lunes, octubre 08, 2007

Munich

Ya he comentado otras veces que los amigos de la Historia somos también amigos de las efemérides. Las efemérides y los aniversarios, en efecto, son momentos ideales para recordar cosas, darles su auténtico valor e incluso, en algunos casos, hacer jugosos negocios con ellos; ahí está el aniversario del descubrimiento de América para demostrarlo.

El mundo de las efemérides, sin embargo, es, como todos, injusto. Hay aniversarios que se recuerdan en exceso y otros que pasan completamente desapercibidos. Uno de estos últimos es, a mi parecer, el 45 aniversario, que se celebró en los primeros días de junio pasado, del llamado por unos coloquio o reunión, y por otros contubernio de Munich. Y resulta triste que nadie en nuestro espectro sociológico y político haya tenido demasiada intención de celebrar este aniversario; es triste, sí, porque significa el escaso, cuando no nulo, significado que para nuestros políticos de hoy en día tiene la reunión de Munich. Quizá porque la conclusión de las reuniones en la ciudad bávara fue la superación de diferencias políticas que hoy parecen, de nuevo, irreconciliables. Lo cual es, cuando menos a mi modo de ver, lamentable.

El contubernio de Munich, como lo llamó el franquismo, fue una reunión organizada por el Movimiento Europeo, que era, por lo que he podido averiguar, una especie de think tank de la unidad europea, creado en 1948 e impulsado por personas y fuerzas más bien conservadoras, filocatólicas, anticomunistas, partidarias de la unión europea (o sea, gentes europeas más bien de derechas que remaban, como luego se ha visto claramente, a favor de corriente). Este centro de pensamiento hacía lo que hacen ese tipo de órganos, es decir pensar y discutir, y los días 5, 6, 7 y 8 de junio de 1962, convocaron en Munich una de esas pensadas, para la que enviaron 118 invitaciones personales a otros tantos españoles. El primer bofetón para el franquismo rampante en España fue que los señores del ME, dado que no estaban en modo alguno influidos por las filias y fobias del Generalísimo, incluyeron en esa lista tanto a españoles de interior, que por lo tanto vivían en España legalmente; como a españoles de exterior, es decir desterrados o exiliados.

El objetivo del Movimiento Europeo fue, desde el principio, que esos 118 españoles discutiesen abiertamente sobre el pasado, el presente y el futuro de España, y llegasen, a ser posible, a conclusiones sobre el último de esos tres puntos.

A pesar de que el mensaje final de Munich, que lo hace tan grande a los ojos de la Historia, fue la concordia, no todo fue un camino de rosas. De hecho, fue imposible reunir a todos los participantes en una sola comisión. José María Gil-Robles, el líder durante la República de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), entonces sentado a la derecha de Juan de Borbón y que acabaría impulsando un proyecto demócrata cristiano que en la Transición no llegó muy lejos, era el principal representante de los españoles de interior, los que vivían con y bajo Franco, para entendernos. Bueno, pues Gil-Robles se negó en redondo a sentarse en la misma mesa a discutir el futuro político de España con los españoles del exilio. Según el planteamiento de Gil-Robles, eran los españoles de interior, los que vivían en España, los que tenían, por así decirlo, que decidir el futuro político del país; reservaba para los exiliados el papel de adherirse, si les parecía bien, a lo que esos españoles de interior decidiesen.

En el fondo de este enfrentamiento se encuentra el hecho de que, en 1962, han pasado ya más de veinte años desde el final de la guerra, lo cual ha abierto, dentro del antifranquismo, cierta sima entre exiliados y gentes del interior. En términos generales, los exiliados tendían a encadenarse con fuerza a los tiempos pasados (la República), y a reclamar la legitimidad de aquel régimen. Independientemente de que tuviesen o no razón, esa postura era notablemente miope, pues si hubo (algún día podríamos hablar de esto) alguna posibilidad de que el mundo libre presionase para echar a Franco, que yo creo que no la hubo nunca, desde luego en 1962 se había esfumado.

Las Cortes de la República, así como su gobierno, tienden a ser una reliquia del pasado que cada vez, por ley de vida, tiene menos miembros. En 1962 han muerto ya Negrín, Largo Caballero, y ese mismo año muere Indalecio Prieto, por citar sólo a los socialistas. Sin embargo, los exiliados siguen manteniendo viva esa llama y, es más, ven con malos ojos el posibilismo que surge entre los opositores de interior, los cuales, como el socialista Enrique Tierno Galván, comienzan a pronunciar las dos putas palabras prohibidas: solución monárquica. En efecto, el socialismo de interior comienza a coquetear con la idea de que la mejor manera de sacar a España del impasse franquista es construir una monarquía constitucional y parlamentaria, y para ello tienden puentes con Gil-Robles y otros de su clan. Pero esto es un anatema en los oídos de los exiliados, sobre todo de los socialistas, por dos razones: primera, porque cuando echaron a Alfonso XIII juraron solemnemente que los reyes no volverían; y, segundo, porque esa entente supone entenderse con su viejo rival, el líder de la CEDA.

Los opositores de interior, sin embargo, conviven día a día con Franco y con el apoyo que el país le da. Porque ahora se pueden escribir un montón de libros y artículos, y filmar películas y series de televisión y lo que se ponga por delante, dando la sensación de que el franquismo eran cuatro locos que apoyaban al general y 36 millones de opositores silenciosos. Sin embargo, el escribir libros y hacer series de televisión contando mentiras no las convierte en verdades. En 1962, cuando se celebró la reunión de Munich, los opositores de interior sabían que los españoles llevaban veinte años aplaudiendo a Franco con las orejas. Sabían que las soluciones basadas en el enfrentamiento frontal ya no ocurrirían y que nadie en España iba a echar a Franco como echó a Alfonso XIII o a Isabel II. Pensaban que las cosas había que hacerlas de otra manera, de otra manera más, por así decirlo, europea.

¿Quiénes fueron a Munich? Pues, básicamente: la Unión Española, que era un grupo monárquico de corte liberal; los democratacristianos de derecha (Gil-Robles); los democratacristianos de izquierda, partidarios de una alianza con los socialistas; las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC), movimientos sindicales confesionales no exentos de fuerza entonces entre los obreros españoles; Acción Democrática, un grupo de corte socialdemócrata al que pertenecía el ex falangista Dionisio Ridruejo; el PSOE; delegados del gobierno vasco en el exilio; delegados de partidos nacionalistas catalanes (pero no, como veremos, del gobierno catalán en el exilio); y el Felipe o Frente de Liberación Popular. Los monárquicos y democratacristianos de derecha fueron los que forzaron la creación de dos comisiones porque no querían parlamentar con los exiliados y, asimismo, son, a decir de Ridruejo, la razón de que los comunistas no asistieran.

En Munich, pues, se reunió un poco el agua con el aceite. Y por eso, los organizadores de la movida se inventaron una excusa para crear no una, sino dos comisiones de españoles, la A y la B, a la que cada uno se adscribiría a su gusto. Una forma elegante, muy alemana, de formar un grupo de interior y otro de exiliados, sin tener que llamarlos así.

Ni siquiera la famosa foto de Gil-Robles y Llopis fue sincera. Esta foto fue lo que más daño le hizo al franquismo y la imagen de Munich que dio la vuelta al mundo. El otrora líder de la CEDA y el actual secretario general del PSOE dándose la mano. O sea: hace veinte años se habrían saltado el uno al otro la tapa de los sesos, y ahora se daban la mano. Aquella foto fue la imagen viva de la nueva concordia española. Lo que quizás se ha olvidado es que Llopis y Gil-Robles apenas se encontraron por los pasillos, y que debemos la existencia de dicha foto a la pericia de los fotógrafos, no a su voluntad expresa.

La comisión A quedó presidida por José María Gil-Robles, por lo tanto jefe tácito de los del interior; y la comisión B por Salvador de Madariaga, ídem de los exiliados. Pero aquí terminaron las cuestas, porque a partir de este punto, Munich comenzó, por así decirlo, a funcionar. Resultó que ambas comisiones, una fundamentalmente formada por gentes de interior y otra por exiliados y gentes de interior más o menos en parecida proporción, llegaron por separado a conclusiones tan similares, que no fue difícil lograr un documento de consenso. En realidad, la única diferencia entre ambas comisiones era la cuestión institucional, o sea la forma de Estado. Pero ambas partes admitían que esa discusión no era el objetivo de la reunión, así pues no les costó obviarla.

Queda para la Historia el texto de la resolución, que se aprobó por unanimidad.

El Congreso del Movimiento Europeo, reunido en Munich los días 7 y 8 de junio de 1962, estima que la integración, ya en forma de adhesión, ya de asociación de todo país a Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas, lo que significa, en el caso de España, de acuerdo con la Convención Europea de los Derechos del Hombre y la Carta Social Europea, lo siguiente:

1.- La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados.

2.- La efectiva garantía de todos los derechos de la persona humana, en especial los de libertad personal y de expresión, con supresión de la censura gubernativa.

3.- El reconocimiento de la personalidad de las distintas comunidades naturales.

4.- El ejercicio de las libertades sindicales sobre bases democráticas y de la defensa por los trabajadores de sus derechos fundamentales, entre otros medios por el de la huelga.

5.- La posibilidad de organización de corrientes de opinión y de partidos políticos con el reconocimiento de los derechos de la oposición.

El Congreso tiene la fundada esperanza de que la evolución con arreglo a las anteriores bases permitirá la incorporación de España a Europa, de la que es un elemento esencial; y toma nota de que todos los delegados españoles, presentes en el Congreso, expresan su firme convencimiento de que la inmensa mayoría de los españoles desean que esa evolución se lleve a cabo de acuerdo con las normas de la prudencia política, con el ritmo más rápido que las circunstancias permitan, con sinceridad por parte de todos y con el compromiso de renunciar a toda violencia activa y pasiva antes, durante y después del proceso evolutivo.




280 palabras. Sólo eso. Y, sin embargo, ahí está todo. Está la demanda de democracia. Está la reivindicación de las nacionalidades históricas. Están los derechos laborales. Está la apuesta por una evolución no traumática. Y está, sobre todo, la renuncia a la violencia, a la guerra, como mecanismo de evolución política.

Dos aristócratas y diplomáticos españoles, el marqués de Valdeiglesias y el marqués de Casa Miranda, hicieron todo lo posible por impedir que, en la sesión del 8 de junio, el Congreso del Movimiento Europeo aprobase esta moción de los españoles. Presionaron al gobierno alemán hasta la extenuación, pero el congreso no cedió. La resolución fue aprobada.

El Movimiento Europeo amparó esta decisión aprobando el texto de una recomendación que era un disparo en la línea de flotación del franquismo. Dicha resolución decía:

La Asamblea, tomando nota de la petición de asociación a la Comunidad Económica Europea presentada por España, recomienda al Comité de Ministros que invite a los gobiernos miembros de la CEE a examinar la posibilidad de cierto tipo de acuerdo económico entre España y la CEE, teniendo en cuenta las modificaciones constitucionales que serán necesarias antes de que pueda pensarse en cualquier forma de asociación política.

Veamos. No muchos meses antes de la reunión de Munich Franco, asesorado por sus ministros tecnócratas del Opus, había decidido que la principal vía de normalización de España como país respetable en el orbe occidental era su integración en la CEE, que para entonces, tras algunos años de andadura, parecía dejar claro que era un proyecto con mucho futuro. Así las cosas, el gobierno español solicitó formalmente la entrada de España en la CEE y por aquel entonces, aunque extraoficialmente los grandes responsables del franquismo sabían que dicha integración era poco menos que imposible, se estaba a la espera de iniciar conversaciones.

La resolución del Movimiento Europeo, en medio de este proceso, venía a decir, claramente, que era posible el pacto económico, pero no el político, ya que en la CEE sólo ingresan democracias parlamentarias. O sea: nos daban, cuarta más, cuarta menos, el tratamiento que hoy tiene Marruecos.

Así las cosas, la reacción del franquismo fue furibunda. La aparición el 8 de junio de un artículo contra los «traidores de Munich» en Arriba, el periódico de Falange, marcó el pistoletazo de salida de una campaña de prensa bestial y a la yugular.

La estrategia del franquismo fue convertir la reunión de Munich en un contubernio. Es decir, en algo preparado desde el inicio por sus protagonistas, fundamentalmente Gil Robles y Llopis, en abierta inteligencia unos con otros, y montado con dos objetivos fundamentales: uno, amigarse con el Partido Comunista (obviamente, el franquismo contaba con que, en la España de 1962, mentar al Partido Comunista seguiría siendo mentar a la bicha); y, el otro, realizar una acción antiespañola: bloquear nuestra entrada en la Comunidad Económica Europea.

La realidad era muy otra. Gil-Robles y Llopis, por ejemplo, se estrecharon la mano; pero ni siquiera conversaron; de hecho, como hemos visto, fue necesario crear dos comisiones para que pudiesen compartir techo.

En segundo lugar, el gobierno español no podía decir que no supiera nada de lo que iba a pasar en Munich. Como hemos dicho, España llevaba, en 1962, unos cuantos años construyendo un entramado jurídico que le diese la apariencia de país donde los derechos eran respetados como en cualquier otra nación occidental, lo cual supone que existían ciertas leyes que, cuando menos de forma estética, establecían dichas libertades. La principal de estas normas era el Fuero de los Españoles, y prueba de dicha importancia es que era su articulado el que resultaba suspendido cada vez que se declaró el estado de excepción, cosa que ocurriría muchas veces en aquellos años, a causa sobre todo de las algaradas obreras y estudiantiles.

El Fuero de los Españoles nos otorgaba, entre otros, el derecho a dirigirnos a nuestro gobierno para informarle y solicitarle opinión. Y eso mismo es lo que había hecho Gil-Robles, algunos días antes de partir para Munich, por conducto notarial, en una comunicación en la que expresaba opiniones plenamente coincidentes con las incluidas en la resolución finalmente aprobada. Así pues, por mucho que la campaña de prensa quisiera presentar a un país sorprendido, apuñalado por la espalda por sus traidores politicastros de tiempos de la República, aliados con los modernos clandestinos revolucionarios, lo cierto es que el motivo, desarrollo y hasta conclusiones de la reunión le habían sido comunicados por uno de sus participantes con antelación. Dicha comunicación, de hecho, debería estar aún hoy en día allí donde se encuentren los archivos del notario de la villa de Madrid Germán Adanez y Horcajuela.

El mismo 8 de junio, en el palacio de El Pardo, Francisco Franco, jefe del Estado, firma un real decreto por el que se suspende la vigencia del artículo 14 del Fuero de los Españoles. Dicho artículo establecía que los españoles eran libres de fijar su residencia donde les saliese del pie.

¿Para qué se hizo esto? Pues para esperar, con la suspensión en la mano, a los participantes en el contubernio que eran amigos y residentes en España; los no exiliados, pues.

El día 9 de junio, en el aeropuerto de Barajas, fueron detenidos poco menos que a pie de escalerilla de avión Prados Arrate, Joaquín Satrústegui, Gil-Robles, y Álvarez de Miranda. En la comisaría del aeropuerto se les comunicó que el gobierno les daba a elegir entre el confinamiento en Fuerteventura o el exilio. Gil-Robles y Prados salieron hacia París y los otros dos eligieron la isla canaria. Lo de Gil-Robles fue de opereta. Lo enganchó un comisario de policía en la cola de los pasaportes, a eso de las nueve de la noche o así. Cuando Gil-Robles decidió irse a París, ambos descubrieron que el primer avión que salía hacia dicha ciudad no salía hasta las ocho y media del dicha siguiente (en realidad, el policía intentó que Gil-Robles cogiera el primero que salía, y que tenía destino en Dakar; pero el político democristiano se negó a exiliarse a África). Pasaron al restaurante del aeropuerto, donde hubo una discusión estúpida entre el camarero y el comisario pues aquél, solícito y puesto que había poca gente, quería darles una mesa en el centro del restaurante, mientras que el poli se empeñaba en colocarse en una mesa apartada en una sala vacía. El propio Gil-Robles tuvo que explicarle al camarero que iba detenido. Pasó toda la noche sentado en la mesa que le tocó, con dos policías de uniforme sentados en una mesa contigua y tres más vigilando la entrada del restaurante.

Los asistentes fueron cayendo poco a poco. El 11 de junio fueron detenidos Cendrero Curiel (exilio) y Jaime Miralles (Fuerteventura). El 12, Jesús Barros de Lis y otras dos personas cuya filiación no tengo (Fuerteventura). El 15, José Luis Navarro e Íñigo Cavero (isla de Hierro), así como Félix Pons (Fuerteventura). El día 16, Enrique Ruiz García (exilio) e Isidro Infantes (exilio). El 17 de junio es detenido a su vuelta de Munich el escritor Ignacio Aldecoa, pero en su caso es puesto en libertad tras un interrogatorio. El 18 de junio, Ignacio Fernández de Castro, que se había refugiado en la embajada de Uruguay, sale hacia País, con visado. También fueron detenidos, aunque no confinados ni exiliados, Vicente Piniés, Alfonso Prieto, José Simón Tobalina, R. Tassis, M. Riera Clavillo, J. Prat Ballester y F. Lagarrica, todos ellos asistentes a la reunión.

Por supuesto, también hubo manifestaciones espontáneas. El día 12 de junio, unas 10.000 personas (según la prensa afecta) se reunieron frente a la Jefatura Provincial del Movimiento de Guadalajara, «haciendo patente», según la prensa, «su lealtad y su adhesión al Generalísimo Franco». Sólo por casualidad, la manifestación espontánea estuvo encabezada por las autoridades provinciales y locales. En Logroño el gobernador civil, ante otra multitud espontánea, se refirió a los contertulios de Munich como «españoles que sólo tienen de tales haber nacido, inmerecidamente, en territorio patrio». Ahí queda eso.

En El Pardo podrían haber alicatado todos los baños, que seguro que son muchos, con los cienes y cienes de telegramas que enviaron gobiernos civiles, cámaras de comercio, jefaturas del movimiento, órganos de la sección femenina, instituciones sindicales y demás cuadraditos del complejo organigrama de aquel Estado español, democracia orgánica basada en la familia, el municipio, el sindicato y las medias verdades. Hasta el Instituto de Estudios Africanos de Lugo (sic) envió su telegrama a Franco haciéndole patente su adhesión. Puede que España no estuviese en peligro; pero, al menos, Correos se forró.

Todo esto, no obstante, era de boquilla. El gobierno español sabía de qué iba la cosa. Bastante tiempo antes de la reunión de Munich, la CEE había aprobado un documento, conocido como rapport Birguelbach, que sentaba claramente la doctrina de que todo miembro de la CEE tenía que poseer instituciones impolutamente democráticas. Los españoles reunidos en Munich, pues, no habían descubierto la rueda; por no descubrir, no habían descubierto ni el mecanismo de la cisterna, ése que, a pesar de que yo no he logrado entenderlo del todo, se pone siempre como ejemplo de lo obvio y que todo el mundo conoce.

¿Y los comunistas? Porque nosotros no hemos dicho que estuviesen en Munich. Eso lo dijo el franquismo. Y es que no estuvieron. En primer lugar, el Partido Comunista Español, entonces dirigido por Santiago Carrillo, estaba de aquella en contra de la entrada de España en la CEE, por lo que difícilmente podría estar en una reunión en la que lo que se acordó fue impulsar dicha entrada. Para los comunistas, la CEE era algo así como como el summun que pen del gran capitalismo multinacional, y tenían hacia ella más o menos la actitud que algunos tienen hoy respecto de esa cosa llamada globalización, para mí a veces tan misteriosa como el funcionamiento de las cisternas. Sin embargo, y pese a tener esta diferencia de partida, el PC sí quiso tener, y tuvo, un gesto claro de simpatía hacia los pasos de consenso dados en Munich, y en su propio informe sobre dicha reunión dejó escrito que, entrase o no España en la CEE, Franco no era quién para implicar a España en dicha decisión; o sea, que Franco no podía decidir por España, porque España no le había votado. Tras lo cual terminaba haciendo un llamamiento a toda la oposición al franquismo a concentrarse para fomentar una alternativa democrática al mismo.

Dicho de otra forma: si bien el PCE ya había iniciado en los años cincuenta una tendencia de reconciliación nacional y acercamiento a otras fuerzas opositoras, Munich sirvió para que se diese cuenta de que se estaba montando una pandilla de coleguitas lo suficientemente grande como para tener visos de ser la pandilla que partiese el bacalao si algún día Franco caía; lejos de enfrentarse con ese movimiento, decidió estar cerca de él, amigarse con él, para no perder comba. Munich, por lo tanto, fue el germen de la unión de las fuerzas opositoras a Franco en dicha oposición que está en el germen de ese proceso llamado Transición, que algunos, tal vez porque no lo vivieron, quieren ahora motejar de torpe, incompleto y unas cuantas cosas más.

Con todo, en la oposición a Franco no fue total el apoyo a la reunión de Munich. Sin ir más lejos, el 31 de junio de aquel año, la Generalitat de Cataluña en el exilio aseveraba lo siguiente: «Creímos y seguimos pensando que la reunión de Munich fortalecía, en cierto modo, el régimen del general Franco tanto en el orden interior como exterior»; así como que «los acuerdos de principio allí tomados no representan la unidad del antifranquismo y no representan voluntad alguna de acción». Incluso el Felipe se desligó de la reunión de Munich, a pesar de que según muchos testimonios hubo miembros del mismo que asistieron; y afirmó, campanudamente, que «el pueblo no estuvo presente en Munich».

Otro que se riló echando leches de cualquier relación con la reunión de Munich fue Juan de Borbón, siempre tan de fiar. Si alguien cree que Felipe González inventó algo cuando dijo aquello de que se enteró del follón del GAL por la prensa, que se lo vaya quitando de la cabeza: el 20 de junio de aquel año, Juan de Borbón declaró que se había enterado de lo de Munich por la radio, que escuchó en alta mar. Quizá porque desde El Pardo le dijeron aquello de Richard Gere en Pretty Woman («quiero que me hagan más la pelota»), ese señor al que algunos quieren llamar Juan III limpió su Consejo de contertulios muniqueses. Bueno, en puridad lo que hizo fue tener conocimiento de la decisión de Gil-Robles de abandonar su Consejo. Teóricamente, la carta de Gil-Robles comunicando la decisión es anterior en 24 horas a una comunicación del Borbón en la que éste afirmaba su voluntad de excluir de dicho Consejo a todo aquél que hubiese ido a la reunión de Munich. Así pues Gil-Robles, en el mejor de los casos, se piró cinco minutos antes de que le echasen.

¿El resultado? Pues cojonudo: en una nota interna, la Comisión de la CEE, tras mostrarse sorprendida por las detenciones, exilios y demás acusaciones generadas en España contra los participantes en la reunión de Munich, anunciaba que en esas condiciones no era lógico hacer siquiera el esfuerzo de abrir la carpetilla con la petición de ingreso de España. O sea, mi General, si no querías caldo, aquí tienes dos tazas.

El Movimiento Europeo incluso designó una comisión para que se fuese a ver a Franco y le explicase que lo de Munich no había sido para tanto. La formaron Pierre Vigny, Etienne Hirsch, John Hynd y Robert van Schendel. El gobierno español anunció, y la razón la desconozco, que Franco no recibiría a la delegación si en ella iba Van Shendel. Al final, este hombre no pudo acudir al Pardo. Una vez allí, los tres europeístas le explicaron a Franco que ellos no volverían a invitar a sus reuniones a ningún español, vistos los peligros a los que se exponían si iban; pero dejaron claro que, en estas circunstancias, no había ni un despistado en todo Bruselas que se animase a defender la adhesión de España a la CEE. En realidad, hubiera dado lo mismo que se lo hubiesen explicado a una mesa de escayola. Franco, tras hacer algunas apreciaciones de buen rollito diplomático (como que no estaba en contra del proyecto de resolución y tal), acusó al Movimiento Europeo de haber hecho una convocatoria discriminatoria, limitada sólo a los opositores; y de haber sido anfitriona de una conspiración política interna española. Cuando los europeístas sacaron el temita de las confinaciones y exilios, Franco dio por terminada la entrevista.





Eppur si muove… Son las palabras de Galileo, tras reconocer, sí o sí, que estaba equivocado. Una pequeña frase que ha quedado como vindicativa de lo que es verdad, porque lo es, frente a la intención de algunos de imponer la no verdad por la fuerza.


Y Munich fue como decir: sí, claro, en España la democracia es tóxica. Si se admiten los partidos políticos, los españoles se matarán entre ellos. Dadle voz a los catalanes y se segregarán. Dadle derechos a los obreros y harán la revolución. España es otra cosa, España cree en otros valores inmanentes, universales, tradicionales.


Eppur si muove.


La reacción del franquismo contra el contubernio de Munich fue un intento por resucitar el fantasma de la guerra civil y volver a cobrar réditos de aquella cuenta corriente. Sin embargo, en 1962 todos o casi todos los españoles por debajo de 35 apenas podían decir que tuviesen medio recuerdo de aquellos años. Las cosas habían cambiado. La cuenta corriente de la guerra civil estaba, de tiempo atrás, vacía. Cualquiera que sea la interpretación que demos a la guerra civil, su génesis, desarrollo y consecuencias, lo que sí está claro es que, pasado el tiempo, demandaba una transición a la democracia, y no otra cosa fue el mensaje de Munich. Franco no supo verlo y, por ello, su reacción ante lo que consideró un contubernio fue, probablemente, el primero de la larga lista de garrafales errores que cometería en los siguientes años.

Munich fue eso: la constatación de que sonaba de nuevo la hora de las libertades en España. Y otra cosa muy importante, sin la cual la que ya he escrito no era posible. Todos los que fueron a Munich, con sus diferencias, con sus distancias, con sus apretones de manos forzados, todos, estuvieron de acuerdo en una cosa. Y esa cosa es: seguimos opinando distinto. Tú quienes un Estado federal, yo centralista. Tú dices que Euskadi es una nación, y yo no. Tú dices que la propiedad privada es sacrosanta, y yo no. Tú dices que España ha de ser una monarquía, yo una república.

Y esas diferencias algún día deberemos dirimirlas. Y no sabemos cuál será la conclusión. Pero lo que sí sabemos, aquí y ahora, en junio de 1962, es que ya nunca más volveremos a discutir como en el pasado.

Nunca más nos volveremos a dar de hostias.


Amén.