miércoles, julio 25, 2018

Isabel (30: Essex pasa al ataque)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto


El principal objetivo de Devereaux en Londres era trabajar en contra del resto del Consejo de Guerra o estado mayor de la expedición, y muy especialmente Ralegh. Como ya hemos contado, fue el experimentado marino el que le puso la proa (nunca mejor dicho) al proyecto de Essex de pasar por Azores para interceptar un convoy mercante español. Y lo cierto es que el conde tenía razón: los barcos pasaron por las Azores, llevaban una carga muy parecida a la que habían vaticinado los espías. Y lo hicieron dos días antes de que pasaran los ingleses a causa de las dudas y retrasos provocadas por las tribulaciones de Ralegh. Así pues, en este tema, Essex remaba a favor de corriente, porque la reina tenía un cabreo del cuarenta y dos, como siempre que un inglés pierde la oportunidad de quedarse elegantemente con algo que no es suyo.

Aquella victoria era, sin embargo, una victoria pírrica, porque la reina, si estaba encabronada por el botín que se había perdido en Azores, más aun lo estaba por lo magro del botín oficial obtenido en Cádiz (el que los soldados se hubiesen procurado a su bola era ya otra historia). Las naciones en guerra en general, e Inglaterra muy en particular, han luchado durante siglos por la pela; en modo alguno lo han hecho, cuando menos fundamentalmente, por el honor o la patria. El concepto de luchar por la patria y por ningún motivo más es mucho más moderno de lo que la mayor parte de la gente corriente, y un porcentaje vergonzosamente algo de los cultiparlantes, sospecha. Isabel le había asestado un golpe estratégico mayúsculo a su gran enemigo, un zasca brutal a la monarquía que dominaba el entorno geopolítico mundial, pero eso poco la consolaba ante el hecho de que iba a recuperar bien poco de las 50.000 libras que había puesto la corona para financiar la expedición. En aquellos años, cada misil que se lanzaba, y que comportaba un coste, tenía que disponer su correspondiente beneficio, normalmente de saqueo (pero, una vez más, son sólo los españoles los que, a través de los tercios de Flandes, se llevan esa fama). Para Isabel, todo lo que no fuese un adecuado ebitda, proporcional con lo se había gastado en la expedición, eran chistes floreados.

En todo caso, en todo el tema también había argumentos alejados de la pura ambición crematística. Isabel razonaba, y no le faltaba razón para hacerlo, que de haberse traído los ingleses los 34 mercantes surtos en Cádiz que Essex, imprudentemente, dejó que los españoles quemasen, la situación financiera de Inglaterra habría cambiado de tal manera que fácilmente habría cambiado, también, el curso de la guerra. La capacidad de Isabel para allegar tropas en el Vietnam de la época, las Provincias Unidas y el norte de Francia, habría sido tal que, probablemente, muchos coroneles españoles habrían terminado por ver cómo los propios soldados que habían luchado para ellos durante meses o años ahora se les enfrentaban.

Pocas semanas después de haber regresado a Londres, la pareja formada por Burghley y Cecil atacó, y en un acto público, que fue conocido por el todo Londres de forma más o menos fehaciente, humillaron a Devereaux delante de la reina reprochándole directamente el error de Cádiz. Essex esperó, como se espera en esos casos, algún gesto de La Emérita que cortase la hemorragia; pero la reina, lejos de ello, permaneció impasible mientras a su teórica mano derecha la ponían de puta para arriba. Essex sacó el ventilador y lo puso delante del zurullo, y procedió a defenderse afirmando que no había sido el único que había perdido importantes botines en la expedición; pero no le sirvió de nada porque, la verdad, no tenía pruebas de ello; en un mundo en el que todavía no se habían inventado los medios de comunicación afines, eso era un problema.

El comentario sobre los medios de comunicación tiene su importancia por la reacción que inmediatamente tuvo Devereaux. Ralegh, una persona mucho más experimentada que él y que, en el fondo, entendía mucho mejor a la reina dado que la observaba desde lejos, hizo lo que toda persona inteligente haría en una situación comprometida como la suya: se quitó de en medio, se fue de Londres, y esperó pacientemente a que a la vieja le dejase de escocer el sobaco. Essex, sin embargo, no estaba cortado de esa madera y, además, hemos de reconocer que, teniendo en cuenta su posición en aquella Corte, probablemente tampoco se podía permitir el lujo de pirarse sin más. Su estrategia fue otra: buscar, y pagar, a eso que los ingleses llaman un spin doctor, esto es, un propagandista que se dedique a escribir y publicitar las cosas como tú dices que son y pasan.

Essex escogió a Henry Cuffe, un profesor de Oxford que se mostró de acuerdo en ser contratado para escribir una historia de la expedición de Cádiz a la medida de su empleador. Cuffe, pues, escribió lo que pretendía ser una carta de un soldado en los campos de batalla a Anthony Bacon, que se tituló A true relation of the action at Cadiz the 21 st of June under the Earl of Essex and the Lord Admiral.

Essex, sin embargo, nunca fue un analista fino; el tipo de persona que se daría cuenta del detalle de que, si él era capaz de maniobrar en las cloacas, otros también podían hacerlo. Robert Cecil, que por aquel entonces estaba ya completamente dedicado a la labor de contrarrestar el poder de Essex en la Corte, espió con eficiencia a las gentes de su entorno hasta que encontró un tornillo suelto: sir Anthony Ashley, un tipo secretamente acosado por las deudas que, ante las acusaciones de Cecil, decidió cambiar de bando y le filtró un borrador del escrito, que Cecil hizo llegar a las manos de la reina. Isabel, airada en modo Dios, ordenó la prohibición de que el folleto fuese publicado, bajo pena de muerte. Essex llegó a distribuirlo, pero siempre copiado a mano, no impreso, y estrictamente entre sus fieles.

Para entonces, además, Cecil había conseguido apretar el puño alrededor de Essex mucho más de lo que el conde imaginaba. Toda la correspondencia que llegaba del extranjero para Essex pasaba primero por las manos de sus espías, que la copiaban íntegramente antes de que las cartas hiciesen su último viaje normal hacia Essex House. Anthony Bacon, de hecho, estaba crecientemente convencido de las magnitudes de la conspiración, y así se lo dijo a su jefe.

Los Bacon, de hecho, tenían una visión muy clara del problema. Se daban cuenta de que Essex había perdido buena parte de su predicamento frente a la reina, y que lo que tenía que hacer era recuperarlo. Para recuperarlo, le decían a su jefe, Devereaux debería convertirse en un fiel y sumiso visitante de la Corte, adulador y blando, capaz de, poco a poco, alimentar el orgullo de la reina, seguro de que el amor que Isabel sentía por él acabaría por hacer el resto. Pero eso no es lo que quería hacer un tipo que no estaba acostumbrado a perder y que, además, todo hay que decirlo, era un muy mal estratega. Lejos de acercarse a la reina y a sus consejeros para volver a ganar su favor, se enfrentó con ellos; cultivó su imagen de veterano militar curtido en mil batallas (concepto éste discutido y discutible) y defendió a capa y espada su posición. Como Bacon le dijo muy acertadamente, eso era hacer las cosas exactamente a revés de corriente; no entender, como sí había entendido Leicester, que la personalidad de la reina no era una personalidad bélica, que si Isabel levantaba mesnadas e iba a la guerra era porque no le quedaba más remedio; y que el tipo de hombre que ella quería a su lado, acortando sus noches, no era el típico macho alfa que se quiere pelear hasta con las paredes, sino el tipo paciente, silencioso, un tanto hipócrita y bastante hijoputa (lo que viene siendo el diplomático inglés average, pues) que sabe sintonizar con esa forma de ser.

Un elemento fundamental de la forma de tratar adecuadamente a la reina, Bacon lo sabía que era un eficiente observador de la Inglaterra de su tiempo y especialmente de la Corte que la gobernaba, era la huida de la popularidad. En la Historia de Europa hay reyes, y ahora mismo se me ocurre poner el ejemplo de Luis XIV, que exigían de los prohombres de su Corte se embarcasen en una carrera a muerte por la popularidad. Es un argumento hasta cierto punto lógico: concibes el poder como una especie de selección natural a lo bestia, y asumes que todo aquél que logra imponerse en la lucha frente a sus pares merece ser tu mano derecha. En realidad éste es un juego muy peligroso porque si se te va la mano ese segundo de a bordo puede encontrarse con tanto poder que se plantee seriamente eclipsarte (ésta y no otra ha sido la Historia de Francia entre Capetos, Guisas, Vendômes y Borbones), pero hay que reconocer que tiene su lógica. Pero luego hay reyes, como Isabel de Inglaterra, que nunca creyeron en esa forma de hacer las cosas. Monarcas muy educados en la pura y dura monarquía absoluta ungida por Dios y no por los hombres, los reyes del tipo isabelino tienden a ver a quien se destaca, no tanto como un peligro como un ruido. Algo extraño, que rompe la armonía de los consejos privados y perjudica al gobierno de la nación.

Isabel era, al fin y al cabo, una reina cincelada usando el patrón de su padre, un rey que no admitía más prevalencia que la suya propia. Cualquier intención por parte de otras personas, máxime además si no pertenían al estrecho subconjunto de las que tienen derechos dinásticos, de sobresalir o hacerse ver con demasiada frecuencia o intensidad, la ponía nerviosa; en parte por ella, pues ya hemos visto que en esos años el debate sobre la sucesión estaba ya al cabo de la calle, pero sobre todo por la nación, que era la que, en su opinión, no debía sufrir de estas enfermedades.

A Essex siempre le faltó entender que el approach adecuado a una reina anciana que llevaba décadas haciendo de su voluntad ley era el que había adoptado Leicester: decirle siempre que estaba muy guapa aunque tuviese los dientes podridos, alabarle las decisiones, escribirle poemas arrastrados, y esperar. Bacon se lo decía. Pero él, que la verdad era bastante tontopollas, sólo se escuchaba a sí mismo.

Además, desde mi punto de vista Essex tenía un problema, que es un problema que suelen tener muchos tontopollas. Porque sólo hay algo peor que un idiota, y es un idiota al que, una vez, las cosas le salieron bien. Como dice Bill Gates, el éxito es una cosa tóxica, porque cuando tienes éxito se introduce en tu cabeza la idea de que el fracaso nunca se va a producir. A Essex las cosas le habían salido más que razonablemente bien en el tema del doctor López; había sacado adelante sus pretensiones, había quebrado la tendencia natural de la reina. En su forma escribir desde entonces, en la que tiene de enfrentar los problemas y los retos, yo cuando menos adivino el cambio del tipo que ya se cree que todo el monte es orgasmo, y que todo lo que toque se va a hacer de oro.