miércoles, julio 27, 2011

Franco y el poder (8: el órdago)

Todas las tomas de esta serie:


En la primavera de 1941, como anunciaba en el anterior post sobre este tema, el falangismo irredento cantó órdago. Pero bien es verdad que, viendo las cosas con perspectiva histórica, el órdago en sí ya llevaba la semilla del fracaso. Si algo demostró Hitler en la denominada Noche de los Cuchillos Largos es que la forma fascista de hacese con el poder es llevarse por delante al contrario, no hacerle un jaque e invitarle a dar el siguiente movimiento. El que deja margen de maniobra a su contrario es porque no tiene un control suficiente sobre la situación, y éste es el factor que Serrano y los suyos no parecieron entender.

viernes, julio 22, 2011

Santiago Apóstol y el márquetin nacional

Bueno, feliz día de Santiago Apóstol, patrón de las Españas; y muy especialmente a los gallegos. Hoy pasaremos el día bajo un techo de nubes poco amenazadoras y a una temperatura de personas normales, cosa que es muy de agradecer. Y aprovechamos el día para repasar el origen de la tradición de este santo tan activo.



A la muerte de Alfonso I, sucesor que fue del mítico Pelayo, en el año 757 de nuestra era, los méritos de su reinado hicieron recaer la corona en su hijo Fruela. La herencia que recibió Fruela fue, obviamente, una nación, o el embrión de una nación, surgida en Covadonga, que había sabido resistir razonablemente los embates de los musulmanes y que había logrado crear, ya en los años de Alfonso, una especie de marca del sur, un tampón geográfico, que protegía al pequeño norte cantábrico del resto de la península, en manos de aquéllos a los que los españoles de entonces llamaban caldeos.

Aquel embrión de nación, sin embargo, tenía gravísimos problemas de consistencia. Estaba formado por tres grandes partes: Asturias, Vasconia y Galicia, las tres tierras verdes, las tres cristianas, las tres celosas de su independencia. El problema para Fruela, sin embargo, es que las diferencias raciales y de origen existentes entre los pueblos cántabros, que crecían y se desarrollaban muy aislados unos de otros, hacía que ese orgullo de independencia no se produjese sólo respecto de los mahometanos, sino también entre los cristianos en sí. En el reino de Fruela, las tendencias centrífugas a su derecha e izquierda geográficas eran muy fuertes.


Por todo ello sabemos que una de las labores de Fruela durante su reinado fue hacer la guerra a gallegos y vascos, en fechas y circunstancias que no son muy precisas. En ambos terrenos penetraron los marines asturianos, que entonces eran, neto de las armadas del rey Abderramán, el ejército más poderoso que había en España. Hicieron la guerra en Vasconia y en Galicia como si fuesen territorios enemigos, hasta el punto de hacerles prisioneros que se llevaron a casa. De hecho, Fruela se quedó para sí a un pibón vasco, llamado Munia, con quien llegó a congeniar muy estrechamente, hasta el punto de engendrar un niño, que sería, con los años, el rey Alfonso el Casto (Munia, por cierto, es nombre latino. Hubo un cónsul romano llamado Munio que, se dice, es el origen del apellido Muñoz. Así pues, ¿una vasca con nombre latino? Pues sí que estuvieron aislados los euskaldunes, sí...).


La unión entre Fruela y Munia, y el hecho de que con el tiempo tuviese como fruto un heredero del reino, acabó por más que equilibrar la tendencia separatista de los vascones; proceso al que probablemente ayudó un poquito el miedo que le tenían a los musulmanes, bastante aficionados, en aquellos tiempos, a saquear Vitoria.


No nos resulta difícil adivinar que Fruela debía de ser un tipo de armas tomar. En primer lugar, porque trató de meter en vereda a la Iglesia, que es algo que sólo hacen los reyes que tienen redaños. Y, segundo, porque también nos dicen las crónicas que se llevó por delante a su hermano Vimara, al parecer porque éste quería asimismo quitarle el trono. No deben extrañar estos arreglos, pues la monarquía española, en aquel entonces, era más goda que latina, así pues en la misma eran bastante frecuente los enfrentamientos entre lobbies, y también entre lobos.
Fruela, por lo tanto, se llevaba por delante a todo el que le ponía obstáculos, fuese ese alguien su hermano, los gallegos o los vascos. Imagino que sería, además, un tipo de ésos que va dejando detrás gentes a las que ha puteado de diversas formas sin preocuparse demasiado de que esos enemigos puedan rearmarse y actuar. Pero el caso es que finalmente actuaron, porque Fruela fue asesinado en Cangas, en el 768. Su hijo Alfonso tenía que ser apenas un tierno infante, quizás de cuatro años. No podía sucederle porque en la monarquía goda no se estilaban los reyes-niño en manos de regentes (en la monarquía goda, lo más normal es que el regente se hubiese llevado por delante al niño, ya que la condición hereditaria de la corona era un concepto, por decirlo zapaterilmente, discutible y discutido).


El sucesor natural de Fruela habría sido Fruela, o sea su tío, hermano de su padre y general de sus ejércitos; pero para cuando unos ignotos sicarios se cargaron al rey, su lugarteniente había muerto ya. El vacío de poder existente impulsó a la asamblea de nobles asturianos a elegir a Aurelio, hijo de este segundo Fruela. Tuvo suerte este Aurelio de que el gran problema astur, los caldeos, no se le revelase durante el reinado, ya que Abderramán bastante tenía con sofocar la revuelta que yemeníes y bereberes le tenían montada en Sevilla. Así pues, Aurelio murió en la cama, circunstancia ésta que las crónicas destacan bastante.


A la muerte de Aurelio podría haber reinado su hermano Bermudo (que reinaría al fin y a la postre, todo sea dicho). Pero, sin embargo, los nobles, por alguna razón, quizá relacionada con su juventud (tenía quince años), prefirieron la tradición. Adosinda, hermana de Fruela I y, por lo tanto, hija de Alfonso I y nieta de Pelayo, tenía un hijo, Silo, en edad de reinar, y éste fue el elegido.
Es este Silo el asturiano el que se tiene que enfrentar a la rebelión definitiva de los gallegos. Como hemos visto, el tema vasco había quedado más o menos solucionado en el momento en que Fruela introdujo el RH negativo euskaldún en la línea dinástica asturiana a base de apretarse a la Munia por las noches. A los gallegos, en cambio, nada les iba en esto, por lo que se sentirían, probablemente, sojuzgados por una clase dirigente de primos hermanos, sí, pero primos al fin y al cabo.
No sabemos, exactamente, qué disparó la rebelión, pero sí sabemos que fue una rebelión global, de la Galicia entera. En el monte Cupeiro, situado en Castroverde, Lugo, se enfrentaron los dos ejércitos, y ganó Silo; se podría decir que ganó para siempre pues desde entonces, se ponga el Bloque Nacionalista Galego decubito supino o decubito prono, lo cierto es que Galicia pasó a formar parte del Reino de Asturias, y ya nunca dejó de formar parte del caudal relicto que las diferentes protoespañas (Asturias, León, Castilla) fueron dejando en herencia al proyecto final.


Silo debía de tener afición por los olores agradables porque estableció su corte en Pravia, donde murió, también en la cama. Los destinos de la protoespaña quedaron en manos de Adosinda, su mujer, que no le había dado descendencia. En estas circunstancias, es natural que la mujer volviese sus ojos sobre Alfonso, el niño medio asturiano, medio vasco, surgido de los amores apasionados de Fruela I y Munia, la esclava peneuvista. Lo hizo, por lo tanto, proclamar rey.


No obstante, Alfonso era aún muy joven, lo cual excitó las ambiciones de Mauregato, un hombre ya maduro en aquella época, producto de las visitas del rey Alfonso I a una de sus siervas, a la que se pinchaba regularmente. Mauregato, quizás agrupando voluntades a su espalda con el argumento de que Alfonso no era un rey puramente asturiano sino medio vasco, montó una exitosa conspiración que le dio la corona y obligó a Alfonso a huir a Álava, son sus parientes los pues.


Estamos en el año 783. En una posguerra civil en la que los gallegos han tenido que ser seriamente reprimidos y con una jefatura del Estado puesta en solfa, con un enfrentamiento nada larvado entre asturianos y vascos, pues éstos han visto como el joven rey que les animaba a apuntarse a la empresa ha sido expulsado del trono, como digo quizá precisamente por ser vasco. España es muy pequeñita comparada con la de hoy y, sin embargo, ya está en un grave peligro de romperse.


Con todo, hay más problemas. En Europa hay una potencia, el imperio franco. Los carlomagnos ambicionan para sí dominar sobre el mundo conocido, incluido el poder papal que, es, en realidad, el único contrapoder poderoso que tiene por delante. De hecho, la religión tiene un papel importantísimo es su estrategia imperial; Carlomagno quiere que las iglesias cristianas se sometan a la disciplina franca como lo hacen los seglares. De hecho, la idea imperial europea, cautivo y desarmado el Imperio Romano, tendrá la religión católica como leiv motiv. No se olvide que este mismo imperio europeo siempre llevó el apellido de Sacro.


Por todo ello, Francia envía a un obispo, Egila, a España, a hacerle una OPA a la iglesia patria, dirigida por Elipando, arzobispo de Toledo, al cual la idea no le va mal. No tuvo mucho éxito el obispo franco, sin embargo, con lo que, tal vez, fue uno de los primeros de su extracción geográfica que en la Historia probó la sempiterna desconfianza hispana hacia lo francés. Visto que no podía por las buenas, lo intentó por las malas, así pues se alió con una especie de Ronald McDonald monacal hispano, un tal Migecio, y juntos elaboraron una serie de teorías heréticas, y se fueron a un concilio celebrado en Sevilla en el 784, y presidido por Elipando, a dar por culo.


Los ecos de aquella rebelión llegaron a un lugar muy bonito llamado Liébana. En algún cenobio de aquella zona hay un fraile llamado Beato, que se convertirá en el gran Capitán España de la monarquía astur. Beato es uno de esos pitagorines tan comunes en la vieja Iglesia, dedicado al estudio y la alabanza de Dios. Cuando Beato lee las proposiciones de Sevilla esponsorizadas por Elipando, casi le da un elipando ventricular con afección al fistro aórtico. Fibrila Beato sin control hasta que decide contestar toda aquella patulea argumental. Elipando, que lee la denuncia de Beato, se pone como el puma de Baracoa y encarga a otro fraile, Fidelio, que ataque con armas y bagages las teorías de Beato que, dice, niegan la humanidad de Jesucristo. Esto supuso la denominada querella del adopcionismo que, como se puede deducir de lo escrito, fue en parte, sólo en parte, una querella teológica; en mayor medida, fue una lucha de poder de una iglesia nacional que se resistía a ser fagocitada por otra que tenía un proyecto imperial.


Aquello convirtió a Beato en algo así como el gran teólogo de la futura España que era el reino asturiano. En sus funciones de tal, nuestro amigo de Liébana rescató una tradición extraña al cristianismo gótico (San Isidoro, sin ir más lejos, la desconoce), que es la predicación de Santiago en España. Es, efectivamente, Beato quien, en el 786, pone por escrito la noticia de que el apóstol estuvo en España predicando; y es en un himno de los mismos tiempos, en honor de Mauregato, donde se le cita por primera vez como patrón y protector de la península. Lo que hay detrás de este movimiento es la intención de colocar a la monarquía cristiana española (asturiana en realidad) bajo la advocación nada menos que de un apóstol de Jesucristo, o sea un miembro pata negra de ese claustro de notables cristianos que llamamos santoral con lo que se afirmaba la importancia de la nación protegida.


El apóstol Santiago, una vez que su tumba fuera descubierta en un paraje gallego y la noticia de tal maravilla generase la subcultura compostelana de las peregrinaciones, serviría, fundamentalmente, para cohesionar a los cristianos hispanos contra el enemigo musulmán común. Así, se creó el mito de Santiago Matamoros, el cual habría bajado del cielo en el curso de la inexistente batalla de Clavijo para masacrar islamitas.


Pero eso es muy posterior. En mi opinión, el mito de Santiago no nació por casualidad sino mediando cálculo, pero con otro origen. Su origen se produce en los años de Mauregato, años de paz con el moro, y por motivos diferentes. Siempre a mi modo de ver, es perfectamente defendible que mayor importancia en la generación del mito hayan tenido dos factores como la desafección gallega y la presión imperialista francesa.


Los estrategas astures impulsan el mito de un apóstol que habría predicado en España buscando la cohesión de la misma. Tratando de definir un mito que identifique a todos los españoles cristianos en una sola comunidad, en unos tiempos en los que la nación astur siente duras tensiones centrífugas, tanto en el Este como en el Oeste. Especialmente este último. No es casualidad que el mito de Santiago surja poco tiempo después de que Galicia haya intentado sacudirse el yugo, o el mando, precisamente de quienes lo abrazan. No será casualidad, por lo tanto, que, aparecida la tumba del apóstol en nuestras tierras, lo haga precisamente en Galicia. La jugada bien pudo ser parecida a encontrar los restos de Cervantes en Mundaka.


El mito de Santiago, además, creó una iglesia nacional española que, con el tiempo, llegaría a ser mucho más fuerte que la francesa, con los siglos mucho más afectada de presiones protestantes. Generar y defender un santo español, patrón de las Españas e identificado con ellas, fue una manera de ponerle un dique a los intentos franceses de fagocitar a los cristianos españoles.
Como operación de márquetin, hay que reconocer que no tiene precio.

Memorias de un revolucionario


Si hay un fenotipo político propio del siglo XX, ése es el revolucionario reconvertido. El camino habitual de todo hombre o mujer que hace una revolución es uno de dos: o convertirse en un burócrata de dicha revolución, un hombre del aparato, un fiel votante de los congresos de partido en los que nada se deja a la improvisación; o un ser con la venda caída de los ojos que, al darse cuenta de los errores de la revolución, al contemplar su cara oculta, se convierte en su peor enemigo.

Luego hay un tercer fenotipo: el revolucionario que acaba, mediante una evolución más o menos larga, integrado en otras tendencias políticas, sin abjurar de sus creencias revolucionarias y pretendiendo que esas nuevas creencias, más moderadas, en realidad representan las ambiciones de la revolución que un día abrazó. El ejemplo claro de esto en España lo tenemos en las cohortes de ex-comunistas integrados en el PSOE. Pero, para mí, este no es fenotipo de revolucionario; en realidad, se corresponde con alguien que nunca, ni al principio, ni al final, verdaderamente lo fue.

Hay muy pocos revolucionarios que puedan decir que siempre lo han sido; que han resistido tanto a la burocratización de sus ideas como a su total revisión. Estos revolucionarios eternos concitan nuestra simpatía por varias razones, pero la fundamental de ella es que no nos pueden hacer daño; el revolucionario eterno, permanente, nunca toca poder. Su destino es consumir su vida soñando el sueño que soñó el primer día que decidió darle la vuelta a las cosas, y acabar aperreado, a partes iguales, por sus correligionarios de otrora y sus enemigos de siempre.

El ruso Víctor Serge pertenece a esta estirpe. Prácticamente nació revolucionario y murió siéndolo, en ese refugio de comunistas apestados en que se convirtió el México donde mataron a León Trosky. Contrariamente a la mayoría que fueron como él, sin embargo, Serge tenía una ambición por escribir, y una habilidad innata para ello, que le permitió dejar un rastro largo e impagable de sus experiencias, vertidas tanto en sus novelas como en estas memorias.

Las Memorias de un revolucionario son, desde el punto de vista, una lectura casi imprescindible para todo aquél que esté interesado en los hechos de la revolución rusa, y no tan recomendable para quienes sepan poco de la misma, pues si un pero se le puede encontrar a esta obra, común a muchas autobiografías, es la cantidad de cosas que da por sabidas.

Quien finalmente lea ese libro editado en España por Veintisieteletras, encontrará la historia de alguien que, como decía, es revolucionario desde la cuna. Victor Serge, hijo de un padre peripatético y trotamundos, parece destinado desde el primer momento a ser, al mismo tiempo, pobre de recursos e inesperadamente rico en experiencias. Su capacidad de retratar no tanto lugares como momentos, será de especial interés en las primeras páginas de la obra, las dedicadas a su infancia, adolescencia y primera juventud en Bruselas y París; momentos en los cuales, a lomos de una memoria prodigiosa, hará un repaso meticuloso de las múltiples y variadas tendencias del revolucionarismo obrerista de principios de siglo, fundamentalmente anarquista, convirtiéndose en una especie de Linneo de eso que entonces se llamaba el lumpenproletariado.

Los ya de por sí muchos datos aportados por el autor en su texto se ven, además, completados por la edición de Jean Rière, otro profundo conocedor del mundo que Serge está describiendo. De hecho, Memorias de un revolucionario es, probablemente, el libro mejor editado que he leído nunca, profuso en notas al pie (desgraciadamente situadas al final de la obra; es un lamentable error del editor español, en mi opinión) que nos dan noticia prácticamente de todo el mundo a quien Serge cita en sus memorias. Lo cual asevera más aún, si cabe, la veracidad del relato.

El lector español encontrará de interés el breve episodio de un joven Serge en la Barcelona de la huelga de la Canadiense y los principios del pistolerismo. No esconde el autor su admiración por Salvador Seguí, El Noi del Sucre, efectivamente el más inteligente de los anarquistas españoles, de largo. Nos relata el inesperado fracaso de la revolución barcelonesa, causada por la defección de última hora de la Solidaridad Catalana.

Con todo, cuando el relato de Serge adquiera tensión, valor y testimonio sublimes es cuando el autor regrese a su querida Rusia; la Rusia de la primera revolución, la Rusia que todo lo que ha hecho ha sido deshacerse del Zar y despertar la hidra de los rusos blancos. El país que ya idolatra y admira a Vladimir Lenin pero que aún lo ve como un primus inter pares y donde el bolchevismo convive con alternativas, a derecha e izquierda.

Sin hacer un libro analítico, es decir sin salir del terreno de la vivencia personal y el relato de las cosas que el autor pudo ver y oír por sí mismo en la nueva Petrogrado, Víctor Serge va diseccionando, etapa a etapa, el proceso por el cual ese pájaro cuco bolchevique asentado en el nido de la revolución, a cuyo frente está Lenin, va desplazando, poco a poco, a las crías de otras ideologías, y echándolas del nido. Los mencheviques por poco revolucionarios; los social-revolucionarios por serlo demasiado. Lentamente, ante los ojos de un Víctor Serge que sigue contemplando el proceso con inocentes ojos de indignado, el bolchevismo, que cada vez más cabe indentificar como leninismo, se oficializa y va tomando los resortes del poder. La vida de los burgueses es difícil desde el primer momento en todos aquellos lugares de los que los rusos blancos se retiran; pero, asimismo, comienza a serlo también para quienes, siendo rojos, no lo son del tono que el futuro Partido único ambiciona y está dispuesto a tolerar.

La descripción de cómo la primera guerra mundial, la actitud de Alemania, y la relación de todo esto con un país enfangado en una guerra civil, influyen en los acontecimientos, está en este libro hecha diría yo que con más precisión que en los libros de Historia. Es un proceso por el cual los revolucionarios bolcheviques se van haciendo progresivamente imprescindibles para pilotar una dinámica en la que hay que combinar sueño y praxis. Es en este punto donde emerge la figura de León Trosky, infatigable organizador constante, pieza fundamental a la hora de garantizar que siga en pie una nación comunista que no tiene de nada y que, por decirlo mal y pronto, no funciona. Porque no funciona, a la victoria del bolchevismo se seguirá el periodo de comunismo de guerra, de pavorosas consecuencias para casi todo el mundo.

Siendo Serge un revolucionario de libro que mantiene tantos contactos y recuerdos de la patria elfa anarquista, vive el revolucionario especialmente pendiente de la suerte de sus antiguos camaradas hoy unidos bajo la bandera negra; y, consecuentemente, cuenta en sus memorias, en párrafos amargos, el proceso, lento pero constante, por el cual la revolución que él apoya los va apartando y, finalmente, arrastrando a la clandestinidad de los sotanos de las chekas. La teoría de Serge, atractiva, es que este conflicto estalla en la conocida como sublevación de Kronstadt, que relata con mucha precisión; un movimiento cuya solución, o más bien cuyo sofocamiento, abrió una brecha imposible de llenar entre anarquistas y comunistas, que acabaría por hacerse evidente, dice Serge, en la guerra civil española. No deja de ser curiosa la tesis de que el bando republicano español perdió la guerra en las radas de Krondstadt.

La ilusión de Serge dura exactamente diez años. El 7 de noviembre de 1917, la revolución rusa inicia en Petrogrado sus victorias de la mano del presidente de su soviet, León Trosky. También en noviembre, pero de 1927, el mismo Trosky pronuncia un discurso frente al Comité Central del PCUS protegido físicamente por sus partidarios y mientras es imprecado por la masa de dirigentes comunistas. En diez años, por lo tanto, el bolchevismo se ha roto; ha sido imposible conciliar su derecha burocrática y de poder con la izquierda revolucionaria de Trosky. «La revolución», nos dice Serge, «se ha vuelto contra sí misma». A partir de ahí, se iniciará una lucha sin cuartel entre el sovietismo y el troskismo que es como una monumental demanda judicial en la que ambas partes reclaman la nuda propiedad de la revolución rusa. Ambas partes se sienten continuadoras de la labor de Lenin e intérpretes de sus intenciones. Y porque Lenin, ya lo siento por sus hagiógrafos, no dejó páginas escritas que eliminasen de su cosmovisión estratégica el uso de la violencia inmoderada, más bien todo lo contrario, en ese enfrentamiento la parte que tiene el poder, el bolchevismo oficial, no dudará en utilizar cualesquiera artes burdas e inhumanas. Al troskismo, sin duda, la toca jugar el papel de víctima en esta historia; pero tampoco hay ni un solo clavo al que agarrarse en los escritos de Trosky que no nos haga pensar que, si hubiese podido, habría detenido, torturado y fusilado estalinistas con la misma saña con que Stalin se desempeñó con los suyos.

Con la caída definitiva de Trosky, para Serge, al fin y al cabo miembro conspicuo de la denominada Oposición de Izquierdas, comienzan tiempos muy duros; la descripción de dichos tiempos es de enorme valor para el lector. Página a página, el estalinismo se construye, sin prisa pero sin pausa. El propio Serge lo describe: «Una vez terminados los troskistas, se habían lanzado sobre los kulaks; luego sobre los técnicos; luego sobre los ex burgueses, comerciantes y oficiales privados del derecho inútil de voto; luego sobre los sacerdotes y los creyentes; luego sobre la oposición de derecha...» Hay una famosa frase de Bertold Brecht [actualizaçao: aunque en realidad, como muy acertadamente recuerda MacManus en un comentario infra, es de Pastor Niemöller] que habla de aquello de que cuando la policía vino a por los bla, no me preocupé, como no me preocupé cuando vino a por los blabla, y luego a por los blablabla, hasta que vinieron a por mí. Es una frase que le encanta pronunciar a los comunistas y aficionados al comunismo; quizá será porque nadie la ha aplicado ni tanto ni tan sistemáticamente como ellos.

Como es bien sabido, a partir del asesinato de Kirov (según no pocos autores, realmente esponsorizado por Stalin), el stalinismo se quita la careta y baja ya sin frenos por la pendiente. La muerte de Kirov es al estalinismo lo que el incendio del Reichstag es al hitlerismo. Serge, al fin y al cabo troskista, es acusado de haber participado en el atentado en las reuniones de escritores revolucionarios (porque, en general, en las reuniones de escritores revolucionarios, antifascistas se llamaban fuera de Rusia, se habló más bien poco de libertad, por mucho que se diga lo contrario... por parte de los escritores revolucionarios, claro).

Serge, siempre con un ojo puesto en España, huésped de Seguí, amigo de Pestaña, más amigo aún de Andreu Nin y de Joaquín Maurín (el POUM era su seña española de identidad), llama la atención en sus recuerdos sobre un hecho que no se destaca mucho en los libros de Historia. El estallido de la guerra civil en España y, consecuentemente, las llamadas de ayuda de la República a Moscú, que comenzaron apenas días después del 18 de julio, coinciden con una purga masiva de troskistas y, finalmente, con la apertura, el 4 de agosto de 1936, del denominado Proceso de los Dieciséis por el cual los restos de la guardia pretoriana de Lenin (Kamenev, Zinoviev, Smirnov), fueron fusilados. Pero, claro, los únicos intereses foráneos que jugaron en el tablero español fueron, según nos dice la corriente histórica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, los de Hitler y Mussolini...

Finalmente encarcelado, deportado y esas cosas, Víctor Serge se salvará por el hecho de la cantidad de peña que lo conoce en París, y que monta el típico movimiento de solidaridad que acaba por convencer a Stalin de que es mejor expulsarlo que dejarlo morir en Siberia de hambre, de frío, de tristeza y de asco, como murieron centenares de miles de ciudadanos soviéticos que jamás han encontrado ni un solo intelectual en Occidente que tuviese tiempo y ganas para dedicarles siquiera la esquinita de un manifiesto. En el periplo final de su vida, Serge romperá hasta con el troskismo exiliado, al comprobar que es tan duro con sus disidencias como lo pueda ser el propio estalinismo; insinuando con ello la idea que decía antes, esto es que si el troskismo no fue un movimiento asesino, fue sólo porque la cuchilla de capar la tenía otro.

Y es que aquí está el gran error de Serge en sus apreciaciones. Como bien nos promete el autor en el título de su texto, es un revolucionario hasta el último minuto. El pobre Serge, a pesar de haber visto a los otrora burgueses o pequeños propietarios rusos tratados como basura; a pesar de haber visto a los social-revolucionarios y anarquistas a los que él admiraba marcharse por el sumidero de la Historia; a pesar de haber podido ser testigo de primera fila del sistemático apisonamiento de la figura de Trosky, de su familia, de todo lo que representaba; a pesar de haber vivido para ver a su líder de siempre, Kamenev, frente al pelotón de fusilamiento; pese a haber visto a la revolución matar de hambre a las mujeres, a los niños, a los judíos, a los tontos, absolutamente a todos; a pesar de haber visto cómo la revolución creaba cárceles pavorosas, asesinaba el arte, la imaginación, la creatividad, la ilusión; a pesar de haber visto a centenares de miles de personas acabar viviendo como perros bajo cero por auténticas futesas; a pesar de haber visto todo eso, de haberlo conocido, de haberlo sufrido, y de contarlo en su libro, a pesar de todo, Víctor Serge nunca deja de ser un revolucionario, ni de creer en las bondades del proceso.

Así pues, Víctor Serge es un testigo de primer orden de la revolución comunista, al tiempo su víctima, y también su alimento. Porque una de las cosas de las que ha vivido, y vive, el sueño leninista, es de la cantidad de gente que, aún sabiendo que, lejos de ser imperfecto, lo que es, es una puta mierda, además de un monstruoso atentado a los derechos del hombre, aún la defienden. No creo que haya en toda Europa ni 100.000 personas (obviamente, no cuento a los que son nazis) que piensen que, neto de lo que le hizo a los judíos, el nazismo es defendible. Sin embargo, en cualquier tertulia, presencial o viral, será bastante normal que te encuentres a uno o varios contertulios que piensen que, hombre, el comunismo ha hecho burradas, pero en el fondo mola; que, bueno, es que yo, cuando hablo de comunismo, no incluyo al estalinismo (ni a los jémeres rojos, ni a la familia Jong, ni a Hoh-Chi-Minh, ni a Mao, ni...); que dónde están las pruebas de la Holodomor ucraniana, o de los traslados masivos de pueblos enteros como el georgiano, o de los campos de concentración siberianos; que si las violencias perpretradas por el comunismo en España fueron cosa de incontrolados...

A esto lo podemos llamar la filosofía Víctor Serge: la revolución es algo bello, una hermosa doncella que, un día, un grupo de burócratas y ambiciosos mancilló. Siendo estas memorias un libro de asombrosa lucidez, esa lucidez no alcanza como para ver que las semillas de la revolución como infierno no están solo en quienes la gestionaron, sino en la revolución misma, que nació para expulsar del mundo a quienes no le cabían dentro. A un revolucionario eterno no se le puede pedir tamaño nivel de clarividencia.

Así pues, las Memorias de un revolucionario componen un libro muy recomendable, especialmente para aquellos que, además de creer en la revolución, la defendieron, o la defienden incluso. Encontrarán en la página 404 una admonición muy interesante. Una admonición que, desde el pasado, surge para todos aquéllos que una vez defendieron al régimen soviético y sus distintas expresiones: «Explíquenme ustedes la conciencia de los grandes intelectuales y de los jefes de partido occidentales que se tragan todo eso, la sangre, el absurdo, el culto al jefe, una constitución democrática cuyos autores son fusilados inmediatamente».

Cada palo, que aguante su vela.

miércoles, julio 20, 2011

La cuestión sinóptica

Imaginemos por un momento que, tras la celebración de un gran concierto de rock, diversos grupos de personas que no pudiesen contactar unos con otros se dedicasen a comentar entre los miembros de cada grupo las vicisitudes de dicho concierto. Todos ellos serían aficionados al rock, pero cada grupo, lógicamente, tendría sus preferencias. Unos serían más partidarios de un rock más duro y, consecuentemente, tenderían a comentar en sus correos las intervenciones de aquellos grupos duros; y otros gustarían más de las baladas rockeras, por lo que destacarían más éstas.

lunes, julio 18, 2011

El por qué de los aniversarios

Yo lo de los aniversarios no lo llevo muy bien. Según se mire, hoy estamos en una fecha redonda, o no. Hoy hace, efectivamente, 75 años del golpe de Estado del 36. O sea, fecha redonda. Pero, al mismo tiempo, hoy hace 27.393 días de aquellos hechos, que es un número más complejo de memorizar. Medido en días, deberíamos celebrar, cosa que no haremos, el 6 de septiembre del 2018, día en el que hará exactamente 30.000 del golpe de Estado.

Sean como sean los aniversarios, lo importante es de qué se visten y cuál puede ser su utilidad. Habitualmente, los aniversarios tienen una utilidad bastante definida, pero lo cierto es que éste, el de la guerra civil española, carece de ella.

Ejemplos hay muchos, pero creo que la guerra civil española y la invasión japonesa de Manchuria durante la segunda guerra mundial son dos de los episodios históricos en los que el consenso superador es más difícil a día de hoy. Hace algunos meses leí en el International Herald Tribune que algún bienintencionado instituto cultural que no recuerdo había promovido una reunión en China entre historiadores de aquel país y de Japón para hablar sobre dicho episodio y alcanzar alguna que otra conclusión histórica conjunta; reunión que acabó como el rosario de la aurora. Los japoneses tienen una visión de aquello, los chinos otra, ambas son exactamente contrarias y mutuamente eliminatorias. O se tiene una, o se tiene otra.

A la guerra civil española le ocurre lo mismo, y el elemento causante de este hecho es claramente el franquismo. El franquismo es la mejor demostración posible de que la Historia no sigue un trazo regular ni se rige por reglas evolutivas más o menos inmanentes. En la Historia es posible dar pasos atrás, es posible frenar y es posible, sobre todo, distorsionar la visión del pasado, del presente y del futuro. Los cuarenta años de franquismo fueron concebidos por quienes los administraron como una purga necesaria para regenerar España. Hacía falta, según esa visión, vaciar la médula espinal del país de todo lo que tenía dentro, arrastrando así la leucemia de los errores, para volver a vivificarla con nuevas/viejas esencias, excluyentes de todo lo demás. El franquismo es, ante todo, un experimento de reingenería del alma española que fracasa por sus cuatro costados; porque si algo no han entendido ni entienden los fascismos, sean éstos de derechas o de izquierdas, es que la evolución de la sicología social no es algo que se pueda proyectar en una hoja de cálculo.

El franquismo interviene en la mayoría de las cosas que hoy pensamos sobre nuestro pasado. Si a los españoles de hoy nos gusta coquetear con la Leyenda Negra, es decir comprar esa idea según la cual la España de hace siglos fue más violenta, más discrimatoria, más torturadora, más violadora que ninguna otra civilización dominante, es porque ello nos permite zaherir tiempos que el franquismo, al fin y al cabo ideológicamente de raíz joseantoniana, admiraba y quería repetir; ahí están las admoniciones eclesiales de la época, considerando a Franco Espada de Trento, que tiene melendrines, para demostrarlo. Si a los españoles nos gusta autoflagelarnos con lo malos malísimos que fuimos en América (a pesar del dato objetivo de que hoy en día quedan sobre el mundo muchos más quechuas o miskitos que navajos, arapahoes o pies negros) es por rechazo consueutudinario a la idea imperial, que fue el demiurgo del fascismo español, que en esto copiaba de Mussolini y sus delirios abisinios, y que luego, una vez que el franquismo dejó de ser fascista, mutó en aquella cosa tan rara de la exaltación de la raza (y digo rara porque si hay un pueblo en el mundo que es un escándalo genético, ésos somos nosotros; euskaldunes incluidos, por cierto).

El franquismo afecta, por supuesto, a la guerra civil y su interpretación. Le afecta, en primer lugar, en el hecho de que, al ligar GCE y franquismo estrechamente, se hace necesario que los antecedentes de la guerra no se demoren demasiado más tarde que el momento en que Franco accedió al generalato, que es el momento, se supone, en que pudo empezar a dar por culo. Las personas que saben cosas sobre la guerra civil, en este sentido, no suelen saber gran cosa sobre la Restauración, que aparece ante ellos como una marea histórica gris de la que nada o casi nada saben. Los conocimientos de la mayoría de personas no dedicadas a la Historia con la que he hablado, o cuyos mensajes he leído en foros históricos de internet, comienzan en el momento en el que el rey Alfonso XIII da un golpe de Estado (sic) para ocultar sus responsabilidades en el desastre de Annual.

Así las cosas, en apenas diez años esta España Año Cero que comienza en 1923 pasa de la mayor de las ignominias a la perfección angélica. La dictadura de Primo de Rivera es lo peor de lo peor (AF, o sea Antes de Franco, claro), mientras que la II República es la pera limonera; una especie de régimen político que trae a España todo lo que España se merecía para ser un país moderno: divorcio, derechos laborales, autonomías... El hecho, por otra parte innegable, de que el franquismo da carta de naturaleza a un oligopolio militar-político-financiero que domina el país durante décadas, lleva a considerar que dicho oligopolio ya existía durante la República, que decidió hacerse con el poder y que provocó el golpe de Estado del que hoy hace 75 años.

Esta es una visión, como digo, fuertemente influida por el franquismo. En realidad, toda ella es tributaria de la dictadura; sin la dictadura, es al menos mi convicción que la visión sería muy otra.

Cuando uno se lee libros de recuerdos directos de la guerra civil y de la posguerra, se encuentra con una realidad que no cuadra muy bien con lo antescrito. Los veteranos combatientes y políticos de la República odiaban a Franco, pero no le reservaban a él todas las culpas de lo acontecido. En realidad, esta teoría de que Franco y sus mariachis son los únicos responsables del estallido de la guerra civil no es una visión republicana; es una visión comunista. Lo que pasa es que, como el comunismo ganó claramente la batalla de la opinión pública en la segunda mitad del siglo XX, logrando cautivar a centenares, si no miles, de periodistas, escritores, pintores, escultores, actores, biólogos, geógrafos, físicos, químicos, sexadores de pollos, por supuesto historiadores e, incluso, diletantes varios, parece como que esa opinión es la opinión de todo el mundo, siendo, sin embargo, una opinión parcial. A la muerte de Diego Martínez Barrio, cuando en la República en el exilio había que elegir sucesor al frente de la misma, se hicieron todos los arabescos necesarios para impedir que Dolores Ibárruri, que era vicepresidenta del Congreso hace hoy 75 años, accediese a la magistratura. En puridad, yo no sé si la República en el exilio consumió, durante sus años de existencia no fantasmagórica, más esfuerzos en demostrar a las cancillerías occidentales que Franco era un cabrón, o que lo eran los comunistas.

La posguerra española, en el bando de los perdedores, es una inmensa rueda de prensa de Mourinho donde todos o casi todos, por turnos, van preguntando: ¿Por qué? Si las cosas fuesen tan fáciles como pretende la teoría historiográfica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, no habría por qué hacerse esa pregunta. Mientras el comunismo oficial, que escribió una historia oficial de la guerra civil en este sentido, no tenía problema alguno al interpretar los hechos, otros no lo veían tan claro. El pistoletazo de la salida lo da el malogrado Julián Zugazagoitia, que no era plenamente consciente de estar entonando su canto del cisne al escribir Guerra y vicisitudes de los españoles, pero que con dicho libro inaugura, de alguna manera, la era de los balances críticos sobre la guerra. Luego le sigue Indalecio Prieto son su continuado ejercicio de contricción revolucionaria a través de decenas de artículos escritos en la prensa latinoamericana, y otros muchos, prendidos por supuesto de su ideología. El extremo de este fenómeno es la memorabilia anarquista que, directamente y sin ambages, acusa al comunismo de haber perdido la guerra.

Con todo, eso que podríamos denominar republicanismo consciente, una fuente de material historiográfico que obviamente la historiografía simplificadora por la izquierda suele olvidar, tiene sus fallos. En términos generales, el republicanismo consciente ve con claridad los errores cometidos durante la guerra, pero es renuente a considerar los errores cometidos que generaron la guerra. Estos errores son muchos y se cometieron durante un periodo histórico en todo caso muy largo, que para unos comenzará antes (para los catalanes, por ejemplo, comienza ya en los inicios del siglo XVIII) y para otros después; pero, en todo caso, tiene que ver con el hecho de que la Historia de España, durante más de cien años, se basa en el enfrentamiento entre dos grandes visiones enfrentadas, entre las cuales media un ejército de raíz golpista y una monarquía torpe cuando no venal, que cada vez son más incompatibles entre sí.

La violencia ejercida en el contrario ideológico no es un fenómeno nuevo de la GCE; esto es algo que sostienen quienes, juzgando la Historia de España con dos de pipas, nunca se han acercado a los relatos de las guerras carlistas ni de la represión ejercida durante los periodos conservadores del siglo XIX, que están repletos de gente apaleada sin piedad o de mujeres mirando a Cuenca a punta de bayoneta. Los soldados cristinos y sus oponentes que bajaban la colina cantando el Oriamendi no eran ningunos santos. Aún así, el abrazo de Vergara fue posible; pero fracasó y, un siglo después, ya fue, simple y llanamente, imposible, hubiese redactado Juan Negrín 13 puntos, o 13.000.

El problema de la Historia de España no es el fracaso del franquismo, sino el hecho de que España, desde 1808, va, con escasísimas y cortísimas excepciones, de fracaso en fracaso; y, muy especialmente, comienza con la I República una serie específicamente desgraciada de errores en la que las dos grandes visiones del país, más el anexo nacionalista, descarrilan gravemente.

La I República despierta al progresismo español del suelo proudhoniano o roussoniano de que lo que es bueno de por sí, es bueno de por sí, así pues se implanta sin problemas ni traumas. Lejos de ello, cuando los republicanos toman la vieja España y la convierten de la noche a la mañana en una titi poligonera tope enrollada, a la pobre vieja se le saltan las costuras de la faja al segundo bakalao, y España va y se rompe. En el after hours de la Historia, una sociedad desesperada que concibe el progresismo como una vena varicosa se echa en brazos del canovismo, que es una ideología convencida de que puede regresar al pasado disfrazándolo de pitufo.

En la Restauración, de la mano de un tipo bastante estúpido y de nula sensibilidad política, amigo de las camarillas y del basto correveidile cortesano; un tipo llamado Alfonsito Ordeno y Mando, que hace el número en la Historia de España que rima con míramela a ver si me crece; de la mano de este tipo, digo, en la Restauración se incuban buena parte de los problemas que, en tal día como hoy de hace 75 años, se convertirán en sacos de balas. Los primeros discursos de Pablo Iglesias, en el siglo XIX, son de advertencia. Ojo, que si no me dais ficha para jugar yo también, al final no habrá parchís. Veinte o treinta años después, como los propietarios, los abogados y los honrados comerciantes siguen a lo suyo sobre el tablero, esa parte de España para la que se reserva un banquillo eterno se cansará, y ese cansancio tendrá dos expresiones: por un lado, la estrategia de conjunción socialista, que lo llevará al parlamento de la mano del republicanismo oficial; por otra, la estrategia Rambo, ejercida por los anarquistas, que directamente se echarán al monte a matar charlies.

Todos estos problemas, y otros muchos, van quedando eternamente aplazados por un sistema de monarquía constitucional a la remanguillé basada en el fraude electoral y en el turnismo de unas sensiblidades políticas que, lejos de representar a los españoles, representan únicamente a aquellas ideologías con las que monarquía y ejército se avienen a convivir. Hay un famoso discurso de Alfonso XIII en Córdoba, en las postrimerías del régimen, que lo resume mejor de lo que yo podría hacerlo ahora.

El izquierdismo, por su parte, también hace su travesía; mala travesía. Los republicanos o progresistas, fuertemente influidos por la conjunción electoral, cada vez se sentirán más identificados con los ideales revolucionarios y, a pesar de que a partir más o menos de 1921 ya tienen bastantes pruebas de a lo que conduce esta revolución de nuevo cuño, proseguirán en su línea de adjuntarse al obrerismo, quizá considerándolo una tabla de surf sobre la que se van a subir ellos para cabalgar la ola de la Histoira; sin darse cuenta de que eso mismo es lo que los marxistas piensan de ellos. Los socialistas, por su parte, contando como cuentan con ejemplos en Europa de corte socialdemócrata, optarán, de la mano de su líder histórico y, después, de la extraña conjunción entre un catedrático de Ética y un estuquista, por la vía revolucionaria. En la sesión que aprobó la Constitución del 31 el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, se marcó un discurso que fue, en términos generales, una larga alabanza del posibilismo laborista británico. Si Besteiro hubiese pensado en 1920 lo que pensaba en 1931, tal vez la Historia del PSOE habría sido otra. O tal vez no, porque Largo era muy ídem.

Los anarquistas, por su parte, hicieron lo que les pedía el cuerpo. Filosofía Clemente: patadón p'alante, y si hay que dar [Censored], se dan. Así les fue y así le ha ido a España, país que ha tenido, a mi modo de ver, dos grandes noticias en el pasado siglo, que son la muerte de Franco, y la desactivación de facto de la CNT.

En los cotolengos de derechas y de izquierdas, pues, los cabrones cada vez tenían más predicamento. Los partidarios de los cordones sanitarios, del Tinell anulador del contrario, del guerracivilismo, en una palabra, eran cada vez más, y más poderosos, en sus organizaciones. Los que pudieron atemperar estos fenómenos y colocarlos por carriles adecuados, los Gil-Robles, Alba, Azaña, Alcalá, prefirieron seducirse masturbatoriamente con todo aquello de bueno que veían en sus correligionarios ultramontanos o bolchevizantes y, hasta el minuto 89 del partido, vivieron convencidos de que podían controlarlos.

En medio de este pastiche de torpezas demagógicas, surgieron los nacionalismos y su visión aldeanamente limitada de las cosas, que les lleva a ser eternos reivindicadores de lo suyo. Desde el momento en que, con razón o sin ella, existiendo para ello basamento histórico o no existiendo, que esto es algo que en política poco importa, los nacionalismos comenzaron a protagonizar la vida política española, los temas se enfangaron todavía más.

España tenía de tiempo atrás un problema con su concepción de sí misma; un problema que provocó tres guerras civiles en el siglo XIX, que se dice pronto. En el primer tercio del siglo XX, sin embargo, este problema adquiere tintes mucho más elevados con la llegada de Cambó y su estrategia de interpenetrar el debate sobre España y el debate sobre las nacionalidades. Cambó y la Lliga Regionalista, basados en un extraordinario pragmatismo nacionalista («¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!»), convierten la política española en un orden del día con un último punto de ruegos y preguntas que, en la práctica, supone que, una vez que se ha cuadrado todo lo demás, hay que cuadrar la participación de los nacionalismos. Si el foralismo vasco es el gran tema que acompaña a la pelea entre progresistas y conservadores del siglo XIX, el enfrentamiento en el XX entre las dos Españas se ve acompañado por la eterna cuestión catalana; tan eterna que ahí sigue. En 1930, durante la reunión del Pacto de San Sebastián, los coloquios para diseñar la futura España republicana se consumen, en la mayor parte de su tiempo, discutiendo las reivindicaciones catalanas.

La Cataluña del siglo XX, y ya veremos si la del XXI, se asemeja a ese vecino silencioso que jamás acepta la presidencia de la comunidad, pero que, sin embargo, acude a todas las asambleas de la misma, bloqueando cada decisión importante porque, como se ocupa de recordar cada vez que lo hace, todavía no se ha solucionado lo de la humedad de su terraza. Paso adelante, bloqueo, paso atrás. Una actitud legítima desde el punto de vista del nacionalismo catalán y exasperante para el nacionalismo español. Por lo tanto, al vector de enfrentamiento social entre las dos españas se une otro vector secante, que es el enfrentamiento territorial. Léase el lector de estas notas los debates constitucionales del 31 en torno a la autonomía catalana, y comprobará que no hay nada nuevo bajo el sol de España; hace 75 años ya existía el concepto de balanza fiscal, y se discutía sobre él.

No olvidemos, en cualquier caso, que si el foralismo vasco (y en parte también el autonomismo catalán) provocaron, en cóctel con otras cosas, tres guerras civiles en el XIX, la reivindicación de los derechos de Cataluña ha provocado dos golpes de Estado: uno contrario, el de Sanjurjo del 32; y otro partidario, que es el de Companys en el 34.

Si llenamos una olla de errores y la ponemos al fuego que genera el contacto entre dichos errores, lo normal es que estalle. Esto es lo que pasó el 18 de julio de 1936 pero, curiosamente, nadie parece querer admitirlo en sus recuerdos y memorias. Así las cosas, el análisis de estos errores quedó, durante décadas, en manos de la historiografía franquista; la cual realizó dicho análisis de una forma parcial (analizó, exactamente, la mitad de los problemas) y exagerada, viendo errores donde no los hubo y olvidándose de que la incubación de una pelea suele comprometer a ambos boxeadores.

A mi modo de ver, no sirve de nada celebrar aniversarios si no es para centrar estas cositas. Celebrar aniversarios para darse un baño de gilipollez es estúpido, porque al fin y al cabo eso de ver los errores del de enfrente y ser extraordinariamente tenue con los propios es lo que hacemos los días de diario.

Chinos y japoneses deberán esperar, tal vez, a que haga cien, o doscientos años, de la invasión de Manchuria, para poder hablar de ello con reposo y equilibrio. Nosotros deberíamos hacerlo antes. Pero, la verdad, no soy muy optimista.

viernes, julio 15, 2011

Franco y el poder (7: el fascismo, en la cima)

Todas las tomas de esta serie:

En el marco del franquismo, la postura respecto de la guerra era algo más que una mera discusión en torno al papel internacional del país o sus obligaciones ideológicas. Era un grave problema en clave interna, del cual Franco no estaba completamente seguro de sobrevivir siendo el jefe máximo e indiscutido de la nación, tal y como él pretendía; pues, esto es claro al menos para mí, contra lo que puedan pensar algunos, el objetivo primero y final del franquismo, a la luz de los hechos, no fue sustantivar la ideología fascista de Estado, ni defender el catolicismo, ni servir de coraza frente al comunismo, sino, única y simplemente, perpeturarse. De hecho, la generación de azules, los nietos del franquismo que construyeron la transición a la democracia, no estaba intentando otra cosa que eso mismo: perpetuar el franquismo. Para Franco, su prioridad siempre fue permanecer en el poder. Y, quizá, la polémica sobre la entrada o no en la guerra mundial fue el momento en el que esa permanencia estuvo (más bien, pudo estar) más en entredicho.

miércoles, julio 13, 2011

Calvo Sotelo en Telemadrid

La Historia no es cosa que atraiga demasiado a las televisiones, motivo por el cual siempre es interesante, y loable, que se produzcan iniciativas como la de ayer en la noche de Telemadrid; cadena que, aprovechando que era el 75 aniversario del asesinato de José Calvo Sotelo, convirtió su programa Madrid Opina en un debate sobre Historia, más concretamente sobre aquel hecho; debate lanzado, por así decirlo, un poco como en formato La Clave, por un documental previo realizado por historiadores del CEU.

Desde mi punto de vista, el debate sirvió para confirmar dos cosas que no son nada positivas. La primera de ellas, que en esto de lo que podríamos llamar R+GC+F (República + Guerra Civil + Franquismo) sigue habiendo mucha gente que toca de oído. La segunda, que, 75 años después de los hechos, la historiografía sigue polarizada y sirviendo a precondiciones de todo tipo. La Historia de la Guerra Civil, tres cuartos de siglo después, sigue siendo una mierda que se enfanga en detalles que no son nimios, pero cuya discusión impide la profundización hacia temas más interesantes.

Los contendientes (porque así hay que formular las cosas en España cuando se debate cualquier cosa que tenga que ver con R+GC+F) estuvieron, cada uno, en su línea. A Alfonso Bullón y Luis Togores, del Instituto CEU de Estudios Históricos y autores del documental, les tocó defender su trabajo; morlaco que les fue fácil de torear teniendo en cuenta la blandura de los tornillazos que tiraba.

A Julio Aróstegui, historiador, le tocó el papel de juzgar el documental desde la técnica y el conocimiento histórico, cosa que hizo con pulcritud pero dejándose en el tintero los elementos a mi modo de ver más flojos de dicho documental (apuntados, sin embargo, por Antonio Elorza) y centrándose en los asuntos que menos cuadraban con su propia visión de la guerra civil y la defensa de su tesis principal sobre la misma.

Antonio Elorza hizo de embajador en el programa de la cosmovisión hecha decreto con la Ley de la Memoria Histórica. Cabreado desde el primer momento, según él porque pensaba que se iba a hablar de otra cosa en el programa, se encontró con que el tema era el asesinato de Calvo Sotelo, ergo, de alguna manera, la responsabilidad del PSOE en el mismo; tema que a todas luces no le gustaba y que le hizo exclamar al final del debate, en una salida de pata de banco que no venía a cuento y que le hizo, por cierto, flaco favor al citado, que al documental sólo le había faltado decir que «Rubalcaba iba en la camioneta» donde los asesinos de Calvo Sotelo se desplazaron a su domicilio. Esta nebulosidad de sus puntos de vista debilitó la crítica del documental, puesto que al menos yo saqué la conclusión de que era el que tenía las cosas más claras sobre sus puntos débiles. Pero se explicó mal y se enfangó en un asunto indefendible, tal cual es colocar el asesinato de Calvo Sotelo y el intento de asesinato de Jiménez de Asúa al mismo nivel.

Justino Sinova estaba allí para hablar, como Umbral, de su libro (sobre la prensa durante la II República) y, consecuentemente, hizo una intervención al respecto de escaso interés, porque no es la prensa, precisamente, el elemento más interesante de la ecuación de la preguerra civil.

Por último, Gabriel Albiac llegó al estudio de Telemadrid levitando y allí permaneció, a unos siete metros del suelo, durante todo el programa. Es probable que aún siga allí.

Digo que el documental salió vivo de la crítica porque en dichas críticas apenas se apuntó su gran punto débil. En el documental, Calvo Sotelo es presentado como un leal servidor de la dictadura de Primo de Rivera, perseguido por la República, líder en los últimos estertores de ésta de una heterogénea coalición de derechas. Un análisis, a mi modo de ver, demasiado superficial.

Calvo Sotelo, en primer lugar, era un político de convicciones democráticas más bien tenues. Por eso colaboró sin problemas con una dictadura. Era, además, un líder de derechas sin liderazgo, a causa (el documental lo dice) de su larga ausencia de España entre 1931 y 1934 pero, sobre todo, a causa del nacimiento de la CEDA de Gil Robles y la ocupación por parte de ésta del espectro de voto católico conservador, que es el voto de derechas español de toda la vida. La necesidad de buscar un espacio al sol de las derechas, escaso, le hizo radicalizar su discurso y coquetear con soluciones totalitarias. Esto es lo que hace que a su Bloque Nacional se una gente como Albiñana, que es presentado en el documental como «independiente», cuando el apelativo que mejor le cae, históricamente hablando, es el de primer fascista español.

El documental, por lo tanto, dejó intocado el asunto de por qué las izquierdas odiaban tanto a Calvo Sotelo. Por qué lo amenazaban de muerte en sede parlamentaria (por cierto: absurda la discusión que pretendió iniciar Aróstegui en torno al hecho de que la amenaza sólo fue una, la de Ángel Galarza. Primero, no fue la única; segundo, ¿y si lo fuera?); y por qué las izquierdas, a pesar de ser plenamente conscientes de que la muerte del diputado precipitaba la guerra civil, la festejaron. Ocurre a menudo en la Historia que cuando alguien muere fruto de la violencia política, la Historia se retrae de analizar las causas y motivaciones del asesinato, como si hacerlo supusiera justificarlo. Si esto le ocurre a los historiadores más de derechas con Calvo Sotelo, a los de izquierdas les pasa, por ejemplo, con Salvador Allende.

Como digo, este importante matiz, es decir la ideología y actuaciones totalitarias de Calvo Sotelo; el propio hecho de que el político orensano, sin ser centro ni pieza del golpe de Estado, algo sabía de los movimientos en los cuartos de banderas; los coqueteos retóricos con el fascismo realizados en sede parlamentaria, son todos elementos que no aparecieron en el documental ni en el debate; como decía, Elorza los esbozó pero Aróstegui, empeñado en sus propias embestidas, no le siguió.

Más allá, tomé nota de algunas cosas que tienen que ver con la forma simplista, tremendamente estereotipada, con que se enfrenta el problema de historiar, entender y analizar un periodo histórico como éste.

Julio Aróstegui, en este caso, creó el principal debate de la noche, que es un debate muy querido de la historiografía, digamos, progresista, del periodo R+GC+F. Según su teoría, el origen de la guerra civil hay que buscarlo en la intención de una serie de grupos de detener la labor democratizadora del Frente Popular. Teoría que, a mi modo de ver, olvida algunos elementos.

Olvida que el franquismo duró 40 años; lo cual, en sí, es una demostración de que el golpe de Estado del 36 fue realizado, apoyado o tolerado, no por «grupos», sino por masas enteras de españoles.

Olvida que no todos los integrantes del Frente Popular querían realizar una labor democratizadora. Es más: no son pocos los que piensan que las fuerzas democratizantes en el FP eran minoritarias, puesto que, aún sin tener en cuenta a la CNT-FAI, la suma del POUM, el PC y el PSOE caballerista (que no puede afirmar su voluntad democratizadora después de haber dado en 1934 un golpe de Estado para implantar en España la dictadura del proletariado) podría entenderse superaba a la suma de las izquierdas burguesas, el PSOE besteirista y el prietista; sobre todo en la calle.

En todo caso, esta teoría precisa de la desactivación del asesinato de Calvo Sotelo como elemento actuante en el estallido del golpe. Considerar que el asesinato influyó en la producción del golpe de Estado equivale a admitir que, en fecha tan tardía como el 13 de julio, el golpe de Estado era evitable; y esto no cuadra con la teoría de que estaba montado de antiguo, incluso antes, tal es la tesis de Aróstegui, de la victoria del frente popular.

Éste, a mi modo de ver, es un debate ajado e inútil; lo cual quiere decir que el programa se acabó enfangando en un debate ajado e inútil. Yo creo que para cualquier persona medianamente cultivada en los hechos de la República y la Guerra Civil y que no los analice redactando el fallo antes que los fundamentos de Derecho (cosa que siempre tengo la sensación de que hacen muchos; la mayoría, incluso) están claros dos hechos: uno, que el asesinato de Calvo Sotelo no genera un proceso ex novo de realización de un golpe de Estado. Otro, que no es un hecho inocuo para la producción, el 17 de julio, de la sublevación de Melilla.

Lo que pasa es que, a mi modo de ver, los «defensores» de la importancia del asesinato para la guerra, el dúo Bullón-Togores, no estuvieron muy finos defendiendo su tesis. En mi opinión, el principal modo de desmentir la versión de cierta historiografía, representada por Aróstegui en el debate, es afirmar que lo que hizo el asesinato de Calvo Sotelo no fue generar el golpismo, sino colocarlo más allá de la masa crítica de partidarios teóricamente necesaria para triunfar (teóricamente porque el golpe, de hecho, fracasó). Esto es: matar a Calvo Sotelo tuvo la consecuencia de que, a partir de ese hecho, y sobre todo tras el entierro, los golpistas tuviesen la sensación de que, una vez que se alzasen, la gente en la calle les recibiría con los brazos abiertos como los garantes del orden que demandaban.

¿En enero había ya militares conspirando? Por supuesto. Y, antes de enero, conversaciones en Roma para ganar a Mussolini para el golpismo monárquico. El golpismo antirrepublicano comienza el día que las clases propietarias, agrarias o industriales, se dan cuenta de que la República no les va a aportar nada; nómina de indignados a la que rápidamente se unió la Iglesia (y estuvo aquí hábil Bullón recordándole a Aróstegui que estaba intentando minimizar las quemas de iglesias como factor de la ecuación golpista) y, poco a poco, el ejército.

Porque el hecho de que ya exista golpismo antes del Frente Popular no quiere decir que ese golpismo fuese viable. De hecho, esto es algo que Franco le confesó a Portela cuando le instó a poner orden en el país tras las votaciones del 16 de febrero del 36, y Portela le espetó, de gallego a gallego, que mejor que lo hiciese el ejército. Por Franco, pues, sabemos que en febrero del 36 los militares que, aceptemos la versión arosteguiana, querían acabar con la labor democratizadora del Frente Popular (que, por cierto, ¿cómo se puede querer frenar la labor de alguien que todavía no gobierna?), sabían bien que carecían de músculo social para dar un golpe de Estado. Pero el 17 de julio sí tenían la sensación de tenerlo. Y sostener que el asesinato de Calvo Sotelo no tiene algo que ver con eso es, en mi modesta, de aurora boreal historiográfica.

Otra cosa que eché de menos en el documental fue el golpe del 34, luego citado en el debate como de pasada. A veces me da la impresión de que los historiadores españoles tenían todos gripe el día que en la carrera se explicó el golpe del 34, porque pasan por él sin romperlo ni mancharlo, cuando es el gran elemento que anima el debate sociopolítico del 36. Casi todo lo que hacen las izquierdas en el 36 tiene por frontispicio el golpe del 34; y la violencia obrerista del último año de la República se justifica, a sus ojos, como respuesta de equilibrio ante la violencia ejercida por el gobierno de las derechas al reprimir el golpe del 34. El odio a Calvo Sotelo tiene mucho que ver con las cosas que decía sobre aquella asonada revolucionaria y sobre la actitud de las izquierdas hacia ella. Pero en el documental, como digo, el golpe ni se cita.

Más allá, algunos de los argumentos habituales de la historiografía más de izquierdas.

Primer argumento: aquella violencia era normal en el marco de una Europa en la que todos andaban a tiros unos con otros (Elorza). Según y cómo. Esta teoría genera una especie de fatalismo sociohistórico en el que al menos yo no creo; en realidad, si analizamos el mundo de entreguerras, descubriremos que eran mucho más los países que no se dieron de leches que los que sí. La postura contraria es fuertemente eurocéntrica.

Y es que la Europa de los años treinta era el escenario de una serie de estrategias muy concretas; estrategias de las que sus animadores y ejecutantes son históricamente responsables. Esos tiros se pegaban por la acción de una serie de movimientos de agitación, fascistas en las derechas y comunistas (o sea, fascistas de izquierda) al otro lado. Los comunistas seguían instrucciones muy concretas de la Internacional, que están sobradamente documentadas y que le permitieron a Elorza decir, según mis notas, que el PC no era un partido revolucionario. Supongo que se refería a que el comunismo, en aquel entonces, obedecía a la orden de Moscú de colaborar con los partidos burgueses. Pero que lo hacía para darles un hachazo final también es obvio. Además, decir que no era revolucionaria una formación que apoyó el golpe del 34, que fue revolucionario, no sé muy bien cómo se come: ¿PRTP (Partido Revolucionario a Tiempo Parcial)?.

Segundo argumento: el asesinato de Calvo Sotelo no tiene demasiado de inusual en el marco de la violencia del 36. En este terreno, de nuevo Elorza sacó a relucir varias veces el caso del penalista socialista Jiménez de Asúa, también diputado, ponente de la Constitución del 31 y abogado defensor de las malas bestias de Castilblanco. A don Luis, efectivamente, lo intentaron matar unos falangistas en la calle Goya disparándole desde un coche (que, mira que hay que ser mindundi, se les gripó unas calles más abajo). Se cargaron a su guardaespaldas, pero Asúa salió vivo.

Una vez, y otra, y otra, y otra, y las que te rondaré, morena, cierta historiografía lleva décadas empeñada en no entender una diferencia esencial: si una persona es asesinada por la ETA, está mal; pero si sus asesinos son miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado; si son policías y guardias civiles, que, además, para poder asesinar a la víctima se escudan en el hecho de estar realizando una detención oficial, la cosa es mucho, mucho, muchísimo más grave.

Un asesinato por terroristas genera la duda sobre la protección efectiva que las fuerzas del orden. Un asesinato por miembros de las fuerzas del orden genera dudas sobre el orden en sí. No entender esto, evidentemente, es no entender la importancia del asesinato de Calvo Sotelo. Es natural que las personas que no comprenden este elemento miren sin comprender cuando se les dice que el cadáver del político gallego alimentó la convicción de media España de que estaba más segura alzada en armas que en casa jugando al julepe.

El tercer gran elemento del argumentario que se vio en el debate fue el intento de aislar, como en compartimentos estancos, el atentado contra Calvo Sotelo y el PSOE. Esto es algo, ya lo hemos dicho muchas veces, que es sempiterno en la historiografía de izquierdas, y las propias memorias de los republicanos de dicha ideología. Todo lo malo hecho por el bando republicano, desde el propio asesinato de Calvo hasta las matanzas de la Modelo de Madrid o los fusilamientos de obispos, fue siempre obra de incontrolados. La memorabilia republicana divide a sus propios partidarios, por lo tanto, en controlados, que son los republicanos buenos que estaban realizando esa labor democratizadora contra la cual se alzaron los militares; e incontrolados, que son unos tipos chulos, violentos, revolucionarios, de cuyos desmanes nadie responde; ni siquiera los gobiernos que se los permitían, formados por controlados.

De una forma torpe, se intentó contestar el argumentario del documental, que dice sin decir (la verdad, no sé por qué esos melindres; lo que es, es) que el PSOE, si no estuvo en la organización del atentado, conoció sus autores y los encubrió. Lo primero es algo que no se ha demostrado nunca ni se desmostrará, entre otras cosas porque la anécdota del cambio de escolta de Calvo Sotelo es mucho más confusa de como la cuenta el documental. Lo segundo está fuera de toda duda. Tanto Zugazagoitia como Prieto, y esto como mínimo, sabían perfectamente quiénes habían matado a Calvo Sotelo apenas horas después de producido el asesinato. Y se callaron. Esto es algo, y aquí sí que tuvo razón el profesor Bullón al comentarlo, que no está sujeto a interpretación o mayores confirmaciones; es algo confesado por ambos protagonistas.

La historiografía, de ambos bandos, nunca ha valorado suficientemente, a mi modo de ver, la importancia de este factor. Los dos grandes sentimientos que, es mi opinión, animaron a media España a volverse golpista, empiezan por i. Uno es, ya lo hemos dicho, la inseguridad: en un país en el que la policía se llevaba aforados en una camioneta y les descerrajaba la nuca, nadie estaba a salvo. Pero el otro es la impunidad. Siempre he pensado, y sigo pensando, que el gran error sectario de Casares Quiroga en el 36 fue permitir que un tipo que había ametrallado a unos manifestantes y disparado a quemarropa en el pecho de un joven, el teniente José Castillo, anduviese tan tranquilo por la calle, sin causa formada, expediente ni mínima sanción. La inseguridad es un sentimiento jodido; pero la impunidad, o si se prefiere la impotencia ante la impunidad, es un sentimiento estragante, que pone de muy mala hostia. El tipo que se siente inseguro quizá huye; el que, además, tiene sensación de impunidad en su contrario, no huye; se queda y pelea, aunque sea a mordiscos.

Como quizá, espero, se ha podido ver en los párrafos de este comentario, el debate histórico fue, más bien, un debate histérico, centrado en aspectos menores del problema, matices incomprobables (como la exégesis de por qué Azaña entrecomilló el sintagma «Frente Popular» en una carta a Cipirano Rivas, que es algo que pudo hacer por varias razones distintas) y elementos muy relacionados con la polémica política presente. Hubo, incluso, quien se quejó de que se sacara este tema ahora con la que está cayendo; olvidando, elegantemente, que la que está cayendo ahora, en este tema, es fruto de la invención de la Memoria Histórica, esto es, es el fruto de un proceso iniciado por quienes ahora, parece, lo quieren parar. En el paroxismo de centrarse en detalles estúpidos se llegó a criticar que el documental hubiese utilizado un corte de una «película fascista» sobre el Alcázar; cuando la citada escena no hace sino reproducir, coma a coma, las actas de las Cortes.

Como consecuencia de un debate de tal mala calidad, hubo elementos cruciales de la polémica histórica que quedaron ignotos. Citaré, porque me parecen los más importantes, la personalidad de los asesinos, tanto Condés como Cuenca y el guardia José del Rey. La entrevista previa con Alonso Mallol, que es de todo punto irregular por participar en ella Condés (que no era guardia de asalto) y más aún Cuenca, que era panadero. Un documental relativamente largo y un debate de hora y media no hicieron el menor esfuerzo por esbozar la mínima hipótesis, o ramillete de hipótesis, sobre quién, cuándo, cómo y por qué decidió matar a José Calvo Sotelo.

Un ejemplo, pues, triste, de lo inmadura, sectarizada y, al fin y a la postre, tuerta, por decirlo elegantemente, que está nuestra historiografía de la República, la Guerra Civil y el Franquismo.

jueves, julio 07, 2011

De salarios reales

He leído en un reciente estudio patrocinado por Edad & Vida (accesible aquí), dedicado a las necesidades de jubilación, dos tablas que desplegaban los incrementos salariales medios producidos en la economía española desde 1920, así como la evolución estimada de los precios desde la misma fecha; combinación de datos que permite inferir el crecimiento real de los salarios, esto es con, o sin, ganancia de poder adquisitivo. Esto me ha llevado a mirarme las cifras un poco más a fondo y hacer algún que otro calculín.

El gráfico que sigue es la expresión de la evolución de los salarios reales (esto es, descontada la inflación) en el periodo considerado. De alguna manera, por lo tanto, este gráfico «dibuja» la evolución del poder adquisitivo de los salarios del trabajador español medio por cuenta ajena.




Bueno, este gráfico, supongo, responde a una cuestión que tal vez alguien se haya hecho una vez, y es la referente a la evolución del nivel de vida del español medio. Si por nivel de vida entendemos capacidad de compra, podemos entender que el español, o trabajador, español medio del año 2009 quintuplica en nivel de vida al de 1920. Viéndolo en términos históricos, pues, una explicación de por qué en los años veinte existían el pistolerismo, las ideologías revolucionarias y la lucha de clases en una intensidad distinta a la actual, ello tiene que ver con que los trabajadores eran cinco veces más pobres que sus homólogos del tiempo presente.

En el gráfico se aprecia perfectamente, por otra parte, el impacto que supuso la llegada de la II República que, como sabemos, actuó en el terreno de los salarios, sobre todo de los rurales, a través de la famosa Ley de Términos Municipales, que en no pocos lugares del sur de España multiplicó los jornales por dos. La citada ley impedía que los contratadores (o sea, los terratenientes; porque esa dinámica retórica de decir que se hacían leyes contra los ricos ya se daba entonces, mucho más incluso) pudiesen especular a la baja con los jornales que ofrecían a los eventuales del campo amenazándolos con irse a otro pueblo a buscar gente más necesitada que ellos. En suma, un empleador de Bollullos de Abajo no podía ir a Bollullos de Arriba a buscar jornaleros mientras quedase un solo parado en la plaza de su pueblo. A esta ley, llena de buenas intenciones, le pasó lo que a muchas otras normas bienintencionadas, y es que fue agarrada por las hojas por algunos, más concretamente los sindicatos; los cuales, en muchos lugares, la convirtieron, en la práctica, en una Ley de Términos Municipales y Afiliación Sindical; esto es, no sólo has de contratar a los del pueblo, sino, con prevalencia, a los afiliados al sindicato fuerte de la comarca.

El poder adquisitivo de los salarios cae dramáticamente al iniciarse la pavorosa década de los cuarenta, es decir los años de las privaciones, las cartillas de racionamiento, la autarquía y los errores. A España, ser fascista le sentó de pena, y los trabajadores españoles pagaron la autarquía franquista con veinte años de comida de mocos, durante los cuales hubieron de vivir con el mismo nivel de vida que habían tenido veinte, treinta o cuarenta años antes; o sea, como si hoy tuviésemos que vivir como vivíamos en 1971.

El gran momento de la recuperación de los salarios reales se produce durante la famosa, por muchas causas, década de los sesenta; que aquí lo es, fundamentalmente, por dos fenómenos: los planes de desarrollo, que impulsan la economía no agrícola a cotas hasta entonces inimaginables; y la emigración masiva, sobre todo hacia una Europa que va también como un tiro, que eliminó de la economía española el fenómeno del paro obrero masivo; España no tenía parados porque los parados, en España, se iban a Alemania, como el pariente aquél con el que hablaba Josele por teléfono en su famoso sketch Vente p'España, tío.

La gráfica explica perfectamente el baby boom. Es lógico que los trabajadores jóvenes de los años sesenta hiciesen caso de la máxima católica -hijos, los que Dios te de-, puesto que estaban en un entorno histórico de ganancia de poder adquisitivo; los años en los que llegó la capacidad de comprarse la tele, el coche, las vacaciones en la costa de Tarragona, y esa gitana de porcelana que compró tu padre en Málaga y que tú todavía tienes en tu salón, no sabes muy bien por qué dado que es de dudoso gusto. Aquello no se volvió a repetir ni, probablemente, se repetirá. Y es una lástima, porque, en realidad, al menos en mi opinión, es una tontería discutir sobre políticas de apoyo a la familia. La mejor política de natalidad es empinar esta gráfica.

Hasta que se murió, en 1975, Franco le repetía en los consejos a sus ministros económicos la misma cantinela cada vez que le contaban lo mal que estaba la cosa: ya, pero no suban la gasolina. Desde 1973 había una crisis de mil demonios pero el franquismo, cuya economía tenía multitud de precios sometidos a decisión pública (el teléfono, la gasolina, etc.), consideraba que había que mantener la baratura del carburante y que así se le evitarían males mayores a la gente corriente. Franco, pues, tuvo una grave laguna teórica, consistente en pensar que una crisis económica se puede superar a base de hacer como que no está ahí, y así nos fue.

Aquello era algo lógico del carácter militar de nuestro caudillo. En la monumental Historia de los Forrenta Años, de Forges, hay una viñeta impagable en la que se ve a Franco estudiando los planos de un Valle de los Caídos en construcción, rodeado de arquitectos falangistas que sudan la gota gorda. Uno le musita: «Excelencia, dicen los ingenieros que el terreno no tiene consistencia». Y Franco, sin despegar los ojos del plano, contesta: «Díganle a la consistencia ésa que venga». Igual que se creía con capacidad de darle órdenes a la consistencia del terreno, también la creía tener para darle órdenes al precio de la gasolina.

La consecuencia, en términos de salarios, es que a partir de 1976, cuando la cosa cambia, el ritmo de ganancia de poder adquisitivo se frena. No se para, desde luego, y esto es algo que es atribuible a los Pactos de la Moncloa, primero, y a la política realista practicada por los primeros gobiernos socialistas, después. El crecimiento de los salarios se frena aún más en los años noventa, a pesar de que son años expansivos; y, en lo que se refiere a la presente crisis, puesto que es presente, la serie carece de datos que permitan juzgar adecuadamente la cosa.

He hecho el ejercicio de simular carreras salariales continuadas de 30 años, para ver cuál es la ganancia de poder adquisitivo en cada una. Luego las he ordenado de mayor a menor. El resultado es que el chollo total de ganancia de poder adquisitivo del siglo XX en España es la carrera laboral 1952-1982. El pollo o gallina que curró esos años obtuvo, en términos medios, un nivel de vida en el año de Naranjito que era 3,87 veces el del primer año que curró; seguido muy de cerca por la carrera 1951-1891, con un multiplicador de 3,81, y la carrera 1960-1990 (3,71).

El cagao maravillao de la serie es el español que comenzó a trabajar en 1934 y terminó en 1964, pues lo hizo, según los datos, con un nivel de vida que era, mutatis mutandis, la mitad de cuando era joven (y el modelo no tiene en cuenta, además, que se retiró prácticamente sin derechos de pensión).

En el largo plazo, las volatilidades de las dos magnitudes básicas (aumento de salarios y aumento de precios) son bastante parejas. La desviación estándar de la serie 1920-2009 de incrementos salariales es 0,0864, mientras que la de los precios es 0,0733.

miércoles, julio 06, 2011

Franco y el poder (6: the caudillo goes fascist)

Todas las tomas de esta serie:

Esta parte de la descripción de la Historia de la relación del general Franco con el poder no es apta, quiero dejarlo claro desde el principio, para todos aquéllos que consideren que autoritario o dictatorial son términos sinónimos de fascista. Estos lectores no entenderán por qué se habla, en estas notas, de una etapa fascista de Franco y se postula, por lo tanto, que las hubo no-fascistas. Para mucha gente, en efecto, Franco fue un devoto creyente del fascismo del primer tercio del siglo XX que lo practicó hasta el último día de su vida. El autor de este blog siente confesar que considera esta visión, digamos, limitadita. Franco tuvo una etapa fascista que no coincide ni siquiera con los años de pujanza del fascismo alemán e italiano. Una dictadura es un régimen que niega las libertades de los individuos y la expresión de una o más ideologías. Un régimen fascista niega todo lo que no es él mismo; hay, pues, una diferencia entre dictatorial y fascista que no hace al primero más deseable; pero sí lo hace distinto. Éste es un postulado capital para entender todo lo que viene detrás.

lunes, julio 04, 2011

Sobre la(s) crisis económica(s)

Creo que no sería sano para el blog que me embarcase en una contestación a Tiburcio punto por punto, porque las polémicas han de terminar en algún momento o, si se prefiere lo mismo dicho de otra forma, un blog no puede convertirse en un matrimonio. Así pues no voy a puntualizar a mi colega probiscídeo, aunque no dejaré de invitarle a plantearse qué le habría pasado a la humanidad si, llevada por la necesidad de enfrentarse a un what if respecto del que carecía de constancia, se hubiese embarcado en hacerle caso a Malthus y hubiese practicado durante el siglo XIX el control consciente en el crecimiento de la población. En fin, eso de prevenir situaciones por si son ciertas parece ser un dechado de virtudes; pero sólo lo parece.

Más importante me parece reflexionar, un poco más a fondo, sobre las crisis económicas y su producción, ahora que estamos en medio de una de las gordas. En parte estas líneas tienen la intención, no la escondo, de colocarle un grano en el lacrimal a Tiburcio, pero también, de alguna manera, van más allá de lo que él ha escrito y tratar de ir hacia una visión histórica más general. A ver si lo consigo.

Mi primera proposición: yo no soy partidario, en el mundo moderno y concibiendo la expresión como la civilización occidental al menos desde 1750, de afirmaciones del tipo: «la crisis económica fue provocada por los Bla», siendo bla un colectivo finito de humanos distinto de los gobernantes. En realidad, ya me gustaría a mí poder creer que los banqueros, o la Mesta, o los catalanes, o los indignados, son capaces de crear una crisis sismética, esto es una crisis susceptible de arrastrar incluso a quien no tiene condiciones para entrar en crisis. Lamentablemente, al menos yo, no puedo.

Sé que la visión de un mundo dominado por un estrecho grupo de personas reunidas en un sótano es muy atractiva; hay incluso quien se ha forrado escribiendo libros que más o menos abonan esa tesis. Lo cierto es que el mundo moderno está formado por una multiplicidad de puntos de decisión que dificulta mucho esa concordancia, incluso si existiese; que yo, sinceramente, si no me creía las historias de Hitler sobre la conspiración mundial judía, si no me creía las de Franco sobre la masonería como fuerza internacional supragubernamental, no veo por qué me voy a creer que la cuna del mundo sea mecida por la mano del Club Chorranberg o de los pérfidos banqueros. Montar una crisis económica es algo tan difícil que ni siquiera las catástrofes lo consiguen. En agosto de 1983, el 8%, repetimos, el 8% del PIB del País Vasco desapareció en menos de una semana. Chao, finito, kaput. La patria de Sabino Arana valía un día 100, y una semana después 92. La diferencia se fue por el desagüe de una cosa que entonces se llamó gota fría. Seis meses, un año, dos años más tarde, que yo sepa, los pobres, famélicos niños euskaldunes no iban por la calle mendigando un mendrugo de pan, y sus padres no sesteaban en kilométricas colas de desempleo (al menos no más largas que las del resto de España, o de Europa). Como digo, una crisis no es tan fácil de montar.

Me cuesta entender este asunto de los banqueros, en primer lugar, por la cantidad de pasta que han perdido. Entiendo que las noticias que medren en los periódicos e internet sean aquéllas de los ejecutivos financieros que han conservado y aún incrementado sus sueldazos; pero eso no puede esconder el hecho de que hay países donde los banqueros privados han sido arrasados casi al completo (Irlanda, por ejemplo) y se han quedado sin bonus, o sin trabajo. No se acaba de entender que alguien monte un momio para quedarse con el culo al aire. De donde cabe deducir que, quizás, haya más cosas.

Una cosa que no veo que se destaque lo suficiente de la crisis del 2008 y de 1929 es que ambas son crisis de sobreproducción. La del 29 más industrial con remate en el sector financiera, la del 2008 financiera con remate en el sistema productivo. Pero en ambos casos se produce un recalentamiento económico que es el que provoca las prácticas que llevan a la crisis.

Veamos. El negocio bancario, dice un viejo aforismo sajón, es un 2-3-3: capta dinero al 2, préstalo al 3, y a las 3 vete a jugar al golf. Esto es lo que se denomina margen financiero y es el teórico centro del negocio del crédito; no se diferencia gran cosa del dueño del bar que paga tres céntimos por una taza de café por la que cobra un euro diez (práctica que, por cierto, por alguna razón mucha gente considera más ética que la del banquero), sólo que en este caso la materia del negocio es el propio dinero.

Los bancos captan pasivo, y lo captan retribuyéndolo porque el pasivo también tiene su ley de la oferta y de la demanda. Una vez que han captado pasivo, no ganan nada reteniendo ese dinero en sus cajas; tienen que ponerlo a trabajar para que gane tanto dinero como el necesario para pagar los intereses comprometidos, y algo más. Un banquero, por lo tanto, no gana nada teniendo un pasivo de la leche junto con un activo negligible. En este caso, lo más probable es que sus accionistas lo reputen de gilipollas.

El negocio bancario se asemeja al gesto que hace Iniesta en el anuncio de Kalise: vamos, tiki-taka, tiki-taka. El dinero tiene que moverse. Y tiene que moverse, además, en condiciones de liquidez. Porque si suponemos un banco que ha captado 1.000 euros prometiendo el 3% anual y luego va y presta esos 1.000 euros comprando un bono cupón cero a siete años, es evidente que hay un problema: al final del primer año, el depositario de los 1.000 euros exigirá sus 30 de intereses, pero el banco, como no va a cobrar hasta seis años más tarde, no tendrá con qué pagarle.

De aquí podemos sacar una conclusión lógica: si el dinero tiene que moverse, si una mano presta lo que la otra capta, cuando más dinero capte el sistema bancario, más créditos dará. Porque si no los da, entonces está concentrando en sí mismo las pérdidas del sistema. Es su cuenta de resultados, que capta pero no presta, la que presentará pérdidas.

Este efecto ha sido descubierto desde hace décadas, en puridad más de cien años, por los bancos centrales. Teóricamente, los bancos centrales están ahí para vigilar la solvencia de las entidades financieras. Solvencia quiere decir que la entidad tiene (o va a generar en el futuro) recursos suficientes para responder por todo lo que ha prometido. En la práctica, sin embargo, los bancos centrales, y muy especialmente desde que Milton Friedman escribió sus libros, existen también como instrumentos de política económica. Los bancos centrales pueden controlar, más o menos, la masa monetaria; la cantidad de dinero que hay en el sistema. También pueden controlar lo que los bancos hacen o no hacen. Por lo tanto, pueden controlar la temperatura de la olla llamada economía. Si concebimos la economía como un metrónomo de ésos que usan los estudiantes de música, el banco central tiene la capacidad de establecer la cadencia con la que va a sonar dicho metrónomo.

Los economistas, y los políticos, y por supuesto los gobernadores de los bancos centrales, saben desde hace mucho tiempo, otra vez cien años como poco, que lo importante de la economía son los fundamentals y los equilibrios. Que, en el fondo, son la misma cosa. Una economía sana correlaciona sus grandes elementos de una forma sana. Conseguir mucho crecimiento con mucha inflación es relativamente sencillo. Es lo que ha hecho Islandia durante décadas, sin ir más lejos, y es por eso que en los años en los que en toda Europa había parados a tutiplén en Islandia no había paro, pero había inflación de dos dígitos. También es relativamente fácil controlar los precios sin crecimiento; las economías centralizadas lo hicieron durante décadas, eso sí, a base de tumbar su competitividad por los suelos y generarle a sus ciudadanos un nivel de vida subsahariano. Lo jodido es crecer, generar empleo, tener una inflación baja, y poder financiar todo eso con dinero básicamente propio.

Toda economía se asemeja, pues, a un anciano que sufre diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia y fibrilación auricular ( o sea: la economía es mi madre) y todas esas dolencias las trata. A base de insulina, inhibidores de la angiotensina, sinvastatina y sintrón, el anciano tiene calidad de vida; tiene, incluso, la sensación de que cada año está mejor. No obstante, es ineluctable que, algún día, alguno de estos cuatro fundamentos de su salud se descojone; y, además, ese descojone suele correlacionar con algún otro que también comienza a dar problemas.

La economía mundial que salió de la primera guerra del golfo era ese anciano; lo que pasa es que el subidón de autoestima que le provocó la bajada del petróleo le hizo creer que no sólo se sentía bien, sino que se iba a sentir cada vez mejor. Tuvo una recaída breve pero muy grave en el 92, pero no le hizo ni puto caso. Lo mismo ocurrió, por cierto, en la Europa y los EEUU de entreguerras, embarcados en una razzia expansiva hija del concepto de que el mundo había cambiado, que no habría más guerras, que Versalles lo había dejado todo tied, and definitively tied, y que el mundo entraba en una fase de movimiento uniformemente acelerado.

Los años noventa animaron a los gurús del momento, no pocos de ellos asesores gubernalmentales, a anunciar el fin de la Historia a lo Fukuyama y a sostener que el crecimiento continuado era posible. Esto se postuló, por ejemplo, de los precios inmobiliarios, que jamás descenderían ya. En este entorno, los gobernantes vieron el cielo abierto. Para ellos, la novedad era ambrosía.

Entiéndase. Ningún gobernante quiere gestionar entornos a la baja. Tienes que parar carreteras que otros comenzaron a construir. Tienes que negarle a la gente cosas que otros les prometieron. El nuevo entorno económico fue abrazado, primero que por nadie más, por los gobernantes, porque les ponía un piso. Les permitía pensar en su oficio como un eterno ofrecer más que el anterior. Al fin y al cabo, la paga con la que un gobernante ofrece cosas es un determinado porcentaje del PIB; si el PIB cada vez es más grande, el porcentaje también lo será, luego la capacidad de comprar cosas para el pueblo también será más grande.

Una cosa que me sorprende no se destaque lo suficiente, en este punto, es que la crisis de las hipotecas subprime nace de una decisión del Congreso de los Estados Unidos, animada por el presidente Clinton, que obligaba a las dos entidades hipotecarias semipúblicas, Freddy Mac y Fanny Mae, a que concediesen el 55% de sus préstamos a personas cuyos ingresos estuviesen por debajo del ingreso mediano americano. Dicho de otra forma: ¿cómo podemos ahora reprochar a los banqueros que prestasen dineros a personas con alto riesgo de insolvencia, si los gobiernos poco menos que se lo estaban pidiendo (cuando no obligando)?

¿Por qué hacían eso los gobiernos? Pues, sencillo: para cebar la máquina de la expansión. En Brasil, cada año, centenares de miles de ciudadanos abandonan la pobreza e ingresan en las clases medias. Este tipo de política practicada por Lula (afortunadamente para él, con mayor mesura y planificación que en otros lugares) es el tipo de política que se ha generalizado en las casas blancas del mundo en los últimos veinte años. Los españoles no somos ajenos a eso; ¿acaso todas las prestaciones que hemos visto incluirse en el catálogo de pagadas por la sanidad pública pueden considerarse imprescindibles para la salud? No. Pero ganan votos. Si los políticos se rigiesen por el bien común, gastarían el dinero teóricamente sobrante de la sanidad pública en habilitar plazas para enfermos psiquiátricos; lo que da votos, sin embargo, es financiar operaciones de cambio de sexo. Desde cualquier punto de vista, es inmoral prestarle un solo euro a alguien que quiere ser mujer, por mucha angustia que le provoque ser tío, mientras haya una sola familia en España pasando las noches acojonada temiendo que su joven hijo esquizofrénico se brote, saque el cuchillo jamonero y se los pase a todos, uno a uno, por la piedra.

«¡Más madera, es la guerra!», gritaba Groucho Marx. Los modernos grouchos están en los consejos de ministros y gritan: «¡Más masa monetaria, es la expansióooon!» Cada vez más crecimiento. Cada vez más rentas, más consumo. Cada vez más dinero. O sea, cada vez más pasivo bancario. Ergo activo; hay que prestar. Hasta llegar a un punto que se prestaba sin tasa y sin garantía. Cuando los banqueros se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, y éste es el punto en el que converjo con Tiburcio, titulizaron la mierda para esconderla. Pero la mierda, al final, huele.

Lamento opinar que los libros de Historia Económica del siglo XXII harán poco hincapié en la titulización de hipotecas subprime y la culpa de los consejos de administración de los bancos. Esos manuales, muy al contrario, hablarán de las estrategias de recalentamiento sin red, amasadas por los bancos centrales, por ejemplo en Alemania, donde el Bundesbank sabía muy bien cuáles iban a ser las consecuencias del cambio 1:1 entre marcos del Este y del Oeste dictada por Helmut Kohl, pero le dio igual; porque en ese momento, ni la inflación interna ni la estabilidad monetaria le importaba un guaino, todo lo que le importaba es que el Jefe se hinchase a conseguir votos en aquellas tierras donde la gente se había acostado proletaria y se había levantado clase media, sin solución de continuidad.

Lo dicho: el poder sobre el bien común en su vertiente financiera, es decir los bancos centrales, sabe medir la temperatura de la olla, y tiene la capacidad de regularla. No puede mirar ahora la olla reventada con ojos de tontuelo, simulando que no logra entender lo que ha pasado. Somos hijos de la convicción de los gobernantes de que ya nunca jamás le tendrían que prometer a sus ciudadanos sangre, sudor y lágrimas.

Y lo realmente, realmente, realmente preocupante de la presente crisis económica, a mi modo de ver, es que lo siguen pensando.