jueves, octubre 20, 2011

Franco y el poder (17: Tres mil camisas blancas)

Poco tiempo después de llegar el gobierno nacido del escándalo Matesa, el gobierno de la defenestración del entourage falangista del franquismo, se produjo un hecho que levantó auténticas polvaredas en la prensa. Resulta que se supo, gracias a la agencia Europa Press, que la Secretaría General del Movimiento había encargado la compra de tres mil camisas. Las condiciones de la compra establecían que las prendas debían de ser blancas. El detalle en cualquier otro país, o en cualquier otro tiempo, habría sido apenas atendido por la opinión pública. Pero ésta quiso ver, por mucho que la Secretaría se desgañitase explicando que el pedido era anterior al cambio gubernamental, la prueba irrefutable de que los tiempos de la camisa azul se habían terminado en España.

La anécdota es eso: una anécdota. Pero, aun así, lleva su punto certero. Torcuato Fernández Miranda llega a la máxima magistratura del partido único por sus buenas relaciones con el rey y por su vitola, entonces, de persona integradora (luego la tendría de reformista). Lo mismo le pasaba a Enrique García Ramal en la Organización Sindical; era un viejo falangista catalán, curtido en el sindicato vertical, pero su personalidad estaba lejos de ser la de un legitimista.

En realidad, era Ramal el que heredaba el problema más grave, porque los sindicatos franquistas, números cantan, poseían, más que dominaban, las Cortes franquistas. El nuevo equipo, sólo formalmente falangista, había llegado al partido para pilotar la redacción de las leyes que habían de desarrollar aquella porción del Fuero de los Españoles que les garantizaba el derecho a tener asociaciones políticas y participar en ellas. Pero para poder transitar tranquilamente por ese proyecto, Fernández Miranda necesitaba que García Ramal, antes, le garantizase que los de la carrera de San Jerónimo no iban a dedicarse a darle por culo.

En el fondo de esta cuestión laten los problemas que existían dentro de la propia tecnocracia. Los, por así llamarlos, tecnócratas puros, como Laureano López-Rodó, estaban obsesionados con la homologación internacionald el franquismo. López-Rodó, probablemente, se diseñó a sí mismo toda una hoja de ruta que, desde 1957, tenía tres grandes estaciones intermedias: en primer lugar, la normalización administrativa de España o, si se prefiere, el montaje de un entramado administrativo que permitiese a los ciudadanos hacer cosas tan básicas como protestar o reclamar. El segundo mojón de la carretera era el desarrollo económico, la elevación de las rentas; pues Rodó pensaba, y no se equivocaba, que las sociedades que manejan más pasta tienden a ser más conservadoras.

El tercer elemento de la hoja de ruta era lo que los tecnócratas entendían por normalización democrática, esto es la creación de una serie de asociaciones políticas que permitiesen decir que en España había democracia representativa, debate, y todas esas cosas. Evidentemente, el trile estaba en el pie forzado impuesto por Franco: asociaciones políticas sí, pero todas dentro del Movimiento. Por lo tanto, se trataba de un sistema en lo que se le permitía a los españoles no era organizarse políticamente, sino organizarse políticamente como franquistas.

El problema de los tecnócratas es que no todos querían ir igual de lejos en este tema; y, sobre todo, que el mentor de todos ellos, don Luis Carrero Blanco, quería ir más despacio que todos. Carrero entendía la necesidad de la reforma propuesta pero, al mismo tiempo, era el segundo español, después de Franco, con mayor alergia a los partidos políticos. No quería que, en modo alguno, el asociacionismo franquista oliese a partidos políticos y, sin embargo, dentro del mismo había muchos elementos, por ejemplo los falangistas, que era precisamente eso lo que pretendían. Por lo tanto, existía una tensión, no ya dentro del franquismo, sino dentro de la propia tecnocracia, que impedía en la práctica la puesta en marcha de las asociaciones políticas. De hecho, puesto que todas estas diferencias acababan en el despacho de Franco y Franco, de por sí, era ya poco proclive a aceptar la creación de las mismas, el proceso sólo pudo comenzar cuando el dictador estuvo, como las canicas, a menos de una cuarta del guá.

José Solís, en su etapa ministril, había elaborado un proyecto de legislación sobre el asociacionismo político, que había entregado en julio del 69, unos meses antes de dejar de ser the right hand of God. El texto de Solís, sin embargo, no le gustó a Fernández Miranda quien, en una sesión del Consejo Nacional del Movimiento, en diciembre, anunció su oportuna clasificación por la B de Varios. Como es bien sabido, en el franquismo no había problema alguno en tirar para atrás cualquier proyecto, ya que no existía un procedimiento constitucional que, como tal, exigiera que un texto sometido a aprobación hubiera de consumir dicho proceso.

Miranda se encontró con un inesperado contrincante: Manuel Fraga. Fraga, que había salido claramente perdedor de la remodelación ministerial por causa de no podérsele considerar ajeno a los pinitos de acoso realizados por la prensa oficial con el caso Matesa (algo que no creo que Franco le perdonase nunca), no tuvo más remedio que jugar la carta, digamos, progresista y, consecuentemente, se erigió en defensor de la idea de que la apertura de ventanales en el franquismo para ventilar el régimen no podía hacerse esperar. Al calor de las palabras de Fraga, se fue incubando un término que habría de tener sonoro éxito en los años subsiguientes: apertura.

Sin embargo, Fernández Miranda cumplió la promesa de diciembre, y pocas semanas después presentaba su propio proyecto. Fruto del momento, pues ni las cosas estaban maduras para grandes liberalidades ni su gran mentor, el príncipe, podía considerarse asentado como para moverse un poquito, el borrador de Fernández Miranda se parece a una ley de asociacionismo, aunque sea en el marco de una democracia orgánica, lo que una ardilla a un sincrotrón. Tenía tantas cautelas y tantos pies forzados que más que asociacionismo era una ley del silencio. Desde el falangismo que se quería auténtico, quizá la familia del franquismo más interesada en mover el asunto de las asociaciones en ese momento, se pronunciaron palabras durísimas contra el proyecto. Fernández Miranda, escuchando a su alma de esencia hipercauta, retiró el proyecto. Con ello, probablemente, hizo lo que Franco esperaba que hiciese. A pesar de pasar de los setenta años, o quizás precisamente por eso, y puesto que Franco, más que una idea de España, lo que tenía era una idea de su propia permanencia en el poder, el general no veía ninguna utilidad en las asociaciones políticas. Ciertamente, López-Rodó y los tecnócratas le habían comido la oreja con que era necesario darles luz verde para parecer Europeo (Excelencia, debemos entrar en el CEE como sea), y por eso Franco aceptaba el principio como el enfermo grave que acepta el ricino diario. Pero no tenía ningunas ganas y, como quiera que en 1970 no sentía demasiadas presiones, dejó caer las ideas del nuevo Secretario General en el ardiente pozo de Mordor.

Aquello fue la señal para los falangistas. Lamiéndose las heridas de Matesa, cuando vieron flaquear al Secretario General que les habían colocado de matute, tocaron generala. Su estrategia se basó en tres elementos: por un lado, lucharon denodadamente para conservar las primeras plantas del poder, es decir gobiernos civiles y diputaciones; no les fue difícil conseguirlo, porque los tecnócratas eran pocos, y hacían todos falta en las azoteas del poder, puerta con puerta con el penthouse del general.

El segundo elemento fue mantener la congelación de las elecciones sindicales. Ya Solís las había enviado a dormir el sueño de los justos. Ahora los tecnócratas hubieran querido resucitarlas, porque elecciones sindicales significaba renovación de buena parte de las Cortes, que era lo que querían. Pero la primera medida permitió a los falangistas bloquear toda intención renovadora.

Así las cosas, el tercer elemento de la estrategia fue dar por culo en las Cortes, puesto que las controlaban.

En las Cortes, en efecto, se reaviva la Comisión de Investigación del caso Matesa que, bajo la presidencia del velociraptor jubilado Raimundo Fernández Cuesta, se había reunido para jugar al julepe. Ahora, sin embargo, tenía otro presidente, Eduardo Villegas Girón, y nuevos arrestos. Para sorpresa de propios y extraños, este órgano comenzó a funcionar como una auténtica comisión de investigación. Vilá Reyes pidió declarar, pero se le denegó. Sin embargo, sí fueron citados la mano derecha de García del Ramal en la Organización Sindical, amén de los ministros Navarro Rubio, García Moncó y Espinosa San Martín… pues sí. Ministros respondiendo de presuntas corrupciones ante el parlamento franquista.

El 30 de junio de 1970, se lee en el pleno de las Cortes un informe presuntamente confidencial que, sin embargo, es probable que hasta los activistas antifranquistas tuviesen en sus manos, xerocopiado, antes de que se terminase de leer el segundo folio. Lo leyó el almirante Carrero y las malas lenguas de la época contaron que muchos diputados, finalizada la exposición, aplaudieron con las manos y patearon con los pies. El caso es que el vice, en efecto, fue pateado en aquella casa repentinamente tan díscola.

Al revés de lo que Franco quería, el escándalo Matesa no se cerró en falso, sin consecuencias. Fueron procesados Espinosa y García Moncó; y se dio el espectáculo inimaginable de que a las Cortes llegase un suplicatorio para procesar al gobernador del Banco de España y procurador en Cortes por designación directa del general, ex ministro Mariano Navarro Rubio. Tanto Navarro como Espinosa dimitieron de sus cargos. El suplicatorio de Navarro fue concedido el 21 de septiembre. Pero, ¿por qué Franco no hizo nada? Pues, básicamente, por curioso que resulte contar todo esto, la verdad es que el verano de 1970 no pudo igualar en tensión al de 1969. Franco no podía hacer otra crisis de gobierno, y tampoco podía laminar a quienes le estaban alborotando el patio; recuérdese que todo, en la vida de Franco, pasa por su relación con el poder. Malquistarse con el falangismo que, al fin y al cabo, era el epicentro de su régimen, podría haber tenido consecuencias indeseadas para él, sobre todo ahora que había designado un heredero y ya no contaba con la ventaja de la incertidumbre en este punto. Es más que probable, de hecho, que los movimientos azules, descarados, demagógicos y manipuladores, se produjesen por lo claro que tenían que Franco no iba a actuar. Lo cierto es que a Franco todo le importaba era que no le tocasen ministros que estaban aún en el Gobierno; y, en este punto, los falangistas cumplieron el pacto, si es que lo hubo.

El mismo día 21 del suplicatorio, tras salir de las Cortes y camino de Lérida, el veterano jefe de la Organización Sindical, García Ramal, sufrió un infarto. Escogió mal momento. Quedó en el dique seco justo cuando el falangismo iba a plantear su segunda batalla y, esta vez, en su terreno: la Ley Sindical.

Como ya he dicho, en el guión de los tecnócratas estaba escrito que para cuando la Ley Sindical llegase a las Cortes, éstas estarían dominadas por ellos vía elecciones sindicales y, además, García del Ramal estaría en pleno estado de revista para defender los postulados del Gobierno. Ni una cosa ni la otra ocurrieron, sin embargo, y la tecnocracia se encontró con un parlamento orgánico en cuya comisión de Leyes Fundamentales eran mayoría los azules, con lo que, consiguientemente, comenzaron a hacer lo que les dio la gana con el texto legal. El Gobierno intentó retirar el borrador pero no pudo. José Solís, en un alarde de cinismo, apeló de inmovilistas a los partidarios de la devolución. Mediante una extraña alianza (mucho más extraña de lo que pueda parecer), la vieja guardia falangista obtuvo en los procuradores de la Iglesia un apoyo inesperado, y los proyectos de López-Rodó descarrilaron.

Herida pero no muerta, la tecnocracia desplazó el enfrentamiento a un teatro que creía más propicio: el Consejo Nacional del Movimiento. La verdad es que el Consejo nunca había tratado temas de enjundia, pero hasta en las chorradas se encuentran contenidos políticos. Así las cosas, cuando llegó el momento de plantear el tradicional acto conmemorativo de la fundación de Falange, tradicionalmente celebrado en el teatro de la Comedia, inopinadamente se propuso en el Consejo que la sede se trasladase al propio edificio de este organismo. Siguiendo la disciplina de voto gubernamental, 85 de los 100 consejeros votaron a favor de la propuesta, pero, sin embargo, hubo votos muy significados en contra, como los de Pedrosa Latas, o el almirante Nieto Antúñez. O Fraga.

Franco navegaba a favor de corriente. No sé si alguien sabe si ya sabía que él no era la corriente, pero lo cierto es que se dejaba llevar. En la víspera del aniversario, presidió con el Príncipe un acto en el que ambos fueron vestidos de militar, y en el que recordó que el 18 de julio de 1936 el Ejército se alzó «en defensa de la civilización cristiana y de unas tradiciones en trance de perecer»; lo que convertía a las fuerzas armadas en «custodio celoso de la conciencia nacional». Viejo y ajado, Franco ponía las cosas en su sitio; definía su régimen como lo que había sido siempre: una dictadura militar, en modo alguno un régimen falangista. Era, una vez más, un juego de poder. El año 1970, año de la mayor victoria de la tecnocracia sobre los franquistas de toda la vida, se completó un proceso que había empezado 13 años antes, el ya remoto día en que Franco se había presentado en las Cortes y había lanzado un discurso en el que, por primera vez, no pronunciaba juntas las palabras José, Antonio, Primo y Rivera.

Un día más remoto aún, julio del 36, los falangistas patrios habían creído ver el cielo abierto: se iniciaba un alzamiento militar en el que los soldados enlosarían un camino por el que luego transitaría el fascismo español, camino del trono sin rey de España. Para ellos Franco era el más carismático jefe militar del grupo de profesionales que les encumbraría, para luego dedicarse a sus maniobras y sus cositas a cambio, eso sí, de llevar la vida social española a toque de instrucción, elo, us, elo, us, ¡paaaasó! Ellos, en una palabra, se sentían la élite de la nueva derecha gobernadora de España. Mesmerizados por sus propios delirios, los falangistas ni se dieron cuenta de que había más derechas, y que en ellas había tipos mucho más listos que ellos, como Serrano Súñer. Y, desde luego, el propio Franco; un tipo al que en septiembre del 36 le dieron una cuna, y ya no le salió de los cojones dejar de mecerla personalmente en cuarenta años.

A Franco, todos aquellos tipos, que faltos de un líder por fusilamiento del suyo, amén de acojonados y desnortados cuando su sustitución acabó a tiros una noche salmantina, acabaron por venerarlo. En ese momento, los utilizó. Falange era la única estructura social que quedó en pie tras la guerra, si exceptuamos el sindicalismo rural católico. Si los deseos y planes de Franco eran libros, Falange era la única estantería grande y sólida que tenía para colocarlos. Pero ya desde finales de los años cuarenta, aprendiendo de la experiencia de que desde el falangismo podían llegar, perfectamente, movimientos que en el fondo buscaban sustituirlo, Franco se dio cuenta de eso que los británicos llaman keeping the arm's length. A partir de ese momento no dejó que nadie salvo los muy militares (Moscardó, Franco Salgado, Carrero...) se le acercasen a menos de un brazo de distancia, y comenzó a putearlos. Cuantas más gavelas les daba, más corruptelas les permitía, menos poder les dejaba. Cuando, a mediados de los cincuenta, descubrió a los tecnócratas, que encima eran monárquicos (descartado Juan el Torpe, apostar por la monarquía equivalía por apostar a que Franco moriría dictador, como de hecho ocurrió), no se lo pensó dos veces. Y, de alguna manera, su actuación en 1969 en 1970 fue the last nail in the coffin.

Así las cosas, a nadie le puede extrañar que los falangistas se volviesen reformistas y no sintiesen nostalgia por el franquismo.

Así transcurría el régimen, entre peleas internas, mientras unos oscuros auditores militares hacían su trabajo. Casi por casualidad. Y, sin embargo, ese trabajo estaba a punto de obligar a Franco a un último esfuerzo de poder, a bracear, una vez más, para no caer.