lunes, junio 04, 2018

Isabel (26: el puto niño)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto


Wentworth salió libre, de momento. Y, nada más estar en la calle, comenzó a convocar y asistir a reuniones cuyo objetivo era trabajar un grupo suficientemente relevante dentro del Parlamento como para animar un debate sobre el tema de la sucesión y quién debía tomar decisiones al respecto. La reina, hondamente sorprendida por este movimiento, decretó el ingreso del relapso puritano en la Torre de Londres, donde de hecho gastaría el resto de sus días.


Hay que entender, en todo caso, que un elemento fundamental del debate sobre la sucesión del trono inglés era el hecho de que la opinión pública inglesa estaba convencida de la mala salud de su reina. Era ésta una convicción que los hechos desmienten, pues es evidente que Isabel de Inglaterra ocupa un lugar preeminente entre los reyes longevos del país, reyes que otra parte muestran una marcada tendencia a no cascarla; pero lo cierto es que la imagen que mucha gente en Inglaterra, no sólo los desinformados commoners, tenía de su reina, era la de una mujer extraordinariamente frágil organolépticamente hablando, de la que se había llegado a rumorear su muerte y entierro clandestino alguna que otra vez.

Un elemento importante de estos rumores puede ser el hecho de que en el siglo XVI la depresión no estuviese singularizada como enfermedad mental y, consecuentemente, su observación y diagnóstico se centrase en sus síntomas. Isabel de Inglaterra sufrió varias y profundas depresiones en su vida y, realmente, el momento en el que sobrepasó la esperanza estadística de vida de su tiempo, esto es, a partir del momento en que superó los cuarenta e incluso los cincuenta años, su vida prácticamente se puede definir como una depresión con algunos periodos de descanso. La reina, además, sufría de un insomnio también muy profundo, en parte causado por unas migrañas que iban y venían en racimo, en ocasiones en vendimias enteras. En estas circunstancias es lógico explicar que aquéllos que lograsen verla y tuviesen un criterio mínimamente independiente (como los embajadores) trasladen de ella una imagen más bien inquietante. Como también se explica, por otra parte, la obstinación de la reina a la hora de defender a su médico personal, puesto que los enfermos condenados a una vida lacinante suelen desarrollar fuertes dosis de dependencia hacia el tipo que les libera de ese sufrimiento, siquiera durante unas horas o unos días.

La morbilidad de Isabel de Inglaterra debía de ser la leche. Comedora compulsiva que era de sweeties, que consumía en cantidades industriales a todas horas del día, pronto Isabel tuvo una dentadura más negra que la noche que le producía dolores y molestias constantes. Por lo demás, sabemos que sufrió frecuentes infecciones de garganta y, cómo no, molestias estomacales, producidas por su discutible dieta. Asimismo, probablemente tenía blefaritis crónica, pues le salían orzuelos como almendras garrapiñadas.

A los 61 años de edad, Isabel de Inglaterra había perdido casi todo su pelo natural (en la cabeza) y había destrozado la piel de su cara a causa de la aplicación sistemática, durante décadas, de gruesos maquillajes que se hicieron más gruesos todavía conforme llegó la vejez y se hizo necesario ocultar las muchas imperfecciones de su tez; estos maquillajes y blanqueantes de la piel incluían elementos como el plomo o el mercurio, por lo que hoy se sospecha que, sin saberlo, la reina se estaba envenenando a sí misma. Las más de las veces, cuando estaba en público, la reina portaba un pañuelito de seda perfumado en la boca, para evitar que los testigos viesen sus dientes putrefactos. Para terminar de torturar su cuerpo la reina, obsesionada con ser algo más alta de lo que era, le ordenó a Peter Johnson, su zapatero habitual, que le inventase unos zapatos con tacón. Pues sí, chicas: ahí empezó todo.

Eso sí: si la reina estaba hecha una braga, su mano derecha, el eterno Burghley, estaba hecho un trapo de cocina. Para empezar, el primer ministro inglés in pectore también arrastraba su porción depresiva desde 1589, cuando su mujer de toda la vida, Mildred, lo había dejado. Las crónicas de la época suelen anotar que desde entonces su salud se resintió, pero a mí siempre me ha parecido que eso no deja de ser un diagnóstico de depresión. Burghley tenía 14 años más que la reina. Con más de setenta años, se había convertido en el principal destino vacacional de la artritis y la gota, lo cual quiere decir que todo lo que un hombre tiene que mover, desde las manos hasta los dedos de los pies, lo tenía agostado. A finales de siglo, incluso las gentes que le habían sido siempre partidarias hacían chistes de él y lo consideraban una figura ridícula y patética.

En general, tiene mucha lógica que contemplemos, en gran parte, a aquella Corte isabelina como una especie de Guardia de Franco que se dedicaba a envejecer unida. Thomas Heneage, un miembro del Consejo Privado que había hecho, como ya hemos leído, importantes servicios a la reina, tenía un serio problema renal que lo había convertido en un cadáver con respiración. Lord Hundson, que era incluso más veterano que Burghley, estaba paralizado por la artritis.

La reina, pues, sufría las consecuencias personales y políticas de no haber oreado suficientemente su círculo privado, esto es, el gobierno de Inglaterra. En buena parte, el país estaba comandado por una recua de cotorras del pasado, un equipo de gobierno protestante que, ahora se daba cuenta, había perdido con Leicester su principal apuesta de futuro y, por lo tanto, encontraba difícil construir una oferta de continuidad (esto es lo que querían) en la revolución enriquiana.

En modo alguno Jacobo utilizó el nacimiento de su hijo para enemistarse con Isabel. Le puso Enrique de nombre en homenaje al padre y abuelo de la reina, e inmediatamente le pidió a Isabel que fuese la madrina del queco. Isabel ni siquiera contestó la carta.

Lo que sí ocurrió, sin embargo, es que el nacimiento del heredero escocés rápidamente movió a la reina a considerar que lo mejor que podía hacer era mover el suelo debajo de los pies de Jacobo. El rey de Escocia tenía un importante rival político en Francis Stewart, conde de Bothwell, hombre que tenía el deseo y el poder de contrarrestar la influencia de Huntly en la Corte de Edimbra. Era sobrino del tercer marido que había tenido María, reina de los escoceses. Y, lo más importante: era protestante.

Hombre de temperamento sanguíneo y propenso a meterse en líos, Bothwell, de hecho, le daba mucho por saco a Jacobo. Los escoceses, que son un pueblo bastante peripatético que por ello ha desarrollado tradiciones un tanto extrañas, tenían una por la cual cualquier noble de la tierra escocesa tenía derecho a presentarse en el dormitorio del rey, a cualquier hora del día y sin anunciarse, para transmitirle consejos de importancia. Esto es lo que solía hacer Stewart, cosa que a Jacobo le sentaba de pena, la verdad. En las Navidades de 1591, había intentado hacer que Jacobo saliera de su habitación haciendo fuego en la entrada, y la puerta de la reina la destrozó a martillazos. El rey salió a caballo a perseguirlo y en la persecución cayó a las aguas de un río helado, donde casi se ahogó.

En 1594, Isabel comenzó a utilizar a sus agentes para convencer a Stewart de que era el momento de abrir una guerra contra Huntly, esto es, contra el rey, ofreciéndole dinero para pagar mercenarios. El rey acabó por tener conocimiento de aquellos movimientos, lo que le llevó a amenazar con poner al conde fuera de la ley. Con 2.400 tropas, Jacobo intentó cercar a Bothwell, pero no lo consiguió porque éste se escapó por el bosque. Sin embargo, Stewart acabó por darse cuenta de que aquélla era una guerra que no podía ganar, algo que Huntley también le dijo varias veces; y, cuando se vio enfrentado con la propia Iglesia protestante escocesa, que se extrañó de sus proyectos, decidió pactar y claudicar. El papelón de toda esta historia acabó haciéndolo el conde de Sussex, un protegido de Essex, pues fue el finalmente designado para ir a Escocia con los regalos de bautismo del niño como si nada hubiera pasado.

Que Essex interviniese en la normalización formal de relaciones entre Inglaterra y Escocia tiene su razón de ser. El conde siempre había acariciado el proyecto de llegar a algún tipo de acuerdo personal con Jacobo, como de hecho intentó al regreso de su expedición a Lisboa. Lo tenía relativamente fácil. Anthony Bacon, que era el principal espía al servicio de Essex, tenía un contacto frecuente y muy cálido con David Foulis, uno de los hombres a los que más escuchaba Jacobo. Foulis y Toño Panceta mantenían una frecuente correspondencia en clave en la que discutían las posibilidades de una negociación.

Essex, probablemente envalentonado por lo bien que le habían salido las cosas últimamente, decidió que ésta sería una movida para él solo y que, por lo tanto, la mantendría fuera del alcance de Burghley y de Cecil. Tenía razones para hacer eso puesto que Jacobo, y esto Essex lo sabía por Foulis, en realidad no tenía una mala opinión de la reina; la tenía de Burghley, a quien consideraba el responsable de todo lo que se habían emponzoñado las relaciones entre Londres y Edimburgo. Por cierto, que dentro de esta campaña contra Burghley y Cecil hemos de incluir The tempest, una obra de Francis Bacon, hermano de Anthony, en la que aparece un personaje, Caliban, que todo Londres de la época sabía que era Cecil. El personaje de un esclavo contrahecho, claro cachondeo a costa de la joroba de Cecil, quien además era tan bajo que hasta la reina lo apelaba muchas veces de pigmeo. Bacon nos describe en la obra a Caliban como a born devil.

La oportunidad de Essex surgió porque las cosas entre los dos reyes se pusieron muy calientes. Jacobo, plenamente consciente de que Bothwell había sido financiado por Londres, le escribió a la reina una durísima carta en la que la acusaba directamente de ello. La reina reaccionó malamente, y ése fue el momento en el que rey escocés le pidió ayuda a Essex, en una carta tan secreta que quien se la llevó a Essex se la dejó leer y luego se la llevó de vuelta a Edimburgo; lo más parecido en la época a las comunicaciones de James Bond que se autodestruyen en cinco segundos. Jacobo le decía a Essex en la carta que lo más importante, aquello que estaba por encima de los rollos personales and the like, era la unión angloescocesa; y que, por eso, para preservarla, él debía defender los derechos jacobinos a suceder a Isabel. Evidentemente, lo que el rey escocés no escribió, pero se puede suponer sobreentendido en la misiva, era el hecho de que si de llegar Jacobo al palacio de Nonsuch sería de esperar que hiciese una sonora limpieza en su Consejo Privado, la purga ya no habría de afectarle a él: ahí residía el principal incentivo ofrecido por el escocés. Foulis, de hecho, le había dicho a Panceta que Jacobo ya estaba pensando en la sustanciosa recompensa que le otorgaría a Essex nada más ceñir la corona.

¿Sabía algo la reina de estos apaños o, cuando menos, los sospechaba? Es difícil de saber porque Essex y la Corte de Edimbra intercambiaron pocas cosas por escrito, y de las pocas que se enviaron la mayoría hace siglos que forman parte del compost que usan las británicas entradas en años para mejorar las condiciones de crecimiento de las lillys de sus jardincillos. Pero es probable que algo se maliciase. Como persona, Isabel era un ser caprichoso y con tendencia a irse de la mano; pero sin duda había heredado una capacidad superlativa para coscarse de los a veces tan sólo leves cambios de humor o de actitud de las gentes de su entorno. Pudo notar algo en Essex y en la forma de desempeñarse en la Corte, y pudo concluir que la clave estaba en Escocia. Sea así o no, lo cierto es que, en tiempos más o menos contemporáneos al bautizo del joven Enrique, Isabel decidió tender puentes con la joven mamá, Ana. Así, le envió una carta repleta de requiebros y buenas palabras, si bien cometió (cuando menos en mi opinión) el error de no bajarse del tratamiento real Nos, cuando todo el mundo en la alta política de las islas sabía que solía utilizar el I cuando se escribía con otras mujeres por las que sentía afecto. Esta impresión de que la reina intentaba quedar bien pero no lo conseguía se confirmó cuando Sussex, ya en Escocia, abrió los regalos que traía. El principal de ellos era un servicio de plata con algunas copas de oro. Isabel, que para estos detalles era muy susceptible como casi todas las féminas, tenía que saber que todo el mundo compararía ese regalo con el que hizo en el bautismo del propio Jacobo: una bandeja toda ella de oro. De hecho, otros países protestantes con mucha menos relación con Escocia enviaron regalos mejores.

Isabel quiso, pero no supo, esconder lo mucho que la cabreaba aquel niño. El mucho miedo que, de hecho, le provocaba aquel nacimiento.