Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
En enero de 1931, el canciller Brüning inició una minigira por los territorios de la Alemania oriental. Su objetivo era explicar a los agricultores y ganaderos de la zona la política de subsidios que pensaba poner en marcha, en gran parte por demanda del DNVP. En Silesia fue recibido como Pedro Sánchez en Paiporta. En Breslau, los nacionalsocialistas le montaron una manifa de 40.000 personas (medio millón en contabilidad actual) que le arruinó la visita. El 23 de enero, en Chemnitz, un grupo nutrido de desempleados apedreó a su comitiva de coches.
Cuando el 3 de febrero el Reichstag volvió al trabajo,
estaba claro que la llamada de unidad nacional por el objetivo mayor de sacar a
Alemania del marasmo, hecha por el canciller, no había servido de nada. El
NSDAP y el KPD se liaron a proponer mociones antigubernamentales. Cada vez que
los ministros hablaban, los nacionalsocialistas les interrumpían y abucheaban.
El filibusterismo parlamentario, centrado sobre todo en la presentación de
mociones de censura sobre medidas específicas, era tan intenso que Brüning
propuso su prohibición, de manera que, si había varias, rechazada la primera,
las otras decayesen. Cuando esta medida se aprobó, los nacionalsocialistas
abandonaron el parlamento, supongo que entre los aplausos de las taquígrafas.
El DNVP, quien para entonces pedaleaba a rebufo de los nacionalsocialistas,
salió detrás. El 26 de marzo, el parlamento aprobó su cierre hasta octubre. A
partir de ahí, empezó el baile de decretos.
El primero de ellos había sido preparado por Joseph Wirth,
ministro del Interior; y Carl Severin, que ocupaba ese puesto en el gobierno
prusiano. Se aprobó el 28 de marzo, y autorizaba a la policía prohibir el uso
en el exterior de uniformes por fuerzas políticas. Asimismo, también se
empoderaba a la policía para acabar con actos públicos en los que se
defendiesen actos maliciosos o se insultase a los miembros del gobierno o de la
jefatura de las confesiones religiosas. Bajo el paraguas de este decreto, en los
meses siguientes más de 1.000 personas fueron detenidas, sobre todo en Berlín y
en Baviera; eso sí, el doble de comunistas que de nacionalsocialistas.
El 30 de marzo, el DNVP Alfred Hugenberg protestó contra
este decreto de emergencia. Lo consideraba un ataque directo a la campaña que
había iniciado en febrero el Casco de Hierro, propugnando la disolución del
parlamento prusiano, dominado por el SPD. Brüning respondió diciendo que atacar
el decreto era atacar personalmente al presidente Hindenburg.
Para entonces, el canciller Perro Brüning era un personaje
hondamente impopular. Esto le hizo mirarse donde se miran siempre los primeros
ministros a los que sus ciudadanos no aman: la política exterior. Y aquí creyó
encontrar su santo grial en el proyecto de unión aduanera germano-austríaca.
El 18 de marzo, el gobierno alemán decidió apoyar el tema.
Ambos países, entonces, decidieron anunciar su decisión de forma unilateral,
sin consultar con ningún otro país. El 21 de marzo, ambos países anunciaron su
intención de alcanzar una unión aduanera, después de que Julius Curtius y su
homólogo austríaco, Johannes Schober, se hubieran reunido en Viena.
El anuncio no cayó bien. Italia, Francia y Checoslovaquia se
pusieron frontalmente en contra. Los tres países veían aquello como la antesala
de una unión política entre los dos viejos aliados de la guerra. La hostilidad
aliada fue tan frontal y violenta que el proyecto tuvo que ser abandonado.
Meses después, el 3 de septiembre, Julius Curtius tendría que comerse el marrón
de anunciar el abandono de las conversaciones, tratando con ello de que la
vergüenza no le alcanzase a su canciller. Lo hizo, de todas maneras, horas
antes de que el tribunal de La Haya (por un solo voto, eso sí) declarase el
proyecto ilegal.
El caso es que, si los alemanes querían la unión aduanera
para salvar al soldado Brüning, los austríacos la querían para salvar su
economía. De hecho, ahora que el proyecto era imposible, ésta colapsó muy
rápidamente. El 13 de mayo, el Creditanstalt, que era como el BSCH austríaco de
su tiempo, quebró. El movimiento generó un pánico generalizado en todo el país
que provocó reembolsos masivos de fondos. Las reservas austríacas de divisas
cayeron en picado. Otto Ender, el canciller austríaco, puso en marcha un plan
de rescate gubernamental en el que compró una parte fundamental del
Creditanstalt. En realidad, los que pusieron la pasta fueron los Rotschild
austríacos. El 16 de junio, el Banco de Inglaterra le hizo un préstamo urgente
a Austria.
Era prácticamente imposible que colapsara el sistema
bancario austríaco sin que las réplicas del terremoto se sintiesen en Alemania.
A principios de junio, el Reichsbank admitió que los reembolsos en el país
desde la crisis en Viena habían superado el billón de marcos, y que los
depósitos extranjeros habían caído el 25%. En ese momento, el gobierno alemán
se estaba encontrando con inesperadas dificultades para conseguir préstamos
exteriores para poder financiar su déficit público; en consecuencia, el Reichsmark
se estaba dando una hostia del cuarenta y dos en los mercados de capitales.
En este ambiente tan pacífico, el 5 de junio Brüning anunció
un segundo decreto de austeridad que hacía que el primero pareciese una canción
de Miliki. Recortes en prestaciones sociales a tutti quanti, reducciones de
salarios para todos los empleados públicos, imposición de un “impuesto de
crisis” a los profesionales de cuello blanco mejor pagados, e incrementos en el
IVA de la época del azúcar y el carburante importado (que era todo el
carburante, puesto que Alemania no es Kuwait). Ah, y, por supuesto, el gobierno
le anunció a los aliados que los pagos del Plan Young de 1931 mejor que se los
fuera haciendo su puta madre.
El 7 de junio, Heinrich Brüning y Julius Curtius se
reunieron con Ramsay MacDonald. Supongo que se debieron poner como Amador Rivas
y Maite Figueroa cuando quieren sacar algo de alguien. Debieron de llorar la
intemerata. Presente en la entrevista estaba un señor circunspecto y bastante
poco impresionable, dado que las había visto de todos los colores: Montagu
Norman, gobernador del Banco de Inglaterra. Norman se limitó a decir que el
anuncio de que Alemania no pagaría le ponía de bastante mala hostia. La reunión
alumbró una nota de prensa que venía a informar al mundo de que La Coruña queda más al norte
que Huelva.
Los alemanes tenían un cierto aliado en el presidente USA,
Herbert Hoover. Hoover era un tipo bastante pragmático, y tenía a sus bancos
tan hechos polvo que consideraba que tirar demasiado de la cuerda podría ser
catastrófico para ellos. Por ello, propuso una moratoria en los pagos alemanes.
En su inicio, Francia se negó a esto; pero el 6 de julio, el plan fue
finalmente aprobado; eso sí, con la condición de que Alemania no invirtiese en rollos militares el
ahorro generado por los no pagos de 1931. En realidad, la
Moratoria Hoover marcó el inicio del fin de los pagos alemanes por
reparaciones, puesto que éstos ya nunca recomenzaron tras aquella pausa. En ese
momento no se podía saber; aunque yo creo que muchos lo sospechaban.
Días antes de resolverse lo de la moratoria de El
Aspiradoras, el sistema bancario alemán había comenzado a capotar seriamente.
El 23 de junio, una de las mayores empresas textiles de Alemania, emplazada en
Bremen, anunció que the end is coming.
La Nordwolle debía 100 millones de
marcos. Los gestores de la empresa habían tomado grandes préstamos del Darmstädter und Nationabank, normalmente
conocido como el Danat-Bank, con los que se habían dedicado a especular en el
mercado de futuros con el precio de la lana. Apostaron que subiría; pero bajó;
con ello, el Danat-Bank perdió 40 millones de marcos.
Al conocer las noticias, el personal se tiró en plancha a
las oficinas del Danat para retirar su dinero. La cotización del banco se
hundió. El 11 de julio, el banco anunció que chaparía en 48 horas.
El efecto fue devastador. Las reservas del Reichsbank
cayeron por debajo del 40% del dinero en circulación; es decir, en realidad, o
era un nivel de reservas ilegal, o el dinero en circulación ya no se podía
considerar respaldado. El gobierno Brüning lanzó un tercer decreto, firmado por
Hindenburg, garantizando los depósitos del Danat “por razones de salud
pública”; y nombró un consorcio de empresarios para que gestionase la entidad.
Se introdujeron controles al cambio extranjero. Brüning, además, decretó que el
13 y el 14 de julio no abrirían los bancos.
Antes de terminar esas vacaciones forzosas, el día 14 uno de
los gigantes de la banca alemana, el Dresdner, anunció que estaba al borde del
abismo. El gobierno se apresuró a tomar el 75% de sus acciones.
El 15 de julio, el Reichsbank incrementó su tipo de interés
de descuento del 7 al 10%, que sería el 15% dos semanas después. Asimismo, tomó
el control sobre las transacciones exteriores, y suspendió la operativa
bursátil hasta nuevo aviso. La operativa bancaria normal no regresó hasta el 5
de agosto. El 19 de septiembre, en otro decreto, Brüning nombró un Comisario
del Reich para la Banca. Le podían haber llamado Herrn Korraliten.
Se convocó a pelo puta una conferencia internacional entre el 20 y el 23 de julio, en Londres. El objetivo: aprobar una ayuda financiera para Alemania. Fueron representantes de Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica, Japón y los Estados Unidos. Brüning llegó con dos peticiones: garantías de que la retirada de fondos extranjeros del sistema de crédito alemán cesaríA; y concesión de un crédito. En otras palabras, reclamaba de los demás que no le hiciesen el corralito que él sí le estaba haciendo a los alemanes.
Lo del préstamo tenía que venir de Francia, que era el país que tenía
las reservas de oro más preñadas; París, sin embargo, dijo que sólo aceptaría
el crédito si Alemania firmaba no mantener ninguna reivindicación respecto de
las fronteras orientales fijadas en Versalles. Brüning no podía decir que sí, a
menos que desease que en el Reichstag lo colgasen de los huevos.
Así las cosas, lo único claro que sacó Alemania de la
conferencia de Londres fue el Stillhalteabkommen
o Acuerdo de Franquicia, por el cual se acordó que los acreedores no exigirían
el reembolso de préstamos, inicialmente durante seis meses, con la posibilidad
de convertir esa deuda en deuda a largo plazo. Esto mejoró algunas
perspectivas; pero, obviamente, secó los mercados internacionales de capitales
para Alemania, pues alguien tendría que haber sido subnormal para prestarle
dinero.
El 27 de julio, Brüning aprobó otro decreto de urgencia,
creando el Akzept und Garantiebank,
es decir el Banco de Garantías y Aceptaciones, cuya función sería asumir los
depósitos de los bancos alemanes. Una especie de Sareb bancaria, que no inmobiliaria, a lo puto bestia. El canciller siguió resistiendo las llamadas
constantes de comunistas y
nacionalsocialistas para que convocase al Reichstag. Porque, sí, efectivamente: los demócratas de toda la vida, ahora que pensaban que la marea les iba en contra, no querían abrir el parlamento ni hartos de vino. El mensaje que le lanzó esta actitud al alemán medio no fue, que se diga, muy edificante.
A principios de agosto se celebró un referendo sobre el
futuro del Estado prusiano. En los diez años anteriores, Prusia había estado
básicamente gobernada por una coalición SPD-Zentrum-DDP. Como ya os he contado,
en febrero de aquel año el Casco de Hierro, dirigido por Franz Seldte y Theodor
Duesterberg, había lanzado una campaña para disolver el parlamento, y consiguió
los seis millones de firmas necesarios para llevar el tema a referendo. Recibió
el apoyo del NSDAP, el DNVP, el DVP, el WP, el CNBL y el KPD; o sea, todos los
que no rascaban. Aunque, las cosas como son, tanto Hitler como Hugenberg
estaban convencidos de que el referendo se iba a perder. Y no se equivocaron.
El apoyo a la idea sacó el 37%.
En septiembre de dicho año es cuando se produjo la muerte
rara, rara, rara, de Geli Raubal. Que no os la vuelvo a contar aquí porque ya está contada
en el post referenciado, pero que, obviamente, fue un problema de primer nivel
para Hitler y su carrera. Un periódico de veleidades socialdemócratas, el Münchener Post, publicó un artículo
titulado Un affaire misterioso, en el
que se decía que Hitler y su sobrina habían tenido una pelea brutal el 18 de
septiembre cuando ella había anunciado su intención de casarse con un chico de
Viena. El artículo decía que el cadáver de Geli Raubal tenía la nariz rota y
otra serie de heridas, y solicitaba del fiscal que se volviese a examinar el
cadáver por otro forense (que, por cierto, opinó que no tenía signos de
violencia). Hitler solicitó una rectificación al periódico, que el 22 de
septiembre publicó una nota de Hitler contestando a la información.
A Hitler lo salvó el hecho de que los hechos de este suceso,
las cosas como son, lo avalan. En los exámenes del cadáver todo apuntó al
suicidio. Quedó claro que el arma que la mató había sido disparada a
quemarropa, y no había señales de resistencia. La coartada de Hitler era
sólida; no estaba en Munich en el momento de la muerte. Dos personas: Heinrich
Hoffmann y Julius Schreck, habían estado con él todo el tiempo desde que salió
de la ciudad hasta que regresó, con Geli ya muerta. Dos testigos del servicio
de la casa: Anni Winter y Maria Reichert, confirmaron que Geli Raubal estaba
viva al menos a las 3 de la tarde del 18, un cuarto de hora después de que
Hitler se hubiera marchado.
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