Hoy empiezo mis vacaciones. Así que ya nos veremos de nuevo en septiembre.
En 1976, las cosas no estaban tan claras. Es lo que Ricardo de la Cierva llamó “el triple cortocircuito” que afectaba al concepto de moda desde la muerte de Franco: la Reforma. El primer obstáculo era la figura del primer ministro, Carlos Arias Navarro. Arias, o más bien Antonio Carro, había sido, meses atrás, el pim pam pún de los franquistas del búnker, los irredentos de la dictadura, por haber impulsado la Ley de Reforma Política que creaba asociaciones políticas e incluso pretendía que los alcaldes fuesen votados por sus vecinos. Pero eso eran cosas pasadas. Ahora que se daban cuenta de que Franco había nombrado un sucesor que no era de su palo, a los del búnker, el hombre otrora odiado se les había convertido en la última esperanza blanca. Y Arias, un franquista convencido, jugaba ese papel con fruición.