jueves, julio 19, 2018

El regente Ciscar (8: maniobras orquestales en la oscuridad de Valençay)

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Como es bien sabido, a finales de 1813, que es más o menos el momento en el que se comienza a vislumbrar con claridad la posibilidad de ganarle la guerra al francés, todo ha cambiado en España. La labor de la Regencia y de las Cortes de Cádiz ha supuesto la puesta en marcha de una serie de medidas liberales que han cambiado completamente la faz del país. Muy notablemente, se ha puesto en marcha una administración del Estado basada en órganos constitucionales que en nada se parece a la forma que tenía España de organizarse con el Antiguo Régimen. A ello hay que añadir que en la zona ocupada el propio José Bonaparte también había aplicado políticas muy parecidas, por lo que se puede decir que toda España había tenido la ocasión de acostumbrarse a la nuevas formas. Como medida de gran importancia, yo citaría la tomada en materia de comercio y actividades económicas. El planteamiento liberal había servido para introducir la libertad de acción, apartando progresivamente los esquemas gremiales rígidos del pasado; ya, muy posteriormente, los gremialistas inventarían la socialdemocracia y su consabida combinación de subvención/impuesto, para volver a matizar eso; pero para eso quedaba todavía mucho tiempo.

Sin embargo, como también sabemos, no todo eran rosas en aquel jarrón. Mientras España había estado en guerra contra un invasor (un invasor, además, de corte liberal), los planteamientos y aspiraciones de los partidarios del Antiguo Régimen se habían subsumido en el objetivo mayor de echar al francés. Sin embargo, conforme las cosas se fueron definiendo a favor de los españoles, este gran foco de disensión, nucleado sobre todo en el ámbito de la Iglesia y sus sacerdotes, fue tomando cada vez más cuerpo. Durante todo el año 1813, fueron estos políticos y, que diríamos hoy, influencers sociales de corte conservador los que fueron dando cuerpo a la idea de que debían extrañarse de la labor de gobierno hecha durante aquellos años, de que debían resignarse a la idea de que ni de las Cortes de Cádiz ni de la Regencia tendrían ni una chuchería; y que su única salida era apoyarse en un hombre que sabían bien soñaba los mismos sueños que ellos por las noches: el rey Fernando.

Hay, de todas formas, que matizar algunas cosas, porque la Historia de España, como habitualmente se suele contar con los mimbres retóricos de un cómic del Capitán América, suele esconder cosas que son de cierta importancia. El bando absolutista de la España vencedora no era, exactamente, un bando reaccionario en la formulación que normalmente se hace la gente en la cabeza. Quien era absolutista hasta el punto que nos marca la imaginación era, más bien, Fernando VII, un tipo que viene a ser la demostración palpable de los males de un sistema monárquico, casi todos relacionados con el hecho de que, en sistemas monárquicos, puede pasar que en un momento histórico en el que lo que un país necesita es un halcón resulte que lo reine una gallina, o viceversa. 

Fernando VII haría una interpretación estricta de la idea absolutista en su beneficio, pero eso no quiere decir, exactamente, que todos los ideólogos del absolutismo estuviesen en la misma onda. Muy particularmente, que en el debate estratégico sobre la España del presente y del futuro existente a principios del siglo XIX había personajes conservadores convencidos de que había cosas que tenían que cambiar, y mucho, en el país, es un hecho. Que había políticos absolutistas conscientes de que eran necesarios procesos desamortizadores (de hecho, ya los habían intentando en el siglo anterior, sin Revolución Francesa ni leches), apertura del comercio, organización institucional, también es cierto. Lo que pasa es que todo ese proceso lo supeditaban a la acción de una sola persona, el rey, a la que habían aprendido a magnificar durante los años que había estado preso en Francia. 

Hay que recordar, además, que en aquellos momentos Fernando estaba revestido de una aureola de modernidad frente a la figura de su padre, de su madre y del hombre que les había sorbido el seso, el todopoderoso Godoy. Al rey se le suponía una voluntad y una capacidad renovadoras de las que, en realidad, carecía, porque en eso España era víctima de una de las primeras y peores características de las guerras, que es su capacidad de distorsionar la verdad.

En fin, veas como veas las cosas, seas un lector de ésos que piensan que los absolutistas españoles salivaban de placer ante la idea de una España enterrada de nuevo en la miseria medieval; o seas un lector que aprecia más matices en aquella polémica, lo cierto es que la polémica existía, y que cada vez se hacía más arisca y enfrentada. Ambos bandos, por así decirlo, se encastillaron en su propio no es no, introduciendo a España en una dinámica que de nuevo se puede describir con una frase, en este caso deportiva, que es también de general conocimiento: sólo puede quedar uno. La prórroga de una final que duró cien años.

La polémica existía, y Gabriel Ciscar estaba notablemente identificado en ella. Como miembro de la última Regencia, la más eficiente porque era la que más había legislado en sintonía con las Cortes, el marino de Oliva se había convertido en uno de esos personajes talismán o tótem de la situación por parte de los liberales, o bestia negra de los absolutistas si se prefiere.

Son los tiempos en los que Fernando, en Valençay, inicia negociaciones directas con Napoleón, quien cada vez está más a la defensiva por la frecuencia con la que está comenzando a sufrir reveses en el teatro continental europeo. El momento en que el rey Borbón comienza a aparecer en los telediarios como un tipo con capacidad y voluntad negociadora viene a coincidir, además, con un momento de hiato en las Cortes. Un hiato que no puede explicarse nada más que por la torpeza de los legisladores que, la verdad, dudo que tuviesen la inteligencia necesaria para leer el partido como hubieran debido. La sesión extraordinaria de las Cortes de Cádiz terminó el 14 de septiembre de 1813. Al mes siguiente las Cortes, reunidas ya en legislatura ordinaria, recomienzan sus sesiones. Pero en ese momento lo principal es hacer patente la victoria territorial sobre los franceses, así pues en noviembre, cuando ya es claro que el traslado a Madrid es tanto posible como seguro, las Cortes se mueven a la capital. Esto ocurre el 26 de noviembre, pero las Cortes, que la verdad en España siempre han sido una institución con un enorme gusto desarrollado por disfrutar de vacaciones de maestro, no volverán a reunirse hasta el 15 de enero de 1814. En un país en el que las cosas estaban transcurriendo con la rapidez con que toman las curvas los bosones, aquello fue, que diría La Cierva, un error, un tremendo error.

Las Cortes ordinarias estaban numéricamente dominadas por los diputados que pronto fueron apelados de serviles, por su acatamiento de la autoridad suprema del rey. Sin embargo, siguieron siendo unas Cortes liberales porque éstos supieron aprovechar muy bien su cohesión y la variedad de planteamientos que se podía encontrar en el bando contrario. Sin embargo, la obra legislativa de esas Cortes es ya muy modesta, puesto que la prioridad en ese punto está ya emplazada en la administración del país y de la propia guerra. El protagonismo, pues, es de la Regencia.

A partir del 21 de junio, las cosas cambian radicalmente. Es en esa fecha cuando las tropas francesas son derrotadas en Vitoria y pierden el último apoyo estratégico que tenían para permanecer en España. Dos meses antes, a Napoleón le ha declarado la guerra Prusia y dos después lo hará el imperio austríaco, colocándolo en una posición bélica cada vez más desabrida. Las Cortes, en esta situación, vieron el momento de actuar, y actuaron.

El cardenal Luis de Borbón había sido nombrado presidente de la Regencia por razones fáciles de entender: las Cortes habían entendido que tener a un pariente del rey al frente de la institución que lo representaba era lo más lógico y, a la vez, eficiente para poder cerrar las bocas de los absolutistas. El cardenal, sin embargo, era persona de tenues convicciones liberales, si es que tenía algunas; pero, sobre todo, era extremadamente pusilánime, un detalle de su forma de ser que acabaría por ser desgraciadamente decisivo para España. A pesar de ser la cabeza de la Regencia, durante los meses que venía durando ésta habían sido sus compañeros Agar y Ciscar los que habían arrostrado el peso del gobierno y sobre todo de las medidas de corte liberal, en las que creían mucho más que él. La Regencia inició el traslado a Madrid el 19 de diciembre de 1813 y llegó a punto para disfrutar del cotillón de Reyes de 1814.

Este traslado, consecuencia directa del hecho de que Madrid era ya plaza segura para los españoles, era casi contemporáneo del derrumbamiento de Francia. En octubre, en Leipzig, Napoleón había perdido Alemania; poco después perdió el control de Holanda. Lo que más le importa al emperador, por lo tanto, es la presión que se produce de Este a Oeste, por lo que uno de los objetivos que busca es consolidar su frente occidental para no verse cazado entre dos aguas. Dado que es un buen conocedor de los borbones españoles y sabe que no son ningunos héroes ni tienen tampoco convicciones serias que defender, decide jugar la baza diplomática. Pretende presentarse en Valençay con una sonrisa y diciendo algo así como “¿Te creías que estabas preso? ¡Pero si era broma, hombre!”; resucitar la vieja alianza francoespañola que había cosido Godoy en su tiempo; y, a fin y la postre, alejar a España de Reino Unido, limitando las posibilidades de éste de abrir un frente occidental a Portugal, y eso en la mejor de las opciones, porque al fin y al cabo los españoles también podrían hacerle el favor de invadirlo ahora que eran amiguitos de nuevo.

El 12 de noviembre (recuérdese: dos semanas antes de que las Cortes, imprudentemente, cesen sus sesiones), Napoleón le escribe a Fernando famosa carta en la que, si bien todavía le hurta el calificativo de majestad para que no se sobre, ya le insinúa que lo mismo, si se porta bien y se acuesta a las nueve sin protestar, le devuelve la corona. En esa carta también le dice Napoleón que no debe fiarse de los británicos, porque en realidad lo que quieren éstos es acabar con la monarquía en España; que es una cosa que cualquier persona que haya pasado dos minutos con un británico no se cree ni harta de vino.

El conde de La Forest, Antoine René Charles de Mathurin, antiguo embajador francés en España, será el personaje elegido por el emperador para viajar a Valençay a parlamentar con Fernando. De alguna manera La Forest, que lo hace por necesidades estratégicas de su jefe, acaba por poner la última guinda en el pastel ideológico que retrasará el reloj de España unas cuantas décadas. Por razones como digo meramente estratégicas, La Forest le pinta a Fernando un panorama falso, inventado, pero de alguna manera tenuemente parecido a la realidad. Le dice que sí, que la pulsión de los españoles a favor de su rey está fuera de toda duda, pero que en el fondo el pueblo está influido por unos pocos (La Forest dice que son los británicos) que quieren la república. 

En la mente de Fernando, pues, una mente laberíntica forjada de ambiciones, pasos atrás, fracasos y mucha cobardía, toma cuerpo durante esas conversaciones, o al menos es mi convicción, la idea de que el rey tiene derecho a quebrar esa situación. De que la defensa de sus derechos inalienables está por encima de la sinceridad, el fair play y, por supuesto, la fidelidad constitucional. Siglo y medio después, cuando el tataranieto de este pollas le escriba una carta a Franco para decirle que él debería ser rey de España, todavía acudirá a los derechos inalienables e históricos de la familia Borbón para justificar sus ideas. Está claro que los Borbones decimonónicos son personas que ponen a la institución por encima del pueblo y que, por lo tanto, consideran que si uno de los dos se ha de equivocar, el derecho le asiste a la primera sobre el segundo. 

Napoleón supo explotar con eficiencia ese sentimiento; no logró lo que él quería, pero por el camino nos jodió bien.