miércoles, mayo 23, 2018

Isabel (25: una segunda ejecución a hurtadillas)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto


La decisión de Isabel de conmutar, cuando menos por la vía de los hechos, una condena a muerte por otra de prisión, causó bastante consternación entre la clase dirigente inglesa. Como rápidamente recordaron los expertos en derecho procesal, los retrasos en la ejecución de la sentencia corrían peligro de agotar el plazo para que la misma tuviese efecto; si eso ocurría, debería formarse otro juzgado y comenzar de nuevo.


La reina, sin embargo, seguía creyendo en la inocencia de su médico personal. Y estaba dispuesta a arrostrar las consecuencias de sus decisiones en un Londres que, por mor de las fieras campañas de opinión pública que siempre siguen a un juicio por traición, estaba convencido de la culpabilidad del portugués y, por lo tanto, exigía su cabeza. Robert Cecil, en esas circunstancias, trató de que los jueces del Tribunal de la Reina decretasen una ampliación del plazo de vigencia de la sentencia. Pero le dio igual, porque ese movimiento no hizo sino apuntalar todavía más las convicciones de la reina, quien instruyó claramente al responsable de ejecutar la sentencia, sir Michael Blount, para que los condenados no fuesen llevados al patíbulo.

Los poderes de los hombres de la Corte, sin embargo, eran muy fuertes. El 1 de junio, Isabel comenzó sus vacaciones de verano en la finca de una amiga suya, lady Anne Gresham, en Osterley, Middlesex. Cuando llegó, sin embargo, se encontró a cinco hombres que conocía bien: lord Hundson y el lord almirante Howard, dos miembros de su consejo a los que respetaba mucho; además de Burghley, Cecil y Essex. Se podría decir, por lo tanto, que aquella comisión venía a representar lo más parecido al gobierno inglés de la época. Todos ellos elaboraron discursos centrados en el concepto de que la ley debe ser cumplida (ocultando, claro, que eso que ellos llamaban la ley provenía de un proceso judicial que tenía más agujeros que los bolsillos de Carpanta). La reina estuvo finalmente de acuerdo; aunque eso no quería decir que aceptase retirar la orden dada a Blount, y no erraba: al fin y al cabo, si ella había detenido la ejecución era por mor de una prerrogativa real que, por el hecho de serlo, formaba parte de la ley.

Burghley y Cecil, sin embargo, habían preparado ya con sus jurisconsultos un truco diseñado para aprovechar un pequeño agujero en la legislación. El 4 de junio, el Tribunal de la Reina ofició a la Torre una orden para que López, Ferreira y Tinoco fuesen llevados a Westminster Hall con el pretexto de que debían ser interrogados. Fueron efectivamente trasladados en furgoneta policial el día 7 y, al llegar, se les preguntó si tenían algo que añadir a lo que ya habían declarado en anteriores deposiciones; ninguno de los tres añadió algo. Los interrogadores se dieron por satisfechos, y decretaron su regreso a la prisión.

A la prisión. Pero no a la Torre.

Sir Michael Blount tenía jurisdicción únicamente dentro de la Torre de Londres; esto quiere decir que las únicas órdenes que había dado la reina de respetar la vida de los portugueses tenían vigencia estricta dentro de ese lugar que hoy visitan los turistas. Pero en la prisión de Marshalsea, que fue el destino de los tres condenados en la tarde del día 7, esas órdenes no regían.

La misma mañana siguiente, los tres condenados fueron llevados al Puente de Londres para comprarse algunas chorradas y de ahí directos a Tyburn, a encontrarse con Alá. Una vez llegados allí, el doctor López montó un pollo de la hostia afirmando su inocencia; pero, claro, a unos tipos que habían sido capaces de decapitar a una reina a base de subterfugios, aquello les debió parecer un partido de tercera regional. A decir verdad, a un condenado en aquella época siempre le quedaba una pequeña posibilidad de salir indemne: poner el público a su favor. Si López hubiese conseguido un clamor por su inocencia, tal vez la ejecución se hubiera convertido en un pequeño problema de orden público, no se habría podido hurtar al conocimiento de la reina, y entonces las tornas podrían haber cambiado. Pero lo cierto es que López, sin querer, hizo todo lo contrario de lo que debería haber hecho. Declaró, campanudo, que amaba más a Dom Antonio y a la reina de Inglaterra que al mismo Jesucristo. Pero, claro, el público, que conocía bien la fama de López de ser un judío emboscado, cuando escuchó eso creyó que el tipo se les estaba cachondeando, y pidió su ahorcamiento.

[Interludio culto. Si eres uno de los integrantes del millar de españoles (no serán más) o de otras naciones hispanoparlantes que sabe decir de memoria qué va detrás de los versos Whether 'tis nobler in the mind to suffer/the slings and arrows of outrageous fortune, eso querrá decir que te mola la literatura shakesperiana. En ese caso, te recomiendo que leas The Jew of Malta, una obra de Christopher Marlowe, en la que aparece un personaje judío que se dedica a envenenar a sus enemigos gracias a los conocimientos adquiridos en la universidad de Coimbra, precisamente donde estudió López. Esta obra lo estaba petando en los teatros de Londres precisamente en las semanas en las que todos los hechos que aquí relato estaban ocurriendo. Si ya la has leído o visto representada, ahora la leerás con otros ojos, y podrás imaginar el ánimo que tenía la mayoría de los londinenses que estaban aquella mañana en Tyburn. Tan sólo imagínate los codazos y guiños que se intercambiaría la gente cuando escuchase a Barabas declamar...

It is a precious powder that I bought 
of an Italian in Ancona once, 
whose operation is to bind, infect, 
and poison deeply, yet not appear 
in forty hours after it is ta'en...]

Era la segunda vez que los consejeros de la reina ensayaban un engaño a sus espaldas con el resultado de tomar la vida de personas que ella no quería ver muertas. Primero María, reina de los escoceses, y ahora el doctor López, su médico personal. Y tienen toda la razón las feministas si se quieren preguntar si tal densidad de engaños y de puñaladas traperas se habría dado en el caso de ser la reina un rey; yo, sinceramente, creo que no. No se trata de que Burghley y el resto no creyesen que la reina tenía huevos para tomar represalias; se trata de que, en el fondo de sus corazones, pensaban que, frente a los temas verdaderamente importantes, la reina, puesto que mujer, no daba la talla, y necesitaba que los hombres actuasen.

Sea como sea, Isabel, que ya tenía una edad y habría aprendido un par de cosas, escogió, cuando supo lo que había pasado, por callar. Nada de estallidos de cólera, nada de represalias apresuradas. Obvio era que ya no recuperaría la vida de su médico favorito, así pues, pensó probablemente, mejor dejar que el plato se enfriase.

De todas formas, como ocurre siempre, nada más exhalar el doctor López su último suspiro, la coalición en buena parte contra natura que se había montado para conseguir precisamente eso comenzó a resquebrajarse. Los coligados para quebrar la voluntad de la reina no pudieron evitar que, al fin y a la postre, de su acción no saliesen todos igual de ganadores. El principal beneficiario del caso López, sin ninguna duda, fue Essex. Él, que había sido quien desde el primer momento había tomado el caso y había defendido su solidez, era ahora el gran descubridor de la aleve conspiración que podría haber acabado con la amada reina. Como consecuencia, con Burghley ya bastante enfermo, su candidatura para convertirse en el primer ministro de la nación in pectore estaba más clara que nunca.

De todas formas, como la geopolítica nunca para y es un ente líquido que cambia a cada momento, otras cosas pasaron durante aquellas semanas que conspiraban para modificar por sí mismas el entorno de trabajo para todo aquel juego de poder. La más importante de todas ocurrió el 19 de febrero de aquel 1594. Eran los días, recuérdese, en que el juicio contra el doctor López estaba en sus últimos actos. Fue ese día, en todo caso, cuando Ana de Dinamarca, la mujer de Jacobo VI de Escocia, dio a luz a Enrique, el primer vástago de la pareja.

Problemón.

Desde julio de 1586, cuando se ratificó la liga angloescocesa, Jacobo siempre había pensado que, por la diferencia de edad, él era el candidato natural para ser designado por Isabel como su heredero. A estas alturas de la película, cuando Isabel ya ni se acordaba de su última regla, todo el mundo había asumido ya que los Tudor, a pesar de tener tanta energía (chiste conceptual), se iban a agotar como unos Austrias cualquiera. Sin embargo, Jacobo perdió prácticamente todas las posibilidades cuando Burghley descubrió, a través de sus espías, que el favorito del rey escocés, el conde de Huntly, tenía contactos con españoles para preparar un segundo proyecto de invasión de las islas en 1592. Aquel descubrimiento, y la constatación por parte de Nonsuch de que Jacobo no haría nada por segarle la hierba a los pies a Huntly, hizo que la reina recortase la pensión que le pagaba al rey escocés a menos de la mitad, lo que suponía enviar un mensaje inequívoco.

Como las cosas tendieron a ir a peor, Isabel comenzó a coquetear con la idea de romper su liga con Jacobo y, de hecho, era algo de lo que hablaba abiertamente con los miembros de su Consejo Privado.

Estaba muy bien ponerse así de chula; pero en la postura de la reina había un agujero que había que ser idiota para no ver. Isabel era, en 1594, una reina especialmente longeva, una Victoria de su época, pero a pesar de que las (todavía no inventadas) tablas de mortalidad de la población inglesa demostrasen claramente que, estadísticamente, debería ya llevar bastantes años, como dicen los franceses, comiéndose los dientes de león por las raíces; a pesar de todo eso, digo, Isabel nunca había hecho el menor gesto de designar un heredero. Para sorpresa de todos los hombres de su entorno de gobierno, de hecho Isabel se mostró más renuente a tener ese gesto con María, reina de los escoceses, muerta, que viva. El cálculo de la reina de Inglaterra era muy evidente, y probablemente cierto: en el momento en que designase un sucesor, las apuestas eran muchas de que hubiese puesto fecha a su propia muerte. Ella sabía, y así lo decía, que el pueblo inglés “es poco constante” en sus convicciones. Una forma de verlo, claro. Desde luego, las opiniones públicas, como las llamamos hoy, son la cosa más inconstante que hay, además de impredecibles. Con dos de pipas, se encoñan con un líder que les sonríe de medio lado, y allá que se van. Pero, vaya, en su caso Lisbeth podría haber intentado recordar que a ese pueblo inglés tan inconstante lo había puteado ella misma con su inconstancia. Los había llevado a la guerra y luego no sólo no les había pagado, sino que los había tratado como la mierda.

El fondo del problema, además, tenía mucho que ver con la lenta, pero segura, evolución de las formas políticas renacentistas. En el mundo político inglés había muchas personas importantes que consideraban que el sucesor de Isabel debía ser, sin duda alguna, una persona de sólido perfil protestante. Consideraban que no se había hecho todo lo que se había hecho para ahora dar marcha atrás. Pero esta convicción, dado que no estaba nada claro que el compromiso personal de la reina con la idea fuese igual de fuerte (la reina estaba, de hecho, más comprometida con la legitimidad real), hacía que esta corriente de opinión defendiese el papel del Parlamento en la designación del sucesor. Esta tendencia parlamentarista encontró su campeón, por así decirlo, en Peter Wentworth, un devoto presbiteriano que ya había expresado estas ideas por escrito nada más morir María, reina de los escoceses.

La reina, sin embargo, recelaba de las personas de su entorno. No pocos de ellos habían intentado estar en buenos términos con María cuando el final de ésta no estaba tan claro, y por eso consideraba que en el momento que en Inglaterra hubiese un sucesor designado, no pocos de los miembros de su Consejo Privado cambiarían de jefe, por lo que sólo sería cuestión de tiempo que alguien la asesinase o la obligase a abdicar.

La temperatura subió de grados por una indiscrección de un amigo de Wentworth, el doctor Thomas Moffet. Moffet recibió una copia del escrito que había elaborado Wentworth, pero no lo guardó con el debido cuidado, y elementos muy importantes del texto se filtraron.

Justo cuando la reina estaba abandonando el palacio de Nonsuch camino de la finca del vizconde de Montague en Cowdray, recibió la noticia de que todo Londres se hacía lenguas de la existencia de toda una corriente en el Parlamento que buscaba, al fin y a la postre, hurtarle la prerrogativa de nombrar sucesor, o cuando menos compartirla con ella. La reina se cogió un globo del cuarenta y dos, se bajó del caballo, y al instante decretó el arresto de Wentworth y el registro de su casa, en busca de papeles incriminatorios.