Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
Supongo que a nadie sorprenderá que diga que el compte rendu que publicó Necker una de las cosas que demostraba era que la gestión que Necker había hecho de las cuentas públicas había sido la polla de Montoya. La parte primera de su libro estaba dedicada al establecimiento de un estado de cuentas integral del Estado francés. Esta labor no era nada fácil pues, entonces, el Estado era un dédalo de tesoros independientes o caisses como se las llamaba; cajas que eran administradas por equipos semiautónomos, cuando no casi confederados con el resto. Un dato importante es que las personas que gestionaban esas porciones del presupuesto público no eran propiamente funcionarios, sino personas que poseían esos oficios, en muchos casos los habían comprado o heredado; y es obvio que esa llevanza, para ellos, tenía que ser negocio. Y lo más importante: jamás se habían coordinado entre ellos, jamás habían formado parte de un presupuesto integrado.