No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
Al principio de todo, los pemuda fueron compelidos a hacer cuanto más daño, mejor. Su acción más frecuente era el clavado de su arma blanca en el estómago; buscaban provocar una herida que generase mucha sangre y muchas horas de dolor. La aplicaron fundamentalmente en los estómagos de los indoeuropeos, que yo creo que ya nunca lo han olvidado, dejando como poso una desconfianza mutua que en parte marca la existencia del país. Con las semanas, sin embargo, el hecho de que la resistencia objetiva fuese tan poco numerosa les hizo más ambiciosos. Con el asalto, el 1 de octubre, del antiguo cuartel de la Kenpeitai en Surabaya, el proceso entró en una nueva fase. Para entonces, los japoneses, en su mayoría, habían decidido esperar su repatriación tranquilamente en las zonas rurales y montañosas, alejados de las grandes ciudades. Habían dejado atrás sus centros y desde luego muchos de sus activos, entre ellos las armas. La Kenpeitai, como la KGB, era más que un cuerpo policial; era un pequeño ejército en sí mismo. Había muchas armas en su establecimiento. Aquella okupación del 1 de octubre de 1945 se asemejó, por lo tanto, a esos 25.000 fusiles con sus cartuchos que la CNT se llevó el 18 de julio del cuartel de Sant Andreu en Barcelona, que nunca aparecieron en el frente, y que le garantizaron a los anarquistas el control de la ciudad.