miércoles, julio 04, 2018

El regente Ciscar (5: la Junta Militar)

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Dado que en este blog ya hemos dado cabida a las tribulaciones del militar escocés sir John Moore en su desgraciado paso por España, hay algunas cosas que ahora deberíamos decir pero ya la hemos dicho. De frente y por derecho: el movimiento insurreccional español, desde el punto de vista militar, era una mierda. El alto mando estaba formado por personas que en algunos casos tenían una dudosa fidelidad a la causa, en otros casos estaban seriamente enfrentados entre ellos y, en todo caso, hasta el propio concepto de “alto mando” era algo un tanto inventado.

Nosotros conocemos al conjunto de fuerzas que, con un objetivo único eso sí, se enfrentaron a Napoleón con el término “ejército”; pero desde algunos puntos de vista, utilizar este sustantivo no deja de ser un gesto de acendrado optimismo. El ejército que iba a la guerra, en buena parte, era creado en sus unidades en el mismo momento en que comenzaba el enfrentamiento, exactamente igual que se improvisaron los estados mayores que eran responsables de coordinar los esfuerzos con un mando central. En realidad, durante buena parte de la guerra de la Independencia, muchos generales fueron incapaces de saber con precisión con cuántos efectivos contaban en cada momento, de qué tipo, dónde estaban emplazados y qué capacidad de movilización tenían. Estos son hechos, como digo, sobre los que militares extranjeros presentes en la guerra de España como Moore se quejaron sobradamente en sus cartas, dejando la impresión clara de que las tropas españolas que se enfrentaban a Napoleón no eran de fiar, probablemente desde el punto de vista político, pero definitivamente desde el punto de vista militar.

La alianza con Francia ideada por Carlos IV y por Godoy, además, agravó las cosas. Como fruto de esa colaboración con la potencia francesa, España había enviado, algunos años antes de la rebelión, importantes tropas a escenarios bélicos extranjeros, como la Toscana o Portugal; ahora esos hombres le hacían falta y no los tenía, con lo que las propias levas para alimentar la resistencia se rebelaron complejas. Además, como consecuencia lógica de que España acabase por estar en guerra contra un país que había sido su gran aliado hasta el minuto anterior, por muy bien que quisieran hacer las cosas los españoles no pudieron evitar que el paso de los Pirineos por parte de los franceses fuese pan comido. Estratégicamente hablando, un ejército como el español, que no se olvide era estrecho aliado de París, para lo que estaba preparado era para repeler una agresión inglesa; algo que, lógicamente, debería producirse por mar y desde el Mediterráneo sobre todo. Por lo tanto, el esfuerzo defensivo estaba centrado en puntos que no fueron por los que finalmente entró el enemigo.

Para hacer las cosas todavía más complicadas, en el elemento bélico de la revolución española se produjo la difícil, en ocasiones imposible, confluencia entre un viejo orden y un nuevo orden que había surgido espontáneamente de la rebelión. La Junta Central, presionada negativamente por los muchos problemas organizativos que tenía y positivamente por esa ola de optimismo Bambi que siempre inunda al español que siente que ha hecho algo grande e histórico (la Historia es como Dios y todo lo va a arreglar de alguna manera), nunca se preocupó demasiado del merdé que estaba montando en lo tocante a la organización de la guerra por parte española. Las circunvoluciones cerebrales del espíritu español que todavía seguían funcionando con el esquema borbónico clásico colocaron la guerra en las lógicas manos del gobierno de la nación a través del Ministerio de la Guerra. Sin embargo, el alma revolucionaria, paradójicamente jacobina en el fondo, del movimiento español, creó una Junta Militar específica en la que, de hecho, la Junta Central depositó buena parte de sus esperanzas cara a una organización bélica comme il faut. Hay varios autores, sobre todo en el pasado (es una tesis que hoy no gusta, y honradamente no sé por qué) que han escrito obras estableciendo paralelismos entre la guerra de la independencia y la guerra civil del 36. La verdad, esos paralelismos existen, hasta el punto de ser en ocasiones casi copias carbón, y éste del mando militar me parece a mí que es uno de esos aspectos. Igual que Indalecio Prieto, teórico fautor y coordinador del esfuerzo bélico republicano, tuvo que soportar que mucha gente hiciera, nunca mejor dicho, la guerra por su cuenta, y que de hecho al ejército le colocasen el meconio aquél de los comisarios bélicos, una especie de mando encastrado en el mando, casi siglo y medio antes Junta Militar y Ministerio de la Guerra se disputaron competencias que en realidad tenían ambos, porque hasta para ordenar las cosas por escrito la Junta Central fue insoportablemente leve. La Junta Militar, por otra parte, jamás tuvo sede propia (un serio indicativo de cómo se las tiraban con bala desde el gobierno) y tampoco fue capaz de reunir a todos sus miembros.

El 30 de septiembre de 1808, como hemos dicho, quedó constituida la Junta Militar, y también tuvo su primera reunión. Fue en Aranjuez, en el casoplón de Castaños, y a la misma asistieron el marqués de Castelar, el conde de Montijo y Gabriel Ciscar, además, obviamente, del anfitrión. La Junta Militar decretó la formación de cuatro (dizque) ejércitos: el de Cataluña que, por cierto, no sé si de forma premonitoria fue conocido muchas veces como “el ejército de la derecha”; otro en la zona Centro; otro en el País Vasco, Navarra y Castilla la Vieja (“ejército de la izquierda” o, podríamos decir hoy, de Euskadi, Euskadi Sur, y Euskadi Sur-Sur); y un cuarto emplazado en Aragón, de reserva. Se hicieron nombramientos de generales y se envió un oficio a las juntas provinciales para que informasen puntualmente de las fuerzas militares que había en cada territorio, para sí poder organizar unas fuerzas armadas como se debe.

Empezó la Junta, por lo tanto, actuando con celeridad y espíritu ejecutivo. Pero ambas cosas las perdió pronto. En primer lugar, la Junta Central habría de experimentar, conforme pasara el tiempo, la creciente presión del Ministerio de la Guerra, departamento al que yo cuando menos no considero inocente del hecho de que la Junta Militar, a pesar de sus peticiones al respecto, nunca tuviese una sede. Por otra parte, como ya he dicho, la propia Junta le puso las cosas muy fáciles a sus detractores, pues tras esa primera reunión, que como hemos visto fue ya parcial, nunca volvió a conseguir reunirse en condiciones formalmente adecuadas. De hecho, un mes después de la reunión de Aranjuez, el único miembro de la Junta que se podría decir que estaba dedicado full time a los trabajos de la misma era Ciscar.

En estas circunstancias, era sólo cuestión de tiempo que al esfuerzo militar español, y muy particularmente a la Junta Militar como organizadora del mismo, le acabasen por crujir las cuadernas. En los inicios de 1809, los franceses avanzaban por España de manera imparable, causando la alarma de la Junta Central. De hecho la Junta le encomienda a Antonio Cornel Ferraz Doz y Ferraz, tal vez uno de los políticos con más zetas de la Historia de España y que en ese momento era ministro de la guerra, que organice un plan de resistencia y contraataque; y se lo encarga, dice la Junta, ante la evidente inoperancia de la Junta Militar. La Junta Militar, acusando el golpe, elabora un plan militar, que de todas maneras no tuvo listo hasta primeros de marzo.

El plan de campaña de la Junta Militar, en todo caso, es una referencia interesante por los datos que aporta sobre la situación en que ha sido elaborado. La Junta explica en el mismo que no ha podido obtener información de la mayoría de los generales sobre el tipo y número de fuerzas con que cuentan, con lo que reconoce que ha elaborado sus escenarios con información extraoficial; lo que se dice un plan de estado mayor hecho con Radio Macuto. Con estos datos parciales y en modo alguno avalados o comprobados, la Junta proponía un plan de reforzamiento bélico, con la creación de nuevos ejércitos y la mejora en la dotación de los existentes, combinada con la coordinación de los movimientos de todos ellos, que por supuesto nunca se llevó a cabo nada más que en algunos elementos aislados. Para Ciscar, que como buen matemático de seguro tenía una mente cartesiana y presidida por la lógica, debió de ser toda una experiencia descubrir que la distancia entre el deber ser y el ser es, a menudo (casi siempre), abismal.

En las últimas semanas de 1808, presionados por el avance francés, los miembros del gobierno que se encuentran en Aranjuez abandonan la población con dirección al sur, y lo mismo hará el secretario de la Junta Militar, Gabriel Ciscar, quien para entonces es ya el único elemento realmente activo de dicha Junta. Llegó a Sevilla el 17 de diciembre en el mismo autobús que los miembros de la Junta Central.

En realidad, es esta relación estrecha con la Junta Central la que más nos interesa desde el punto de vista de estas notas, porque es lo que está en el fondo del papel político que Ciscar está llamado a jugar en la Historia de España. Da la impresión de que toda la conexión y el respeto mutuo que le faltó al secretario de la Junta Militar con muchos de los mandos del ejército sobre el que tenía teórica competencia sí que las tuvo respecto de diversos miembros de la Junta Central, lo cual acabó por tener como consecuencia que éstos pensasen en él para diversas encomiendas de carácter más político que militar. Es en virtud de estas buenas relaciones y de respeto ganado que el 23 de febrero de 1809 Ciscar es ascendido a jefe de escuadra y también por esos tiempos designado vocal del Supremo Consejo de Guerra y Marina. Este órgano había sido creado para ordenar el ejército y mandar sobre sus movimientos tácticos y dejaba sin sentido la Junta Militar. El 2 de marzo del mismo año, es nombrado gobernador de Cartagena. Este nombramiento lo saca de Sevilla y del centro del duro enfrentamiento político que se producirá a causa de la mala marcha de la guerra.

En el gobierno de Cartagena, Ciscar volvió a mostrarse como un hombre de acción, dispuesto a enfrentar los muchos problemas que tuvo enfrente en una ciudad que vivía envalentonada por el ejemplo de su pequeña revolución de 1808 y por los graves problemas laborales que registraba por los incumplimientos en los pagos de salarios, sobre todo en el arenal. La acción gobernadora de Ciscar no pasó desapercibida para los rectores del gobierno revolucionario del país, quienes en enero de 1810 lo nombran ministro de Marina. Sin embargo, algo raro debía de haber en ese nombramiento, porque lo cierto es que Ciscar hizo todo lo posible por permanecer en Cartagena. Existió, de hecho, una especie de conspiración palaciega (sin palacio) destinada a arrebatarle el cargo de gobernador, con el lógico pretexto de que debía hacerse cargo de su puesto como ministro, pero finalmente Ciscar logró prevalecer en su opinión y hacer que el ministro de Hacienda lo sustituyese en sus responsabilidades gubernamentales, que de hecho nunca ejerció. Es éste del ministerio írrito de Ciscar un buen ejemplo para entender las muy especiales circunstancias que vivía aquella España en guerra, en la que un militar prefería mandar sobre una plaza que ser ministro de un gobierno que, en muchos aspectos, parecía tener un aspecto mayormente fantasmal.

Para Ciscar, sin embargo, quedarse en Cartagena no fue ningún chollo. La plaza, que tenía una evidente importancia militar, era lógicamente ambicionada por los franceses, y por ello los rumores, más o menos ciertos, sobre una inminente invasión eran constantes. Ciscar enfrentó esa realidad con una creciente penuria de medios, tanto monetarios como humanos. Una epidemia de fiebre amarilla en la zona empeora la situación de éstos últimos. En los últimos días de agosto de 1810, los franceses inician la invasión de Murcia, con Cartagena en una situación casi desesperada en la que no creo que hubiera más allá de 3.000 militares efectivos en la plaza. En octubre, se decretará el traslado a Menorca del parque de artillería y otros servicios del arenal cartagenero.

En medio de todas estas dificultades, Ciscar hizo un servicio a la causa española que le habría de reportar beneficios personales a él: su total sintonización con el gobierno enfrentado a Napoleón. El 5 de noviembre de 1810, una ciudad otrora acostumbrada a hacer de su capa un sayo juró sin problemas fidelidad a las Cortes. Asimismo, lo cual es mucho más importante y valioso, la Cartagena de Ciscar siempre aceptó la prelación de la Junta murciana y sobre todo de la valenciana.

El 23 de abril de 1810 se fusionaron las juntas murciana y cartagenera en la Junta Superior de Cartagena y del Reino de Murcia, lo cual convirtió a Ciscar en gobernador de toda la comunidad autónoma, que diríamos hoy. Esta junta, sin embargo, se había creado porque en Murcia, a causa de la entrada de los franceses, había dejado de haber poder. Al marcharse éstos y volver a crearse una junta en la capital, inmediatamente la Superior acató el mando de la nuevamente creada.

Es así como llegamos al 28 de octubre de 1810, que es el día políticamente más importante en la vida de Gabriel Ciscar. El día en el que, merced a sus antecedentes de hombre sistemático, meticuloso, trabajador y disciplinado, los hombres del gobierno revolucionario de España, enfangados ellos mismos en luchas intestinas en ocasiones cainitas, buscando miembros sin tacha para la Regencia de España, para el gobierno provisional en el exilio del rey, miembros que, además, no les toquen mucho los cojones y sean sumisos al mando de las Cortes, piensan en ese marino matemático acostumbrado a hacer lo que le piden, a protestar poco, a respetar la disciplina y que, además, ha exhibido ya sobradas capacidades como gestor.

Ése es el día, efectivamente, en que Gabriel Ciscar es nombrado miembro de la Regencia de España.