sábado, noviembre 10, 2007

¡Fascista!

Hace ahora algunos días de la escena, que quedará para los anales audiovisuales, entre el rey de España, el presidente del Gobierno y el de Venezuela, durante la Cumbre Iberoamericana celebrada en Santiago de Chile. No pretendo yo con este post dar mi opinión sobre el evento o, cuando menos, darla por completo o sobre todos sus matices. Sólo me interesa destacar un aspecto de esa polémica; un aspecto que, curiosamente, no parece haber aflorado en los muchos dimes y diretes provocados por dicha discusión pero que es el más sustancial desde el punto de vista de la Historia, o así al menos lo veo yo.


Todo empezó porque Hugo Chávez se refirió por tres veces al ex presidente del Gobierno español, José María Aznar, motejándolo de fascista. Y este es el punto en el que el presidente venezolano sacó los pies del plato; porque ser fascista es algo muy concreto, tan concreto que hay países del orbe occidental donde serlo es delito. Y, por lo tanto, cuando se acusa a alguien de ser fascista, lo menos que se puede hacer es, al punto, demostrar la acusación con hechos y palabras indubitables.


El fascismo es una ideología tan efímera en la Historia como importante en las trazas que dejó. Sí, ya sé que el fascismo existe hoy en día, así pues no llevo razón al considerarlo efímero; pero hay una diferencia enorme entre existir y existir siendo una alternativa seria de gobierno, ejerciendo cuotas de poder, y es en este terreno del ejercicio del poder donde el fascismo ha perdido notablemente terreno en los tiempos actuales, como también le ha ocurrido al comunismo.

Hoy en día y para siempre, los politólogos, los sociólogos y los historiadores discuten interminablemente sobre los orígenes y la existencia del fascismo. Esto es así porque hay elementos del fascismo, como es el ultranacionalismo o la exaltación de la raza, que existen desde hace mucho tiempo; por citar dos pueblos alguna vez gobernados por fascistas, tanto alemanes como españoles nos hemos sentido superiores al resto desde mucho tiempo antes a la existencia del fascismo en nuestro seno. Y no digamos los italianos, en el punto y hora que resucitan su pasado imperial, truquito éste que explica que el saludo fascista sea el viejo saludo romano.


No obstante estas discusiones, el fascismo como tal estructurado, existente como una alternativa política cierta, como una doctrina de dominación del Estado, es un fenómeno propio de la primera posguerra mundial. En la llamada Gran Guerra muchas cosas del orden mundial vigente hasta entonces hicieron crisis, pero lo más importante de esa catarsis es que se resolvió malamente. Se habla mucho de los tratados de Versalles o de Trianon como caldos de cultivo de la deriva fascista en Italia y en Alemania, aunque yo creo que hay algún otro elemento de mayor importancia. Las potencias que ganaron la primera guerra mundial, que se la ganaron fundamentalmente a Alemania, cometieron un grave error del que aprenderían veintipocos años después. En la primera guerra mundial, las hostilidades se acabaron prácticamente antes de pisar tierra alemana, con lo que el prestigio de aquel país quedó intacto, presto, por así decirlo, a sentirse humillado, pero no vencido. Este hecho sería crucial para el renacimiento entre los alemanes de la idea de la Gran Alemania.


El fascismo de poder, en todo caso, no lo inventan los nazis. Lo inventa Benito Mussolini, un líder socialista italiano de quien, sin embargo, el sindicalista francés Georges Sorel vaticinó, nada menos que en 1912, que acabaría siendo «un condottiero del siglo XV». En 1914 Mussolini, hijo de un herrero y de una maestra, se separó del partido socialista por su antibelicismo; él, lejos de ser pacifista, veía en la guerra mundial una oportunidad de oro para realizar y perfeccionar la unidad de Italia. Tras la guerra, en la que fue herido de cierta consideración, creó un haz (o fascio) de excombatientes, cada vez más radicalizados a causa de la violencia de la extrema izquierda.


La filosofía de acción directa del fascismo italiano fue notablemente atractiva para los más jóvenes, igual que ocurrió en Alemania e igual que ocurrió en España, sobre todo con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma, que acabarían fusionándose (no sin problemas) con la Falange de José Antonio Primo de Rivera. Cuando el sistema parlamentario italiano cayó en el descrédito, Mussolini organizó una marcha sobre Roma que operó de presión sobre el rey Víctor Manuel, el cual le dio el poder.


A diferencia de Hitler, que es un fenómeno meramente alemán y cuyos seguidores en otros países lo son, sobre todo, por interés, Mussolini es el gran irradiador del fascismo. La FE de las JONS joseantoniana se sentía más mussoliniana que nazi, pero hay más ejemplos, tales como Averescu en Rumania, Stoyadinovich en la antigua Yugoslavia, Gömbös en Hungría, Tsankov en Bulgaria, Carmona en Portugal...


¿Qué es ser fascista? En primer lugar, y sobre todo, ser fascista supone superditar al individuo a una idea (que suele tener en un partido a su guardían sagrado) hasta el límite que sea necesario. En tal sentido, todo fascista es, por definición, antiliberal, entendiendo por liberalismo no las estrechas fronteras de una determinada doctrina política, sino la creencia genérica de que el individuo y su libertad han de ser la base de toda relación política y social. La máxima supeditación a una idea (el nacional-socialismo, el nacional-sindicalismo, la supremacía de la raza, etc.) hace que el fascismo sea, además, una ideología que aspire a la toma completa del poder sin alternativas; como ideología antiliberal y antiparlamentaria (de hecho, la mayoría de los fascistas ven en los sistemas de partidos políticos un cáncer social que hay que extirpar), el fascismo propugna, pues, sistemas de partido único o sin partido en los que el derecho al voto o bien es descafeinado, o bien no existe. Siempre ha de existir una organización monopolística que marque el paso de la vida pública; en algunos casos no es estrictamente un partido; por ejemplo, el fascismo español, al ser nacional-sindicalista, lo que propugnaba era el monopolio de la organización sindical y, de hecho, el lema del falangismo radical en los años cuarenta y cincuenta era «Estado sindical»


Es un error identificar siempre el fascismo con la extrema derecha, en el sentido de defensa de los intereses de las derechas, es decir de las clases sociales más pudientes. No pocos fascismos se dotan de tintes obreristas en los cuales el fascista es el auténtico liberador de la clase obrera. En las bases de fusión de Falange Española y las JONS (13 de febrero de 1934) figuran algunos puntos que podrían ser fácilmente suscritos por cualquier radical de izquierdas («Afirmación nacional-sindicalista en un sentido de acción directa revolucionaria»), amén de otros curiosos como la limitación de los mandos de la formación a personas menores de 45 años o la afirmación de «una línea económica revolucionaria que asegure la redención de la población obrera, campesina y de pequeños industriales». Más allá, en el falangismo español hay todo un mito sobre la elección de la camisa azul como uniforme (algunos testimonios hablan de que había bastantes partidarios de la camisa parda, al estilo nazi); aunque yo tiendo más a creer que José Antonio se limitó a copiar a los grupúsculos fascistas portugueses, que ya la usaban, se cuidó mucho de alimentar el mito de que la elección tenía que ver con que dicha camisa se parecía a la de los mecánicos de los talleres, pequeños obreros manuales, pues.


El racismo no es un elemento fundamental del fascismo, aunque suele aparecer. En realidad, la pimienta que suele figurar en todo fascismo es el nacionalismo. Se podría decir que no todo nacionalista es necesariamente un fascista, pero resulta difícil encontrar un fascista que no sea nacionalista. El fascismo, en tanto que ideología que sustenta una idea común supraindividual, genera inmediatamente el concepto de destino común (así lo decían los puntos programáticos de la Falange, que definían a España como una Unidad de Destino en lo Universal) y supremacía. A Mussolini le encantaba leer a Friedich Nietzsche, filósofo alemán que lo mismo vale para un roto marxista que para un descosido brazo en alto; una de las cosas de él que atrae a los fascistas es su afirmación del superhombre, donde quieren ver la confirmación de sus ideas.


La exaltación de lo propio trae prendida la denigración de los otros. La Alemania nazi consideraba escoria a determinadas nacionalidades y razas: judíos, gitanos, polacos... Eran untermenschen, menos que hombres, razón por la cual estaba justificado su asesinato, incluso cuando eran niños. El fascismo nazi comenzó siendo un nacionalismo muy radical que propugnaba el renacimiento de Alemania, fuertemente humillada tras la Gran Guerra, para pasar rápidamente a buscar enemigos (los judíos y otros) y defender, primero su aislamiento (existen no pocos testimonios de que los nazis estudiaron la posibilidad de encerrar a todos los judíos en la isla de Madagascar) y después su exterminio. El asesinato masivo de judíos, gitanos, alemanes izquierdistas y no pocos homosexuales fue posible por algo que hoy se ve con otros ojos: la eutanasia. De hecho, Hitler es probablemente el primer gobernante que apoyó decididamente la eutanasia, aunque a su fascista manera. La eutanasia hitleriana, repugnantemente aplaudida por la clase médica alemana (y algún día debería pedir perdón por ello, ciertamente) propugnaba la eliminación de los arios defectuosos. Puesto que la raza aria había de ser perfecta y dominar el mundo, era necesario hacer una selección de la misma eliminando las malas hierbas. Así pues, antes que a los judíos, la Alemania nazi gaseó a unos 40.000 esquizofrénicos, paranoides y oligofrénicos, y a otros los esterilizó para que no pudiesen reproducirse.

La gran humillación pública del racista Adolf Hitler se produjo en 1936. Para entonces los nazis gobernaban en Alemania y en Berlín se celebraban los juegos olímpicos. Hitler esperaba que dichos juegos sustantivasen la supremacía de los arios, pero comenzó a ver que los negros les superaban en las pruebas atléticas, especialmente en las relacionadas con la velocidad, para las que es bien sabido que las razas de origen africano están mucho mejor dotadas que los semíticos. Así pues, empezaron a pasar cosas raras. Durante las series de calificación para la final de salto de longitud, que se celebraría poco después de que el atleta negro Jesse Owens hubiese ganado la final de 100 metros lisos, todo se confabuló para que Owens no pudiera pasar a dicha final. De los tres saltos de cualificación, los jueces le cantaron nulo los dos primeros. Uno de dichos nulos ni siquiera fue un salto; siguiendo, probablemente, instrucciones del palco, los jueces consideraron que una carrerilla de prueba que había dado Owens por la pista del salto había sido un intento, y se lo calificaron como nulo.

En ese momento aparece el héroe de esta historia. Se llamaba Luz Long, era alto, rubio y de ojos azules, era alemán y era el segundo mejor saltador de longitud del mundo, después de Owens. O sea: era quien más podía ganar con las putadas que le estaban haciendo al puñetero negro. Y, sin embargo, Long no estaba hecho de la misma madera que Hitler; la suya podría ser, quizá, más blanda, pero era, con seguridad, más noble.

Long se acercó a Owens, que estaba un poco bloqueado con todo el asunto de las putadas, y le dio la solución: sólo era la calificación, así pues no tenía que hacer un record. Le aconsejó que dejase una marca (si no recuerdo mal, Owens dejo caer una toalla) algunos centímetros antes de la tabla de saltado, y que calculase el salto no desde la tabla, sino desde la marca. De esta forma, los jueces no podrían cantarle nulo. Owens le hizo caso y se clasificó.

Luz Long hizo algo más que eso. Al día siguiente, en la final, cuando Owens lo derrotó, felicitó a Owens. O sea: se abrazó a un negro que le había ganado ante los ojos de Hitler. Con un par.

Luz Long murió en la segunda guerra mundial, lo cual quiere decir que, lejos de disfrutar de los privilegios de que gozaban los deportistas de élite fue enviado, oh casualidad, al frente a pegar tiros (en el frente más duro, es decir el ruso). Sin embargo, pocas, muy pocas personas le recuerdan hoy, a pesar de que es un héroe. Ya que se habla tanto de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, quizá no habría demasiadas discusiones si consistiese en cosas como contarle a los niños la historia de Long.

Para mí, además, el mérito de personas como Long es mayor teniendo en cuenta que fue capaz de ir donde no llegaron otros que tuvieron una posíción más cómoda que la suya. Una de las cosas que tal vez sería bueno que algún día se explicasen bien es el porqué del cambio de última hora en el equipo estadounidense de 4x100 en aquellas Olimpiadas. Inicialmente, el relevo estaba formado por Martin Glickman (10,6 segundos en los trials), Sam Stoller (10,6), Foy Drapper (10,6) y Frank Wykoff (también 10.6). Con ello, EEUU renunciaba al propio Owens (10.4) y a Ralph Metcalfe (10.5), ambos negros. Esta decisión, en cualquier caso, podría no estar fundamentada en el racismo, sino en una política que EEUU ha seguido siempre de intentar que cuantos más atletas ganen medalla, mejor.

Días antes de la final, sin embargo, el entrenador estadounidense reunió a los relevistas y les contó la milonga de que el equipo alemán era fortísimo y que por eso había que jugar las mejores cartas, razón por la cual Owens y Metcalfe entraron en el cuarteto en sustitución de Glickman y Stoller.

Estaréis pensando: vaya cataplines, los americanos. Quitan a dos blancos para meter a dos negros ante las narices de Hitler. No obstante, vuestra valoración tal vez cambie un poquito si os cuento que Glickman y Stoller eran judíos.

Que yo sepa, nunca se ha aclarado del todo quién sacó a los judíos del 4x100. Como ya habéis leído, no existía razón específica para ello, pues tenían la misma marca que otros dos corredores que sí corrieron. Lo que no se sabe es si fueron los alemanes quienes presionaron o fueron los norteamericanos motu proprio. Ambas versiones son posibles.

Por cierto: en la final, los alemanes llegaron cuartos, aunque se clasificaron terceros porque el equipo que les precedió, Holanda, perdió el testigo. La medalla de plata, Italia, llegó a más de diez metros de los americanos. Queda claro, pues, que la milonga de que los alemanes tenían un superequipo resultó ser eso, una milonga, y que, aún cediendo las tres décimas de menos que tenían Owens y Metcalfe sobre los atletas judíos, el equipo americano habría ganado la final más o menos con un segundo de ventaja sobre su inmediato perseguidor.

Así pues, quienquiera que decidiera que dos judíos no recibiesen sus medallas de oro delante de Hitler, ése sí que era un fascista.

El paroxismo nazi llegó hasta tal punto que hubo médicos que acariciaron la idea de ayudar a construir la supremacía aria mediante la reducción del periodo de gestación; si conseguían que la mujer concibiese en menos de nueve meses, la capacidad de generar arios se multiplicaría. En sus experimentos, casi siempre carentes de base científica, utilizaron normalmente mujeres prisioneras, a menudo judías, a las que radiaron los ovarios en interminables sesiones hasta dejarlas, en el mejor de los casos, estériles. Aunque tampoco tenía demasiada importancia, pues su destino, en todo caso, era la cámara de gas.


Ser fascista, por lo tanto, es ser ultranacionalista, antiparlamentario, partidario del colectivo y no del individuo, exaltador de la violencia y de la dominación del diferente, racista y xenófobo. Para ser fascista hay que ser todo eso. Decir de alguien que es fascista, pues, es un insulto muy grave. Decirlo tres veces, tres insultos muy graves.


La confusión, en lo que a nosotros se refiere, comenzó en la República. Cuando en noviembre de 1933 las elecciones dan un vuelco al país y colocan a las derechas en el gobierno, las izquierdas reaccionan aseverando que en España va a pasar como en Austria y en Alemania, es decir que el fascismo va a tomar el poder legalmente pero luego va a quedárselo para siempre. No está claro si el gran líder de la derecha, Gil-Robles, se sentía o no fascista. El mandamás de la CEDA justifica plañideramente en sus memorias (No fue posible la paz) su asistencia a un congreso del NSDAP (el partido de Hitler) y pasa de puntillas por cosas que sabe que dijo en aquel entonces, como que si el Parlamento no entendía su mensaje, sometería al Parlamento (y someter es un verbo lo suficientemente polisémico para que cada uno se crea lo que le dé la gana). Se explaya, claro, en lo que le defiende: una vez que las izquierdas dieron un golpe de Estado revolucionario, y una vez que dicho golpe fue sofocado, el sistema democrático fue conservado, así pues la amenaza de dictadura, según Gil-Robles, nunca existió.


El caso es que ya en el bienio de las derechas comienza a construirse la dicotomía sencilla fascistas-antifascistas. Dicotomía que alcanza su máximo esplendor al estallar la guerra civil, pues en zona republicana todo aquel que está con los golpistas se convierte en un fascista (entonces se decía más fachista) y el bando contrario se convierte en el antifascismo. La ayuda de Hitler y Mussolini a Franco no hizo demasiado por destruir ese tópico, aunque a mí me parece sociológicamente insostenible. A Franco en el 36 le apoyaron grupos sociopolíticos que comienzan en la derecha del Partido Radical y engloban, por lo tanto, al maurismo, las derechas coligadas en la CEDA, elementos católicos, agrarios, monárquicos de muy variada laya y, por supuesto, el requeté y la Falange. En España, en julio del 36, no habría ni 50.000 fascistas, y con 50.000 pollos no se gana una guerra ni aunque venga la Legión Cóndor siete veces.

A ello hay que unir el hecho, quizás más allá de la temática de este post, de que tampoco todas las izquierdas antifascistas lo eran.


El tópico pervivió a la guerra, llevándonos a la dinámica de pensar que el franquismo fue fascista y, por lo tanto, la lucha contra el franquismo fue aquella vieja lucha contra el fascismo. Afortunadamente, la historiografía ha terminado por darse cuenta de que Franco desfascistizó su régimen desde el momento en que vio que Hitler podía perder la guerra, convirtiéndolo en una dictadura militar (porque no hace falta ser fascista para aplastar las libertades de los pueblos; ésta es otra confusión bastante común en el lenguaje actual).


Que Franco fue sinceramente fascista, yo creo que no lo duda ni la fundación que lleva su nombre. Que dejó de serlo y que, ítem más, al principal elemento fascista de su gobierno, su cuñado Serrano Súñer, se lo apioló comme il faut, es igual de cierto. Tras esto, ya digo, no hace falta elevar a Franco a los altares, porque se puede dejar de ser un fascista y seguir siendo un cabronazo. Yo, de hecho, conozco personalmente a muy pocos fascistas, apenas uno o dos. Pero cabronazos, los conozco a puñaos.


Una discusión interesante es, por ejemplo, si Stalin fue fascista. Yo creo que sí. Como lo fue Mao, o Pol Pot. Como ya he dicho, el fascismo no es una ideología ni de derechas ni de izquierdas. Es una forma muy concreta de entender la ideología o, si se prefiere, una tentación totalitaria. Y se puede llegar a experimentar lo mismo cantando Por Dios, por la Patria y el Rey que La Internacional.


Pero lo que ha de quedar meridianamente claro es que cuando alguien opina algo pero te permite discrepar, no es fascista. Cuando alguien no pretende imponer sus criterios mediante el uso de la violencia, no es fascista. Cuando alguien no propugna de todos los ciudadanos debieran supeditar su libertad, sus acciones y su albedrío a una Idea, no es fascista.


Y si no nos damos cuenta de esto, seguiremos usando la palabrita a humo de pajas, y todo lo que conseguiremos es que cada vez signifique más cosas distintas, o sea no signifique ninguna.


Y eso, es decir que la palabra fascista en el fondo no signifique nada, es, exactamente, lo que quieren los fascistas.