miércoles, noviembre 30, 2022

La hoja roja bolchevique (17): El Simplificador

 El chavalote que construyó la Peineta de Novoselovo

Un fracaso detrás de otro
El periplo moldavo
Bajo el ala de Nikita Kruschev
El aguililla de la propaganda
Ascendiendo, pero poco
A la sombra del político en flor
Cómo cayó Kruschev (1)
Cómo cayó Kruschev (2)
Cómo cayó Kruschev (3)
Cómo cayó Kruschev (4)
En el poder, pero menos
El regreso de la guerra
La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin
Spud Webb, primer reboteador de la Liga
El Partido se hace científico
El simplificador
Diez negritos soviéticos
Konstantin comienza a salir solo en las fotos
La invención de un reformista
El culto a la personalidad
Orchestal manoeuvres in the dark
Cómo Andropov le birló su lugar en la Historia a Chernenko
La continuidad discontinua
El campeón de los jetas
Dos zorras y un solo gallinero
El sudoku sucesorio
El gobierno del cochero
Chuky, el muñeco comunista
Braceando para no ahogarse
¿Quién manda en la política exterior soviética?
El caso Bitov
Gorvachev versus Romanov 


La resolución del Comité Central de 1971, como os he dicho propuesta por Chernenko, no era más que la consecuencia lógica del proceso que había comenzado desde el momento en que Leónidas Breznev había conseguido imponerse sobre Shelepin y otros posibles adversarios de su posición de poder. Una tendencia fuertemente centralizadora del poder que, de alguna manera, reinventaría el estalinismo, aunque sin purgas violentas que ya no hacían falta porque ni en el Partido ni el en ejército quedaba gente dispuesta a discrepar. En 1977, este proceso culminaría con la decisión del Comité Central, en ese momento inusitada en términos históricos, de que el secretario general del Partido debía ser también presidente del Soviet Supremo. Estas cosas son las que hacen totalmente huero y fruto de la ignorancia habitual esas afirmaciones de que el estalinismo fue una “enfermedad” del sistema soviético; algo que traicionó sus principios. No, no los traicionó: los quintaesenció. Y el breznevismo repitió la jugada.

lunes, noviembre 28, 2022

La hoja roja bolchevique (16): El Partido se hace científico

 El chavalote que construyó la Peineta de Novoselovo

Un fracaso detrás de otro
El periplo moldavo
Bajo el ala de Nikita Kruschev
El aguililla de la propaganda
Ascendiendo, pero poco
A la sombra del político en flor
Cómo cayó Kruschev (1)
Cómo cayó Kruschev (2)
Cómo cayó Kruschev (3)
Cómo cayó Kruschev (4)
En el poder, pero menos
El regreso de la guerra
La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin
Spud Webb, primer reboteador de la Liga
El Partido se hace científico
El simplificador
Diez negritos soviéticos
Konstantin comienza a salir solo en las fotos
La invención de un reformista
El culto a la personalidad
Orchestal manoeuvres in the dark
Cómo Andropov le birló su lugar en la Historia a Chernenko
La continuidad discontinua
El campeón de los jetas
Dos zorras y un solo gallinero
El sudoku sucesorio
El gobierno del cochero
Chuky, el muñeco comunista
Braceando para no ahogarse
¿Quién manda en la política exterior soviética?
El caso Bitov
Gorvachev versus Romanov 

De alguna manera, Chernenko le dio la vuelta a uno de los principales argumentos del estalinismo, gesto en el que, aunque probablemente a él el tema le diese igual, reivindicó a muchos miles de comunistas muertos en oscuros patios bajo las balas. Efectivamente: si con Stalin el hecho de que una fábrica sufriese un incendio o que las cooperativas agrícolas no completasen sus cupos de producción era el producto de sabotajes perpretrados por oscuros enemigos del Partido, con Breznev-Chernenko ese tipo de cosas comenzaron a ser oficialmente consecuencia de que el Partido no estaba haciendo las cosas bien y, consiguientemente, debía reestructurarse o ajustarse. Como ya os he dicho, siendo como eran bolcheviques, es decir dictadores, nunca se permitieron el lujo de concluir que, tal vez, el problema estaba en el comunismo en sí; pues una marca muy común del comunista devoto es que él, que tan rápido es a la hora de hacer juicios sistémicos del tipo “el capitalismo mata”, jamás aceptará ningún juicio sistémico sobre el comunismo; jamás aceptó, ni acepta, ni aceptará, la idea de que algo no funciona, no porque el comunismo no está funcionando bien, sino porque, simplemente, no funciona. Pero, claro, no le vamos a pedir peras al olmo, pues a todas estas gentes ya les dejó claro Vladimiro Lenin que dejarse penetrar por pensamientos así es contrarrevolucionario.

viernes, noviembre 25, 2022

La hoja roja bolchevique (15): Spud Webb, primer reboteador de la Liga

El chavalote que construyó la Peineta de Novoselovo

Un fracaso detrás de otro
El periplo moldavo
Bajo el ala de Nikita Kruschev
El aguililla de la propaganda
Ascendiendo, pero poco
A la sombra del político en flor
Cómo cayó Kruschev (1)
Cómo cayó Kruschev (2)
Cómo cayó Kruschev (3)
Cómo cayó Kruschev (4)
En el poder, pero menos
El regreso de la guerra
La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin
Spud Webb, primer reboteador de la Liga
El Partido se hace científico
El simplificador
Diez negritos soviéticos
Konstantin comienza a salir solo en las fotos
La invención de un reformista
El culto a la personalidad
Orchestal manoeuvres in the dark
Cómo Andropov le birló su lugar en la Historia a Chernenko
La continuidad discontinua
El campeón de los jetas
Dos zorras y un solo gallinero
El sudoku sucesorio
El gobierno del cochero
Chuky, el muñeco comunista
Braceando para no ahogarse
¿Quién manda en la política exterior soviética?
El caso Bitov
Gorvachev versus Romanov 



La publicación del artículo de Chernenko, como cualquier otra novedad nacida del Partido en aquellos tiempos, no era algo ni casual ni falto de motivación. El artículo del futuro secretario general del PCUS incidía repetidamente en la idea de que la evolución de la política soviética, así como de su ingeniería social, tendría una fuente importante en la praxis del Partido, pero también en las acciones realizadas por los elementos no afiliados al PCUS (pero dentro del régimen; una especie de concepción orgánica, pues, ligeramente desideologizada, que recuerda un poco a la última Falange del franquismo que, por cierto, estaba escribiendo sus páginas precisamente en esos años). Todo eso, como digo, tenía un objetivo por parte del autor del artículo y de los hombres que facilitaron su publicación: extender las alas de Konstantin.

miércoles, noviembre 23, 2022

La hoja roja bolquevique (14): La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin

El chavalote que construyó la Peineta de Novoselovo

Un fracaso detrás de otro
El periplo moldavo
Bajo el ala de Nikita Kruschev
El aguililla de la propaganda
Ascendiendo, pero poco
A la sombra del político en flor
Cómo cayó Kruschev (1)
Cómo cayó Kruschev (2)
Cómo cayó Kruschev (3)
Cómo cayó Kruschev (4)
En el poder, pero menos
El regreso de la guerra
La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin
Spud Webb, primer reboteador de la Liga
El Partido se hace científico
El simplificador
Diez negritos soviéticos
Konstantin comienza a salir solo en las fotos
La invención de un reformista
El culto a la personalidad
Orchestal manoeuvres in the dark
Cómo Andropov le birló su lugar en la Historia a Chernenko
La continuidad discontinua
El campeón de los jetas
Dos zorras y un solo gallinero
El sudoku sucesorio
El gobierno del cochero
Chuky, el muñeco comunista
Braceando para no ahogarse
¿Quién manda en la política exterior soviética?
El caso Bitov
Gorvachev versus Romanov  



El 23 Congreso del PCUS fue una victoria sin paliativos de Breznev. Por ejemplo, se reeditó el cargo de secretario general del PCUS. Formalmente, pues, el secretario general del Partido dejaba de ser el primer secretario general del Comité Central; así pues, su cargo dejó de transmitir, cuando menos formalmente, la idea de que era un primus inter pares. Asimismo, el Politburo recuperó su nombre, dejando de ser Presidium. Lo verdaderamente importante de este cambio es que había sido solicitado por el propio Breznev. Pero es bueno que repasemos los actos de esta victoria.

El principal problema de Breznev, evidentemente, era Nikolai Podgorny. Nombrado segundo secretario general del Comité Central por Khruschev, quedó a cargo de muchos elementos organizativos de dicho órgano; lo cual le otorgaba la oportunidad de crear su propia base de poder. Asimismo, como secretario del Comité también estaba Alexander Shelepin, un hombre que a nadie se le ocultaba que había ido al enfrentamiento con Khruschev con la idea de ser él quien lo sucediese. Shelepin entró en el Politburo en noviembre de 1964, era vice primer ministro del gobierno y, como he dicho, secretario del Comité Central. Tenía, pues, muchos hilos de los que tirar, especialmente el llamado Comité de Control del Partido, cuya presidencia ostentaba desde los tiempos de Khruschev, y que le daba un poder importante sobre nombramientos y destinos. Shelepin tenía el poder de decidir sobre mucha gente del Partido en el sentido de si tendrían coche oficial o no; de si vivirían y trabajarían en Moscú o en el culo del mundo; esas cosas.

Podgorny era un problema para Breznev desde el momento en que cayó Khruschev. Pero más lo fue después de que, pasado el tiempo, fue acercándose a Kosigyn, cuyas ideas sobre la necesidad de fomentar la industria y los bienes de consumo asumió como propias. Juntos, Podgorny y Kosigyn presentaban una alianza capaz de tener una gran influencia en el campo económico, hasta el punto de eclipsar al secretario general. Existía el peligro, por lo tanto, de que la pareja se dedicase a gestionar en serio el país, mientras que a Breznev le dejaban los besitos a la momia de Lenin y las gilipolleces.

La opción lógica, en ese punto, para Breznev, era cortejar a Shelepin. Shelepin era un conservador en el sentido más comunista del término. Era uno de esos tipos, tan comunes en la nomenklatura soviética, que interpretaban la doctrina del socialismo en un sentido religioso; así pues, igual que un musulmán no suele plantearse que, tal vez, la orden de El Profeta de no beber alcohol pudo tener un sentido en su tiempo que no tiene ahora, el comunista conservador considera que las palabras de Lenin están escritas en piedra. Ese tipo de personas consideraba las teorías de Podgorny y Kosigyn como contrarrevocionarias y de consuno muy peligrosas; aunque de ello no había nada, si es que había algo, puesto que esta pareja tiene de predecesora de las ideas que acabaría defendiendo Gorvachev (muy a su pesar, por cierto) lo que yo de lagarterana. Aunque las cosas sean así, como digo, personas como Shelepin tendían a ver una hidra en la actuación de los nuevos jerarcas soviéticos, crecidos a la sombra de Khruschev.

Shelepin, por otra parte, no respetaba a Breznev. Consideraba que no tenía empuje para hacer todo lo que había que hacer para defender y conservar la ortodoxia soviética; y, en consecuencia, lo concebía como una especie de secretario general de transición, cuya misión principal sería preparar el terreno para la llegada de un líder más joven y con más capacidad, por ello, de proveer a la URSS de estabilidad. Y ese alguien, claro, era el propio Shelepin.

De forma como siempre taimada y extremadamente formal, Breznev tuvo que defenderse de esta presunta condición de líder provisional a través de sus terminales en la Prensa. Estas cosas en la URSS se hacían de forma extremadamente indirecta, y por eso eran tan valorados, en aquel tiempo, los verdaderos sovietólogos que eran capaces de leer entre líneas. Por ejemplo, si en 1965 la revista Economicheskaya gazeta publicó un furibundo artículo criticando la gestión económica de los mandos del Partido en Jarkov, era necesario leer ese texto teniendo siempre presente que Podgorny provenía de allí. Esta publicación y, sobre todo, el Pravda, continuaron criticando abiertamente el punto de vista basado en defender la prevalencia estratégica de la industria ligera en el futuro de la economía soviética.

En mayo de 1965, durante una visita a la capital azerí de Bakú, Podgorny decidió responder. En su discurso, vino a decir que en un tiempo no había otra que decirle al pueblo soviético que tenía que aceptar recortes en su bienestar para poder desarrollar la industria pesada nacional; pero que esos tiempos habían pasado, y había llegado el momento de transferirle bienestar a la gente. Este discurso cayó como un baldón sobre los círculos más conservadores del Partido, que veían en esas palabras la insinuación de que Podgorny estaba dispuesto a levantar el pie del acelerador en la carrera de armamentos. Bueno, por eso y porque a los miembros del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el bienestar del proletario por quien lo hacían todo, y mientras ellos pudieran seguir con su vodka y sus putas, les importaba una puta mierda.

El discurso de Bakú, yo creo que sobre esto hay un consenso bastante amplio, fue un error por parte de Podgorny. Este tipo de planteamientos nunca se hacían, nunca se debían hacer, sin tener claro que se tenía suficientes turiferarios para defenderlo y ampararlo; y no era el caso. Podgorny tenía una amplia base de poder; pero no tan amplia como para mostrar músculo delante de los conservadores. Además, fue una toma de posición tan clara, tan neta, que obligó a quienes hasta entonces habían querido permanecer au dessus de la melée a descender al barro. Uno de ellos, por ejemplo, fue Milhail Suslov quien, desde su tribuna de ideólogo oficial del régimen, comenzó a despotricar contra “las visiones desviacionistas” y a defender las esencias del leninismo, para él intocables.

El hecho de que Suslov acabase, en la práctica, en el lado de Breznev, hizo que la relación de fuerzas en el Politburo capotase para siempre. El jarkoviano ya no podía aspirar a imponerse sobre el secretario general, falto absolutamente de apoyos. Así las cosas, el 9 de diciembre de 1965 le dieron la patada y lo nombraron presidente del Presidium del Soviet Supremo, o sea, Florero Mayor del Reino. Pocos meses después, perdería su secretaría del Comité Central, convirtiéndose en una figura absolutamente falta de poder.

Para Breznev, la caída de Podgorny vino a significar algo muy importante: ya no necesitaba de Shelepin. De hecho, en el mismo pleno de 9 de diciembre de 1965 en que a Podgorny lo mandaron a la jefatura del Estado a tocarse las narices, a Shelepin le quitaron la presidencia del Comité de Control del Partido, que era, como os he dicho, la fuente principal de su poder; se hizo por la vía de abolir el propio comité. Asimismo, sería pronto removido como viceprimer ministro.

En apenas unos meses tras la caída de Khruschev, pues, Leónidas Breznev había conseguido controlar el Politburo y decidir, en la práctica, lo que se vería en sus sesiones, y lo que no. Había conseguido deshacerse del peligro de que Kosigyn y Podgorny pudieran crearle una pequeña coalición en contra basada en una suerte de alianza con un pueblo soviético ávido de tener cosas que no tenía; y se había deshecho de quien era, verdaderamente, su principal competidor a la hora de llegar a la cumbre del poder soviético, esto es, Alexander Shelepin. Y todo esto lo había conseguido con la colaboración importante de Chernenko.

Konstantin comenzó a subir y a ganar peso dentro del PCUS conforme lo hizo el poder de su jefe directo. Y esto, la verdad, era algo, como poco, inusitado, porque difícilmente se podría pensar en un líder comunista con menos galones para serlo que él. Por edad, Chernenko ni había formado parte de la Revolución ni de la guerra civil que le siguió. Pero tampoco había ido a la guerra mundial, cosa que sí le podría haber tocado; y, lo que es más importante a la hora de exhibir sovietogalones, nunca había gestionado ni una república ni una región, que eran los territorios habituales donde los jerifaltes soviéticos hacían el MIR. Muy particularmente, Chernenko ni sabía hablar, ni era un escritor brillante. Nunca le había gustado leer y, la verdad, como especialista en propaganda que era, a él lo que le interesaba era la superficialidad de las cosas; las sutilezas del marxismo lo superaban.

Por eso, para Chernenko, alcanzar la situación de ser uno de los elementos fundamentales del equipo del secretario general reinante supuso un reto muy importante; un reto en el que, la verdad, nunca avanzó gran cosa: convertirse en un teórico de ésos que escriben y publican artículos. Era necesario, teniendo en cuenta que la victoria de Breznev, que como os he dicho se produjo fundamentalmente en el XXIII congreso del Partido, venía a suponer el inicio de la ascensión del subordinado. Cuando se celebró este XXIII congreso, marzo de 1966, Chernenko fue elegido para figurar en el secretariado de la reunión. Un nombramiento muy, muy importante. El Congreso, asimismo, lo nombró miembro candidato del Comité Central. El 15 de abril del mismo año, Pravda anunció que era, asimismo, candidato para adjunto al Soviet Supremo.

Aquel mismo año falleció A. N. Rudakov, uno de los secretarios del Comité Central; y en la lista reducida de nombres que Pravda publicó en las condolencias, estaba el de Chernenko. A decir verdad, el periódico lo citaba en el puesto 43; pero era un comienzo, como el de ese actor famoso de Hollywood que comenzó haciendo un pequeño papel de extra.

La segunda mitad de los años sesenta se puede resumir en la constante labor de Chernenko, escalando como una culebrilla arborícola por ese tipo de listas. En 1971, cuando se celebró el XXIV congreso del Partido, fue de nuevo nombrado para el secretariado del congreso y nombrado miembro de pleno derecho del Comité Central. En 1967 la roscó M A Sivolyubov, el director del Gospolitizdat o Editora Estatal Soviética; y Chernenko figuró en Pravda el segundo en la lista de los que habían expresado sus condolencias, justo detrás de un miembro candidato del Politburo. En 1974, cuando Pravda publicó una lista de felicitaciones para Breznev al regreso de su visita al presidente americano Richard Nixon, Chernenko estaba de nuevo segundo en la lista, justo detrás de Dimitri Ustinov, también miembro candidato del Politburo.

Asimismo, 1971 fue el año en que Chernenko se estrenó como teórico. La revista Voprosi istorii, Cuestiones de Historia, publicó un artículo de Konstantin en el que analizaba las consecuencias del XXIV congreso. En su artículo, Chernenko viene a decir que el papel de liderazgo social y económico del Partido Comunista en la Unión Soviética debe combinarse con mayores dosis de democracia. Aunque tampoco te sobres mucho, porque, la verdad, el concepto de democracia que manejaban aquellos tipos tiene poco que ver con lo que solemos entender por ello. No les quedaba otra, la verdad, pues, como demostraron situaciones como la Primavera de Praga, introducir una democracia verdadera en el “liderazgo económico y social del Partido” suele tener como consecuencia que dicho liderazgo se vaya a la mierda. El artículo es un retruécano argumentativo de la hostia, basado, cómo no, en la herramienta analítica que ofrece la dialéctica, cuya principal conclusión venía a ser que los ciudadanos soviéticos no afiliados al PCUS tendían cada vez más a actuar como los miembros del Partido, como lógica consecuencia del liderazgo de éste; por lo que podría llegar un día en que dicho liderazgo ni siquiera fuese necesario. Los comunistas, ya sabe, son como los sacerdotes: todo te lo fían a un momento futuro que siempre está por llegar.

Quizás acojonado por lo que él mismo estaba diciendo, Chernenko hacía virar sus plúmbeos párrafos en la dirección de recuperar las esencias del socialismo. Que todo el mundo tienda a hacer como el Partido es la mejor demostración de que el Partido hace lo correcto (en realidad, era la mejor demostración de que el Partido dirigía una dictadura violenta que reprimía de forma repugnante cualquier disidencia; pero pedirle a Chernenko que viese esto, y pedirle a Voprosi istoriii que lo publicase, probablemente sería demasiado). Como consecuencia, concluía, todo en las tendencias históricas apunta hacia la necesidad y eficiencia de la dictadura del proletariado, del mando único del Partido y, en suma, de un mando totalitario. 

El Congreso del Partido, de hecho, adoptó el texto de Chernenko entre sus propuestas aprobadas. Nos ha jodido. Más vodka, y más putas. A ver quién dice que no.

lunes, noviembre 21, 2022

La hoja roja bolchevique (13): El regreso de la guerra

El chavalote que construyó la Peineta de Novoselovo

Un fracaso detrás de otro
El periplo moldavo
Bajo el ala de Nikita Kruschev
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Ascendiendo, pero poco
A la sombra del político en flor
Cómo cayó Kruschev (1)
Cómo cayó Kruschev (2)
Cómo cayó Kruschev (3)
Cómo cayó Kruschev (4)
En el poder, pero menos
El regreso de la guerra
La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin
Spud Webb, primer reboteador de la Liga
El Partido se hace científico
El simplificador
Diez negritos soviéticos
Konstantin comienza a salir solo en las fotos
La invención de un reformista
El culto a la personalidad
Orchestal manoeuvres in the dark
Cómo Andropov le birló su lugar en la Historia a Chernenko
La continuidad discontinua
El campeón de los jetas
Dos zorras y un solo gallinero
El sudoku sucesorio
El gobierno del cochero
Chuky, el muñeco comunista
Braceando para no ahogarse
¿Quién manda en la política exterior soviética?
El caso Bitov
Gorvachev versus Romanov 


 

Breznev sabía muy bien lo que tenía que hacer para mantenerse en el poder. La suya fue una estrategia tan exitosa que su mando fue muy largo y no terminó sino con su muerte. Básicamente, se basó en dos grandes elementos: por un lado, la construcción de una base de cuadros en puestos clave formado por personas que se lo debieran todo. Y, por otro, la homeopatización del Politburo. ¿Qué quiere decir esto? Pues, claramente, la mejor opción de supervivencia para un secretario general, y esto Breznev lo sabía bien porque había visto a su mentor Khruschev fallar en esto estrepitosamente, era conseguir que en el Politburo no hubiese miembros ni grupos de miembros en condiciones de acumular poder suficiente para hacerle sombra. Y esto suponía permitir el ascenso al máximo órgano político de la URSS a personas que tuviesen una, o mejor varias, de las siguientes características:

  • No tener vínculos claros con el Partido, es decir, no ostentar secretarías del Comité Central.
  • Ser demasiado viejos, o demasiado jóvenes.
  • Tener poco predicamento y escasos contactos en la capital.
  • Tener poco predicamento y escasos contactos en la burocracia del Partido.

viernes, noviembre 18, 2022

La hoja roja bolchevique (12): En el poder, pero menos

El chavalote que construyó la Peineta de Novoselovo

Un fracaso detrás de otro
El periplo moldavo
Bajo el ala de Nikita Kruschev
El aguililla de la propaganda
Ascendiendo, pero poco
A la sombra del político en flor
Cómo cayó Kruschev (1)
Cómo cayó Kruschev (2)
Cómo cayó Kruschev (3)
Cómo cayó Kruschev (4)
En el poder, pero menos
El regreso de la guerra
La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin
Spud Webb, primer reboteador de la Liga
El Partido se hace científico
El simplificador
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La invención de un reformista
El culto a la personalidad
Orchestal manoeuvres in the dark
Cómo Andropov le birló su lugar en la Historia a Chernenko
La continuidad discontinua
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Dos zorras y un solo gallinero
El sudoku sucesorio
El gobierno del cochero
Chuky, el muñeco comunista
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¿Quién manda en la política exterior soviética?
El caso Bitov
Gorvachev versus Romanov 


Como ya os he dicho, la decisión de Khruschev de buscar un acercamiento a la República Federal Alemana fue la gota final que colmó el vaso del grupo de conspiradores, que para entonces estaba sólidamente conjuntado con los nombres de Breznev, Shelepin, Suslov, Kosigyn y Poliansky. De hecho, cuando Khruschev decidió visitar Bonn, el KGB recibió órdenes, sin que se sepa realmente de quién procedían, de sabotear la visita. Como resultado de esta estrategia, un diplomático alemán fue envenenado, en lo que se conoció como el affair Schwinermann; un grupo de agentes del KGB entraron en un hotel donde estaban hospedados funcionarios ingleses y estadounidenses (el incidente Khavarovsk); y, en Moscú, un estadounidense fue detenido. Se trató de Frederick C. Bargohoorn, un especialista en temas rusos de Yale, que fue detenido y acusado de espionaje, y no sería liberado sino tras las peticiones explícitas en ese sentido del presidente John Fitzgerald Kennedy.

miércoles, noviembre 16, 2022

La hoja roja bolchevique (11): Cómo cayó Khruschev (4)

El chavalote que construyó la Peineta de Novoselovo

Un fracaso detrás de otro
El periplo moldavo
Bajo el ala de Nikita Kruschev
El aguililla de la propaganda
Ascendiendo, pero poco
A la sombra del político en flor
Cómo cayó Kruschev (1)
Cómo cayó Kruschev (2)
Cómo cayó Kruschev (3)
Cómo cayó Kruschev (4)
En el poder, pero menos
El regreso de la guerra
La victoria sobre Kosigyn, Podgorny y Shelepin
Spud Webb, primer reboteador de la Liga
El Partido se hace científico
El simplificador
Diez negritos soviéticos
Konstantin comienza a salir solo en las fotos
La invención de un reformista
El culto a la personalidad
Orchestal manoeuvres in the dark
Cómo Andropov le birló su lugar en la Historia a Chernenko
La continuidad discontinua
El campeón de los jetas
Dos zorras y un solo gallinero
El sudoku sucesorio
El gobierno del cochero
Chuky, el muñeco comunista
Braceando para no ahogarse
¿Quién manda en la política exterior soviética?
El caso Bitov
Gorvachev versus Romanov 



El papel de las Fuerzas Armadas y de la Policía en el golpe que se cargó a Khruschev fue tan importante que son muchos los analistas que se preguntan si, en lugar de la versión comúnmente aceptada de que Shelepin reclutó a Breznev, no sería más verdad que Breznev reclutó a Shelepin.