lunes, octubre 24, 2011

Franco y el poder (18: Burgos: el proceso)

Eran las cinco de la tarde del 7 de junio de 1968. José Pardines Arcay, guardia civil de Tráfico, se encontraba cerca de San Sebastián, de servicio en la carretera que unía la capital donostiarra con Madrid. Había obras en la vía que comprometían la seguridad y, por eso, los motoristas de la guardia civil estaban distribuidos cada pocos metros. Se daba la circunstancia de que Pardinas, por estar apostado antes de una curva, estaba fuera del campo de visión de su compañero más cercano. Muy posiblemente, esta circunstancia casual labró su desgracia.

Pardinas observó un vehículo cometer una pequeña información de tráfico, y lo paró. Se dirigió a la ventanilla del conductor, a solicitar la documentación, pero lo que recibió fue un disparo a quemarropa que le dejó tirado en el suelo. Los dos ocupantes del vehículo, Francisco Javier Echevarrieta Ortiz e Ignacio Sarasqueta Ibáñez, salieron del coche y lo remataron.

En el momento de realizar los disparos sobre el cuerpo inerme del guardia civil, Echevarrieta era el jefe militar de Euskadi Ta Askatasuna en la parte oriental de Guipúzcoa, y Sarasqueta eso que se llamaba, ya entonces, un liberado; un terrorista full time. Ambos, por lo tanto, eran militantes de ETA. Probablemente, agredieron a Pardines por considerar que los paraba por bastante más que una infracción de tráfico.

Un camionero que había observado el primer disparo avisó inmediatamente (debió de ser verdaderamente muy rápido, en un mundo sin móviles). Algunos guardias que llegaron aunllegaron a ver a los dos etarras disparar en el suelo a Pardines. Sin embargo, Echevarrieta y Sarasqueta lograron huir del lugar y tomaron contacto con un simpatizante de ETA, quien accedió a prestarles su coche. Ese vehículo, sin embargo, acabó topando con un control formado por dos guardias civiles. Los etarras salieron del vehículo y dispararon. La guardia civil respondió. Echevarrieta resultó muerto, mientras Sarasqueta huía monte arriba. Se refugió en una iglesia, donde fue detenido la mañana siguiente. Lo juzgó un consejo de guerra, que lo condenó a muerte, conmutada por cadena perpetua. Le fue anmistiada en 1977; aunque, bien pensado, si la causa incoada por el juez Garzón hubiese prosperado y si se hiciese juego revuelto con la dicha amnistía, tal vez hubiese tenido que volver al trullo.

La muerte de Echevarrieta despertó en la ETA la necesidad de una acción de retaliation. Al parecer, miembros de la organización como José María Escubi Larraz (Bruno) y Francisco Javier Izco de la Iglesia propusieron matar a algún guardia civil, pero el resto consideraron que una acción así podría ser impopular. En el domicilio de un sacerdote, Amadeo Rementería Basterrochea, se decidió matar al jefe de la Brigada Político-Social de San Sebastián, Melitón Manzanas.

Con su elección, ETA demostraba no ser nada tonta, puesto que escogía una víctima que difícilmente generaría rechazo en sus propios círculos o en la oposición antifranquista en general (estamos en el año 69, de todas formas; mal que le pese a los provectos luchadores contra Franco, eran tiempos en los que casi nadie le hacía ascos a la violencia terrorista de ETA). Manzanas, como máximo responsable de la unidad policial encargada de la paz social en San Sebastián, tenía tras de sí una actuación que era de todo menos suave; era el candidato perfecto para hacer aparecer la acción como el asesinato de un «verdugo» del régimen franquista.

Izco de la Iglesia fue designado para realizar la acción, junto a dos liberados llamados Aquizu y Echave, venidos de Francia para la acción. Como contactos encargados de ayudar en la organización del atentado fueron designados Joaquín Gorostidi Artola y Francisco Javier Larena Martínez.

El día señalado para la operación era el 2 de agosto. En dicho día, sin embargo, los liberados de Francia telefonearon a Izco explicándole que no habían podido pasar la frontera, por lo que instaron un aplazamiento. Izco, sin embargo, no estuvo de acuerdo. El 2 de agosto, por lo visto, llovía a cántaros, y el etarra consideró que esa circunstancia le daba mayores oportunidades de huida. Así pues, se desplazó a Irún, ciudad donde vivía Manzanas, y sabiendo de su costumbre de ir a comer a casa, lo esperó en el portal. Al llegar el policía, se escondió para seguirlo por detrás y dispararle un tiro en la cabeza cuando estaba abriendo la puerta. Según algunas versiones, María Artigas Aristizábal, mujer de Manzanas que estaba en ese momento abriendo la puerta, se abalanzó sobre el asesino, que en forcejeo disparó al aire, pero acabó por huir.

El 2 de enero de 1969, Izco de la Iglesia realizó otra acción casi suicida. Se presentó junto con otro etarra, López Irasegui, en la cárcel de Pamplona, con la intención de liberar a la mujer de éste, que se encontraba allí presa. La cosa no salió bien y, en el tiroteo, Izco resultó herido. Lo que no esperaban los policías era que, al hacer las pruebas de balística a la pistola intervenida a Izco en la acción, descubriesen que era el arma que había acabado con la vida de Melitón Manzanas.

Entretanto, el fenómeno del terrorismo comenzaba a interesar vivamente a los juristas, civiles y militares. Un capitán jurídico del ejército decidió hacer su tesis doctoral sobre la materia, y de esos primeros trabajos, casi se diría que doctrinales, surgió la idea de empaquetar una serie de procesos por terrorismo en uno solo, que tuvo una avance lento pero seguro, y que finalmente se convertiría en el sumario 31/69, que conocemos como proceso de Burgos.

Los imputados de dicho sumario eran:

  • Joaquín Goristidi Artola, liberado y miembro del Comité Ejecutivo Militar de la organización.
  • Francisco Javier Izco de la Iglesia, impresor, también liberado.
  • Eduardo Uriarte Romero, nacido en Sevilla, también jefe de ETA.
  • José María Dorronsoro Ceberio, que cumplía condena impuesta por el Tribunal de Orden Público.
  • Francisco Javier Larena Martínez, estudiante, liberado, y jefe de Guipúzcoa oriental desde la detención de Dorronsoro.
  • Mario Onaindía Nachiondo, empleado administrativo, también liberado.
  • Juan Abrisqueta Corta, ayudante de laboratorio, también liberado.
  • Víctor Arana Bilbao, montador.
  • José Antonio Carrera Aguirrebarrena, perito agrícola, habitual enlace de terroristas.
  • Enrique Guesalaga Larreta, maestro industrial, liberado.
  • Gregorio Vicente López Iruasegui, jefe de la oficina política de ETA, y miembro legal de la organización.
  • Juan Echave Garitacelaya, clérigo.
  • Julián Calzada Ugalde, clérigo.
  • Itziar Aizpurúa Egaña, profesora de música.
  • Juana Dorronsoro Ceberio.
  • María Aránzazu Arruti Odriozola, profesora de idiomas y mujer de López Irasuegui.

El juicio de Burgos comenzó en la Sala de Justicia de la Sexta Región Militar, el 28 de noviembre de 1970. Fue nombrado presidente del Consejo del coronel Ordovás, del arma de Caballería y jefe del Regimiento Acorazado España. Vocales eran tres capitanes de armas distintas (infantería, caballería y artillería). Vocal ponente fue nombrado el capitán auditor Troncoso, y fiscal el jurídico militar de la región. Los acusados, por su parte, designaron todos defensores civiles.

El gobierno se encontró pronto con una sorpresa ante la que no supo reaccionar. No era la primera vez que había sacerdotes en el banquillo de la Justicia franquista y, hasta aquel momento, la reacción del Episcopado había sido hacer valer los poderes que le concedía el Concordato para exigir que las vistas de las juicios en los que figurasen sacerdotes imputados se celebrasen a puerta cerrada. Esta vez, sin embargo, los obispos pidieron exactamente lo contrario. Justificándolo con la indefensión en que dejarían a los imputados seglares si exigiesen oscuridad para la vista, pidieron audiencia pública. Claramente, el franquismo no se lo esperaba y una vez que recibió la petición, además, viniendo de quién venía, no la quiso negar. Con ello, el gobierno se embarcaba en una situación en la que no podría evitar la propaganda internacional para el juicio.

El día 1 de diciembre, el juicio da un giro copernicano tras una acción de la ETA.

La organización terrorista secuestró, en dicho día, al cónsul de Alemania en San Sebastián, Eugenio Biehl Schaefer. Biehl representaba intereses industriales alemanes en España, y llevaba viviendo en el País Vasco desde los 17 años. ETA no reivindicó la acción, pero al día siguiente del secuestro, una organización vasca que operaba en Francia llamada Anai Artea (Hermanos Unidos), presidida por el ex consejero del gobierno vasco durante la guerra civil y futuro parlamentario de Herri Batasuna, Telesforo Monzón, anunciaba la responsabilidad de la acción por parte de ETA, así como la directa relación entre el futuro del secuestrado y el resultado del proceso. Durante aquellos días el secuestro, que tuvo también su vertiente jocoseria, tuvo un portavoz peripatético en Anai Artea: el entonces cura de Sokoa (localidad famosa porque muchos años después aparecería allí un importante archivo de ETA), padre Larzábal. El señor cura concedió entrevistas a troche y moche en las que disertó como «etarrólogo» reputado y diciendo cosas como que el secuestro había sido perpetrado por el sector moderado (sic) de ETA.

Al empezar el juicio de Burgos, el abogado de Gorostidi propuso el aplazamiento de la vista por razón del secuestro; pero el tribunal, bien aleccionado desde Madrid, desdeñó la propuesta, tratando con ello de lanzar el mensaje claro y neto de que la acción de ETA no iba a influir en los jueces.

Este defensor, por cierto, era Juan Mari Bandrés, entonces un joven abogado de etarras, que acabó siendo diputado de Euzkadiko Ezkerra en el Congreso, compartiendo militancia con Mario Onaindía, uno de los procesados de Burgos. Bandrés exhibió en su época parlamentaria una de las mejores oratorias de la democracia y era, además, un nacionalista vasco sin complejos: en una ocasión, subió a la cátedra congresual para reprocharle al gobierno que no enviase gramáticas españolas (repetimos: españolas) a los colegios del Polisario en el Sáhara.

A ETA le salió mal el cálculo. Probablemente, sus estrategas habían pensado que la solidaridad internacional hacia las fuerzas antifranquistas sería de hierro y, por lo tanto, obtendrían una suerte de comprensión sorda hacia el secuestro en los medios internacionales; es muy probable que esperasen que la opinión pública creyese en ese argumento tan típico de muchos discursos politicos, que tienden a absolver al que hace una putada y a culpar al que ha creado las condiciones para que la haga. El mismo discurso de quienes dicen que la URSS puteaba a su gente porque los EEUU la aislaban, o que Fidel Castro se explica por el bloqueo de la isla, etc. De alguna manera, pues, ETA esperaba convencer a la opinión pública mundial de que quien había secuestrado al buen alemán había sido el franquismo.

Sin embargo, nada de esto pasó. Buena parte de la prensa francesa, y casi toda la inglesa, se les echó encima. De la alemana, ya ni hablamos. Por lo que se refiere a España, algunos habituales del momento de las protestas contra el franquismo (Pablo Castellanos, Cela, Laín, Ridruejo, Ruíz Giménez, Tovar, Tierno Galván…) colocaron un manifiesto en el ABC en el que pedían al gobierno que no se dictasen sentencias de muerte, pero al tiempo dejaban claro que eso de secuestrar está feo.

El 25 de diciembre, el periódico francés Sud-Ouest publicó una información en la que su reportero J. G. Maingot reproducía una entrevista con el propio Biehl «en algún lugar de Francia»; no sé si hay muchos precedentes de secuestrados que conceden entrevistas. Ese mismo día, el cónsul fue puesto en libertad en territorio galo, desmintiendo con ello a la propia ETA, que desde el principio había sugerido que estaba en España.

El secuestro del cónsul alemán fue una charlotada. Ni la ETA, tan acostumbrada a ir por el mundo con orejeras que no le dejen ver ni medio campo visual, se habría jamás atrevido a malquistarse con Alemania y con Europa cargándose a un ciudadano teutón. Máxime teniendo en cuenta que la batalla de la agitación la tenía ganada. Con la decisión de hacer el juicio público, el gobierno franquista se expuso a unos peligros que pronto se convirtieron en putadas, y que llegaron, sobre todo, de dos frentes. Uno interior, y el otro exterior.

Del exterior llegó la presión a la que cualquier lector de la Historia Contemporánea de España estará acostumbrado, desde el fusilamiento de Ferrer Guardia hasta el día que murió Franco. España es un país que siempre ha generado mucha curiosidad en el resto de Europa, y el proceso de Burgos, que al fin y al cabo no era un juicio unitario por un hecho unitario (como podría ser, por ejemplo, el del 11-M) sino una especie de panaché que parecía montado para la ocasión, se prestaba muy bien a ello. Consecuentemente, la acostumbrada patulea de bienintencionados, expertos e ignorantes se arremolinó alrededor del juicio, aprovechando que, al ser público, los corresponsales extranjeros lo podían seguir.

Quizá el hito más importante de esta propaganda fue un folleto de la francesa de Gisèle Halimi, conocida activista de los derechos humanos, sobre el juicio. No tanto por lo que escribía ella, como por lo que escribía, en su prólogo, su majestad Jean Paul Sartre, espada incorruptible de ese extraño Concilio de Trento inverso que fue la progresía francesa de la segunda mitad del siglo pasado. Unos tipos sin corbata y con jersey de cuello alto, normalmente negro o de color oscuro, que se caracterizaron, como muy acertadamente diagnostica David Caute en su imprescindible libro The fellow travellers, por recetarle a la URSS las bondades del comunismo sin plantearse seriamente su implantación en los países donde ellos mismos pacían.

Como rápidamente se encargaron de destacar los servicios de prensa del franquismo, infatigables lectores, el prólogo de Sartre contenía cosas para tirarse por la ventana. Por ejemplo, que el nacionalismo vasco había sido creado por un ignoto personaje llamado Sabin Mana (conocidísimo líder intelectual euskaldún que es eternamente recordado en esa canción cuya letra dice Maná Maná/tu-tu tururu...). O que Pi i Margall era un dirigente anarquista (afirmación que no sé si joderá más a los federalistas o a los anarquistas). También asevera en su prólogo que el pueblo vasco es un pueblo recientemente conquistado por los españoles, aunque no explica muy bien ni su concepto de «recientemente» ni de «invadir», por lo que probablemente la afirmación es, satrianamente hablando, cierta. Y, entrando en las circunstancias del proceso, se refiere a la acción del guardia civil Pardinas aseverando que «fue encontrado muerto en la carretera», convirtiendo con ello en más importante la circunstancia de que lo encontraran que la circunstancia de que dos tipos lo cosieran a balazos.

Cuento las chorradas de Sartre el Pollas porque, a mi modo de ver, reflejan muy bien el ambiente en el que se produjo la propaganda contra el juicio de Burgos. El gobierno franquista había acumulado en aquel proceso torpeza tras torpeza. Había creado un macroproceso donde no lo había, lo cual, unido a la decisión de declarar las audiencias públicas, convirtió rápidamente aquella iniciativa procesal en un juicio político en el que lo que se ventilaba no eran los asesinatos, sino los derechos del nacionalismo vasco y, por extensión, los derechos de todos los españoles que no se sentían libres bajo el franquismo. Había operado sin mano izquierda en el asunto de la implicación de religiosos en las acciones de ETA, convencido de que la Iglesia estaría siempre de su parte o, si se prefiere, creyendo que todo el monte era el cardenal Guerra Campos. Había operado sin tener una mínima delicadeza diplomática con sus vecinos, muy especialmente Francia, hecho éste que, además, tendría consecuencias durabilísimas, porque el santuario etarra en Francia ha pervivido hasta ayer por la tarde. Y, last but obviously not least, había dejado claro, desde el minuto uno del partido, que las condenas a muerte eran una opción, no sólo posible, sino hasta buscada.

Franco quería fusilar. Ismael Rebollo, uno de los protagonistas de mi novela, le advierte a Carlos Luján sobre Franco: ya ha fusilado antes, y fusilará si es preciso. Este hecho no forma parte, a mi modo de ver, de una pretendida mentalidad sanguinaria, versión que haría de Franco una especie de sociópata en el poder, ávido de sangre de rojos. Yo no creo en esta versión, sino en otra que tiene más que ver con cómo, y dónde, se hizo persona Francisco Franco. Sobre el gallego corren muchas leyendas urbanas relativas a su sempiterna crueldad. Que yo haya escuchado, se dice que una vez, siendo coronel de la legión, estaba subido en su caballo cuando vio a un legionario mofarse de su voz de pito (recuérdese la coña de Sáinz Rodríguez cuando dijo aquello de que la hija recién nacida había sacado la voz del padre; o Queipo, que le llamaba Paca la Culona) y, al instante, lo mató de un disparo. O que hizo fusilar a un legionario porque le insultó. Aunque es cuestión que tengo totalmente abierta de momento, de las fuentes más fiables que he podido encontrar he llegado a la conclusión que lo que hizo fue fusilar a un legionario porque cometió una grave insubordinación respecto de su capitán (algunas versiones dicen que le tiró un plato de lentejas a la cara).

Esta anécdota, más o menos recontada o deformada, viene a demostrar, a los ojos de algunos, que Franco era un tipo al que le encantaba matar. Y, como digo, para mí la versión es otra. Lo que era, es un tipo que veía el mundo a través de los ojos de un coronel de la Legión. Un tipo que vive rodeado (no lo digo por la Legión actual, sino por la de los años veinte) de gentes de dudosísimo origen, muchos de ellos delincuentes, todos o casi todos de carácter pendenciero y prostibulario; gentes, por lo tanto, a los que, si no enderezas bien, se te comen por las patas. Es muy probable, por lo tanto, que para Franco la ETA fuese, simple y llanamente,un legionario que le estaba tirando las lentejas a la cara al Estado español. Y, consecuentemente, el castigo disciplinario que merecía era el fusilamiento.

Franco tenía, en general, este concepto del pueblo español. Una colectividad de gentes por lo normal bienintencionadas y obedientes pero que, cuando se les saltaba la pinza, se ponían muy violentos y había que corregirlos a hostia limpia. Él se veía por encima de todo eso y se autoconceptuaba como una persona capaz de conservar la calma y, consecuentemente, con el derecho de mandar sobre esa colectividad; por eso nunca, ni siquiera cuando ya estaba ingresado en el baile de San Vito del Parkinson y se lo hacía encima, nunca, digo, pensó en dejar el poder. En su concepto paternalista, el poder era suyo, porque si lo abandonaba los descarriados españoles volverían a arrearse. Por todo ello, domeñaba la vida española como se domeñan los centenares de voluntades, cada una de su padre y de su madre, que se juntan en un cuartel: a golpe de corneta, y enviando al calabozo al que ose moverse de la formación. Mis instructores militares me enseñaron que, mientras un civil tiene más derechos que deberes, un militar tiene más deberes que derechos. Todo lo que hizo Franco fue aplicarle el segundo de los fueros a todo Dios.

Este concepto de vida, que funcionó a las mil maravillas (mal que les pese a las hagiografías de la oposición antifranquista) mientras en la población española fueron mayoría quienes under no circumstances querían volver a vivir las privaciones y la violencia de la guerra civil, era mercancía averiada a finales de los sesenta, y es probable que en toda España no hubiese más allá de diez o doce personas que no lo supieran: Franco, Carrero, Alonso Vega, Nieto Antúnez, y algún ciudadano que llevase en coma vegetativo desde más o menos mediados de la década. El proceso de Burgos es el momento en el que, casi sin querer, el franquismo pone las cartas sobre la mesa y enseña su jugada; la misma combinación que tiene en la mano desde 1939. Y el mundo la juzga, y encuentra que el concepto del franquismo está ajado, es incompatible con los tiempos, injusto con los españoles, tendente a prolongar in aeternum la guerra civil (curiosamente, el mismo objetivo que tienen hoy muchos proyectos de la llama memoria histórica), casposo e ineficaz.

Por esta razón, el franquismo no encontró en la prensa internacional casi ningún apoyo. Todos los países medianamente democráticos se le echaron encima en distintos grados de pasión, y la ola de comprensión hacia la oposición antifranquista fue tal que, como digo, hasta las imbecilidades habituales de una persona de tan escasa altura intelectual como Sartre colaron (se me ha olvidado escribir que otra de las tesis que escribe en el folleto es que las actuares fronteras de España son las fronteras dictadas por la clase capitalista; de donde se deduce, supongo, que el PNV es un partido maoísta).

Con todo, el principal frente del franquismo fue, sin lugar a dudas, la Iglesia.

Ya hemos visto en estas notas que la relación de Franco con la Iglesia nunca ha sido la más perfecta de las imaginables. Tres obispos no firmaron su declaración de cruzada durante la guerra civil. Uno de los que sí lo hicieron, el republicanamente relapso cardenal Segura, se acochinó en tablas en su sede sevillana y se llevó tan mal con Franco que llegó a negarle el palio (gesto que es el que más podía joderle en este mundo). En 1956, los obispos se fueron a El Pardo a soltarle al Caudillo una filípica de la hostia (nunca mejor dicho) por los proyectos legislativos falangistas. En los años sesenta, las drag queens nacionalistas parapetadas en el País Vasco se destaparon. Y no fueron las únicas. En el monasterio de Montserrat surgió, también, el clero catalanista, como consecuencia obvia de que buena parte del regionalismo catalán es de raíz religiosa (Jordi Pujol echó los dientes en una organización confesional). El gran líder de este movimiento fue Dom Escarré, quien con un par de esas cosas que dicen que los curas tienen de adorno se marcó unas declaraciones a un diario francés en las que aseveraba la condición de nación de Cataluña, amén de otras cosas más. La notaría de estas declaraciones puede leerse aquí.

El punto que alcanzaron los enfrentamientos con ocasión del proceso de Burgos es, por lo demás, muy superior. El 22 de diciembre, día de la lotería, monseñores Argaya y Cirarda, titulares de las sedes episcopales de San Sebastián y Bilbao, se marcaron una carta a sus sacerdotes, con ruego de lectura en la misa; carta en la que informaban de haberle pedido a Franco que, en cualquier caso, no se dictasen penas capitales en el proceso; petición que venía motivada por «un sentimiento de cristiana caridad hacia los posibles condenados y sus familiares, un ansia de paz para nuestro pueblo».

El franquismo reaccionó agriamente, como cuando te enteras de que tu mejor amigo anda por ahí diciendo que eres tonto del culo. La verdad, algo de razón no le faltaba. Eso que podemos llamar el discurso sobre el pretendido conflicto vasco siempre ha adolecido del mismo problema: entender la equidistancia entre asesinos y víctimas como un imperativo para hablar, actuar y escribir como si las víctimas no existiesen. A monseñores Argaya y Cirarda, como hoy a muchos escribientes y declarantes del asunto vasco, no les habría brotado un herpes zóster por haber hecho el esfuerzo de recordarle en su carta a los etarras que matar es algo prohibido por la Biblia, amén de haber reservado una porción de su «sentimiento de cristiana caridad» hacia los deudos del malhadado guardia Pardinas. Pero es que el discurso pronacionalista vasco ha sido de toda la vida de Dios muy mostrenco; nada diplomático.

El Ministerio de Justicia contestó con una nota de prensa que dejó las calles de Madrid impregnadas por una resbalosa masa verde: la bilis de Franco. Además, el franquismo lanzó a sus mesnadas (hermandades de ex combatientes, frentes de juventudes, etc.) contra la clerigalla, asunto al que los turiferarios del franquismo se aplicaron con denuedo, pues no por casualidad muchos eran falangistas, y a los falangistas los curas nunca les cayeron bien.

Por todo esto, la Conferencia Episcopal tuvo que publicar varias notas. Que en la reunión en la que se redactó la primera hubo más hostias que las consagradas lo demuestra el hecho de que la Conferencia Episcopal afirmó que el texto se había aprobado por «mayoría moral», que yo no sé muy bien lo que es (bueno, qué coño; cada vez que yo opino una cosa y mi mujer otra, ahí tengo una buena prueba de lo que es una mayoría moral).

La nota pedía clemencia para los acusados, pero apuntaba de continuo (cosa que los obispos vascos se habían olvidado de puntualizar) que ello no pretendía menoscabar ni obstaculizar la labor de la Justicia. En la tarde, la nota sacerdotal fue publicada de nuevo, con un párrafo más que deploraba el secuestro del cónsul alemán. A los obispos se les había olvidado, en primera convocatoria, que había un pollo metido en un zulo; suerte que luego, aunque con algo de retraso, el Espíritu Santo les iluminó.

Acto seguido, se hizo pública una nota de apoyo a los obispos eskaldunes, en las «dolorosas circunstancias» que estaban atravesando.

¿Qué pasó aquí? Pues, una de dos cosas. O bien la Conferencia Episcopal, realmente, quería expresar, sotto voce, su apoyo a la causa vasca. O bien lo que pasó fue más simple, es decir que los obispos, a base de mucho discutir las notas, de braimstormear a lo bestia, las cagaron. Porque lo cierto es que se habían olvidado del secuestro de ETA (una vez más, la tibia comprensión hacia los crímenes perpetrados por una de las orillas). Y su última nota movía a preguntar si acaso el día que cayó Pardinas, o Melitón Manzanas, no se habían encontrado sus eminencias ante «dolorosa circunstancia» alguna.

Estas notas estaban diseñadas para decir poca cosa. La típica diplomacia de sacristía. En la calle, sin embargo, todo el mundo interpretó esa tibieza con un apoyo total a las reivindicaciones de la iglesia nacionalista vasca.

Y así, como quien no quiere la cosa, hemos entrado en la parte mollar del juicio de Burgos, que es su trastienda política. A la cual los curas no son ajenos, pero que tiene más elementos.

Había, en efecto, unos tipos sentados en el banquillo. Unos tipos que querían convertir, y convirtieron, el juicio en un juicio a la dictadura y sobre el independentismo vasco; estrategia que tuvo su clímax cuando Onaindía profirió su famoso Gora Euskadi Askatuta ante el tribunal, puño en alto. Todo eso lo había. Pero había más cosas, porque el franquismo siempre fue un edificio con laberínticos sótanos, catacumbas que sostenían al general Franco en el poder. Y allí dentro, en aquellos días, hubo de todo.

Ya seguiremos.