lunes, diciembre 19, 2011

Franco y el poder (y 20: El Hundimiento, y el epílogo)

El 22 de julio de 1969, ante las Cortes, Franco pronunció su frase más famosa: «todo queda atado y bien atado». Se refería a la designación de Juan Carlos de Borbón como sucesor suyo y futuro rey de España, contra el parecer de los monárquicos más demócratas, que consideraban que ambas condiciones, la de sucesor de un dictador militar y rey constitucional, no se pueden dar en la misma persona.

Las cosas, como ya hemos intentado explicar antes en esta serie, no fueron, sin embargo, como el dictador esperaba. El escándalo Matesa, en lo que tiene de enfrentamiento cainita dentro del franquismo; el desorden creciente de la calle; y la trastienda del proceso de Burgos, en el que Franco, se ponga como se ponga, tiene que doblar la cerviz e indultar, muy al contrario de sus deseos (que tendrá la oportunidad de dejar claros en el 75), marcan un desvío claro en los planes.

Así las cosas, y en medio de esta abulia en el poder crecientemente contestada en la calle, llega la crisis de gobierno de 9 de junio de 1973, en la que Franco debe rectificar de nuevo, dando el paso, inusitado en su vida, de compartir el poder, siquiera teóricamente, con alguien: el almirante Luis Carrero Blanco, que es nombrado presidente del Gobierno.

Nunca sabremos, a ciencia cierta, si esta designación fue el fruto de una presión por parte de Carrero, o sea por parte de la vertiente del Régimen que aspiraba a perpetuarse y prefería nuclearse alrededor de un señor que no estuviese enfermo de Parkinson; o se identificó con el deseo de Franco de retirarse a la vida civil.

A mí, personalmente, creer la segunda hipótesis se me hace, sobre difícil, imposible. Es posible que Franco llegase a pensar con cierta seriedad en retirarse como Sila. Si fue así, quizás 1969 fue el año en que lo pensase con más fuerza; en dicho año, por cierto, se hicieron obras en el coruñés Pazo de Meirás para instalarle un sistema de calefacción del que carecía, lo que podría indicar que Franco se aprestaba a pasar allí los inviernos. Más allá del 69, sin embargo, no creo en esta hipótesis. Más allá del 69, Franco se encontró con un franquismo que amenazaba romperse por el cigüeñal si él no estaba; con lo que obtuvo la excusa perfecta para hacer lo que siempre había querido: ejercer, y conservar, el poder. El proceso de Burgos, sin embargo, lo convirtió en un dictador obsoleto; en la última bombilla de alto consumo procedente de la segunda guerra mundial; y la España del poder, la España banquera, exportadora y a la última, necesitaba otra receta para poder seguir avanzando, la CEE, que quedaba cerrada para el país mientras quien llamase a la puerta fuese aquel anciano tembloroso que, sin embargo, aún firmaba sentencias de muerte en la trastienda del siglo XX.

En los tiempos anteriores al nombramiento de Carrero, además, se produjo un hecho importante más: la boda de una azafata de Iberia, María del Carmen Martínez-Bordiú Franco, con Alfonso de Borbón Dampierre, aristócrata de rancio abolengo, tan enraizado en la francesa (bueno, a día de hoy franco-griega) familia real de España que incluso su hijo es para algunos legitimistas galos la persona con derechos a reinar en el país vecino si algún día deja de ser una República (suponiendo que no sea para fundar la dinastía Sarkozy-Bruni, claro). La pareja se casó el 8 de marzo y el 22 de noviembre ya tenía su primer hijo, en un gesto que parece calcado de la vieja obligación reproductiva de las dinastías reales pues, si echáis cuentas, veréis que poco faltó para que el niño naciese a los nueve meses justos, así pues la cosa sabe a aquellos reyes que incluso tenían en su noche de bodas un edecán metido en la alcoba, en plan mamporrero/auditor.

La Boda, así, con mayúsculas, por mucho que acabara saliendo como salió, empalmó al franquismo renuente a confiar en Juan Carlos y comenzó a extender la idea de una alternativa a la sucesión; alternativa que tenía la gran ventaja, para qué negarlo, de asociar el apellido Franco a la propia solución. La pareja recibió el ducado de Cádiz y el derecho de trato de Alteza Real.

El partido azul (al que, con la llegada de la democracia, nos acostumbraremos a llamar ultra), dueño de las Cortes, decretó la esclerosis legislativa del régimen, repeliendo en sede parlamentaria todo lo que no le gustaba. Así las cosas, en medio de esta balsa de aceite cuyo gobernalle manejaba el anciano de Ferrol de Su Excelencia, se llegó al 1 de mayo de 1973, un hermoso día tranquilo más en el que, comme d’habitude, el estadio Santiago Bernabéu acogió la correspondiente demostración sindical. Sin embargo, el 1 de mayo pasó otra cosa. Un policía, Juan Antonio Fernández Gutiérrez, intervenía en una reyerta callejera en la calle del doctor Mata y recibía una puñalada que acabó por causarle la muerte.

De forma inusitada, porque estas cosas en el franquismo no se daban, entre los cuerpos policiales comenzó a moverse la protesta, como si el suceso fuese el corolario de una situación especialmente reprobable por alguna razón. El 7 de mayo, unas 5.000 personas, la mayoría de ellas policías que llevaban colgando su placa, se manifestaron por Madrid y en el interior de la Dirección General de Seguridad, hoy sede de la Comunidad de Madrid, pidiendo a gritos la dimisión de Tomás Garicano Goñi, ministro de Gobernación.

A la salida del funeral religioso, en San Francisco el Grande, el general Iniesta Cano, conocido por sus ideas ultras, es vitoreado como un líder. De seguido, se organiza la manifestación, presidida por Blas Piñar y por el marqués de La Florida, presidente de la Hermandad de Alféreces Provisionales. Para entonces, la reivindicación inicial, relacionada con la muerte de un policía como sabemos, ha crecido y se ha convertido en una auténtica movida contra la permisividad exhibida por el franquismo hacia los aperturistas. Una de las pancartas de la manifestación, por ejemplo, reza: «¡Tarancón, al paredón!»; en alusión al cardenal Vicente Enrique y Tarancón, quizá el mejor exponente de la vertiente aperturista de la Iglesia. Finalizada la marcha, se canta el Cara al sol y el Yo tenía un camarada.

El problema de aquella movida no fue la movida en sí, sino la reacción de Franco.

No reaccionó en lo absoluto.

Ésta fue, a decir de muchos, la señal definitiva por la que Carrero terminó de darse cuenta de que Franco, o ya no era el que era, o pasaba. Se dio cuenta de que tenía, de alguna manera, que inventar el franquismo sin Franco; o, lo que es más difícil, el franquismo sin franquistas. Porque, probablemente harto de la eterna pelea entre azules y tecnócratas, el gobierno Carrero fue un gobierno de personas de la confianza del almirante, muchas no excesivamente significadas hasta el momento. Nombres como el de Carlos Arias Navarro, designado para el crucial ministerio de la Gobernación, un hombre desde luego franquista pero al cual, si a principios de los años setenta, alguien le hubiese susurrado al oído que sería quien anunciaría a los españoles la muerte de Franco, le habría dado un patatús.

De alguna manera, en la calle Claudio Coello de Madrid, la mañana que el coche de Carrero voló por los aires impulsado por los explosivos del terrorismo abertzale, el franquismo voló con él. Franco, a la muerte de su fiel pretoriano, diría aquello de «no hay mal que por bien no venga», pero más suena esa frase a desesperada autojustificación de un optimismo imposible, que a otra cosa. Con Carrero murió el último intento del franquismo por perpetuarse, ya sin Franco; en una intentona que, de todas formas, y si hemos de creer a algunos de los testigos de la época, estaba condenada al fracaso, porque a España no le quedaba, en 1973, ni una sola cancillería importante en el mundo que no tuviese claro el camino que debía tomar el príncipe al heredar la jefatura del Estado. Era la Transición la que estaba atada.

Franco se pasó los últimos dos años de su vida dejando hacer. Seguía recibiendo en El Pardo a los elementos ultras o inmovilistas del entorno del poder franquista, seguía palmeándoles la espalda y diciéndoles que confiaba en ellos para que la nave no se desviase del rumbo que le había marcado la Historia. Pero no podía ser tan tonto ni estar tan senil como para creérselo. En 1973, menos de un tercio de los españoles vivos, dentro y fuera de España, habían vivido la guerra, ganándola o sufriéndola. La gran gasolina del franquismo, que fueron los muchos, palmarios, evitables y en ocasiones hasta sádicos errores cometidos por las izquierdas y los nacionalismos en tiempos de la II República, se había secado; ya nadie se acordaba de las checas y, de hecho, ha seguido sin acordarse hasta que los zoupas torpones que animan la memoria histórica las han resucitado. A mi modo de ver, hay algo en el testamento de Franco, que si hemos de creer a alguno de los miembros de su equipo médico habitual fue escrito en los primeros estadios de su fase terminal, cuando el dictador aún regía razonablemente; hay algo, digo, en ese testamento de asunción de la idea, por parte del general, de que el texto habrá de ser leído por una sociedad que no lo va a entender; porque aquéllos para quienes él escribió esas líneas ya estaban mayoritariamente muertos cuando las escribió.

A Franco, lo he escrito machaconamente a lo largo de estas notas, todo lo que importó, desde el lejano día en Zaragoza en que parece se empezó a interesar por leer libros sobre política económica, fue el poder. El PODER, con todas sus letras mayúsculas. Primero, obtenerlo. Después, conservarlo. No quiero decir, exactamente, que al anciano general le importase un cojón lo que le pasara a España tras su muerte. Probablemente le puso sus exigencias al príncipe; que jamás regresaran los comunistas, por ejemplo. Supongo que Juan Carlos le diría que sí a todo; habría sido estúpido poner en peligro su sucesión por una discusión de principios.

El fusilamiento de los activistas de ETA y del FRAP es el último canto del cisne (negro). Es tristísimo escribir esto, porque escribirlo supone segar vidas, pero, ¿cómo podríamos esperar que alguien para quien toda la obsesión fue el poder no acabase su vida con una exhibición del mismo por encima de todas? No hay más prueba de poder que disponer de la vida de otros. De los señores feudales se decía que lo eran de vidas y haciendas. Los fusilamientos del 75 han de analizarse, a mi modo de ver, en directa conexión con los fusilamientos (nonatos) de Burgos. En Burgos, Franco aún tenía alguna ambición de conservar el poder, y por eso transigió, se mostró comprensivo ante la falta de consenso en el seno de su régimen en el sentido de que a los condenados a muerte en el proceso había que coserlos a balazos. En el otoño del 75, sin embargo, Franco ya no tiene horizonte por delante, y lo sabe. Además, tiene la sensación del deber cumplido. Tiene en la cabeza el diseño que sus allegados han hecho de la transición política posfranquista, un proceso al estilo Arias, con elecciones libres probablemente limitadas a los ayuntamientos y unas cortes francocensitarias que garanticen el aliento de la Bestia en la nuca del nuevo rey. Todo está atado, y bien atado. Lo único que sobra en el cuadro son los terroristas.

Así las cosas, Franco baja el pulgar. Pam. El dicho español formula: el que venga detrás, que arree. El de Franco era algo diferente: el que venga detrás, que obedezca.


Hasta aquí el relato. Ahora, el epílogo...

El dictador de España Francisco Franco Bahamonde murió en la cama y tan sólo por unos días, apenas una veintena, no lo hizo en plena posesión del poder político omnímodo del país. Estos son los hechos. Unos hechos tristes y poco edificantes para nosotros, los españoles, pero hechos al fin y al cabo, que se sobreponen a diversas interpretaciones exóticas y folklóricas, amén de toda esa plétora de relatos quizá no muy verídicos que suele hacer tanto antifranquista de la época en plena ceremonia autojustificativa. Alguna vez he leído al escritor Arturo Pérez-Reverte afirmar que uno de los problemas de la Historia de España es que nosotros nunca hemos subido a nuestro rey al cadalso y le hemos separado la cabeza del cuerpo; el gran problema de la Historia de España en el siglo XX es ése, sin duda; Franco no tuvo la muerte que para muchos mereció. La muerte, por ejemplo, de Julián Besteiro, aquel pobre socialista honrado que pensó que el general sería capaz de ser razonablemente clemente, y se equivocó.

Franco obtuvo y conservó el poder desde septiembre del 36 hasta noviembre del 75; cuarenta años, en números redondos. Un hecho que escuece, escuece mucho. Escuece tanto, que mueve a muchos a buscar, con cierta desesperación intelectual, explicaciones facilitas que sostengan este hecho y salven los muebles de nuestra Historia en el siglo pasado. Si Franco se sostuvo, se nos dice, fue gracias a la represión.

Esta interpretación, en mi opinión, es de una simpleza digna de un repetidor de la LOGSE. Franco no es, ni de lejos, el dictador más sanguinario de la Historia. Otros muchos que han arramblado con sus pueblos a lo bestia-bestia, sin embargo, no consiguieron durar en el poder, en ocasiones, ni la quinta parte que él. Pero, si es así, ¿acaso no debiéramos pensar que la represión no lo puede explicar todo?

Hay dictadores en este mundo; dictadores como Stalin, o Fidel Castro, o Hitler, o Sila. O Franco. Dictadores que anotan centenares o miles de personas asesinadas, torturadas. Dictadores que le han cagado la vida a millones de personas, que han abocado a sus países a atrasos que luego se han pagado carísimos. Dictadores, por lo tanto, hacia los que no cabe dedicar ni media sonrisa pero que, sin embargo, tienen algo. Algo que los diferencia de un simple espadón que llega, se instala en el palacio real, y se mantiene ahí a base de hostiar a todo el que pide repetir de las lentejas del primer plato.

Alemania lleva, a día de hoy, 70 años reflexionando. Preguntándose por qué, y cómo. Por qué, y cómo, una sociedad como la suya pudo contemplar cómo llegaba a la cancillería del país un tipo ridículo de bigotito, que propugnaba cosas como que las mujeres que trabajaban dejasen de trabajar para dejar paso a los hombres. Es posible que Alemania no llegue a comprender hasta dentro de algunas décadas por qué se secuestró de esa manera; aún hoy es el día que el Centro Simon Wiesenthal sigue aspirando a cazar nazis; los hechos, aun, están demasiado cerca. Pero han hecho progresos. Nosotros, los españoles, no.

Este pequeño ensayo sobre Franco y el Poder que se termina en este post debería ser sólo la introducción de otro más importante, y mucho más largo (que, eso sí, debería hacer otro; a mí, éste ya me ha dejado a little bit exhausted). Porque hasta aquí todo lo que ha hecho este humilde bloguero ha sido describir cómo un tipo ambicioso y con una notabilísima habilidad en el manejo de los tiempos llegó a ambicionar, conseguir, y conservar el Poder. Pero ésta es sólo la mitad de la historia, y ni siquiera es la más interesante. La parte más interesante sería contar cómo, de qué manera, movida por qué egoísmos, por qué miedos, por qué recuerdos y, en definitiva, por qué hábitos colectivos, la sociedad española le dio a ese general el sostén principal para conservar el poder. Durante cuarenta años.

Estas notas, sin embargo, son muchísimo más difíciles de ensayar que las ya escritas. Porque la mayoría de la Historia escrita sobre esta materia, esto que podríamos llamar la Historia Social de España bajo Franco, no es una Historia analítica, sino justificativa. No busca analizar las cosas, sino conseguir demostrar que de todo tuvo la culpa una estrecha élite de franquistas que lo mangonearon todo. Revise el lector la primera historiografía alemana de posguerra, y encontrará la misma tesis. Lo que pasa es que los alemanes han superado, en buena parte, ese estadio.

Los españoles, en cambio, seguimos abriendo cada cierto tiempo la Larousse de la estantería del salón, con el falso, vano, estúpido deseo de encontrar un artículo en la enciclopedia que nos cuente que Francisco Franco murió en la cárcel, o en el exilio.

Cualquier cosa menos reconocer que murió en la cama; porque si lo reconociésemos, acto seguido tendríamos que preguntarnos por qué.


Y puede que contestarnos esa pregunta nos arrugase un tanto la pilila.


PS: El texto completo de esta serie está a tu disposición en formato pdf en la Biblioteca del blog.