Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
El avance del caso judicial se centró, sobre todo, en el hecho de que Gabriela Julia Jamart había incurrido en numerosas contradicciones cuando su testimonio se confrontó con otros, en algo bastante parecido a lo que hoy llamamos careo. La Jamart se salió por la tangente con una disculpa tampónica: argumentó que su declaración había sido caótica porque la mañana de su deposición estaba con el litro. Tuvo el cuajo, o más bien la cuaja, de decirle al juez: “me crea o no su Señoría, hay veces [en educada referencia menstrual] que ni siquiera sé lo que estoy diciendo”. La Jamart nadaba, veramente, en unas aguas bastante comunes en su época, y aún en el siglo XIX, formadas por la convicción de muchas personas, hábilmente explotada por ella, de que la mujer, cuando empieza a sangrar por agujero permanente, se vuelve, sobre irascible, loca, arbitraria e impredecible. De hecho, en mi bibioteca tengo un libro, que encontré una vez en el Rastro, explicando con lenguaje muy centífico todas las cosas que es capaz de hacer una mujer en “esos días”, que yo creo que me lo ve Mónica García y me lo mete por el culo.