viernes, junio 07, 2024

La primera Inglaterra (10): La apoteosis de Edward y Aethelflaed

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A finales del año 914, habiendo conseguido repeler a los vikingos, Edward estaba, por fin, en condiciones de pensar más en convertirse en el rey mandante de la isla de Inglaterra. Muchos de los caudillos vikingos asumieron que el poder que había demostrado el rey sajón era muy difícil de contestar, por lo que le recomendaron a sus compatriotas establecidos en Mercia y Wessex que se decidiesen por la sumisión.

Este proceso convierte al año 917 en un año muy importante para la creación histórica de Inglaterra como tal. En agosto de aquel año, Aethelflaed sometió a asedio a Derby, uno de los Five Boroughs y se podría decir que la capital vikinga al sur del Humber. Más al sur, Edward luchaba en Buckingham y Bedford, y una seña de que no le iba mal era que sabemos que ordenó la construcción de varios burh, es decir, fortalezas defensivas. En el verano, los vikingos atacaron Towcester desde Northhampton y Leicester. Los daneses fueron rechazados, pero poco después, otro ejército escandinavo llegó desde Huntington y East Anglia, y construyó un sólido campamento en Tempsford, muy cerca de Bedford, desde donde comenzó a lanzar ataques sobre la villa.

Ése fue el momento, sin embargo, en el que la estrategia de los burh se demostró adecuada. La capacidad que aportaban estos puestos de allegar con rapidez tropas allí donde hacían falta superó con creces la estrategia de los vikingos, que eran más de patadón p'alante y si hay que dar hostias, se dan; por lo que fueron rechazados. Incluso un tercer ejército más fue rechazado. A partir de ahí, y esto es lo que hace al invierno del 917-918 tan importante, Edward pasó a la ofensiva.

A finales del 917, Edward regresó a Colchester. Allí estaban los vikingos de East Anglia y Cambridgeshire, vencidos, y obtuvo de ellos la sumisión. Las crónicas dicen que también la obtuvo de muchas personas que habían estado bajo el gobierno de los vikingos, lo cual sugiere que éstos ya no estaban solos y contaban con algún nivel de solidaridad y ayuda, quizás real, quizás obligada, por parte de los habitantes locales; los cuales, sin embargo, retornaban ahora a sus reyes viejos.

A principios del 918, pues, podía decirse que Edward y Aethelflaed habían conseguido fijar la frontera entre sus reinos y la Danelaw. Sin embargo, ahora llevaban las de ganar, pues la tendencia clara era ya a que ellos dominasen tierras de vikingos, en mayor medida que, como había sido la norma en el medio siglo anterior, fuesen los vikingos los que tomasen parcelas de terrenos de los sajones. Así las cosas, Edward no licenció a sus tropas, y las movió hacia Stamford, otro lugar teóricamente bajo el mando vikingo, que le juró obediencia. Aethelflaed, por su parte, tomó el control de Leicester. Incluso parece ser que las gentes de York le prometieron que se someterían a su gobierno; pero eso no pasó porque el 12 de junio, Aethelflaed falleció en Tamworth, un burh que ella misma había ordenado construir.

Todo parece indicar que, en cuanto Edward recibió el email de la compañía de seguro de decesos, cogió el caballo y se fue para Tamworth cagando leches. Una vez que llegó allí, lo primero que hizo fue afirmar su autoridad sobre la fortaleza. Poco tiempo después, recibió la sumisión de los mercianos que habían estado bajo la autoridad de Aethelflaed, así como la de los príncipes galeses. Con esa autoridad en la buchaca, el rey cabalgó con sus mesnadas hacia Nothingham, y la hizo suya. En ese momento, pues, Edward controlaba cuatro de los Five Boroughs; y antes de que terminase el año el último de ellos: Lincoln, se le rindió. Ahora, el reino de los anglosajones se extendía desde la costa sur del Canal hasta el Humber.

Durante esos mismos tiempos en los que el rey Edward estaba consolidando su poder y su reino, Eadgifu, hija del rey, se casó con el rey de los francos occidentales, Carlos, normalmente llamado el Simple. Este gesto viene a indicar que el rey anglosajón tenía una completa política exterior que, al igual que habían hecho otros antecesores suyos, le hacía buscar alianzas y relaciones más allá de la isla. Tanto su abuelo, Aethelwulf, como su tío Aethelbald se casaron, como ya os he contado, con Judith, la hija de Carlos el Calvo. Asimismo, la hermana del rey, Aelfthryth, había sido casada con el conde Balduino II de Flandes.

En su marcha hacia el norte, Edward fue al encuentro del rey de Escocia y también de Ragnall, que era el rey vikingo de York. La Anglo Saxon Chronicle nos dice que en ese encuentro Edward fue admitido como señor y padre por todos los habitantes de Northumbria, fueren ingleses, daneses o noruegos, así como los reyes del pueblo de los galeses strathclyde, y sus súbditos también.

El norte estaba dominado por dos figuras vikingas: Ragnall y Sihtric. Ambos eran probablemente hermanos, y nietos del legendario Ivarr sin Huesos. Aparentemente, ambos, junto con otros líderes daneses, fueron expulsados de Dublín en el 902 por los noruegos que dominaban la ciudad. Pasaron unos cuantos años de aventureros, casi siempre en la mitad septentrional de Inglaterra, aunque ocasionalmente volvieron a Irlanda. En el año 914, Ragnall navegó hacia el norte por el Tyne y asedió las tierras de Ealdred, el señor de Bamburgh. Ealdred huyó al encuentro de Constantino, el rey de los escoceses, con el que unió fuerzas. Reforzado, regresó a sus tierras para enfrentarse al vikingo; pero éste le dio una mano de hostias en Corbridge.

Ragnall no tenía madera de cortesano, por lo que se ve. Lo suyo era la razzia y dar por culo. Dividió sus conquistas entre sus comandantes, y siguió a lo suyo. Anduvo de parranda por Escocia y por Irlanda; pero en el año 918, que es el año en que el rey Edward entra en su vida, estaba otra vez en el norte de la isla. Allí ganó dos batallas más: una, de nuevo, en Corbridge frente a los escoceses; y otra, en Bamburgh, contra los sajones.

Así las cosas, en el año 919 Ragnall se creyó con poder y con derecho para tomar el control de York; la ciudad y condado que meses antes le había jurado sumisión a cámara lenta a la malograda Aethelflaed. Ese mismo año, su hermano Sihtric se hizo con el control, siempre disputado, de Dublín, que se vio seguido, en el 920, por un ataque en la Mercia noroeste.

Con esta descripción, es natural y lícito preguntarse por qué dos caudillos escandinavos con un récord de victorias tan importante y la apariencia de invencibilidad llegaron en el 920 y, de repente, le otorgaron sumisión al rey Edward. Las posibilidades son varias; dos, fundamentalmente.

La primera posibilidad es que las fuentes que nos cuentan todo este mojo tengan un componente importante de propaganda y que, en realidad, la cosa no fuese como la cuentan. Tal vez, todo lo que consiguió el rey anglosajón (porque que algo consiguió es difícil de discutir) fuese algo más parecido a una tregua que a un armisticio.

La segunda opción es que Ragnall y su hermano no las tuviesen todas consigo. Que fuesen conscientes de que no todos los días son domingo, y de que no siempre iban a tener la misma suerte. Aunque obviamente es muy difícil de saber (en este punto, los estudios genéticos que hoy se pueden hacer para medir la extensión de determinada herencia genética a lo largo y ancho de la isla pueden ser muy útiles), cabe imaginar que las invasiones vikingas se producían en el marco de constantes operaciones acordeón, en las que personas y sus familias salían y entraban de los ejércitos invasores pero, sobre todo, salían porque decidían terminar sus años de espada y establecerse aquí o allá. La idea fílmica, típica de las series actuales, de una tropa vikinga que lucha y lucha porque todo lo que les importa es ser recibidos en el Walhalla, es una idea un poco demasiado romántica. En términos generales, con seguridad los escandinavos tenían el mismo problema que los cristianos: por mucho que prometiesen la salvación en la otra vida, muchos de ellos, la mayoría diría yo, decían buscarla en ésta. Muy probablemente, la mayoría de los vikingos luchaban para algo, y ese algo no era, precisamente, seguir al puto Ragnall de barrigazos por una tierra feraz hasta que le diese por cascarla.

Un dato importante es que Edward, en el marco de los acuerdos alcanzados, autorizó a Ragnall a establecerse en York y, desde allí, ejercer autoridad sobre los habitantes de Northumbria. Las crónicas nos dicen que Ragnall murió el mismo año de los pactos, a finales del 920; así pues, no es en modo alguno descartable que el hombre que firmó los acuerdos era un combatiente que apenas podía ya levantar su hacha. Sihtric, por lo demás, se convirtió en el heredero del reino yorkish, un hecho que bien pudo formar parte de las estipulaciones iniciales acordadas con los sajones.

Edward, por lo demás, no podía echar el resto en Northumbria, porque tenía que tener un ojo puesto en Mercia. A la muerte de Aethelflaed, muchos mercianos habían confiado en que sería heredada por su hija Aelfwyn. Sabemos que Aelfwyn fue trasladada de Mercia a Wessex; lo cual, teniendo en cuenta la forma en la que Edward hacía las cosas, huele que apesta a exilio forzado.

El 17 de julio del 924, en Farndon, al sur de Chester, murió el rey Edward. Fue enterrado en el Newminster de Winchester, un monasterio que él mismo había fundado.

La situación después de la muerte de Edward fue, sin duda, muy confusa. El rey fallecido se había casado tres veces y tenía 14 hijos. Su primera mujer, de la que sabemos poco, se llamaba Ecgwynn, fue la madre del futuro rey Aethelstan. En el 901, Edward se había casado con Aelfflaed, que era hija del ealdorman de Wessex; el primogénito de esta unión fue Aelfweard. La tercera esposa fue Eadgifu, hija del ealdorman de Kent, y de todos los hijos que le dio, le dio dos: Edmund y Eadred, que con el tiempo serían reyes.

Con la calculadora en la mano, Aethelstan era quien tenía más derechos para reinar después que su padre. Sin embargo, los indicios son bastantes de que el rey Edward había desarrollado cierta proclividad por Aelfweard (podría ser, pues, una situación muy parecida a la de Juan de Aragón respecto de su hijo Fernando) y lo quería implicado en la sucesión de alguna manera.

Las crónicas, sin embargo, nos informan de que Aelfweard murió apenas dos semanas después que su padre; lo cual supongo que alimentará las sospechas de los amantes de las teorías de la conspiración; y, en verdad, estas casualidades, como tales, son bastante difíciles de creer y de asimilar. Aethelstan fue proclamado rey, pero no sólo por los sajones, sino también por los mercianos que, como hemos visto, probablemente eran más partidarios de conservar su propia dinastía; otro dato que nos insinúa que tal vez la fuerza en plan “éstos son mis poderes” tuvo algo que ver.

Aethelstan, sea como sea, fue coronado y consagrado como rey por el arzobispo Aelfhelm de Canterbury en Kingston-upon-Thames, el 4 de septiembre del año del Señor de 925.

Muchos historiadores coquetean con la idea de que el rey Edward había querido que sus dos hijos fuesen reyes y que, para ello, había pensado en dividir su reino de nuevo, haciendo a uno rey de Mercia y al otro, de Wessex. Si fue así, sin embargo, la suerte, o quizás los conocimientos de farmacopea de algún que otro conspirador, manejaron los hilos del destino en favor de la unión inglesa. Otros, sin embargo, consideran que, en realidad, Edward sólo quería que Aelfweard fuese su sucesor total; y que, de hecho, el gesto de los mercianos de proclamar a Aethelstan fue una especie de desafío a esa voluntad. A mí esta última teoría me parece un tanto difícil de cuadrar con las fechas; yo, más bien, creo que la sumisión de Mercia a un rey sajón fue medio fruto de la evidencia (era claramente quien tenía la capacidad de protegerlos de los vikingos), medio imposición a la fuerza.

Aethelstan, por otra parte, era hijo de Edward. Pero, en realidad, no somos hijos de quien nos alumbra, sino de quien nos educa y nos pone la cristalmina cuando nos cortamos. Esa persona, para Aethelstan, no era ni el rey Edward ni su madre, de la que, como he apuntado, poco sabemos. Era su tía, Aethelflaed, en cuya Corte fue criado.

Aelfweard tenía otro hermano, Edwin, de quien se interpreta por algunos historiadores que pudo albergar la idea de que levantar un movimiento propio en Wessex; sea como sea, el hecho de que Aethelstan se consolidó como rey único da que pensar que, o bien lo convenció, o bien le hizo una oferta que no pudo rechazar, o bien se lo llevó por delante.

Aparentemente, un problema que tenía Aethelstan era que su relación con Wessex era muy tenue. Todavía a día de hoy, el británico medio es una persona que cree en la unión pero, al tiempo, es extremadamente celoso de sus particularismos geográficos, éticos, culturales o idiomáticos. Criado en la Corte de Mercia, adonde lo había enviado su abuelo Alfred en el 890, Aethelstan no podía decir que fuese un sajón occidental con todas las letras. Es lógico pensar que, si creció junto a su tía Aethelflaed, la acompañase en sus campañas contra los vikingos. Buena parte de las victorias de su tía, según esta interpretación, serían suyas; teoría que tiene la ventaja de que explicaría por qué Aethelstan fue fácilmente aceptado por los mercianos; éstos, lo he dicho antes, parece que querían una dinastía propia; pero puede que en Aethelstan apreciasen la existencia de una dinastía impropia notablemente parecida a una propia. Sin embargo, como no se puede tener todo en la vida, ese apoyo en Mercia no dejaba de ser ausencia en Wessex. Aparentemente, según lo que nos cuenta sobre todo William de Malmesbury, Winchester se convirtió en un fuerte centro de oposición a la figura del nuevo rey. Kingston-upon-Thames, la villa en la que Athelstan eligió ser coronado, está justo en la raya entre Mercia y Wessex; dicha elección, probablemente, está apuntando a cierta ambición por parte del rey de aparecer como rey legítimo de los dos reinos.

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