viernes, septiembre 02, 2011

Franco y el poder (11: Las cosas se tuercen... un poquito)

Tres días después de la gran manifestación de la plaza de Oriente, el 12 de diciembre de 1947, la ONU, reunida en Flushing Meadows, aprobaba una resolución contra el gobierno español. Se suele decir que este punto, junto con la declaración de San Francisco, marcan el punto más bajo del prestigio internacional del franquismo. Y es cierto. Pero, sin embargo, tan cierto como eso lo es el hecho de que, aguas adentro de España, las iniciativas de la ONU, en realidad, le vinieron de perlas al dictador.

Nadie puede negar que el 9 de diciembre, la mayoría de los centros de trabajo en Madrid cerraron a media mañana para facilitar la asistencia a la concentración. Pero tampoco es racional negar que en la manifestación hubo mucha gente que estuvo porque quiso estar; como lo es que el movimiento de Flushing Meadows, apenas 72 horas después, también hizo mucho por convencer a no pocos españoles. Ahora que está tan de moda recordar, en el cine y en la tele, los tiempos del primer franquismo, llama la atención la ausencia de este sentimiento, que era muy amplio entonces: el sentimiento, totalmente justificable, de rabia ante la imposición «de fuera»; la sensación de que era desde otros ámbitos del mundo desde donde se quería resolver la situación de España.

Hay quien ha escrito, y no es un análisis que convenga tirar a la basura sin más, que si el mundo hubiese reaccionado a la posguerra franquista abriendo embajadas y practicando una estrategia de pataditas en las canillas, todas leves pero en gran número, el franquismo lo habría tenido muy difícil para pervivir en el largo plazo porque, de alguna manera, era un sistema que, dejado a su bola, corría peligro de hundirse bajo el peso de sus propias contradicciones y enfrentamientos internos.

Alguien tan poco sospechoso de simpatías con Franco como Salvador de Madariaga le lanzó, en su día, tres torpedos a la línea de flotación de la estrategia de la ONU: uno, le puso a Franco a huevo la crítica desde el punto de vista moral, puesto que, ¿qué declaración era ésa que había sido votada positivamente por un país como la URSS, que había creado un sultanato comunista a su servicio pisoteando los derechos y deseos de los pueblos afectados?; dos, la resolución fue tan lejos que hizo evidente que tanto Estados Unidos como Reino Unido se sentían incómodos apoyándola, por lo que Franco tuvo claro desde entonces qué chepas tenía que palmotear; y, finalmente, careció de consecuencias prácticas para España.

De hecho, como digo, los años críticos para Franco en el entorno internacional son, sin lugar a dudas, los años en los que su poder (objeto de estas notas) fue menos cuestionado. Esto le dio al dictador margen de maniobra suficiente como para hacer lo que ahora sabía que tenía que hacer, que no era otra cosa que dorarle la píldora al amigo americano. Las negociaciones con Washington fueron muy rápidas, y ya en septiembrede de 1953, la España de Franco alcanza un acuerdo con los EEUU para firmar un tratado militar que permitió, durante décadas, que Estados Unidos utilizase el suelo español como base estratégica, a cambio de más bien poco.

Todo este apoyo incondicional a Franco, que se revaluó además conforme, gracias a las cesiones y buenas relaciones, pudo el dictador exhibir ante sus administrados la normalización internacional del régimen, tenía fecha de caducidad. Ya hemos dicho con anterioridad que la España de los años cuarenta, nos pongamos como nos pongamos, era una España franquista de la cruz a la raya. La de los años cincuenta permanece en esa situación, pero ya empiezan a producirse los primeros atisbos de rebelión. O más bien dos. Una interna, y la otra externa. Y una trae la otra.

En primer lugar, está el conflicto externo al franquismo. Franco vivía, fundamentalmente, del recuerdo de la II República y la guerra civil. Su gran argumento, cada vez que las cosas se ponían feas, era recordarle a los españoles que se habían cagado de miedo y lo habían visto todo perdido, y con eso lograba que la sociedad española tragase con lo que hiciese falta. Pero, obviamente, para un dictador longevo, la demografía opera en contra. A mediados de los años 50, las universidades españolas comenzaron a poblarse de jóvenes que, cuando estalló la guerra, eran apenas unos mamones, en el sentido estricto de la palabra. Los que a menudo se ha conocido como los jaraneros del 56 eran estudiantes a los que el gran argumento franquista les resbalaba, porque ellos no habían pasado ni miedo ni hambre; así pues, empezaban a contemplar el pasado de España con otros ojos. Los jaraneros, además, vinieron a unirse, en el crisol universitario, con los primeros desencantados del franquismo, falangistas y católicos, como Dionisio Ridruejo; y tuvieron la suerte, además, de encontrarse con un ministro de Educación de escasas voluntades represoras como Joaquín Ruiz Jiménez.

Todo empezó por un club de poesía. Un grupo de estudiantes quiso organizar encuentros poéticos y culturales y parece ser que la estructura falangista incluso puso a su disposición para ello un piso en la calle Alcalá, frente al Retiro. Aquellos encuentros, sin embargo, derivaron pronto de la metafísica declamación de églogas de bello metro al intercambio de ideas sobre la necesidad de una reforma democrática del país.

En este ambiente, en octubre de 1955, con aval rectoral (Pedro Laín Entralgo, otro falangista de libro que comenzaba a virar), un grupo de jóvenes universitarios, entre los que estaban Ramón Tamames, Enrique Múgica, Javier Pradera o Fernando Sánchez-Dragó, lanzó la idea de un congreso de escritores jóvenes. En diciembre, una Orden Ministerial creaba el centro cultural Tiempo Nuevo. A finales de enero de 1956 Tiempo Nuevo elaboró y publicó un manifiesto exigiendo la convocatoria del congreso, que fue muy critricado por el SEU. El sindicato estudiantil falangista, que ya contemplaba todos los movimientos de los tiemponovinos con creciente desconfianza, decidió que hasta ahí había llegado la burra.

El 7 de febrero había elecciones en la factultad de Derecho, sita entonces en el caserón de San Bernardo, y el ambiente de enfrentamiento entre, digamos, renovadores y oficialistas, hizo que el SEU comenzase a ver que iba a perder unas elecciones que creía ganadas (como todas). Jesús Gay, jefe del SEU, decidió reaccionar llamando a la XX Centuria de la Guardia de Franco, que entró en la facultad como un elefante en una cacharrería, repartió unas cuantas hostias e incluso le rifó un par al propio decano. Aquello provocó una marcha semiespontánea de varios centenares de estudiantes, que se dirigieron por la Gran Vía a la ciudad universitaria, para contarle la movida a los de otras facultades. Además, una lápida de la facultad de Derecho que honraba a los caídos por Dios y por España fue semidestrozada.

El atentado contra la lápida movilizó más a los falangistas, que en número de varios centenares (y, se comenta en algunas memorias, no todos estudiantes) se presentaron en la facultad y cantaron el Cara al sol frente a la lápida. Mientras, frente al Ministerio de Educación se producían algunos actos de protesta. Esa noche, un grupo falangista asaltó el llamado Colegio Estudio, donde causó varios destrozos.

Con estos antecedentes llegamos al 9 de febrero, el Día del Estudiante Caído. Los falangistas celebraban el DEC desde que, en 1933 y en dicha fecha, fuese asesinado un adolescente falangista, Matías Montero, a manos de unos socialistas. Lo mataron, al parecer, por haber participado algunos días antes en un asalto de falangistas en la facultad de Medicina, con destrozo de mobiliario incluido.

El asesinato de Montero fue especialmente aleve y cobarde, y por eso Falange lo recordaba (honradamente, no sé si aún lo recuerda) con mucha dedicación (tema que nunca he entendido muy bien; puestos a elegir un mártir falangista como ejemplo, yo votaría por Juan Cuéllar). Varios miles de camisas azules se concentraron en la calle de Víctor Pradera, cerquita de Marqués de Urquijo. Al terminar el acto, diversos grupos, camino del centro, remontaron esta última calle y tiraron por Alberto Aguilera.

A la altura del Colegio de Areneros, de casada ICADE, se encontraron con un grupo nutrido de estudiantes, diremos que de izquierdas, con los que se enfrentaron violentamente. Un grupo de estos falangistas se parapetó en la esquina de Galileo con Alberto Aguilera (el merdé de los de izquierdas venía de la glorieta de San Bernardo) y sacó sus armas. No ha de extrañar esto. En aquella época eran muchas las unidades de Falange, incluso las centurias de balillas o montañeros donde había gente muy joven, que manejaban armas.

Y hasta aquí puedo leer, porque el resto es misterio. Un adolescente llamado Miguel Álvarez, que se encontraba agachado en el parapeto, recibió un tiro en la cabeza. En puridad, hubo otro herido que casi nunca se cita, un estudiante llamado Joaquín Ferrero; pero, por los datos que tengo, en su caso no fue cosa de mucho.

Lo de Álvarez, sin embargo, fue grave. Gravísimo. Las teorías son tres: o bien, tesis ésta que suele ser la más aceptada, algún compañero del militante del Frente de Juventudes, hallándose detrás de él, no pudo evitar que se le disparara la pistola, y le hirió por error; o bien Álvarez fue herido por la policía; o bien fueron los estudiantes de oposición (que dudo mucho que pudieran estar armados). Lo importante, en todo caso, es que la herida fue crítica.

España pendió durante horas de un hilo, y ese hilo era la vida de Miguel Álvarez. Para Falange, todo lo que venía pasando de tres meses para allá: la subversión refugiándose en asociaciones avaladas por el propio ministerio, la oposición desafiando a Falange en la universidad, los estudiantes saliendo a la calle a protestar, era un signo inequívoco de que el régimen se estaba volviendo, se había vuelto, blando. Durante años, habían creído haber segado la mala hierba roja, pero ahora los rojos estaban en su misma casa, y les disputaban la supremacía, ayudados por los tibios como Ruiz Jiménez, o los directamente traidores como Laín.

Pocas dudas me caben de que Falange tenía la intención de volver a poner las cosas en su sitio. Que no mienten los libros y recuerdos que apuntan a la realización de listas negras con los nombres de las personas que iban a ser visitadas a partir del momento en que Álvarez exhalase su último suspiro. En aquellas tensas horas de la tarde-noche del 9 de febrero, faltó menos de medio milímetro para que se iniciase un pogromo azul.

Pero no hubo nada, porque los cirujanos salvaron la vida de Álvarez. Quedó seriamente dañado y disminuido, pero estaba (está, creo) vivo.

Franco llamó a capítulo a su gente a las cuatro de la tarde, cuando aún no se sabía qué dirección tomaría la crisis. Acudieron a El Pardo Blas Pérez, ministro de Gobernación, y el propio Ruiz Jiménez. Como el responsable de Falange, ministro Secretario General del Movimiento Raimundo Fernández Cuesta, estaba en Brasil (en la toma de posesión del presidente Justelino Kubitschek), en su lugar acudió Tomás Romojaro, que había estado en el acto del Estudiante Caído. Este gabinete de crisis observó los sucesos hasta el día 11, en que cerró la Universidad de Madrid y suspendió los derechos de residencia y relativos a la detención gubernativa del Fuero de los Españoles. Falange, por su parte, ejecutaba la expulsión de Ridruejo, al que consideraban padre de las movidas. Eso no pudo evitar que en los colegios mayores y otros establecimientos estudiantiles se mascase la tragedias.

Franco necesitaba abrir la espita. Pero esperó al regreso de Fernández Cuesta, el 14, y el miércoles 15 le cesó, a él y a Ruiz Jiménez.

Es posible que el ferrolano considerase que con esto (más la supervivencia de Álvarez) dejaba resuelto el problema. Sin embargo, hay un documento que, en mi opinión, se destaca poco en los libros de Historia, y que es muy relevante a la hora de hacer esta valoración. Me refiero a una carta que José Antonio Girón de Velasco, ministro de Trabajo, le dirigió a Franco el 19 de abril de aquel año; pocas semanas después, por lo tanto, de los sucesos.

A todo aquél que tenga la posibilidad de hacerse con esta carta, bastante larga, le recomiendo que lo haga, y que la lea. Es, en mi opinión, muy reveladora del ambiente falangista (falangista; no de FET y de las JONS) en aquel momento. Girón afirma en su misiva que los sucesos del 9 de febrero, en cualquier otro país, no habrían provocado los problemas y la ira que se ha producido en España. Y ataca: «El español se pregunta: si un tiro a un joven estudiante, un manifiesto clandestino en ciclostil, una algarada de estudiantes, una huelguecita descencadenada por elementos indisciplinados o impacientes, son cosas capaces de hacer perder los nervios al país, ¿qué ocurrirá el día que nos falte Franco?»

Este párrafo es Girón en estado puro. Este falangista castellano sabía combinar como nadie, en sus escritos, la lealtad a la figura de Franco (que le profesó, literalmente, hasta el último suspiro de ambos) con la voluntad de ponerle los puntos sobre las íes. Una lectura bienintencionada de la frase querrá ver en ella la angustia sincera de un militante que de repente se da cuenta de lo terrible que ha de ser la falta de su Jefe (no se olvide que Franco, en 1956, tiene ya casi 65 años, que son como setenta y pico de hoy en día). No obstante, lo que contiene esa frase es una carga de profundidad: mi General, estás pasando de Falange.

«¿Qué poder permanente», se pregunta Girón en la carta, «propiamente nacional, ajeno a la persona sucesora, que no sea el Ejército (cuya intervención podría parecerse a un golpe de Estado o podría entrañar peligros de tal) tendría solidez y autoridad para que la sucesión repentina o inesperada no supusiese un riesgo para el Movimiento mismo?» (las cursivas son mías).

Tal es la filosofía falangista del 56: Falange, Falange, Falange. Girón lo disfraza en su carta de demanda de que se desarrolle un instrumento jurídico que dé consistencia al régimen; pero, como veremos, eso no es otra cosa que pretender que dicho instrumento jurídico se diseñe al gusto del partido. Nosotros, dice el falangismo, somos la argamasa del régimen, su soporte, su cemento. Y si el edificio franquista ha llegado a parecer tan endeble que unas algaradas lo ponen de los nervios, es porque se nos ha dejado de lado, no se nos deja hacer. El corolario del argumento es bien evidente.

Y todo esto tiene su razón de ser. Veamos: Franco tuvo que convivir, desde sus primeros momentos como generalísimo, con el intento del poder político de contrapesarlo. Hedilla se negó a la unificación de Falange y Tradicionalistas; Serrano Súñer se intituló Presidente de la Junta Política; y Arrese, aunque de forma más modesta, también trató, a través de la Secretaría General del partido, de conservar los privilegios partidarios. Por esta razón, Franco quería convertir dicha Secretaría General en un órgano más decorativo (como lo era el Consejo Nacional de Falange) por la vía de poner al frente a un pusilánime. Por eso eligió a la más vieja de las camisas joseantonianas y, al mismo tiempo, la más pastueña: Fernández Cuesta. Febrero de 1956, sin embargo, le cambió el paso, porque los sucesos vinculados al aniversario de Matías Montero dejaron claro que dentro de Falange subsistían grupos con un elevado nivel de autonomía y que seguían pretendiendo hacerse con el control del Estado, si no por vía jurídico-política, sí social, tomando la calle, las instituciones, y haciéndolas suyas. Porque Fernández Cuesta le falló tuvo que volver a confiar en Arrese, algo que no esperaba hacer, entre otras cosas porque el nombramiento dio alas a ese movimiento panfalangista que se denota en la carta de Girón.

Franco era extremadamente cuidadoso con Falange, consciente de que no podía prescindir de ella para apuntalar su régimen. Véase el ejemplo de que no fue hasta 1968 cuando sustituyó los Estatutos del partido de 1937, modificados en 1939, que todavía definían al Consejo Nacional de Falange como el órgano en el que el caudillo tenía que consultar todo, incluidas «las grandes cuestiones internacionales»-

Obviamente alineado con esta filosofía, en 1941 Serrano Súñer, en lo mejor de su proyecto de liderazgo personal fascista, diseñó una Ley de Organización del Estado que lo definía como totalitario y delegaba en la Junta Política del partido la función de ser «el Supremo Consejo Político del régimen y el órgano colegial de enlace entre el Estado y el Movimiento». Los tradicionalistas pusieron el grito en el cielo, y el proyecto descarriló. De hecho, los carlistas respondieron en 1942 con un proyecto constitucional, elaborado por conde de Rodezno, que obviamente conformaba el Estado y el gobierno como instituciones monárquicas; no hará falta explicar mucho por qué Franco lo clasificó por la B de Varios.

Más contemporizador, aunque con el mismo éxito, fue el catalán Eduardo Aunós en su proyecto de 1945, que declaraba. «El Estado español será gobernado por una Monarquía, que rige actualmente un Caudillo». Con un par. En sucesivos artículos, para no pillarse los dedos, utilizaba la expresión, que no deja de significarlo todo y nada a la vez, «Jefe de la Nación». Evidentemente, este fistro diodenal jurídico no prosperó.

Quedaba, pues, la cuestión de articular el Estado. Hemos llegado, como quien no quiere la cosa, a 1956. Manolita, la dueña de El Asturiano, que al llegar la guerra era probablemente una jovencita que comenzaba a estar de buen ver, ya ve llegar, ahí, tras el cambio de rasante, la quinta década de la vida. España ha evolucionado mucho, se van dejando atrás el racionamiento, la mugre y el hambre... y, sin embargo, el Estado sigue siendo prácticamente el mismo que era cuando su función era ganar una guerra de la que ya nadie habla desde hace 17 años. La llegada al entourage de Franco de los llamados tecnócratas encuentra aquí, mucho más que en una pretendida acción del lobby opusdeísta, su razón de ser. Alrededor del almirante Carrero, jefe de máquinas del franquismo, se empieza a aglutinar un grupo de jóvenes juristas administrativistas, dispuestos a redecorar la República Independiente de Franco para que parezca un país serio.

Pero este proceso no pasa desapercibido para los siempre atentos ojos de Falange. El 4 de marzo de 1956, en Valladolid, José Luis Arrese, secretario general del Partido, pronuncia un discurso en Valladolid, en el que anuncia la preparación de nuevas leyes fundamentales.

El franquismo, de alguna manera, son varios trenes que avanzan, a toda velocidad, hacia un centro en que convergen todas las vías, que es Franco. La existencia de un enemigo común, los rojos, hace que esos trenes, hasta ahora, estuvieran muy lejos de la estación terminal. Pero ahora, cautivo y desarmado el ejército rojo, rotas las esperanzas de un bloqueo internacional efectivo, ganado el respeto de las democracias más conservadoras y de los Estados Unidos, perdidos y divididos en querellas internas los republicanos en el exilio, ahora, digo, ya no hay razón para que no avancen, cuesta abajo, hacia el destino.

Y, una vez llegados ahí, choquen.