miércoles, septiembre 14, 2011

Franco y el poder (14: de nuevo, los equilibrios)

Recién comenzada la segunda mitad de los años cincuenta, el Banco Exterior de España, la entidad financiera pública con oficinas en el extranjero y que por eso era utilizada para rendir los pagos de las legaciones diplomáticas españolas, carecía de dinero para pagar dichos gastos corrientes. Definitivamente, el sueño económico de Franco se había ido a la mierda.

Ciertamente, el general se había interesado vivamente por la política económica ya desde los años treinta. Pero, a pesar de ello, nunca había logrado superar sus puntos de vista, bastante limitados, propios de un militar. Los militares están acostumbrados a que las grandes unidades de combate sean entes autosuficientes. Los ejércitos albergan en su interior cocinas, panaderías, gasolineras, pequeñas unidades de ingeniería... lo que les hace falta. La idea de Franco era gestionar España como si fuera una enorme brigada mixta. Si, como le repetían sus economistas (a él, a Suárez, a Zapatero...) por donde se va el dinero es por comprar más de lo que se vende, la solución primaria es no comprar y fabricar dentro.

En la década y media que había transcurrido desde el fin de la guerra, sin embargo, Francisco Franco acabó dándose un pelote bien gordo contra el mismo muro contra el que se abrirían la cabeza los jerifaltes soviéticos algunos años más tarde. La autarquía es un experimento estúpido porque un agente económico no puede fabricar todo lo que necesita ni cultivar todo lo que come. De hecho, perder la especialización hacia lo que realmente se hace bien mina la competitividad, con lo que se empuja la moneda hacia abajo, empobreciendo el país.

El mismísimo Josif Stalin, cuando su Unión Soviética se le empezó a gripar, hizo un llamamiento al encumbramiento de los tecnócratas, en oposición a los que él llamaba retóricos. No es mala forma de plantearlo. La España de 1957 necesitaba dejarse de polladas ideológicas y poner el país a funcionar, eliminar la espiral inflacionista y colocar el valor de la moneda en su punto real (entonces, en el entorno de las 60 pesetas por dólar), cosa a la que el resto de los países de nuestro entorno económico no eran muy proclives.

El gobierno tecnócrata tiene como primera conclusión colocar una notable sordina al debate ideológico del franquismo. Malos tiempos para los retóricos. Es en los primeros tiempos del nuevo gobierno, por ejemplo, que Franco comienza a atreverse a hacer discursos públicos en los que, anatema, no cita ni la persona ni las palabras de José Antonio Primo de Rivera. El equipo gubernamental habitual, además, con escasos elementos ideológicos como ya hemos visto, prepara una Ley de Principios Fundamentales del Movimiento, ya totalmente alejada de la técnica jurídica fascista (doce años lleva Hitler muerto), que será aprobada en mayo de 1958 sin grandes alharacas. Antes, con menos ruido aún, el equipo de López-Rodó ha preparado una legislación sobre régimen jurídico de la Administración, buscando que el franquismo deje de ser ese coto en el que los amigos del general hacen y deshacen cómo, cuándo y dónde les sale del pingo.

En julio de 1959, inspirado por el tridente tecnócrata Navarro-Ullastres-Gual, se publica el Plan de Estabilización. Es la primera vez que el franquismo llama y se llama a la austeridad: el primer pagano de dicho plan es la propia Administración. Se realiza una ordenación bancaria y, por primera vez en muchos años, se hace una reforma tributaria basada en criterios técnicos y profesionales. La última vez que eso había pasado había sido después de la primera guerra mundial, de la mano de Santiago Alba, y su reforma ni siquiera prosperó por la oposición de los nacionalismos catalán y vasco. Nihil novum sub solem. Ahora, Mariano Navarro clama en los medios afectos por la necesidad de crear un sistema tributario «social» (la palabrita ya estaba de moda entonces), lo que en la práctica supone desplazar el peso del impuesto sobre el consumo al impuesto sobre la renta.

Desde el punto de vista del poder, la década casi completa transcurrida desde la crisis del 57 hasta mediados de la de los sesenta marca, tal vez, los años más tranquilos para el general Franco. La necesidad de estabilizar la economía, primero; y el sueño de los planes de desarrollo, después, hará que las cosas se tranquilicen mucho en los salones de los pasos perdidos de la cúpula del poder. Son años, además, en los que los fogosos franquistas que ganaron la guerra, muchos de ellos en su juventud fogosa, engordan y echan canas subidos al coche oficial, pegándose unos viajes y unas cuchipandas de puta madre (cuando no el consumo de otro tipo de carnes en la Cuesta de las Perdices) y, muchos de ellos, hasta el rebelde Hedilla entre ellos, disfrutando de jugosas licencias de importación y otras gavelas que alimentaban sus faltriqueras. No era momento de cuestionar a Franco entre los de su generación; y la generación de los que cuestionarían a Franco, en esos años, aún tenía escasos pelos en el escroto.

El franquismo, por esos años, pesca, además, nuevos lucios que renuevan el panorama. El principal de ellos será López-Rodó, un político con tanta capacidad de merecer y acumular poder que incluso convenció a Franco de algo tan absurdo como que un alto funcionario no económico como él, que era especialista en Derecho administrativo, pilotase los planes de desarrollo (Navarro Rubio, que ortodoxamente reclamaba el control para los mismos del Ministerio de Hacienda, dimitió cuando le fue negado). López-Rodó, sin embargo, lo hizo muy bien, y exhibió su condición de presentable ante los interlocutores extranjeros. Los tecnócratas, de hecho, dieron la medida como hombres capaces de tapar las vergüenzas de Franco; pues el general, a pesar de la estabilización; a pesar del sueño de pertenecer a la Comunidad Económica Europea del que ya se hablaba; a pesar de todo eso, seguía siendo el mismo tipo que había ensangrentado las tapias de los cuarteles años antes.

Lo demostró, por ejemplo, con la detención del comunista Julián Grimau, que según las versiones oficiales se tiró por una ventana y que finalmente, tras ser curado, fue fusilado. El mismo día que el Consejo de Ministros confirmaba la sentencia, llegaba a Madrid al ministro de Economía francés, Valery Giscard d'Estaing, para negociar la formalización de un importantísimo empréstito para España. Giscard estuvo a punto de marcharse, pero no lo hizo. El crédito se congeló unas semanas pero, finalmente, fue concedido. La habitual cohorte de falangistas que rodeaba a Franco apenas diez años antes no habría conseguido este salto mortal.

Pero hay otro lucio. Un joven político criado en el Instituto de Estudios Políticos, con una excelente cabeza, dicen, y don de gentes. Es gallego y se llama Manuel Fraga. Fraga entra en la élite del franquismo como recompensa por sus trabajos en la fábrica de ideas del régimen y dentro de un plan generalizado, o más bien habría que hablar de una tendencia, para colocar parcelas de España en situación de presentabilidad exterior. Suyas son dos iniciativas que el franquismo tuvo por fundamentales. La primera es la Ley de Prensa, que en su momento se vivió como una liberalización del régimen. En realidad, no era tanto, pues los medios de comunicación seguían siendo mayoritariamente afectos, el gobierno permanecía aislado de la crítica y, además, la censura no desaparecía. Hay quien de hecho sostiene, y a mí no me parece nada descabellado, que, puestos a tener censura, es mejor la censura previa que la censura a posteriori, porque ésta te puede pillar con dos mil ejemplares ya impresos y encuadernados, que van y te secuestran, con lo que pierdes un pastón que, al fin y al cabo, si te prohíben el libro siguen en tu bolsillo.

La segunda cosa que parió Fraga fue el denominado boom turístico. La España de sol, sangría y paella que ahora se le hace tan agradable a los habitantes de Lloret de Mar y otras poblaciones costeras.

La llegada de los tecnócratas, al fin y a la postre, rindió una misión histórica, y esa misión es la caída del franquismo. Teniendo la edad que tenía y siendo las cosas como eran, el guión más lógico indicaba que Franco tenía que haberse muerto en la década de los sesenta, más o menos; y, de todas formas, su régimen tenía que haberse derrumbado para entonces. Era un régimen anacrónico, basado en unas formas y una retórica que ya a principios de los sesenta eran casposas. Un régimen incapaz de integrar lo nuevo (a finales de los sesenta, alguien en la Administración impulsó la grabación de una versión rockero-cañera del Cara al Sol, y le cayeron chuzos de punta), que económicamente avanzaba hacia el desastre, y aquejado de unas contradicciones internas que harían las delicias de Marx.

Hay que reconocer que en la consolidación del franquismo, en estos años que aquí recordamos, algo tuvieron que ver sus enemigos. El Partido Comunista no cayó hasta 1956 en la cuenta de que la única forma de luchar contra Franco era propugnar la reconociliación nacional, en lugar de intentar invadir España por los Pirineos con el ejército de Gila. Los republicanos no comunistas se perdían en querellas internas y creyeron demasiado tiempo en el Eldorado del bloqueo internacional, a pesar de que desde el minuto uno estaba claro que ni Reino Unido ni los Estados Unidos estaban por la labor. Indalecio Prieto y Gil-Robles abrieron la vía lógica de evolución, que era la reconciliación entre monárquicos e izquierdas, pero las dudas, el orgullo y la casi nula inteligencia política de Juan de Borbón (aparte del juego del palo y la zanahoria al que jugó Franco con el asunto del niño Juan Carlos) hicieron zozobrar esa nave; que, de todas formas, probablemente habría zozobrado en el momento en que Prieto hubiese buscado el aval del resto de los republicanos a una unión basada en la aceptación de una posible solución monárquica democrática; pues, para entonces, los viejos leones republicanos estaban instalados en una constante, a la par que sordiciega, relación masturbatoria con su pasado.

Pese a tanta estulticia e incapacidad de estar a la altura de los acontecimientos (mal que venía aquejando a los republicanos desde el 15 de abril de 1931), como digo, Franco tenía que haber caído en algún momento de la primera mitad de los sesenta. Derrumbado por su propio peso. Masas de españoles tan hambientos como puteados habrían terminado en la plaza Tahir y, allí, ni todas las centurias del Frente de Juventudes ni la Acorazada Brunete les habrían podido parar. Sin embargo, no fue así porque los españoles, poco a poco, fueron teniendo trabajo, aceite en casa, radios, televisores, coches. En algún momento de los años sesenta, en un escaparate del barrio de Ventas alguien escribió con pintura: «bajaron los pollos». Tengo por mí que cuando en un país el pollo asado deja de ser una comida de fiestas especiales para pasar a ser plato común, eso es que la (relativa) riqueza se ha instalado. Los tecnócratas, pues, unidos a la sempiterna manía de Franco de morirse muy viejo, le dieron al momio franquista unos quince años de oxígeno.

Eso hizo, claro, que un régimen intolerable se prolongase. Aunque también impidió que un personaje que yo no veo demasiado positivo para España, Juan de Borbón, pudiese optar a reinar el país. Como impidió que la vieja guardia republicana, bastante incapaz de aprender de sus errores, que fueron muchos y gravísimos, volviese a tener una oportunidad. Así pues, cada uno, que haga su balance propio.

Lo realmente importante, en todo caso, es que, con la llegada de los últimos cincuenta y sesenta, la casta de los tecnócratas accedió al poder franquista. Pero no a todo. Franco siempre había basado su estrategia para mantenerse en el poder en tener contentas a las distintas familias del franquismo, pero garantizando que ninguna de ellas tendría la prevalencia. Habría sido un contrasentido, una jugada errónea, contestar a la disminución del poder de Falange en el régimen realizado en 1957 con la pasteurización de los proyectos legislativos de Arrese, encumbrando a los tecnócratas. Los que cada vez eran más conocidos como los «azules» (una manera de concebir la geografía del franquismo que venía admitir que había gentes que no eran de tal color) eran tan necesarios para el general como los salvadores de la economía.

Así las cosas, la década de los sesenta se desarrolla en el marco de un pacto tácito, por el cual los tecnócratas dominan la economía, y los azules las Cortes. Y, por medio, de vez en cuando los cuadros falangistas se dedicaban a darle patadas en las canillas a los tecnócratas; como aquella vez que Arrese, siendo ministro de la Vivienda, anunció a bombo y platillo un plan de vivienda impagable que, según he calculado, vendría a suponer hoy en día un presupuesto de unos 2.400 millones de euros.

Los tecnócratas contestaron con la gran obsesión de su primus inter pares, López-Rodó: estructurar el Estado con unas formas seudodemocráticas. Fruto de este esfuerzo es la Ley Orgánica del Estado, salida del obrador de Carrero Blanco, que estructura la representación familiar en las Cortes para que los españoles, por fin, tengan elecciones «como en Europa». Aquello tenía de democrático lo que Leonel Messi de catedrático de Física Cuántica, pero a los españoles les supo a gloria. Pero a quien más gustó esta reforma tecnocrática fue a Franco, a quien la Ley le regaló un referéndum el 14 de diciembre de 1966, que empapeló el país de retratos suyos king size, en medio de una campaña de marketing político, pilotada desde la televisión única, que de hecho convirtió el si del plebiscito en un si a Franco. Los tecnócratas, en efecto, le habían cogido el punto al ferrolano.

Por cierto que, como ya han destacado en algunos puntos de internet acerados comentaristas con memoria, el eslógan de aquel referéndum («Franco, SI») es, vaya hombre, el mismo que el del candidato Pérez Rubalcaba para el embroque del 20-N. Lástima que a los cerebros de El Pardo no les ocurriese otro eslógan, del tipo «Franco, yes we can».

En este delicado equilibrio, que por supuesto conservaba, 30 años después, que se dice pronto, todas y cada una de las competencias que Franco se había abrogado en momentos de necesidad bélica que ya nada tenían que ver con la España del 600; en este delicado equilibrio, digo, y sorteando de mala manera los comienzos de la resistencia antifranquista, sobre todo en la universidad y en la sacristía, pasaron los años. Suficientes como para que a Franco le quedara claro que, sí o sí, era el momento de plantearse el asunto que la Ley de Sucesión dejaba en el aire.

La designación del heredero habría de despertar a las facciones del franquismo, que rápidamente afilaron sus cuchillos.