miércoles, julio 06, 2011

Franco y el poder (6: the caudillo goes fascist)

Esta parte de la descripción de la Historia de la relación del general Franco con el poder no es apta, quiero dejarlo claro desde el principio, para todos aquéllos que consideren que autoritario o dictatorial son términos sinónimos de fascista. Estos lectores no entenderán por qué se habla, en estas notas, de una etapa fascista de Franco y se postula, por lo tanto, que las hubo no-fascistas. Para mucha gente, en efecto, Franco fue un devoto creyente del fascismo del primer tercio del siglo XX que lo practicó hasta el último día de su vida. El autor de este blog siente confesar que considera esta visión, digamos, limitadita. Franco tuvo una etapa fascista que no coincide ni siquiera con los años de pujanza del fascismo alemán e italiano. Una dictadura es un régimen que niega las libertades de los individuos y la expresión de una o más ideologías. Un régimen fascista niega todo lo que no es él mismo; hay, pues, una diferencia entre dictatorial y fascista que no hace al primero más deseable; pero sí lo hace distinto. Éste es un postulado capital para entender todo lo que viene detrás.

El fascismo exige un partido único y una táctica, práctica y cosmovisión única. Todos los regímenes fascistas, desde Mussolini hasta Kim Yong Il, se han caracterizado por ello. El franquismo, sin embargo, tenía vocación de ser un equilibrio entre diversas fuerzas, las dos teóricamente principales de las cuales (falangismo y tradicionalismo) daban nombre al partido único. No obstante, el intento fascista fue sólo de una de estas organizaciones: Falange. Podemos discutir, y hay mucho que discutir ciertamente, si Falange era o no un partido fascista antes y durante la guerra civil. Pero lo que no tiene discusión es que conforme Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco y hábil político cedista, fue consolidándose en el poder tras convertirse en el gran estratega de la triple invasión del poder de Franco durante la guerra (Ejército, Falange, Iglesia), Falange se acabó convirtiendo en el gran caldero donde se cocía la solución fascista para España.

A lo largo de la guerra, de forma más o menos callada, y de manera especial tras los sucesos de Salamanca, Serrano fue ganándole posiciones al gran teórico heredero de José Antonio, que era Raimundo Fernández Cuesta, el verdadero camisa vieja. Desde los resortes del embrionario Estado franquista, sin embargo, Serrano maniobró a favor de sí mismo y a favor de conspicuos elementos del régimen profalangistas, que lo fueron más aún cuando se dieron cuenta de que el cuñado era una chimenea que daba mucho calor. Yagüe, Beigbeder, o Muñoz Grandes, todos ellos ambiciosos, comprendieron pronto que la alianza táctica con el falangismo dirigido por Serrano era lo más lógico, y la llevaron a cabo. No sabemos a ciencia cierta cuándo se dispara la ambición de Serrano Súñer por el ser el gran Conducator español. Es difícil que lo fuese durante la II República, en la que fue un devoto y disciplinado cuadro partidario en el parlamento. Sin embargo, su paso a zona nacional en la guerra, el recogimiento de Franco, y los excelentes servicios que, como buen conocedor de la alta política, le hizo al general su cuñado en el manejo de las manijas del poder, le enseñaron que era, por decirlo mal y pronto, la hostia.

Hay que entender, por lo demás, que los políticos de derechas republicanos, o quizá sería mejor decir de los tiempos de la República, no veían todos con buenos ojos una solución militar para el poder en España, que reputaban, al fin y al cabo, provisional. Es por eso que, en mi opinión, la mejor forma de describir el régimen franquista es la expresión dictadura militar, porque el ejército fue el valedor de Franco desde el principio hasta el final. El cadáver de Franco fue rodeado por unos azules, tecnócratas del partido único, que estaban ya jugando otro partido; una Iglesia católica que, dirigida por el cardenal Tarancón, tampoco le era afecta al franquismo; una Falange que luchaba por recuperar sus esencias y marcar distancias con el franquismo, un carlismo que se había hecho socialdemócratas, unos monárquicos que se habían hecho constitucionalistas. Lo único que le quedaba a Franco, el 21 de noviembre de 1975, eran esos viejos legionarios que se cuadraban ante su cadáver, saludaban brazo en alto y musitaban: adiós, mi general.

Esto que ocurrió a finales de los sesenta o principios de los setenta (y que tardase tanto en ocurrir es lo que hace del franquismo un hecho muy interesante para el análisis histórico) muchos, quizá Serrano, lo esperaban en 1940 para mucho antes. En el fondo, es muy probable que Serrano pensara que era inevitable buscarle una solución estable al Nuevo Estado, adecuadamente articulada. Por lo demás, en los dos principales modelos que tenía para mirarse, Italia y Alemania (por este orden), el líder elegido estaba lejos de ser un militar de prestigio; era, más bien, un líder de masas, totalitario. En mi opinión, Serrano Súñer llegó, en algún momento quizá de la segunda mitad del 38, que lo que España demandaría sería un José Antonio Primo de Rivera; y decidió ser él ese alguien. A partir de ahí, maniobró como un pájaro cuco para echar del nido a Raimundo Fernández Cuesta y buscó dentro de Falange bases sólidas que le aportasen militantes, fuerza de empuje y capacidad de influencia. Su elección por el fascismo como modo político de organización fue, probablemente, meramente accidental o pragmática; nació del hecho de que estaba convencido del triunfo de las potencias fascistas en Europa; creía nadar a favor de corriente. Pero si lo que hubiese habido en ese momento en Europa fuese una vuelta a las esencias de la vida monacal medieval, se habría hecho trapense con la misma convicción con que se convirtió en el líder de la Falange más irredenta y relapsa, franquistamente hablando.

Serrano, y ésta es es cuestión discutida, (entre otros, por él mismo) creía firmemente, en mi opinión, en las virtudes de una entrada de España en la guerra mundial. Al contrario que Franco, que sí dudaba (Franco temió toda su vida que un mal paso por su parte reavivase a sus enemigos en la guerra; por eso nunca salía del país), no tenía el menor temor que este paso generase la creación de una resistencia interior a la francesa (apoyada por los aliados y a la que, consecuentemente, los aliados prometiesen la entrega del poder) y, además, inflamado por las ampulosas declaraciones en los actos falangistas, tampoco veía que España no estuviese en posición de aceptar un esfuerzo bélico, cual era la opinión de la mayoría de los militares con dos dedos de frente; muchos de ellos convenientemente animados a ello por las sustanciosas transferencias que llegaron desde Inglaterra, al parecer intermediadas por el más famoso banquero español de aquellos tiempos.

Para Serrano, además, entrar en la guerra mundial significaba ganarla, pues en las primeras boqueadas de la Paz española ni se planteaba la posibilidad de que Hitler fuese a perder; y ganar la guerra, con la Falange apoyando a los vencedores, significaba la prevalencia definitiva del falangismo sobre carlistas, monárquicos, cedistas y todos los demás franquistas; una vía libre para constituir un Estado fascista, de partido único, con un gran conductor, él mismo, que movería realmente los hilos mientras su cuñado ostentaba una jefatura del Estado más bien estética. Este orden de cosas todavía puede leerse en los proyectos de leyes fundamentales del Estado que salieron de Falange en fecha tan tardía como 1956.

Éste era el plan básico de Serrano, y se basaba en su convencimiento de que Franco no quería otra cosa distinta de salir de las catedrales bajo palio y organizarle a los embajadores unas cuchipandas de puta madre en El Pardo; signo inequívoco de que se fijaba poco en las barcacoas familiares, porque si en algo coinciden quienes conocieron a Franco es en que bastaban tres minutos a su lado para darse cuenta de que le gustaba mandar más que a un tonto un lapicero.

En el verano de 1939, pocos días antes de la remodelación del gobierno en la que Falange escaló posiciones, se habían modificado los estatutos de FET y de las JONS, de modo que en su organigrama se colocó una cajita más entre Franco (Jefe Nacional) y Muñoz Grandes (Secretario General). Esa cajita era la del Presidente de la Junta Política, y fue ocupada por Serrano. De esta manera, Súñer se hizo llamar, desde entonces, «ministro-presidente», lo que le permitía dar a entender que presidía el gobierno (cosa que no era cierta; hasta el nombramiento del almirante Carrero, a finales de los sesenta, Franco no tuvo más presidente del gobierno que su mano derecha).

Desde un punto de vista político, Serrano se apoyó en falangismo más irredento. Sus grandes valedores dentro del partido fueron los falangistas más convencidos de las bondades del fascismo, como Dionisio Ridruejo (que moriría, décadas después, socialdemócrata y antifranquista); y, sobre todo, los entonces llamados falangistas legitimistas, que eran aquéllos que habían pasado la guerra en zona republicana, habían probado las cárceles del bando contrario y reclamaban unos méritos que nadie, en el partido, les podía igualar. Legitimista era la mano derecha de Serrano, Rafael Sánchez Mazas, el hombre cuyo fusilamiento se invoca en la conocida novela Soldados de Salamina; fue nombrado por Serrano ministro sin cartera y cesado en 1940 sin razón aparente, aunque debió de ser muy poderosa porque Mazas puso tierra de por medio y se fue a Roma. O Manuel Valdés Larrañaga, uno de los elementos fundamentales de la Quinta Columna madrileña, que había negociado directamente con Casado y Besteiro la rendición republicana y que, por ello, se creyó con ínfulas de mandamás falangista hasta que Franco se las bajó.

Este tipo de gentes fue el que usó Serrano para dar codazos y acaparar cargos en la Administración franquista, como demuestran episodios como la promoción de Valdés Larrañaga a la subsecretaría de Trabajo, en detrimento del ex jonsista Martínez de Bedoya que, según algunos, iba para ministro de Trabajo (es probable que fuese así, pues Girón responde parcialmente al mismo fenotipo falangista que Bedoya).

Con todo, el principal puntal, aparte de Serrano, del nuevo Estado falangista, cosa lógica puesto que el fascismo de Falange era nacionalsindicalista, fue la Delegación Nacional de Sindicatos del partido, al frente de la cual se situó Gregorio Salvador Merino. Las centurias de montañeros y balillas de los años cuarenta y primeros cincuenta, hasta que después de lo de Miguel Álvarez y todo aquello Franco forzase su conversión en poco menos que partidas de boy scouts, gritaban: «¡Estado sindical!» Por otra parte, es bien sabido que los pilares del Movimiento Nacional eran la Familia, el Municipio y el Sindicato. El falangismo, como ideología, es un fascismo, o si se prefiere un pseudofascismo, nacionalsindicalista. En la concepción falanjo-fascista del Estado y la sociedad, los sindicatos juegan un papel fundamental; algo que, de alguna manera, aún nos llega, como leve recuerdo, a los tiempos presentes, pues vivimos en un país en el que la función de los sindicatos está reconocida en la Constitución, esto es se articula, no desde su fuerza y representatividad propiamente dicha, sino desde una especie de derecho inmanente a articular las relaciones laborales (eso sí, mediante la negociación).

Si alguno de los lectores de este post se ha tomado la molestia de leer uno reciente sobre las recetas de Hitler para acabar con el paro, entenderá, creo yo, que todo lo que tiene que ver con el trabajo, la economía y, en el fondo, la vida social, se articula, en estados de corte fascista, a través de la disciplinada integración de todos los elementos en una sola organización. El fascismo es, fundamentalmente, identificación del Estado con algo; normalmente un partido, pero, en el caso del falangismo, es más bien con un sindicato (aunque el sindicato nace del partido, por lo que volvemos a la casilla de salida).

Cuando mucha gente piensa en la España fascista de los cuarenta, piensa en esas imágenes de los niños saludando en clase brazo en alto o los toreros ejercitando el mismo gesto antes de empezar la lidia. Ésta, con todo, es la parte estética. A mi modo de ver, el verdadero esfuerzo fascista de España se hizo a través del proyecto sindical, que era un proyecto destinado a controlar la vida económica toda. No por casualidad el primer enemigo frontar del sindicalismo falangista fue una persona salida de él, pero con un perfil empresarial (Demetrio Carceller). Los empresarios pronto se desafectaron del proyecto falangista, que en realidad los despreciaba casi tanto como despreciaba a los obreros. El proyecto falangista de Estado no se hacía a mayor gloria del capital ni del ejército, sino a la mayor gloria de una élite partidaria que se sentía con derecho a quedarse con el país después de haber ganado la guerra. De lo que no se dieron cuenta a tiempo fue de que la guerra no la habían ganado ellos; la había ganado Franco.

Pero volvamos al proyecto sindical, y a Gregorio Salvador Merino. Merino había sido jefe de Falange en La Coruña, aunque en realidad había nacido en la localidad palentina de Herrera de Pisuerga (donde también nació Girón, por cierto). Había quedado marcado por el atentado contra su padre, jefe de la CEDA en el pueblo palentino, en el que resultó muerta su madre. Al parecer, la madre exigió a los hijos, en el lecho de muerte, que perdonasen a sus asesinos, pero Gerardo no lo cumplió del todo.

De coquetear, según algunas versiones, con el socialismo, Merino pasó a conocer en 1933 a José Antonio y a ingresar en Falange el año siguiente; este tipo de sublimación política era relativamente frecuente en la época. Siendo notario en Puentes de García Rodríguez el 18 de julio de 1936, escapó del fusilamiento gracias a la ayuda de un amigo de izquierdas (al que, al parecer, devolvió exactamente el mismo favor tiempo después) y se incorporó, en zona nacional, al frente asturiano, donde fue herido. El gobierno franquista obligó a todos los notarios a reincorporarse a sus puestos, así pues Merino dejó el frente y regresó a La Coruña, donde conoció a otro falangista si cabe más radical que él: Germán Álvarez de Sotomayor.

Merino y Álvarez eran falangistas de la vertiente radical anticapitalista. Sotomayor confesaría, muchos años más tarde, que su deseo más ardiente, en sus primeros tiempos al frente del sindicato vertical, era que los empresarios les odiasen.

Ambos, Merino y Álvarez, tuvieron la ocasión de conocer directamente a Franco durante la guerra. Fue cuando tuvieron que ir a Salamanca para tratar la intención de Sotomayor de ingresar en la academia de Artillería e ir al frente y dejar la jefatura provincial coruñesa de Falange en manos de Merino. Al parecer, en la entrevista se quejaron también de algunos negocios no demasiado limpios que estaría haciendo en Galicia la hermana de Franco, Pilar (que, visto lo visto con la señora, no es como para no creerlo). También parece que ambos salieron de la entrevista decepcionados con Franco, al que reputaron persona de escasa talla política (traducción: demasiado poco radicalismo). Por lo que se refiere a Franco, ofreció a Sotomayor ser gobernador civil, de Orense, cargo que el falangista poco menos que despreció; y esto es algo que no se le hacía a Franco sin pagarlo, tarde o temprano.

Ya jefe coruñés, Merino impregnó al partido en Coruña de su talante radical. En mayo de 1938 organizó un mitin en la ciudad, al que invitó al general Yagüe. Ambos se despacharon a gusto con discursos de tinte demagógico obrerista. Merino llegó a decir que, si por él fuera, daría permiso a los obreros para que destruyesen las posesiones de la burguesía.

Ambos, Yagüe y Merino, fueron reprendidos por esta actuación, y Merino fue denunciado en la Junta Política de Falange a causa de sus querencias socialistas de juventud. Fue cesado y en marzo de 1939 estaba en el Castillo de Olite, el barco franquista que sufrió la mayor catástrofe naval nacional de toda la guerra, en Cartagena, con 1.500 muertos. Merino salió bastante ileso pero Sotomayor, que estaba con él, fue gravemente herido y quedó mutilado. Ambos fueron hechos prisioneros por los republicanos. A finales de ese mes, Merino participaría en la rebelión falangista que intentó hacerse con el control de la ciudad.

Merino, pues, era un falangista auténtico, de corte radical; uno de esos tipos en los que izquierda y derecha se funden en una extraña mezcolanza cuyo resultado es el anarconacionalsindicalismo. Al frente de la Delegación Nacional de Sindicatos, no perdió el tiempo. Merino interpretaba el punto 9 de la Falange en sentido estrictamente literal (y esto es fundamental, a mi modo de ver, para distinguir el falangismo fascista del fascistoide) y, consecuentemente, entendía que Falange tenía la potestad de dirigir y organizar la vida socioeconómica de España, a través de una herramienta, el sindicato único, que englobaría a todos los trabajadores y a todos los empresarios en un solo engranaje; teórica, pues, de pura raíz fascista.


El 26 de enero de 1940, Merino dio el paso fundamental en su proyecto nacionalsindicalista con la publicación de la Ley de Unidad Sindical, que prescribía la integración en el sindicato falangista de todas las organizaciones de estas características, con la única excepción de las cámaras de comercio y las de la propiedad urbana. En semanas posteriores, el servicio de colocación del Ministerio de Trabajo fue también transferido a la Organización Sindical, como también lo fueron los bienes incautados a los sindicatos ahora ilegales. Incluso se creó una especie de distribuidora de consumo, la CRASS (Central Reguladora de Abastecimientos y Suministros Sindicales).

En la práctica, la ley de 26 de enero suponía la desaparición de las organizaciones sindicales y patronales católicas, que habían sobrevivido a la guerra por estar la Iglesia dentro de los aliados del nuevo régimen. De hecho, cinco días después de publicada la norma, la OS ordenó mediante circular a sus delegados provinciales la inmediata intervención de los locales y medios de estas organizaciones. Estos sindicatos, por su parte, practicaron la resistencia pasiva, así como legal. Uno de estos sindicatos, la CNCA, presentó un recurso en los tribunales contra la aplicación de la ley en su caso. Por su parte, la Liga Nacional del Campo envió un escrito a Muñoz Grandes y a toda la jerarquía eclesial protestando contra una intrusión que, además, consideraba iluminada por la masonería. Ojo al dato, que tendrá su importancia algunos meses más adelante.

Cinco meses más tarde, las cosas se pusieron de cara para los partidarios del Estado fascista. La rapidísima invasión de Francia (en la práctica) por los alemanes disparó la convicción de una victoria rápida y fácil de Hitler en Europa. La Italia de Mussolini se apresuró a entrar en la guerra aquel mes, y España estuvo, según los indicios, a un pelo de hacerlo también.

Para España, la dominación de Francia por Alemania suponía reavivar las posibilidades de crecer a costa del vecino galo, especialmente en el Magreb y en el golfo de Guinea. El 14 de junio, mientras los alemanes entraban en París, tropas españolas ocupaban la zona internacional de Tánger. El general Juan Vigón, dos días después, llevó personalmente una carta de Franco a Hitler en la que se establecía el Marruecos galo (más en concreto: la unificación de todo Marruecos bajo protectorado español) como moneda de cambio para la entrada en la guerra. Lo cierto es que el Führer no aceptó esta condición, que le habría causado obvios problemas con la Francia colaboracionista, que le aportó mucho más que España (en la Francia ocupada se persiguió a los judíos como no se hizo en España, y se enviaron trabajadores forzados a Alemania a paletadas). Como poco, la oferta española de entrar en la guerra fue un trile; porque España no estaba pensando en prestarle divisiones a Hitler para que luchasen donde él necesitase sino, simplemente, en ocupar lo suyo: Marruecos y Gibraltar.

La marea profascista, sin embargo, tuvo aguas adentro de España la consecuencia de elevar a Serrano Súñer a los altares del Ministerio de Asuntos Exteriores (sin perder el control sobre la policía ni la presidencia de la Junta Política del partido). En septiembre, el flamante nuevo hombre fuerte del régimen había visitado Roma y Berlín, para preparar la entrada de España en la guerra a cambio de sus reivindicaciones territoriales, pero se encontró con un Ribentropp que, lejos de darle lo apetecido, le pedía alguna de las islas canarias y dos bases en el Marruecos español para Alemania (resulta admirable que Ribentropp supiese que las Canarias son unas islas; aunque es posible que se apoyase con notas). Este cambio de Hitler enfrió notablemente los ánimos tanto de Franco como del propio Führer, e hizo descarrilar la entrevista de Hendaya un mes antes de que se produjese. Con los años, muerto, fané y descangallao Hitler, ambos, Franco y Serrano, construyeron el mito de que habían salvado a España de la guerra, cuando los dos, aunque en distinta medida, la pretendían.

No obstante, la posición bélica de España tiene otras claves que las exteriores. Claves que tienen que ver con lo que estaba pasando dentro.

Que eran bastantes cosas.