No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
Los holandeses pueden ser mostrencos y bastante ariscos;
pero no son más gilipollas que la media. Van Mook, entonces responsable de
Asuntos Económicos de la colonia, tuvo muy claro que las amables palabras de
aquel enjuto japonesito sonriente, pepebono con wasabi, de modales occidentales
adquiridos durante sus muchos años de residencia en Londres, no podían esconder
la realidad: Japón quería anexionarse Indonesia por la puerta de atrás, o por
la de delante, o por alguna lateral; eso le daba igual. Así las cosas, el
político-claxon comenzó en plan que si la puta o la geisha, tocándole los
huevos a los japoneses todo lo que pudo, y vinculándose sistemáticamente a una
respuesta del gobierno neerlandés que nunca llegaba. Ésta, sin embargo, acabó
llegando en junio de 1941. Los uileminos de Londres le decían a Tokio que, como
fácilmente podría entender, no tenían el chirri para esos ruidos, así que no
podían aceptar las condiciones planteadas; aunque, añadían, Japón era libre de
negociar con las petroleras privadas. El Estado, como se ve, siempre es el
primero cuando huele la pasta; pero cuando vienen dobladas, como tenga un grupo
de ciudadanos privados a los que encalomarle el marrón, ni se lo piensa.