calcular los movimientos del adversario. En mi opinión, de hecho, la falta en el primer cuarto del siglo XIX de políticos españoles lo suficientemente taimados y pacientes como para construir las cosas poco a poco, al estilo de un Bismarck por poner un ejemplo, es lo que nos ha dejado como triste herencia la afición sempiterna que tenemos en España hacia la imposición de los puntos de vista propios mediante la violencia en sus diversas apreciaciones. El español medio no quiere pactar con su contrincante; no está dispuesto a compartir el bocadillo: o se lo come entero él, o no se lo come nadie. Esta forma de ver las cosas, que en su expresión más radical creó el entorno de las dos Españas del que tanto se habla, es fruto de ese primer cuarto de siglo XIX, en el cual vivimos un rey egoísta y absoluto y unos contrarios liberales que tampoco tuvieron la inteligencia de buscar el pactismo y que, además, vivían convencidos de que todo aquél que no pensara como ellos no merecía el derecho de pensar. El primer liberalismo español le dio a los españoles del vivan las caenas el mismo tratamiento que el progre urbano de hoy en día le da a los votantes de Donald Trump; las consecuencias son más o menos las mismas, tan sólo matizadas por el paso del tiempo.

Los liberales nunca creyeron seriamente que el absolutismo sería una oposición eficiente. No fueron capaces siquiera de darse cuenta de que su bando contrario tenía a su lado a la única institución que, en aquella España, vertebraba a la sociedad con eficiencia: la Iglesia, muy particularmente esa versión de la Iglesia representada por el clero regular, los monjes y frailes que vivían en conventos distribuidos por todo el agro español, y casi en cada esquina de las ciudades, que cada domingo se acercaban a los púlpitos para encenderlos. Un poderoso ejército de influencers, diríamos hoy, se dedicó a defender la causa del rey absoluto, y a mentir descaradamente sobre las intenciones de los liberales. Y la gente les creyó porque, la verdad, en aquella España de principios de siglo, a la Tele 5 absolutista no se le podía oponer una Antena 3 liberal porque tal cosa, simple y llanamente, no existía. Los liberales eran unos piernas que se habían encerrado en Cádiz y que ni siquiera tenían cuenta en Twitter. Pero ellos siguieron a lo suyo, imbuidos de algo muy parecido al pensamiento religioso con el que querían acabar, convencidos de que las libertades les lloverían de los Cielos sin esfuerzo, en loor de democracia.

Cuando el 23 de marzo Fernando de Borbón cruzó su propio Rubicón, esto es la cordillera de los Pirineos, sabía muy bien lo que hacía. Era un gesto que no contaba con el nihil obstat de la Regencia, como tampoco lo contó el itinerario que tomó, distinto del que le había prescrito el gobierno constitucional. Se colocó Fernando, pues, fuera de la legalidad que se había creado en su nombre; pero si lo hizo, lo hizo porque sabía que podía hacerlo. Para entonces, diga lo que diga tanto historiador, español o hispanista, empeñado en reescribir la Historia en lugar de escribirla; para entonces, digo, Bernardo Mozo de Rosales, que sería primer firmante del Manifiesto de los persas, había ya, en buena parte, ganado la batalla de la opinión pública en Madrid, con sus soflamas apocalípticas contra el gobierno liberal y su eficiente excitación de los deseos que España tenía de volver a ver a su rey paseando por las estancias del Palacio Real. Resulta abracadabrante pensar que personajes en el fondo tan simplones, con esa simplonería que aporta el ser un talibán de lo que sea que se piense, como Escoiquiz, pudieron ser más listos que los políticos que acabarían relatando el siglo en sus memorias. Pero, cuando menos en parte, lo fueron. A veces, los penalties te los meten; a veces, eres tú quien no los para.

Fernando, es bien sabido, se fue a Valencia. Se acochinó en tablas, con el culo contra el mar Mediterráneo, dispuesto a salir a la naja si la cosa se ponía mal, pero también razonablemente seguro de que aquél le era un territorio propicio. Sabían sus acólitos, además, que un viaje desde Valencia hacia Madrid, que al fin y al cabo habría que hacer porque recuperar España siempre ha pasado por librar la batalla de Madrid, debería atravesar los bellos páramos y trochas de la Castilla oriental; un lugar que entonces era como una sábana lavada por el liberalismo bélico a la que los curas estaban secando al modo de nuestras abuelas, esto es, a base de darle una mano de hostias con una raqueta.

Nunca entenderé, la verdad, el gesto que tuvo la Regencia de enviar únicamente para estar al lado del rey a su primo el cardenal de Borbón. Si nosotros lo sabemos, que lo sabemos, mucho más debían de saber los regentes, y los prohombres liberales que los sostenían, que Luis de Borbón era persona pusilánime y personalmente proclive a hacer pandán con el rey en sus movidas anticonstitucionales. El presidente de la Regencia se convirtió en solitario en la correa de transmisión entre el rey y un gobierno efectivo de la nación al que Fernando seguía ninguneando (tampoco les hizo oficialmente partícipes de su decisión de parar en Valencia). Ciscar y Agar se limitaron a enviarle cartas intimándole a salir hacia Madrid lo antes posible; pero no hicieron lo que en mi opinión debieron hacer, es decir haber acompañado cuando menos uno a su compañero el cardenal.

Lo que ocurrió era de esperar. En Valencia, los hombres de Fernando montaron toda una estrategia de golpe de Estado, delante de las narices del cardenal de Borbón y del ministro José de Luyando, que formaban la triste e ineficiente delegación gubernamental que teóricamente lo tenía que controlar todo. En el fondo, todo tiene que ver con la Revolución Francesa y los cambios que había introducido en la dinámica de los países. Una de las novedades que trajo, no tanto la revolución como su resultado final, esto es el sistema napoleónico, fue la figura del golpe de Estado militar. Esa situación en la que el Ejército se constituye en ente político independiente, mira por sus propios intereses y en consecuencia interviene como tal en la gobernación de la nación. En Valencia, Fernando contaba con tres cosas: una, el prestigio que le aportaba haber descendido hasta Valencia en medio de los vítores enfervorecidos de pueblos y de ciudades; dos, la inteligencia con que el partido absolutista se desempeñaba en la opinión pública del país; y, tres, el apoyo del Ejército. Ante estos poderes, Ciscar y Agar (al cardenal no sería lógico ponerlo en esta lista) oponían su convicción moral y jurídica de que eran el gobierno de España. Como diría cien años después Castelar, lo primero que tiene que tener una república es mucha guardia civil. Ellos, en cambio, se tenían a sí mismos, la labor de las Cortes, y la convicción de que tenían la razón. Poco más.

La mayoría de los españoles, y entre ellos hay que contar muy especialmente a los que llevaban uniforme y entorchados, que recibieron órdenes o mensajes contradictorios, de la Regencia y de su rey, no lo dudaron: la legitimidad del poder siempre había estado en el segundo, así pues lo lógico era obedecerle a él. El discurso de la Regencia, en este punto, se volvía incoherente, dubitativo y hasta subversivo a los ojos de muchos. Nadie pudo ver con claridad lo que preparaba el Borbón porque aquella España estaba embarcada en uno de esos momentos mágicos, uno de esos cambios para bien (Gloriosa, proclamación de la República, bla) en los que El Mundo es Cascada de Colores y todo, absolutamente todo, lo que va a pasar es maravilloso: los pedos van a dejar de oler, todos los políticos van a ser honrados, problemas sempiternos que llevan supurando siglos se van a resolver en una mañana, esas cosas. Como España estaba lanzando perfume, allí nadie era capaz de imaginarse que, al fin y a la postre, Fernando fuese a demostrarse como un perfecto hijo de puta. Esto, sin embargo, es lo que estaba haciendo. Esperó, dilatando su viaje en fiestas y admoniciones encomiásticas al pie de las modestas iglesias de España, hasta que tuvo claro que las tropas que le acompañaban más el poderosísimo Ejército de Castilla la Nueva, bajo el bastón de mando del general Francisco Javier de Elío, lo respaldarían en un golpe anticonstitucional. El 4 de mayo se quitó la careta y dijo eso de hasta aquí hemos llegado, cabrones.

En Francia, además, acababa de ser coronado un rey absolutista, Luis XVIII. Comenzaba a tomar cuerpo el tsunami que, de alguna manera, acabaría produciéndose en Europa para reconstruir en el continente el status quo absolutista. Por lo demás, los fernandinos sabían que el principal aliado internacional que se habían buscado los liberales españoles, Inglaterra, era un aliado bastante feble a la hora de propugnar procesos constitucionalistas.

Siendo como eran los conspiradores mucho más listos que los conspirados, que como ha he dicho en mi opinión eran una especie de teletubbies ideológicos, por supuesto los primeros estuvieron mucho más listos y rápidos a la hora de engrilletar a los segundos, que los segundos a la hora de plantear batalla. Para cuando se quisieron dar cuenta, Ciscar, Agar y todos los hombres mínimamente significados de las Cortes estaban en el maco y sin derecho a llamar por teléfono.

En suma, esto es, muy superficialmente, lo que pasó; sin detrimento de que, en algún otro momento, tomemos aquí el testigo de contarlo más en extenso,y contarlo, además, desde la orilla en la que este relato se hace para mí verdaderamente interesante, que es adoptando en lo posible el punto de vista del propio rey Fernando. Puesto que el objetivo de estas notas es contar el periplo vitar de Gabriel Ciscar, no creo que haga falta detenernos en esta serie en los sucesos que llevaron a Fernando de Borbón a recuperar la corona absoluta de España. Si acaso añadir alguna reflexión personal al respecto.

La historiografía, muy particularmente la española, en parte porque es, muchas veces, una historiografía ideologizada (esto quiere decir subvencionada); en parte porque hay pulsiones que son muy humanas, como ponerse siempre del lado de David frente Goliat, tiende a ser muy comprensiva con los liberales de Cádiz y con la Regencia de la que formó parte el marino de Oliva cuya vida apuntamos aquí. La verdad, no es mi caso. Yo no siento una gran simpatía por los liberales de Cádiz porque, sin negarles en ningún momento su visión política de futuro y sus buenas intenciones, creo que la herencia que nos dejaron no fue del todo buena. Que no pudo ser buena estando por medio un hijo de puta como don Fernando, ello es cierto; pero que pudo ser mejor, para mí sí que lo pudo.

La Regencia (esto quiere decir en buena parte: los liberales de Cádiz) fue el primer movimiento político español moderno, y comenzó cometiendo un error que muchos cometerían después de ella: el error de pensar que se puede legislar contra la voluntad social; que se puede, como se dice hoy, hacer ingeniería social desde el poder.

No hay tal. Los pueblos son como son. Son la materia prima de esa herramienta construida que llamamos sistema político. El liberalismo español siempre ha cometido el error de pensar que, como él en su mismidad lo tiene todo muy claro, los administrados acabarán por aceptar sus regulaciones. Pero la opinión pública no es así. A la opinión pública no le gusta que le obliguen a calzar un 40 si su pie es del 42. La única manera de imponérselo, esto es lo que aprendieron Marx primero y Lenin después estudiando precisamente el siglo XIX, es a hostias. A la gente, o le legislas lo que quiere que le legisles, o se lo tienes que imponer por decreto de una autoridad, militar por supuesto, que aderece la legislación con el argumento de que si no la aceptas te van a dar una mano de hostias en los sótanos de la Puerta del Sol.

En la Historia de España, a mi modo de ver, hay dos errores liberales de libro que, en el fondo, son el mismo error. Uno es el decreto de abolición de la Inquisición, y el otro la redacción del artículo 26 de la Constitución de la II República. En ambos casos, políticos altamente ideologizados, deseosos de que sus sueños sean realidad, deseosos de que su idea de que España ha pasado a ser lo que ellos creen que es (el famoso “España ha dejado de ser católica” de Azaña; el orgullo infatuado de un político que piensa que un país puede renunciar a una fe colectiva porque lo diga un papel); ese tipo de políticos, digo, suben la escalera de la evolución saltando los escalones de tres en tres, y se posicionan en el piso tercero cuando el momento histórico procesal es mucho más propicio para estar, todavía, llegando al primero. La España de principios del siglo XIX estaba mucho más madura para aceptar medidas desamortizadoras (muchos elementos eclesiales la daban por inevitable desde el siglo anterior) que la abolición de instituciones con elevado carácter simbólico (y casi nulo poder práctico). Abolir la Inquisición a principios del siglo XIX era un gesto parecido al que quiso tener el PSOE (se lo llegó a plantear) en los primeros tiempos de Felipe González de disolver a la Legión. Afortunadamente, los políticos socialistas entendieron que, de haberlo hecho, a miles de personas a las que hasta entonces lo del Cristo y El Novio de la Muerte y bla se la traía floja, de repente reivindicarían su permanencia y empezarían a decir poco menos que sin la Legión no se puede vivir. Lo que hicieron, al fin y a la postre, fue enviar a la Legión a misiones humanitarias; integrarla.

Esta inteligencia, este tipo de inteligencias que en mi opinión son las que por cierto hacen grande a González, es la que le faltó a aquellos primeros liberales españoles, que echaron su resto sobre la mesa en una última baza pensando que sólo podían pasar dos cosas: una, que ellos tuvieran mejores cartas, y ganasen; dos que, aun teniendo peores cartas, el contrincante decidiría otorgarles la victoria porque, al fin y al cabo, la diosa Razón les asistía.

A la Regencia de España todo lo que le preocupó de verdad, en el terreno de lo posible, fue conservar la alianza con Inglaterra para ganar la guerra. Pero cuando la tuvo ganada estuvo torpona y poco lista. Para empezar, no desplegó terminales, ni oficiales ni extraoficiales, con Napoleón, lo cual me parece que fue su mayor error. De haberse encontrado el emperador en la tesitura de negociar con un piernas que pasaba las tardes haciendo calceta en Valençay y los tipos que de verdad dominaban España, no se lo habría pensado. Era una negociación difícil, pero, ¿hay alguna que no lo sea?

Lo primero que has de hacer cuando subes a un ring es ser consciente de tus fuerzas. La Regencia, en cambio, no es que no fuese consciente de las pocas fuerzas con que contaba, que eran muy pocas, sino que, aun por encima, las redujo más con una política apresurada. Para colmo, para cuando se subió al ring todavía creía que estaba yendo a una fiesta.

Fernando de Borbón no era una persona especialmente lista. Tampoco tenía ninguna inteligencia descollante entre sus asesores. Que un tipo así ganase, además por KO, no es sino la demostración de que en esta vida hay que entrenar más, reflexionar a fondo sobre las consecuencias de los actos propios, y saber ser taimado. La herencia del egoísmo de un rey y la torpeza sobrada de un movimiento liberal ha sido, es, una España cainita, enfrentada, donde todo el mundo tiene la razón y todo el mundo la niega, donde el pacto y el encuentro a mitad de camino son figuras retóricas y donde lo que más no gusta, por debajo de la paella, es, simple y llanamente, insultarnos.

Bull's eye!, colegas.