lunes, junio 25, 2018

El regente Ciscar (3: en París)


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Ufano se encontraba Gabriel con su nuevo nombramiento, pero pronto hubo de probar en sus carnes ese mal tan español que nos dice que una cosa es que te nombren algo, y otra diferente que ejerzas ese nombramiento. La encomienda concreta, en efecto, se hacía de rogar. La alta política se metió por medio. Como es bien sabido, por aquel entonces un grupo de ilustrados del que formaban parte Cabarrús y Jovellanos consiguieron descabalgar a Godoy de la secretaría de Estado. En el fondo de aquel movimiento se encontraba la indecisión en los escalones elevados del poder sobre si consolidar una alianza con Francia o, todo lo contrario, alejarse de la gran potencia continental del momento. El tema llegó a estar tan enfrentado que el propio Ciscar, en sus cartas, llega a dudar que que nunca pueda realizar la comisión parisina.

En esencia, el de Ciscar era el típico problema del personaje que tiene ya apalabrada, por así decirlo, una gavela o un nombramiento con un ministro (en este caso, Lángara), pero que tiene más que sospechas de que va a haber una crisis de gobierno que va a colocar el tema en posición de juego revuelto, cuando no de olvido permanente. Era consciente, además, de que Jiménez Coronado no era el único enemigo que tenía en España el sistema métrico decimal; es lógico, por otra parte, pensar que, en un país acostumbrado a las medidas antiguas, incluso a personas con miras más elevadas que las de un tonelero de Talavera les costase entender el beneficio intrínseco de una revolución como aquélla. Mucho pesaba en contra del tema su apellido. El sistema métrico decimal, ya lo hemos contado, era invención y fruto de un gobierno revolucionario, de una república que amenazaba los mismos cimientos de una Europa acostumbrada al Antiguo Régimen; más que nunca en España, un país que consumiría los ciento y pico años que tenía por delante en una guerra fratricida entre monárquicos. Por lo tanto, el asunto tenía en España muchos enemigos que lo eran por principio; gentes de poder y de no poder que rechazaban el proyecto simplemente por su origen, ni siquiera por su esencia. En el otro platillo de la balanza se encontraba la conveniencia, cada vez más evidente, de que España se adjuntase a un proyecto impulsado por una potencia del calibre de Francia, para colmo vecina (eso quiere decir protoinvasora).

En estas milongas andaba el baile hasta que las voluntades, poco a poco, se fueron definiendo; y con fecha 30 de agosto, Ciscar recibió la comunicación oficial para que se incorporase a la misión en París. La espera mereció la pena. Juan de Lángara hizo un trabajo excelente a favor del hombre en el que sin duda creía para dicha misión. Consiguió, en primer lugar, que le fuesen conservados los emolumentos del empleo que tenía en Cartagena y que, además las dietas correspondientes a la misión parisina fuesen prácticamente las más elevadas posible. Tal vez por eso, porque enviar una sola persona ya resultaba enormemente gravoso para el Erario público, Ciscar se llevó otra alegría al comprobar que era la única persona remitida a la capital de Francia desde España; misión individual que le daba todavía más valor a su figura. Sin embargo, a su llegada a Madrid en la segunda semana de septiembre habría de descubrir otro mal español: la lentitud administrativa. Aunque él pensaba que poco menos que al llegar a Madrid todo lo que tenía que hacer era pillar un Uber a Barajas y coger el vuelo a París, se encontró con que ni uno solo de los trámites burocráticos estaba hecho y que, por lo tanto, le tocaba hacer pasillos y esperar.

Hemos de imaginar la intensidad con la que Ciscar se debía comer los puños si tenemos en cuenta que estaba perfectamente informado de que la misión parisina se había fijado el 6 de octubre como fecha para terminar los trabajos en comisión, mientras que él, a finales de septiembre, todavía se encontraba en Madrid esperando sobrevivir al infierno de compulsas y pagarés connatural a su misión. No consiguió partir hasta finales de mes.

Durante su espera madrileña, en todo caso, Ciscar debería de llevarse una sorpresa morrocotuda. A verle se presentó un tal Agustín Pedrayes, quien ufano le comunicó que compartiría misión con él y consecuentemente le proponía que hicieran el viaje juntos. Ciscar, ya lo hemos dicho, era marino de formación marinera. Los marinos son gente bastante especial, supongo que como todos; pero una de las especificidades de quien se dedica a cruzar los mares, consecuencia de lo muy necesaria que es la disciplina en medio de los océanos, es su amor por la jerarquía. A los marinos les gusta mandar o ser mandados, preferentemente lo primero; pero que, en todo caso, la cosa esté clara. Eso de misiones de dos miembros equipoderosos no les mola nada; les suele despertar dudas sobre la valoración que se hace de ellos y, si son muy paranoicos, les despierta desconfianzas conspirativas o de naturaleza parecida.

En realidad, los dos miembros de la misión fueron un hecho que le vino impuesto a Lángara por personas de más poder que él. Concretamente, Mariano Luis de Urquijo, el hombre que había acabado por sustituir a Godoy a causa de los achaques de Francisco de Saavedra y Sangronis, quería que la misión estuviese formada por dos personas. Ciscar acabó tragando, aunque los hechos en realidad vienen a sugerir que nunca, en realidad, se avino a aceptar de verdad la presencia de Pedrayes. Este hombre, por su parte, era profesor de matemáticas en la Real Casa de Caballeros Pajes, así como en el Seminario de Nobles. Siendo como era asturiano, fue persona muy cercana a Jovellanos, quien pretendió varias veces promocionarlo, aunque sin éxito. Siendo también un hombre que trataba al entorno ilustrado, con la llegada de José Bonaparte tuvo algunas ofertas de empleos interesantes, pero los rechazó todos. Murió olvidado de todos y con escasos recursos y, al parecer, la mayor parte de sus obras se han perdido.

En el debe del personaje cuya trayectoria estamos describiendo en estas notas, es decir Gabriel Ciscar, debemos anotar el hecho de que nunca aceptó a Pedrayes como un igual, hecho ése que tal vez el asturiano aceptó por no generar conflictos, pues de su trayectoria vital tal vez cabe adivinar que no era persona orgullosa. Nada más llegar a París, Ciscar comenzó a juzgar la asignación que se le había dado, a pesar de ser bastante elevada, como insuficiente. Sobre todo, consideraba que tenía que hacer muchos desplazamientos para los que necesitaba un coche, así como que para sus trabajos necesitaba el concurso de un escribiente y un traductor. Todo esto lo logró tras mucha porfía porque Urquijo no veía tal necesidad; pero en momento alguno se puede desprender que dichas peticiones las hiciera Ciscar, y las ejercitase una vez conseguidas, para él y su compañero de misión. Se las quedó todas, por lo que Pedrayes tuvo que seguir desempeñándose en París con la asignación que se le había dado en principio.

Ciscar y Pedrayes llegaron a París el 7 de octubre, cuando la comisión general todavía no había comenzado sus sesiones. No lo hizo hasta el 8 de noviembre, y aquéllos de vosotros que hayáis leído misnotas sobre la historia del metro ya sabréis por qué. Aquel día, en los archivos de la Marina, que entonces estaban situados en la hoy exclusiva plaza Vendôme, comenzaron las sesiones con la participación de dos españoles.

La Comisión tomó de partida los trabajos de Delambre y Méchain para la medición del meridiano, así como los de Lefèvre y Guineau sobre el peso del agua destilada en diferentes niveles de concentración. De aquellos experimentos sobre longitud y peso se esperaba llegar a la construcciones de sendos patrones del metro y el kilogramo. Se eligieron por sorteo los miembros de tres comisiones (revisión de cálculos del meridiano; revisión de los cálculos del peso; construcción del patrón de metro de platino). Ciscar no fue designado inicialmente para la subcomisión que había de revisar las mediciones de Delambre y Méchain; pero en febrero de 1799, a causa de la muerte de Borda, fue designado para sustituirlo (en favor de los franceses hay que decir que los miembros de la Comisión no estaban distribuidos por países, por lo que la muerte de un francés no tenía que ser suplida por un francés).

El 22 de junio de 1799, la Comisión presentó ante el Consejo de Ancianos y el llamado De los Quinientos, los prototipos del metro y el kilo. A pesar de ello, la Comisión siguió abierta en sesión, y no fue hasta agosto que Ciscar comunicó a Madrid que la misión había terminado. Sin embargo, tanto él como Pedrayes permanecieron en París todavía unos meses. El marino había recomendado al gobierno español que encargase cuatro juegos de metros y kilos, además de cuatro péndulos invariables, un instrumento necesario para delimitar la longitud del metro y al que Ciscar otorgaba una gran utilidad profesional como marino. Lángara, de hecho, le encargó que aprovechase el tiempo extra para empaparse de otros conocimientos más prácticos, como las técnicas de fabricación de proyectiles de artillería.

La experiencia parisina convirtió a Gabriel Ciscar en una persona convencida de que el avance de la investigación científica en España era perfectible, y de que la Marina debía de ser la punta de lanza de ese proceso. De sus contactos con los científicos franceses sacó la conclusión de que era necesario construir un programa de investigación científica española impulsado desde el poder público, que debería tener su epicentro en el Observatorio de Cádiz. En este observatorio, entre otras cosas, consideraba que se debían recopilar, sistematizar y analizar las observaciones realizadas por los marinos españoles en América. Verdaderamente, en este punto Ciscar demostró tener las ideas muy claras y la visión evidente de la ventaja comparativa que, cara a muchas de las ciencias, y notablemente la geodesia, le aportaba a España el hecho de que todavía fuese un imperio de dimensiones mundiales. Algo que hacía que su Marina se desplazase por el globo como ninguna otra y que, por lo tanto, estuviese en disposición de tener un conjunto de observaciones, de Big Data diríamos hoy, imbatible, siempre y cuando no las dejase apolillarse en los diarios de a bordo sin más uso ni respeto.

El Gabriel Ciscar que regresó de París estaba muy satisfecho y se diría que infatuado. Siendo como era un hombre con obra publicada, tanto propia como a través de sus ediciones de obras como la de Jorge Juan, era más fácil que sus colegas franceses lo conociesen, y la verdad es que lo cubrieron de halagos. Para un hombre como él, que tenía bastante desarrollado ese punto de orgullo que todos tenemos, debió de ser un apoyo de gran valor.

El caso es que el buen marino ya se encontraba en Madrid con las cuatro copias de los nuevos estándares que había encargado, y cuya construcción de hecho había supervisado personalmente. Ya sólo quedaba conseguir que el país asumiese el nuevo y racional sistema de medición, y lo generalizase en su uso.

Sólo.

En muy pocos meses tras llegar a Madrid de París, Gabriel Ciscar terminó su informe relativo a la misión parisina del sistema métrico. Dicho informe se titula Memoria elemental sobre los nuevos pesos y medidas decimales fundados en la naturaleza, y fue presentado al rey en el mes de marzo del 1800. El monarca le otorga la cruz de la Orden de Carlos III, una condecoración de la que nunca se separará.

Tras entregar la Memoria, Ciscar se volvió a Cartagena, a tomar posesión de nuevo del cargo que allí tenía antes de ir a París. O no hubo un Pedro Sánchez que le ofreciese algún puesto político para defender sus ideas, o él no lo buscó; eso no lo sabemos a ciencia cierta (nunca mejor dicho). Todo parece indicar que, con la redacción de esas aproximadamente 80 páginas sobre el nuevo sistema, una publicación muy sincrética en la que no hay grandes desarrollos matemáticos sino la simple voluntad de explicar el sistema métrico, y de explicarlo además no como invención de franceses sino como un estándar nacido de la naturaleza, Ciscar, probablemente, consideraba buena parte de su labor terminada. O tal vez pensaba, con esa falta de realidad de la que a menudo adolecen los científicos, que su verdad, por así decirlo, era tan palmaria que el pueblo se lanzaría a las calles a recibir con júbilo el sistema decimal.

Que no fue lo que pasó.