El huevo Káiser
Las veleidades del
serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones
parias
Francia, siempre Francia
La varienta inglesa
Enredados
en la sotana
Manifiesto y grito
La
reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su
fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un
imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones
económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma
Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La
solución, militar, por supuesto
Alboreando la octava década del siglo
XIX y más allá, España bien podía decir de sí misma esa frase
castellana, que yo escuché tantas veces en mi infancia, que formula:
“estoy como Quevedo; ni subo, ni bajo ni estoy quedo”. España
era una nación que, literalmente, no era capaz de encontrarse el
culo con las dos manos. El experimento llamado I
República pronto mostraría sus vergüenzas.
Es curioso cómo cierta historiografía española, siempre tan atenta
a buscar responsables terceros de las desgracias de las etapas que
les gustan; ésa que sostiene que la guerra civil española del siglo XX se
explica exclusivamente por la tenuidad de las potencias democráticas
y la ayuda recibida por Franco de las potencias fascistas; esa
historiografía, digo, casi nunca dice nada de la I República. Esto
es así, probablemente, porque en la I República es imposible
encontrar más culpable del colapso que ella misma. La idea de la
Restauración monárquica y borbónica es una idea que la alta
nobleza española nunca abandonó,y por eso practicó una extraña
forma de resistencia pasiva al rey Amadeo a
base de bailar; pero con eso no se construye un
cambio de régimen. El cambio de régimen que llamamos Restauración
(sobre el cual escribí una pequeña introducción hace
trece años, cuando la verborrea de este blog
era más limitada) fue, como la guerra civil y el franquismo,
el resultado de una sociedad que terminó harta del cambio. Que
terminó, en afamada frase de Estanislao Figueras, “hasta los
cojones de todos nosotros”.