domingo, octubre 02, 2011

Franco y el poder (16: Leña al mono, que es del Opus)

La designación de Juan Carlos de Borbón y Borbón y varias veces más Borbón como futuro rey de España, que aguas adentro del franquismo no cabía interpretar sino como una victoria de los tecnócratas apolíticos y la consiguiente derrota del franquismo de tripas y corazón, despertó en este último franquismo, el azul, el falansio de toda la vida, la convicción de que hasta allí había llegado la broma.

Los franquistas irredentos ni querían un rey ni querían a ese rey. No es que el joven Juan Carlos dejase claras desde el principio sus intenciones democráticas; pero lo que sí es cierto es que sus discursos de entonces, compilados en varios libros propagandísticos de la época, introducen, con habilidad florentina, el concepto de cambio necesario.

Ciertamente, Juan Carlos de Borbón dejó salir de sus labios frases épicas. El 19 de septiembre de 1970, en Melilla, en el aniversario de la Legión, inflama sus sememas al recordar «al Generalísimo Franco, capitán vuestro, capitán de España en momentos azarosos y difíciles, del cual os traigo un cariñoso saludo. Seguid siempre su ejemplo, imitadle en sus virtudes, mantened su espíritu, y esta Legión seguirá siendo punta de vanguardia de nuestro Ejército, de nuestro honor militar y de España». Pero es el mismo prínciple el que el 13 de octubre del mismo año realiza una visita a Belchite y allí dice (cursivas mías): «Aquí murieron, como en tantos lugares de la Patria, lo mejor de nuestras juventudes, encuadradas en unidades del Ejército, Banderas de Falange y Tercios de Requetés, unidas por unos ideales que en lo fundamental nos hermanan a todos. Esta unidad en los Principios Fundamentales la tenemos que mantener siempre, como tantas veces nos ha repetido el Generalísimo, para hacer una Patria cada vez más justa y mejor, en la que todos los españoles trabajemos para asegurar a nuestros hijos un futuro próspero, con bienestar, libertad y orden». En Cheste, al día siguiente, frente a los estudiantes de una universidad laboral, aboga por un futuro construido con la unión «de los españoles de ayer, de hoy y de mañana». Cualquiera que sea lo suficientemente joven como para haber tenido uso de razón únicamente en un país en el que se puede decir lo que se quiere no se imagina cómo se escuchaban y leían estas palabras, y cómo cada uno, según su inclinación, las interpretaba. En todo caso, como ya he dicho, y es al menos mi opinión, la retórica juancarlista de los primeros meses tras su designación se basó en recordar constantemente la figura de Franco pero, al tiempo, distanciarse tanto del argumentario de éste como del de su propio padre, consciente de que ambos eran malos compañeros de viaje a la hora de garantizar una concertación entre españoles.

Pero volvamos al verano del 69. Ya está el Borbón en el machito y los falangistas cabreados. Y, como decía, non Plus Ultra. Aquello ha llegado al máximo de lo que puede llegar y, en consecuencia, los azules plantean la simple y pura guerra contra sus enemigos. Porque, se pongan las memorias de los antifranquistas como se pongan, lo cierto es que los cuadros del régimen, donde ven al enemigo más peligroso, es dentro del propio régimen. La mente de Franco se apaga a marchas forzadas. El general está soltando la cuna, y hay hostias para mecerla. Todos los franquistas aceptan que si Franco se muere, está claro quién tomará las riendas; pero todos confían, de hecho, en que el nuevo jefe del Estado sea tan sólo un tipo maleable y bobalicón, tal es la imagen que sobre los Borbones se viene grabando a cincel en el inconsciente colectivo (y que no está exenta de su punto de certeza, para qué negarlo; que la borbónica es dinastía kilométrica, y en esos kilómetros tiene mojones que mejor esconderlos).

Todo el mundo tiene la sensación de que la herencia de la abuela será para el que logre estar junto a la cabecera de la cama cuando se sienta morir. Eso quiere decir estar en el gobierno, ser el gobierno, mandar en el gobierno. Ser ese tipo, o grupo de tipos, a quien miran los ojos aguanosos del anciano Franco para que continúe su labor. El guión siempre dijo que ese alguien debería ser un falangista de cepa y/o un militar cien por cien afecto. Pero los tiempos han cambiado. Hace ya muchos años que gobernar España ya no consiste en organizar desfiles de la Guardia de Franco o de la Hermandad de Ex-Combatientes, o en recordar a los mártires de Alcubierre. Ahora, gobernar España es tener la capacidad de discutir con un señor que se llama míster McCarthy las condiciones de un crédito-puente que permita la adquisición de un crédito internacional a tipo flotante. De todas estas cosas Franco no tiene ni puta idea, aunque siente por ellas un respeto reverencial, y por eso da la impresión, cada día más, casi cada minuto, de no poder vivir sin esos tipos de traje gris que tienen amigos que en su vida han disparado un tiro. Ahora, además, esos tipos tienen un Líder que, todo el mundo en los corredores del poder se hace lenguas, quiere cambiar las cosas. ¡Cambiar las cosas! A esto hay que darle un frenazo, sí o sí.

El 7 de agosto, la prensa barcelonesa, tan afecta y controlada como la de Madrid, publica una información que el diario Informaciones se apresura a repetir en la capital el día 8. Se trata del caso de una presunta corrupción relacionada con una empresa exportadora de telares. En semanas, nadie en España será ajeno al nombre societario de la dicha empresa: Matesa.

Maquinaria Textil del Norte, Matesa, era una empresa exportadora que había adquirido y mejorado el royalty de un telar conocido como Iwer. Yo de ingenería industrial no entiendo un carajo, pero parece ser que lo mejor del Iwer era que no tenía lanzadera, lo cual lo hacía tope rápido, además de muy propio para la fabricación de fibras sintéticas, el no va más del vestir de la época.

Matesa, pues, poseía un producto competitivo a escala internacional, y para poder comercializarlo hizo algo impensable entonces para cualquier empresario españolito: crear una red de filiales en todo el mundo. Tenía filiales en Alemania, en Argentina, Brasil, Estados Unidos, Perú, México... Hoy, que la Telefónica está en todas partes y Repsol tiene pozos en medio mundo, puede parecer poca. Pero en la España que acababa de ganar Eurovisión y que había contemplado de madrugada los pasitos de Amstrong por la Luna como quien ve una peli de Kubrick, era, literalmente, la hostia en verso.

Al frente de todo este montaje estaba un empresario catalán, Vilá Reyes, absolutamente bienquisto con el franquismo, recibido en El Pardo por el general y, lo que es más importante, poseedor de algo así como un rating AAA como exportador, que le hacía acreedor de una autopista a la hora de gestionar los típicos créditos a la exportación, es decir las operaciones financieras por las cuales los onerosos gastos vinculados a una venta exterior son financiados para así hacer la operación posible.

Sin embargo, Vilá Reyes había gestionado dichos créditos de una forma un tanto irregular. Recibido el dinero, que era para vender, lo había invertido en las filiales, es decir estructuras de venta. No es lo mismo. Si el Estado te presta 10 millones de euros para venderle jerseys a Kenia, no es correcto que te los gastes en comprar un edificio en Nairobi donde ubicarás tu sastrería.

Parece ser que ya a principios de 1969, la Aduana española se había coscado de la movida, esto es que no había salida de telares correspondiente con los créditos recibidos, y lo había denunciado.

En el fondo, pues, el escándalo Matesa era una de tantas irregularidades cometidas en el comercio exterior franquista, tradicionalmente trufado de amiguetes, amiguismos, comisiones y favores debidos. De hecho, la historia de la corrupción en el franquismo tiene dos grandes focos de irradiación: uno son las licencias comerciales, y otro el siempre lucrativo sector inmobiliario. en este último destacó, sin ir más lejos, la propia hermana de Franco, doña Pilar, la cual hizo negocios imposibles a base de vender parcelas que no poseía en la prolongación de O'Donell. Pero ésa es , literalmente, otra historia.

El escándalo Matesa, sin embargo, se distinguió de todos los demás en que, en un país en el que la prensa no iba ni a mear sin el conocimiento del poder, se produjo, por parte de ese mismo poder, y sobre todo el epicentro del mismo llamado José Solís Ruiz, la instrucción de que de Matesa se podía hablar libremente. Los periodistas, acanallados durante décadas y con hambre de putear, se tiraron en plancha a la carroña dando más saltos mortales que Greg Louganis. Evidentemente, hablamos de la amplísimamente mayoritaria red de medios de comunicación del Movimiento, cuyos periódicos y emisoras de radio se lanzaron, todos a una, a la yugular de Vilá Reyes.

La jugada tenía dos objetivos hermanados, que habían fabricado la extraña pareja que maquinó todo aquello.

El primer objetivo era desprestigiar a la Administración económica. O sea, ministros de Economía, Comercio, y adláteres. A los del Opus, los tecnócratas. Los que, si Nosferatu era el no-muerto, eran los no-azules, zombies franquistas que se negaban a identificarse con los hombres del Movimiento Nacional, en su primer matrimonio Falange Española Tradicionalista y de las JONS y de soltera Falange Española y de las JONS, y hacer la guerra por su cuenta sin compartir el poder con nadie, mientras mesmerizaban al Caudillo, ya medio grogui por el Parkinson y agotada la pila (de años), con estadísticas y gráficos de los años anteriores al Power Point.

El segundo objetivo era parar la excesiva presencia en la economía de la banca pública. Porque no fueron sólo los medios del Movimiento los que hicieron hilo. También los periódicos en poder de los banqueros alimentaron la hoguera matesina, porque les interesaba llevar también al punto de escándalo un asunto en el que se ponían en solfa los créditos oficiales a la exportación.

Así pues, los falangistas del franquismo, todavía teóricos defensores de la nacionalización de la banca; y los propios banqueros, iban juntos en la proa de aquel barco, con el objetivo de machacar a la otra mitad del franquismo.

Incluso un periódico, el SP, llegó a pedir, en un gesto desconocido en el franquismo, la dimisión de los ministros económicos. Y es muy difícil de creer que el ministro de Información y Turismo no supiera de dicha petición, y la permitiese. El 22 de agosto se llegó incluso al paroxismo inorgánico: un procurador en Cortes, Ezequiel Puig Maestro, pidió una reunión del pleno... ¡y la apertura de una comisión de investigación!

Se produjeron, aquel verano, los tradicionales consejos de La Coruña y de San Sebastián, y en ellos no se hacía más que hablar de Matesa, de un lado a otro de la mesa, mientras Franco lo observaba todo como un árbitro de ping-pong aquejado de una fuerte resaca. No decía nada, y todo el mundo esperaba acontecimientos. En un movimiento bastante desesperado, los tecnócratas entregaron a la prensa un informe en el que afirmaban la legalidad de las prácticas del comercio, y contraatacaban acusando a los atizadores del escándalo Matesa de haber provocado cascadas de anulaciones de compras y dificultando el servicio de la deuda exterior (de donde cabe deducir que eso de acusar de antipatriota al que te critica en el ámbito económico no lo inventó Zapatero, sino Espinosa San Martín). Pero la cosa no fue muy efectiva, porque la mayoría de quienes tenían que publicar aquel material, La Voz de su Amo, lo hicieron con sordina.

Franco dejó, como tenía por costumbre, que el tiempo pasara. Esperaba, probablemente, que el escándalo perdiese fuelle. Esperó hasta el 29 de octubre.

Aquella tarde-noche, TVE y Radio Nacional interrumpieron su pastueña programación habitual para anunciar el décimo gobierno de Franco.


Y a los falangistas se les quedó cara de gilipollas.



Ellos creían tener la partida ganada, pero lo que se encontraron fue lo siguiente:

  • Vicepresidente, el padre putativo de la tecnocracia: almirante Luis Carrero Blanco.
  • Gobernación, un hombre de armas de total fidelidad a Franco: Tomás Garicano Goñi.
  • Asuntos Exteriores, tecnocracia pura: Gregorio López Bravo.
  • Ejército, Franco en versión light: Juan Castañón de Mena.
  • Marina, más de más: Adolfo Baturone Colombo.
  • Aire, seguimos en la mismas: Julio Sal vador Diez Benjumea.
  • Educación, el nefando José Luis Villar Palasí, inventor de la EGB y que habría sido feliz pudiendo redactar la LOGSE.
  • Obras Públicas, Federico Silva Muñoz.
  • Industria, para el Partido Tecnócrata: José María López de Letona.
  • Comercio, más tecnocracia: Enrique Fontana Codina.
  • Agricultura, Partido Tecnócrata: Tomás Allende y García-Baxter.
  • Vivienda, Vicente Mortes.
  • Hacienda, Alberto Monreal Luque. La tecnocracia mece el Presupuesto.
  • Trabajo, el franquista hecho a sí mismo: Licinio de la Fuente.
  • Justicia, el propietario de la cartera: Antonio María de Oriol y Urquijo.
  • Información y Turismo, adiós, Fraga, adiós: Alfredo Sánchez Bella.
  • Secretaría General del Movimiento, el Topo: Torcuato Fernández Miranda.
  • Ministro sin cartera a cargo de la Organización Sindical: Enrique García del Ramal.
  • Por si no querías caldo: ministro del Plan de Desarrollo: Laureano López-Rodó.
Con otras palabras: caía Muñoz Grandes. Subía Carrero [hay un error aquí, que acertadamente se me señala en los comentarios; Muñoz Grandes ya no era vice en el 68, pues había sido ya sustituido por Carrero precisamente; es cierto, me "salté" una minicrisis sin querer; en todo caso, la, digamos, consolidación de Carrero, unida a la inesperada invasión tecnócrata, debe apuntarse, a mi modo de ver, como una victoria sin paliativos del almirante]. López Bravo salía del mundillo económico para pasar a Exteriores. Caía el tecnócrata Espinosa San Martín, gran defensor de la gestión de Matesa. Pero caían también Solís y Fraga, considerados muñidores del escándalo. Y lo de Solís era aún peor, porque cayendo él, sus sucesores, dos, dejaban de acumular en las mismas manos el partido y el sindicato. A los tecnócratas se les daban tres carteras, tres, de ámbito económico (Allende, Mortes, Letona), además de las que ya tenían.

La Falange tenía un pepino en el culo. Sus primates estaban sonados. ¿Qué había fallado?

Había fallado lo que siempre; lo que en Salamanca, en el 56, y ahora con Matesa, le había fallado siempre a los falangistas: emperrarse en no entender la relación de Franco con el poder.