sábado, febrero 03, 2007

El mito de las Cortes republicanas

La Historia está llena de tópicos. La mayoría son ciertos, en todo o en parte. Otros carecen de justificación. Uno de los que siempre me han sorprendido más es el que sostiene la alta calidad retórica de las Cortes de la República. He escuchado, no pocas veces, a muchas personas hablar de la altísima altura retórica que, como media, mostraba el Congreso en los años de la República. Este mito nace, tal vez, del hecho de que de aquellas Cortes formaron parte personas de gran altura intelectual, como José Ortega y Gasset o Miguel de Unamuno; quienes, por cierto, no escribieron sus mejores páginas en el Diario de Sesiones. También contribuye al mito el hecho de que uno de los grandes personajes de aquellos debates, Manuel Azaña, pase por ser lo que era: un político con un nivel cultural por encima de la media.

Todos estos factores, sin embargo, no impiden que la mayoría de los debates parlamentarios de los tiempos de la República estuviesen presididos por una zafiedad que hoy difícilmente se aceptaría en la misma tribuna. Para demostrar esta convicción mía, voy, en este post, a acudir a diversos ejemplos, todos ellos, por cierto, tomados del primer bienio de la República, 1931-1932, es decir la etapa constituyente. De esta manera me ahorro, por así decirlo, etapas parlamentarias como la inmediatamente anterior a la guerra, en la que se produjeron nada veladas defensas de fascismo y amenazas directas de muerte. Hablamos, pues, de los tiempos buenos.

En los tiempos buenos, 27 de agosto de 1931, el entonces ministro de Hacienda, Indalecio Prieto, atacó los fueros vascos con este argumento: «(…) el antiguo fuero era un fuero tan anticlerical, tan sensato y tan humano, que llega a disponer, como en el Fuero vizcaíno, que cada cura tuviese su barragana para tranquilidad de todos los vecinos.»

30 de septiembre de 1931. Interviene una de las escasas diputadas de las Cortes, la señorita Campoamor, en el curso de un debate con un diputado de la izquierda. Su anuncio «le voy a decir a su Señoría tan sólo dos cosas», es saludado por un diputado que grita: «¡Cuidado, que a esa edad todas son beatas!» Este tipo de interrupciones era común en aquellas Cortes por lo visto tan ecuánimes (por cierto, que el debate sobre la pertinencia o no de conceder a la mujer derecho al voto en las elecciones del 33 no tiene desperdicio).

En el Diario de Sesiones del 18 de noviembre de 1931 encontramos una perla retórica de uno de los diputados entonces más belicosos, Joaquín Pérez Madrigal, un radical-socialista que era conocido como El Jabalí de las Cortes. Dice: «Quería decir, señor presidente, que en una intervención, nocturna por cierto, acudí a un acto del primer jabalí de la República, el señor Unamuno, y le imputé la paternidad de una carta que apareció inserta en el órgano huérfano de la dictadura. Esta inculpación, acaso temeraria, vive en el Diario de Sesiones, no ha tenido la rectificación adecuada por el órgano legítimo que podría desmentirla, que es el primer jabalí de la República (…)». Palabras que son contestadas por un diputado no demasiado lejano ideológicamente del que había hablado, el señor Balbontín, con este dechado de respeto: «(…) Termino rogando a los señores De la Villa, Pérez Madrigal y demás jabalíes del Partido Radical-Socialista, verdaderos jabalíes de bazar, de cartón piedra, jabalíes de pega (se produce un escándalo). Os lanzáis unas veces contra la minoría agraria y otras contra nosotros; pero ni una sola vez habéis lanzado un grito de protesta contra el Gobierno. ¡Esclavos! ¡Siervos! (Arrecia el escándalo)».

Ese mismo día, que debió ser movidito, un diputado conservador, Casanueva, reprocha a la diputada de la izquierda Margarita Nelken que no haya hecho nunca profesión pública de españolismo. A lo que el inefable Pérez Madrigal contesta gritando: «Es usted un diputado faccioso». El presidente del Congreso, Besteiro, le pide por tres veces que retire una imputación tan directa, a lo cual se niega.

Otro interesante y elevado clinch entre Balbontín y Pérez Madrigal. El 16 de marzo de 1932. El primero de ellos está atacando a un diputado radical-socialista, Félix Gordón Ordás, por seguir apoyando al Gobierno. Cuando Gordón le está contestando que él es dueño de sus actos, Pérez Madrigal grita: «¡El señor Balbontín vive de las mujeres!» A lo que el apelado contesta: «El señor Pérez Madrigal se ha hartado de robar máquinas Yost. Es un ladronzuelo vulgar (Escándalo). Cállese su Señoría, que ha sido del Directorio y tomó champán con el Dictador [Primo de Rivera] (…) El señor Pérez Madrigal, cuando llevaba la representación en Córdoba de las máquinas Yost, y tengo pruebas de ello, fue destituido por quedarse con el importe de las ventas (…)».

Aquellas Cortes estaban repletas de eso. Fulano cometió tal o cual irregularidad, tengo las pruebas, nunca las muestro, pero ahí queda.

El 26 de abril de 1932, el ministro de la Gobernación (Casares Quiroga) pronuncia esta perla: «Si de algo tengo un cierto remordimiento, si de algo mi conciencia de ministro de la República tiene que arrepentirse, si de algo tiene que reprocharse el ministro a quien habéis entregado un arma para defender la República, es de no haberla utilizado antes contra la Judicatura» [y que viva Montesquieu].

13 de julio de 1932. Interviene Gil-Robles. Critica a un diputado de la izquierda, Menéndez, de quien dice que siempre ha sido un burgués y «jamás ha tenido título alguno para representar al proletariado». Menéndez responde: «Su Señoría es un perfecto imbécil». A requerimiento de Gil-Robles, el presidente, Besteiro, requiere al diputado que retire el insulto.

«MENÉNDEZ: ¿Cuál?

BESTEIRO: No lo sé.

MENÉNDEZ: ¿Lo de perfecto? Pues lo dejo en imperfecto imbécil, y queda retirada.»

El tal Menéndez era subsecretario del Gobierno cuando decía estas lindezas. Y Gil-Robles, pues como siempre, haciendo amigos…

Solazaos con este diálogo del 19 de octubre de 1932 entre un diputado gubernamental, Álvarez Angulo, y el ya famoso Balbontín.

ÁLVAREZ ANGULO: (…) Pero yo he de decir que ese Colegio de Abogados no se ha ocupado cuando han ido los deportados sindicalistas a Bata…

BALBONTÍN: Y vosotros tampoco.

ÁLVAREZ ANGULO: Su Señoría se acuerda siempre de ellos a la hora de comer.

BALBONTÍN: Y habéis votado en contra.

ÁLVAREZ ANGULO: Frente a los consortes. Yo digo que su Señoría es un frutero consorte y frutero con suerte, que ha vivido del Consorcio.

BALBONTÍN: ¡Usted carece de vergüenza política! No tiene derecho a hablar así (…) Besteiro le llama al orden.

ÁLVAREZ ANGULO: Señor Balbontín, yo no le he tuteado nunca a su Señoría porque tengo a menos hablar con su Señoría, y le ruego que me respete, como yo lo hago.

BALBONTÍN: Está usted haciendo el ridículo, amigo.

ÁLVAREZ ANGULO: Yo haré todo el ridículo que quiera su Señoría; pero su Señoría, que ha sido toda la vida un cobarde, lo ha sido ahora en el Colegio de Abogados al no levantarse contra los calumniadores del régimen.

BALBONTÍN: ¡A su Señoría le parto yo la cara!

9 de noviembre de 1932. Miguel Maura, ex ministro de la Gobernación, republicano de corte conservador, habla en el Parlamento. En el curso de un intercambio de requiebros aparentemente sin importancia, Pérez Madrigal (políticamente a su izquierda) le dice: «Aquí siempre tenemos mucha gracia». Maura contesta: «y mucha desvergüenza». Por mucho que se lo exige el Presidente Besteiro, se niega a retirar el insulto. Sólo tras mucha porfía consigue convencerle de que delegue en él la decisión, y entonces Besteiro retira el insulto en su nombre.

Gil Robles, el 9 de febrero de 1933. Moderada intervención: «(…) lo que yo he dicho, y reafirmo aquí, es que, no todas, sino algunas autoridades de la República, en vez de tener en la mano un bastón de mando, deberían tener un grillete».



En los tiempos actuales que vivimos hay, como tiene que ser, división de opiniones parlamentarias. Cuando se produce un debate del Estado de la Nación, unos quieren ver ganador al líder de la oposición y otros al presidente del Gobierno. Pero una cosa está clara: si cualquiera de los dos dijese cualquiera de las cosas que aquí se han reproducido, ya no habría duda: sería el perdedor.

Así pues, cierto es que nuestros parlamentarios de hoy en día apenas dominan la retórica. Que todo lo leen, que tienen escasa capacidad polémica y, además, suelen darle, cada vez que abren la boca, patadas al idioma. Pero decir eso no puede equivaler a decir, en justicia, que cualquier pasado fue mejor.

Hay pasados que, si pudiéramos, deberíamos cambiar.