miércoles, junio 13, 2018

El regente Ciscar (2: Vamo' a hasé un sistema métrico)

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La cumbre de la vida profesional (la política es otra cosa) de Gabriel Ciscar llegó, efectivamente, en 1798. En dicho año, su pericia como marino y muy especialmente su dominio de las disciplinas científicas hizo que fuese designado como representante español en la comisión internacional que se formó para establecer el sistema métrico decimal en París.

Para Ciscar, ésta fue siempre la cumbre de su carrera como marino y, de hecho, el mérito de haber sido elegido para formar parte de la Comisión fue el último que retuvo y el que utilizó para definirse al final de su vida. El nombramiento, hay que reconocerlo, no era cualquier cosa pues trajo aparejada la Cruz de la Orden de Carlos III que, no se olvide, era una condecoración pensionada. Que hay medallas y medallitas; ésta era una medalla.

Como ya sabemos por haberlo contado eneste blog, en 1790 la Asamblea Constituyente de Francia había decidido, en el marco de la ola de racionalismo que la embargaba, resolver el dédalo de medidas distintas que existía en su país y en el mundo creando un sistema único basado en elementos puramente racionales. Se quería, por lo tanto, elaborar una nueva medida de longitud que fuese una división exacta del perímetro del mundo. Para ello, encargó la medición precisa del meridiano terrestre entre Dunquerque y Barcelona, una medición que fue más que problemática; y en 1795 decretó la instauración de nuevo sistema métrico en Francia, aunque ésta fue una implantación falsa en la práctica y, de hecho, Francia acabaría siendo, a la vez, la cuna del sistema métrico y uno de los países que más renuentes se mostró a la hora de aplicarlo.

En fin, antes de que eso ocurriese, en 1796 los franceses iniciaron un proceso de difusión del nuevo sistema allende y aquende las cordilleras de Europa. Eran científicos que llegaban a los países armados con tomos de tablas y correlaciones, además de una vara de un metro exacto y un peso de un kilo.

A España llegó, con esta misión, Jean-Baptiste Le Chevalier. El señor Caballero era un profe de mates que había tenido la ocasión de colaborar con Méchain en la medida de su parte del meridiano, así pues tenía una experiencia de primera mano de la cosa.

En 1796 había fallecido ya, de tiempo atrás, Carlos III, que es probablemente el rey español que mejor habría entendido las sutilezas del proyecto de un sistema métrico decimal. En España gobernaba Carlos IV, algo menos proclive a estas discusiones; y, en la práctica, era Manolo Godoy quien lo organizaba y lo mandaba todo. Le Chevalier, consciente de que ese señor era el que tenía que encoñar, tiró de contactos en Madrid hasta llegar a fray Salvador Jiménez Coronado, un curita bastante ilustrado en materias científicas que de hecho presidía el cuerpo de ingenieros del Estado y tenía bastante conocimiento del valido.

La jugada, sin embargo, le salió a Chevalier por la culata. No acabo de tener muy claro si Jiménez Coronado recelaba del sistema métrico, del francés o de ambos, pero el caso es que el mediador que se había buscado el matemático para llegar al sanhedrín del poder español, más que ponerse de canto, se puso en contra del éxito de la misión. De hecho, fray Salvador se dedicó a darle informes a Godoy en los que le decía que todo era una coña, que el francés no estaba en España por el sistema métrico sino para utilizar dicho proyecto, en teoría tan frío e independiente, para obtener informaciones importantes sobre España. En una situación como la que estaban Francia y España a finales del siglo XVIII, al borde de la guerra todos los días a partir de las cuatro de la tarde, era una movida creíble.

El sacerdote, además, consciente de que Godoy tendría problemas por sí mismo para entender las sutilezas del sistema métrico, explotó con eficacia los aspectos más polémicos del proyecto para desacreditarlo científicamente, y argumentó ante el valido que la medición del meridiano tenía muy poco de exacta y que, por lo tanto, el metro tenía poco de racional. Hay que reconocer que, en este punto, no mentía, pues como sabrá toda persona medianamente ducha en la historia de la creación del metro, dicha medición presentó muchos problemas de exactitud y finalmente la decisión sobre la longitud del metro tuvo elementos de arbitrariedad.

Las resistencias de Jiménez Coronado presentan otros elementos que, personalmente, considero bastante lógicos si trato de empatizar con el personaje. Teniendo en cuenta el giro que los acontecimientos políticos habían dado en Francia, el metro ya no se podía considerar producto de la Ilustración, sino más bien del jacobinismo. En estas circunstancias, dejarlo entrar en España, por así decirlo, podía suponer, también, establecer las ideologías revolucionarias. Se preguntaba asimismo el prelado si, empezando por el metro, no se terminaría también introduciendo el calendario republicano.

El gobierno español, sin embargo, tenía muy poco margen de maniobra. En ese momento era aliado de Francia y de hecho era fuertemente dependiente de París. Godoy sabía, pues, que sus poderosos vecinos no aceptarían así como así que España recibiese el proyecto con escepticismo, mucho menos lo rechazase. Por ello, Jiménez le aconsejó al valido que instase a Chevalier a entregarle las medidas al cuerpo de Ingenieros, que ya él, entonces, se ocuparía de hacerlas caer en el olvido.

Godoy, sin embargo, optó por otra estrategia. Y la verdad es que con ella demostró que tal vez sabía algo más sobre la ciencia y los científicos de lo que cabría sospechar, pues tiró de una de las máximas del científico que no quiere apoyar una teoría que se le presenta: aducir que necesita más datos. En España, le explicó Godoy al francés, no se habían hecho mediciones necesarias para confirmar la medida del metro, y sin ellas sería muy difícil que el país se uniese al proyecto. Lógicamente, a Le Chevalier esta respuesta no le valió, por lo que trató de modificarla, sin éxito. Consciente ya de que el cuerpo de Ingenieros le era hostil, trató de buscar otros aliados y acabó por encontrar un foro más amable, por así decirlo, en la Academia de Historia. Importantes miembros de la misma le escucharon con paciencia y amabilidad e incluso acabaron por organizar una reunión conjunta con algunos científicos sobre la materia. Pero el francés acabó abandonando España, irritado y sin resultados. Todo el kit que había traído, sus libros, el metro y el kilo, quedaron depositados en la Academia de Historia.

En todo caso, el escaso éxito que tuvieron las misiones francesas por Europa adelante hizo reflexionar a los galos, cuando menos por una vez. El problema, en efecto, no sólo se les presentó en España, sino en la mayoría de los países que visitaron sus corresponsales; y la esencia del mismo era siempre la misma. Francia, imbuida de un espíritu de superioridad intelectual y moral sobre sus vecinos que el mito del soldado Nicolás Chauvin no haría sino recoger y exacerbar, no había pensado nunca en otra cosa que en imponer su nuevo sistema a otros países, sin más palabras. Sin embargo, como digo en la mayoría de los lugares a los que fueron enviados los profetas del nuevo sistema, se encontraron con comunidades de científicos que ni se creían del todo las bases del proyecto del meridiano, ni aceptaban per se como buenos sus resultados, o ni siquiera estaban convencidos de que el método adoptado fuese el más racional para generar un sistema métrico decimal. Era una forma que tenían los países de decirle a los franceses que, aunque considerasen su nación la más grande del orbe (cosa que en ese momento probablemente era), no por ello tenían el derecho de decirle a nadie que hiciese lo que ellos querían.

Fruto de esta reflexión de humildad, que como tal debió de costarle graves ataques hemorroidales al francés medio, el ministro de Exteriores, Charles Maurice de Talleyrand, optó por convocar una conferencia internacional (en París, por supuesto) para definir el nuevo sistema. En realidad, aquella seudocesión no era sino un sostenella y no enmendalla. Talleyrand había llegado a la conclusión de que una conferencia internacional, siempre y cuando se celebrase en París y fuese en buena parte dirigida por franceses, no haría sino incrementar el prestigio internacional de su nación.

La Gazeta de Madrid publicó la carta de Talleyrand con la invitación a España el 29 de junio de 1798. Esto cambiaba radicalmente las cosas. Ahora ya no se trataba de un tipo que venía y decía que; aquello era un comunicado en toda regla, por vía diplomática, enviado por la potencia mundial de la que España dependía en casi todo en aquel momento. La negativa no era una opción.

Creo que es lo más acertado a la realidad decir que, desde el minuto uno, Godoy y el rey Carlos tuvieron claro que el representante español debería ser un marino. Ya Jorge Juan y Antonio de Ulloa habían participado en la expedición de Charles Marie de la Condamine en Perú. De hecho, prácticamente todos los españoles que eran expertos en matemáticas eran marinos. Por lo tanto, Juan de Lángara, ministro de Marina en el gobierno de España, recibió el encargo directo de decidir quién representaría al país en París.

No existen testimonios de que Lángara se lo pensase mucho. Es bastante probable, de hecho, que Ciscar fuese su primera opción. Por escrito, el ministro consideró consolidado el criterio dentro del propio cuerpo de Marina en el sentido de que Ciscar era el español más versado en matemáticas, así pues la elección estaba clara.

Dado que la respuesta oficial de España a París con el nombre de Ciscar es del 15 de julio, esto es apenas dos semanas después de recibir el Palacio Real el e-mail de Talleyrand, justo será avizorar que la decisión fue fácil, que Ciscar no tuvo competidores, y que contó, en todo momento, con el convencimiento y el apoyo de todas las personas implicadas en la decisión. A favor de nuestro marino jugaba el hecho adicional de que algunas de sus obras y trabajos eran ya conocidas y valoradas en el extranjero, notablemente en Francia.