lunes, junio 18, 2018

Isabel (27: Felipe II, rey de Inglaterra)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
La reina Ana, a pesar de que no existe duda de que pensó, como pensó todo el mundo, que los regalos que llegaron de Londres para su vástago eran una mierda, le escribió la típica carta diplomática a Isabel en la que se deshacía en halagos hacia aquel gesto de indiferencia, pero se tomaba cumplida venganza recordándole que ese hijo del que ahora pasaba la vieja portaba el destino de sucederla. Para dejar las cosas claras, los reyes escoceses ya se ocuparon de que el obispo de Aberdeen, que ofició el bautismo del queco, se embarcase en una larga retahíla de disquisiciones históricas sobre los muchos vínculos que unían a Jacobo con los reyes de Inglaterra. Un poema de celebración publicado en Edimburgo, sin duda con la aprobación expresa de Jacobo, lo apelaba de King of all Britain in possession.


Esto último, lo del poemita, fue lo que hizo que la reina rebasase el punto donde se encuentra el famoso castaño oscuro. Intruyó a Burghley para que comunicase una protesta formal con exigencia de disculpas por la publicación, “considerando”, le dijo, “que mi porción de Gran Bretaña es mucho más grande que la suya”. Jacobo contestó que el escalafón estaba claro; que su destino era suceder a Isabel en el trono de Londres cuando muriese o, si era capaz de sobrevivirle, su hijo; y que, por lo tanto, seguiría haciendo valer sus derechos, porque eran suyos.

Isabel, la verdad, no estaba en la mejor de las situaciones personales; mucho menos teniendo en cuenta que cuando menos yo le sospecho una personalidad ciclotímica y depresiva de la hueva. Burghley, el fontanero que mejor sabía reparar las muchas cañerías rotas de Inglaterra, era muchos días un cadáver andante que se arrastraba por los pasillos de Nonsuch como un becario de la Santa Compaña. Otros elementos de su entorno privado, como ya hemos dicho, eran ya unos canicas, a medio dedo del guá. Y la gran esperanza blanca del gobierno de su majestad, Essex, se sentía tan poderoso en el mundo de palacio que jugaba a tres o cuatro barajas al mismo tiempo.

Pero, claro, quien mucho especula acaba encontrándose con la horma de su zapato.

A finales de 1595 se publicó en Londres un folleto, titulado A conference about the next sucession to the Crown of England. Era un libelo que a Isabel le hizo más efecto que una lavativa. Pero no fue sólo el contenido del texto lo que la jodió, que ya había bastado; lo que más la jodió fue que estuviese dedicado al conde de Essex.

La reina llamó a su consejero a palacio el lunes 3 de noviembre. Lo llamó por la mañana y Essex no pudo salir de allí hasta bien entrada la tarde; la conversación fue, pues, tan larga como violenta. Los testimonios nos dicen que el rostro de Essex se quedó pálido como la cera cuando la reina le leyó la dedicatoria, en la que el autor del libelo venía a decir que Essex era la única persona con inteligencia y posición para resolver el problema de la sucesión.

El folleto en cuestión era sin duda parte de una inteligente campaña de imagen lanzada por las fuerzas católicas de Londres, destinada a poner nerviosa a Isabel y socavar la imagen de Essex en el mismo acto. En efecto, en los tiempos en los que se publicó el libelo, los católicos habían estado sacando a pasear el rumor de que Essex no sólo buscaba entenderse con la corona escocesa (lo cual es verdad), sino que aspiraba él mismo a meterse en medio de la disputa para terminar siendo rey de Inglaterra (lo cual es mucho más discutible). Sin embargo, fuese cierto o falso este rumor, lo que sí es cierto es que la famosa dedicatoria le calzaba como un guante. Para colmo, la relación entre la reina y su consejero no pasaba por buenos momentos a causa de que, poco a poco, se iba conociendo la verdad sobre el asunto de Elisabeth Southwell. Os lo recordaré: Lizzy era una camarera de la reina a la que Essex había dejad embarazada, embarazo que había provocado las iras de Isabel hasta el punto de que Essex compró a un sirviente, Thomas Vavasour, para que confesase ser el padre y fuese así castigado con la cárcel en lugar del conde. Ahora, sin embargo, la verdad de las cosas se iba sabiendo, e Isabel tenía los naturales remordimientos de haber enviado a la cárcel al hombre equivocado, por no mencionar la poca confianza que podía sentir por alguien que cometía tal desafuero.

El autor del folleto, que firmaba R. Doleman, era en realidad Robert Parsons, el provincial de los jesuitas ingleses, que vivía exiliado. Su conferencia fue escrita por primera vez dos años antes, en Valladolid, donde había fundado un seminario. De hecho, Felipe II llegó a leer esta primera versión, enseguida sabremos por qué. En 1595, Parsons se las arregló para imprimir 2.000 ejemplares en Amberes, todos los cuales entraron en Inglaterra de contrabando. En Londres había hostias para comprar uno.

La tesis de Parsons era parlamentarista. Consideraba el jesuita que, en la situación que quedaba Inglaterra sin María, reina de los escoceses, y con la reina Isabel sin descendencia, la soberanía de elegir al sucesor recaía en lo que el libelo llama la Commowealth, es decir, el Parlamento. Pero su conferencia no quedaba ahí. También se embarcaba en el análisis de la cuestión sucesoria y de todos los candidatos posibles que podía tener, y en dicho análisis metía hábilmente el dedo en una de las llagas más permanentes de la Historia de Inglaterra, probablemente la más permanente y profunda si hablamos de temas internos y nos olvidamos del pequeño problema norirlandés: Inglaterra, explicaba Parsons, había llegado a una unión con Escocia, una unión teóricamente de iguales pero, en el fondo, basada en una preeminencia no confesada. Los ingleses, afirmaba Parsons, nunca dejarían que un escocés les gobernase; en el fondo pensaban (y yo creo que siguen pensando) que como son la hostia, la labor que le queda a los escoceses es seguirles como perritos falderos y aprender a pronunciar el inglés de manera que ellos puedan entenderlos.

Consideraba Parsons, por lo tanto, que Jacobo VI nunca sería rey de las islas por esa alergia a lo escocés y porque, además, consideraba que al haber estado su madre implicada en el la conspiración de Toño Babington, las condiciones del propio Bond of Association entre Inglaterra y Escocia lo descartaban (o sea: venía a ser como la condición presente que hace que un imputado deba renunciar a su cargo político).

Parsons se refería después a Arbella Stuart, una prima de Jacobo que entonces tenía 19 años, una edad perfecta, y que, además, había nacido en Inglaterra. En 1587, Isabel había llamado a Arbella a la Corte, pero al año siguiente la había enviado a Devonshire, donde llevaba una vida de monja de clausura civil. Al parecer, habían tenido una agarrada un día que la reina había hecho que su joven cortesana esperase de pie durante horas a que ella apareciese totalmente maquillada; Arbella, tal vez, la recibió con algún comentario, digamos, un tanto fuera de lugar (o sea, que la apeló de craco costroso).

En el otro lado del río, el más rabiosamente protestante, Parsons veía, obviamente, a los miembros supervivientes de la denominada Línea de Suffolk, es decir la línea de parentesco que Enrique VIII había considerado más propia para recibir la corona en el caso de que su descendencia se agotase. Esto venía a señalar al conde de Hertford, Edward Seymour; y, teniendo en cuenta que ya era una cotorra vieja sesentona, también sus hijos Edward y Thomas Seymour. Todos ellos eran furibundos protestantes. Sin embargo, consideraba Parsons que el hecho de que el padre del conde se hubiese divorciado lo inhabilitaba para el cargo; y, en el caso de su hijo mayor, lord Beauchamp, recordaba que había sido proclamado ilegítimo. Por lo tanto, esa línea le correspondía, según el jesuita, a Thomas, el menor, que había nacido en condiciones, por así decirlo, de plena legalidad y legitimidad. Eso sí, el astuto sacerdote sabía muy bien lo que hacía recordando la Línea de Suffolk, pues la reina, era hecho bien conocido, odiaba a los Hertford; no así Burghley, que los encontraba muy coherentes con su protestantismo militante.

Había otros candidatos menores. Margaret Clifford, en ese momento condesa viuda de Derby, era hija de una miembra de la Línea de Suffolk: Eleanor Brandon. Eso sí, antes de enviudar había vivido veinte años separada de su marido, quien se había hartado de ella sobre todo por ser una tiraduros modo Deidad. Isabel la había echado de la Corte porque la tía, al parecer, además tenía una lengua de metro y medio. Pero tenía elementos de legitimidad real, que lógicamente había transmitido a su hijo William, un caballero de 34 palos que recientemente se había casado con Elisabeth de Vere, nieta, precisamente, de Burghley. William, sin embargo, se demostró como un tío listo, pues no quiso verse envuelto en aquella lucha por la sucesión. Además, pronto se conoció que su mujer, bastante putón verbenero la verdad, se había pulido a Essex y a Ralegh, por lo que su candidatura de reina consorte como que no brillaba precisamente.

En medio de toda esta caterva de candidatos bastante endebles aparecía como más sólida la candidatura de Henry Hastings, conde de Huntingdon, conocido en todo Londres, y con esto está todo dicho, como El Conde Puritano. Por parte tanto de mami como de papi, Hastings descendía en línea directa de Eduardo III. También era descendiente directo de George, duque de Clarence, hermano menor de Eduardo IV, el último rey York. Katherine, su churri, era la hermana menor de Leicester y buena amiga de El Craco, o sea la reina. Quique, además, había demostrado su loyalty sirviendo como custodio de María, reina de los escoceses. Sin embargo, no tenía ningunas ganas de formar parte de la polémica por la sucesión, entre otras cosas porque estaba muy mayor y no tenía hijos. Murió, de hecho, seis semanas después de que el panfleto de Parsons apareciese por Londres.

Pero, bueno. Todo esto era farfolla para llegar a la conclusión a la que quería llegar Parsons, que no era otra que ésta: el más legítimo sucesor de Isabel de Inglaterra era...

era...

Sí, ese.

Felipe II, rey de España.

Felipe II, argumentaba Parsons y, la verdad, genealógicamente hablando no le faltaba cierta razón, era el verdadero heredero dinástico de Juan de Gante, el hijo mayor de Eduardo III y fundador de la casa de Lancaster, de la cual Enrique VII, el abuelo de Isabel, había derivado sus propias reclamaciones sucesorias, que lógicamente el jesuita consideraba discutibles.

Eso sí, entendiendo que Felipe no tendría gana alguna de irse a Inglaterra a reinar sobre un pueblo de comedores de empanada de anguila, algo que probablemente le dijo el propio rey cuando leyó los primeros borradores del libelo, el jesuita se decidía por la hija del rey, la infanta Isabel. Al fin y al cabo, Felipe ya había intentado hacer a su hija reina de Francia, sin éxito. Parsons terminaba su argumentación afirmando que en una sucesión dinástica no sólo operan elementos genealógicos sino también los relacionados con la defensa de la religión y, en ese sentido, recordaba que una infanta española convertida en reina de Inglaterra aportaría como dote el apoyo incontestado del ejército más poderoso del mundo, el hispano-portugués. Le prometía, pues, a los ingleses la grandeza internacional que luego serían capaces de encontrar por sí mismos.

Y todo esto se lo dedicaba al conde de Essex.